16 feb 2014

con sus tonos oscuros brilla el oro y obliga a clavar en él los ojos...

CASI UN PAISAJE

 

Miro por enésima vez el cuadro.

Casi un paisaje. Las diminutas figuras que aparecen engrandecen los objetos principales de un bodegón que no tiene nada de naturaleza muerta:

 

el pan, el aceite y la sal

(acompañados o no, con tomate y ajo).

 

El mármol es puro ágata oscuro,

y da al espacio que contiene la escena una apariencia meridional. El pan es algo tan horizontal que nadie lo apretaría sino contra unas encías ávidas de un picante ajo.

 

Podría ser que eso fuera el futuro.

Un telón de fondo de arrepentimiento oscuro sobre el que se mueven alegremente pequeños tomates con sus alforjas repletas de antioxidantes.

 

La venganza de un arte culinario.

Un sordo pero preciso “apartaos de aquí”. Un giro inesperado de swing. Y eso es la alimentación del futuro:

 

Sólo se precisa un pequeño jardín

en que se pueda examinar, a diario, con atención la hierba Allium sativum, el crecimiento del trigo y la salud del olivo

 

como miraría un lagarto de los trópicos

la fachada de un hotel o aún más, la de un rascacielos.

 

También es posible

que signifique el pasado, algo a punto de extinguirse. El límite del desencanto. Una cota común alcanzada con grandes esfuerzos.

 

Los verbos puestos en hilera

hacía la terminación en –aba.

 

Atajos que se extinguen en la realidad,

charcos que retienen el reflejo por estar contaminados con aceites de motor envejecidos y

 

cáscaras observadas por el moho

de las yemas del huevo desde exterior que no pueden impedir la afirmación de que ese paisaje representado por el pan con tomate

 

no es una naturaleza muerta.

 

Visto desde lejos o desde cerca,

todo lo que está dentro del cuadro no está, ni siquiera parcialmente, muerto a inmóvil.

 

Sin duda,

estamos en presencia de un retrato, pero sin concesiones: una superficie que, con sus tonos oscuros brilla el oro y obliga a clavar en él los ojos, y aún con más razón el ojo de la lámpara que le da luz.

 

Tampoco es exagerado

decir que tal cosa es, en esencia, un autoretrato. Un paso hacia afuera del propio cuerpo, el perfil de unos colores caídos hacia ti,

 

La visión desde la distancia

de la vida escolar pasada: la capacidad de no espantarse por el procedimiento del llegar al no-ser, como otra forma de la propia ausencia, copiar del natural.

                                                                            Johann R. Bach

 

13 feb 2014

la humedad de mi aliento es distinta a la de la lluvia

QUIERO DECITE ALGO AL OÍDO

           

Acércate mi amor que hace frío.

Acércate que te he de decir algo al oído. Acércate que quiero agradecerte todo lo que haces por mí.

 

Quiero que sepas

cómo disipas mis miedos, cómo dulcificas los esguinces de mi lóbulo frontal.

 

Acércate a mí bajo esta manta de algodón

cuya forma está mucho más definida que los mapas de Europa. Reposa sobre mi pecho sin camisa ni chaqueta que se puedan arrugar.

 

Si quieres, previamente,

podemos tomar un té con limón para separar los labios y dejar que el aire que rodea y presiona la habitación se aromatice con tu perfume.

 

Puedes echar una mirada por la ventana

y comprobar que ya los gorriones, refugiados bajo la copa de los árboles, hacen buen uso de su vida privada bajo su manto de plumas.

 

Acércate mi amor

que quiero decirte en voz baja que cuanto más invisible es lo que siento por ti más cierto es que mi espíritu se halla cosido a tu corazón y que si

 

en algún momento

estuvo hilvanado mi pensamiento con pespuntes largos hoy ya se ha soldado al titanio de tus huesos.

 

Acércate mi amor

y abraza el aire de mi aliento al puro estilo de las ramas de los pinos que acogen el respirar de los pájaros.

