27 ago 2015

Río donde termina el ciclón



MISSISSIPI BLUES

 
¡Oh Mississipi!
 
Río que arrancó
-con la ayuda de otro río indio, el Missouri – de su cuna, de un tirón, a nuestros hijos de tez oscura: dales el rostro de tu pasión.

Río donde termina el ciclón,
donde nos detuvimos a beber y a construir nuestras humildes casas, haz rodar por tus arenas de olvido el barro de nuestro tambor.
 
¡Oh Mississipi!
  
La tierra es tu temblor, el sol ansiedad,
y en su noche cada pobre algodonero cuece de tu cosecha el pan.
   
Tantas veces castigado
por el vuelco de diluvios ahora abandonado a tu suerte, privado de voz.
   
¡Oh Mississipi!
   
Río de los músicos de callosas manos,
no hay viento que se dulcifique ante los remansos de tu perezoso proceder.
   
Río del alma vacía,
del andrajo y la sospecha, de antigua pena de deportados que se devana, del chopo joven, de la compasión.
   
Estribillo (repetir 2 veces)
   
¡Oh Mississipi!
   
Río de los chiflados
que duermen abrazados al jazz , de trituradores de melodías y  afiebrados, embriagados, de ritmo, de la noche que  conchaba embusteros y
amodorrados de opiáceo sueño

que bajo las desgracias de los tifones
ven belleza en los abandonados campos de algodón.
   
¡Oh Mississipi!
   
Río de los mejores que sí mismos,
de nieblas en flor, de la lámpara que apaga la angustia de su sombrero con agua y viento huracanados.
   
Río del respeto a los sueños,
río que oxida el metal de nuestros instrumentos, donde las estrellas tienen ese brillo que niegan al mar.
   
¡Oh Mississipi!
   
Río de la afición a la música irradiada
y del grito que emboca las aguas, del huracán que muerde la viña y anuncia el vino nuevo.
   
Río de corazón intacto
en un mundo enloquecido por prisiones de acristalados muros, ampáranos violento y amigo de las abejas de la canción.
   
Estribillo (repetir 2 veces)
   
¡Oh Mississipi!
   
Río de los chiflados
que duermen abrazados al jazz , de trituradores de melodías y  afiebrados, embriagados, de ritmo, de la noche que  conchaba embusteros y
   
amodorrados de opiáceo sueño
que bajo las desgracias de los tifones ven belleza en los abandonados campos de algodón.
   
                                                                              Johann R. Bach

25 ago 2015

Quisiera decir al viento que el poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo.


NOTA A LOS LECTORES DE GOOGLE

Quisiera que no se molestaran
aquellos a los que no les gusta la poesía ni el paisaje que la inspira;

tierra movediza, horrible, exquisita,
y condición humana heterogénea que se apropian una de otra y se cualifican mutuamente.

La poesía se extrae
de la suma exaltada de sus reflejos.

Quisiera que se perdonara
al hombre o mujer de la estabilidad unilateral poetas por vocación.

Quisiera decir al viento
que el poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo.

Quisiera ser como el poeta
que no se irrita por la horrible extinción de la muerte, sino que confiando en su tacto particular transforma todas las cosas en hilos prolongados.

Quisiera ser como el poeta,
que en el umbral de la gravedad, igual que la araña, construye su camino entre las estrellas de la noche.

En parte oculto a sí mismo,
se muestra a los demás –en los rayos de su astucia inaudita- mortalmente visible.

Quisiera que no se molestaran
aquellos a los que no les gusta la poesía ni el paisaje que la inspira.

                                                                                  Johann R. Bach

24 ago 2015

¡Oh vida! Dales a los vivo ... un poco de tu sutil sensatez


BULIMIA DE JUSTICIA

Como médico temo
tanto la fiebre alta como la clorosis de los años que seguirán a la reducción de ciudadanos con trabajo y de derechos sociales.

Presiento que la unanimidad confortable
de los que han conseguido un lugar bajo el sol familia y empleo,

la bulimia de justicia
de los maltratados y maltrechos de nuestro sistema social tendrá sólo una duración efímera, en cuanto se retire el vínculo que anudaba nuestro esfuerzo.

Por aquí se preparan a reivindicar lo abstracto,
más allá del río Ebro y más allá de las montañas del Pirineo reprimen ciegamente

todo cuanto es susceptible de atenuar la crueldad
de la condición humana de este siglo y permitirle acceder al porvenir con paso confiado.

Los fantasmas multiplican los consejos,
las visitas, esos fantasmas cuya alma empírica sólo es un montón de secreciones y neurosis.

