22 dic 2013

Le escuecen los ojos. El viento impregnado de partículas de uranio empobrecido...

EL PEQUEÑO POETA          

 

Mira con tristeza desde la colina

un pequeño poeta cómo se llena la tierra de humo, una tierra que sus padres le han dicho que se llama Siria.

 

Le escuecen los ojos.

 

El viento impregnado de partículas

de uranio empobrecido y de restos del fósforo de las bombas de racimo llega desde Alep hasta el mar.

 

Le hace toser y echar lágrimas

que emborronan lo que escribe.

 

De una tirada,

sin párrafo ni coma, de cualquier modo, pueden leerse de izquierda a derecha, con una escritura que no necesita vocales para explicar la belleza del mundo, unos sencillos versos

 

cerrados de pronto a la infancia

 

que describen el azul del mar,

la creencia en los milagros y que no todo está perdido.

 

El pequeño poeta

no conoce la poesía de Rimbaud y, sin embargo, ya invade su cuerpo un espíritu –aunque triste- bello en el reino de la ceniza en el bosque de las preguntas sin respuesta y

 

comienza su difícil papel del anti-héroe

 

del que ya no se preocupa de halo alguno

ni de aparecer ante una balanza-juez ocupado en consumir a fondo su injustificable búsqueda de la belleza allí donde otras personas no ven más que terror y superfluidad.

                                                          Johann R. Bach

Sorprendí a mi institutriz desnuda sentada en aquella minúscula bañera

   EL DESCUBRIMIENTO DEL BIDET

 

Aquel verano de 1.95…,

con once años cumplidos mis padres me enviaron a París. Querían que aprendiera algo de francés antes de comenzar el segundo curso de bachillerato en el que comenzaría una nueva asignatura: el idioma de Victor Hugo.

 

Tuve el privilegio de ser contagiada

por la locura de otro idioma –el tercero-, por la manía de saborear la cocina sofisticada y por el refinamiento cultural. Esa enfermedad se volvería crónica en los años siguientes.

 

Vi el Sena. Sus puentes me embriagaban

porque yo era una niña rústica nacida frente a un mar bravo y bajo los auspicios de un viento atroz: La Tramontana.

 

La dulzura con la que discurrían

las aguas de un rio me llenaba mis oídos de una música distinta del oleaje al batir las rocas.

 

Aquel verano descubrí

una extraña bañera para muñecas que los franceses denominaban bidet, con un pequeño grifo en el centro que pronto descubriría en él otros juegos de agua más excitantes.

 

Una noche sorprendí a mi institutriz desnuda

sentada en aquella minúscula bañera. No se sorprendió al verme mientras que, por el contrario, yo sentía la sangre en mis mejillas y en mis sienes los latidos se agolpaban sin espera.

 

De mis tímidos labios surgió una pregunta

como surgida de un robot: ¿Qué haces en esa bañera? En mi pueblo las bañeras son más grandes. Se echó a reír. Me explicó todo hasta el último detalle.

 

A partir de aquel día

me lavaba todos los días en el bidet. Descubrir aquel placer me hizo cambiar el carácter.

 

Cuando volví al pueblo

mi refinamiento había crecido tan espectacularmente como el vello en mi pubis.
 
                                                    Johann R. Bach

Me sentí in cómoda ante ese inesperado y pueril interrogatorio

       MIS PREFERENCIAS

                                                                                                Glicina o Flor de la Pluma

En cierta ocasión

me preguntaron por mis preferencias.

 

Me sentí incómoda

ante ese inesperado y pueril interrogatorio. Una cosa es tener una vida licenciosa exenta de prejuicios y otra es tener ganas de proclamarla a los cuatro vientos.

 

Nunca fui narcisista.

Y guardaba silencio sobre las relaciones más por una preventiva actitud de persona solitaria que por una inexistente timidez. Sin embargo, escribí en mi diario algo parecido a una respuesta:

 

Digamos que un día soñé

que leía una buena historia… y que esa historia era muy hermosa, era además una historia interesante y que la autora la contaba con fineza:

 

Habían venido –comenzaba a relatar la autora-

aquí, después de un paseo por las rocas, completamente empapadas porque les había sorprendido un chaparrón de esos de primavera.

 

Por el balcón abierto,

el fuerte olor de las flores de la glicina había invadido la habitación. Les ayudé a desvestirse riéndonos y se secaron juntas con un gran paño de lino fino.