 

Abrázame mi amor.

Notarás en tus dedos un calor que no es el de los pájaros, que mi cuerpo no es en absoluto de miniatura.

 

Ya hace rato que se ha puesto el sol

en villas y jardines sólo el agua sigue cayendo tutora de elocuencia y la ninfa del viento sopla la ocarina.

 

Acércate mi amor

que la humedad de mi aliento es distinta a la de la lluvia y mis susurros no estropean tu cara.

 

                                                                    Johann R. Bach

La humedad de mi aliento es distinta a la de la lluvia ...

QUIERO DECITE ALGO AL OÍDO

           

Acércate mi amor que hace frío.

Acércate que te he de decir algo al oído. Acércate que quiero agradecerte todo lo que haces por mí.

 

Quiero que sepas

cómo disipas mis miedos, cómo dulcificas los esguinces de mi lóbulo frontal.

 

Acércate a mí bajo esta manta de algodón

cuya forma está mucho más definida que los mapas de Europa. Reposa sobre mi pecho sin camisa ni chaqueta que se puedan arrugar.

 

Si quieres, previamente,

podemos tomar un té con limón para separar los labios y dejar que el aire que rodea y presiona la habitación se aromatice con tu perfume.

 

Puedes echar una mirada por la ventana

y comprobar que ya los gorriones, refugiados bajo la copa de los árboles, hacen buen uso de su vida privada bajo su manto de plumas.

 

Acércate mi amor

que quiero decirte en voz baja que cuanto más invisible es lo que siento por ti más cierto es que mi espíritu se halla cosido a tu corazón y que si

 

en algún momento

estuvo hilvanado mi pensamiento con pespuntes largos hoy ya se ha soldado al titanio de tus huesos.

 

Acércate mi amor

y abraza el aire de mi aliento al puro estilo de las ramas de los pinos que acogen el respirar de los pájaros.

 

Abrázame mi amor.

Notarás en tus dedos un calor que no es el de los pájaros, que mi cuerpo no es en absoluto de miniatura.

 

Ya hace rato que se ha puesto el sol

en villas y jardines sólo el agua sigue cayendo tutora de elocuencia y la ninfa del viento sopla la ocarina.

 

Acércate mi amor

que la humedad de mi aliento es distinta a la de la lluvia y mis susurros no estropean tu cara.

 

                                                            Johann R. Bach

familiarizadas con las injusticias ancestrales, traicionadas...

TRANVIAS Y CEREZAS

 

Viajar a Stettin

buscando el mar es como volver a la infancia; incluso lo que debería haber sucedido hace tiempo…, solamente ahora se produce…

 

Viste en la calle cuatro viejecitas

como un montón de huesos llorosos echados debajo de los delantales de su última esperanza. En el suelo no había para vender más que un puñado de setas, flores y arándanos negros recién cogidos.

 

Sentadas en unas minúsculas sillas

junto a una modesta frutería eran miradas con el compasivo espanto del ser amenazado por algo que va a suceder prematuramente,

 

se esforzaban en hacer sombra

a los frescos productos de la tierra con la pantalla de sus manos para que el sol no los calentara demasiado, como retrasando algunas horas el nacimiento de una diminuta crisálida.

 

Y cuando acaso alguna vez

alzaran los ojos hacia los transeúntes, su mirada esperanzada acosaba hasta el delirio.

 

En verdad los transeúntes sólo transitaban,

así que de nuevo estaban sólo ellas a quiénes, de pronto, sacudió la explosión de las avispas que, como una nube de polvo, se habían levantado nerviosas al remover las cerezas de su cajón.

 

Y quietas como estaban,

familiarizadas con las injusticias ancestrales, traicionadas…, y sin embargo, echándose la culpa en cierto modo, no alcanzaban, ni siquiera a través de los demás, a seguir el ardiente vuelo amarillo de un puñado de insectos.

 

Su miedo era muy inferior al de su esperanza.

