19 sept 2014

con los párpados caídos como para evitar que me dañe el brillo de tus estrellas;

Caída de la hoja en la noche

¡Oh noche!

 

Voy paseando por la plaza,

con dificultad para caminar, con los hombros y la cabeza poseídos de una silenciosa inclinación signo de grietas y fisuras antiguas;

 

con los párpados caídos

como para evitar que me dañe el brillo de tus estrellas; para guardar las pocas lágrimas que me quedan, con las solapas del abrigo levantadas.

 

¡Oh noche!

 

Ya sé que tu dignidad es deliberada;

que sabes perfectamente lo que está en juego, como un niño que con sus llamadas de atención trata de borrar la sombra en los ojos de sus padres;

 

un día envías lluvia

otro día viento; y, a veces con la luz apagada de la luna, decaimiento, pero muchas otras veces ilusión genuina, como si precisamente por haber alcanzado la edad adulta necesitara tu frescor y tu benevolencia como cosas de lo más normal, adscritas al orden natural.

 

¡Oh noche!

 

Con el tiempo mi agotamiento

tus lapsos de tregua circadiana han ido cobrando una importancia inesperada; tienen el aroma del bálsamo para los rasguños del día a día, de hechizo contra el mal de ojo de la vida misma.

 

Esas treguas que nos regalas

no son precisamente de cartón piedra y nos permiten respirar por un instante ese aire más limpio, habiéndose parado los motores de millones de automóviles, más sencillo, como de quien todavía está aprendiendo a caminar.

 

¡Oh noche!

 

Tú eres la auténtica máquina

de abrir espacios de promesa, de libertad anchurosa en los que hasta el alma respira mejor; y, la mejor palanca para abrir una puerta insospechada en la casa de siempre.

 

¿Qué es ese monótono ruido?

¿Qué es lo que perturba tu silencio cuando el viento está en calma? Sólo son hojas que caen, esa forma incandescente de morir de las hojas: quemadas por el frío mientras miran al cielo.

 

                                                                  Johann R. Bach

18 sept 2014

Dame un pequeño aviso y me hallarás presto pues tan cerca estoy de ti.

MUROS NOCTURNOS

 

Cierto día te dije:

"No te quejes de mis silencios", ya que

 

por fin –y gracias a ti-

amo de mi existencia las horas tenebrosas en que más sensibles son mis sentidos.

 

En ellas he hallado,

como en documentos antiguos, mi vida cotidiana ya vivida,

 

lejana y superada,

como viaje leyenda.

 

En ellas he aprendido

que una séptima vida inmensa, intemporal, de amplios espacios tengo.

 

Y a veces soy

cual árbol maduro y susurrante, que alguna vez sobre la tierra húmeda cumple

 

el raro sueño aquel,

que el antiguo muchacho –en torno al cual se empujan sus cálidas raíces-

 

perdió en tristezas y en canciones.

 

Si a veces te molesto,

mi Diosa Cercana, con duros sobresaltos, en la larga noche, es porque rara vez

 

tu respirar escucho,

 

y te encuentras –lo sé-

sola en la oscuridad de tu lecho.

 

Y si algo necesitas,

ya no hay nadie disponible debido a lo avanzado de la hora y que

 

a tu palpar alcance

un simple vaso de agua.

 

Yo siempre escucho.

 

Dame un pequeño aviso

y me hallarás presto pues tan cerca estoy de ti.

 

Sólo un delgado muro

de mil kilómetros de grueso existe entre nosotros y es por azar que separa nuestros mares;

 

pues suceder podría

que a una llamada tuya, o de mi boca,

 

llegara a derrumbarse

sin rumor ni sonido.

 

Ya sabes que

Cierto día te dije:

"No te quejes de mis silencios".

 

                                                              Johann R. Bach

17 sept 2014

Reparé en la delicadeza acuática de tus manos, recorrí tu rostro con mi lenta mirada y la sombra que se impregnaba en el fino mantel cuando tú te inclinabas.

PRIMER INSOMNIO EN DELFOS

 

Soñé (o quizá no lo soñé)

que nos servía el vino un joven helénico cuando se derramaron unas gotas del oscuro odre sobre la mesa

 

donde Baco extendía su alegría.

 

Reparé

en la delicadeza acuática de tus manos, recorrí tu rostro con mi lenta mirada y la sombra que se impregnaba en el fino mantel

 

cuando tú te inclinabas.

