23 oct 2015

¡Ni un minuto para la metafísica!


NUESTRO ENVEJECIDO PLANETA

Estaba tan absorta 
observando la calle desde la atalaya de mi silla de ruedas, cómo llegaban de dos en dos los autobuses repletos de gente que no me daba cuenta que mi amigo el sabio lagarto estaba tomando el sol en la parte baja del muro. Al verlo le he dicho si no tenía ganas de ver gente.

"Hoy - me ha contestado aquella noble criatura-
no he tenido el valor para contemplar -como otros días- esas caras típicas del mediodía cuando se apean del autobús.

Qué contentos están de sí mismos casi todos, cómo se pierden ante la perspectiva de una comida rica en grasas e hidratos de carbono (azúcares), cómo piensan aprovechar la presencia de los demás para hablar de la cena, de sofisticados vinos, la cama y... quejarse de lo problemático que es el metro.

¡Ni un minuto para la metafísica!

¡No tienen tiempo para entender la crueldad de las cosas!
Este Envejecido Planeta parece predestinado: una y otra vez nos vemos obligados a elegir entre formas más o menos nobles de sufrimiento"

Bajo la luz intensa del sol,
el pequeño saurio tenía un aspecto especialmente pálido y parecía respirar con dificultad el aire que transportaba el penetrante aroma de las magnolias en flor.

"Me encuentro bien
-respondía a mi preocupación por su salud. Recuerda, en caso de que algún día deje de venir a tomar el sol en este jardín Nuestro pequeño Paraíso, que todo está en todo.

Las estrellas más lejanas
influyen en la orla del cáliz de una flor. El rocío de la mañana contiene la neblina de la noche pasada. Todo está entrelazado por una omnipresente dependencia.

No hay nada
que pueda librarse del poder de todo lo demás. Y... sin embargo..., nuestro pensamiento se mueve, vuela..., libre.

Como el polen de la palmera
el amor viaja libre a través de miles de kilómetros, buscando el abrazo en la aurora.

                                                                     Johann R. Bach

20 oct 2015

Ya está en la imprenta la novela "El Origen de Un Claro de Luna"


el origen de UN CLARO DE LUNA

                                                                                   Johann R. Bach



Tía Olga odiaba las persianas subidas hasta los topes a todas horas,


LAS ARAÑAS DE TÍA OLGA

Tía Olga no volvió a quedarse tranquila hasta que el último portazo de la entrada del edificio le anunció que su marido con toda certeza se había ido. El migrañoso dolor de cabeza comenzaba a ceder. ¡Cuánta claridad había en la habitación. Tía Olga odiaba las persianas subidas hasta los topes a todas horas, pero por las mañanas se le hacía insoportable.

Se sentó en la cama, se volvió hacía la pared del cabezal y ociosamente resiguió con un dedo el trazo de una amapola sobre el papel pintado, con una hoja, luego un tallo y luego un capullo carnoso a punto de abrirse (la fuerte migraña disminuía por momentos). Podía notar los pétalos pegajosos, sedosos,, el tallo peludo como la piel de la grosella espinosa, la hoja áspera y el capullo tirante y satinado.

Así solían cobrar vida las cosas. No sólo las cosas grandes importantes como los muebles, sino las cortinas y las texturas de los tejidos y las orlas de la colcha y de los cojines. Cuántas veces habría visto ella la borla de su colcha convertirse en una curiosa procesión de bailarinas con un séquito de curas ... Porque había algunas borlas que no bailaban, que sólo andaban majestuosas inclinándose en reverencias como rezando o cantando.

Cuántas veces se habían convertido los frascos de medicina en una fila de hombrecillos con chisteras negras; y el jarrón del antiguo lavamanos tenía una forma de apoyarse en la palangana como un pájaro gordo en un nido redondo.

Aquella noche Tía Olga había soñado con arañas -según me explicó luego, por la tarde. A pesar de haber sido un sueño no placentero, hacía esfuerzos por recordarlo hasta en los mínimos detalles. La parte más extraña de aquel cobrar vida de las cosas era lo que hacían. Escuchaban, parecían inflarse con algún contenido importante, y cuando estaban llenas a ella le parecía que sonreían. Pero sus maliciosas sonrisas secretas no eran sólo para ella; eran miembros de una sociedad secreta y se sonreían entre ellas. A veces cuando se quedaba de nuevo dormida en las primeras horas de la mañana, se despertaba y no podía mover un dedo, no podía siquiera mover los ojos a derecha o a izquierda porque ELLAS estaban allí; a veces, cuando salía de una habitación y la dejaba vacía, sabía tras el clic de la puerta que ELLAS la estaban ocupando.