 

                                                                Johann R. Bach

 

12 feb 2014

Intentaré concentrarme en la lectura... (Poema redactado en futuro)

LA  MEDIANOCHE  DE  LA  ASTRONAUTA

                                                                            Valentina Tereshkovavalentina‑tereshkova.jpg

 

Sudando, me despertaré a medianoche,

con la boca seca, pastosa, angustiada por algún sueño horrible; me sentaré en el borde de la cama, miraré el reloj;

 

las suaves campanadas de un reloj digital

marcarán la señal del meridiano terrestre. Beberé un trago de agua salinizada levemente que me hará recordar los antiguos polvos del Dr. Lithinés,

 

iré al lavabo

con grandes ganas de orinar y pocas de defecar por lo que tendré que apretar mi frio vientre con mis propias manos, doblando el cuerpo hacia adelante,

 

dejando sueltos los músculos de la cara

y con los labios colgando notaré el fluir de mi saliva que no impediré por una extraña y agradable sensación.

 

Algo más calmada,

me miraré en el espejo, me costará verme (lo sé, estoy segura) cómo soy; reconocerme se me presentará duro pero, a pesar de todo,

 

analizaré esa mueca de disgusto,

escudriñaré con mis propios ojos el fondo de mis dilatadas pupilas.

 

Pulverizaré sobre mi cara agua fresca

como forma de lavarme. Me untaré el cuello cabelludo con un aceite elaborado a base de Rosa mosqueta y Citrus sinensis,

 

aspiraré, por medio de otro espray,

aceite esencial de Citrus aurantium para combatir mi ansiedad, haré las muecas aconsejadas por el Manual de la Soledad para recuperar la tonicidad de mis músculos faciales.

 

De vuelta otra vez a la cama

con mis cuatro gránulos de Lilium tigrinum 15 CH que me harán soportable la angustia,

 

intentaré concentrarme en la lectura

de “Las Estructuras del Cerebro”, me esforzaré por no enviarlo todo a freír espárragos

 

y al leer no leeré,

pensaré en momentos pasados, gozosos en el recuerdo y al tiempo que una mano cede por el peso del libro la otra jugará a los dados.

 

Me relajaré lentamente

y caeré en los brazos de Morfeo como otras tantas noches artificiales.

 

                                                            Johann R. Bach

11 feb 2014

No me preguntes qué es la dulzura...

¿QUÉ ES EL AMOR?

 

No me preguntes qué es el amor:

no sabría responder sino sobre la hierba bajo una sábana de estrellas en una noche de un agosto propicio,

 

donde el chasquido de los besos

se confundan con la sinfonía de los grillos y las sombras blancas de la luna sean los únicos testigos.

 

No me preguntes qué es la dulzura

porque te responderé que es un plato de berilos de granada sumergidos en vino tinto y azúcar,

 

y es el vino que eleva nuestros corazones

hasta el espacio sublime de la sal y la pimienta.

 

Si quieres saber la respuesta

de algunas personas más sabias que yo sobre qué cosa es el amor puedes consultar

 

Al Mio Cid: “Favor”, “gracia” (también en el “Duelo” de Berceo)

En el “Conde Lucanor”.

Honra que el vasallo muestra al señor (Lope en “Fuenteovejuna”)

 

“Con vuestro amor” “con vuestro consentimiento” (Mio Cid)

“Amores”, “amoríos” (Lope en “Servir”)

“Esa amor” (en “Duelo” de Berceo)

 

“Amor loco, amor loco, yo por vos y vos por otro” (“Ramillete”)

 

                                                               Johann R. Bach

No me preguntes qué es la dulzura...

¿QUÉ ES EL AMOR?

 

No me preguntes qué es el amor:

no sabría responder sino sobre la hierba bajo una sábana de estrellas en una noche de un agosto propicio,

 

donde el chasquido de los besos

se confundan con la sinfonía de los grillos y las sombras blanca de la luna sean los únicos testigos.

