20 dic 2018

Fragmento de la novela "Estudiante Soldado Calderero..."


LLENOS DE HIERRO Y ESTAÑO

Después de un día aciago
intentando apagar un incendio forestal desatado en el norte de La Isla, nos tumbamos agotados, con el estómago vacío pues los camiones de Intendencia no habían podido cruzar el largo frente de llamas que invadía las carreteras.

Las líneas de humo,
entre las estrellas, eran rápidas y rectas por la falta de viento y, a pesar de que la noche no es una cuna donde cantan, pregoneras, alguno de los soldados tocaba la harmónica y es que aquellas líneas eran demasiado oscuras y demasiado afiladas.

Bajo aquella oscuridad
cargada de humo asfixiante, pensaba en unos hipotéticos ojos que nos estuvieran mirando… (quizá sólo nos vigilara un cíclope). En aquellos momentos la sequedad de la boca se hubiera dulcificado con una sola gota de agua bendita y envidié la saliva del soldado que tocaba la harmónica. Entre los que estaban bajo mi mando, se encontraba el Mondéjar el más activo apagando los rebrotes de fuego. Sus ronquidos eran el único ruido, aparte de las rasgadas notas de la harmónica, que perforaba el silencio de la noche.

Los animales habían huido del espanto de aquel juicio final y pensé que si pudiéramos soñar despiertos quizá podrían acercarse a mirarnos. Después de tantas horas, con la piel empapada de sudor y humo me iba acostumbrando al contacto de mis manos con las ramas. A las seis venía otra vez el día con su promesa ajada cuando aún conservaba la luna un diente que no reía.

Se presentaba el día blanco como angustia y frío, escondido en las hierbas más pequeñas que abrían un húmedo temblor que arañaba. El nuevo día parecía querer más tensión compitiendo, como rompe-fuegos, con las llamas del incendio y poco a poco iba perdiendo sus telillas de leche, se afirmaba entre las rocas y caía como arroz oscurecido con tinta de sepia.

Durante tres días medí,
sediento y fatigado, la dilatada aurora, que volvía irremisible a manchar las paredes de mi estómago vacío con aquella arista -¿el sol?-donde dolían los objeto. Mis pupilas me pesaban tocadas por el aire preñado de ceniza y las horas se me hacían interminables hasta dejar caer los párpados con el crepúsculo. Juntábamos los gritos como moribundos con un jirón de helecho colgado de los brazos.

Todos habíamos venido de muy lejos
a aquella isla calificada de paradisiaca por la publicidad oficial y como buenos soldados cosíamos las banderas escupidas de orgullo. Habíamos venido llenos de hierro y estaño asidos a cuerdas de azufre, flotando sobre un mar de mercurio, esquivando las dentelladas de las mareas y casi olvidando nuestro origen. Sí, veníamos de muy lejos.

Sea como sea, ahora ya es tarde para quejarme.
Vaya por delante mi agradecimiento a la Nada por una ilusión de las cosas bien diferente de un Cosmos Fantasmagórico, en una noche aún por crear. Si Nada fue en mi vida verdad, entonces todo también lo era, el mundo mismo podría ser verdad. Ahora pongo mis manos de costumbre en la reja y miro huir los días gastados de ciclones y escribo como en una hoja de estaño humedecida por mis dedos, mis últimas impresiones de soldado.

                                                        Johann R. Bach
                                                                                                                           

18 dic 2018

Fragmento de la novela "Estudiante, soldado, calderero..."


UN SUBDIÁCONO EN LA PLAYA


Susurrante acaricia
el sacerdote tierno…,
como ojos de mujer.

Aquellas personas que no han visto cómo las aguas entran, de vez en cuando, en el bosque creen que esa situación no es real. Yo mismo dudo a menudo de que yo estuve sumergido en el barro entre maderos y muebles y ropas escapadas de los armarios…, en medio de una oscuridad asfixiante.

Es como si estuviéramos condenados
a vivir entre lo que fue posible y lo que nunca fue posible, entre lo que somos y lo que no somos, inspirando el universo y expirando el cosmos de nuestra alma diluida en dióxido de carbono que las plantas y los árboles se encargarán de reciclar…

Un trozo de madera es aún árbol y raíz…,
el árbol ya era un trozo de madera que algún día podría convertirse en pasta de papel o en virutas para paneles fácilmente mecanizables o en finas tiras para construir cajas para transportar la fruta y, por último, al margen de mil y una utilidad del árbol como, por ejemplo, la de dar frutos y oxígeno, cuando ya no sirve para nada, lo quemamos para entrar en calor.

