13 abr 2013

12. EL ARREPENTIMIENTO

12.            EL ARREPENTIMIENTO

 

 

Tuve muchos hombres en mi vida,

la mayoría de los cuales no fueron precisamente un "chollo". Muchos de ellos, es cierto, me maltrataron, pero algunos me amaron y llenaron de júbilo mi piel; y sin embargo los menosprecié como a los otros.

 

¡Oh noche!

 

Escalofrío que te deslizas sobre mi piel

como sangre la herida fresca y bajas corriendo su huella oscura, te extiendes en aquellas horas en que los campos se tintan de sombras,

 

momentos en que preparas la floración,

con tu escarcha, de las rosas de todos los jardines, escucha esta súplica;

 

acoge las soledades hechas de años

y de derrotas y ayúdame a expulsar las culpas de mi alma, a sobrevivir, precisamente cuando los sueños caen.

 

¡Oh noche!

 

A menudo me parece oírte decir:

¿Acaso no eras esa? ¡Ay, cómo te olvidabas de mí! ¿Era esa tu imagen? ¿No eran acaso tu pregunta, tu palabra, tu luz celestial, cosas que con tanto orgullo poseías?

 

Estaba ebria de gozos:

mi palabra, mi luz celestial, antaño poseída, está ahora destruida, desperdiciada; y a quien le haya ocurrido como a mí, tiene que olvidarse de sí y mostrarse humildemente ante ti como lo hago yo, porque ya ni toca las viejas horas.

 

                                                                                                 Johann R. Bach

12 abr 2013

EL EROTISMO EN LA EDAD MADURA

    EL EROTISMO EN LA EDAD MADURA

 

Con amarillos membrillos,

con racimos de uva negra que concluyen, rebosante de margaritas silvestres se asoma la orilla al lago,

 

y, vosotros, vencedores de dragones,

ebrios de besos, zambullís la cabeza en la dulce agua sagrada.

 

Sin embargo, no puedo librarme

de esa angustia que me atenaza el pecho y me despierta al amanecer.

 

¿Dónde hallaré flores después del otoño,

y la luz de los girasoles, y las sombras llenas de estrellas dispuestas a ser alcanzadas con la mano?

 

Las muros del monasterio,

cubiertos de buganvillas, figuran sin habla y fríos, rechinan al viento las veletas.

                                                                                     Johann R. Bach

11. LOS HOMBRES DE MI VIDA

11.  LOS HOMBRES DE MI VIDA  (Alcestes)

 

Me encantaba salir de la fábrica

los viernes a las diez de la noche, saliendo del turno y decirles a las otras chicas: Allí está Alcestes esperándome. Su coche deportivo formaba parte de la escena.

 

Yo no era más que una cosedora de radar.

Escribir no se me dio bien hasta que alcancé los cincuenta y leía lo que todas mis amigas: novelas rosas.

 

Todos los domingos

–eran tiempos que también se trabajaba los sábados- me venía a buscar

a la puerta de mi casa y desde su coche amarillo me avisaba tocando el claxon. Íbamos a algún lugar donde poder encontrar un restaurante lejos de nuestro pueblo.

 

Después de comer,

en cualquier rincón de la carretera nos besuqueábamos. Yo le masturbaba y él me introducía su dedo inexperto en mi vagina. De esa manera aprendía a simular el orgasmo.

 

Mis compañeras envidiaban mi suerte

y sus ojos brillaban lascivamente cuando les contaba el lunes por la tarde nuestros tocamientos.

 

Durante la semana no nos veíamos

ni nos telefoneábamos. En casa teníamos un teléfono del que no se podía hacer uso si no en un caso de necesidad. Sólo me llamaba para darme las buenas noches como si se tratara de un lujo asiático.

 

El sábado trabajaba por la mañana

para redondear la jornada laboral de 44 horas y por la tarde ayudaba a hacer las compras de toda la semana. Por la noche Alcestes venía a charlar un rato junto al portal. Hacia las nueve y media dos despedíamos porque mis padres se enfurecían si no subía prestamente a cenar.