Y había momentos por las tardes, cuando ella estaba arriba, quizás, y todos los demás abajo, familiares o vecinos de los que difícilmente podría librarse de ellos, no podía ir deprisa, no podía tararear una melodía; si intentaba decirse a sí misma, siempre sin darle más importancia: ¡Qué lata este viejo dedal agujereado! a ELLAS no las engañaba. ELLAS sabían lo asustada que estaba; ELLAS veían como volvía la cabeza a otro lado cuando pasaba por delante del espejo con una mano entre las piernas para evitar el prolapso uterino.

La sensación que tenía siempre Tía Olga era que ELLAS querían algo de ella, y sabía que si se rendía y se quedaba quieta, más que quieta, callada, inmóvil, algo ocurriría con toda seguridad. Con las cortinas bajadas, en la penumbra, con el silencio, el dolor de cabeza siempre cesa -pensaba. Abría mucho los ojos y oía en silencio como tejían sus finísimos hilos de interminables telarañas.

 Sí todo había cobrado vida, hasta la más minúscula, la más diminuta de las partículas, y ella no sentía la cama porque en esos momentos se libraba de la presencia de su útero, flotaba sostenida en el aire. Sólo parecía estar escuchando con sus atentos ojos tan abiertos, esperando a que llegara alguien que sencillamente no llegaba, atenta a que pasara algo que sencillamente no pasaba y las horas se le hacían eternas.

                                                               Johann R. Bach

17 oct 2015

Su voz atiplada como la de un niño inducía a los que lo conocían bien a bromear sobre su “disminuida masculinidad”.



LA DELGADEZ DE PABLITO



Mientras pintaba a Pablito
comprendí el porqué todas las vecinas lo protegían.

Era de piel blanca,
muy delgado, con unos largos brazos y anchas manos que parecían remos de una piragua varada.

Sus ojos saltones inducían a pensar
que su mirar se adelantaba en el tiempo y en el espacio y que había en su vacío interior otro vacío inmenso.

Su voz atiplada como la de un niño
inducía a los que lo conocían bien a bromear sobre su "disminuida masculinidad".

Su forma de defenderse
de las agresiones verbales y otras potencialmente más peligrosas era tomarse todo a broma y correspondía a cualquier vejación con ingeniosos chistes. 

Al desnudarse
-siendo el primer día que posaba para mí- descubrí que Pablito era aún más sorprendente desnudo que vestido.

Su enorme pene era como un olivo
en el que su tronco está a resguardo de su sombra, en que la tormenta no se desviste las hojas y se mantiene en pie como si estuviera sentado, y se sienta como si estuviera en pie.

Protesté ante su fuerte erección,
le dije que si no se encontraba en condiciones de posar "pacíficamente" podíamos continuar otro día.

Casi con lágrimas en los ojos
me contestó que aquél era su tamaño permanente -una desgracia- que necesitaba el dinero y no que no tenía intención de molestarme.

Vi sinceridad en su mirada
y comencé a pintar. Poco a poco me fui calmando y mi mano fue recuperando su pulso habitual.

Pablito posaba como un profesional:
en silencio, con la vista perdida en el vacío y aguantando estoicamente todas las sesiones sin desfallecer.

Con el paso de los días
en mi mente se formó una imagen de Pablito diferente de la que tenía la gente del barrio:

al igual que el olivo,
me pareció entender que aquel ser excepcional y único, vivía hermano de una eternidad cotidiana y vecino de un tiempo que podía confiar en él para la provisión de luminoso aceite.

Me contaba
en los tiempos de descanso las anécdotas cotidianas que vivía en aquel bohemio barrio de Rochechouart.

Una mañana –me dijo, por ejemplo-
un señor barrigón, cliente habitual del mercado me ha dicho que si me montaba me iba a producir doble placer.

Sí, uno al montarme
–le he dicho, contestando la broma-y otro al bajar de la burra. Jajaja.

Cierto día,
mientras estábamos tumbados en el canapé, sin que yo le preguntase nada comenzó un monólogo que escuche con sumo interés.

MOLÓGO DE PABLITO

En el "insti" tuve varias profes de literatura
que me decían que tenía dotes de escritor. Destacaba en las redacciones y en los comentarios sobre poemas y escritos de grandes escritores,

pero no les hice puto caso.
Seguía en el "insti" porque me obligaban en casa, pero yo no podía soportar el aislamiento al que me sometían los compañeros.

Nunca comprendí qué les molestaba de mí.
Inventaban chistes y adjetivos referentes a mi delgadez que ocultaban realmente cuáles eran sus verdaderas ideas sobre mí.

Tuve durante muchos años
un fuerte complejo por mi delgadez y que, como puedes ver, me ha perseguido todos estos años.

En aquel tiempo
los chicos y las chicas íbamos por separado a la escuela. Aquello me permitió conocer a los hombres y llegar a la conclusión de que no me gustaban,

ni siquiera como compañeros.

Su técnica consistía en descalificar
de una manera u otra a todos los demás y para disimularlo buscaban un chivo expiatorio.

Como no podían descalificarme
en los estudios porque era mejor estudiante que ellos y con mejores resultados no se les ocurría otra cosa que humillarme por mi delgadez.

