28 oct 2018

Un mínimo poema

AMIGA DE LA LUNA



me siento hoy
más amiga de la luna.


En la calle,
entre farola y farola,
solo veo árboles en sombra,

en el jardín,
hierbas a media luz

y en el pequeño estanque
la rana envejece
entre hojas muertas.

Solitaria,
me siento hoy
más amiga de la luna.
                                    Blau Bosch


Un poema para el cambio de hora

PROPORCIÓN Y PERSPECTIVA



La hoja que cae,
sin savia en sus venas,  
parece inmensa
en el pequeño jardín

segado el campo,
a la luz de la mañana,
hasta el espantapájaros
parece otro.

Acalorado
y encogido de miedo,
agazapado bajo una silla,
el perro escucha el trueno.

Entre la niebla tibia
y verde de la tarde
¿qué se puede beber?
¿Césped sin flor?

¿Qué sacar
de la cantimplora vegetal?
Cierto soso licor de oro,
que hace sudar.

Como un mal nombre
de restaurante habría sido
el resplandor violeta de la lavanda
sino hubiera sido por la lluvia.

                                                Johann R. Bach

14 oct 2018

REVUELO DE GOLONDRINAS EN EL CORAZÓN

Fragmentos de la novela "SALES AMONIACALES, MUSCARINA Y TINTA DE SEPIA"


             Mientras tú me recuerdes,
             tan sólo estaré ausente…

                              “Blues de despedida”
                        (Poemario Cotton Blues)
                                                          Johann R. Bach

Hermes,
apunta en su cuaderno todo aquello que le parece una novedad -una novedad para él, claro está-; necesita experimentar por él mismo lo que los demás buscaron y es el espíritu de la inmediatez (lo que ocurre aquí y ahora), pero no desdeña conversar sobre temas metafísicos.

En cierta ocasión unos compañeros míos,
en una de esas escasas veladas de empresa le preguntaron, malévolamente, si había pensado en dejar testamento (dada su aversión al trabajo remunerado y su nulo patrimonio) y, cuál era el legado que me iba a dejar.

“¿Cuál será mi legado? -dijo sonriendo.
Cuantioso, desde luego.

Solamente en paisajes le dejaré
los campos de caléndulas para solaz suyo en primavera, el cólquico remedio de la gota y el exceso de ácido úrico en otoño, la ventisca de lluvia fina para suavizar sus cabellos en invierno y el viento en cólera mientras se amotinan las olas contra las rocas y los pinos chorrean húmeda luz de luna en noches desapacibles del verano”.

“En este mundo,
hasta la mariposa vive afanada; se posa en el jardín y luego se va con otra porque, entre todos, los más fuertes son los afanes de amor. Sólo los niños, en su amor puro, piden la luna.

Y ya que no le he dado hijos
le dejaré en mi testamento un mundo perfecto -el creado por nuestros besos- en el que caen, una a una las gotas de rocío y en el que desde cualquier azotea se puede ver la Vía Láctea”.

“Junto con todo ese patrimonio
he pensado también en dejarle, egoístamente, un lápiz de memoria USB en el que junto a nuestra música preferida, testigo de nuestro amor, le dejaré grabado el revuelo de golondrinas de los latidos de mi corazón”.

Cínicamente,
le preguntaron si era posible comprar alguno de esos paisajes. Sin parpadear siquiera y adoptando el aire de una persona seria contestó:

“No está en venta
ninguno de nuestros cuadros y mucho menos nuestros favoritos los pintados sobre la hierba de otoño compartiendo, Blau y yo, la pintura roja de labios”. Cuando yo ya no esté -solamente ausente- continuaré, en silencio, cuidando esos paisajes.
                                                                          ……………………………………………………………………

Pilar, una de aquellas viudas “tratadas por Hermes”
decía -parafraseando a Schopenhauer-, a cuantos querían escucharle, que en sus cuarenta primeros años la vida le había dado el texto; en los segundos treinta el comentario y que había conocido el revuelo de golondrinas en su corazón, a sentirse juvenil y feliz a punto ya de entrar en la tercera edad gracias al amor que le hacía ver belleza allí donde otros no veían, en su desencanto, más que la suciedad de las ciudades, el peligro de ser agredidos al salir a la calle o el fastidio ante la lluvia: “es, en síntesis, la mirada la que construye el mundo”.

