25 dic 2013

Si tan fácil es nacer ¿por qué no nacen las uvas más que a la luz de un junio...?

LAS UVAS Y SU NAVIDAD

 

¿Cómo podrá saber su afán el racimo?

¿Y cómo qué cantidad de luz necesita y por qué se oculta bajos las hojas de la parra?

 

¿Cómo resiste el relente

en la oscuridad de una noche tan ciega que acaba por consumirse y finalmente el brillo de su piel se confunde con el alba?

 

¿Cuántos olivos y almendros

han de agitar sus ramas sobre el viento para crear de nuevo lo creado sobre otra plenitud más acabada?

 

¿Cuándo el tejo sabe

que una de sus ramas variará su tropismo para hundirse en la tierra como un esqueje milagroso y dar paso así a su eternidad?

 

Si es tan fácil nacer,

¿por qué no nacen las uvas más que al alba y la luz de un junio y las estrellas sólo en la noche clara que las llama?

 

No necesitan nada:

son creadas, sólo su afán les vale la existencia, sólo su soledad, porque nacieron tantas veces seguidas de tantos veranos, que una más es su vida.

 

¿Quién las nace,

cómo pueden saber cuál es el septiembre entre todos los meses del año, cuál es el tributo que han de entregar a los gorriones, cuál es la muerte al fin, cuál es la palabra que las ha de convertir en la sangre de La Navidad?

 

No necesitan nada,

simplemente despiertan y al final de la primavera amanecen como el chirrido de un gallo de veleta que siempre anuncia al viento y lo reparte y es el alba otra vez y es la existencia.

 

Pero aun así los junios no se juntan:

¿cómo podrá saber su afán el racimo?

 

                                                                             Johann R. Bach

24 dic 2013

Mi alma estaba llena de sangre y hierro templado al aceite, de fuego y veneno

EL OTOÑO DEL GUARDIA DE LA REVOLUCIÓN

 

No es imposible que me haya hecho viejo:

la ceniza ha inundado mis sienes. ¿Es eso una señal inequívoca que la vejez que trepa por las piernas como la hiedra ha llenado de arrugas horizontales mi frente?

 

Sí. También a mi espíritu

le tiemblan las manos, le salen canas y las sílabas brotan ya lentamente de sus labios.

 

No siempre fue así.

 

Hace muchos años,

mi alma estaba llena de canciones de amor y guerra: estaba llena de sangre y hierro templado al aceite, de fuego y veneno, de deseos de revolución y venganza;

 

pero todo eso ya no tiene ningún sentido.

 

En algunos momentos,

eso que, a falta de otro nombre, sigo llamándole alma se llenaba sin reservas de cualquier tipo de esperanza.

 

Sí, sí la esperanza.

 

Me servía de escudo para hacer frente

a la herencia que me dejó la noche oscura y el vacío. Y me sirvió –creo- a pesar de que en sus dos lados no había nada en el vacío.

 

Fue así: el vacío consumió mi juventud.

 

Yo no sabía que perdería mi juventud.

Creía que la juventud resistiría fuera de mi cuerpo en las estrellas, en la luz de la luna, en las mariposas moribundas del amanecer,

 

en las flores en medio de las sombras,

en las palabras de mal presagio de la lechuza, en la sangre y en el lamento del cuco que canta a principios del verano,

 

en la incertidumbre de la sonrisa

o en la danza triste de un mínimo corazón de un caracol.

 

Y a pesar de lo imprecisa,

fría, triste y remota que fue, mi juventud ha sido, a pesar de todo, una juventud como la de tantos y nada más.

 

¿Y por qué ahora esta soledad?

Siento que la noche me responde: porque… la juventud de las otras cosas, la juventud que ya no está en ti, también se ha perdido.

 

Toda la juventud del mundo,

¿también se ha perdido?

 

No tengo otra opción:

la carne que abriga mi cuerpo se mudará en la noche en medio del vacío y dejaré tirado en tierra el escudo de la esperanza.

 

Sí, mi alma se siente sola y abandonada.

Y, sin embargo está a salvo de todo peligro.

 

En ella ya no hay odio

ni sed de venganza, suena en mi interior una música como arrancada al piano de Chopin y revive en mi rostro una cierta sonrisa como extraída de la sugerente trompeta de Dizzy Gillespie,

 

Todo es color, sonido.

Sólo me queda ya, esperar -en éstos, mis últimos años- que la música alcance al mismo tiempo que la ceniza, suavemente mis sienes.

 

                                                                                     Johann R. Bach

 

Medicinas para acompañar la Navidad

Es Navidad también

en el espacio exterior

 

En la Sala Social del hospital

a hora convenida se llenó de jilgueros eufóricos; con música,  bajo por la escalera y subo por la rampa trasera para dejar en el armario de recepción mi segunda piel de cuero.