De esa manera ocultaban realmente
la envidia y odio que me tenían. Viví durante años –y aún vivo- marginado; acompañado sólo por mi imaginación.

En cierta ocasión
con sólo nueve años de edad tuve una pelea espantosa: un grupo de chicos mayores que yo se estaban burlando de mí y de mi voz y al responder con alguna palabra más altisonante que las suyas empezaron a darme una paliza.

Me pateaban en el suelo
cuando logré hacerme con la pierna de uno de ellos y cayó de espaldas con tan mala fortuna que se dio con el canto del bordillo. Lo hospitalizaron con una fractura de cráneo y conmoción cerebral.

Durante siete noches recé
para que no se muriera. Sobrevivió, pero a partir de aquel di le cogí miedo a los hombres y también disgusto por su carácter flor de guerra.

Algo dentro de mí debió romperse
después de aquella experiencia.

Con las chicas no me fue mejor,
pero eso te lo explicaré otro día. Te cuento esto para que comprendas que no me gustan los hombres y que me siento como un ser antisocial.

Pocas semanas después de aquel suceso,
en mi Primera Comunión, en el casamiento atroz de la clencha a la izquierda y con el traje azul de marinero, el primero de los tristes uniformes, llevé mi cristal. Colgado de mi cuello lo mecía, alejado caía sobre mis huesos, jugaba con sus múltiples caras, con su enigma: lagarto-madre de enigmas.

Avancé por encima de la alfombra central
de la nave invadida por las luces de colores que penetraban a raudales por los inmensos vitrales, sin mar sin cielo, hasta el altar y comulgué,

Tomé sí el pan del dios de los cristianos
y lo sumé a mi pecho salvaje, antiverbal.

Allí,
en aquella especie de cueva de átomos y hostias divinos, unido al estruendo de los ángeles custodios de su misterio alcé mi Guía, mi cristal.

Pablito estaba desnudo como yo,
Sentado sobre la cama y apoyaba su espalda sobre mi pecho. Con mi mano derecha le acariciaba suavemente su enorme miembro de forma que no le veía la cara, pero no me atrevía a cambiar de posición por miedo a interrumpir aquel monólogo que estaba penetrando mi piel a través de los poros abiertos y músculos horripiladores erectos.

Sus palabras eran como impulsos eléctricos
que me invadían las sienes como la música Spiegel im Spiegel de Arvo Pärt y mi musculatura frontal abandonaba poco a poco el arco de atención de las cejas y mis ojos de té apenas veían su espalda.

"¿Hasta qué límite – continuaba diciendo -,
sombra o nada puede ir la palabra que quiere, pero su tejido es selva y su selva tejido de la selva; dar con lengua y signo, la muerte la vida, que es tributo de posesión sin fuga por un cristal como este que llevo siempre en mi pecho?"

"Articulo mi idioma,
ante el rechazo de mi voz, en el corazón de mi cristal y llevado por su leyenda irradiante rayo los enigmas y los transmuto en cosas". Porque todo es mensaje, comunicación, energía de dos relámpagos que calcinan el Mar de los Ruidos y la Tierra de los Silencios, el espacio devorador entraña del nacimiento".

Llegados a este punto
los latidos del corazón parecían pedirme salir a respirar fuera de las arterias; y, los impulsos iníciales de las sienes descendían por las carótidas hasta alcanzar el clítoris de una forma especial por primera vez en mi vida. Parecía que la piel iba a reventar, las mandíbulas se me habían aflojado de tal manera que la saliva fluía casi a chorro.

Un gusto agradable bajo la lengua,
cerca de su raíz se confundía con un jadeo involuntario jamás experimentado por mí. Las corrientes eléctrica surgidas de mi vagina iban subiendo como ascendiendo por la ladera de una montaña hasta alcanzar los pezones y de allí partían auténticos latigazos de placer-dolor que me castigaban la espalda de arriba abajo.

Todas las caricias del mundo
habían sido insuficientes para provocarme el más ligero orgasmo y, sin embargo aquella voz atiplada arrojando palabras que nunca había oído ordenadas de aquella manera mágica en presencia de un cristal oscilando sobre aquel voluminoso apéndice pretendidamente inútil para Pablito y, sin embargo, digno de un culto fálico extraordinario.

Al notar que mi mano se relajaba
y dejaba de presionar su pene, Pablito se giró hacia mí y con la punta de la sábana me limpió la boca y prosiguió diciendo, otra vez pensamientos que me parecieron salidos de los labios de un querubín:

"Para cegar,
aunque no lleve a parte clara u oscura creer que lo que es fuego molesto para muchos vaya a excitar su hueso de pájaro o tigre; para hacer de un ciego momentáneo un niño en la noche sin luna saco mi cristal y es entonces que un millar de peces de nieve en llamas abren un cielo blanco".