Esta lluvia que cala al hombre hasta los huesos
es la esperanza de agresión, la escucha del desprecio.

Nos precipitaremos en el olvido.

Se renunciará a desechar, cercenar, curar.
Se dará por supuesto que los muertos inhumados llevan nueces en los bolsillos y que el árbol acabará surgiendo algún día de manera fortuita.

¡Oh vida!

Dales a los vivos
que recorren Europa en masa si todavía hay tiempo, un poco de tu sutil sensatez sin la vanidad que engaña, y por encima de todo, acaso,

dales la certidumbre
de que no eres tan accidental ni privada de remordimiento como se dice. Lo odioso no es la flecha, es el gancho.

                                                                                               Johann R. Bach

23 ago 2015

TRINIDAD ERA LA ENCARNACIÓN DE UNA ESMERALDA


LA VOZ DE LA PRIMA TRINIDAD

Recuerdo que siempre que se hablaba en casa
De la prima Trinidad se la ponía a caldo por su carácter -por lo menos- "exótico". Yo escuchaba sin tener una opinión clara sobre ella. El día de mi octavo aniversario, mi madre comentó escandalizada de que Trinidad había anunciado el asesinato de Kenedy. Yo no sabía ni siquiera quién era aquel Kenedy y aquel comentario no hizo ninguna mella en mi espíritu.

Tio Arturo decía de ella que era
la encarnación de una esmeralda.

Y a Trinidad le encantaba esa definición y rebuscaba allí donde creía que  podría hallar información acerca de las esmeraldas como si buscara algo parecido al Google de hoy un gran baúl lleno de respuestas.

Comenzó a acariciar el espacio existente entre el color mismo del verde esmeralda y el aire, los cuerpos ajenos a ella, arrastrados por las tormentas. Recorría las calles de orientación norte-sur para poder ver la luz a raudales a las doce del mediodía.

Revolvía bibliotecas y librerías descubriendo en el constante estudio de su ser, rebeldías que la asombraban profundamente.

La prima Trinidad acostumbraba a salir corriendo sin causa alguna y "sus cantos" parecían desgarradores lamentos. Cierto día nos cogió a los primos pequeños, nos llevó al cuarto trastero y nos leyó algo que llevaba escrito en una hoja de papel verjurado de color amarillo ahuesado.

"Os leo este cuento a vosotros –nos dijo- porque los mayores no podrían entenderlo. ¿Conocéis lo que es una vibración? Sí, sí como un temblor. ¿Sabéis que todos los seres humanos vibran? Tiemblan. A veces nerviosos ante un acontecimiento importante, a veces de miedo, a veces de satisfacción…

"Todo esto lo he descubierto en un sueño
que he tenido esta noche: Caminaba sobre las aguas, mi piel obediente se dejaba perfilar por el mar y un frío de otra clase presentía en mis pies. Luego se hizo presente la humedad en mis rodillas. Era la humedad de la neblina. Bajo las olas cada pez hacía un surco en la arena del fondo una voluntad diferente de cada uno de ellos. Comprendí a los peces, los contemplaba con beneplácito…"

¿Nos vas a dejar? –dijo sorprendido Tío Arturo que estaba escuchando tras la puerta- ¿te quieres apartar de nosotros? "No –dijo la prima Trinidad con cierto aire de seguridad en su voz-, al contrario, este temblor nos une. Es sencillo… "

Los niños boquiabiertos teníamos la sensación de estar viendo un teatro de guiñol aunque sus palabras se grabaron en nuestros corazones: "sólo el temblor sobrevive a los años. Lo difuso del temblor (o vibración). La vibración del cuerpo humano es como una profecía de lo que va a suceder"

No acabó el cuento que nos quería leer. Pero desde aquel día la luz para mí fue diferente: vibrante. Algo vibrante como nosotros.

Meses después ocurrió el gran magnicidio.
Toda la familia dejó de considerar a Trinidad como una muchacha desbocada. La cosa era seria. Otra vez la sensibilidad de Tío Arturo había detectado un valor inmenso en lo que decía la prima Trinidad aunque él mismo reconocía en muchas ocasiones que no alcanzaba a comprender sus palabras, pero lo atribuía a su propia ignorancia, no a que la prima dijera frases poco cuerdas.

Pasados los años

Me adhiero a las palabras de mi prima Trinidad,
a sus entusiastas palabras, a su voz que era un rugido, el silencio obligado de sus amigas. Nada más.