 

Oía sus cantos y encuentré

a todos transformados en Einsteins, Kants, Laplaces, Cauchys… Se alternaban en diálogo biólogo-semiótico sobre numerosas estrellas, entre caviar y vinos, con música de vals de fondo.

 

Hablaban con dulce encono

de la capacidad respiratoria del Tiranosaurus Rex  y otras criaturas antediluvianas perdidas en la noche auriñaciense

 

Y todos en gramática armonía

estaban convencidos de su brillante futuro como científicos que apenas habían superado los ochenta años.

 

Desdeñé las galletas,

pero no al anfitrión de apenas ochenta y dos años, maestro de la poesía y del amor.

                                                                             Johann R. Bach

 

Durante muchos años me obligaron a vivir la Navidad como una obligación, como una fiesta necesaria, como una fecha en la que todos debíamos participar de una manera u otra. Yo me sentía agobiada como otras niñas, pero no podía ocultar mi disgusto. La melancolía se apoderaba de mí año tras año y la música de los villancicos invadiendo las calles se me hacía insoportable.

 

En alguna ocasión llegué a pensar si ese ambiente se produciría también en Marte. Ahora puedo afirmar que sí; que el día que el género humano colonice Marte también se celebrará la Navidad. Existe –creo- una necesidad de una fiesta de vez en cuando para romper la monotonía y hacer que la gente no se sienta tan sola, aunque sólo sea puramente formal. La fiesta de fiestas es la Navidad u otras fiestas coincidentes en esas fechas. Es una referencia que ha quedado impregnada en la humanidad sobre todo si hay vino y manjares a la vista.

 

El Hospital tampoco ha escapado a esa costumbre. Es más, todo el personal la espera porque supone un relajamiento en la disciplina del trabajo y en la que muchos la aprovechan para romper algunos límites del comportamiento regulado estrictamente.

 

Los niños hacen su propia fiesta, programada con gran cuidado al objeto de lograr con ella una mayor socialización futura. Se les enseña a preparar juegos y a participar ampliamente en su planificación aunque sigue habiendo niños que se tornan melancólicos frente a la alegría artificial –a hora convenida- porque el día y la noche han perdido sentido en este espacio.

 

La celebración de la Navidad en el Hospital produce los mismos efectos de siempre: indigestiones debidas a las comilonas, insomnio por exceso de acidez con "noches" completas en blanco o despertares con náuseas a las tres de la "mañana". A nivel psíquico en general –por consumo de alcohol- se producen situaciones de euforia colectiva, pero también melancolía en espíritus rebeldes y sensibles a los excesos de ruido y/o algarabías.

 

Yo intento ser diplomática con los mayores y amorosa con los pequeños. Empleo mucho más tiempo jugando con los niños que "discutiendo" con los mayores.
 
(del cap. 33 de la novela "Niños a la Deriva" de Johann R. Bach)

 

Medicinas para la Navidad

 

Después de una gran comilona: LYCOPODIUM

Despertar a la 3.00 h. con náuseas: KALIUM CARBONICUM

Exceso de alcohol: NUX VOMICA

Tristeza por la desaparición de un ser querido: IGNATIA
Noches en blanco: LUESINUM

Ojos que, creyendo inventar el día, habéis despertado al viento ...





ANTE ESE GRAN BAÚL 
LLAMADO GOOGLE                

                                                                   Cuadro de Seraphine Louis



¡Oh Google!



Ojos que, creyendo inventar el día,

habéis despertado al viento que arrasa a todos los que enviamos mensajes embotellados como los del náufrago: sin esperar respuesta.



Millones de ojos curiosean

el interior del Universo, fractales que se mueven en reducidos espacios como hormigas en la sombra de un almendro y que si se asoman a la ventana mágica van a deslumbrarse ante ese par de oes de tu nombre.



¿Qué puedo hacer por ti si soy el olvido,

ignorado en mitad de tu océano de Blogs?



                                                               Johann R. Bach

23 dic 2013

la sensibilidad, ayer árida y seca, retoma la vida, su resonancia de antaño, ...

LA MAQUETA DE CADAQUÉS EN CHINA

 

¡Cadaqués! ¡Cadaqués!

Es el grito de un chino al frente de un grupo de arquitectos y fotógrafos cuando miran el mar desde la pequeña playa frente al Casino.

 

De entrada no ve nada:

una pequeña alfombra de arena gruesa, unos olivos bajos escalando la montaña y cuatro pinos mal contados sobre las rocas bañadas por el mar por todo entorno de un pequeño pueblo.

 

Aunque vaya en grupo se siente solo,

casi perdido; asombrado, se acerca con expresión de sorpresa a la iglesia de donde sale música clásica de algún concierto de los muchos que acoge.

