16 abr 2016

acepto siempre lo que hay en mi ser (Maria Rosa Villalta)


ENERGÍA RENOVABLE
                            JOHANN R. BACH

La años de trabajo duro y la lucha cuerpo a cuerpo tienden a desaparecer


TIEMPO DE BALNEARIOS



                                                  Ángeles que pudieron haber existido:
                                             Ermessinda, Clementina, Aurembiaix, Flordeneu.
                                             (de la novela "El Origen de un Claro de Luna")

                                                                                                      Johann R. Bach

13 abr 2016

Hay que hacer buen uso de los libros

LA LIBRERÍA DEL SIGLO XXI
Soy muy poca cosa, sí, y a casi nada puedo aspirar.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del Mundo del Ápex.

Vivo en el filo del anonimato como un poema, 
coexisto con el verso y miro la cartelera de espectáculos.


Johann R. Bach

12 abr 2016

Los Antiguos tenían mármol, yo ni siquiera tengo moldes de madera


VINO TINTO PARA EL VIERNES

He vuelto a meter en mi cuerpo
una gota de ese vino que gastan Emilia y Hector para entonarse y me he emborrachado como una estudiante en un fin de semana.

No es extraño pues que vea montañas diamantinas,
reyes de cartón, vidas de viento, mares de reflejos. Y aunque no estuviera borracha y todo ello fuera real, obviamente, no sería eterno.

El amor es,
también para mí una humilde araña lasiodora chismosa, nostalgia y el poder es hastío. Imaginemos, sin embargo, que todo es eterno. Ni aun así tendría valor todo lo que existe en este mundo pues casi todo es pompa.

Nuestro universo es un mundo denso
entre miles de puntos que se unen para forma otros mundos de fuego y otros tantos fríos como el platino, que, contemplados desde muy lejos, se reducen a cristales de roca y aleaciones de metales líquidos, caracolas ocupadas por cangrejos ermitaños, paños de cocina llenos de grasa de cordero, ciruelos cargados de fruta madura o nubes de plomo.

Así que no resultaría sorprendente
que nuestro universo fuera un átomo en un tiesto en el que crece un cactus grandifloris, o el átomo de una araña como yo que corretea por un mundo que es a su vez un átomo de un tallo de una tomatera.

Entonces, ¿por qué escribo,
si ya sé que estoy borracha, si mi escritura carece en cualquier caso de valor, cuando se ha escrito ya sobre Cervantes, Ausias March, Homero y cuando yo no podré jamás igualar a los maestros?

Los Antiguos tenían mármol,
yo ni siquiera tengo moldes de madera para hacer ladrillos para que ser cocidos al sol aunque con mis finos hilos puedo también hacer bellas hamacas.

Aunque, eso sí, en los momentos
en que no tengo nada que leer y no me apetece escuchar música de percusión, me sumerjo en un mar de dulces y sosegadas ensoñaciones, se me aparece un genio que coloca una pluma en mi mano y me dice:

"Perezosa criatura mortal,
salva tu vida, cierra los párpados y ábrelos en otro mundo lleno de amor y vino que está esperando ser creado por ti".

                                                                                                  Johann R. Bach

En el quinto centenario de la muerte de Cervantes


EL QUIJOTE POSTMODERNO

Estaba yo tan tranquila
haciendo la siesta en mi hamaca de finos hilos cuando el runruneo de la conversación entre Emilia y Hector me despertó. Hablaban de literatura. Gracias a mi fino oído me enteraba de todo. Hector como buen alumno preguntaba y preguntaba a su maestra Emilia la escritora. Hasta una modesta araña lasiodora podía extasiarse con aquella conversación.

En el impacto del lector ¿qué causa más impresión la novela o el poema? –preguntaba Hector.

Cada persona –opinaba Emilia- se entusiasma de diferente forma al leer literatura aunque en mi opinión la novela -cuando gana- gana por puntos mientras que el poema vence por nockout.

Me encantaba ver a mis compañeros de la casa
charlar entre whisky y whisky. El aroma alcohólico subía hasta lo alto del armario y me embriagaba igual que a ellos aún sin probar gota.

Encima de la mesa había un cuenco con cacahuetes salados -con sólo verlos se me hacía la boca agua- y en otro unas cuantas rodajas de plátano desecado adornando las almendras y las avellanas, y, en una bandeja, unos trozos de turrón de mazapán con incrustaciones de naranja dulcificada, una vela aún por encender, dos copas vacías esperando el champaña y…, como no podía ser de otra manera, dos libros abiertos con muchas líneas subrayadas y notas al margen.