Hermes no conoció a Pilar
llevando flores al cementerio sino en una conferencia sobre literatura contemporánea. En el transcurso de la charla el conferenciante explicó una anécdota que hizo reía a toda la concurrencia… excepto a Pilar. Esa ausencia de sonrisa en aquella dama de rostro rosado no pasó desapercibida para Hermes. Al finalizar la exposición los asistentes se acercaron a la mesa en la que se había dispuesto galletas saladas y taquitos de queso fresco.

En aquel momento él se acercó a Pilar
con dos copitas en la mano: ¿Le place una copa de oporto? -le dijo. Ella, con cara de sorpresa, le contestó con ánimo de aceptar la invitación: ¿cómo ha adivinado cuál es mi vino preferido?

-“No lo he adivinado -dijo Hermes.
Lo he escogido por casualidad pensando en que un oporto siempre es una elección plausible”.

Pilar no sonreía casi nunca,
los chistes no le hacían gracia y sentía un vacío inquietante cuando otros reían a su alrededor; un vacío fácilmente confundible con la envidia, un vacío provocado por la absurda creencia de que a los demás les iba mejor que a una. Un calderero diría que un depósito de acero vacío es además frío y solitario como un calamar en el fondo marino. Sin embargo, aquella noche Pilar conoció lo que es la carcajada en la Ciudad santa, sentada en occidente. No le hizo falta la muscarina de la amanita. La luna y el trébol, con toda certeza, continuaban siendo esenciales en el planeta Tierra.

Al amanecer
Pilar, ducha en comentarios de texto, escribió en una cuartilla, unas palabras en primera persona y, como un regalo, se la entregó a Hermes:

“Ya no veo tan cruda la vida como antaño,
ya no la veo como un asa de tripa y cinc.

Por primera vez me la he comido
con toda la indiferencia de una lengua teñida,
y, he borrado el rojizo tatuaje
de la mariposa sobre mi rostro”.

A alguien que no haya conocido a Pilar podría parecerle que hacerla reír carece de mérito. Muchas personas ríen con facilidad y a muchas otras se les borra la sonrisa ante un simple recibo de la luz. Pilar no pertenecía a ninguna de esas personas pues era de la que tenían ese carácter áspero y mordaz que, en su perfeccionismo, no encuentran nada bien hecho. Tienen el malhumor de mil diablos encerrados en una catedral.

Tanto es así que,
cuando se levantan por la mañana es mejor no dirigirles la palabra por lo menos después de una hora o acabado el desayuno. Su mal carácter se agudiza por el estreñimiento al viajar o por haber ingerido un arroz cargado de tinta de sepia. En esos momentos en que no pueden vaciar su intestino grueso lo ven todo negro, les vence el pesimismo y les atraen los vestidos largos y oscuros y sólo se encuentran bien tumbadas en el sofá.
                                                   …………………………………………………………………..

Aquella mañana bajó Hermes a la plaza y se sentó junto al Richard y su hermano que libraba porque era sábado. También estaba sentado allí el pensativo Pepe el Cartero que, a pesar de tener empleo fijo -nada más ni nada menos que en Correos-, se considera pobre y desvalido como un trabajador decimonónico. El Cartero presume de que no tiene un bieuro (moneda de dos euros) en el bolsillo y es que como buen funcionario soltero y ahorrativo entierra todos sus ahorros en la compra de una reducida vivienda porque no espera compartirla nunca con nadie. Es tan ahorrativo que por no gastar no suelta ni el semen. Sus amigos son “los sin techo” y su crítica se dirige al capitalismo… Poco después llegó la triviuda, callada y aparentemente aburrida, con la esperanza de obtener algún euro y, casi a continuación aparece un hombrecillo con un carrito de supermercado en el que lleva unos hierros y una bañera metálica de las grandes. Se trataba del búlgaro cuyo medio de vida es recoger chatarra por el barrio. Es todo un personaje: al llegar antes de sentarse en el banco de atrás estrechó la mano a todos.

Un relámpago en el cielo plomizo les indicó que la lluvia andaba cerca y había que buscar refugio…

                                                                                                                  Johann R. Bach


1 oct 2018

EL GESTO AMIGO (Fragmento de la novela "Sales Amoniacales, Muscarina y Tinta de Sepia)


EL GESTO AMIGO

Tania había pasado su infancia
en el ambiente de la sufrida Asturias en unos años en los que La Revolución Minera del 34 aún flotaba en las mañanas grises de Gijón.

Creció en un ambiente
de solidaridad humana ante continuos accidentes causados por los barrenos o por el hundimiento de galerías precariamente sostenidas por maderos. Estaba de moda declararse ateo y se ensalzaba lo que entonces se tenía por amor libre.