 

Me despedí de la fábrica para casarme

y convertirme en una ama de casa; cobré unos cuantos miles de pesetas de dote y me despedí de las amigas.

 

Fuimos en viaje de novios

a mi pueblo para que el resto de la familia que no pudo asistir a la boda pudiera ver a mi príncipe azul y su flamante auto. Entre tantas opíparas comidas en casa de familiares y amigos y cenas que se alargaban hasta la madrugada casi no me di cuenta de la realidad:

 

Cuando todo estaba preparado

para llevar una vida "feliz" comenzó mi infierno: Alcestes era aún más autoritario que mi padre; todo lo que yo hacía estaba mal hecho; todo lo que decía no tenía ningún valor: me humillaba, frecuentemente, ante los miembros de su familia o amigos. El acto del amor se convirtió en una cornada de unos treinta segundos.

 

Presumía de liberal.

Aunque en realidad era todo lo contrario. En cierta ocasión, invitó a los vecinos de enfrente a cenar en casa. Alcestes admiraba secretamente el tipo de Isabel aunque no imaginaba que a su marido le gustaba yo.

 

Después de la cena y con unas copas de más

la conversación derivó hacia el tema de la masturbación. Yo apenas hablé para decir que eso lo consideraba normal y que me masturbaba frecuentemente.

 

Cuando se fueron los vecinos

le salió a flote un ataque de cuernos tal que llegó a abofetearme diciendo que yo era una guarra. A partir de aquel día callé, comprendí mi soledad, me encerré en mí misma y me dediqué en cuerpo y alma a mis dos hijos.

 

Aquella prisión duró dieciocho años:

Alcestes enfermó y después de varias intervenciones quirúrgicas quedé liberada. Enviudé con una situación económica holgada. Desde entonces no tolero que nadie mecione el oficio de relojero

 

Después conocí a Tomás,

un mecánico reparador de electrodomésticos al que abandoné después de que me propinara una descomunal paliza. Por suerte Tomás tenía dos hijas y vivíamos cada uno en su casa

 

Con Vicente no me fueron mejor las cosas:

también era de los que a la mínima de cambio te abofetean como si de un deporte se tratara. Naturalmente lo despedí a las pocas semanas de conocerle.

 

Después de esas experiencias empecé a darme cuenta de que no me gustaban las conversaciones que tienen los hombres y que si quería tener conversaciones positivas, inteligentes y divertidas debía de relacionarme más con otras mujeres.

 

                                                                                         Silvia M. Folch
                                                                       

LO ERÓTICO DEBE SER SECRETO

                   LO ERÓTICO DEBE SER SECRETO

  

                     

La vida misma del Monasterio,

con sus creaciones llenas de contenidos implícitos, nos enseñaba sin que nos diéramos cuenta la dimensión erótica del secreto;

 

del secreto capaz de amplificar

hasta el absoluto la impetuosa necesidad del deseo. A cada frase dejada al aire o a cada acto cotidiano se nos insinuaba que debíamos perpetuar el secreto.

 

Esa manera de proceder

venía dada por el imperativo de que todo lo que está oculto nos atrae, sea en nuestro monasterio o en el de otros.

 

Se dice que en las capillas

más solemnes algo está oculto tras el ábside o más allá del velo del sanctasantorum, pero a las capillas vamos raramente.

 

Es mucho más sencillo bañarse

de tres en tres para evitar la complicidad de dos hermanas que se aman. Pero al final, como en la estrella triple Próxima Centauri lo erótico persiste en su secreto, pero dentro de un trío.

 

¿Qué es lo que escondíamos en el Monasterio?

¿Qué es lo que nos esconden sino lo erótico y el poder para proteger nuestros inconfesables propios deseos? ¿Es acaso diferente nuestra actitud al otro lado de la parte oscura de las puertas del Monasterio?