Casi imperceptiblemente
Pablito iba introduciendo su dedo pulgar en mi vagina de forma que los impulsos eléctricos que habían recorrido mi cuerpo comenzaron a activarse de forma que temí volverme loca de placer. Mientras yo me debatía entre el placer y el dolor de las punzadas  en mi vientre como rayos que buscaban mis senos Pablito continuaba hipnotizando mi alma con su monólogo.

"Es el amanecer mi amor,
es la luna que alza el mar, son las ciudades que arden en el sueño. Así dicen los poetas y es mi cristal, invisible en su manifestación que los pierde". Lo llevo colgado de mi cuello y sigo su valle, su río, sus montañas aéreas que en su quietud me miran como tú amada mía, porque ya, el color ígneo-frío del cristal es toda la tierra lejana: sólo luz de colores".

Mis mejillas estaban completamente relajadas
a causa del inmenso placer cuando Pablito se incorporó después de besarme los pies y continuó con otro monólogo

Desde aquel día
uno solo de sus finos dedos mezclado con una sola sílaba de su infantil voz eran suficientes para hacerme tocar las estrellas con la mano.

                                                                 Johann R. Bach

16 oct 2015

se fue a Francia huyendo más de la familia que de sus verdugos,


LOS PAISAJES DE TÍA KARINA

De la familia, perdida, se había quedado Tía Karina. No era otra la razón que el miedo a sus ideas por la que todos se apartaban. Olían el peligro de la derrota y, sin embargo, todos hablaban bien de ella.

Yo la conocía por lo que de ella oía en casa. Me la imaginaba como una persona que combinaba como podía sus ideas y su personalidad con la dulzura de una persona con un corazón demasiado grande para este planeta. Sé que se fue a Francia huyendo más de la familia que de sus verdugos, pero muchos de sus escritos se quedaron en casa de Tía Rosita y apenas Flordeneu y yo supimos leer nos los dejaba examinar.

Su caligrafía era muy fácil de leer, como la de las personas que no temen mostrarse al mundo como son: letra casi de imprenta, con mayúsculas sin adornos y estilizada casi como dibujos de sus paisajes. Recuerdo algunos párrafos por haberlos leído decenas de veces. Así por ejemplo describía un camino que yo nunca he podido encontrar en el mundo real:

"...al otro lado del camino había un seto de boj alto y los senderos limitaban con hileras de madroños y todos ellos daban al interior de una maraña de flores cada vez más profunda. Las camelias estaban en flor, blancas, carmesí y rosas y blancas a rayas con hojas centelleantes. No se podía ver ni una hoja en las matas de jeringuilla por los abundantes ramos blancos".

"... las rosas estaban en flor, rosas de etiqueta rigurosa, pequeñas y blancas, pero demasiado saturadas de insectos como para acercártelas a la nariz, rosas de todos los meses de color rosa con un anillo de pétalos caídos alrededor de los arbustos, rosas de berza de tallo grueso, rosas muscíneas, siempre con capullos, delicadas preciosidades rosas abriendo un pétalo en otro, rosas rojas tan oscuras que al caer parecían volverse negras, y cierta variedad color crema, exquisita, de esbelto tallo rojo y hojas escarlata brillante..."

En otro párrafo se refería a unos campos (¿imaginarios?) en los que "había matas de campánulas y todo tipo de geranios, y arbolitos de verbena y matojos de lavandas añiles y una franja de tierra de pelargonios con ojos de terciopelo y hojas como las de las polillas..."

en otro escrito parecía seguir el mismo hilo lírico: " ... se podía ver cómo la luz de la mañana resbalaba sobre un parterre con resedas solamente y otro sólo con pensamientos y margaritas y todo tipo de plantitas copetudas que nunca había visto..."

Podría emborracharme con el aroma de toda aquella flora en caso de toparme con un tal paisaje. Su abundante conocimiento de las plantas era apabullante y sus descripciones rebosaban pasión en cada palabra. Así por ejemplo, era fácil encontrar párrafos como el siguiente:

"... los gladiolos rojo-pasión eran más altos que yo misma; los girasoles crecían formando una pequeña jungla. Me senté en uno de los setos de boj, pues si se aprieta bien primero, se hace un buen asiento. Pero, a veces, ¡cuánto polvo hay dentro! Hay que tener cuidado con él, de lo contrario los múltiples estornudos están asegurados..."

En mitad de una descripción bucólica cambiaba el ritmo narrativo, como si un golpe de sangre hubiera puesto su corazón al galope:

"... y de repente me encontré en lo alto de una sinuosa pendiente de hierba que bajaba hasta el huerto... Me quedé mirando la cuesta un momento. Allí abajo me esperaba él... con las mejillas encendidas y la sonrisa en los labios bajé corriendo, nos abrazamos, rodamos por la florecida hierba espesa del huerto... No nos detuvo ni la gran azabara..."