Cuando decidió encaminarse hacia el campo de la libertad y extenderla a todos los pueblos del Pirineo, siempre los mismos hombres de manos rudas y tez quemada -más que por el sol por la humillación de cargar sobre sus costillas el latrocinio descarado de aquellos que no hablaban nuestra lengua- le abrían las puertas de sus casas como si de Juana de Arco se tratara.

Felicito a mi prima Trinidad por no aceptar la derrota mísera de unos rostros interrogantes. La felicito por perseguir continuamente la causa de aquella vibración; la felicito por haber hallado la respuesta que era  una incitación una pregunta.

Es cierto. Había aprendido a "GRITAR NO" a todo aquello que le pareciera una injusticia. Su obsesión fue siempre la de hacerse oír.

Creo que finalmente lo ha conseguido.

                                                            Johann R. Bach



UN REI ANTICATALÀ. Crec que ja ha begut oli.

!!! QUE SE SÀPIGA !!!

 

La recent intervenció del rei Juan Carlos I davant l'Assemblea General de l'ONU, lamentant la situació colonial de Gibraltar, té el seu origen en el tractat d'Utrecht (1713), amb motiu de la guerra de Successió (1700-14).

 

Si el govern espanyol considera anacrònic aquest tractat i aspira a la seva derogació, cal recordar que en el seu article X es determina el lliurament a perpetuïtat de Gibraltar als anglesos, a canvi que retirin l'ajut militar i econòmic als catalans.

                              

Per l'article XIIIè del mateix tractat s'autoritza Felip V, el primer Borbó, a desposseir els habitants de Catalunya de les seves constitucions, lleis i privilegis, assimilant-los als castellans i incorporant-los així a la corona d'Espanya, i per tant a promoure, l'any 1716, el Decret de Nova Planta, de trista memòria.

 

Si l'Estat espanyol recupera Gibraltar, per derogació del tractat d'Utrecht, per lògica i norma jurídica internacional caldrà també restituir les llibertats nacionals dels catalans, derogats per Felip V arran d'aquell tractat.

Doncs, vinga!, que el recuperin d'una punyetera vegada!!!
    

 

22 ago 2015

Ya está en la imprenta la novela LAS DOS CARAS DE LA LUNA


LAS DOS CARAS DE LA LUNA

LUCRETIA
LOS FINOS HILOS DE ARAÑA



MARTINA
EL OLOR A BOSQUE SAGRADO





                                                                                                                                       Johann R. Bach

21 ago 2015

Su voz sustituye a los objetos de la habitación,


BESOS EN EL ESPEJO (fragmento)

¿Qué soñaste anoche amor?, le pregunto.

Ella se queda con la mirada perdida.
"Luego te lo cuento; o mejor lo hago ahora. Aquel doctor era un tipo más bien excéntrico; su esposa había fallecido hacía ya tiempo y, por supuesto se rumoreaba que precisamente era de cáncer. Antes de que llegara el resultado de la biopsia, el tipo me pidió que me casara con él".

Me echo a reír.
Por otro lado, no me gusta que parlotees sobre un asunto como ése. No es por nada, pero después resulta difícil, un poco embarazoso, volver a hacer el amor. Te quedas como una isla de amatista surgida del mar. Cuéntame otra cosa amor. Ayer me decías entre beso y beso que tú no vives sino que existes; sé que, cuando avanzas de espaldas por el pasillo de tu memoria, te tropiezas, te arañas, te golpeas, pero no puedes evitar encontrar algunos sitios transparentes en los que tú eres verdaderamente tú y no una simple mujer madura, una funcionaria solitaria sin futuro alguno que vive bajo la tierra a cientos de metros de profundidad bajo los cimientos de la ciudad, en este cubo luminoso de tu apartamento.

Háblame de tu marido o, como es natural, de tu primera experiencia sexual o de la primera vez que hiciste el amor. Sí, sí ya noto cómo sonríes en la densa oscuridad. Rozo tu cara con los dedos y estás sonriendo de verdad. Nos echamos a reír los dos. Me dices que no tiene importancia cuándo y con quién lo hiciste la primera vez. Pero, si tengo un poco de paciencia, me podrías contar algo mucho más interesante, a saber, cuándo te besaste con alguien la primera vez. Te pregunto mientras mi mano continúa recorriendo sin prisa, con la voluptuosidad de un ciego, el contorno de tu cara. Noto cómo se mueven tus labios. Atrapas con los dientes, suavecito, uno de mis dedos.