 

Los cándidos secretos no van

a un lago inmóvil, más bien se derraman en un gran estuario. En ellos, de orilla a orilla hay cánones y fraudes, contrabando de ideas con su inocente moho y sobre todo mucha confusión a medio camino entre lo esotérico y lo verdaderamente espiritual.

 

Todo lo que está oculto nos seduce,

nos perturba, nos mueve, nos hace creer en el purgatorio de la realidad.

 

Todo lo que está oculto nos llama

la atención porque forma parte de la espiritualidad; y, así lo que está agazapado en los abriles recién despierta en julio y nos asombra.

 

Todo lo que está oculto nos aguarda

con revelaciones de cualquier centuria o con cautelas tibias. Y eso es mucho más fuerte en los colectivos en los que la liturgia se erige con voz propia en primer plano.

 

La solución –creo- no es mirar hacia atrás con el pesimismo como escudo; lo aconsejable es detenerse en el aquí y buscar con paciencia lo oculto dentro de nosotros mismos, dentro de nuestro propio Monasterio.

 

Afamados científicos informan

que allá lejos hay astros que chocan con sus colegas y como provocan una que otra chispa siempre hay algunas de esas fugaces que se aproximan a nosotros y  pasan a millones de centímetros de este planeta y sus criaturas sin que lo advirtamos;

 

vuelan como duendes

sobre nuestros jardines y sacuden el pétalo de alguna rosa antes de perderse en el infinito.

 

También esos científicos se guardan,

como en un baile de máscaras, sus secretos y descubrimientos.

                                                                               Sylvia M. Folch
                                                                 Web: www.homeo-psycho.es

 

11 abr 2013

CON APENAS NUEVE AÑOS

             Con apenas nueve años

 

Con apenas nueve años

me acerqué a tus manos.

 

Con apenas nueve años

me acerqué a tus manos; vi en el fondo de tus ojos tanto amor incomprensible para mí que me hizo derramar dos cálidas lágrimas.

 

El dolor punzante,

al ver qué vanamente había sido tu hablar. Y tu hacer, alcanzó mi pecho cuando secaste mis lágrimas con la caricia de tus besos.

 

Te volcabas tan dulcemente

como sólo tú lo sabías hacer: con viejas formas que te fueron siempre fieles.

 

La vieja casa

con pies hundidos en la arena, que nos fue adjudicada gracias a que el abuelo era marinero, bañada por fragmentos de mar que cabalgaban sobre el viento,

 

sobrevivía como tú

triunfando, a pesar de todo, sobre tormentas y años. 

 

Me hiciste leer mi primera

novela –"Blanca o Bruna"- escrita con palabras de amor

como si hubieran surgido de tus labios, de tu idioma.

 

Con apenas nueve años

me acerqué a tus manos para releer aquella vieja novela que sobre tus rodillas reposaba, cuando tu cabeza y tus ojos alzados buscaban el cálido contraluz de la ventana.

 

Con apenas nueve años

me acerqué a tus manos. Acariciada por tus besos, me saltaron dos cálidas lágrimas como ahora al escribir estos versos.

                                                                                              Johann R. Bach
                                                                             Web: www.homeo-sycho.es

LAS MARGARITAS

26.    FIBONACCI Y LAS MARGARITAS

 

Azucenas, ranúnculos, caléndulas

bellis perennis, girasoles y árnicas todas hijas o hermanas de las compuestas margaritas, van de la mano como una sucesión de Fibonacci.

 

Ya no dan la impresión de originales

porque son numerosas. Y llaman la atención con ese bulto de estambres aceitosos graduado y amarillo. Los pétalos lo enfocan: ahora las pestañas se hacen anchas.

 

¿Por qué no las podemos

llevar a un funeral? Y en la noche, como niños, sin ansiedad encierran sus conciencias con los pétalos blancos.

 

Alegres, individuales

como la sufrida Arnica que resiste en pie vendavales, lluvias y nieves; su maltrecho pelo muestra su soledad.

