2 oct 2013

Puedo imaginarte incluso corriendo a refugiarte en tu isla

UNA MUJER INCÓMODA (II)

 

Es apasionante imaginar

como avanzas unos pasos y te detienes al ver a los periodistas; durante un instante pareces estar a punto de darte la vuelta y comenzar a correr en dirección a la salida.

 

Es una auténtica pesadilla.

 

Puedo imaginarte incluso

corriendo a refugiarte en tu isla o dirigiéndote directamente al puerto y montándote allí en la barca de mayor velamen.

 

Cada vez te resulta más difícil

pasar desapercibida. Tú la gran Maestra de la Palabra, tú que les enseñaste a ser incisivos en sus entrevistas; y, osados locutores nunca sospechaste que algún día serían tus verdugos.

 

Deja de sufrir por la muerte

de tu hermana adoptiva; demuestra tu inteligencia anteponiendo a tu nombre el placer con la dignidad de una diosa como hizo Atenea al nombrarse Palas.

 

No empuñes las armas con tus manos,

acto propio de hombres desalmados usa la delicadeza de tus dedos

para el placer y los poemas, escribe tus propios versos, cuenta tus historias como lo hizo Herodoto.

 

En Grecia fuiste Palas Atenea,

en Roma Minerva, eso estuvo bien; te dio satisfacción rodearte de dioses y te pareció obtener lo que ambicionaste.

 

Ahora es tiempo de amar

y ser amada; también de perdonar.

                                                         del "Manual de la Soledad" 

                                                                     Johann R. Bach

 

 

No les gusta tu voz, y mucho menos los poemas que se desprenden de tus letras

MUJER INCÓMODA  (I)

 

No te enfrentes, tú sola Atenea

a las tinieblas, desnuda, sin armas. Para herirte los demonios de la noche han inventado mil rostros diferentes, te acechan y esperan el momento de tu descanso para acorralarte, buscan tu silencio cortante, pero temen, y con razón, tu palabra.

 

No les gusta tu voz,

y mucho menos los poemas que se desprenden de tus letras, de tus sueños, de tus ojos porque saben que una lágrima tuya puede llenar de luz la noche y obligarles a retirarse a las tinieblas profunda del Averno de donde no deberían haber salido.

 

Debes armarte para afrontar la noche,

no tener miedo de ella. No te encierres, abre la ventana y aspira la luz de las estrellas; sus ondas electromagnéticas son portadoras de millones de besos que buscan con su dulzura protegerte de la Hidra.

 

El reflejo acerado en la ventana abierta,

el libro presente en tu estante favorito junto a tu cama de madera dulce, la luz que se funde con la tinta vertida delicadamente de tus dedos y del aliento de la voz que surge de tu alma, te arman para que la noche deje de ser oscura, amenazante y angustiosa.

 

Tarea fácil para ti Atenea.

                                                           del "Manual de la Soledad"  

                                                                      Johann R. Bach

 

 

1 oct 2013

Manos de ceniza a golpes muertas las alzaron temblorosas hacia el cielo

               CARIÁTIDE

 

¡Cambia de piel!

¡Escápate de la piedra!¡Haz añicos la cavidad que te subyuga! Huye exaltada a los campos, despierta y llévate contigo los besos que durante siglos te han regalado y ríete de las cornisas.

 

Escupe

sobre esa castrense fila de columnas: manos de ceniza a golpes muertas las alzaron temblorosas hacia cielos encapotados que soltaban poco a poco sus lágrimas.

 

Derriba

los templos ante las nostalgias de tu rodilla en la que el color pálido delata su ansia.

 

¡Desflorécete!

Deja que el vino gotee sobre tu sexo, desangra de grandes heridas tu blando bancal: Mira, con los gorriones Venus se hace la trenza y con las rosas se perfuma alrededor de las puertas del amor de las caderas.

 

Lánzate

exultante a los mares y demuestra que no necesitas victorias de Samotracia para que el viento te lleve hasta las lejanas orillas donde las olas se baten contra las rocas y se frotan con árboles.