 

Se quedaron así envueltas,

desnudas, y vimos que nuestros cuerpos encajaban suavemente con delicadeza: Yo estaba situada en medio de ellas en el sofá y me estiré sobre el regazo de una y mis piernas sobre las rodillas de la otra,

 

mis pechos debajo de otros pechos

se erizaron, mi cabeza en ángulo con otro bello cuello curvado como el de un cisne, su mentón sobre mi frente.

 

Comencé a sentir un hormigueo

que subiendo desde mi bajo vientre alcanzaba mis pezones me producía gran placer. Sentí que mis piernas se aflojaban y mis labios podían besar los rizos que se deslizaban sobre aquella ardiente frente de húmedos cabellos.

 

Mientras nuestras bocas se unían

noté la suavidad de una mano que, procedente de la otra punta del sofá, se introducía entre mis nalgas como si hubiera adivinado mi deseo.

 

El resto es fácil de adivinar:

un ovillo de ombligos, pechos, lenguas, rodillas y dedos deslizándose hasta el amanecer hizo que nos amáramos presas de una embriaguez rara e inesperada como la lluvia.
 
                                                                    Johann R. Bach

21 dic 2013

Si crees que a algunas mujeres no les basta tu amor, prueba a ser correcto



DR. HOUSE BLUES



Si crees que a algunas mujeres

no les basta tu amor prueba a ser correcto, a cumplir con lo mínimo. No recordarán de qué color tienes los ojos o lo que les has susurrado al oído.



No recordarán como ahogaban sus gritos,

a oscuras, en la butaca forrada de pana de un cine, pero felicítalas por su cumpleaños y dile que se ve muy bien, que los años no dejan huella en sus rostros.



A diferencia de la mujer enamorada

volverán a apreciar aquellos momentos en que simplemente nos conformábamos con unas horas de charla, con un refresco en las manos…

con un baile bajo una luz intensa.



Hay que admitir que la fidelidad

de cualquier clase, probablemente, es mejor que la indiferencia de las aceras vacías.



Y entonces uno se vuelve a asombrar,

cuando después de un día duro en el que ya sólo se puede oír la música de fondo de la radio,



como en un blues de medianoche,

fue agradable haber vivido aquellos latidos intensos, bellísimos;



saca del cajón de la mesita de noche

una de aquellas novelas cargadas con dinamita pura y lee unas palabras subrayadas –por ti- en rojo:



"Se hace caprichosa la noche

mientras la luna ya hace rato que se ha encendido. Tan solo tú suenas en mi melodía… en el suspiro del misterio de la especie..."



"En la soledad de mi silencio pesa

el emblema de tus labios y tu sonrisa. No, no estoy solo… Tu sombra, entre los dioses de la plácida ternura sigue aquí".



Son bonitas esas novelas.

Ahora que ya han desaparecido los cuartos de luna de su piel me basta que me diga galanterías típicas de novela como por ejemplo:



"Sigues siendo muy atractivo,

aunque de una belleza diferente, menos infantil, más consciente i contenida".



"has cambiado en las maneras,

que ahora son las de un señor que nació entre las sedas de una noble cuna".



Todo es como un agrio blues de mínimos.



                                                                    Johann R. Bach


La Calle Pelayo se llenó de mirones... los grises la emprendieron con ellos.

           AMOR Y GUERRA

 

El día y la hora de la cita en Barcelona

no quedaban a la expectativa como la otra vez. Estaban claros. Se trataba en realidad de una convocatoria.

 

Allí sentados en la terraza del Estudiantil

 Guillermina Motta y Serrat simulaban tranquilidad, una nube de "grises" entristecía aún más la luz de la Plaza de la Universidad,

 

Marta Guillamón escribía

en su cuaderno: hay que ponerlo todo por escrito como si fuera oralmente…

 

aquí se va a armar la de Troya,

 

pero hay que prestar atención

al instante mismo en que la locura sin fin ofrece la mano a la esperanza; ya que es posible que la locura siga esperando, del mismo modo que a los ángeles se les niegan las lágrimas…

 

Montserrat Roig habla con Carbonell

en la esquina de la Calle Pelayo; el color rojo de su vestido es provocativo, pero –dice- el color negro adelgaza la figura, sobre todo cuando estás de espaldas al piano.

 

Marta Guillamón creía

que no acudiría nadie,

 

pero esta vez se equivocaba, los gritos

procedían de la Calle Aribau, la masa gris corría hacia allí destrozando el alquitrán, buscando a la fiera.