Nos enredamos en la madeja de la vida
para intentar sentir entrelazados un tiempo y una realidad que se deslizan, que se hinchan y que merman, que van y vienen, que se retuercen como el viento que gira en la noche, pero que queremos llenos de contenidos no superficiales. Y el ovillo del tiempo que da vueltas nos vuelve a las galaxias ordenadas y desordenadas, en ese inmenso caos fuera de nuestra escala donde hay tiempo… o quizá no lo hay.

Creo que somos excesivos
o por lo menos yo sé que lo soy y el mundo también lo es. Derramamos realidad o quizá sólo sea yo el que derrama vivencias, entre ríos embriagados, voraginosos, de la realidad externa y los ríos rebeldes, inquisidores, de la realidad interna, y se me escapan dejándome vacíos que supuran, que erosionan… Queremos mundo y el cielo se nos cae encima.

Los seres reales como esas tres jóvenes diosas surgidas de una catequesis parroquial me consolaban con sus miradas furtivas dirigidas a mis labios y sus sonrisas eróticas, pero también me abrían las válvulas del corazón, descuartizándome una hipotética moral que no era sino el pago a una acogida aparentemente salvadora. Las tres me parecían maravillosas y como todo hombre yo también ambicionaba más sexo del que tenía y podía.

Me sentía bien en el exceso y, aunque hacía esfuerzos para moderar mis impulsos, era más fuerte el temor a la soledad, al menosprecio generalizado de la sociedad cuando sospechan que las cosas le pueden ir bien a uno. Por otro lado, no pude evitar hacerle caso a mi deseo interno: comencé a relacionar-me con ellas en secreto. Reunirme con ellas me hacía sentir como en aquel tiempo que me gustaba oír el alboroto del pájaro del otoño en la espesura del bosque caducifolio, cuando las hojas de la acacia llamaban a la puerta de casa y la cesta de las moras ya vacía albergaba una espléndida calabaza orlada con tres granadas, cuando mi madre abría las ventanas para que corriera el aire fresco de la mañana. Cada vez me costaba más recordar todo aquello.

Un domingo por la tarde acudieron a casa mis tres preciosa diosas con un cachorro labrador en los brazos. Estaban contentas con ese pequeño ser que la Providencia había puesto en sus manos; habían acordado que lo cuidarían entre las tres. Le dimos leche en un platito de café y mimos durante toda la tarde. Antes de marcharse a su casa me preguntaron si podíamos bautizarle. "Claro que sí -respondí- San francisco bautizó decenas de animales y nosotros no vamos a contradecir sus prácticas". Así que con las palabras "nosotros, en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo te bautizamos y a partir de ahora tu nombre será Dom" y derramamos un poco de agua sobre su cabeza. Vi, después de "la ceremonia" brillar la felicidad en los ojos de las tres diosas. Cuando se fueron volví a pensar en Espe, en cómo cada vez la sentía más y más lejana.

Pensé en ese instante de soledad
que abraza el tiempo sin darse cuenta,
en cómo dormía ya en mis párpados.

Despacio me llegaba…
el grito de las hojas.
                                                                                                       Johann R. Bach

16 dic 2018

FELICIDADES


CUMPLEAÑOS

Parece increíble,
pero puedes mirar atrás y ver sesenta y cuatro años. Y allí, al final de la mirada -a cada año un centímetro de distancia-, un ser humano ya completamente reconocible, las manos apretando los puños al dormir, los ojos clavados en el futuro con la mezcla de terror y desesperanza de alguien que sabe que cada vez está más cerca de su segura aniquilación.

Completamente familiar
aunque todavía, por supuesto, muy joven has vuelto a ir al cine y a oscuras has vivido cómo dos manos se buscan entre sí.

Mirando ciegamente hacia adelante,
con la expresión de alguien que clava los ojos en la más completa oscuridad recuerdas con cariño a aquella niña que no acababa de encajar: la imperfecta para quien el recreo era un suplicio.