¿Crees que Cervantes era católico creyente?
–preguntó Hector en una de las pausas del monólogo de Emilia sobre el tema.

Cervantes… uhm… -contestó pausadamente Emilia como masticando la respuesta- era muy inteligente: discutía de tejas abajo sobre el mundo, pero de tejas arriba no. Tengo entendido que murió siendo creyente y alegre. Pensando que quería ir allí al Mundo del Ápex y continuar las conversaciones que había mantenido con los amigos que habían emprendido el viaje antes que él y cuanto antes, mejor. Creo que murió riéndose.

De repente Emilia se quedó mirando al techo como si hubiera adivinado que yo estaba atenta a todo lo que acontecía en aquella velada, pero en realidad sólo estaba concentrándose para iniciar uno de sus monólogos:

"Cada época –comenzaba Emilia con una voz impostada como si estuviera hablando a un gran público- ha leído el Quijote de una manera. Ahora en la postmodernidad parece interpretarse  como el desdramatizador, el que persevera y duda, el que ilumina la doble condición de la verdad, el que anticipa la tradición ilustrada de dudar de las propias certidumbres y el que en ningún caso renuncia al humor y la jovialidad como fundamento de una visión integral de la condición humana".

"Alguien que invita a desdramatizar –continuó Emilia después de una pausa para tomar aire- sin infundir ninguna forma de nihilismo. No está adelantando el cinismo moderno de Groucho Marx, por ejemplo ("Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros"), sino una forma de reserva activa y burlona frente al excesivo poder de atracción de los propios principios. Las verdades contradictorias pueden ser simultáneamente ciertas, y descubrirlo sin rencor no empeora el mundo ni lo degrada: lo hace habitable y felizmente perceptible…"

De pronto Emilia calla… La mano que le está acariciando los pezones le ha llenado la boca de saliva… El resto de lo que sucedió aquella noche lo podéis, sin dificultad, imaginar.

                                                                    Johann R. Bach

11 abr 2016

Este barrio, por suerte todavía, no es tan distinto de ese viejo


CAFÉ DE LA VIRREINA

Ya no es joven, es verdad.
Rozará los almendros de los vericuetos que conducen a los ochenta, pero parece que aún goza de buena salud.

Encorvado ligeramente hacia adelante,
pero no torcido como un garfio, repta junto a la barra del bar con movimientos de sorprendente agilidad:

casi parece un gorrión
agitándose en la tarde.

Bajo la gorra de visera,
sus ojos lagrimean mientras mira la cartelera de espectáculos.

Va enfundado en un jersey azul marino
de punto que alguien habrá tejido en un mundo de sol naciente y una cazadora de cuero antiguo.

Hay poca gente en el local
pues los clientes prefieren la terraza para poder fumar. No hay ninguna pantalla sobre la que ver paisajes, ni apenas ruido,

salvo el tintineo ocasional de alguna taza.
Huele aún a lejía, a cañas de cerveza y a tortilla de patatas. Huele a barrio. Y es como estar, de pronto, en una máquina del tiempo.

La imágenes de un niño
recogiendo los caramelos arrojados desde las carrozas el día de Sant Medí en la plaza de La Virreina acuden a su mente.

Este barrio, por suerte todavía,
no es tan distinto de ese viejo que ahora mira con gesto despierto y vivaracho por el ventanal.

Pese a todos los intentos
no es tan fácil acabar con él.

                                                               Johann R. Bach

8 abr 2016

Como un poema vivo en el filo del anonimato,


EL GARABATO QUE NOS DESCRIBE

Soy muy poca cosa, sí,
una minúscula araña lasiodora y a casi nada puedo aspirar.

Aparte de esto,
tengo en mí todos los sueños del Mundo del Ápex y participo como Emilia la escritora de la Danza del Universo.

Como un poema
vivo en el filo del anonimato, columpiándome asida a un fino hilo de seda,

coexisto con el verso
y miro la cartelera de espectáculos.

                                                                                      Johann R. Bach

me he mordido la lengua y he callado.


EL COLOR NARANJA DE LA VIDA

He asistido a una conferencia
–comienza así otro texto de Emilia- en la que un "científico" propone como un atrevimiento la hipótesis de que cada ser humano pasa, durante su vida, por todos los niveles energéticos representados en la Tabla Periódica de los Elementos.

Los asistentes
–a juzgar por las preguntas que le han hecho- han encontrado dicha hipótesis interesante y me ha parecido ver en ellos una actitud expectante respecto de "La Ciencia" como si esperaran de ella nuevos descubrimientos que aporten más luz al misterio de la vida. Eso me ha decepcionado un poco pues no he visto polémica sino pasividad.