 

Otra cabeza de combativos estudiantes

bajaba por la Calle Balmes cantando "No nos vencerán" se apoyaban en la columna del presente inexistente y mientras pasaban por el tamiz de la violencia,

 

Marta escribía: "esto es"…

"la sensibilidad de la muerte -del Régimen- encarnada y por lo tanto mortal, sufre con la inmortal crudeza del cuerpo…

 

este año los árboles dieron ya fruto dos veces…

también las mentiras tienen ya tanto fruto que la vida se hace insoportable…"

 

Por la Gran Vía se acerca otra manifestación

procedente de la Plaça Espanya. Dos grises se llevaban detenida a una chica de Filosofía

 

Mariano, Aisa, Blanes y Manuel se enfrentan

a ellos; la liberan: era la Fina, combativa como su sexo.

 

Por la Ronda de Sant Antoni

se acercaba otra manifestación gritando "Libertad".

 

Marta escribe entonces:

"Esto ya es Troya".

 

La Calle Pelayo se llenó de mirones,

huyeron despavoridos hacia la Plaça Catalunya; los grises la emprendieron con ellos.

 

En realidad limpiaban la calle

para batirse en retirada: aquella vez perdieron. En el cuaderno Marta garabateó:

 

¡Tanto como has ansiado:

ahora mismo, ahora mismo, y, en cambio, acontecerá cuando de ti no quede nada!

 

Es como si el destino mismo fuera fatalista

y por eso muchos se sienten aplastados… por la nada vallada. Y, sin embargo, Marta Guillamón pasaba por encima… y

 

aquella noche

enseñando sus almohadas vivas dijo:

 

"¡bésame donde la columna vertebral acaba!"…
 

                                                                            Johann R. Bach

 

 

ya no tenemos quince años saliendo de los sueños de la infancia.

LLAMAR A CADA COSA POR SU NOMBRE

 

Ya no bastan cuatro frases hechas,

aprendidas de antiguos comediantes, ya no tenemos quince años saliendo de los sueños de la infancia.

 

Dentro de las cancelas cerradas

en la amarilla llama del mediodía -cuando callan las estatuas y los mitos aceptan- las voces se agitan, al principio

 

pura, tranquilamente

 

y después atronadora y rápidamente

en la callejuela junto al bulevar de Pére Lachaise. Descubren de pronto los eternos secretos; a veces -con naturalidad aplastante- son terribles y temibles como tumbas

 

y otras veces de nuevo como tumbas otra vez.

 

Como caricias de lejanos y finos dedos

llaman a cada cosa por su nombre: llaman al agua de la fuente, boca; a los negros y altos árboles, olvido; a la noche entre las rieras, cordón umbilical;

 

llaman a los ojos llorosos, "amiga";

 

a los frescos labios rojos, hojas;

a los dientes amorosos, pesadilla; a los purpúreos lechos de amor, abismos; a las negras aguas del puerto, lámpara; llaman a las anclas enmohecidas, treno del sueño;

 

ponen alas de colores a la triste mirada de Orfeo;

 

en sus manos (de Orfeo) ponen abanicos,

desgarran  sus encendidas faldas, adornan sus cabezas con encajes muy delicados

(en el pecho de Orfeo clavan banderas);

 

echan en el caos de los oráculos, sangre;

 

y, vuelven a llamar a las palmeras tizones;

se detienen con sollozos en la palabra martillo; llaman silencio a las "puertas del Monasterio"; en lugar de muerte dicen, música en las sienes; denominan bosque de la noche a tu corazón y lata y fría tristeza, al invierno.

 

ya no bastan cuatro frases hechas

aprendidas de antiguos comediantes; ya no tenemos quince años saliendo de los sueños de la infancia.          
 
                                          Johann R. Bach

20 dic 2013

Por la terraza blanqueada movió los pies... cortando cortinas de niebla dijo: "soy Marta"

LA FUERZA DEL DESEO

 

La única vez que vi enferma a Marta Guillamon

fue durante la gran nevada del 62. Mi madre me dijo que fuera a su casa a ayudarle a quitar la nieve de la terraza.

 

Cuando me abrió la puerta

me llegó hasta mí un tufo como de manzanas al horno. Pálida como nunca la había visto, llevaba arremolinada al cuello una bufanda roja.

 

Me dio una pala enorme y comencé la labor.

 

Sorprendentemente,

haciendo caso omiso de las recomendaciones del médico y a pesar de la fiebre (o a causa de la fiebre misma) salió a la terraza y

 

entonces dijo: "soy Marta"

y el viento le azotó la garganta animando los sonidos de su voz. Escuché como el viento helado se le subía a la cabeza cuando aún no eran las once de la mañana.