 

Su hermano mayor el infatigable girasol amarillo cubre la hierba con versiones de un ojo. La fuerza de su mirada plena, sencilla, sólida, contenta. Giratoria y doméstica como el vino.

 

Algunas margaritas

son como multitudes que esperan una palabra cada una, cada una una mirada… una caricia sobre la piel quemada;

ésas son las alegres y ardientes caléndulas que sólo se ponen tristes cuando una nube oscura le priva de los hilos de oro del dios Sol.

 

Si eso ocurre se encierra en sí misma;

una gota de cristalino jugo como una lágrima evita las cenizas de su cabellera y no se marchita.

 

Cuando se van,

te arrancan las margaritas una expresión de exaltada simpatía. Ricas hasta el último intervalo con sus tubos diminutos de polen, de aceite.

 

Para el ojo,

-las margaritas de los campos- son simplemente para el ojo, y sin olor alguno. Para el espíritu es, su órgano invisible. Cada orgullo necesita su Bellis perennis… esa sensible cosa.

                                                         Leo P. Hermes
                                               Web: www.homeo-psycho.es

ESCARABAJOS Y ROBINSONES

       ESCARABAJOS Y ROBINSONES

No deberías burlarte del niño

–como lo hacían mis hermanos-, ingenuo, simple de él, que se figura espléndido y gran cosa en su caballo de cartón, también tú anduviste escaso de hechos y sobrado de ocurrencias.

 

¿Acaso nace el acto de la idea

inspirado y maduro como el rayo de la nube?

 

Ese niño mira el mar

desde el puerto como tú lo hacías: ve que un día está en calma absoluta; el sonido del agua en la orilla es parecido al que se produce cuando alguien bebe de una botella.

 

Ve cómo los cangrejos trepan

por las rocas y como las orugas escalan enormes árboles esquivando la aguda vista de los pájaros.

 

Poco a poco se acostumbra

al derrumbamiento del sol tras el horizonte y a cómo se retiran las barcas del mar y se refugian en el puerto.

 

Al día siguiente ese mismo niño se asusta

porque otra vez vuelve la mar gruesa y el viento sopla a ráfagas… se refugia entre los viejos libros con olor a papel húmedo y se abraza a su caballo de cartón.

 

Mientras desentraña al escuchar

de labios de la madre el misterio contenido en El Escarabajo de Oro o en el Viaje al Centro de la Tierra, imagina la cálida isla de Robinson Crusoe y se olvida de su miedo a las tormentas.

 

Esas historias despiertan su curiosidad

y su prisa por aprender a leer aumenta exponencialmente. Sabe que en las viejas estanterías le espera un mundo por descubrir.

 

¿Dónde queda entonces su ingenuidad?

                                                                                     Johann R. Bach
                                                                           Web: www.homeo-psycho.es

ASMA HÚMEDO Y EL ESCARABAJO BLATA ORIENTALIS

Asma húmedo  y el escarabajo Blata orientalis

Aquel junio estaba siendo particularmente húmedo;

llovía cada día y continuamente el paisaje se oscurecía amenazando las esperanzas de los que gustan de pasear por el parque.

 

La persistente lluvia originaba

el desprendimiento de millones de flores de los centenarios tilos creando un manto amarillo que destaca sobre el fondo grisáceo de los caminos del Treptower Park.

 

Sentada en una austera silla,

protegida por un inmenso vidrio, al abrigo del viento y la lluvia, frente al parque, observaba apaciblemente el paisaje. Escribía notas sueltas que luego, no sabía cuándo, tendría que hilvanar.

 

Rompiendo el silencio del café al toser,

entró un hombre acompañado de una mujer bastante más joven que él; la mujer le ayudó a acomodarse en la cálida mesa de madera maciza situada frente a mí.

 

Tuve la sensación

de que los había visto ya en alguna otra parte, como si esa escena la hubiera vivido la semana pasada. No es difícil que haya sucedido eso en un lugar donde las escenas insustanciales se repiten ante la avalancha de inconvenientes del clima lluvioso.