 

No me preguntes qué es la dulzura

porque te responderé que es un plato de berilos de granada sumergidos en vino tinto y azúcar,

 

y es el vino que eleva nuestros corazones

hasta el espacio sublime de la sal y la pimienta.

 

                                                               Johann R. Bach

10 feb 2014

Veo danzar la lluvia bajo el viento y espero a que el mar se calme.

ESPERANDO A QUE EL MAR SE CALME

 

El mar no siempre es un espacio

donde recrear la vista y apaciguar la ansiedad. Estos últimos días estamos asistiendo a sucesivos enfados de Poseidón.

 

Muchos espíritus han recibido

un golpe de viento arenoso; y porque son espíritus de seres humanos hay que quererlos.

 

Habría que besar esa crueldad

que suda sangre –esa crueldad sin forma ni color-. Tierra adentro, las flores extrañas aparecen en restaurantes y

 

salas de fiesta señoriales

donde las jóvenes vestidas de rojo –esas jóvenes a las que nada parece preocupar, jóvenes que se aburren-

 

se sienten más libres,

y el graznido de las gaviotas está ausente mientras que las nubes blancas aparecen…

 

Por supuesto

que todo ese contraste diviniza al hombre, pero no debemos olvidar que todavía vivimos entre los hombres.

 

Me viene a la cabeza, de repente una cosa:

Hace pocas semanas vi entrar en la sala donde daba una conferencia una joven a la que no conocía.

 

Sin decir nada,

depositó sobre mi altiva mesa situada en una enorme tarima un libro. Después salió de la sala.

 

Al final de la conferencia abrí el libro

y era un ejemplar de uno de mis poemarios “Los Múltiplos de Siete”. En medio de la sala ya vacía, comprendí muchas de las cosas que ahí había escrito yo mismo.

 

¡Ah, qué regalo tan rico en contenido!

 

El texto estaba lleno de anotaciones

fáciles de interpretar. Era como si aquella joven había llenado las páginas de comentarios con la esperanza de que yo los leyera.

 

Ahora reposa

en mi estantería preferida y desde ahí lanza su grito solitario. Todo sucede como en la metáfora que emocionó tanto a Tolstoi que le incitó a escribir una novela:

 

sintió golpear a la musa en su pecho

al leer que el cardo sabe que le ha llegado su hora y pese a saberlo quiere mantenerse en vida y sacar una pequeña flor.

 

Releo mi propio libro “Los Múltiplos de Siete”

y los comentarios sobre él escritos con una caligrafía redonda me recuerdan que

 

la soledad me hace sentir la infinitud

 

y que así debió ser la sociedad antes,

quizá no tan caótica (o menos apresurada), tan sórdida, tan extravagante e inestable.

 

Y así es cómo el espíritu de los jóvenes

toma cuerpo ante mis ojos. Algunos de sus comentarios son crueles o lo quieren ser,

 

más no hay más remedio que amar

ese espíritu lleno de sangre al que el dolor roe por dentro porque me hace saber que estoy vivo (y todavía vivo) entre los hombres.

 

Con esos pensamientos en la cabeza

miro a través de la ventana, veo danzar la lluvia bajo el viento y espero a que el mar se calme.

 

                                                           Johann R. Bach

9 feb 2014

CERTIFICO: Que su mirada venía desde el mar, ... con un poco de miedo y recato

LAS LÁGRIMAS DE TEÓFILA

 

Teófila no se veía a sí misma

como la veían los demás.

 

Sobre ella se construyó

una auténtica leyenda llena de contradicciones, de sufrimientos inexplicables y de misterios.

 

Su yerno explicaba a quien le quisiera escuchar

que Teófila abandonó a su hija, aún en edad de cuna, para poderse dedicar libremente a la prostitución.

 

Los vecinos de ella, sin embargo,

decían que era buena, que todo el mundo la quería. Vivía sola, era abstemia, fumaba raramente y nunca se la vio de la mano de malas compañías.