A los siete años soñaba
con novelas sobre la vida en las casas de los mineros, donde lucía la embelesada libertad de expresión aunque fuera en voz baja; soñaba en sus paseos por los bosques de eucaliptos, con soles menos tristes, con orillas de otros mares, con cuerpos desnudos frotándose bajo las sábanas… inspirándose en libros ilustrados en los que, enfebrecida, miraba a las risueñas actrices.

Si venía, loca, de ojos castaños, vestida de percal la hija del minero -de diez años- de al lado, la pequeña salvaje que en un rincón saltaba, sacudiendo las trenzas, sobre sus hombros, ella observaba sus nalgas con regocijo pues nunca llevaba bragas como si fuera un muchacho. Y bien vapuleada por ella a puñetazos y patadas, se llevaba a su cuarto el sabor de su piel.

Con veinte años, con mayor formación laica, se aparejó
sin casarse con Igor, un muchacho robusto hijo de una familia minera y a los ocho meses quedó embarazada. La madre de Igor tenía azul la mirada -la que engaña- y loca de celos -cuentan- denunció las actividades comunistas de su hijo. Se lo llevaron preso a medianoche sin importar para nada que Tania estuviera en cinta. No se supo jamás la suerte seguida por Igor. Ella tuvo su hijo, lo mantuvo como pudo y esperó a que fuera mayor para emigrar a otro lugar huyendo del injusto maltrato social al que le sometió la clase funcionarial de la sociedad asturiana.

Encontró refugio y trabajo
en una gran empresa textil de Catalunya. Allí trabajó en los telares circulares y allí conoció a su segundo compañero Oscar un mayordomo textil de agradable trato y durante unos años vivió una vida apacible. Oscar era una persona de cuyo misticismo le llevaba a frecuentar ciertos ambientes relacionados con supuestas cosas de extraterrestres. De gran estatura y de ojos de obsidiana al llegar a casa se rodeaba de sus libros y -cuentan- nunca tenía tiempo para los escarceos amorosos.

El camino que llevaba del barrio a la fábrica
atravesaba la vía del tren en un punto del descampado donde el terraplén de piedras que sostenía las traviesas de la vía a una cierta altura de forma que antes de iniciar el cuidadoso ascenso era obligado mirar si venía algún tren… silenciosamente.

Oscar trabajaba en el turno de noche
mientras que Tania comenzaba su jornada a las seis de la mañana, por lo que apenas si se veían unas horas por la tarde. En el barrio se rumoreaba que él era un hombre de costumbres extrañas:

Subía a menudo a "La Mola"
macizo montañoso emblemático a observar los cielos. Como se trataba de una actividad inofensiva y, digámoslo todo, alejada de la omnipresente politización reivindicativa de la industriosa ciudad, nadie imaginaba el fatal destino que finalmente llevó al suicidio a dos personas. Cierto día encontraron los cadáveres decapitados de Oscar y un amigo suyo. Los encontraron junto a la vía del tren y sus bolsillos una nota en la que habían escrito que se iban "allá arriba".

El hijo de Tania,
ya bien situado económicamente en Oviedo, se presentó en su casa y le dio una suma importante de dinero para arreglar la casita aunque nunca iba a ser suya pues Oscar no dejó testamento alguno. A partir de entonces Tania vivió sola. No hablaba mucho con los vecinos, pero se llevaba bien con ellos y siempre se hallaba dispuesta a ayudarlos. El único amigo que entraba y salía de su casa riendo y juguetón era el vecino Hermes un chico de doce años que le ayudaba a llevar el cesto de la compra casi a diario y la acompañaba los domingos al cementerio a llevar flores. Nadie supo nunca si Hermes iba a aquella casa a leer libros o por otros motivos. Solamente Rosa, la vecina de la casa contigua oía a través de la pared sus risas y guardaba como un tesoro un papel (caído por descuido del bolsillo de Hermes) en el que como en una carta (o poema dedicado a él) Tania se dirigía a él y le decía:

Querido Hermes,

Esta mañana,
como si se tratara de tu persona,
con gesto amigo
se ha posado en mi rodilla
una roja libélula.

El sol ha hecho el resto.
Vuelvo a ser feliz.

