29 ene 2014

Cuando llega el verano nos preguntamos ¿dónde estás que ya no vuelves?

VERANOS DE BROMUM EN SOLLER

 

Recuerdo que nos hablabas

de amores y de tristezas, de versos de poetas que en secreto admirabas.

 

Los ojos se te encendían

cuando íbamos a tu roca preferida; entonces no lo comprendíamos, pero las historias que explicabas y que nos llenaban las tardes nunca supimos si eran imaginadas, leídas o vividas.

 

Eras una mujer de agua.

Frágil y tierna, tuyas eran las horas, tuyas las largas abrazadas, tuyos los recuerdos del invierno y la sombra de una mirada triste cuando el poniente moría, y sé que

 

nos querías mucho más

de lo que creíamos, y que tu amor era como ahora son los corazones que te lloran en la distancia.

 

Ahora estás en otro mar, es cierto,

pero tu frescura sigue aquí entre estas rocas que tuvieron el privilegio de tu presencia, tus palabras como rosas sobre ellas, y tus pensamientos llenos de música.

 

Cuando llega el verano

nos preguntamos ¿dónde estás que ya no vuelves? Hemos decidido que cada año, mientras viva alguno de nosotros, tendrás tu poema y una rosa roja frente a la roca que fue como tu casa donde sanabas tus tristezas del invierno.

                                                                      Johann R. Bach

 

¡Oh Mas! ¡De qué modo has turbado la bendita "Paz de los Españoles"...!

EL PRESIDENTE ODIA A MAS PORQUE SABE MÁS QUE ÉL

 

¡Oh Mas!

¡De qué modo has turbado la bendita Paz de los Españoles, trayendo la desgracia a los campos donde olivos y almendros vegetaban, inexistente hasta el delito de tu rebelión!

 

¡Cómo has infiltrado tu maldad

entre tantos millares de catalanes, que un tiempo eran leales, rectos y sumisos contribuyentes y se han convertido en independendistas cabreados!

 

Mas no creas

que de aquí desterrarás el bendito reposo del Valle del Jerte y sus preciosos cerezos;

 

la Meseta, la morada de la gloria,

no tolera la arrogancia de vuestro idioma ni vuestros refinados verbos.

 

¡Fuera de ahí, por tanto,

y vete con tu hijo Oriol Junqueras, el mal, a vuestro lugar el Infierno, tú y toda tu manada de malvados catalanistas!

 

Sí sí. Y allí tumultos arma

antes de que la rabia vengadora de mis ministros Wert y Montoro decida tu destino,

 

o que Dios dé alas

a alguna otra más rápida venganza -como la de Aznar por ejemplo- y allí te arroje con mayor tormento.

 

A lo que, como buen adversario,

con una cierta sonrisa, Mas replicó:

 

“No pienses con henchidas advertencias

Amedrantar a quien ni con acciones puedes.

 

¿Has conseguido que se diera a la fuga

el más frágil de los míos, o, después de derribados, no los has visto levantarse aún más invictos,

 

para que pretendas, imperioso,

que es más fácil negociar conmigo, humillado, que con tus amenazas ahuyentarme?

 

No prejuzgues

que vaya a terminar así esta lucha que llamas malvada, y nosotros nombramos “La Batalla contra el Saqueo” por la independencia; que

 

estamos decididos a ganar,

o a cambiar este cielo en el Infierno que tú te imaginas. Como sea aquí libres viviremos.

 

Así que prepárate a sufrir.

Cuanto más dure “La Batalla contra el Saqueo” más larga será tu agonía.

 

                                                    Johann R. Bach

 

Esa costa batida por el mar, el viento y la lluvia donde la carretera se tuerce

SIETE FRACTALES PARA PONTRYAGIN  (Johann R. Bach)

 

Corría el año 1923.

La Revolución rusa estaba en su apogeo cuando el viejo marinero, considerado como héroe de la sublevación de la Flota del Báltico dio una conferencia en el Liceo de San Petersburgo

 

Habla usted muy bien el ruso

-le preguntó un muchacho ciego al viejo marino después de oír la conferencia- ¿En qué escuela, ciudad y país lo aprendió?