 

Parecía el centro sosegado de una rosa.

 

Nunca habías aprendido a beber en porrón;

te valía la belleza del cuerpo y el conocimiento nocturno de todas las salivas.

 

Afuera… tal vez en Delfos

los cascos dorados de los caballos se enterraban en el polvo, los carros estaban listos, de las islas llegaba

 

el silencio perturbador de los sueños,

 

la ciudad se movía

y ataba las puntas durísimas de una estrella en duraluminio.

 

Este cuerpo mío, pasajero,

debía partir al amanecer y las calles ya habían comenzado a soportar el rumor de miles de gentes

 

ansiosas de conocer el oráculo.

 

En el fulgor cítrico –en mi sueño-

de los campos de naranjos que rodeaban el Templo de Apolo,

 

recuerdo

que aún no tenías los diecisiete años y el vino era puro.

 

Por la mañana

cuando los dioses cansados se reclinaban en sus lechos vegetales y sobre el mar surgían

 

constelaciones de repente palpables

se tornó dulce volver a amar como cualquiera de los adolescentes del mundo marítimo.

 

De nuevo me obligaste

a inventar el insomnio y a saciar la sed con la ambrosía de tus cabellos.

 

                                                                Johann R. Bach

14 sept 2014

Fui reclutado en mi infancia por los Carmelitas cuando mi orgullo era innecesario ¿acaso no había mejores?,

ORACIÓN SÉPTIMA

 

ORACIÓN SÉPTIMA

 

¡Oh noche!

 

Sé que no tengo excusa.

Sé que además de ciego he sido más sordo que inteligente, pero esta noche oigo tu voz nítida. Sí, sí, te oigo.

 

Tu mensaje de ir erguido

entre los que están de rodillas, entre los que vuelven la espalda y los derribados en el polvo, me llega al alma con toda claridad.

 

¡Oh noche!

 

Me salvé para no vivir;

he de dar testimonio y no tengo mucho tiempo. El cómputo final es lo único que cuenta, por ello atravesé las puertas de mi propio monasterio y heme aquí escuchando tus apremiantes llamadas.

 

Mi ira ruge impotente

en mi pecho -y necesita ser como el mar- cada vez que escucho la voz de los humillados y golpeados, pero… ¿qué puedo hacer?

 

¡Oh noche!

 

Me sorprende tu deseo

de que no me abandone mi hermano el Desprecio para los delatores verdugos cobardes que sólo esperan ir al entierro de miles de personas honestas y con alivio arrojar terrones de azúcar al objeto de que sólo la carcoma escriba su biografía retocada;

 

me sorprende que me exhortes

a no perdonar cuando en verdad no está en mi poder perdonar en nombre de los traicionados.

 

¡Oh noche!

 

Fui reclutado en mi infancia

por los Carmelitas cuando mi orgullo era innecesario ¿acaso no había mejores?, pero ahora, siguiendo tu consejo me guardo muy bien de aquellos que no precisan de tu cálido aliento surgido de los astros y de los que no puedo esperar ningún consuelo.

 

Hoy, cuando te retires

y en las cumbres de las montañas los rayos rosados del amanecer den la señal como los tambores del cuartel para que la sangre diga a la estrella de mi pecho que repita los viejos conjuros de la humanidad, sus cuentos y leyendas, repetiré las grandes palabras con terquedad

 

como los que marcharon

por el desierto y murieron en la arena aunque no espero premio alguno y, sin embargo me alcance una zurra de risas completada con un homicidio en las colinas de un basurero.

 

¡Oh noche!

 

Oigo tu voz. Sí, sí, nítidamente.

Oigo tus consejos y me da sosiego cuando me dice: Sé fiel. Ve.

 

                                                                                         Johann R. Bach

 

13 sept 2014

la urgencia que me asedia, que sube, y de tanto que me enciende, me quema las retinas

LO MIO NO ES ALZHEIMER

 

Tanto ardor muere

donde, lentamente, agonizo yo, en el lecho olvidado de las sombras, y así me niego a mí mismo

 

la urgencia que me asedia,

 

que sube,

y de tanto que me enciende, me quema las retinas para elevarte como a un caballo alado que ya me pertenece.