En tu opinión, te parece que no cumples con la definición de niña, una persona que puede esperarlo todo del futuro y, sin embargo, los otros te van mirando sorprendidos, constantemente amistosos, con la cámara, mientras dices "Lluiiiiiiis";

muchos de ellos sonríen
realmente con verdadera convicción, y acuden a tu memoria todos esos años plagados de inseguridades, de sueños bonitos, de disgusto por ti misma, y, también inundada de desprecio hacia lo común y corriente;

eternamente relegada a la soledad,
dominada por lo trágico, donde la inmensa voluntad de vivir sólo era algo a rechazar, te ha sorprendido al aprender a los sesenta y cuatro

con qué se llena una vida vacía.

Johann R. Bach

15 dic 2018

SABOR DE ESPINAS



Te imagino amor allá sentada
mientras yo abro en silencio
mis manos insumisas.

Quisiera que vinieras,
tranquilamente,
a acariciarme y a mostrarme
tu oscura enredadera;

que juntaras en tus dedos
el sabor de espinas y besos
hoy ausentes, pues sobre los míos
corre el acre olor del silencio;

quisiera que me acompañaras
en este final sin final.
                                                                              Blau Bosch

La última vez que nos vimos,
mientras comíamos en aquella terraza de la playa, me dolía su mirada como agujas de mimbre. El mar estaba plano como una red que arrastra caracolas, arañas marinas y peces sosegados, un mar azul donde las algas callan y huye el viento. Ya no había entusiasmo en el relato de sus tareas en Suiza, como si ya no fueran de mi incumbencia.


Una mujer pasó junto a nuestra mesa voceando la venta de rosas con gritos como de humo espeso que ocultaban el mar y las redes tendidas mientras que el sol amarilleaba por momentos. Vi en aquella mujer a un carretero de sueños, experto de la niebla, lento, borracho de licor y asombro, invadiendo playas que no son suyas, sin apercibirse siquiera de la presencia del mar. Para ella nunca hubo mar.

La sobremesa se alargó más de lo que ella hubiera querido, con largos silencios. La tarde encharcada de coñac y naranjos se apuntaba ya con caminantes interesados solamente en poder digerir las abundantes cantidades de arroz negro mientras el viejo calor cedía. Era como si el verano no hubiese de volver, como si el amor tampoco tuviera deseos de volver, como cosa sabida.

Las muchachas ya se habían marchado de la playa con el césped de su cuerpo abrasado, todas ellas amadas, estrechadas, besadas, despidiéndose del amor y volviendo a la vulgar tibieza.

Aquella noche, tumbado en el sofá, me sentía tranquilo y, de tener algún bien, hubiera redactado un testamento. Hubiera escrito un texto, como yo, cansado. Tuve la tentación de comenzar a escribir algo en prosa lenta, puntual, precisa, con voluntad de orden casi doméstico, con un tono negligente y frío, impersonal, sin llegar a ciertas macabras menudencias.

Ahora que el estudiante ya se ha muerto,
puedo hablar francamente. No se ha muerto, como algunos -ya se sabe- con los ojos llenos de hojas y fiesta: el estudiante se ha muerto de tristeza, con una pena lenta, con un antiguo dolor. Se ha muerto sin pasar otro invierno junto a una chimenea en un pueblo perdido en las montañas de Suiza. Y ahora que está bien muerto, ahora que está colgado, me he propuesto hablar. Era eso lo que tenía. Ahora ya pueden, en la parroquia, saberlo todo. Ahora ya estoy más tranquilo. No oculto que siempre esperé, al lado del Arcipreste, una vaga y confusa nostalgia de futuro. Lo pienso y, estando solo en casa lo digo en voz alta y lo dejo estar… ¡Que nadie se engañe! El pensamiento del estudiante se ha convertido en luz lunar.

Espe se marchó a Suiza
mientras se quemaba el día, mientras un ángel Serafín vertía un poco de sal en la puerta de nuestra casa -la suya. Sin embargo, aún quedaba verano y el mar arañaba con suavidad las playas. Aún el animal que llevo escondido en el bazo, ya vencido, no tiritaba bajo la lluvia. No era tan fácil descoser mi sombra del aire de la casa. Mordiéndome la boca con una ramita de muérdago vi como Espe se marchó. Era el principio de un final que llamaba pan al mundo que me aguardaba.

Era un día gris
y había manos que preguntaban con botellas de vino cargadas de impotencia aún sobre la mesa. Las velas se consumieron lentamente como símbolo del fin de una incertidumbre de algas. No hubo riña ni gritos, ni dramatismo. No se quemaron frases, ni fotos con nuestras primeras miradas ni polvo de canciones para un mes apacible. Olvidamos cualquier clase de liturgia o rito que evoca los fantasmas de un paisaje. La cortesía y la diplomacia se imponían cargadas de silencio. No hubo ninguna referencia a la devolución de regalos, evitando así el formalismo de buscar culpable.