 

¡Sueña! Sí, sí. ¡Sueña, Oh bella Cariátide!

Porque hasta de los mitos que callan y de las inmóviles estatuas pueden surgir los sueños.

                                                                        Johann R. Bach

30 sept 2013

Deja tus palabras en tu pecho y ven a comer mis agradables frutos

AMOR ENTRE MARGARITAS

 

Lavé grasa negra de taller

y vino tinto enranciado de tu camisa. ¡Visitamos tantas casas de campo de alquiler!

 

Ahora vivimos en ciudades ajenas a los duros campos de patatas, las grises chimeneas y el mal aliento del petróleo de las lámparas.

 

¡Ay amor!

Te acuerdas cómo las olas rodaron escaleras abajo y como temblaban nerviosos los árboles en el bosque al vernos pasar.

 

Indecisa entre cariño y desgracia

ocupé todo el espacio de nuestro armario. Tu ropa se contentaba con dos perchas y una silla a modo de galán de noche.

 

Miro y vuelvo a mirar estos lirios.

Comparados con ellos somos de fe pequeña y aunque estoy como ellos un poco triste tengo demasiadas ganas de hablar.

 

Deja tu boca llena de palabras;

escucha las mías y ven conmigo a mirar las margaritas sonrientes en todos los rincones de este campo.

 

Ven a ver cómo estiran sus pétalos,

Lentamente, sin enfermeras ni relojes. Les basta el sol para medir el tiempo y no se quejan de algunas ausencias.

 

Contempla desde ahí arriba, mi amor,

la vista de este hermoso valle donde blancas nubes reflejan como un espejo los hilos de luz decorando las casas.

 

¡Ven mi amor! ¡Ven aquí!

Vuelve junto a mí. Deja tus palabras en tu pecho y ven a comer mis agradables frutos.

                                                                         Johann R. Bach

Me sorprende verme sobre la cubierta de este ferry

CARTA ESCRITA EN UN FERRY

 

Querida Margarida

 

Me sorprende verme

sobre la cubierta de este Ferry atravesando un apacible lago rumbo a Brienz.

 

Ahora viajo de vuelta

después de una preciosa excursión a la Jungfrau. Todo ha ido de maravilla: el tren cremallera, la visita a la ciudad de Interlaken, preciosa incluso con niebla.

 

Me he olvidado de tal forma del mundo

que el regreso me parece un viaje extraño. Un día, siendo casi una niña, dije que haría este recorrido. No me equivoqué al imaginarme este aire, fresco y húmedo.

 

Allá arriba en la Jungfrau

no reinaba el silencio de los valles. Junto a los silbidos del viento sonaba el ritmo de mis pies, un reloj sin números.

 

Junto a las paredes de la montaña

vi pájaros marrones cuyo nombre desconocía; sobre mi cabeza viajaban nubes de color de cinc y gris plomizo como si me acompañaran en el camino.

 

En un recodo del camino

el agua había arrastrado pequeñas ramas que brillaban rojas como oxidadas.

 

Ha habido un momento

en que parecía que iba a llover, pero pronto una fría ventisca se ha llevado las amenazadoras nubes a otro lado.

 

Tranquiliza saber

Que, en caso de mal tiempo, todo está preparado para pernoctar allá arriba, pues se cierra el tráfico del tren cremallera.

 

De todas formas

no me hubiera gustado que eso pasara. No sé decirlo de otra manera. Una habitación de hotel anónima no se convierte en mi habitación gracias a una contingencia.

 

Viajan conmigo dos libros en la mochila,

mi gorra de beisbol, las gafas oscuras, un fular de seda y las llaves del Wrangler que he dejado en el puerto.

 

A pesar de todo lo que ha sucedido,

nada parece haber sucedido. Este Thünersee es muy viejo y la piel de sus aguas agradecen su origen tectónico.

 

Me gustaría que pasara algo de importancia

para ser explicado, para escribirlo, para hacerte partícipe de una parte de mi vida.

