9 mar 2012

UNA GOTA DE TONICA ELIMINA LA FATIGA

Cap 5 de "TUS MEDICINAS"

UNA GOTA DE TONICA ELIMINA LA FATIGA

Capítulo 5.               DE ARBOL EN ARBOL

           AGUA TONICA

             (China rubra)

 

Me he atrevido a soñar

que aún podía haber una sonrisa

esperándome. ¡pobre ilusa!

Me he entregado a una nube

y haces que me sienta ridícula.

 

He aterrizado solemnemente

 

en este precioso barrio

que se esfuerza por ser acogedor,

-se perfuma el aire y el francés

se cultiva como los buenos modales-

donde todo se prepara

 

para fiestas sociales.

 

Aun así el bosque ciudadano

está lleno de refugios solitarios

preparados también para recibir

al agotado pájaro que vuelve

porque llueve y la tarde cae

y llega a su casa, al árbol.

 

Cuando se quita el vuelo de las alas

como ángel caído, lo cuelga en la rama.

Él, que tanto fue y vino de aire en aire;

él, que no espera de la tierra

ni una vuelta de más o de menos

 

alrededor del sol y no pide ya nada.

 

Cuando retorna a su silencio

de leñador sin bosque

y guarda el hacha,

el hacha errante de sus plumas

y su canto, con la esperanza

 

que las demás criaturas solitarias

 

respeten también su reposo.

Ya no le queda ahora más faena

sino afrontar la noche de negra tinta solitaria,

hasta que de la sombra vuelva el día

con la imagen de su amada

 

y su ávido milagro.                                                  Elisa R. Bach

 

A menudo sucede que tenemos nuestras medicinas tan cerca que no las vemos. En efecto, muchas personas trabajan en la hostelería, sufriendo largas jornadas sin poder sentarse. Esas personas por fuertes que sean acaban arrastrando una fatiga que puede llegar a cronificarse. Una gota de tónica Schweppes diluida en un vaso de agua (bebiéndola a pequeños sorbos) acaba con la fatiga propia del que trabaja de pie toda la jornada. 

 

 

La corteza del árbol de la quina (China rubra) se empleaba por los indios del Perú para tratar las fiebres intermitentes (fiebre cada dos días, cada tres, cada catorce, cada noche, etc…). En Europa se introdujo a través de miles de kilos transportados en las bodegas de los barcos que venían de América.

Como toda droga, al descubrirse, produjo los naturales abusos: al principio curaba rápidamente la fiebre, pero posteriormente la intoxicación de quina producía sus desagradables efectos. Cierto que los pacientes ya no se quejaban de su enfermedad original, pero su tez lívida terrosa, su tez abotagada y su mirada lánguida no eran precisamente señales de buena salud.

La dificultad para respirar, el abdomen duro y distendido no eran síntomas banales. Junto a una variada sintomatología los enfermos intoxicados por el abuso de quina perdían sentido del gusto y todo alimento (incluso el agua) parecía amargo.

A partir del siglo XIX la quina (o quinina) se empleó en dosis menores, mezclándola en vinos (quinados) y otras bebidas para estimular el apetito de las personas debilitadas.

Entre las bebidas en las que contenían quina tuvieron mucho éxito las aguas tónicas. Y en nuestros días se usan para la preparación de mezclas que "acompañan" al alcohol para producir efectos estimulantes. Para comprobar la aún excesiva cantidad (dosis tóxica) de quina basta con diluir, una gota de Tónica Schweppes (o de cualquier otra marca) en un vaso de agua. Después de haber tomado ese vaso de agua a sorbos la fatiga desaparece.

Las aplicaciones de esa medicina elaborada con la simple dilución de una gota de agua tónica en un vaso de agua, son numerosas:

·         Combate la fatiga por el exceso de trabajo.

·         Alivia las enfermedades que afectan a la cadera.

·         Recupera al enfermo con mayor rapidez.

·         Repone los líquidos corporales perdidos en un vómito, diarrea, sudoración o hemorragia.

·         Ayuda a combatir los trastornos de la menstruación.

·         Combate eficazmente las fiebres intermitentes traumáticas o hécticas.

·         Efectos nocivos del mercurio (ingerido al comer pescado)

·         Ruidos en los oídos.

·         Toda clase de anemias.

·         Vértigo

·         Hábito del tabaco

·         Efectos del abuso de té.

 

6 mar 2012

LO IMPORTANTE ES AMAR Y SER AMADO

Capítulo 19           Una ciega en Portofino

 

·         Sólo le sube la libido bebiendo vino

·         El clima húmedo cálido mejora

·         Debilidad en la cuarta edad

·         Enemigo del azúcar y los dulces

CAUSTICUM 200 CH

 

·         Avidez de responsabilidades

·         Libido muy fuerte

·         Fuerte deseo de alcohol y estimulantes

·         Deseo de sal y especias, incluso antes de probar la comida

NUX VOMICA 200 CH

 

·         Mejora junto al mar

·         Disposición a experimentarlo todo por sí mismo

·         Nula comprensión para las matemáticas

·         Fuerte deseo de sal

MEDORRHINUM 200 CH

 

En Portofino

 

Respiraste y escuchaste su aliento

como un placer solitario

que todos hemos experimentado,

sentiste ante las olas inquietas del mar

como el sol se posaba sobre tus párpados.