Sin duda esos fragmentos los escribió Tía Karina en días grises, bochornosos, en los que el sol no se atrevía a asomarse y se pasaba el tiempo escondido tras grandes nubes del color del luto, cargadas de restos de carboncillo, cloratos y pólvora; días en que los niños ya no correteaban por las calles ni iban a la escuela pues permanecían confinados en sus casas rezando para que los horrores de la guerra no cruzaran el dintel de la puerta de sus hogares. Las campanas cortaban el tiempo como si fuera el tronco de un árbol muerto. A veces las calles se llenaban de aullidos de lobo. Eran gritos de desesperación de familias enteras que daban rienda suelta a su dolor.

Tía Karina huía, como muchas otras criaturas del dolor y se refugiaba en los campos escribiendo sobre temas más satisfactorios y elevándose por encima del tiempo. Desde que leí algunos de aquellos fragmentos miro los campos de otra manera y me detengo embelesada cuando veo una simple mariposa encaramada en las corolas bilabiadas de una inflorescencia de lavanda.

                                                            Johann R. Bach

15 oct 2015

la guerra desplegaba su pequeño carnaval viril a lo largo de kilómetros,


EL LIRISMO DE TÍA KARINA Y EL UNIVERSO DE LOS HOMBRES



Se llamaba Caterina debido a que en su lugar de nacimiento (Soller) era un nombre muy popular, pero en la familia se la denominaba Tía Karina por la influencia rusa de la época muy distintas de las cursilerías actuales Caty, Katty, Katia, Kattia...

La guerra civil era la responsable de sus coquetas representaciones detrás del bosquecillo de Can Dèu, al otro lado de la Iglesia de Sant Julià d'Altura, bien lejos de Sabadell de aquellos años, lo que es tanto como decir que en ningún sitio, en los confines de un mundo que ni siquiera era el nuestro. Nadie quería visitar aquel paraje acompañándola. Se prefería en la familia convertirla en una leyenda; así podíamos vivir con ella.

Cierto domingo, había llegado temprano a aquel paisaje lleno de caminitos húmedos y embarrados con raíces de árboles atravesándolos a todo lo ancho como huellas de patas de aves enormes. A fuerza de no ver otra cosa en el mundo que los milagros de la vida vegetal y animal, se situó en un extenso prado detrás de una pequeña cresta que daba al lugar -me imagino- el aspecto de una mano inmensa con la palma hacia el cielo, cubierta de hierba y matojos. No es difícil recrear, en aquellos momentos, una ráfaga de viento cálido flotando bajo su cuello que le hiciera comprender que había cruzado una línea roja, la invisible frontera que todos los humildes habíamos trazado en la tierra y en nuestras mentes.

Me imagino al alguacil que la había seguido a distancia levantando los ojos y viéndola sentada sobre la espesa hierba salpicada de margaritas blancas, el tejido claro de su vestido, extendido alrededor de su cintura y me traen a la mente ciertas escenas campestres que se ven reflejadas en bucólicos cuadros. Con facilidad puedo representar en mi mente el prado y las flores que lo esmaltaban al parecer sólo para ella; cómo de vez en cuando, la brisa alzaba los vaporosos rizos de su cabellera, que le cubrían la nuca, de tenue sombra. Como cualquiera otra maestra estaba mirando al frente, hacia lo que nosotros nunca quisimos ver. Tía Karina miraba aquel paisaje con una sonrisa inefable, una sonrisa a cuyo lado las que dedicaba a diario a sus alumnos -y El Cielo sabe qué hermosas eran-; parecían formales y distantes. Miraba la llanura -que se extendía hacia el macizo de Sant Llorenç de Munt-, parda, temblorosa e infinita.

A lo lejos, la línea del frente puede que se confundiera con la del cielo de tal modo que por momentos parecería que varios soles se alzaran al mismo tiempo y volvieran a caer con un ruido de cohete fallido. Por lo que tengo entendido la guerra desplegaba su pequeño carnaval viril a lo largo de kilómetros, y visto desde Sabadell debía ser un simulacro organizado en un decorado para enanos de circo. La muerte no soportaba tanta pequeñez, y podría estar simulando que se marchaba llevándose todo su cargamento de dolor, de cuerpos destrozados y gritos perdidos, de hambre y miedo en el estómago, de tragedia.

Tía Karina miraba todo lo que sucedía en el mundo -el mundo de todos nosotros- con los ojos muy abiertos de la maestra que más tarde, durante muchos años en su propósito vocacional habría de explicar a "sus niños". Cuando fue sorprendida por aquel alguacil que no hablaba nuestro idioma tomando notas en su cuaderno lila con un lápiz tan pequeño que apenas asomaba entre sus dedos, sus labios pronunciaban palabras que tal vez fueran las mismas que escribía.