Ninguno de los dos
conservábamos los besos en un frasco de cristal topacio. Había surgido el mundo de un orden, con límites y vacío, sí, como excusa para evitar el caos. Sí, sí, pero ¿A dónde iba Espe? ¿dónde quedaba su dulzura hastiada? Espe no era precisamente una virgen del amor, descosida bajo los olmos o una niña descalza que se abraza a los bosques del Jura.

No, no. Aquello no era la nostalgia.
Aquello era sólo el inicio del olvido que fielmente nos mojaba. En el fondo del armario empezaron a acusar la soledad sus zapatos negros y el resto de su voz caliente.

Un árbol segado por la sierra,
con tristeza, la tumba contempla.
                                        Blau Bosch



Perdí la cuenta de las noches
en las que vivía para su sombra, en las que le daba todo el humo que cabía en mis manos, y, ponía su forma junto a la mía en el dormitorio vacío, piel que no espera, que ha de expulsar el diablo del endodermo. Antes de embarcar en el Palma de Mallorca para cumplir mis obligaciones militares dejé una nota escrita con mano lenta y buena caligrafía sobre la mesa del comedor:

Cuando leas esta nota
yo ya me habré marchado y, probablemente ya esté al otro lado del mar. Sé que habrás visto otros ojos, abrazado otros cuerpos y mordido el corazón del día. Dicen que en la niebla las cosas nos recuerdan y que las gotitas de agua suspendidas en el aire arrastran nuestros nombres escritos y que, a pesar de todo, hacen que en la memoria vivan. Yo conozco, bien lo sabes, tu risa como un soplo de juncos y he mirado tus ojos mientras invadían mi geografía, cómo rompe el relámpago el saco de la noche.

También sé que,
como cualquier otra viuda, dejarás correr, lentamente, las horas en tus dedos artríticos y que alguien que se cruce contigo te recuerde el vacío que mi cuerpo ocupaba y que la ansiedad de volver a echar los dados te alcance de nuevo, esa ansiedad que golpea las puertas y nos llama por nuestro propio nombre en sus labios y nos tienta con ruinas de amapola y deseo.

Cuando leas esta nota
yo ya me habré marchado y tú te habrás mirado en el espejo para comprobar que era a ti a quien iba dirigida y pensarás cómo nuestro último encuentro no fue sino aire entre las nubes.
                                                             …………………………………..   ……………………………………


Después de dejar aquella nota fui, con ánimo de despedirme, a ver al Arcipreste única persona que creí que se merecía un "hasta la vista". Tuvimos una conversación muy agradable porque él se mantuvo en una posición amable: de tú a tú nos confesamos nuestras intimidades incluido nuestro vagabundeo sexual. "Antes de irte -me dijo- mira de leer "Lo Siniestro" obra de Freud".

Aquella noche no dormí
hasta haberla leído completamente. Eran las seis de la mañana cuando me quedé dormido. Aquella lectura me ayudó a comprender el efecto estético que produce la lectura de ensayos como aquel: si lo siniestro es la aparición de algo que "queriendo quedar oculto, se ha manifestado" entonces se percibe a tu alrededor "pequeñas situaciones" que no encajan, sutiles o chirriantes desvíos, distorsio-nes amenazantes que no sabes bien cómo interpretar y que tu propia paranoia convierte en cada vez más oscuras y equívocas, propiciando así reacciones que llevan justamente al desastre final, como si de una profecía autocumplida se tratase.

Por la tarde, con los deberes hechos,
volví a conversar con el Arcipreste. "El corolario de esa idea de Freud -me dijo- es que hay que demolerlo todo, incluso el pensamiento que nos ha llevado a esa conclusión. Pero demoler es imposible o muy costoso; los humanos preferimos redecorar para ir tirando; y así nos va en esta vida parroquial. Cuando llegué aquí sólo pude pintar un poco la fachada. La realidad me engulló y me embrutecí como los otros, pero con una diferencia: yo sé de mi embrutecimien-to porque no nací en él. Siempre he reconocido que cuando resurgiste del barro, eras noble y generoso. Ahora casi lo sabes todo…"

                                                                                                                                   Johann R. Bach

29 nov 2018

Poema de la novela "Sales amoniacales, Muscarina y Tinta de Sepia"

ITINERARIO DE VIUDA
  
 

¿Es que las viudas
-esmeraldas fracturadas-
están ciegas durante la tarde?