 

Basta con el tono tostado de la piel

que es el tesoro que no te oculto, el pecho que debajo de mis manos se dibuja hermoso sobre la hamaca,

 

la piel fresca como amarillas flores de San Juan,

las rosas recién cortadas, su tersura, dormidas como helor pasado, y los peces voladores que poseo,

 

azules, terrosos reflejos de mi mente,

mirándome fijo como cuarzo oblicuo, pura locura, un secreto, sueños que nacen y se agotan,

 

ígnea apariencia, el deseo.

 

Ya nadie puede ver amor en mis ojos;

los grisáceos arcos seniles están ya muy crecidos y las cejas hace tiempo que se quemaron bajo la lámpara del escritorio.

 

Sin embargo el pabellón auditivo

sigue adelgazándose con el crecimiento y es fiel reflejo de los años vividos, y, el oído se agudiza con los trabajos y los días.

 

El plomo y otros metales

se me acumulan en las piernas, los líquidos alma de los humores se van evaporando y

 

la sequedad de las mucosas

y la piel avanza como los desiertos.

 

¡Ponme un sombra!

Sí sí, He oído bien: "un" sombra. Automáticamente mi cerebro intenta comprender.

 

Esa frase ha invadido y perturbado

el minúsculo laberinto de mi oído interno.

 

¡Ponme un nube!

Otra frase que golpea con martillo el yunque de mi aparato de percusión y sus vibraciones inundan la coclea.

 

Otro artículo "un" (masculino) delante de nube.

 

Sombra1… nube1…

la fresca brisa salada sobre mis labios… Sin duda estoy en Málaga.

 

Lo mío no es Alzheimer.

 

                                                           Johann R. Bach

 

1). Sombra y nube son dos nombres que en Málaga se dan al diminuto café con leche parecidos al cortado.

 

12 sept 2014

No se trata de la muerte que te busca ni de azufre divino que te corroe la carne

LOS MÚLTIPLOS DE SIETE

BAJO LA MAGIA DE LA LUNA

 

Siete veces

he leído en la noche de los poetas, iluminada por la gran lámpara de la bóveda celeste,  mis propias sílabas "Los Múltiplos de Siete";

 

y, si quisiera bajar esa luna del cielo

un tremendo mandato y muchas cabezas caerían tronchadas para siempre sobre el pecho.

 

Cuánto me complace

esta disposición a la eternidad, sin saber si respiro o no, aguardando a que me juzguen,

 

que me coloquen en la balanza

bañado en mi propia sal.

 

Si a alguien le cuesta creer eso,

tampoco distinguiría cuáles de mis palabras son piadosas, y de sus manos caerían cuajados pétalos de magnolia que

 

por la noche arrancaron

de unas piernas desconocidas.

 

No se trata de la muerte

que te busca ni de azufre divino que te corroe la carne, lee siete veces "Los Múltiplos de Siete" y

 

quizá encuentres respuesta

al fuego que de mis dedos brota.

 

           MÚLTIPLOS  DE  SIETE

 

Siete años tardaste en aprender

a hacer el lazo de los zapatos heredados de tu hermano. Los cordones ya desgastados por el uso resbalaban fácilmente sobre los calcetines y su forma de ocho horizontal crecía y crecía como el espacio.

 

Hasta los catorce no te fue necesario

dibujar ese signo y otros sobre un cuaderno de hojas con fondo cuadriculado llenas de ecuaciones de segundo grado. En esos momentos crecías y crecías como las hojas de un guisante germinando.

 

Las chapucillas con cilindros

y cónicas y las reflexiones sobre los péndulos de compensación para medir exactamente el transcurrir de los minutos, formaban parte de una sed inextinguible de conocimientos. Tu imaginación despertaba a impulsos de intensidad irregular, pero imparable.  

 

A los veintiuno descubriste la noche

y la Banda de Moebius que completó tu colección de figuras construidas con delicada papiroflexia. Empezaste a frotarte las manos porque las piezas del puzle de la vida empezaban a encajar.

 

Entretanto el amor llamaba

a tu ventana como la zarpa del helor de un crudo invierno. A partir de rombos, triángulos y pirámides construiste un jardín inteligente a falta de un diamantino edén en el que hasta los insectos pudieran acudir al festín de la miel.  

 

A los veintiocho te atreviste

a decir tímidamente para tus adentros: ¡Eureka!. Creíste haber encontrado la piedra filosofal, pero no querías parecer ridículo y no comentabas públicamente las locuras filosóficas que se te ocurrían;

 

las otras, las de la especie,

ya no estabas a tiempo de ocultarlas: ya te habías convertido en padre y habías inventado la palabra ser –palabra dura e incolora.