 

Por encima de mi hombro izquierdo

veo a dos monjas sentadas como dos jugadores de ajedrez: sus caras asoman desde sus hábitos, como buenos bebés en sus cochecitos.

 

Sin discriminación el viento les empuja

los manguitos dejando al descubierto sus muñecas. Casi desnudas, veo lo que queda: la santa muñeca cubierta de vello masculino.

 

En mi imaginación,

he visto a esas dos monjas soltándose las botas y de sus sillas de madera ascendiendo sobre esta cubierta gris, sobre la baranda de hierro, inclinando a un lado sus cabezas rosas, con las bocas abiertas y redondas,

 

respirando juntas como peces:

¡Aleluya! ¡Aleluya!

Cantando sinsonido.

 

Vuelvo a casa sin haber visto milagros,

sin rabia o inusual esperanza, que se ha vuelto áspera y arrugada por la edad incurable.

 

Tengo sobre mis párpados superiores,

las mismas bolsas de agua. Siguen siendo mis ojos: las letras naranjas que dicen INTERLAKEN en el salvavidas colgado junto a mis rodillas;

 

El bote salvavidas

color siena envuelto en su sucia funda de lona; la borrosa señal en su depósito que dice STEP VERBOTEN.

 

Todo en orden,

me digo a mí misma: sobreviviré.

 

                                                                   Johann R. Bach

 

29 sept 2013

Parecen versos que "caen al alma como a la hierba el rocio"

TORRE VALENTINA.

(Für Alina de Arvo Pärt)

 

Esas notas de una música

que resbala como la respiración de las estatuas junto a lágrimas sueltas, -secadas con el dorso de la mano- tienen detrás suyo números que las transportan sobre figuras redondas.

 

Parecen versos

que caen al alma como a la hierba el rocío; blancas y negras, como potencias de dos luchan por llegar al centro del "tempo" como en una partida de ajedrez:

 

sin fusas ni semicorcheas: sin prisa.

 

Für Alina (melancólica composición)

hecha con ojos fascinados ante una escalera esculpida en los acantilados de Torre Valentina y que desciende hasta el mar como la tristeza misma.

 

¡Escúchala!

Es como esa escalera, escarpada, que se detiene entre las rocas para oír esas notas que habitan en unas gotas de lluvia al caer sobre un mar embravecido buscando el reposo.

 

Esa música de Pärt

acaba perdiéndose en el vacío como la palabra "esperanza", apenas descifrable, escrita sobre nuestra espalda al nacer y aprendida en un desayuno lejano.

 

Es como una música

casi desconocida y difícil de oír sin tragar saliva. Es la esperanza -un ritmo- como una extraña taza que debe portar cada uno, sin saber cuándo beber su contenido

                                                                    Johann R. Bach

 

Son como estatuas sobre el declive amargo del otoño

COMO UN GRANO DE ARENA

 

Nadie piensa en las veces,

las mil veces, después de la tristeza caprichosa o de la humillación a la que te sometieron los mares. Envidias la sonrisa de los que comparten tu destino, esa distancia fría de sus labios ante la realidad.

 

Son como estatuas

sobre el declive amargo del otoño y en las seguridades de las rocas les cuesta concebir el riesgo del viento huracanado, las tormentas de lluvia y nieve, las descomunales mareas en noches de luna llena.

 

Tú también dudas de la luz

que hace vida, de la consistencia que transmites confundida con un halo de testarudez; dudas de tu capacidad a pesar de tu frente despejada, inteligente.

 

No sientes la mordedura

del veneno amarillo de la vejez, la quiebra y el ridículo de la misma forma que otras criaturas;

 

no concibes las heridas

que tardan en cicatrizar: quizá sea porque te bañas a diario en la pureza metálica -sodio, potasio, cobre, titanio, cromo, Thalio…- de las sales marinas en cada pleamar.

 

Agitas el sermón del justo

más allá de las dudas razonables y de las decisiones clamando contra el filo de los sueños, contra la incertidumbre de los pinos, pero no te gusta asumir ninguna responsabilidad en la quietud del hábitat de la arena de la playa

 

con su orden de cementerio de cangrejos,

de visitas regulares del sol y enfriamientos rápidos bajo la brisa nocturna, de soledad en el largo invierno.