No -responden sus amantes-,
sólo se echan sobre sí
la sábana del aire caliente.

Ellas, versos de otra primavera,
han entrado en la etapa exacta
de releer el mundo entre líneas.

Son como un verano
en el que todo está inmóvil
bajo un cielo en desorden.

Avanzan en las playas
con el agua hasta las rodillas
para volverse hacia otro sol.

Su abatimiento, lleno de intranquilidad
e insinuación, va como la luna:
del olivo al mármol, del mármol al olivo

itinerario
del deseo oceánico al beso
el junio del trigo.

Resbala el aire por sus mejillas
de ángeles que fueron y serán.
Todo es rumor de ruegos y de amores.

                                                       Hermes

Curioso concepto el de Hermes
sobre las viudas -generoso al tratarlas a todas por igual-, del cual, por lo menos, puedo decir que era peculiar y original al describirlas como "esmeraldas fracturadas" y "versos de otra primavera"… o de "verano bajo un cielo en desorden" y calificando su beso como "el junio del trigo".
                                                        Blau

27 nov 2018

Llueve y la tarde cae como un párpado…, lentísima.


UNA PÁGINA DE SURREALISMO LIGERO

Oí cómo gritaba el jefe del pelotón:
¡Aquí no se salva ni Dios!
Pero no lograron fusilarlo.
Gila y su dios sobrevivieron.

El Ángel Montserrat le dijo a su chófer:
de buena gana me cambiaría por un ángel de los de antes de la tierra, cuando aún no se pagaban impuestos.

Doctor, vengo a verle porque el dolor
va como Pedro por su casa y por mi cuerpo.

… la noche olía a noche doméstica y humilde,
a noche como Dios manda.

… llegó cansado a su casa el carpintero…
y colgó el vuelo de las alas en la rama.

Saliendo de la iglesia le dije:
Tú tendrás que hacer y yo te estoy entreteniendo… No es preciso que me acompañes, volveré a casa a pie pues tengo ganas de dar un paseo. Hasta la vista Mi Dios o como se dice ahora "See you later My Got".

Le dije a la beata de mi vecina:
Tú que hablas a menudo con Él dile que nos envíe un poco de lluvia… es por la contaminación ¿sabes? Si no tiene inconveniente, claro.

Llovía bastante cuando fue
a colocar un ramo de flores a su querido montoncito de huesos y volvió afligida porque una gotera terca de destrucción caía sobre él.

Llueve. La tarde cae como un párpado…, lentísima.
Me siento como un hatillo de carne junto a la ventana.

Rezando estaba la triviuda
en el cementerio cuando oyó el crujir de un ataúd al cambiarlo de nicho como cama de pobre en medio del espasmo de la cópula…

                                                              Johann R. Bach

Fragmento



JUGANDO CON LOS DEDOS

¿Sabes amor?
Hoy me he despertado contenta porque ayer me levantó el ánimo el paseo que di por el parque.

El dolor de mis rodillas,
sobre todo el de la derecha -dicen que el dolor de la rodilla derecha es el de las viudas- había disminuido y me encontraba, a pesar de estar el día nublado, un tanto alegre… caminaba con una prisa distinta…

Me detuve junto al estanque
en el que se hallaban detenidos, por alguna razón oculta, los cisnes. Me senté en un banco, pero casi inmediatamente me puse en pie y caminé bajo aquella bóveda incierta de nubes reflejadas en el estanque y me puse a pensar un poco en esta nueva etapa de vida que he comenzado… ya recuperada en parte… no sin temor…

El día se iba aclarando poco a poco
y los relámpagos parecían alejarse. Miraba la quietud del agua y la veía como una tela de seda cosida al paisaje cuando en voz baja, como recordando escenas en las que inclinada sobre tu rostro coloreado por los rayos que caían del prisma de las grandes nubes, te decía:

"Escucha los rumores ligeros de la orilla
chapoteada por los patos y respira los olores acaso de ajedrea o albahaca, da igual, pues sé que tú conoces el nombre de muchas plantas y reconoces en ellas su misteriosa alma y sabes ver en el paisaje como se llena de rosa, con un rosa de oro surgido de entre dos nubes…"

Me miré los dedos
y jugué a abrirlos y cerrarlos y vi un pájaro vacilar dando saltitos lógicos -según Darwin- como buscando alguna ramita para su nido.