Yo no me he atrevido
ante ese potencial público hostil a mis propias ideas, me he mordido la lengua y he callado. ¿Cómo plantear a ese tipo de consumo "científico" que yo creo firmemente en el color naranja de la vida y que el feto de una simple arañita mientras está en el vientre materno, pasa por todas las etapas que ha pasado su especie.

¡Qué oda, qué himno maravilloso,
que idea tan osada y elevada!

Siempre me pareció
que Emilia la escritora era picante como los condimentos, pero esta vez al referirse tan explícitamente al curso de la vida poniéndonos a las minúsculas arañas como ejemplo ha alcanzado realmente nuestro universo.

                                                                           Johann R. Bach

“No es fácil escapar de lo que es uno.


MÉDULA COLOR NARANJA

Hola amigos,
hoy como una auténtica araña lasiodora, experta en tejer tupidas telarañas, os propongo que hoy un día gris y lluvioso,

hagamos trampas para engañar a la noche,
seamos tan sólo una vaga ensoñación de vida vulnerable: un grito escrito.

Moderemos nuestro sexo apremiante:
"Morder y devorar, hender, herir…"

E intentemos huir del Tedio Vital:
"No es fácil escapar de lo que es uno.
A veces se consigue, por un tiempo, con un libro, con la bebida o con una simple película. Lo primero que hago al abrir mis ojos al mundo es mirar la cartelera de espectáculos.

No alabemos el engranaje de los genes egoístas:
"Tener hijos es cosa de mediocres, ineptos sensualmente, analfabetos sexuales o de gente irresponsable. ¡Cuánto lamento no haber estado a la altura de mis abuelos los cuales tuvieron doce hijos! Yo sólo he tenido tres.

Sé que estáis ahí como Voces Anónimas:
"No me reconocéis. Y sin embargo, soy una de vosotros. Esa misma que escribe…"

Dad, de vez en cuando, una señal de vida
pues no me gustaría ser un Sísifo y su empeño estéril:
¿Cuántos renunciaron al sueño y se adaptaron demasiado fácilmente a una pequeña dicha y su tristeza? Pensaron, seguramente, que la vida no da más.

                                                                                          Johann R. Bach

7 abr 2016

Gracias a la gran altura del techo disfruto de amplios espacios de tres dimensiones


LA ALEGRÍA COLOR NARANJA

La alegría anda por la casa,
en mi camisa anaranjada y mi cinturón amarillo sujetándome los jeans negros entre las lenguas latinas insulares.

Me balanceo asida a mis largos
y finos hilos mientras la música del blues sube desde la plaza mezclada con aroma de café.

Gracias a la gran altura del techo
disfruto de amplios espacios de tres dimensiones sobre los armarios a cubierto de miradas indiscretas.

Estoy encantada de convivir
con Emilia la escritora y su pupilo y joven amante Hector que habiendo dejado atrás la edad del acné toma continuamente ácido fosfórico para hacer frente a las demandas amorosas de su profesora.

Muchas de mis primas
–tarántulas de todo pelaje- creen que soy sólo una Mygale lasiodora pasiva y que me limito a narrar lo que veo y oígo y que realmente no participo de la danza del mundo.

Nada más lejos de la realidad:
me excito cuando veo a Emilia y Hector hacer el amor, pero también tomo parte en la vida de la casa.

Anteayer, sin ir más lejos,
la tristeza comenzaba a pasearse por el aire al caer enferma Emilia. La inflamación se había extendido a lo largo de los vasos linfáticos del cuello, la coloración violeta de sus labios no presagiaba nada bueno mientras que el color verde comenzaba a aparecer en las uñas.

El escalofrío seguido de fiebre
coincidía con la sequedad de boca y sed acompañada de ansiedad. Se hallaba la escritora abatida, con temblores y temor de morir.

Me desplacé por el techo
hasta situarme sobre la taza de café que reposaba sobre la mesita de noche. Esperé, igual que Emilia, a que se enfriara para dejar caer una minúscula gotita de mi tinta negra.

Vi con satisfacción
que la valiosa dosis se diluía rápidamente en el café y cómo Emilia se llevaba a sus labios la delicada taza de porcelana. Media hora más tarde en el rostro de la enferma apareció la sonrisa, se levantó con presteza de la cama y… comenzó a escribir.

                                                                                         Johann R. Bach

6 abr 2016

la alegría de la autosuficiencia de producir textos para unos cuantos amigos,


POLVO de telaraña COLOR NARANJA

La opinión de una minúscula araña lasiodora
cuyos placeres mayores son los de columpiarse en los espacios enrarecidos, comer naranjas y plátanos y de vez en cuando amar apasionadamente aferrándome a la vida, es relativamente poco importante, pero ya que me la pedís os la voy a dar.