"Cuando era pequeña me besaba en el espejo. Un día estaba sentada sobre la pierna desnuda de mi tía, sentía su calor en mis genitales y un hormigueo desconocido para mí me recorría el cuerpo hacia arriba. Mis ojos se fijaron en su boca, la boca más bonita del mundo. La besé. La volví a besar y sin saber por qué intenté introducir mi lengua entre sus labios. Ella apartó la cara, pero aquel hormigueo no desaparecía sino que era como si una mano me acariciase la barriga y el pecho. Empecé a moverme suavemente sobre la ardiente pierna de mi tía. Intenté de nuevo besarle en los labios. Ella se apartaba consciente de lo que estaba sucediendo, pero sorprendentemente cedió y su lengua fue la mía. Noté como se erizaba el vello de sus brazos. Sentí entonces unas punzadas fortísimas en mi vagina, hacia arriba como si me clavaran un objeto contundente. Abrí la boca como nunca lo había hecho y sus labios se apretaron fuertemente contra mi labio superior y supe que ella sentía lo mismo que yo. Yo no debía tener más de siete años.

Ya ves amor, las mujeres conocemos la sexualidad muchísimo antes que los hombres, pero nadie habla de ello.

Acabas de perforar, con tus colmillos, mi carótida y siento en la boca el sabor a uva de tu primera experiencia sexual. Tomo distancia y miro con atención lo tiernos que son ¡¡¡el uno junto al otro!!! El rostro de Martina se vuelve hacia arriba, no finge el éxtasis, el labio superior se contrae y deja sus dientes en una sonrisa forzada, le abraza con todas sus fuerzas…, ama la locura del futuro escritor.

Su biografía podría ser estándar: guardería, escuela primaria, instituto, facultad. Está en el cuarto curso de Filología porque se ha dedicado durante tres años a leer y escribir. No se le pasa por la cabeza pensar qué hará después. Si alguien le dijera que va a ser profesor en una modesta escuela privada de la periferia de la Capital, donde no ha de pasar por un concurso u oposición, lo miraría con lástima. Lo mismo haría si le auguraran un brillante futuro en el mundo de las letras latinas. Por el momento vive de la ayuda de sus padres, de pequeños trabajos en una editorial como corrector, lee, lee y vuelve a leer. Su trabajo es entusiasmarse. Escribe poco porque de momento padece la enfermedad del perfeccionismo el cual bien pudiera haberse contagiado de mi preciosismo sobre el lenguaje.

Dios mío no me saturo de ti. Nos hemos despegado otra vez. Tú te levantas y vas al baño. Llevas sólo una camisa de hombre que te llega hasta la pantorrilla. El ruido del agua del baño enturbia cualquier atisbo de pensamiento. Tú eres dócil, eres dulce en nuestros momentos de pasión, no quieres imponer tu personalidad, no tienes ningún gesto de iniciativa, pero respondes con ternura y firmeza a todos mis gestos.

Me coloco detrás de una manzana del cestillo y empiezo a  mordisquearla. Vuelve Martina a su lado, con su vestido, como la vela de un barco. Apaga la luz y se mete en la cama. Tiene las manos húmedas. Heladas. Yo sigo comiendo la manzana a oscuras y, de repente, la oigo hablar. Su voz sustituye a los objetos de la habitación, tan presentes hasta ahora junto a ellos dos y de los que no ha quedado más que ceniza.

"No insistas, tampoco me importa demasiado lo de tu marido –dice él- ya adormeciéndose. Ya sé que era alcohólico y que lo abandonaste tras siete años de matrimonio. Siete años de infidelidad. Sé lo mal que lo pasaste mientras arrojaba por la ventana tus novelas y tus poemarios editados con tantas y tantas dificultades. Sé que al final te divorciaste de él…, hace cinco años…

¡Se han dormido! Tengo que buscar un lugar seguro para proteger mis patas de alambre… allí donde la luz del alba que apunta por la ventana no delante mi presencia y espero que no se enfaden por haber mellado una de sus manzanas.

                                                                                         Johann R. Bach

20 ago 2015

En medicina la mitad de lo que se explica es mentira,


¿CÓMO OLVIDAR AQUELLAS  PALABRAS?
A MERCEDES

Las huellas que dejaste
aquella noche
sobre las páginas de mi ordenador
siguen frescas aún
en la memoria de mi corazón.

¿Cómo olvidar aquellas palabras
que sin duda me regalaste?

A GRISELDA

-Me cuesta creerte –dijiste.
         -No esperaba menos.

¿Puedes imaginar un año en el que nadie muere,
en el que nadie desaparece o es echado en falta?

¿Qué extraña plaga concebiría el mundo
para no hundirse bajo ese exceso de vida?

A PATRICIA CECILIA

Todo breve, sí,
tanto como quieras,
para que puedas
tomarte todo el tiempo.