 

El hombre se despojó del impermeable

y la gorra. Su acompañante los colgó en el perchero casi sigilosamente. El hombre seguía tosiendo mientras intentaba leer la carta del menú. Aparentaba unos sesenta y cinco años, aunque es posible que fuera algo más joven por su enjuta constitución.

 

La dama acompañante, de aspecto más fuerte,

pletórica parecía conocer, por su comportamiento decidido, cómo actuar en tal situación: pidió un té para él y un latte machiatto para ella.

 

De pronto me vino a la memoria

algo que me hizo comprenderlo todo.

No los había visto antes: Niko me contó en cierta ocasión que conoció a un hombre que padecía una bronquitis asmática que empeoraba en tiempo húmedo.

 

El hombre, cuando se sentía mal,

se aliviaba tomando un té caliente. Cierto día lluvioso se encontraba muy mal, no paraba de toser y le pidió a su mujer que le preparase un té.

 

Al tomar el té

el hombre se sintió tan extraordinariamente bien que le preguntó a su mujer qué le había puesto en el té. La mujer, no dando importancia al hecho destapó la tetera para demostrar que le había hecho un té sin nada especial.

 

Su sorpresa fue mayúscula

cuando descubrió que en el té se había cocido un intruso escarabajo.

 

Aquella noche cuando Niko,

me susurró al oído lo obvio, cuando oí sus gemidos, cerré los ojos y sentí más que aprendí...

                                                                                                  Elisa R. Bach

10 abr 2013

AMAR HASTA EL ÚLTIMO LATIDO

 AMAR HASTA EL ÚLTIMO LATIDO

Cuando los latidos

de tu corazón pierdan fuerza, te mires al espejo y te cuenten las líneas del código de barras como una delicada orografía de distendidos labios que han perdido su categoría geodésica;

 

cuando puedan contar

los surcos que han dejado las lágrimas y las preocupaciones curven tus comisuras y ya tu cuerpo responda despacio a tus deseos…

 

Cuando sueltes blanca tu cabellera

para dormirte temprano y sobre tus rodillas enmohecidas por el peso de muchos inviernos, y caiga sobre el lecho tu libro preferido porque se te han cerrado los ojos,

 

tu corazón seguirá rebelándose,

donará sus pulsaciones, y como otras veces intentarás disipar tus dudas y los anhelados horizontes también saludarán tus artificiales mañanas con el recuerdo de sus besos.

                                                              Elisa R. Bach
                                            Web: www.homeo-psycho.es

9 abr 2013

10. LOS HOMBRES DE MI VIDA . (Serafín)

10.    LOS HOMBRES DE MI VIDA  (Serafín)

Me fui a vivir con Serafín

porque me fascinaban sus cuadros llenos de alegría y porque su vida –tan diferente de la mía- estaba llena de color y me halagaba hasta el delirio al admirar mi cuerpo desnudo.

 

En su taller compuesto por una gran nave

todo parecía componerse con vino y sexo: el rojo, el anaranjado y el gris sobresalían sobre otros colores y la luz, al entrar por los amplios ventanales, se paseaba sobre las coloridas alfombras persas o turcas.

 

Las veladas con multitud de amigos

se alargaban hasta el amanecer y aquello –tan distinto de mis aburridas costumbres familiares- me llenaba de optimismo.

 

Algo que yo ignoro, debió pasar

y su comportamiento cambió radicalmente. Yo le toleraba casi todo como parte de lo que yo creía que era propio de un artista: las borracheras, su promiscuidad y su matinal mal humor.  

 

De repente

el gas carbónico empezó a brotar de sus ojos junto a los secos lagrimales, le escocía como el vinagre sobre heridas que no cicatrizan.

 

Agotadas ya las lágrimas,

las sustituía inútilmente por otras artificiales. Sus párpados caían como su rictus, ya de por sí un poco afectado por el alcohol y la alegría desapareció de sus hombros.