 

A los treinta y cinco sólo

los cambios de domicilio te salvaban de la hoguera que los vecinos preparaban pacientemente.

 

No les gustaba tu forma

de apartar las hojas cálidas con manos vivas y cómo pisoteabas las estampas que ellos consideraban sagradas.

 

Los viajes

y el perfeccionamiento de varios idiomas a la vez te ocupaban horas y horas. Te cultivaste como si fueras a vivir toda la vida. Aún te costaba romper a llorar y diluir en tus propias lágrimas el espacio y al igual que el tiempo, no detendrías tu enloquecida carrera.

 

A los cuarenta y dos años

no viste amor en sus ojos. Empezaste a sentir aquella lluvia de reproches sobre tus hombros como la humedad de la niebla. Tus versos, tus besos, tu sueldo eran insuficientes.

 

La atracción newtoniana

ya no funcionaba como cuando erais unos perfectos desconocidos. Tuviste que tomar la decisión de ganar dinero como la imitación de un proceso que conduce al suicidio.

 

Tus cabellos te iban abandonando,

eran cada vez menos abundantes en la cabeza mientras el vello brotaba en todos los poros de tu pecho. La sensibilidad de tu piel quería evitar el vacío a tu alrededor que era cada vez más fuerte.

 

En esos años

ya no confiabas en tus cinco sentidos: el mundo podría quedar reducido al tamaño de una avellana mientras que pequeños planetas cegados por su propia sangre podrían crecer y dar paso al nacimiento de un sol.

 

A los cuarenta y nueve el exilio

te salvó el pellejo, la modestia volvió a tu corazón, empezaste la larga travesía del ecuador de tu vida y a saber lo que querías. El listón quedó fijado en los ochenta y cuatro por los cálculos de Quetelet.

 

A los cincuenta y seis comprendiste

a tu padre y a tus hijos; supiste de sus limitaciones y los reconociste como seres humanos que sufrieron lo suyo.

 

Y en cuanto a tu madre

pensaste que ella nunca cambió:

 

esperó siempre vuestro regreso

vestida con su blusa blanca moteada de lunares azules y sus ojos grises en el umbral de todas las puertas, con la sonrisa haciendo juego con las perlas de su collar.

 

Comenzaste a recordar

que le gustaba el café, la tranquilidad y las películas de Humphrey Bogart; y, como si los estuvieras viendo, sus movimientos de cabeza desaprobando tus primeros versos.

 

A los sesenta y tres escribías

sin parar con la locura del que cree que no va tener tiempo suficiente en los veintiún años restantes para amar y al mismo tiempo explicar cómo la primera parte de tu vida te pareció huérfana de caricias.

 

A los setenta… ¡Por fin la luz!

A partir de átomos, puntos de coordenadas que se doblan en los espacios, cabelleras de cometas que se peinan una vez cada setenta y cinco años, púlsares que presumen de medir el tiempo,…

 

puedes construir la infinitud

y entregarte de lleno al amor y erigir puertos y cabañas rodeadas de naranjos y viñas, de frágil duración, lugares donde el tomar el café entre sonrisas amables permite ver la vida desde un ángulo desconocido.

 

A los setenta y siete te pudiste

permitir el lujo de renunciar a la fama y concentrarte en escribir, durante los siguientes siete últimos años –que no es poco-, todo aquello que los demás no pudieron o no quisieron ver.

 

Sobre una tabla con siete cuerdas

depositaste tus lagrimitas ya disecadas y con tu rígido puño de rebelión y temblorosa caligrafía sobre papel inmaculado en una noche fría estuviste escribiendo

 

tu amarillo y ridículo testamento ológrafo.

Secreto, aún sin fecha, pero con la rúbrica extendida al margen de cada hoja, lo guardaste en un cajón de la cocina. Abogados y jueces se desvivirán por desentrañar su validez. ¡La voluntad sobre todo! (la Willenstheorie de Descartes). ¡Faltaría más!

 

¡Ah! ¡Ese listón de los ochenta y cuatro!

Tan duro de pasar, pero qué suerte haber llegado entero.

 

                                                                                                  Johann R. Bach

COMENTARIO (Leo P. Hermes)

 

Tres ciclos del cuarto múltiplo de siete determinan en nuestra vida, por orden, lo dulce, lo salado y lo amargo. Lo prohibido es el factor común a todos ellos.