 

Aprendí ruso sobre la cubierta

de un barco, oyendo las voces de los solitarios marineros. Tuve tiempo de comparar los acentos entre ellos y sus miradas mientras recorríamos trozos de costas como curvas de Koch.

 

¡Cómo me hubiera gustado ver esas costas!

-dijo el muchacho.

 

Dices bien.

Cuando yo tenía tu edad recorría a pie pequeñas porciones de costa. Me gustaba ver el mar y mi curiosidad me llevaba a ver qué había detrás de cada rocoso recodo.

 

Mi sorpresa era mayúscula

al ver que detrás de unas rocas había una playa y al final de ella otras rocas. Desde cada punto de mi recorrido el sol se ponía siempre por paisajes distintos.

 

Más Tarde cuando me embarqué

nunca perdía de vista aquella costa con infinitos rincones y en cada uno de ellos dejaba un sueño.

 

A veces sentía cómo se desenredaba el viento

del tupido entramado de las agujas de los pinos. Todo yo era oídos y jugaba a interpretar aquel idioma del revolotear de ángeles.

 

En la porosa espuma

de aquellas aguas errantes que saltaba por encima de la proa, la luna fosforecía y en noches sin ella un inaprensible hálito de un jirón danzante de niebla acariciaba mi pelo.

 

Algunas noches que fraternizaban

-persiguiéndose unas a otras- con días iguales, faenábamos bajo la ubicuidad de las altas, altas estrellas como si una pléyade de velas quisieran alumbrarnos al recoger las redes.

 

Después de que las gaviotas de plata

se descolgaran del ocaso, aquellos diminutos puntos se arracimaban sobre nuestras cabezas conformando un mosaico de luz cuya  complejidad inasible por el ojo humano

 

casi alcanzaba la bidimensionalidad.

 

¿De qué país me habla?

–preguntó el muchacho- ¿Existe esa costa que me describe tan efusivamente? Sí. Es una costa recortada casi al infinito que va desde la desembocadura de un rio llamado Miño hasta algo más allá del cabo de Estaca de Bares.

 

Esa costa batida por el mar,

el viento y la lluvia donde la carretera se tuerce y retuerce en cada una de las rías y conforma el carácter de un antiguo país llamado Galicia donde cada noche se ama y se espera que el mar traiga algo nuevo.

 

¿Cuál es tu nombre muchacho?

Me gusta apuntar en mi diario a todas las personas que he conocido. Quizá algún día pueda enlazar las letras de los nombres de todas ellas como fractales de mi querida costa.

 

Pontryagin es mi nombre.

Acabo de perder la vista, pero por lo que he oído de su conferencia, vuelvo a estar en condiciones de ver más claro que nunca. Estudiaré matemáticas.
 
                                                         Johann R. Bach

28 ene 2014

Cada escena marginal se viste con sus mejores flores y galas...

UN PAISAJE PARA CADA SOLEDAD 

 

Sabes que, a veces, el tierno amor

escoge sus lugares y cada pasión tiene un rincón, un modo diferente de abrazarse ante una pantalla de TV, o de apagar las luces.

 

Sabes que hay espacios declarados

de interés especial bastante más tarde de ser recorrido por tus pasos como gozoso paseo.

 

Sabes que hay el recuerdo de un beso

en cada portal y ascensores que hubieran deseado quedarse quietos, sin electricidad, observando la escena, miles de escaleras llenas de pequeños paréntesis en cada rellano.

 

Cada ilusión tiene formas distintas

de incendiar corazones o pronunciar los nombres al coger el teléfono.

 

Cada alma busca un atajo

para tapar su sombra, desnuda, con las sábanas cuando suena el despertador.

 

Hay una fecha en cada esquina,

junto a un árbol de cada calle, un rencor deseable, un arrepentimiento, a medias en el cuerpo.