                             Con amor Tania



Durante cinco años las visitas casi a diario de Hermes a la Antonia se sucedieron sin alteración. Se había leído todos los libros de astronomía y filosofía acumulados en aquella casita de planta baja. La Antonia vivió todos aquellos, sus últimos años leyendo con su joven amigo. Desgraciadamente contrajo a los pocos meses de jubilarse una rara enfermedad que le desecaba venas y arterias y poco a poco fue perdiendo movilidad hasta quedar relegada a permanecer en una silla de ruedas. Aún, así, Hermes cuidó de ella ayudando a su enfermera y dando largos paseos con ella en su silla, hasta sus últimos suspiros.

Pasadas algunas semanas,
Hermes acompañó a Luisa la vecina del piso de encima a llevarle flores al cementerio. Frente a la inscripción del nombre de la Antonia se le escaparon unas lágrimas y se le abrazó desconsolada. Pilar creía que a Hermes no le interesaban las chicas pues desde el balcón veía como en la terraza de abajo se tendían unas camisetas de colores azul cielo y rosa y sus correspondientes calzoncillos haciendo juego con aquellos colores. Por otro lado cuando hablaba con Hermes desde el balcón sobre la terraza, él bajaba la vista para no ver, con recato, sus piernas orladas con unas bragas rojas de fantasía.

Luisa provenía de Murcia donde su madre conservaba la casa familiar esperando su vuelta. Ella se había casado con Leonardo un estudiante de ingeniería eléctrica que compaginaba su trabajo de electricista con los estudios. Al acabar la carrera decidió ponerse a trabajar por cuenta propia en la localidad murciana donde la madre de Luisa aguardaba su regreso. Sí Luisa regresó… con un marido y una niña con seis años cumplidos.

A través de otra vecina todo el vecindario supo cuatro años más tarde que Luisa había perdido a su marido. Después de una sesión de submarinismo un fallo cardíaco acabó con su vida. Sólo tenía treinta y cuatro años al dejar sola a Luisa con tres hijas.

Hermes se propuso ir, aquel verano, al pueblecito de Murcia a visitar a aquella familia. Fue el año que estudió con más ahínco para poder tener el verano libre.
Al acabar el curso,
cerrando la cartilla de notas de Hermes, se marchaba la madre satisfecha al apartamento de la playa, sin ver, orgullosísima, en los ojos grises, bajo la frente llena de eminencias, el alma de su hijo entregada a una libido sin límites en cuanto una viuda se le fijaba en su hipotálamo. Aún creía que era un niño. Todo el día él sudaba de obediencia: era muy inteligente y simulaba ser un niño estudioso al margen del mundo, pero por la penumbra de los corredores empapelados y mohosos se metía la mano en la bragueta y descorría la piel del prepucio que cubría su glande y sacaba ligeramente obscenamente la lengua y si cerraba los ojos veía puntitos de colores.

Cuando llegó al pueblecito,
el calor era asfixiante, pero el recibimiento que le dispensaron Luisa y las niñas compensó con creces el penoso camino desde la estación de autobuses hasta la casa. Pilar, la mayor y única que Hermes había conocido le abrazó efusivamente y le besó en la boca como la impúber que recibe a su amado. Luisa también le besó en los labios, pero más comedidamente. En la casa se estaba bien gracias a la corriente de aire que atravesaba de punta a punta el largo pasillo que unía la puerta de la entrada con el comedor. Era la hora de la comida y lo sentaron a la mesa.

Después de la comida,
Luisa se prestó a enseñarle a Hermes los alrededores del pueblo antes de acompañarle al hostal en el que él había tomado una habitación. Lo paseó por los campos…, por los lugares en que ella iba a pasear con las niñas y, junto a unos árboles de una presa detuvo el coche y en largo monólogo le explicó que aquel era el lugar donde había hecho el amor por primera vez con un muchacho y que no fue Leonardo… Casi con violencia lo besó, le tomó la mano y poniéndosela en contacto con sus bragas húmedas. ¡Mira cómo me he puesto hablándote de estas cosas! Él acarició con su mano plana aquel pubis impregnado del sagrado líquido viscoso, luego se abrió la bragueta y dejó que Luisa saciara su hambre.


Ya en la habitación del hostal
Hermes se desnudó y abrazó a Luisa, entró en la ducha dejándola con la duda de qué hacer… Se decidió a entrar en la ducha y jugar con el cuerpo enjabonado de un hombre como hacía tiempo que no lo hacía. En la cama acariciaba con sus tetas los genitales de Hermes creyendo que aquello le procuraba placer, pero la crucecita de oro que llevaba colgada en el cuello lastimaba la piel de aquel improvisado amante que fue capaz de darle la mejor noche de su vida.