 

El cuarto múltiplo de siete o ciclo de la luna

se compone de veintiocho ciclos circadianos o de veinticuatro horas -la noche y  el día-

 

El ciclo de las semanas,

de siete días, corresponde a cada fase de la luna. El Universo nos mete todo en paquetitos (clústers), con cintas de colores (los siete del Arco Iris) donde se ha grabado en cada una de ellas música con siete tonos (las notas musicales).

 

Y por último

los tres ciclos del cuarto múltiplo de siete componen una resultante de doce ciclos de siete años –en total ochenta y cuatro años- debido a que el número mágico es el de las constelaciones (el doce).

 

Así los dioses nos conceden

una vida corporal, de libertad erótica, por absurdo que parezca. Las semillas cosechadas, almacenadas en la infancia estallan con las primeras gotas de lluvia y concluyen hasta que se seca la última fruta.

 

 

                                                                  Johann R. Bach

11 sept 2014

encuentro gran placer al observar los cielos recostado sobre mi saco de dormir y al leer en mi agenda la lista de cosas sobre las que reflexionar

OBSERVANTE DE LOS CIELOS
Y DEL YO INESCRUTABLE

Observante de los cielos
y del yo inescrutable - como Kant -, me paseo en moto junto a los campos de girasoles; los pájaros azules son mis amigos, los guantes de cuero me cuidan los dedos mi alimento.

Tengo el presente por compañero
y por guía las horas distantes… Mi amor –esta vez se ha quedado en casa- es la primera maravilla de un harén formado por las estrellas de la constelación de Pegaso.

A los que me han conducido hasta aquí
se les llama olvido y cantan –si llueve- una canción del color del agua, que penetra en mi corazón ávido por una sensitiva puerta de oro.

Sorteando charcos y barros,
ruedo sobre mi montura mecánica y emprendo el camino fácil que, igual que todos los caminos, abandona los once dolores y

se aproxima al fin.

Me detengo bajo un gran abeto.
Mi pensamiento me dice donde me encuentro y mis ojos reconocen la flor de árnica mi gran balsámico,

Aún así nada me indica hacia donde voy.

La ignorancia del porvenir es mi vida,
mi vida que no puede vivir de anticipaciones. Sólo tengo la certeza de que soy el éxito del fracaso.

No deseo ni resultado, ni meta.

Sin embargo, encuentro gran placer
al observar los cielos recostado sobre mi saco de dormir y al leer en mi agenda la lista de cosas sobre las que reflexionar

mientras canta la luna al elevarse:

                                       COSAS PARA PENSAR

*El conocimiento es un viejo error
que piensa en su juventud.

*Los descontentos
y los desheredados de la tierra hacen la vida más bella.

*Las leyes están contra la excepción
y me pregunto por qué a mí sólo me atrae la excepción. ¿Soy yo mismo un error?

*¿Es el arte o la poesía el culto al error?

……………………   ………………..   ……………………   …………………..   ………………….

Siempre me dijeron
que el diablo me seguía día y noche. De ser así, podría deberse a que tenía miedo de estar solo… como si estuviera metido en la piel de un caballo.

Considerada como fenómeno estético
la existencia me es insoportable, pero gracias al arte, a la poesía, lo extraordinario me hace descansar de la vida, y es esa proyección la que me hace descansar de mí mismo.

Mientras se cierran mis ojos de té
voy a pensar que estas débiles líneas están escritas bajo la influencia de un espíritu angelical que me ama y eso me estremece.

¡Gracias al cielo!
lo peor ya ha pasado, y la prolongada dolencia está a punto de desaparecer; y la fiebre llamada "Vivir" ha sido vencida al fin.

                                                                 Johann R. Bach

10 sept 2014

Yo era ambicioso –lo reconozco-, Pero… ¿has conocido esta fiera pasión?

DIADEMA FEBRIL SOBRE LA FRENTE

¿Cómo explicar tantos cambios
contenidos en unos pocos lustros?

No he sido siempre como soy ahora;
la diadema febril sobre mi frente, la reclamé en tiempo y forma.

Ante el silencio administrativo habitual
o la contumaz negativa de amigos que no eran tales, afanosos vecinos, familiares envidiosos y clérigos celosos de mi fama en potencia, no tuve más remedio que

ganarla usurpándola;

Sí, sí; la misma herencia dio Roma al César, esta a mí.
La herencia de una mente regia y de un espíritu orgulloso que ha luchado triunfalmente con la especie humana y, en general, con la vida arraigada sobre este planeta.