 

Muchas criaturas caminan sobre tu cielo

mientras la luz deshecha busca tu solidez, pero la luz se enfría débil sobre tu piel y quien regresa a las playas de su juventud siente las manchas de la tarde. Eres como un sencillo grano de arena de la playa.

 

Nadie sabrá las veces,

las mil veces que envidiaste la sonrisa de las olas y su pureza metálica.

 

Tu destino es esperar

a que alguna golondrina te admita en sus bodegas, te transporte en un vuelo sin retorno a otros mares; allí donde necesitan tu constancia, tu sabiduría, tu paciencia y lo más importante:

 

el regalo

de tu experiencia en repartir pasión, amor y sueños.

                                                                     Johann R. Bach

Tu madre le decia: "Ponle hielo"

OÍR A LOS QUE CANTAN LIBRES

 

A tu padre ¿recuerdas?

no le era indiferente ni un solo pasito o caída de un niño en las ortigas. Acudía inmediatamente con el vinagre en una mano y el corazón en la otra.

 

Aunque tu madre le decía: "ponle hielo"

 

A ti tampoco te es indiferente

ni una caída de un niño, aún sin heridas… Y sin embargo el mal asciende por la médula espinal de la humanidad, cubierta de esputos sangrientos como las escaleras de un dentista primitivo.

 

Ese mal se arrastra desde hace siglos;

tu esperanza se basa en que pronto, lo inesperado por absurdo , su cansancio salga a flote  antes de que el engreimiento alcance las partes más finas del cerebro; y, los esfuerzos de sabios educadores calen hondo.

 

Por supuesto… Puedes también esperar,

a que algo estalle y nos caiga encima una lluvia de estrellas henchidas de amor, de una densidad tal que no dejen caer o abandonar a ningún niño bajo una parra aplastada por las patas de la lluvia.

 

Quizá no esté lejos el momento

en que ya no tengas que cantar mientras vendimias para probar que no te comes las uvas, o ser corroída por el vinagre o la hiel y vengarse en los otros culpabilizándolos,

 

o quemar a las mujeres el seno derecho

con la excusa de falta de amor por cáncer y luego decirles que eso es una buena cualidad para que tiren al arco con resentimiento premiado con medallas.

 

Quizá esté cerca

el oír a los que hace tiempo cantan libres.
 
                                                                            Johann R. Bach

Sabes que todo se hincha, fermenta, o bien se encorba

LA MALA CIRCULACIÓN DE VENUS

 

Eres como la sombra de Venus

paseándote y presumiendo ante la luna; haces caso omiso al bochorno del junio del hemisferio norte, hasta el cielo abultado por la hipérbole de la vejiga después de beber cerveza.

 

Sabes que todo se hincha,

fermenta, o bien se encorva incluso en esa otra latitud del mundo donde ahora es invierno y el viento, como un cuchillo, habrá pelado

de hojas y de pájaros las ramas de los árboles;

 

y, parecerán raíces hundidas

en el cielo plomizo. Sientes que bajo tus pies, allá en lo profundo, por alguna extraña ley de compensación o de equilibrio climático ocurre justamente lo contrario: que las raíces se vuelven verdes y frondosas, y brotan en ellas algunos frutos muy maduros.

 

Es casi seguro que algún antípoda tuyo

pasee del revés y sin prisas –en tu invierno- por aquel tiempo paralelo, extienda como sombras blancas sus manteles, beba cerveza australiana y ría bajo un sol mucho más bochornoso.

 

Su presión arterial bajará –como la tuya-

con el calor austral. Y es que las venas humanas, fuertemente protuberantes, no pueden hasta ahora enmasillar con todos sus pulsos las grietas de los viejos muebles del sol.

 

Pero ese enlentecimiento de la sangre

de la circulación de retorno te da la oportunidad de reflexionar sobre la precesión de los equinoccios, de ver las mariposas revoloteando alegres y sólo el jardinero, mientras riega, está en peligro. 