¿Quizá en agosto de 2.016?

A ROSY

No me lo digas con tanta elegancia.
Empezaré a no creerte.

A ROSALVA

Si tuviéramos que hacer responsables
a los maestros de los errores de los discípulos,
no terminaríamos nunca.

Sería tan injusto como ineficiente.

Más nefasto que omitir ciertas verdades
es propagar mentiras.

Pero en medicina
la mitad de lo que se explica es mentira,
pero lo peor es que el otro cincuenta por ciento
no se ajusta a la verdad.

                                                   Johann R. Bach

18 ago 2015

conoces muy bien estos aspectos gracias a tu propia experiencia.


UNA ISLA BOSCOSA EN EL MAR (fragmento)

Estoy encaramado en la balda superior de la librería, sobre tu libro preferido "La Montaña Mágica" de Thomas Mann. Agito torpemente mis patas, que llegan hasta la lámpara del techo. Veo a mi víctima atravesada, paralizada, incapaz ya de resistirse. Sin embargo, está viva, con su memoria entera, gelatinosa, perfecta para ser ingerida. Al final de la noche, de esta mujer que ahora tiene el rostro contraído de placer, quedará tan sólo un caparazón seco que se columpiará en mi red reluciente.

Pero no me gusta ocuparme del aspecto técnico de la captura y el apuñalamiento. Supongo que conoces muy bien estos aspectos gracias a tu propia experiencia. Te puedo sugerir que, ahora que has llegado hasta estas líneas, cierres los ojos unos minutos, respires hondo varias veces, te acaricies con movimientos circulares tu vientre y que recrees en tu mente todos los detalles de la más hermosa (o de la última) noche de amor que hayas vivido…

Ahora abre los ojos. Todo está en orden. Si no describo esas dos bellas desnudeces, nada ofenderá, asombrada lectora, tus preceptos morales. Ella se encuentra ahora en la postura convencional, inevitable, con la cabeza apoyada en el pecho de él, que la abraza por el hombro. Me apresuro a instalarme de nuevo en el lóbulo parietal izquierdo, ahí donde la más mínima lesión provoca afasia, agrafía, y alexia.

Ahora, inmediatamente después de apagar el televisor te acaricio. Tus pechos, los músculos de tus hombros… ya me dicen poca cosa, como si fueran unos objetos parecidos a la superficie áspera de la sábana. Al mismo tiempo, tu mente, tu naturaleza, tu ser más profundo aflora a la superficie como si del agua intensamente azul del océano se elevara una isla boscosa, con animales, pájaros, flores y libélulas. Al dejar de ser mujer, surge en ti la mujer, la criatura intelectualmente más fértil del Universo. Empezamos a charlar. Eso es lo que haremos hasta las ocho de la mañana.

Nunca, desde que estoy contigo, he podido pegar un ojo en toda la noche. Te he contado películas que me habían impresionado, chistes, con requiebro corto para sorprenderte y luego he pasado a las confesiones amorosas. Me vuelve loco que tú sepas escuchar, que estés siempre atenta aunque no siempre te perciba indulgente.

Si no te hubiera encontrado amor, no sé qué habría sido de mí.

                                                             Johann R. Bach

Besos, caricias, besos… Café.


UN ANILLO CON TURQUESA (fragmento)

¡Ajá! En el portal ya se nota más calor y al menos no te pinchan en la cara las gruesas gotas. Subo la sórdida escalera. ¿Por qué diablos huele siempre a incienso recién quemado? Aquí está su puerta de tono azul violáceo, con mirilla. Llamo y me abres tú y, como siempre, me dejas boquiabierto porque ansío, con un cierto embarazo, ver tu figura, y tú apareces guapísima: tienes una sonrisa que realza aún más tus pómulos, y la línea de tus cejas es menos circunfleja y autoritaria de lo que me esperaba.

Tu cabeza es altiva y orgullosa, su aspecto ligeramente viril, te confiere esa ambigüedad que me fascina. Me ayudas a desembarazarme de mi ropa empapada y con las costuras caladas, y me quedo con mi camiseta azul. Me siento en la cama, sobre la manta a rayas rojas, así que el camuflaje es perfecto. Estoy un poco nervioso, porque ninguna chica se ha arreglado así para mí jamás, Martina. Hay en ti una mezcla de ternura, cariño y timidez que me anima. Pero si me fijo mejor, hay algo más. Te acaricio el pelo y te pregunto si estás triste. No es exactamente tristeza eso que observo, es otra cosa, pero así se pregunta. Titubeas ligeramente y luego me lo cuentas. Tienes una voz algo gruesa, de profesora pedante, con un respeto desmedido por la expresión correcta. Hablas como un libro abierto. Pero ahora ya te conozco.