Con el rocío de Los Pirineos
mi alma se imbuía de un sentir profano viviendo, en sueños, con sigilo su esencia que a mí se aproximaba.

¡Qué suerte la suya! –decían-;
nunca oí decir que todo lo que conseguí fue gracias a miles y miles de horas de continuado esfuerzo.

El mundo
con todo su séquito de belleza luminosa y feliz (pues para mí todo era un deleite indefinido),

el mundo, su alegría,
su parte de dolor, que yo no sentía, sus corpóreas formas de variado ser, que contienen los espíritus incorpóreos de las tormentas,

la luz del sol y la calma,
el ideal y las vagas vanidades de los sueños, terriblemente hermosos, las naderías reales de la vida de vigilia a mediodía

de una vida encantada,
que parece, ahora que miro hacia atrás, la lucha de algún diablo malo poseedor de poder que me dejó en alguna hora maligna,

todo cuanto sentí o vi o pensé
(lleno de belleza ultraterrena), acumulándose, confuso se convirtió en ti, y en la nada de un nombre.

¡Sí! Yo era orgulloso;
y tú mi diosa, que conoces algo de la magia de esa palabra reveladora, tantas veces pervertida,

comprenderás mi desprecio
hacia aquellos que nunca me hicieron aprecio, cuando este mail llegue a tu ordenador.

O bien comprenderás cuando oigas
en el viento que era quebrantado el espíritu orgulloso, que ardía en agonía el corazón orgulloso a una palabra o muestra de reprensión de aquellas personas a las que me acerqué tan inútilmente.

Yo era ambicioso –lo reconozco-,
Pero… ¿has conocido esta fiera pasión?

No, tú no, mi amor.

Siendo yo un simple observante de los cielos,
señalé como mío un escaño, un sillón sobre la mitad del mundo. ¡Y me quejaba de tan humilde suerte!

Pero me abandonó,
como un sueño que con paso ligero huye como la escarcha bajo el sol, ese ardiente pensamiento, y desde entonces,

ya no me agobia el rayo de la belleza
que dura toda la vida, más bien me preocupo de permanecer junto a él aunque caiga a centenares de kilómetros sobre otro mar.

                                                                Johann R. Bach

9 sept 2014

he escuchado una voz que invadía -la de la diosa Vagalume-

VOLVER A LA VIÑA

Vuelvo, por enésima vez, a la viña de mi infancia.
La gatita ha crecido desde mi última visita y ya tiene un gatito el primero fruto de sus correrías nocturnas. Bórax aún no es adulta aunque su cabeza de mastín de Burdeos es enorme.

Duermen juntos
-a pesar de no ser de la misma especie- como el resto de las manchas de grasa en el garaje. Sólo buscan de sus dueños caricias y proteínas diarias.

Yo que he buscado la libertad
en las palabras, en el lenguaje de varios idiomas y no soy más libre -creo- que esos animales domésticos en sus silencios.

Miro el horizonte teñido de rojo por la viña
y tengo la sensación de que robé el hilo con que se zurcieron nuestras lenguas y habiéndolo cortado en pequeños fragmentos, como palabras traducidas, intento hilvanar solamente las sílabas más importantes...

Bórax –ese pequeño monstruo-
me empuja la pierna para que la acaricie: las horas de soledad guardando la viña hacen mella en su aún tierno corazón;

miro sus enormes dientes
que asoman, temblorosos, y no es a causa de que ría a carcajadas; son como una sierra que busca abrirse paso ciegamente hacia el futuro árbol a abatir.

Después de mirar cómo corretean
durante un buen rato dejo de observarlos concretamente uno a uno, y paso a percibir tan sólo un baile de formas y colores apagados,

una liviana coreografía de saltos
y carreras contra el ocre plateado del estanque colmado por las últimas lluvias.

En esos momentos la vida es
ese zigzagueo impredecible, un mapa de impulsos eléctricos que sólo parecen concertarse en los ojos del observador

como si la distancia euclidiana
fuera también un préstamo de tiempo capaz de igualarlo todo, de nivelarlo sin resistencias.

A la larga,
la erosión de los años deja en nada las muescas, los salientes, los detalles característicos, y eso justamente me parece sentir ahí en medio de esa sacra viña.

Con las manos en los bolsillos,
balanceándome apenas contra la valla que separa la finca del olor a bosque sagrado

oigo el rumor lejano de un tractor
y las voces de los compañeros paseantes que se mezclan extrañamente a mis espaldas.