 

Tu sueño preferido

-y anotado en el Libro Rojo de los Sueños- es aquel que cuando se acerca la primavera y la tarde se alarga bruscamente con el adelantamiento de la hora:

 

Con los ojos entornados

te parece que el viento deja dentro de la amapola diminutos granos de trigo como chispas de sol –sólo para decir como es tu boca:

 

como la nieve rosa a las cumbres cuando sale el sol.

                                                                           

                                                                            Johann R. Bach

desnudo también, arrodillado ante tu cara no envidio el alma de ningún dios

  TOCAR LAS ESTRELLAS CON LA MANO

 

Cuando te hayan dejado sola en casa,

cuando ya ni el reloj con su tic tac pueda molestar tus sueños,

 

¡desnúdate!

 

Extiéndete

con un par de cojines bajo tu cabeza y piensa en mí.

 

Los ojos,

que se abren y cierran como ojos de cerraduras, y nunca olvidan, registran por miles, los labios conectados con sus cerebros como anguilas la bandeja del mundo,

 

los huesos

y sus articulaciones que se preparan y parten para cada truco de la imaginación,

 

los genitales,

el lastre de lo eterno, y el corazón, naturalmente, que se traga la marea y la escupe limpia.

 

Yo, desnudo también,

arrodillado ante tu cara no envidio el alma de ningún dios. Sé que un dios es sólo alma, pero

 

le gustaría que viviera

en un cuerpo para venir aquí abajo para ofrecerte un cántaro de miel como el que te ofrezco yo.

 

Te introduciría dos finos dedos

como los míos entre tus sedosos labios resbalando al compás de la danza del mundo y te rociaría con miel tus mejillas.

 

Pero no. Nada de eso hace un dios.

Al igual que otras criaturas celestiales haraganea en el firmamento, sin figura alguna.

 

Sólo desea contemplar los púlsares

midiendo el tiempo o comerse sus imaginarias uñas mientras tú y yo nos deshacemos bebiéndonos nuestros cuerpos.

 

                                                                                Johann R. Bach

28 sept 2013

Esperaré a que saques de dentro de tu alma toda la depravación

 YVETTE CONFIESA SU AMOR

 

Al volver a casa Yvette estaba parlanchina como otras noches, pero con un punto especial de brillo en sus ojos y como si aquella noche quisiera confesar algo empezó a hablar cerca de mi oído con voz grave.

 

Cuando bruscamente quedé huérfana y sin un céntimo –comenzó su relato- con el resto de mi familia en la ruina por allá en los años treinta, fui a suplicar la caridad de la madre superiora del convento en que fui educada, creyendo que, como yo había sido favorita de aquella dama cuando era rica, indudablemente me habría de ayudar cuando me quedé en la miseria. Fui rudamente rechazada y, en el primer momento, no logré entender por qué.

 

"Ay me dije: ¿Por qué mi desdicha ha convertido a la amable madre superiora en un ser tan cruel? ¡Ah, no comprendía que la pobreza es una carga para los ricos, y tampoco sabía en aquel entonces cuán temida era por ellos!... No sabía hasta qué punto los ricos huyen de la pobreza, y que el temor de verse obligados a aliviarla provoca hacia ella una enorme antipatía.

 

La madre superiora era influyente entre muchas personas importantes del París acechado por el ambiente de una posible guerra. Entonces yo tenía una edad –proseguía ya con lágrimas en los ojos- como la tuya ahora y me sentí despreciada, y aunque joven, huérfana y sin un céntimo. Muy bien,   -me dije- "mi único fin será procurar ser a mi vez rica, y entonces seré tan desvergonzada como la madre superiora, disfrutaré de los mismos derechos y de los mismos placeres.

 

Me casé con Albert porque tenía dinero, su porte, su simpatía y su elegancia no es más que un disfraz que usa cruelmente ante personas inferiores. Con él tuve dos hijas para sellar definitivamente mi fortuna y hacer que ésta fuera irreversible. Desde el primer mes de matrimonio él continuó visitando a sus amigas demostrando que no era más que un ególatra del culo y que su cerebro sólo sirve para atarle las orejas.