Dentro de un par horas, te dejarás de distinciones artificiales e incluso te burlarás de todo. Sólo así resultas simpática y juguetona. Pero aún nos queda un rato antes de la cama. Aguantaremos algo envarados y conversaremos sobre asuntos literarios.

Tomo tu mano y contemplo el anillo con la turquesa. Me gusta mimarte, con otras he sido siempre un tipo imposible. Te levantas y pones en el molinillo el café, ajustas la tapa de plástico transparente y mientras el motorcito vibra, la sujetas con la mano. Te agarro por la cintura y ya no quiero portarme bien: aprieto mis genitales con fuerza contra tus glúteos. Sé que tenemos toda la noche por delante y que hay que respetar un cierto orden porque, de lo contrario, puede ser feo, humillante, desagradable, pero me temo que no tengo la experiencia suficiente como para poder esperar. Cuando estoy contigo, que me atraes tanto, me dan ganas de dejarme de conversaciones y cogerte en brazos y usar la lengua en otras funciones.

Lo intento, tú también te has dejado llevar, pero habría que soltar la tapa y todo el café se desparramaría por la habitación. Me contengo y, mientras tú pones agua a hervir, hablamos tranquilamente sobre nuestras últimas lecturas. Tú lees un libro insignificante simplemente para distraerte y lo has paseado en el bolso durante varios días. Yo he terminado, de hecho he devorado, los dos últimos libros que me prestaste la semana pasada.

Besos, caricias, besos… Café.
Lo sorbemos en tus tacitas blancas con una rayita cobalto. He empezado a temblar, se me ha acabado la paciencia. Pero, ¡ay!, tengo que seguir esperando. Porque otra vez me torturas con tu zodíaco, sólo con verlo se me ponen los pelos de punta. Te empeñas en comentar que si esto que si lo otro. Cómo seré yo en los negocios, cómo soy en el amor, qué tipo de inteligencia tengo, qué enfermedades debo prevenir. Dios mío, una mujer es capaz de volverte loco en una sola noche. Por supuesto, durante este rato no pierdo el tiempo, te acaricio con las dos manos. Pero el resultado es que unas veces lees con voz más queda y otras te detienes y cierras los ojos. Pierdes –al sentir el placentero cosquilleo bajo la piel- el hilo, pero no te das por vencida en absoluto.

Al final no llegas a ninguna conclusión. Lo dejas y empezamos a hacer la cama. Luego nos desnudamos (tú, como siempre, te cambias en el baño y apareces, púdica, con el albornoz de flores rojizas bajo el que, para mi siempre renovada decepción, no llevas nada). Para cuando tú te metes en la cama yo ya llevo un rato acariciándome los genitales -para impresionarte con su tamaño si ello es posible- bajo el inmenso edredón.

Ahora sí… tu piel contra la mía.

                                                                                 Johann R. Bach


No me apetece caer enfermo


UN JOVEN DE VEINTICUATRO AÑOS (fragmento)

Él tampoco está. Sigo caminando hasta la carretera y avanzo por el margen izquierdo acechando cada vehículo que pasa. Lo distingo, por fin, dentro de uno de los vehículos que se detiene junto a mí y al cual me subo yo también.

A este joven se le pueden echar unos veinticuatro años. Es bastante alto, castaño, con unos mechones especialmente largos que escapan de su gorra de piel con visera. Los pelillos dorados de su barba y su bigote apenas consiguen endurecer su rostro infantil. Tal vez, en realidad, se trate tan sólo de un jovenzuelo desvaído y desorientado, que desde hace unos días vive con una mujer treinta años mayor que él.

Me apresuro, en cualquier caso, a hacerme un hueco bajo su piel, a deslizarme por sus capilares, a nadar en su sangre a través de sus arterias cada vez más gruesas, entre las islas de hematíes y los erizos blancos de los leucocitos, con sus miles de dedos adornados con anillos con incrustaciones turquesa, hasta llegar, junto con todas las morrenas y aluviones del mundo, al inmenso delta de su cerebro, donde me acomodo confortablemente, recogiendo las garras a lo largo del cuerpo. Con cada metro que el taxi avanza en dirección a la habitación donde espera Martina, mi hambre aumenta, mi deseo insaciable se acerca al apogeo. Circula el automóvil despacio pues la cortina de agua que está cayendo disminuye la visibilidad.