 

Allí se queda prendado

ante las blanqueadas casas, ordena fotografiarlo todo, luces y sombras, incluso el cielo cobalto.

 

¡Estoy tan solo aquí –exclama-

en los confines del Mare Nostrum!

 

"He atravesado el Mar de la China

cientos de veces y nunca vi esta bellísima combinación de cuadritos de vichy en un paisaje".

 

"No sé si la música sale de la iglesia

o es que sube con las olas desde el mar porque el mar está ahí, magnífico, imponente y soberbio al tiempo que se extiende plano hasta el horizonte".

 

"Tengo el encargo de copiar

fielmente este pueblo y su pequeña playa, cuyos lindes embragan con la mar misma, con el día y la luz, con el resplandor cambiante de olas argénteas".

 

"Los poetas de mi país –la China-

habrían de venir aquí para sentir en estas costas la soledad profunda y los músicos faltos de semitonos deberían escuchar esta armonía".

 

"Copiaremos, sí, este rincón homérico,

situaremos su maqueta en el mejor lugar de la costa china, aunque hay determinadas cosas del corazón que hay que sufrir y comentar en silencio".

 

"Vienen y se van. Dejan huellas profundas.

Cuando el tiempo las ha tocado con su sombra, se convierten en una suerte de engrandecimiento de sus mismos habitantes, un acrecentamiento de la vida,

 

un aumento colosal

en el que sentimos que el entusiasmo divino engrandece los pueblos y sus iglesias; donde

 

la sensibilidad, ayer árida y seca,

retoma su vida, su resonancia de antaño, la viva lozanía que le habían dado las viñas y olivos de los primeros años:

 

su germinación espiritual

que podría inducirnos la idea de que nada de lo que pertenece al corazón puede reproducirse, tal vez …"

 

"He aquí la cuestión más inquietante:

mi espíritu de poeta maduro, un pensamiento preocupado por obedecer dócilmente a su ley, que tiende a la perfección,

 

atormentado por portarse bien

no tiene otro objeto que el de entregar intacto el depósito de la moralidad de este pueblo junto a mis trabajos de arquitecto".

 

"Si pudiera… renunciaría a mi proyecto

y me quedaría a vivir aquí: en el auténtico Cadaqués".

 

                                                     Johann R. Bach

 

 

22 dic 2013

Tengo ilusión, amor suficiente para no odiar y risa por dentro

LA NAVIDAD EN SIRIA

 

Entró jadeante en la tienda

un brumoso muchacho moreno. Vino a acostarse a mi lado, y me miró y yo a él –y no fuimos desconocidos-

 

Desde aquel momento

estuvo tratando de convencerme de que me escapara –refugiada otra vez- atravesando la frontera donde me darían un uniforme, me harían fotos y no me faltaría la comida;

 

viviría en otra tienda más grande.

 

Volví a sentir la soledad,

como la fiebre, medrando en la noche.

 

Por la mañana agitó la mano

y desapareció aquel brumoso muchacho moreno, su uniforme y el kalasnikof.

 

Sus veinte años

se enterraron en mi pasado, -que estuvo dentro de mí. Desde que llegó sabía que no se conformaría con una mujer de treinta y ocho de sienes cargadas de sufrimiento ya blanquecinas.

 

Pasamos hambre.

A menudo también sed. No sólo de agua. Muchos nos abandonan esparciendo polvo y ceniza sobre mis dedos.

 

De buena gana

me bebería el alma entera.

 

Todos esos ardorosos jóvenes

que pasan por mi tienda quieren darme a entender –la excusa precisa- más allá de todo argumento, qué es por lo que ellos me buscan.

 

Escribo versos

y viendo que se comportan conmigo como un niño mal criado, muda en rabia mi estar de ojos cerrados y estallo, pero

 

de nada vale decirles:

"no más, no más, sal de aquí, no vengas a echarte como un perro a mi lado".

 

Tengo ilusión,

amor suficiente para no odiar y risa por dentro.

 

Sigo esperando que deje de nevar,

que vuelva la primavera y quién sabe si también la paz.

 

                                                            Johann R. Bach

Le escuecen los ojos. El viento impregnado de partículas de uranio empobrecido...

EL PEQUEÑO POETA          

 

Mira con tristeza desde la colina

un pequeño poeta cómo se llena la tierra de humo, una tierra que sus padres le han dicho que se llama Siria.

 

Le escuecen los ojos.

 

El viento impregnado de partículas

de uranio empobrecido y de restos del fósforo de las bombas de racimo llega desde Alep hasta el mar.

 

Le hace toser y echar lágrimas

que emborronan lo que escribe.

 

De una tirada,

sin párrafo ni coma, de cualquier modo, pueden leerse de izquierda a derecha, con una escritura que no necesita vocales para explicar la belleza del mundo, unos sencillos versos

 

cerrados de pronto a la infancia

 

que describen el azul del mar,

la creencia en los milagros y que no todo está perdido.