Por todo lo que he leído,
oído y visto de Emilia la escritora me atrevo a decir que esta gran poeta en su juventud arruinaba su vida por la locura de un verso hermoso, pero confiaba al menos en el reconocimiento de las generaciones siguientes.

Creía esta maravillosa dama
sinceramente que la belleza es la salvación del mundo, pero hoy ya no sabemos qué es belleza, ni tampoco el mundo, y no entendemos qué significa "salvar". ¿Qué vas a salvar si vivimos en lo inmanente y lo aleatorio?

Sin la perspectiva de conseguir algo
a través del arte y, en definitiva, de su profesión, sin la esperanza en la gloria y en la posteridad, el poeta está condenado a la vida asocial y fantasiosa del consumidor de hachís. "El poeta –decía de sí mismo otro poeta- no tiene vida propia,/ su vida propia es polvo color naranja bajo una telaraña.

Hoy, cuando la civilización del libro agoniza
y cuando Emilia penetra con voluptuosidad en los espantosos desfiladeros de lo virtual, su poesía es menos visible aún. Ahora –insisto en mi humilde visión del mundo-, la descentralización postmoderna ha producido una civilización sin cultura, una cultura sin arte, un arte sin literatura y una literatura sin poesía. En cierto modo, los polos de la vida humana se han invertido de manera brusca y las primeras víctimas han sido los poetas.

Expulsada de la ciudadela, Emilia ha aprendido a luchar con las mismas armas de una civilización que la condena. Se ha refugiado en las redes de los blogs literarios, donde publica libremente sus textos eludiendo las servidumbres de toda forma de comercialización, y ha encontrado cobijo en los lyrics de la música del jazz. Ha aprendido a competir en los slams de poesía interpretada. Ha comprendido la alegría del anonimato, la alegría de la autosuficiencia de producir textos para unos cuantos amigos, ha aprendido a protegerse de la brutalidad del mundo circundante y de la vulgaridad del éxito.

Nada le parece a Emilia más discreto,
más admirable y más triste, en cierto sentido, que el poeta de hoy, el último artesano en un mundo de copias sin original, el último ingenuo en un mundo de arribistas. Por suerte Emilia no está sola, cuenta con la ayuda de su joven amante que está al corriente de toda esa tecnología de ese Gran Baúl de Google. Se siente por él admirada por la habilidad de su pluma y deseada físicamente hasta el delirio. Suficientes estímulos para seguir adelante con una tostada en una mano y el bolígrafo en la otra.

                                                                            Johann R. Bach

5 abr 2016

caracol, araña o ángel, como nunca anteriormente me complazco en mí misma.


EL COLOR NARANJA DE LA TELARAÑA

Tengo el pelo castaño,
ojos ligeramente almendrados, gran parte de los poros de la piel cerrados, el oído fino y guardo en mi cuerpo un corazón como una granada llena de astros aún sin abrir.

De la paleta infinita
de tonalidades cromáticas de este mundo he escogido el color naranja de la telaraña, en menor medida chifla el amarillo de los plátanos sobre fondo de negro astracán.

Sueño, dormida o despierta,
entre las flores de un lejano pabellón chino a la espera de la última visita habiendo cumplido con la entrega de todo aquello que no me pertenece.

Me niego, es cierto,
a desprenderme de aquellas horas de juventud, de aquella cierta disposición literaria ante la vida y ante el exceso del amor oscuro sabor como el de la leche hervida con vainilla.

Las autoridades,
para vengarse de mi furioso afán por la poesía no han cesado nunca de enviarme imágenes de cerdos comiendo pájaros para horrorizarme.

Aunque, como ave fénix,
en su aire sublime, caracol, araña o ángel, como nunca anteriormente me complazco en mí misma.

La seducción ha acudido
 –y aún acude cada noche- como hombre que unge mi cuerpo con bálsamo de caléndula y naranja

a la estancia para colmarla
y aunque tengo experiencia en artes curativas, vence el disparate, la extravagancia, los augurios de Dionisio.

Y la noche…
la noche siempre para poderme esconder como una araña en su hamaca, arropada en la tibieza, como una leyenda de escritora solitaria.

                                                                               Johann R. Bach

4 abr 2016

Era sábado y Emilia se estaba preparando para otra gran noche de amor.


LA LARGA NOCHE DEL SÁBADO

De cuando en cuando
–escribía Emilia antes de ir al baño, por la mañana- llegaban años difíciles y se quedaban vacías las tinajas de aceite,

Se quedaban vacías las despensas de almendras,
membrillos, harina y tocino como en los tiempos en que venían hombres con botones relucientes y botas altas.