 

Cada amor tiene números

o letras diferentes para escribir: “volveré a las 23.30 horas” como una invitación a una larga noche bajo la música de una lluvia torrencial.

 

Como el primer cigarrillo,

los primeros abrazos también escogieron su taberna y se ampararon en decorados públicos como Les Rambles de Barcelona o el Passeig des Born de Palma.

 

Así cada escena marginal

donde las fiestas juntan la soledad, la música y el deseo, se viste con sus mejores flores y galas, casi siempre precipitadamente,

 

con retraso, y no en la oscuridad,

sino en esas horas en que cada tiempo de dudas necesita un paisaje.

 

Sabes que, a veces, el tierno amor

escoge sus lugares y cada pasión tiene un rincón, un modo diferente de abrazarse ante una pantalla de TV, o de apagar las luces.

 

Sabes que hay espacios declarados

de interés especial bastante más tarde de ser recorrido por tus pasos como gozoso paseo.

 

Sabes que hay el recuerdo de un beso

en cada portal y ascensores que hubieran deseado quedarse quietos, sin electricidad, observando la escena, miles de escaleras llenas de pequeños paréntesis en cada rellano.

 

Cada ilusión tiene formas distintas

de incendiar corazones o pronunciar los nombres al coger el teléfono.

 

Cada alma busca un atajo

para tapar su sombra, desnuda, con las sábanas cuando suena el despertador.

 

Hay una fecha en cada esquina,

junto a un árbol de cada calle, un rencor deseable, un arrepentimiento, a medias en el cuerpo.

 

Cada amor tiene números

o letras diferentes para escribir: “volveré a las 23.30 horas” como una invitación a una larga noche bajo la música de una lluvia torrencial.

 

Como el primer cigarrillo,

los primeros abrazos también escogieron su taberna y se ampararon en decorados públicos como Les Rambles de Barcelona o el Passeig des Born de Palma.

 

Así cada escena marginal

donde las fiestas juntan la soledad, la música y el deseo, se viste con sus mejores flores y galas, casi siempre precipitadamente,

 

con retraso, y no en la oscuridad,

sino en esas horas en que cada tiempo de dudas necesita un paisaje.

 

                                                                Johann R. Bach

 

Cosas del siempre inesperado y porcelanoso amor

MEISSEN CIUDAD DE PORCELANA

 

Samuel de Meissen

anhelaba alcanzar a Dios mientras trituraba, en la trastienda de la farmacia, metales y carbonatos insolubles en un mortero de porcelana cargado de paciencia,

 

cuando de pronto al atravesar la cortina

se encontró cara a cara con la hija del farmacéutico. Con toda naturalidad le dio los buenos días; estaba desnuda de cintura para arriba y sus pechos blancos hacían honor a la ciudad de la porcelana.

 

El padre había partido

muy temprano a unos asuntos que tenía en Dresden y no había de volver hasta la noche. Estuvieron hablando largo tiempo –mientras hablaba su mente y su alma se iban dilatando-, ella formulaba pregunta tras pregunta.

 

A Samuel le pareció

que Dios estaba detrás de aquella criatura. Llegó un momento en el que le dijo:

 

“Me gusta como hablas.

Esa manera fluida y hermosa de saltar desde los geométricos latinajos a tu clara sintaxis y la simetría de tus argumentaciones”. Acercando su pecho a la altura de su rostro continuó diciendo: “Hablemos sin embargo de cosas verdaderamente importantes”.

 

“Mira tus manos

anormalmente grandes para tu estatura. Mira como tiemblan ante el fruto prohibido. Tu vista se va deteriorando en esta oscuridad. Vistes como un pobre y comes mal y desordenadamente mientras tus pacientes no muestran generosidad alguna”.

 

Samuel no pudo ser indulgente

con las flores que ella llevaba en el pelo y se comportó de acuerdo con lo esperado por la sangre que hierve. Una vez cumplido con la primera parte del pacto ella continuó su discurso:

 

“Preocúpate por los ingresos

como lo hizo tu amigo Descartes al que admiras tanto. Te pido que seas astuto como Erasmo; dedícale a mi padre un tratado sobre tus conocimientos médicos.

