
LA VÁLVULA DEL OMBLIGO DE LOS OBISPOS
-Buenos días amigo lagarto.
Hoy el viento remueve los cielos y el sol campea por sus anchas.
-Buenos días amiga.
Veo que hoy te has bajado un libro y por ello deduzco que te dispones a leer un buen rato.
-Así es amigo.
Es un libro de filosofía para aficionados. ¿Te gusta también a ti reflexionar sobre el Mundo?
-Sí. Pienso a menudo
sobre diferentes cosas aunque a veces me pongo de muy mal humor cuando la deriva filosófica me lleva a los aspectos sociales.
Me pongo muy nervioso
cuando veo cómo la ciencia oficial difunde a rienda suelta obviedades como si fueran descubrimientos mientras ignora que la luna rueda lentamente por encima de los Jardines iluminando las granadas y los olivos.
Me molesta muchísimo –y no puedo evitarlo-
Que, amparados en la "Ciencia Oficial", esos "científicos de pacotilla" se burlen de millones de criaturas haciéndoles creer que el nivel del mar subirá en pocos años un metro y las mareas arrasarán la mayoría de las ciudades marítimas, mientras que por otro lado lanzan a lomos de las ondas hertzianas preguntas inquietantes, preguntando, cínicamente: ¿Dónde está el silencio de los bosques, el olor del romero, la lavanda y la hierbabuena de las auroras en el campo?
Yo me consuelo escribiendo notas críticas fustigándoles.
Escribo, por ejemplo, que el cielo se ha puesto el magnífico uniforme azul marino constelado de oro del jefe de la policía municipal,
Escribo cosas sobre sus cloacas…
pues los imbornales de las calles se atascan y no pueden engullir millones de versos… que las alcantarillas se destapan las bocas a golpe de grandes tragos de nuevos pensamientos filosóficos que se esparcen en las plazas aunque sea bajo un conglomerado de rancia orina solidificada.
En algunas ocasiones
me permito el lujo de decir que me desternillo de risa al ver a miles de personas –consumidores compulsivos de langostas y pescadito frito-, tocados con coronas de perejil, cómo llenan las calles exigiendo un uso más razonable del agua de mar.
En otros momentos
dejo el tema social aparcado y la emprendo con los mecánicos dentistas encargados de sellar pasaportes para el Mundo del Dolor. Sonrío mientras ellos saquean la colección de botones gemelos que forma parte del Tesoro de la Humanidad.
Pero cuando reviento a carcajadas
es cuando oigo por la radio las declaraciones de los obispos -como el de Valencia-, que tan pronto acaban de posar para sus retratos ecuestres bajan al Circo del Mundo y dan el pistoletazo de salida para el próximo préstamo. Entonces recuerdo que, según palabras de Tío Arturo, después de cada cena se desatornillan, a escondidas, la válvula del ombligo.
Johann R. Bach