Entonces nuestra madre miraba hacia el campanario 
como las cigüeñas sacando a la tarde la raíz cuadrada, luego la blanca luz de la luna arrastrándose sobre la piel del mar,

y como una carta que llegó desde muy lejos,
apretaba su amarga mandíbula.

Entonces a medianoche
se levantaba nuestro padre y se sentaba en el borde de la cama, metía la barbilla entre sus manos como un mendrugo mordido

y abría la ventana y estudiaba en las estrellas
el tiempo y el destino, como si abriera la gran Enciclopedia de las Galaxias y leyera los versos del Cielo Constelado.

Entonces también nosotros,
unos niños, haciéndonos los dormidos y abrazados para estar calentitos bajo la manta,

escuchábamos su voz
como si proviniera de un pozo seco, escuchábamos –como si saliera de un viejo baúl pintado con negros cipreses-

"tranquilos, yo estoy aquí";
nos cogía nuestras manos y nos quedábamos dormidos estrechando una estrella en nuestro corazón.

Después de dejar de escribir
Emilia tomó las últimas gotas del café y desapareció tras la puerta del baño, momento en que me deslicé desde el techo hasta el cuaderno rojo y que aproveché para copiar fielmente todo aquello que había escrito. Oí el chapoteo en la bañera durante un buen rato, luego el silencio se hizo denso en toda la casa.

Temiéndome lo peor
me colé por encima de la puerta del lavabo y allí estaba ella, sonriente, desnuda, mirándose en el espejo. Sobre el mármol una botella de vidrio topacio lucía una etiqueta con la inscripción "Oleato de Caléndula", en otra botella metálica y brillante como si fuera de aluminio una etiqueta amarilla (color de precaución) la inscripción era: "Citrus sinensis" (aceite esencial de naranja).

En un recipiente de cristal azul y boca ancha
Emilia había preparado una crema cicatrizante (de caléndula) y dulcificante para la piel (la naranja). Se estaba embadurnando todo su cuerpo con aquella pomada incluidas sus partes más íntimas. Todo el baño olía a naranja la fruta preferida de las arañas por su dulce sabor y también por su estimulante color.

Era sábado y Emilia se estaba preparando
para otra gran noche de amor. Pensé en las vecinas, en cómo estirarían las orejas para oír los suspiros de placer de los Amantes Escritores nombre con el que ya habían bautizado a la pareja. Pensé en su envidia, en su maledicencia y en cómo se masturbarían aquella noche del sábado.

                                                                          Johann R. Bach

2 abr 2016

Creo que en el infierno no hacen falta torturas,


PRIMER DÍA DE VACACIONES

Perdonad queridos amigos por el desorden en que yo,
una simple araña lasiodora, narro las cosas, pero es la inmediatez de este Mundo de Arañas donde todas no sólo corremos sino que volamos acrobáticamente en el espacio que otras criaturas abandonan y donde, al escribir, demostramos nuestras habilidades dactilares.

Os voy a relatar ahora,
como una pieza que faltara para completar un puzzle, el texto que copié del cuaderno de viaje de Emilia la escritora. Tal y como yo lo copié incluido el momento en que lo hice, muy posterior por cierto, al resto de la narración iniciada con el título de "Grecia como Decorado de Fondo". Ese relato del "Primer Día de Vacaciones" de Emilia es el siguiente:

Desde que empecé a planear aquel viaje,
siempre tuve claro que iría a la península  de Mani –a Emilia le encantan las penínsulas tanto como a mí-, al sur del Peloponeso. Algunos profesores amigos y compañeros del "insti" me advirtieron de que no merecía la pena, ya que era para ellos una tierra lejana e inhóspita, pero estoy contenta de no haberles hecho caso. Al fin y al cabo de no haber hecho aquel viaje no hubiera conocido a Hector y sus infinitas caricias, la satisfacción de sentirme una mujer deseada y colmada en los placeres intelectuales y sexuales hasta lo infinito.

En efecto, los compañeros del "insti"
tenían parte de razón cuando me dijeron que en un extremo de Maní se hallaba la puerta del Hades, del inframundo mitológico. Alquilé un coche para ir hacia el sur, hacia una de las tres penínsulas que, en el extremo del Peloponeso sobresalen, como las raíces puntiagudas de una muela. La monotonía invade la carretera poco transitada y una costa bañada por las aguas del golfo de Laconia.