 

“No importa si no es muy bueno.

De todas formas no lo leerá. Aplaca la furia de tu racionalismo que por ella han de caer monarquías y ponerse negras las cabelleras de los cometas”.

 

“Piensa en estos pechos

que tan dulces le han parecido a tu lengua y en mí como una mujer que te puede dar hijos y en la dote que te dará mi padre y en los bienes que puedes usufructuar si no me abandonas”.

 

El resto es historia ya conocida:

Samuel continuó hablando de cosas importantes durante muchos años. Buscó desesperadamente ser amado por incultos y violentos que eran los únicos que tenían ansias de él.

 

Tuvo varias hijas

y aquella oscura cortina cayó quedándose sólo y nunca vio durante aquellos años ninguna nube de oro o luz que le alegrara los ojos.

 

Tuvo que esperar

a tener ochenta años para ser feliz. Esta vez sí se casó con la Dama de sus Sueños. Ella tenía sólo treinta y cinco.

 

Cosas del siempre inesperado y porcelanoso amor

 

                                                                 Johann R. Bach

aquella vez que le di una calada al puro de mi padre

JUGAR A LAS COSAS

 

Marta Guillamón no sólo inventaba

Historias y cuentos con los que nos encandilaba a todos los niños y niñas y construía sus propios juguetes.

 

Ideaba mil y una maneras

de distraerse –o de jugar, si se prefiere. Un día que tú estabas llorosa porque te habían castigado sin recreo, te cogió de la mano y te dijo de ir a jugar.

 

Antes de comenzar el juego

te hizo prometer que no le contarías a nadie en qué consistía el juego hasta que no fueras muy, muy… muy mayor. Tu curiosidad se disparó como el relámpago que salta de una nube.

 

¡Mira a tu alrededor!

Allí un árbol, en mitad de la calle un charco, en el colmado hay dos señoras que hablan bajo una luz raquítica… Tú puedes convertirte en todo eso; puedes convertirte en cualquier cosa que veas,

 

incluso meterte dentro del humo del tren.

 

Al principio cuesta un poco,

pero luego le irás cogiendo gusto al juego y te divertirás aunque juegues tú sola. Eso se puede hacer con objetos, personas, recuerdos...

 

Marta empezó primero para enseñarte

cómo se empezaba el juego.

 

“Mira esas flores que brotan

junto a la tapia del huerto de la tía Julia. Son un poco salvajes porque crecen al lado de cualquier hierba. Están todas cerradas porque quizá les moleste la luz del día”.

 

¡Métete dentro de una de ellas!

Imagina que estás durmiendo la siesta allí; a cubierto de los molestos insectos esperas a que se ponga el sol para abrirte. Con esas gotitas de agua de lluvia te peinas,

 

Te vistes con tus mejores hojas

porque hoy es fiesta y vas a ir a bailar al entoldado o si lo prefieres, puedes quedarte junto a la tapia escuchando tranquilamente la música.

 

Sólo hace falta que alguien

te ponga un nombre para que otro día recuerdes que aquí jugaste conmigo a “las cosas”

 

Te voy a bautizar con el nombre

deMirabilis jalapa” y se te llamará familiarmente  "dondiego de noche".

 

“y sólo te abrirás cuando se ponga el sol”.

 

Con las plantas y flores

es casi imposible aburrirse. Cuando seas un poco mayor descubrirás que hay lilas tempranas inquietas por ver salir el sol. Son muy amigas del dondiego de día, de las rosas blancas y rojas;

 

muy amigas de los tréboles

rojos y blancos que se arreglan para ver pasar la comitiva de los corderos.

 

Ahora me toca a mí.

A veces el juego no es tan agradable: ¿Ves al hijo de Ambrosio el pescador cómo sube despacio la cuesta? Cierro los ojos y me meto dentro de él:

 

“He bebido mucho vino

y las piernas me flaquean, voy haciendo eses para no caerme, por mi frente pasa un sudor frío, estoy mareada y tengo ganas de vomitar como aquella vez que le dí una calada al puro de mi padre.