Hermes volvió a casa
quince días después habiendo perdido cinco kilos, con la piel tostada por el sol, con un brillo especial en la mirada, con el espíritu del secreto triunfo en la sonrisa. 

                                                                               Johann R. Bach

24 sept 2018

PORTADA DE LA NOVELA


SALES AMONIACALES, 
MUSCARINA Y TINTA DE SEPIA


                                Johann R. Bach

Fragmento de la novela Sales amoniacales, muscarina y tinta de sepia


SALES AMONIACALES, MUSCARINA Y TINTA DE SEPIA

Siempre llevo pañuelos en los bolsillos,
en la maleta de viaje, en la mochila…, por lo menos tres, no para envolver alguna cosa, cuatro semillas de flores o manzanilla romana recogida en el campo bajo una dulce insolación, ni para hacer cuatro nudos como el cubrecabezas veraniego que llevaban los albañiles de la obra de reforma del pabellón del jardín, ni para secarme los cristales, pues he conservado muy bien la vista y nunca he usado lentes.

Tampoco es un simple capricho esto de los pañuelos. De vez en cuando me viene a la memoria aquel tiempo del Conservatorio, cuando iba los jueves con la falda a cuadros escoceses y cuello blanco, tocada por dos trenzas, montada en la parte delantera de la bici de mi primo, entre naranjos llenos de luz y flores de azahar.

Nadie en la familia hablaba bien del Arturito.
Decían que era un vago, que no hacía más que perder el tiempo leyendo libros y paseando por el cementerio buscando conversación con las viudas que llevaban flores a sus difuntos maridos.

Conmigo siempre se mostró simpático
y solía enseñaba un cuaderno con las nuevas palabras a las que les atribuía misteriosos significados como "diagramas de Venn y anillos abelianos", "sagitas, parsecs y púlsares…", "gradientes en el viento sobre un rio y entalpía en la corteza suprarrenal…"

y expresiones o frases como, por ejemplo,
"a la sazón…", "claro de bosque menospreciado por los ruiseñores", "cuerpos torrados al sol como tejas", "ojos como estrellas de cobalto", "el arte gótico de los huesos del que tomar ejemplo", "somos arcilla de ánfora romana", "sacar la raíz cuadrada a la tarde o verificar con la prueba del nueve los sueños placenteros", "el poético mundo de los lagartos",

"la edad de platino que no se oxida",
"música en las sienes de un mínimo caracol",

"nubes, en el cielo, como naves helénicas detenidas
y tristeza en los muelles al amanecer",

"paisajes afortunadamente olvidados,
escondidos entre las caléndulas o en los campos de maíz",

"la suerte de nacer
en un país de algodón o junto al mar", "misterio en el núcleo de la almendra y en los arilos de la granada",

"un billete, solamente de ida,
Incluido el camarote a pensión completa, para viajar al Mundo del Ápex esa porción del universo que tiene ojos de mujer y próstata de oro"…,

"una vela de una barca que se aleja
mientras se produce el contacto con una piel de una rodilla herida bajo un rayo de luna sobre  unos ojos aquietados".

Era un tiempo en el que,
inflamada entre la blancura de la luna, incendiada por la mirada insaciable de los hombres y el éxtasis dudoso de los adolescentes amigos de mis hermanos mayores que yo, rodeada de la esplendidez de sus cuerpos dorados y sus robustos miembros desnudos, acosada por frentes, labios y cuellos, rodillas, dedos y ojos, pechos y brazos ya cubiertos de vello…

y por el blanquísimo vapor del mar al atardecer
como una procesión de cisnes de plata;
hablaba con un ángel que se me aparecía revestido del velo y del esplendor de un claro de luna llamándome a una vida monástica, aislada del mundo.

Cuando comentaba con mi primo "esa llamada". Él sonreía y pausadamente contestaba que todos los caminos podían ser buenos para crecer. Así es la vida -decía-, con diferentes colores. De todas formas, no hay prisa. A mí me apremian para que tome un camino -marcado por ellos, claro-, pero me parece que soy una de esas personas lentas que en la vida todo lo hacen tarde porque tienen sed de conocimiento y ansiedad por echar los dados.

No entendía nada de lo que me decía. Confiaba en él y el misterio crecía día a día. Tenía algo en su carácter que calmaba mi prisa por entender el mundo y me gustaban sus palabras cargadas de contenido desconocido para mí.