Como en una escena que yo hubiera visto realmente Tía Karina sintió que alguien la observaba, a sus espaldas, como un ladrón. Se volvió sin miedo y sus ojos se tropezaron con los del alguacil que en sus manos mantenía una carabina. Los gestos de ella se paralizaron durante unos segundos que debieron ser una eternidad. Luego sus ojos se deslizaron hacia las manos que sostenían el arma y volvieron a clavarse en los ojos del funcionario. Era como si nada viviera, como si nada se moviera en su interior, como si la sangre la hubiera abandonado para irse a otra parte.

Los ojos de Tía Karina debieron ser como dos clavos mojados en vinagre que se clavaban por todo el cuerpo de aquel hombre que empezaba a avergonzarse por haber interrumpido los pocos minutos gozosos de aquella injusta guerra. Él debió encogerse de hombros decidiendo desaparecer de aquel paisaje y dejando a Tía Karina en su universo. Un universo demasiado feo para ella. O demasiado estrecho, demasiado asfixiante. Un universo que los dioses y las princesas no se dignan mirar ni cuando lo atraviesan con la punta de los labios:

el universo de los hombres.

                                                                                   Johann R. Bach

13 oct 2015

el afán por hacerse rico produce hipertensión, arteriosclerosis y depresión


TIO AURELIO: EL COMERCIO HECHO HOMBRE

El sol, la lluvia y los años han borrado la fotografía que mi memoria había colocado en uno de los marcos de platino de mis recuerdos. Ya no queda en ellos más que la sombra de su cabello, y también el posible dibujo de su sonrisa, como si nos mirara a todos tras un velo de gasa. Al escribir estas líneas poso la mano sobre las letras de su nombre como si ello me ayudara a recordar mejor todas aquellas historias que, para bien o para mal, constituyen parte de mi vida y que, sin ellas, sería imposible comprenderme a mí misma aquejada de una hipoendocrinia casi total precisamente cuando lo que veía a mi alrededor era todo el universo observable por mis ojos como en un pase de diapositivas.

Tío Aurelio tenía una enorme barriga en forma de pera y un gorro de napa que no se quitaba ni a sol ni a sombra, un sempiterno palo de regaliz en la boca y los dientes muy negros. Cincuentón y solterón, no se le conocía ninguna aventura. El dinero que ganaba se lo guardaba; no se lo bebía ni se lo jugaba, y tampoco se lo gastaba en los burdeles del barrio chino. No tenía vicios. Ni lujos. Ni caprichos. Sólo la obsesión de comprar y vender, de amontonar el oro porque sí, por amontonarlo.

Era como ésos que llenan el granero de heno hasta el techo, cuando lo cierto es que no tienen animales. Pero, después de todo, estaba en su derecho. Murió de septicemia, en el cincuenta y uno, en plena huelga de tranvías hecho un Epulón. Es increíble que una heridita de nada pueda complicarte la vida de ese modo, e incluso abreviarla. En su caso fue un corte en el pie izquierdo, apenas un arañazo. Cinco días después estaba tieso como la mojama y completamente cianótico, lívido de pies a cabeza. Parecía un salvaje africano (sin ánimo de ofender a los  africanos) cubierto de pintura, pero sin el pelo crespo ni lanza.

Murió Tío Aurelio sin hijos o esposa que derramaran un lágrima por él, abandonado por la familia y sin amigos. Y no es que la gente lo odiara, no. Ni mucho menos; pero un hombre al que sólo le interesaba el dinero y que jamás miraba a nadie sin la intención de realizar algún negocio no merecía compasión alguna. Había tenido la posibilidad de tener todo lo que le apeteciera y eso no todo el mundo puede decir lo mismo.

Quizá la razón de su vida fue ésa: venir al mundo para coleccionar monedas de curso legal a pesar de que el afán por hacerse rico produce hipertensión, arteriosclerosis y depresión. En el fondo es fruto de la aparición sobre este planeta de un arquetipo que ha de convivir con los otros ocho.

Tío Aurelio, que alquilaba habitaciones, vendía carbón y petróleo, aceite, grasa y carne en salazón a todo el barrio, tuvo sus mejores años después de la guerra. Vendía tan caro como podía cada saco de harina traído desde lugares lejanos. Burlaba la vigilancia de los "burots" más por su tacañería que por su honradez de no pagar su connivencia. Llenarse los bolsillos, trabajar día y noche, era lo habitual en él.

Era el comercio hecho hombre.
Un caso digno de estudio.

                                                                         Johann R. Bach

12 oct 2015

¿Qué será del mar cuando yo no esté?


EL DOLOR DEL MAR

Frente a un mar embravecido sentí

cómo un aire de lechugas y  
manzanas cortadas a rebanadas fragmentos de poesía cayó ayer sobre mí.

Arrastré mi saco de huesos
hasta la boca de una mujer; se puso a chupar.

Le di mi luna, mi amor y ¿ahora qué?

Quemado voy,
una llama fría atraviesa mi médula. Asco me da la nada.

¿Qué será del mar cuando yo no esté?
Nadie percibirá el olor de mi ausencia.