 

La vista se me nubla,

necesito aire fresco en la cara y alguien a mi lado como tú que no huya al ver mis debilidades.

 

¡Uy, uy! ¡Qué malo puede ser

eso de emborracharse para evitar la tristeza! Vamos a casa que ya es tarde.

 

¿Jugaremos otro día? Claro que sí.

La próxima vez nos meteremos dentro de la maestra. Yo lo hice una vez cuando estaba con su novio bajo los olivos. Fue divertidísimo.

 

                                                        Johann R. Bach

 

 

Pierre encuentra en ella "algo indefinido" que sustenta su fertilidad emocional

AGNÉS

 

Cuando me presentaron

a todas las integrantes del coro sentí una sensación como de una cena familiar de las que yo acostumbraba a soñar.

 

¡La había esperado durante tanto tiempo!

 

A medida que Simone me iba presentando

intentaba grabar en mi mente cada cara con sus ojos, cada nombre con una vida distinta esperando que yo las leyera como se leen las rayas de la mano.

 

Agnés

 

A la primera en darme la mano mientras me besaba efusivamente le puse el sobrenombre de Ignace a pesar de que su verdadero nombre era Agnés: Sus reacciones eran ambivalentes y paradójicas como pude ir corroborando en sucesivos encuentros: no toleraba el humo de tabaco incluso de los que fumaban en las terrazas o en los portales de las casa.

 

Sin embargo, de vez en cuando se fumaba algún cigarrillo con verdadero placer después de haber cantado. Su carácter caprichoso hacía difícil el trato con ella, pero en el fondo era muy buena persona y siempre estaba dispuesta a colaborar.

 

Agnés, a sus treinta y cinco años, es una muchacha como la flor del azafrán: delicada, airosa y fogosa. Es muy precoz; pasó –según Simone- de la más tierna infancia a una viva actividad sexual; a la menor insinuación por parte de Pierre experimenta una excitación que le produce manchas rojas en el cuello.

 

A Pierre le encanta conquistar,

parsimoniosamente, a las mujeres –sean de la edad que sean, más o menos agraciadas porque encuentra en todas ellas “algo indefinido” que sustenta su fertilidad emocional-, pero en cuanto Agnés se trata, se lanza sobre ella en cuanto ve cómo enrojecen sus mejillas.

 

Según cuenta ella misma, cada vez que ve a Pierre siente algo que se mueve dentro de su vientre, incluso llega a creer que está embarazada de él, aun cuando ella sabe de sobras que eso es imposible.

 

En cuanto se excita sexualmente se transforma en una muchacha histérica y siente deseos de besar a todo el mundo y de su vagina se desprende un olor característico debido a un flujo denso (según mi propia experiencia), viscoso que reclama las caricias universales.

 

 Y es que el Coro no falta de nada.

 

                                                              Johann R. Bach

 

La planta mágica de los bosques sagrados de los druidas

EL MUÉRDAGO DE KANT

                                                                           Laboratorio alquímico

 

En su taller,

que abarcaba las dos habitaciones del sótano. Kant pidió  a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo en el que poder depositar su descubrimiento de cómo se formó el sistema solar.

 

Atardecía y el escaso fuego

de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Kant, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria, los párpados cedían a su propio peso y el sueño comenzaba su invasión.

 

La noche había borrado

los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta, el hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las pesadas hojas de la puerta.

 

Entró un joven desconocido.

También estaba muy cansado. Kant le indicó un banco; aquel visitante, solícito y moviéndose ágilmente se sentó y esperó. Durante un largo rato no cambiaron una palabra ni se miraron a los ojos.

 

El astrónomo fue el primero que habló.

 

-Recuerdo caras de muchos alumnos

-dijo no sin cierta pompa-, pero no recuerdo la tuya, ¿Quién eres y qué deseas de mí?