"Mira la niebla -me decía-, mira cómo cubre las cumbres de esa montaña tan emblemática. No hay prisa: sin duda el sol no tardará en dejar el cielo limpio convirtiendo el color grisáceo en un bello cobalto. En invierno la nieve cubrirá las cimas más altas y el frío hará esperar a que los almendros florezcan".

"Al pie de esa montaña que ves,
el agua correrá a lo lejos
por pueblos fragantes de ciruelos".

"Con el viento de Mistral sobre los ríos, los sauces y algunos cañaverales esperarán que la primavera se deje ver".

"Es bella la música del "Anillo del Nibelungo", también produce placer comprender el ajuste fino del anillo abeliano gota pura de lucidez o ver los colores en los anillos de Saturno descritos por primera vez gracias a Huygens el astrónomo que nos dio a conocer la naturaleza ondulatoria de la luz, y que, gracias a él podemos oír poesía en

el sonido de la pértiga
que empuja la barca en la claridad del alba".

"Se puede ser poeta
y guardar madera en los muelles, se puede ser poeta y soldar tubos para oleoductos como el calderero, se puede ser poeta y diplomático o arquitecto a la vez, se puede ser poeta y sacar la raíz cuadrada a la tarde como una docta cigüeña".

"Cualquiera puede ver
cómo desaparece la escarcha por la mañana en los campos salpicados de pequeñas margaritas o cómo se inclina profunda la luna en el cielo sobre las montañas donde cantan enloquecidos los grillos".

"Cualquiera puede extasiarse,
desde los muelles, con la mar tranquila por la mañana y el cielo sin rastros de las nubes de la noche".

"También se puede ser poeta
y parecerse a la palabra concupiscencia".

Mientras me hablaba de esa forma tan distinta a cómo, lo hacían mis padres o hermanos yo me sentía como si flotase en una nube. Una mañana volví a casa temprano porque el "insti" no hubo clases debido a la muerte de un profesor. La puerta estaba inusualmente entreabierta y entré sin utilizar la llave. Desde el pasillo oía cómo si alguien estuviera duchándose. La puerta del baño no estaba cerrada del todo y sentí curiosidad de ver quién era el que estaba en el baño.

El agua caía de la alcachofa, pero en la bañera no había nadie. Reflejado en el espejo vi a mi primo con una expresión en la cara nunca vista en él. Con los ojos cerrados su rostro parecía sufrir dolor, estaba desnudo con una mano en sus genitales y con la otra sostenía un pañuelo cubriendo la punta de su verga. El corazón me latía fuerte de forma que sentía los latidos en las sienes y en el bajo vientre unas punzadas nunca antes sentidas.

Esperé en el comedor a que mi primo saliera del baño para entrar yo. Entré y cerré la puerta. Pasé el pestillo como siempre pues no soportaba que alguien pudiera entrar y verme ni siquiera con el peine en la mano.
Abrí el cesto de mimbre
de la ropa sucia y tomé entre mis dedos el pañuelo lleno de semen aún caliente, sentí placer al palpar aquella viscosidad al tacto y lo acerqué a la cara.

El olor a violetas
que se desprendía de él no se ha borrado nunca de mi mente. Bastantes años más tarde supe que ese olor a violetas del semen era típico de personas que necesitaban constantemente experimentarlo todo por ellos mismos y eso les llevaba a la promiscuidad. ¿Era cierto -me preguntaba- lo de su afición a cortejar a las viudas?

Aquella noche, no pude dormir.
No podía quitarme de la cabeza aquella escena. Estuve manoseando en el pubis y experimentando nuevas sensaciones hasta el amanecer. Sentí que algo empezaba a crecer en mi alma y en mi cuerpo.

En pocas semanas
mis caderas se ensancharon y los glúteos aumentaron de volumen, el vello pubial se pobló alcanzando casi el ombligo, las piernas, ya de sí fuertes, se rellenaron como las de una patinadora sobre hielo. Los compañeros del "insti", así como los amigos de mis hermanos me parecían aniñados y me fijaba en la gestualidad de los hombres. Ya no reprochaba sus lascivas miradas sobre mis pechos…

Me divertía ver cómo enrojecía mi primo
mientras me lo comía a besos, cómo se excusaba ante mis caricias amorosas diciéndome que éramos parientes consanguíneos, que yo era muy joven aún…, que lo dejara tranquilo aunque a continuación entraba en el baño…

Comenzaba a entender…, a callar,
a dejar de hacer preguntas…

                                                                              Johann R. Bach