 

Volviendo su cara, Paseo Maragall abajo,

como si se volviera hacia el mar y dijo: "soy Marta" pero ninguna ola le devolvió el eco.

 

Las palabras se consumían

en su garganta como la espuma saltando sobre el oleaje perdiéndose mar adentro.

 

Por la terraza blanqueada movió los pies

y dando la espalda al viento que descendía desde la Serra de Collserola, cortando cortinas de niebla dijo: "soy Marta".

 

"Así como una palabra –insistía-

demasiado repetida se despega del ser yo Marta salgo a la mañana como una racha de fina nieve y me paseo por esta terraza

 

como la diosa Artemisa por los Campos Eliseos,

y el hielo entre los dedos de mis pies se aferra como la sal de los mares.

 

Sentí profunda pena por ella,

la conduje suavemente al interior del salón-comedor y agobiado pedí con fuerza el deseo a las estrellas ocultas de aquella mañana de que no se muriera.

 

Con el calor del interior del ático,

el color subió tímidamente a sus mejillas, se acurrucó en el viejo sofá de pana verde y se cubrió con una manta.

 

Una leve sonrisa apareció en sus labios

y un pequeño suspiro surgió entre sus dientes como aire que se cuela por el quicio de la puerta.

 

Marta parecía recuperarse.

Era el día Navidad de 1962.

 

                                                                     Johann R. Bach

Los gases explicaban la pesadilla del vuelo.

MARIBEL Y SU HERNIA DE HIATO

                                                                               Belén de Antoni Casulleras

A Maribel le extrañaba

que los coetáneos de Homero fueran llamativos ejemplos de abusos de ingesta de vinos mezclados con gomas y especias,

 

pero encontraba normal comer

un caldo cargado de carne magra, costillas de cordero a la brasa de segundo plato, un plátano y un flan como postre y, para finalizar,

 

un trozo de tarta de manzana,

un chupito de melocotón y un café acompañado de una copa de Coñac o de Armañac.

 

Homero no se cansaba de advertir

a los hombres que vivían en aquellos "tiempos degenerados", aunque, precisamente por ser degenerados,

 

el poeta pudo ganarse el sustento mendigando,

notable ejemplo, dicho sea de paso, de cómo a veces se devuelve bien por mal porque si se lo hubieran prohibido sin duda se habría muerto de hambre.

 

Maribel, experta en fitoterapia

y otras terapias alternativas se despertó en un noche de San Esteban, hacia las tres de la mañana.

 

Las gotitas de sudor frío

se paseaban por su frente produciéndole mareo y eructos producto de alimentos no digeridos.

 

El reflujo de los gases

de la mala asimilación de una ingesta abusiva le producía un malestar que sólo se aliviaba al sentarse en la cama, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.

 

Maribel, pasado el primer susto,

fue a la cocina, se tomó una gran taza de una infusión de manzanilla romana y se volvió a dormir.

 

El sueño, lejos de ser apacible,

se convirtió en una angustiosa pesadilla: soñó que era como una hoja que se había desprendido de un árbol y,

 

ya en vuelo,

parecía decir que quería caer al suelo, pero esa eventualidad no llegaba nunca.

 

El viento del oeste se levantaba

y la hacía girar hacia el este en la misma forma que Pearl S. Buck supo describir en sus libros el punto justo en que se encuentran las civilizaciones oriental y occidental.

 

¿Era sensato que la dirección

de la hoja se torciera tan bruscamente?

 

En el sueño,

con fuerzas parejas se enfrentaban ambos vientos y la hoja comenzaba a pensar que lo inteligente era dejar en suspenso su decisión de caer al suelo.

 

Al cabo de un rato los vientos se aplacaron,

y la hoja, contenta, exclamaba: he decidido caer al suelo directa, en picado. Maribel despertó.

 

Estaba en la cama boca arriba

con las piernas abiertas de par en par, no por algún deseo erótico, sino debido a una gran inflamación del abdomen.

 

En esa postura

los gases acumulados a lo largo de su tubo digestivo resultaban menos dolorosos.

 

Los gases explicaban la pesadilla del vuelo.

A partir de aquella noche de San Esteban Maribel decidió moderarse en la comida y a tener cuidado con las infusiones de manzanilla.

 

FELIZ NAVIDAD

 

                                                                         Johann R. Bach
NOTA: Corregida la imagen