 

Escuchaste el vuelo de las gaviotas

 

por encima del horizonte,

como flotaban en el silbido del viento

y colgada de su dulce brazo

creciste como joven alondra en el amor.

Las horas de un tiempo inacabado

 

cuando todo parecía perdido

 

empezaron a transcurrir plácidamente

ante ese andar desnudo de tus ojos

invadiéndote la alegría repentina,

humedecidos todos tus poros,

ante el Mar de tus Sueños,

 

con la arena acariciando tus pies.

 

Sentiste más fuerte  que nunca

salir de tu pecho, ese grito

que pide besar a los que tenemos cerca.

La música de aquella Costa Liguria

parecía suave como un engaño puro.

 

Aquellas horas ya son indestructibles.

 

Amaste todo aquello: Las pecas sobre su piel

el brazalete que cerraba la manga,

aquella dulzura sin sombra

que entre unos mínimos dedos

como una evidencia de amor

 

erizaba el musgo sonrojado.

 

Allí en Santa Margarita decidiste

no renunciar a voz alguna,

abandonar tu antigua soledad,

adoptar un nuevo mar,

vivir en el más maravilloso de los mundos

 

y aceptar que sus ojos eran ya los tuyos

                                                                            Elisa R. Bach

 

Cuando Catherine nos cogió de la mano en Portofino, como un ritual, aspiró profundamente aquella brisa marina y mojándose los labios con su propia lengua como saboreando la sal adherida susurró como si hablase al viento: "Hay dolores aquí de todos los tamaños, y una pequeña semilla de felicidad en alguna barca entre ésas que veis. Tormenta a tormenta,  batalla a batalla se moldearon estas rocas. El clima suave y el calor del sol atrajeron a especies de plantas coníferas en las que se refugiaron miles de aves hasta convertirse en un rincón vivo  lleno de luz y mar".

 

Era maravilloso poder "ver" con el agudo oído y el fino olfato de una ciega aquel paisaje. Las descripciones que hacía de un paisaje imaginario de cualquier rincón visitado eran bellas como la traducción homérica de un poema y cada minuto al lado de Catherine era como una semana de primavera; nos subía la alegría por las venas como golpes de suaves olas.  A Yvette el clima de La Liguria le sentaba tan bien que parecía rejuvenecer. Se volvía más activa y lúcida como si El Mediterráneo con sus brisas cálidas le fortaleciera el corazón; su piel recuperaba tersura y las arrugas de su rostro se dulcificaban dándole el aspecto juvenil de años ya gastados.

 

Génova es una Ciudad que se desliza suavemente a caballo de las estribaciones de los Apeninos hacia el mar. Las calles de sus Barrios, abarrotadas de bloques de coloreados apartamentos  serpentean las laderas de aquellos montículos  como si quisieran, todos, tener vistas al mar. Su tradición marinera impregna toda la vida cultural. El acceso a Génova desde Ventimiglia se hace a través de decenas de túneles de una autopista construida bajo los antiguos caminos que conducían a Roma.

 

Visitamos varios palacios de Génova y deambulando por sus patios interiores Catherine daba la impresión de tener algún recado para las cenizas de quienes los habían construido. De vez en cuando se detenía y nos decía: ¿Oís esa música de Paganini, ésa que nos envuelve? Yvette y yo tragábamos saliva para aumentar nuestra sensibilidad auditiva y conteniendo la respiración el aire nos cantaba a través de los oídos de Catherine.

 

De color mandarina, con qué placer las he visto en pié sobre el gris veraniego de un ángulo que forman los muros de la Catedral, dedicada a San Lorenzo: las pancartas de los manifestantes, apoyadas sobre sus altas patas, como mosquitos. El gris atraía mi mirada hacia la fachada; allí el maravilloso instrumento que es ese edificio interpretaba el color que Catherine no podía ver, pero que intuía hasta en sus más íntimos matices. Pordioseras en sus gradas, una sentada en bajo, otra con un niño pequeño, a media altura, y arriba junto a la entrada una vieja que colgaba de sus muletas.

 

La música salía del interior de la Catedral y tomando impulso apareció arriba, en algún lugar de las bóvedas. Detrás, entre las bellas piedras almenadas del coro, brillaba entre oros y luces, el incienso, y se repartía lentamente entre todo aquello. Los sacerdotes se movían incesantemente a una distancia que aumentaban la arquitectura y las sombras, el rojo de los monaguillos reaparecía de vez en cuando. Yvette aturdida por tantos acontecimientos dentro de un mismo cuadro, desviaba la mirada hacia lo alto, alcanzaba a ver, a través de arcos y columnas, la oscura luminosidad de una antigua vidriera. Y por encima de todo ello la música que se mantenía en las alturas.