A lo lejos seguía rugiendo el trueno, originando torbellinos de color, tal y como figuran en los cuadros de los pintores. Luego regresé a casa, el dolor de la rodilla derecha ya había desaparecido casi por completo.

Por la noche volví a sentir tu mano
que se aventuraba, en la oscuridad, torpemente hacia abajo… hacia mi bajo vientre… y vi tu rostro inclinado sobre el mío, a pesar de ser consciente de tu ausencia.

Hasta en eso eras humilde por simple orgullo,
consentiste en no ser para los demás sino un espejo cuyo azogue gastado que filtrara el cielo. Todos, incluso tus padres, habrán de ver que el cielo estuvo contigo en su color más rojo a través de las frondas de la tarde, cuando el arrullo de las palomas se oscurece.

A veces me pregunto
si fue en un tiempo anterior o posterior a aquel día que atravesaste  la Verja de Hierro Forjado cuando (Él) arrancó la caña, tocó el rumor, puso el sonido del arpa de boca en mis sienes e introdujo en mi vida dolor y esperanza. Me imagino que tras lo cual continuaste tu vagabundeo por la eternidad… porque no irás a decirme que has perdido tu interés por los juegos de luces y sombras de las viudas afligidas…

                                                                                                  Johann R. Bach

11 nov 2018

Contraportada de la novel"la "Sals Amoniacals, Muscarina i Tinta de Sepia"


LA VIDA, 
UN PRECIPITAT
NITRAT DE PLATA


"La vida és un minut en caiguda lliure,
un precipitat nitrat de plata, 
una pressa a través de la qual 
ens passen coses conegudes i coses estranyes ".


                                                                                                              Johann R. Bach

6 nov 2018

Fragmento de "Sales amoniacales, muscarina y tinta de sepia

                           EXPRESSO DEL AVERNO



Ha tomado mi mano entre las suyas, ha permanecido sentado a mi lado en la cama, en silencio durante un largo rato contemplando el globo fundido del sol del atardecer que había encendido millones de gotas de rocío del jardín.

Luego me ha explicado la historia de Mercurius el mensajero de los dioses. "Mercurius -me decía- fue un dios inquieto; tenía que moverse continuamente debido a que tenía alas en los pies lo cual le daba rapidez, aunque también inestabilidad. Su inquietud no era solamente fisiológica pues gracias a la fecundidad de su mente se ganó también una gran reputación le denominó como el "Dios de las Artes". Pero la gran cualidad de Mercurius -continuaba Hermes su explicación el cual no soportaba ni el frío ni el calor- era su facilidad para entrar y salir del Averno (la entrada al Inframundo de Dante en la que se podía leer":

"«Es por mí que se va a la Ciudad del Llanto, es por mí que se va al Dolor Eterno y al lugar donde sufre la raza condenada, yo fui creado por el poder divino, la Suprema Sabiduría y el primer amor, y no hubo nada que existiera antes que yo, abandona la esperanza si entras aquí»).

Esa facilidad para entrar y salir
del Inframundo le dotaba para consolar a los moribundos, a ayudarles a subir a la barca de Caronte".

Yo había oído también
en la radio que en Sicilia habían muerto once personas a causa de las intensas lluvias por lo que cuando Hermes me dijo que me vistiera para ir a tomar un "Expresso del Averno"1 a Las Vermudas2 me extrañó el nombre del coctel. "Es un coctel -me dijo- que te abre las puertas del Averno para entrar o salir del Inframundo, alegrarte el corazón o abandonar los malestares".

La sola explicación de esa historia
saliendo de sus labios era ya una potente medicina para superar la tristeza y vencer el miedo al futuro. Si he de morir quisiera hacerlo entre sus brazos escuchando sus historias, a la espera de la frágil quietud que entre su paciencia emboscada y entre sus palabras se encuentra ese misterioso hilo de plata.

Sobre el silencio
de un ruiseñor atónito
llora la lluvia
en la noche de las hojarascas
y en mi añoranza.
                                  Riba


NOTAS
1 Coctel a base de café expresso y Averna (destilería de los hermanos Averna) un amaretto siciliano
2 Las Vermudas nombre del ya popular bar en el barrio de Gracia

                                                                                   Johann R. Bach