 

-Mi nombre es lo de menos

-replicó el otro-, tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis ahorros.

 

Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa.

Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Kant le había dado la espalda para encender la lámpara.

 

Cuando se dio vuelta

advirtió que la mano izquierda sostenía una ramita de muérdago con sus bolitas blancas. Aquella inflorescencia lo inquietó.

 

Se recostó,

juntó la punta de los dedos de ambas manos como formando un espacio lenticular y dijo:

 

-Me crees capaz de manejar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no puedo confiarte el secreto de los cielos,

 

-El oro no me importa

-respondió el otro-. Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la liberación de los venenos.

 

Kant dijo con lentitud:

 

-El camino es el veneno mismo. El punto de partida es la sustancia o cepa. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a caminar. Cada paso que darás es la meta.

 

El otro lo miró con recelo.

Dijo con voz distinta: “Pero, ¿hay una meta?”

 

Kant se rió.

 

-Mis detractores,

que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y dicen que soy un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que "hay" un Camino,

 

Hubo un silencio, y dijo el otro:

 

-Estoy listo a recorrerlo contigo,

aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino,

 

-¿Cuándo? -dijo con inquietud Kant.

 

Ahora mismo

-dijo con brusca decisión el discípulo. Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.

 

El muchacho elevó en el aire

la rama de blancos frutos. Es fama -dijo- que puedes triturar una planta y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

 

Eres muy crédulo -dijo el maestro-

No necesito tu credulidad; exijo la fe.

 

El otro insistió.

“Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de los frutos”.

 

Kant sostenía en su mano

aquellas perlas envueltas en diminutas hojas verdes, y al hablar jugaba con ellas. Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

 

Nadie es incapaz de destruir una planta

-dijo el aspirante a discípulo.

 

Estás equivocado.

¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer hombre en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

 

No estamos en el Paraíso

-dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.

 

Kant se había puesto en pie.

¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees nuestro Dios o cualquier Dios nos dejaría abandonados en algún lugar que no fuera el mejor de los mundos?

 

Un fruto puede quemarse

-dijo con desafío al aspirante a discípulo. Aún queda fuego en la chimenea -dijo Kant-. Si arrojaras esta ramita a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera.

 

Te digo que esa ramita es eterna

y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que bebieras su veneno de nuevo.

 

¿Una palabra?

-dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

 

Kant le miró con tristeza.

El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

 

No me atrevo a preguntar

cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.

 

Hablo del que usó la divinidad

para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.

 

El meritorio dijo con frialdad:

Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de esta ramita. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

 

Kant reflexionó. Al cabo, dijo:

Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, esa ramita.

 

El joven lo miró,

siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo: Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

 

El otro replicó, tembloroso:

Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la ramita. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

 

Tomó con brusquedad la ramita de blancos frutos

que Kant había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

 

Kant no se había inmutado.

Dijo con curiosa llaneza: Todos los médicos y todos los boticarios de Königsberg afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue un precioso símbolo de la suerte y que no lo será.

 

El muchacho sintió vergüenza.

Kant era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

 

Se arrodilló, y le dijo:

He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la ramita de muérdago.

 

Hablaba con genuina pasión,

pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Rotbach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

 

Dejarle las monedas de oro sería una limosna.

Las retornó al salir. Kant lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

 

Kant se quedó solo.

Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el  fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja, se puso sobre la lengua una pequeña porción de aquella ceniza. El vigor volvió a sus ojos y la fatiga desapareció.

 

Aquella noche Kant trabajó

como nunca, escribió con el mismo entusiasmo de su juventud su teoría completa sobre la formación de nuestro sistema solar y diecisiete poesías. 

 

A media mañana, bajo un cielo gris,

se abrigó y salió de casa, caminó por la calle abajo hasta llegar al mercado. Hacía tiempo que no sentía tanta fuerza en sus piernas. Se detuvo ante la floristería. Le tendió la mano a la dependienta y le dijo: ¡Feliz Navidad Helga! 
                                                                                                                                                            

                                                                 Johann R. Bach