En kokala me dejé tentar
por una taberna con terraza a orillas del mar, protegida del sol por un cañizo medio roto. Comí pescado fresco y una ensalada griega de esas a las que añaden queso de cabra, con un vino tinto con el que pretendí celebrar la belleza del paisaje. De regreso al hotel, como un sobrecogimiento, me invadió sin saber por qué una tristeza infinita. En la cena bebí en exceso vino tinto y tres o cuatro copas de whisky.

Me fui a acostar haciendo eses
después de tanto vino (por hacer honor a la verdad; de lo contrario podría invocar el cansancio de aquel día interminable) y, tras descender titubeante un piso, volví, a encontrarme en mi habitación con el papel, las cortinas y el tapiz colorados. Encendí el televisor que, como en todas las habitaciones de hotel, colgaba aproximadamente en el techo como las arañas y, desde la cama, empecé a zapear en la oscuridad, deslumbrada por los destellos de luces interrumpidos por pantallas negras.

Zapeé durante unos minutos,
como hago siempre que, arrancada de mis hábitos, de las personas que son parte de mí en el "insti", arrojada a un lugar extraño y sofocante –una más de las cientos de habitaciones por las que he pasado y que han sido siempre la misma, deprimente y repulsiva-, no reencuentro siquiera la bruma de realidad que normalmente me arrogo.

Creo que en el infierno no hacen falta torturas,
gritos, barreños de alquitrán ni otros horrores: el baño del Inframundo –en la variante moderna de una habitación de hotel en la que tienes que vivir eternamente, sin identidad, sin pasado, sin futuro, sin compañero, sin carrera profesional, sin vida, en definitiva –resulta igualmente útil y es considerablemente más limpio en comparación.

Me dormí rayando el alba, con el televisor encendido y, cuando me desperté, me abrumó una congoja terrible: el viaje apenas había comenzado. Tendría que vagar de hotel en hotel, como Ulises de isla en isla, dos semanas más, lejos de mi península del Cap de Creus mi Ítaca particular. Sólo me animaba a seguir recordar al mirar por la ventana las palabras que con toda razón dijo el poeta griego: "Aquí el paisaje es tan agreste como el silencio".

                                                                               Johann R. Bach

Por el chapoteo en el agua de la bañera y por sus risas deduje que estarían en el baño, como niños,


EL ALMA DE CERVANTES EN EL AIRE


Cuando regresó Emilia de su viaje a Grecia
no vino como de costumbre, de vacío, solitaria y taciturna, sino sonriente, alegre y tras de sí un joven  llevando sus maletas. Aquel hercúleo mozo una figura masculina que, de quedarse quieto, sería fácil confundirlo con una estatua de un museo griego, al dejar el equipaje  en el comedor no sólo no se fue sino que entre besos y abrazos empezó a desnudarse y se metió en el cuarto de baño con la escritora.

Por el chapoteo en el agua de la bañera
y por sus risas deduje que estarían en el baño, como niños, un par de horas por lo menos. Así que me deslicé por uno de mis hilos hacia el bolso de Emilia. Por suerte estaba abierto. Estiré fuertemente de su cuaderno el cual, al caer sobre la mesa se abrió misteriosamente justo por la página que más me interesaba en aquel momento:

"Cuando en 2.004
–había escrito nuestra maravillosa escritora- se inauguró el puente de peaje de casi tres kilómetros de longitud que une el Peloponeso, con el resto de Europa, esa península perdió su "carácter isleño" para ser un eslabón más en la larga cadena viaria que acorta las distancias entre el pensamiento de Oriente y el de Occidente.

Mientras lo atravesamos,
cogidos de la mano Hector y yo, pensé, como contraste, que fue precisamente a la entrada del golfo de Corinto, en las aguas que ahora quedan bajo el puente, donde cristianos y turcos libraron el 7 de octubre de 1.571 la batalla de Lepanto, un enfrentamiento decisivo que frenó -por segunda vez- la expansión de los otomanos por el Mediterráneo y que fue calificado por Cervantes, que participó como soldado, como "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, ni esperan los venideros". No estaba yo tan segura de esa afirmación al leer los acontecimientos actuales sobre los refugiados sirios e iraquíes.

Hoy nada hace pensar que hace más de 400 años
estas aguas fueron el escenario de una batalla histórica entre las galeras españolas y las del Señor de Argel, a las órdenes del turco Selim II, sucesor de Suleimán el Magnífico. Es más, ni siquiera el nombre de Lepanto se mantiene, ya que la población que entonces dominaba Venecia se llama hoy Naupacto, nombre que viene de la palabra atarazana en griego.