 

Sin embargo sus fuertes manos

se aferraban a un gran zurrón negro donde acumulaba objetos y penas. Se escondía detrás de gafas oscuras como la sepia en su propia tinta.

 

Todo en Serafín se convirtió en negro presagio.

La luz era, a sus ojos, médula de sombra y le llamaba la atención ver morir una pequeña mariposa en las bujías del amanecer.

 

Tenía frío bajo un arco

que separaba la existencia y la luz, que separaba cuanto habían olvidado

sus amantes y su último luminoso cuadro.

 

En su recuerdo ya quedaban pocos clústers

de la luz que lamieron en la apariencia de una eternidad de amor, y casi todos sus depósitos de alegrías estaban ya vacíos.

 

Estaba solo entre dos negaciones

como huesos abandonados de un cementerio ignorado y entraba el día por la mañana, en el rincón donde dormía, calcinada como su pelo.

 

Hasta había sido inútil la sutura negra

de una corta noche de verano y aunque ardía –ya el único placer- bañado en música rítmica, en intensa luz de neón, explicando sus penas a prostitutas, llenaba la noche de palabras incomprensibles.

 

Ahora su pasión

es la indiferencia. Escucha en la madera los dientes invisibles de la carcoma mientras yo admito el consuelo de sus amigos.

                                                                                       Elisa R. Bach
                                                                    Web: www.homeo-psycho.es

8 abr 2013

EL ORIGEN DE UNA NOCTURNA (Oración)

EL ORIGEN DE UNA NOCTURNA (Oración)

Algo de tu poliédrica vida

dio origen a un lamento que poco a poco se convirtió en oración.

 

Tú eras lo que entonces,

padres y profesores deseaban: una muchacha callada algo dormilona, delicada de salud y –cosa extraña- a diferencia de tus compañeras nunca te quedabas demasiado tiempo mirando por la ventana.

 

De la escuela –más trabajadora que lista-,

obediente y con pocos problemas, sólo recuerdas algunos pocos castigos que siempre consideraste injustos. La falta de confianza en ti misma la suplías con una cierta constancia y tozudez.

 

Leías todo lo que caía en tus manos

y algunas de aquellas lecturas te proporcionaron informaciones misteriosas: con sólo ocho años de edad supiste que el día de Mercurio era aproximadamente igual a su año.

 

Eso te inclinó a observar

a menudo los cielos nocturnos y durante el día quedarte embelesada con las blancas nubes alargadas como naves extraterrestres detenidas a las puertas de un Purgatorio, indecisas. 

 

Entretanto te ibas formando

en ideas y convicciones éticas indoblegables como botones de gabardina y te dedicaste durante un corto periodo de tiempo a

 

llevar una vida viajera

imaginando que los autobuses o trenes te transportaban de un lugar a otro como alfombras voladoras: somnolienta, fascinada, torturada por la belleza del mundo.

 

Después intentaste llevar, como todas,

una vida corriente con algún grado ganado en unas oposiciones completamente limpias.

 

Madrugones, metro,

café antes de comenzar la jornada, trabajo de oficina –contratación de energía eléctrica-, otra vez metro de vuelta a casa, sueño saciado con una corta siesta, eran cosas cotidianas.

 

Tuviste suerte: los profesores

de la facultad eran en general buenos en sus materias y liberales en los social:

 

te consideraron

uno de los suyos debido a algunas de tus convicciones democráticas y espirituales.

 

Tardaste años en aprender a leer

esos otros lenguajes que te ayudan a comprender la radiografía de tu propio esqueleto, la música de las glándulas endocrinas,

 

la fotografía de unas gruesas cejas,

los carcomidos pabellones auditivos, los hoyuelos en mejillas y barbilla; la escrófula en los labios.

 

Esos lenguajes, en general,

no interesaban a nadie, pero gracias a ellos comprendiste muchas cosas, latentes o movidas, en tu interior y te ayudaron a ver en los ojos de los demás intenciones inconfesables.