No me apetece caer enfermo sólo por mostrarme irresistible ante ella. Martina está colgada de mí –o eso parece- y yo no necesito complicaciones. Sin embargo, tiene algo interesante, creo que en primer lugar es la edad, que me hace sentir ligeramente cohibido en mis relaciones con ella, culpable, –es la primera mujer que me pide eyacular en su boca- y hace que me ruborice aunque… eso me gusta.

Estar con una mujer madura debe ser el sueño de cualquier muchacho. Pero en mi caso es otra cosa. Ella me interesa menos como iniciadora en el erotismo que como simple concepto o idea de lo que es una mujer hecha y derecha, de una mujer verdadera. Las compañeras de la facultad y las universitarias en general no son, la mayoría de las veces, otra cosa que gatitas presuntuosas, envueltas, eso sí, en la luz ambarina de la mirada y en una especie de inconformismo bobalicón. Sin pasado, o sin ser aún conscientes de él, son anexos de discoteca cuyo erotismo, cuando existe, es uno puramente social y estético, ellas provocan dentera en la imaginación como la fruta aún verde.

La mayoría no madura jamás –tampoco lo desean-: desaparece su encanto y se suman a la multitud de esposas decentes durante años, con una sincera vocación de normalidad. Tiempo habrá para acercarse a la peligrosa edad del adulterio…

El tierno jovenzuelo que piensa en estos términos,
cerrando unas veces un ojo y otras el otro, se apea del taxi en la oscuridad y se dirige lentamente -a pesar de estar empapándose- hacia la casa en la cual, en el ático, le espera Martina quizá ya con la cena en la mesa adornada con una vela en el centro.

Muchos creerán que, cuando pienso en las chicas, hablo sobre unas uvas demasiado agrias para mí, y no les falta razón. De hecho para ser sincero, no he tenido mucha relación con esas mujeres esculturales y bien emperifolladas a las que me refería antes. Tuve una relación a los veinte y era también una "madurita" de treinta y cinco. Luego ha caído alguna que otra de vez en cuando. Pero les tengo manía a esas adolescentes ñoñas que te dejan, que te dejan, pero no te dejan. ¡Estrechas vamos! Perdí el tiempo inútilmente, durante varios meses, junto a una de esas, así que estoy saturado.

No he vuelto a intentar convivir durante mucho tiempo, en serio, con una mujer. Martina es para mí una oportunidad inesperada: puedo dormir en su casa, algo que no he hecho, nunca con nadie. La conocí en una fiesta de su sobrina. Ella ayudaba en la cocina y no participaba de la fiesta. Conversé con ella mientras todos bailaban. Me fascinó con sus ideas. Al principio pensaba en que dirían familiares, amigos y los que me conocían si me veían con ella en el cine o paseando por el parque cogido de su mano. Podrían creer que iba con mi madre. Pero al oírla hablar y opinar sobre los textos que yo había leído mis prejuicios desaparecían y la iba encontrando más y más atractiva.

Espero que lo único que hagamos sea aprovecharnos,
sin problemas, sin complicaciones, uno del otro durante una temporada que fijo provisionalmente de unos veinticinco años, tiempo suficiente para qué ella se canse de mí.

Espero, sin embargo,  que todo salga bien.

                                                                  Johann R. Bach

17 ago 2015

Es un cuerpo ideal para aquél que busca la mujer ideal.


UN ROSTRO SIN MAQUILLAJE  (fragmento)

La lluvia caía torrencialmente
cuando la cúpula del observatorio iniciaba su apertura, por lo que la maniobra quedó abortada.

Protegiéndome con el amplio impermeable
llegué hasta el Monasterio de Les Avellanes y me puse a mirar fijamente por la ventana las gruesas gotas de aquella agua cristalina, aunque mis ojos como naranjas no necesitaban mirar otra vez a los cielos.

De repente un relámpago descomunal
llenó de luz el cielo cegándome momentáneamente. En ese preciso momento oigo unos pasos en el rellano, una llave gira en la cerradura y entra ella. Trae en la piel del gorro ruso, el olor del bosque sagrado de fuera. En la entrada se sacude los botines, en los que había embutido sus pantalones vaqueros ajustados con una cremallera a los tobillos. Se quita los guantes de conducir -de esos que son mitad de punto y mitad de cuero fino y dejan al aire las dos últimas falanges de los dedos-; la chaqueta de pecarí, que le llega a las caderas, y se queda con un jersey del mismo color que los pantalones: un azul índigo.