Naupacto, en la costa norte del canal de Corinto,
es hoy un pueblo tranquilo, dominado por una fortaleza veneciana, que acoge buena parte del año un turismo llegado del norte de Europa, partidario de tumbarse en la playa y de prolongar la sobremesa en los restaurantes del sombreado paseo marítimo. Hector y yo nos introducimos en ese rio de turistas y pasamos "olímpicamente" de ir a la Oficina de Turismo donde aún se da información a algún excéntrico sobre la batalla del Lepanto histórico. En aquellos momentos nuestra sed no era de conocimientos, era una sed de amor, de besos y abrazos acumulada durante un tiempo demasiado largo.

                                                                       Johann R. Bach 

1 abr 2016

Me alegró ver que mi acompañante quería seguir a mi lado.


GRECIA COMO DECORADO DE FONDO

Durante el desayuno estuve mirando por el rabillo del ojo a Hector un joven de unos veintiocho años cuya juventud resaltaba entre todos los que estábamos en el hotel. Me preguntaba qué podía haberle impulsado a una persona de sus años a aquel rincón del mundo.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando le vi subir al autobús que nos iba a llevar de excursión a Olimpia, pero cuando noté un leve cosquilleo en mi vientre fue al ver que se sentaba junto a mí. Y cuando me dio los buenos días mientras se acomodaba junto a mí sentí como se encendían mis mejillas. Creo que en aquellos momentos me olvidé de las canas de mis sienes.

Sin saber por qué le pregunté si ya había estado antes en aquel lugar sagrado de La Antigüedad. Y mientras me miraba sorprendido y sin atinar a contestar me excusé: "es que es usted tan joven…". Sí, es mi primer viaje a estas tierras –contestó escuetamente. El haber estado cinco veces en Olimpia me autorizaba a expresar mis ideas sobre el Fabuloso Mundo de los Dioses Griegos. Así que entusiasmada de ver que alguien estaba dispuesto a escucharme me lancé a uno de aquellos monólogos que tanto me gustaba largarles a mis pobrecitos alumnos:

"La dispersión es tan grande en Olimpia –comencé a decir al tiempo que me cercioraba por su expresión que aceptaba mis explicaciones- que lo mejor que puede hacer el visitante es hacerse con un buen mapa del recinto. Mire, como este por ejemplo. Sólo así, sabiendo cómo era en el pasado el santuario, se puede reconocer entre las ruinas de Zeus y de Hera, el Gimnasio, la Palestra, las Termas, el Estadio… De este último aún impresionan el arco de entrada y las pistas de atletismo; las gradas han desaparecido, pero no cuesta imaginar una multitud enardecida, muy cerca de donde, con ayuda de un espejo parabólico que refleja la luz del sol, se enciende cada cuatro años la antorcha de los Juegos Olímpicos modernos de la Antigua Grecia…"

Me detuve para tomar aliento, pero aquel joven que aún no me había dicho su nombre excitó aún más mi delicado espíritu con su "siga, siga… encuentro muy interesante todo eso que me dice pues estoy haciendo una tesina sobre el Mundo Griego Antiguo. Eché un trago de agua del botellín que llevaba en el bolso y tomé aire profundamente antes de reanudar el relato.

"Del templo de Zeus, del siglo V a.C., sólo las bases de las columnas permiten hacerse una idea de cómo era, del mismo tamaño que el Partenón. Muy cerca –ya lo veremos al llegar-, caídas como un castillo de cartas, algunas columnas parece que aún esperen la llegada de arqueólogos modernos para completar el puzzle.

El autobús se detuvo y bajamos todos. Me alegró ver que mi acompañante quería seguir a mi lado.

"En el centro del templo había una escultura de Zeus, esculpida por Fidias hacia 430 a.C. -gritaba el guía. Medía 12 metros y representaba, tallado en perfil, al dios sentado en un trono de madera de cedro con incrustaciones de marfil y piedras preciosas. En la mano derecha tenía una estatua de Niké, la diosa de la victoria, y en la izquierda un cetro coronado por una águila".

Empecé a perder la cabeza cuando tomándome de la mano Hector me arrastraba literalmente detrás del guía de forma que sus explicaciones las oía ya lejanas.

"La estatua –continuaba incansable el guía-, de una altura parecida a la de Atenea que había en el Partenón, era tan bella que figuraba entre las siete maravillas del mundo. En 394, después de estar 800 años en Olimpia, fue trasladada a Constantinopla. Allí se perdió su rastro, pero se cree que fue destruida por un incendio. De todos modos, gracias a las monedas antiguas y a las descripciones de Pausanias –aseguró el guía-, podemos saber cómo era".