 

Después de tantos años aguantando sus humillaciones he decidido poner fin a esta situación y por eso estamos ahora en trámite de divorcio. Él no está de acuerdo en cederme todo lo que mi abogado le exige, pero por ley no tiene más remedio que hacerlo.

 

He actuado, con frialdad, y he ido, durante todos estos años, acumulando documentos fotografías y toda clase de pistas en cuentas bancarias, estancias en hoteles simulando que estaba en viajes de negocios y pagando las facturas de sus amigas en peleterías de lujo. Yo me hacía pasar por sus acompañantes y pedía duplicados de las facturas y cada vez que obtenía alguna me corría de placer.

 

Era como una niña que colecciona cromos y obtiene los más difíciles. Cada historia que Albert anotaba en su activo yo la ponía en los asientos de pasivo. Y así mi alma se iba endureciendo y cultivando amistades y aliados en todos los frentes, preparándome para la batalla final.

 

Sólo una cosa inesperada ha variado dentro de mi alma y es tu aparición en escena. Cuando vi tus ojos fue como mirarme en un espejo. Llevabas la huella de la humillación grabada en tus apretados labios y la misma venganza que yo sentí a tu edad, en tus pupilas.

 

Te vi despiadada y calculadora, pero también inteligente, paciente, tenaz y diabólicamente sexual. No me causaste miedo, sino una excitación sin límites y osé llegar hasta ti porque sabía que yo te podía ser útil en tus planes y que tú no despreciarías la oportunidad que se te presentaba.

 

Desde el primer momento he buscado hacerte ver lo depravada que eres. En ti me veo como soy y no sólo no me importa sino que me gusta. Por primera vez en mi vida he encontrado mi media naranja: tan depravada como yo y posiblemente más inteligente, más guapa y mucho más joven que yo.

 

Por eso no me importa ponerme a tus pies, llorar sobre tu hombro y compartir contigo todo, incluso dispuesta a que me robes, me flageles y me humilles porque todo eso no hará sino acrecentar mi placer de estar a tu lado. ¿Qué nombre ponerle a eso que siento contigo?

 

Sabes que comparto contigo vida, amigos y orgías que muestran como somos. Aún tardarás tiempo en llegar a comprender que tu generosidad y tu amabilidad no son más que tácticas para conseguir lo mismo que yo me propuse, pero esperaré pacientemente y te ayudaré como lo he hecho hasta ahora.

 

Esperaré a que saques de dentro de tu alma toda la depravación que ahora ocultas y que por fin seas libre, libre hasta más allá de los límites que nos imponen hombres y leyes.

 

Llegando a este punto calló, yo la abracé aún más fuerte que nunca y nos dormimos con los labios pegados en un beso como una flor de cuatro pétalos y los corazones más unidos que nunca.
 
                                                                              Johann R. Bach

 

Con un pañuelo azul le seca el sudor de la frente. Sabe que se defiende

EL SUEÑO DEL PEQUEÑO ATLANTE

Duerme el pequeño atlante

con ojos de té y habla en sus sueños. Su madre con todo el amor del mundo le tiene cogida la mano para que no se sienta sólo;

 

con  un pañuelo azul

le seca el sudor de la frente para que el exceso de responsabilidades aceptadas por su ADN no se frustren. Sabe que se defiende, en una pelea desigual, de sus compañeros de escuela.

 

En esa pelea escolar

no placentera, reconoce sus debilidades. Pero la acepta como necesaria para el crecimiento de sus cejas: extraordinariamente pobladas le ayudarán a vigilar el horizonte mientras espere que surja del mar una nueva generación de criaturas capaces de crear entusiasmo entre los humanos. 

 

El pequeño atlante sueña

en convertirse, al crecer, en un guardián más de la ternura y la comprensión de todos los que aguantan en pie tormentas y vientos marinos que erosionan la orilla de nuestra civilización.

                                                                               

                                                             Johann R. Bach