Vuelvo a fijarme en la alegría de los animales,
en cómo celebran nuestra compañía, entregados libremente a su paseo junto a nosotros.

Es como si en su interior
tuvieran una mancha palpitante que muchos veterinarios confunden con el corazón,

un borrón que se mueve caprichoso
y que dicta sus brincos, sus carreras, sus vueltas y revueltas nerviosas sobre las primeras hojas caídas de los árboles caducifolios.

El nuestro –a diferencia del suyo-
es un mundo de palabras: a la quietud la llamamos "silencio", que es la palabra más simple de todas.

La naturaleza entera habla,
e incluso las cosas ideales emiten vagos sonidos con sus alas visionarias;

¡pero, ay, no es así
cuando de esta manera en los reinos de lo alto pasa la voz eterna del propio Universo y en nuestro cielo los rojos vientos cesan!

Me he quedado quieto,
no respiro, pues he escuchado una voz que me invadía -la de la diosa Vagalume-

¡con qué solemnidad!
el aire en calma, sonido del silencio para el medroso y duro oído al que los soñadores poetas denominan

"la música de las esferas".

                                                                                     Johann R. Bach

5 sept 2014

también ¿por qué no?, existe la lluvia burlona sobre los rizos de la piel del astracán,

NO ES TRISTE ESTA LLUVIA

 

Mira mi amor, vuelve a llover.

 

Parece que la lluvia huérfana

de otros veranos vuelve con sus deditos a dibujar en el cielo siete luces de colores.

 

Esos hilos de agua de linfa cosquillosa,

Hacen de la música de la radio algo que rompe el silencio, precisamente, cuando los canarios, estrujados en el dédalo verde y amarillo de sus jaulas languidecen y callan.

 

Con todo, no es triste esta lluvia blanca,

esta lluvia de simiente, que besan los campos en la frente de aquellos que viven del grano como si fuera una doncella.

 

Los avellanos y los almendros

la consideran traviesa al ver como sus gotas brincan sobre sus hojas.

 

Otras lluvias

pueden no parecerse a estas de septiembre. Hay una lluvia gris, por ejemplo, la lluvia vagabunda, que busca en sus caminos, en la estela de los cuervos o en las cloacas de la gran ciudad.

 

También hay una lluvia miope

de ventanales ahumados, que lee a Rimbaud, a través de los libros apolillados y

 

también ¿por qué no?,

existe la lluvia burlona sobre los rizos de la piel del astracán, la lluvia de perlas de las mil y una noches en el terciopelo de las rosas profundas

 

y, desde luego,

sobreviven aún la lluvia fina, la lluvia antigua, que satisface a la sabiduría de las gallinas dormidas

 

y la lluvia familiar,

la lluvia de la buena vecindad, la lluvia de codos azules, que viene con su túnica agujereada a respirar los olores leñosos a la puerta de las panaderías.

 

Con todo, no es triste

esta lluvia blanca de septiembre y he huido del agua, espejo de estrellas para cantar a tu mano sobre la mía.

 

                                                                 Johann R. Bach

4 sept 2014

Ángel de la Noche compañero llovido del cielo, ...

BLUES EN LA MOSELSTRASSE

 

Ángel de la Noche

compañero llovido del cielo,

 

Haz que no vuelva su rostro

quien no quiso mirarme más allá de las habladurías, que sus ojos no me busquen sostenidos y desafiantes

 

por detrás de la barra del Chaplin.

 

Que no pregunte mi nombre

a personas que nunca hablarán bien de mí y no se acerque a pedirme el beso.

 

Si prefiere mantenerse silenciosa

en su taburete haz que todos se vayan y este bar se vacíe para dejarnos solos con el blues más desgarrador y lento.

 

Si decide abandonarme,

que la luna disponga su luz en nuestro último beso y que las calles sepan también dejarnos solos.

 

Ángel de la Noche

compañero llovido del cielo,

 

haz que calle también el águila

sobre los altos árboles de la Dickhardstrasse, que se retrase el día y que duren tus sombras el tiempo necesario.

 

El tiempo que ella tarde en arrepentirse.

 

                                                                         Johann R. Bach


NOTA; Cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia. BLUES EN LA MOSELSTRASSE  es sólo la letra de una canción para ser adaptada a un ritmo de blues y a petición de una Banda musical de Barcelona