De momento, la noche sigue siendo puntual
y el dolor del mar, hoy por hoy, lo más llamativo.

                                                                  Johann R. Bach

ya ha caído la noche en que surge su nombre: Pilar.


DE NOMBRE PILAR

Se oyen
a lo lejos las doce campanadas y

ya ha caído la noche
en que surge su nombre: Pilar.

Hace rato
que los pájaros han enmudecido.

Las luces de la casa vecina
se han extinguido.

Se oscurece el firmamento nocturno
en esta noche de octubre sin luna.

Sobreviene el sueño
tras el largo día.

Y aquí el viento sacude
el follaje de las encinas.

Las estrellas caen en picado como bellotas.

Los chopos se yerguen en medio de la oscuridad
y sus hojas, con el viento en calma, deciden no protestar.

Cae de las alturas el desamparo,
el silencio como castigo.

La oscuridad engulle en vano la voz.
Todo dormita.

Con el corazón en un puño
se agita otra vez el campanario.

Por ningún lado nadie.
Feliz día tengas Pilar.

                                                                               Johann R. Bach

Ella volvió, in extremis, la cabeza ....


SU CABEZA UN BUSTO DESALIÑADO

Lo vio crecer en el horizonte al caminar.

Sentada sobre la arena
lo vio inclinarse tocando la espuma de las olas con la mano.

Al pasar junto a ella
echó un vistazo a sus entregados ojos de té.

Sobre su cabeza un busto desaliñado
revoloteaban extrañamente diminutas mariposas.

Pasó de largo
como menospreciándola con orgullosa naturalidad.

Ella volvió, in extremis, la cabeza
hacia aquella figura que partía.

Aquella educada dama
comprendió que era El Hombre

que surgió del horizonte
y que ya no desaparecerá.

                                                                         Johann R. Bach

10 oct 2015

sabes que no vas a estar dentro de ese cuerpo toda la vida; así que no te quejes.


TU YA TUVISTE TU MILAGRO

El pavo, los turrones y el champagne
los comprarás este año en tiendas alejadas del barrio para que nadie sepa que estás sola, incluso las uvas serán el punto final de una cena en un restaurant junto a la playa con una sola vela.

Tu mañana,
a medida que se acerca el día de Todos los Santos, huele a mantequilla y mermelada de naranja amarga mientras el aroma de las castañas asadas invade las plazas. Ese día no podrás evitar los recuerdos contumaces.

Excepto el mar y su horizonte,
más o menos previsiblemente la ciudad te ofrecerá pocas sorpresas: comercios antiguos iguales a tus días y unas Ramblas pisadas por una muchedumbre que se apresta a comprar regalos para los familiares.

Por la noche,
deambulando por calles alejadas de tu vivienda, volverás a recordar el frío del aluminio de aquel capó del coche volcado, la sangre resbalar por tus mejillas y el agua de la lluvia empapándote las medias.

luego antes de adormecerte,
en la cama, leerás algo que te inocule esperanza, incluso planificarás algún festín en tu apartamento, con alguna vanidad que roce lo inmoral sin importancia.

No te resignas a vivir -y haces bien- entre el letargo de calles prematuramente iluminadas y vestidas para la fiesta que tú no quieres tener. Una fiesta que se distinguirá por unos

contenedores de basura
llenos de restos de acelgas, de periódicos de malas noticias que tú evitas durante todo el año escuchando música.

Tú ya tuviste tu milagro.
Sobreviviste aunque sabes que no vas a estar dentro de ese cuerpo toda la vida; así que no te quejes.

No pretendas que al abrir la nevera
no encuentres tomates ya podridos, patatas echando raíces, carnes y verduras ya caducadas y botellas de bebidas que han perdido sus gases.

Sin embargo,
sabes que habrá un tiempo en que volverán las vacas bien cebadas y los nidos abandonados de los campanarios se llenarán de sabias cigüeñas.

Junto a la belleza
y alegría de la primavera volverán el dinero y la vergüenza a enmascarar la razón lacerante de las bestias.

Todo volverá enroscado en paquetes
de todos los colores que forman el mundo.

Aún no es tarde para que decidas
en qué banco te vas a sentar para seguir observando el mar.

                                                                      Johann R. Bach

8 oct 2015

Cuando llegué a París busqué el París de las novelas


BAÚLES DEL MUNDO

No sé qué tiene de especial este café.
Es sucio y triste; muy triste. Y, sin embargo, es el único real. Tiene algo que no puede compararse a los demás.

Cuando llegué a París
busqué el París de las novelas, la ciudad con calles abarrotadas de gente parisina. La Place Nation estaba sembrada de iluminados restaurantes que se llenaban a la hora del desayuno con mujeres casi ancianas, y por la noche se ocupaban todas las mesas con personas de mediana edad, bien vestidas dando la impresión de que no vivían en 13ème  Arrondissement (Distrito 13 avo).