 

Pocas veces viajaste al extranjero,

pero aún llegaste a conocer la Rusia de la Era Brezhnev, las playas y acantilados de Normandía, los robles de la Berliner Eichentor y los lagos de la pacífica Suiza.

 

Coleccionaste en lugar de recetas de cocina,

multitud de fichas de plantas medicinales descritas por Linneo y destacaste algo en el ajedrez, pero abandonaste esa afición por ser poco femenina-  En cierto modo, mientras aprendías idiomas, eras feliz.

 

Leíste algunos libros -entre cientos de ellos-

que te ayudaron a fijar en tu ADN algunos conceptos modernos que momentáneamente te fueron útiles para sobrevivir en los momentos difíciles,

 

pero tus lecturas preferidos eran

las que te permitían mirar en tu interior y ahondar en el conocimiento de las antiguas brasas del universo; estudiar el vuelo de las abejas o la increíble adaptación de los caracoles al entorno.

 

Excepto el placer de las matemáticas,

no sacaste ningún provecho del resto de libros "científicos". La literatura te alegró –tanto la poesía como la prosa- muchísimas tortuosas noches.

 

Algunos profesores te recomendaron

los clásicos griegos como textos que podrían cambiar tu vida. Los leíste. Nada te cambió, lo reconoces, pero te permitieron una mirada distinta sobre la vida.

 

Tal vez no vivías –sólo subsistías-

o tal vez aquellos tiempos no eran otra cosa que una fase necesaria –psicológicamente- antes de pasar a otra en la que se ha de superar la maternidad; y,

 

en espera de tiempos mejores,

arrojada contra tu voluntad hacía algo, como una sombra en la pared, trabajaste en hospitales y editoriales, para ganar algo de dinero fácil para pan y papel.

 

Cómo explicar a tus hijos

que dedicabas grandes esfuerzos para no sucumbir a insinuaciones malignas, a no cometer estupideces y a no confraternizar con el más fuerte.

 

Cómo podías explicarles

que al despertarte empapada en sudor y ver el silencioso techo amenazando con derrumbarse encima tuyo debías escribir con tu mano fatigada hasta los tuétanos un conjuro contra los espíritus y una oración para una noche más plácida para ellos.

 

Una noche sin ofertorio,

sin consagración ni comunión. Ingenuamente sin sacrificios, exenta de espanto. Sólo de tu maltratado pecho podía salir un lamento lanzado a esa noche:

 

                 ORACIÓN  (Treno en la noche)

¡Oh noche!

 

"No te ruego que deshagas la oscuridad

de mi corazón ni de mi conciencia sino en la medida en que eso sea justo para que pueda alabarte, y en la Negritud la forma de lo que debe ser bendecido y en lo maravilloso de mi propio espíritu que ya tengo el fuego que sólo Tú has de encender".

 

"No conozco el nombre

o la palabra que exprese mejor el mundo desde el cual a partir de ahora te contemplaré y te adoraré, sumida en la profundidad de un negrísimo mar cuyos abismos son yo misma convertida en mar".

 

¡Oh noche!

 

"Durante veinticinco años

viví las noches con la misma naturalidad con que un niño cuelga cerezas como guirnaldas en sus orejas; y, no te invoco con palabras de alegría porque no tengo el tesoro del que se extrae esa antorcha; sólo levanto hacia ti mis manos de ceniza prematura y el reflejo que mi opacidad pueda dar de tu oscura luminosidad".

 

¡Oh noche!

 

"Para mí, hasta la luz ha sido tiniebla

en tanto no sentí la llamada a correr por los campos, a humedecer mis labios con esas gotitas de agua de vida a reconocer mis propios suspiros antes del amanecer. Ayúdame a encontrar una oración, un pensamiento o una palabra que convierta mis recuerdos en sentimientos".

 

                                                                                           Sylvia M. Folch

                                                                        Web: www.homeo-psycho.es