El resto de aquella explicación ya no llegaba a mis oídos. Cogida de la mano de Hector cómo si fuera un dios griego auténtico miraba toda aquella cantidad de fragmentos de mármol –columnas, capiteles, metopas, esculturas… - que se acumulaban entre pinos y cipreses a la espera de ser catalogados. Mientras los miraba, no pude evitar la sensación de que era como si estuviera contemplando, entre beso y beso, la historia desmenuzada.

                                                                                     Johann R. Bach

31 mar 2016

Se acabó el membrillo


Traducción de la metáfora
"YA NO VEO AMOR EN TUS OJOS"

Español: Se acabó el membrillo.

Catalán: S'ha acabat el codonyat.

Francés: il n'y a plus de la pâte de coing.

Inglés: The quince is over.

Alemán: Quitte ist vorbei.

Gallego: Acabouse o marmelo.

Latín: Melino est

                                                                   Johann R. Bach

JOHANN R. BACH


Ahi lo tenéis. Cazado desnudo, como a Sansón, durmiendo.


el cielo nocturno, los bosques, las montañas azules, oliendo ávidamente el rocío tibio, el tomillo, la paja,


UN LUGAR EN EL COSMOS

Sí amigos lectores,
a pesar del mínimo tamaño de este cuerpo de araña lasiodora, reivindico un espacio y un tiempo en este Cosmos cuya mayor virtud es la de acogernos, sin excepción, a todas las criaturas.

Yo también fui joven y osada
como Emilia la escritora pues conocí la vanidad hermosa, sosegada, casi alegre;

me acurruqué en ella
o encima de ella como buena Mygale, como cuando iba de colonias en verano, observando

el cielo nocturno, los bosques,
las montañas azules, oliendo ávidamente el rocío tibio, el tomillo, la paja, el alejado humedal y sus cañaverales,

el aroma de las espigas segadas
–desde luego no con la idea del pan, del agua, de la utilidad- sólo con la idea de una siega general, aliviadora,

mientras de cerro en cerro,
de viña en viña, los perros de los labradores –hoy ya sustituidos por el chirrido de la maquinaria agrícola-

y de los pastores ladraban
a una blanquísima luna llena, Diosa de la Noche con los brazos cruzados y sus sugerentes reflejos plateados.

Embriagada de esa vanidad, casi alegre,
vivía en un tiempo que era un sabor –no sé- a un profundo azul diluido, un sabor a existencia única, subrayada a veces por el movimiento de algún gorrión enemigo como en sueños –un silencio bullicioso-

y toda yo era silencio
y era parte del silencio. Mordía una ramita de olivo para no gritar. Porque lo sentía: mi boca crecía desmesuradamente, para un gran grito, y mis dientes también se separaban para dejar salir el grito.

Por suerte, gracias a mi disciplina de araña narradora

lo contuve y se disolvió en mí. Eso era el silencio. Y yo era etérea –podía columpiarme fuertemente asida a mis finos hilos- me movía en grandes espacios “volando”. 

Sí amigos lectores,
a pesar del mínimo tamaño de este cuerpo de araña lasiodora, reivindico un espacio y un tiempo en este Cosmos cuya mayor virtud es la de acogernos, sin excepción, a todas las criaturas.

                                                                                         Johann R. Bach


30 mar 2016

Es el mercurio que corre por mis venas el responsable de que no soporte el calor ni el frío.


EL MAR DE LOS HIELOS

Ante la oleada de calor de este verano
solo se me ocurre, para refrescarme, pensar en el viaje que hice al Mar de los Hielos.

Cierro los ojos y… recuerdo:
Me senté junto a la estatua, apoyé la cara en las manos. El bronce goteaba por mi coronilla, cubría mis mejillas, mi nariz y mis labios, se escurría por mi cuello y mis hombros.

Me cubría por completo
con la costra de la soledad y de la inmortalidad. Sentía el frío corazón de la imagen femenina de la estatua y poco a poco me iba quedando allí, glaseada por una gloria extraña de escritora rebelde, hasta que, al contacto con la armadura de bronce endurecida, mi carne se transformó en una amazona de platino.

Cuando abrí los ojos
comprendí cuan dura podía ser la vida junto al Mar de los Hielos, un mar en el que -parafraseando a Heródoto- tupida plumas de ganso caían del cielo sin cesar, de tal manera que todo era blanco en un parque siniestro.

Es el mercurio que corre por mis venas
el responsable de que no soporte el calor ni el frío.

Son los mares
–todos contaminados- los que, a pesar de todo, dulcifican el aire que respiro y no puedo pensar en otra cosa que no sea agradecer esa salinidad que constantemente inyecta sodio y vida en mi corazón.

Me desperezo y comienzo a vestirme
pues el sudor ya se ha evaporado de la superficie de mi piel.

                                                                          Johann R. Bach