Se arranca el pañuelo
de color fucsia del cuello, estampado con dibujos orientales, muy finos, y se quita los botines de cremallera. La miro, paralizado, con atención para poder describirla luego en mi diario. Parece tener unos cincuenta y cinco años. No tiene un rostro bello -lo que probablemente le haya ayudado a madurar intelectualmente-, es más bien extraño. Ahora está sonrojada por la carrera a la que le ha obligado la lluvia, pero poco a poco va apareciendo la palidez del platino garfilado.


Sus ojos parecen perfilados con un lápiz demasiado negro y alargados en un rabillo grasiento. Su boca sería bonita sin esa ligera sombra de vello bastante visible sobre el labio superior excesivamente adelgazado por los años.

Con unos pómulos prominentes,
con el pelo corto y ondulado a la altura de las orejas, con el cuello erguido, de una cierta majestuosidad inútil ya en este planeta, recuerda en cierto modo a una figura bizantina de un mosaico dogmático y minucioso. No se está quieta ni un instante, de lo contrario la descripción me sería más fácil, aunque creo que ya he grabado en mis retinas lo esencial.

Ahora se saca el jersey por la cabeza,
así que puedo distinguir mejor su cuerpo, increíblemente hermoso, casi adolescente, sin concordancia con su rostro. Sólo la doble papada y una pequeña curva de grasa en torno a las caderas atenta contra la gracia de este cuerpo. Es un cuerpo ideal para aquél que busca la mujer ideal. Al cuello lleva una crucecita que ahora le cae por la espalda, entre los omóplatos, y en los dedos, ciertamente secos y pellejudos, un montón de anillos con turquesas prueba de su complejo de Jezabel.

Ahora se ha sentado sobre la manta de lana,
se saca los pantalones y se queda con sus medias de color café con leche mientras yo sigo paralizado totalmente. Se quita también la camiseta blanca, bajo la que aparece su blanca piel. Se levanta y revuelve en un armario minúsculo que curioseo ahora también yo. Es la ocasión para poder admirar de nuevo su grácil silueta, que nada tiene que envidiar a la de cualquier jovencita.

Coge una toalla y entra en el baño.
Se oye al cabo de un rato el ruido de la ducha, que no durará demasiado puesto que sospecho, por cómo refunfuña y se queja Martina, que no hay agua caliente. Porque se llama Martina, un nombre que, en primer lugar, no le va en absoluto y que, además, suena como raro, no demasiado cómodo para mí. Sin embargo le llaman Tina y como los que la llaman así les trae sin cuidado su nombre completo, todo resulta normal.

Doy vueltas por la estancia cada vez más agitada.
Mis patas, mis garras, mi kafkiano vientre transparente ocupan toda la habitación, que resplandece cada vez más con la caída de los relámpagos. Hace rato que no se oye la ducha en el baño, pero ella no sale. Se siente de vez en cuando el chasquido de algún frasquito al ser depositado en la balda, después otras vibraciones más ahogadas, difíciles de descifrar, el agua del grifo y los ruidos del lavado de dientes.

Se ha agotado mi paciencia.
Me cuelo por debajo de la puerta y aquí estoy, a unos pocos centímetros de ella. Está desnuda hasta la cintura y, con el pelo revuelto, teñido de ese negro artificial tan oscuro, muestra, por fin, su edad. El rostro sin maquillaje, que empieza a maquillar ahora de nuevo, tiene algo de masculino, de barbilampiño, de asiático. Sus pechos maravillosos, son la parte más joven de su cuerpo. La crucecita que antes estaba en la espada se ha enganchado del pezón de uno de ellos y brilla allí, en la almohadilla cálida de la mama. Tanto se ha agitado, tanto se ha secado el pelo con el secador, tanto se lo ha peinado ante ese espejo –manchado en una esquina y al que se le ha caído un tornillo- que, ya ves, se han hecho las seis y él tiene que aparecer de un momento a otro.

Distingo en su rostro, precisamente bajo el maquillaje, una palidez que no tiene que ver con el matiz de su cara, una palidez de los rasgos psíquica diría yo. Se siente mal, es evidente, está confundida. Debería estar nerviosa e incluso contenta, pero hay algo en sus vísceras o en su cerebro que la ha perturbado. Sus labios están rígidos y tristes. "Una sonrisa hipócrita en sus labios de coral". Labios de oriental triste, de ídolo triste.

Sale del baño y empieza a vestirse. Me resulta poco interesante y además tengo prisa, así que abandono la celda del Monasterio, salgo por la puerta trasera –la que da al parquin, y me arrastro, horrenda, con mis patas peludas que ocupan toda la acera encharcada. No hay nadie.

                                                               Johann R. Bach