 

El poeta que moraba en el ático

Escribió de ella que “…hasta el llanto que bajaba por sus mejillas era necesario…” “…porque su hija no había crecido en sus rodillas… ni pudo aprender de sus labios el abecedario ni el nombre de sus primeros colores…”

 

En cierta ocasión aquel poeta explicó

en una apacible reunión de vecinos que “…era pura como el blanco cansado de su pelo…” y que, seguramente, “…andaría con su dulzura saliéndose del cielo…”

 

Todos sabían que su yerno

se hizo, mientras abandonaba los dolores de este mundo, con la llave de la caja fuerte de la entidad bancaria donde Teófila guardaba sus escasas pertenencias.

 

Del interior de aquella caja de seguridad

obtuvo el yerno un auténtico tesoro: un reloj de oro cargado de incrustaciones diamantinas, varios collares de perlas, cadenitas de oro y rodio, un nomeolvides de plata y una pulsera orlada con múltiples rubíes.

 

Junto a un buen fajo de billetes grandes,

se hallaban las escrituras de un piso apartamento. Se trataba de una vivienda bien situada con un inquilino que pagaba religiosamente su alquiler: un juez de la Audiencia Territorial.

 

Toda aquella fortuna fue insuficiente

para que aquel desagradecido cambiase el sentido de sus conceptos sobre Teófila: continuó, durante dos largas décadas, manchando el nombre de la abuela de cinco preciosas muchachas.

 

Explico esta historia de Teófila

porque yo también la conocí y a fin de descargar el sentimiento de culpa de sus nietas

 

CERTIFICO:

 

Que su mirada venía desde el mar,

Y que a cada instante no se sabía bien si miraba como se mira el azahar: con un poco de miedo y recato.

 

Sentada en la terraza, desde su sillón,

cuando aún latía su corazón, sus lágrimas también se asomaban a sus ojos para ver la belleza del cielo estrellado.  Así yo la recuerdo.

 

                                                           Johann R. Bach

 

Al nacer en Cadaqués no partías de cero

DE CERO A SIETE

 

NACER EN CADAQUÉS

 

                                                        A Maria Mercé Marçal
                                                                  J. R. Bach

 

Al nacer en Cadaqués no partías de cero.

Cuando naciste tus hermanos ya hablaban, andaban y jugaban en la arena, justo enfrente de casa, remojándose los pies en agua de mar.

 

Tu hermano ya hablaba dos lenguas,

tu hermana sólo una; aún no iba a la escuela. Acompañaba a tu madre en los quehaceres y cuidaba de ti peinándote el cabello de tantas formas  como caras tiene un poliedro.

 

Tu punto de partida no era cero;

el humilde refugio de pescadores era la casa donde se estrellaba  la tramontana y el mar acababa siempre acariciando  hasta el dintel de la puerta como si buscase lavarte los pies.

 

El mar, ese inmenso depósito

hilvanado con fuertes rocas y con suaves arenas, lleno de luz, agua y sal de vida, sabía que tenías alma de princesa;

 

te respetaba, calmando a Neptuno,

cuando cogida de la mano de tus hermanos aprendías a caminar entre sargos, percas y rojo-amarillentos serranos con las primeras palabras de la sirenas.

 

Junto a conchas sonrosadas,

granadas y membrillos, con los primeros y alegres estremecimientos,

 

tíos y primos vaciaban el aceite

en enormes tinajas y en un suelo cubierto con el mantel de viñas, tapaban con tomillo y romero los humos de cordero asado.

 

Esa luz y ese olor

del universo mediterráneo, que sueñas como bueno es la mayor de las herencias deseables.

 

Una herencia sostenida

-que al azar agradeces- sobre tres modestas columnas: haber nacido mujer, de clase humilde, y, en una pequeña península de una nación oprimida.

 

Al nacer en Cadaqués,

bajo el turbio azur de ser tres veces rebelde, no partías de cero.                    

 

                                                             Johann R. Bach