 

El pequeño poeta

no conoce la poesía de Rimbaud y, sin embargo, ya invade su cuerpo un espíritu –aunque triste- bello en el reino de la ceniza en el bosque de las preguntas sin respuesta y

 

comienza su difícil papel del anti-héroe

 

del que ya no se preocupa de halo alguno

ni de aparecer ante una balanza-juez ocupado en consumir a fondo su injustificable búsqueda de la belleza allí donde otras personas no ven más que terror y superfluidad.

                                                          Johann R. Bach

Sorprendí a mi institutriz desnuda sentada en aquella minúscula bañera

   EL DESCUBRIMIENTO DEL BIDET

 

Aquel verano de 1.95…,

con once años cumplidos mis padres me enviaron a París. Querían que aprendiera algo de francés antes de comenzar el segundo curso de bachillerato en el que comenzaría una nueva asignatura: el idioma de Victor Hugo.

 

Tuve el privilegio de ser contagiada

por la locura de otro idioma –el tercero-, por la manía de saborear la cocina sofisticada y por el refinamiento cultural. Esa enfermedad se volvería crónica en los años siguientes.

 

Vi el Sena. Sus puentes me embriagaban

porque yo era una niña rústica nacida frente a un mar bravo y bajo los auspicios de un viento atroz: La Tramontana.

 

La dulzura con la que discurrían

las aguas de un rio me llenaba mis oídos de una música distinta del oleaje al batir las rocas.

 

Aquel verano descubrí

una extraña bañera para muñecas que los franceses denominaban bidet, con un pequeño grifo en el centro que pronto descubriría en él otros juegos de agua más excitantes.

 

Una noche sorprendí a mi institutriz desnuda

sentada en aquella minúscula bañera. No se sorprendió al verme mientras que, por el contrario, yo sentía la sangre en mis mejillas y en mis sienes los latidos se agolpaban sin espera.

 

De mis tímidos labios surgió una pregunta

como surgida de un robot: ¿Qué haces en esa bañera? En mi pueblo las bañeras son más grandes. Se echó a reír. Me explicó todo hasta el último detalle.

 

A partir de aquel día

me lavaba todos los días en el bidet. Descubrir aquel placer me hizo cambiar el carácter.

 

Cuando volví al pueblo

mi refinamiento había crecido tan espectacularmente como el vello en mi pubis.
 
                                                    Johann R. Bach

Me sentí in cómoda ante ese inesperado y pueril interrogatorio

       MIS PREFERENCIAS

                                                                                                Glicina o Flor de la Pluma

En cierta ocasión

me preguntaron por mis preferencias.

 

Me sentí incómoda

ante ese inesperado y pueril interrogatorio. Una cosa es tener una vida licenciosa exenta de prejuicios y otra es tener ganas de proclamarla a los cuatro vientos.

 

Nunca fui narcisista.

Y guardaba silencio sobre las relaciones más por una preventiva actitud de persona solitaria que por una inexistente timidez. Sin embargo, escribí en mi diario algo parecido a una respuesta:

 

Digamos que un día soñé

que leía una buena historia… y que esa historia era muy hermosa, era además una historia interesante y que la autora la contaba con fineza:

 

Habían venido –comenzaba a relatar la autora-

aquí, después de un paseo por las rocas, completamente empapadas porque les había sorprendido un chaparrón de esos de primavera.

 

Por el balcón abierto,

el fuerte olor de las flores de la glicina había invadido la habitación. Les ayudé a desvestirse riéndonos y se secaron juntas con un gran paño de lino fino.

 

Se quedaron así envueltas,

desnudas, y vimos que nuestros cuerpos encajaban suavemente con delicadeza: Yo estaba situada en medio de ellas en el sofá y me estiré sobre el regazo de una y mis piernas sobre las rodillas de la otra,

 

mis pechos debajo de otros pechos

se erizaron, mi cabeza en ángulo con otro bello cuello curvado como el de un cisne, su mentón sobre mi frente.

 

Comencé a sentir un hormigueo

que subiendo desde mi bajo vientre alcanzaba mis pezones me producía gran placer. Sentí que mis piernas se aflojaban y mis labios podían besar los rizos que se deslizaban sobre aquella ardiente frente de húmedos cabellos.

 

Mientras nuestras bocas se unían

noté la suavidad de una mano que, procedente de la otra punta del sofá, se introducía entre mis nalgas como si hubiera adivinado mi deseo.

 

El resto es fácil de adivinar:

un ovillo de ombligos, pechos, lenguas, rodillas y dedos deslizándose hasta el amanecer hizo que nos amáramos presas de una embriaguez rara e inesperada como la lluvia.
 
                                                                    Johann R. Bach