Casi al final del Boulevard Diderot,
frente al número 123 edificio donde yo tenía mi buhardilla-habitación se hallaba el pequeño café de paredes recubiertas de antiguo y sucio papel pintado y con fuerte olor arsenical. Cada día se podían ver en él las mismas caras, gentes sencillas tan peculiares que, desde mi habitual rincón, me distraía observándolas con la intención de hacerme una idea de cómo eran sus vidas.

Os ruego no penséis
que de esas miradas se pueda deducir una confesión de modestia ante el misterio del alma humana. En absoluto, yo en aquellos días estaba cargada de orgullo y por ello no me molestaba que en el hospital me trataran como una persona poco diestra y de origen humilde por el solo hecho de ser no francesa. Mientras los compañeros de trabajo intentaban analizarme con la "sana intención" de etiquetarme y colocarme en alguno de los compartimentos de sus engreídas mentes provincianas, no imaginaban que yo también desmenuzaba sus gestos.

Todas aquellas personas
que frecuentaban a diario aquel pequeño café se podrían estudiar como baúles del mundo. Entidades que habían metido en el fondo de su alma todas y cada una de las emociones vividas, de forma desordenada o de forma distinta a lo que denominamos archivo. De sus rostros apenas inmutables se podía deducir que habían deambulado de un lugar a otro en los que se les había descargado con estrépito en estaciones de ferrocarril o de autobús, estuvieran vacíos, medio llenos o atiborrados de sufrimientos.

¡Qué fascinantes podían ser aquellos "Baúles del Mundo"!

En aquel café me veía derecha delante de ellos, casi desapercibida al final de la barra, simulando leer las noticias del día como un oficial de aduanas pues casi toda la clientela era de origen marroquí, argelina o tunecina. Entre las excepciones se hallaba Zita refugiada húngara en Francia desde 1956. Cuando Zita huyó de Budapest era ya una persona madura y tenía la esperanza de tener una vida mejor. La falta de familiares y/o amigos la sumió en una tristeza agónica que le modeló la cara hasta borrarle por completo la sonrisa de sus labios. Tres arrugas horizontales en su frente mostraban que en su pasado amaba a los niños; en el ancho arco senil de sus ojos ya no era posible rastrear sus antiguas alegrías. Su destino parecía ir contaminando a todos los otros clientes.

En cierta ocasión en que la exigua tarde invernal se acercaba a su fin, casi poéticamente yo callejeaba por la Rue Faubourg de Saint Antoine sin rumbo, sin ganas de volver a casa cuando entré en aquel cotidiano café y me situé en el rincón de siempre.

Allí estaba la camarera.
Patética no era, cómica decididamente tampoco. Sin hacer jamás uno de esos comentarios perfectamente triviales que tanto sorprenden cuando los hace una camarera (como si ella fuese algo así como un cruce entre una cafetera y una botella de vino y no se esperase de ella que pudiera contener siquiera una gota de cualquier cosa). Era una mujer de pelo gris sin llegar a ser platinado que andaba como si tuviera los pies planos, con uñas largas y quebradizas de las que dan dentera cuando al tomarte las monedas te araña.

Cuando no le estaba pasando un trapo sucio a la mesa,
se quedaba de pie con una mano en el respaldo de una silla, con el delantal más que demasiado largo, y en el otro brazo la servilleta sucia con tres dobleces, como esperando ser fotografiada en relación con algún desdichado cliente.

Fue en aquella tarde de invierno cuando,
con una taza de té entre las manos, me di cuenta de repente de que sin venir a cuento Zita estaba sonriendo. Levanté la cabeza despacio para observarla a través del espejo de detrás de la barra. Sí. Allí estaba sentada, apoyada en la mesa en medio de una sonrisa inmensa y al mismo tiempo disimulada, la taza de café con su penacho de humo delante de ella y al lado el anillo cobalto del plato con dos terrones de azúcar.

Abrí los ojos cuanto pude.
Era como si hubiera pasado allí toda la eternidad, digamos que..., y ahora por fin empezaba a vivir...

El café estaba muy tranquilo.
Afuera se empezaba a ver, por entre la oscuridad del atardecer, que estaba empezando a nevar aunque los enormes copos aún no cuajaban al llegar al asfalto. Sólo se veían las siluetas blanquecinas de los coches y la gente desplazándose cortando el aire fino.

La experimentada camarera
única parisina de la escena desapareció y reapareció con un saco de sal bajo el brazo. La esparció por el suelo desde la entrada hasta la acera y rodeando la estufa con los gestos sumisos de sus manos, casi de veneración, también sonreía. Nadie se hubiera sorprendido, si, en esos momentos, la puerta se hubiera abierto y hubiera entra un arcángel replegando sus alas para darnos alguna buena nueva.

Aquellos Baúles del Mundo

comenzaban a sonreír quizá por primera vez de aquella manera espontánea.

                                                                                   Johann R. Bach