 

La Catedral es uno de los monumentos más ilustres de la ciudad. Su fachada, de franjas de mármol blanco y negras, posee tres portales góticos monumentales, adornados con esculturas (siglo XIII). Cerca de allí se halla el puerto que junto con el de Marsella fue, hasta que el de Barcelona lo superó, el más importante del Mediterráneo: por tráfico de mercancías, movimiento de pasajeros y amplitud de estructuras. Está caracterizado por la célebre Lanterna, antiguo faro símbolo de la ciudad. Después de aquella mañana las piernas nos temblaban a Yvette y a mí mientras que Catherine daba muestras de sus resistentes cuádriceps y gemelos.

 

Los principales rasgos del centro de Génova incluyen la Piazza di Ferrari, proyectada en la segunda mitad del siglo XIX, alrededor de la cual se encuentran la Ópera, el Palacio Ducal y la casa que los genoveses cuentan, como atractivo turístico, que allí nació Cristóbal Colón. Al atravesar la Plaza de Ferrari se puede ver la extraordinaria muralla de la ciudad y la famosa fuente circular con saltos de agua que en caso de viento hay que evitar a  menos que sea verano y no importe remojarnos un poco.

 

En la Piazza di Ferrari pudimos observar como florecen con el turismo los exclusivos restaurantes típicos de la región, así como también el Teatro Carlo Felice. Allí tomamos el autobús que nos llevó, como en una excursión, al barrio de Paleocapa donde unos viejos amigos de Yvette nos habían invitado a comer. Comimos poco, como todos los días porque queríamos reservar el apetito para las cenas abundantes en pescado, marisco y buenos vinos.

 

Recuerdo que aquella misma noche fuimos a cenar a una terraza frente al puerto de Santa Margarita. Fue una cena inolvidable en la que Yvette se desmadró bebiendo más vino de la cuenta y no paró de explicar chistes. Su euforia era contagiosa. Al llegar al hotel, situado a escasos metros del restaurant, no encontramos a nadie en la recepción. Cruzamos los pasillos llevando a Yvette agarrada por la cintura casi a rastras, entramos en la habitación, juntamos la cama individual a la de matrimonio y entre Catherine y yo la desnudamos entre risas, tumbándonos las tres como si regresáramos de una batalla. Situada en medio de nosotras Yvette, como una Diosa del Amor soltaba suspiros musicales como notas arrancadas a un antiguo piano tocado a cuatro manos. El vino nos había subido la libido como a unas colegialas.

 

Por la mañana Catherine nos despertó, aún con la euforia en sus labios, colmándonos de besos. Nos pedía con sus caricias renovar nuestro amor para convencerse de que aquello tan extraordinario que sentía con nosotras no era un sueño. En París se había acostumbrado a los paseos con Yvette. Por la mañana temprano Yvette me daba un beso y con Catherine colgada de su brazo comenzaba el habitual paseo matinal. Yo las observaba desde la ventana hasta que desaparecían tras la primera esquina. Yo me quedaba escribiendo con una satisfacción infinita de verlas cómo se complementaban.  Yo me había convertido en la encargada de todos los asuntos domésticos -y financieros-. Esas obligaciones las había tomado con sumo gusto porque aún me encuentro, a mis cuarenta años de edad,  con avidez de ellas.

 

Con los años voy aprendiendo a jugar con las posibilidades del futuro con silenciosa renuncia. A veces, repaso el ayer, sobre el anteayer, sobre los que recae el recelo de mi futuro, de nuestro futuro. ¿Quién no se asusta de él a menudo, cuando echamos sobre él una mirada descorazonada? Financieramente estamos muy bien. Catherine apostaba por hacer una sociedad entre las tres, pero finalmente se decidió seguir cada una con su patrimonio porque no es conveniente poner todos los huevos en el mismo cesto. A veces el futuro se presenta inquietante, pero ¿Quién está preparado para conocerlo de antemano? Aunque me parece muy buena la idea de Yvette de tener una casa como refugio en los lugares que más nos agradan, como si fueran simientes de árboles donde cobijarnos en un futuro no lejano.

 

En París no eran en verdad, Yvette y Catherine, "uña y carne", pero su vínculo cobró la peculiar forma de una alianza en la que incrementaron sus respectivas fuerzas creadoras, algo de lo que ambas eran plenamente conscientes y trituraban materialmente todos mis escritos. Yvette se los leía a Catherine en algún lugar donde yo no pudiera oírlas cuchichear, pero yo agradecía de todo corazón sus observaciones aunque de vez en cuando, regañándolas les repetía la famosa frase del pintor griego del siglo IV a C: "Zapatero, a tus zapatos".

 

Durante muchos años una de mis locuras era leer y leer, hasta altas horas de la noche. Por influencia de Yvette me lancé apasionadamente a otra locura, como un exceso de realidad: escribir, escribir y escribir. A veces mientras escribía notaba como se me humedecían las bragas. Era como pasar de un espacio de calma –la lectura- a una acción desenfrenada –la escritura. El cuaderno de notas y un bolígrafo eran dos herramientas para mí insustituibles en los viajes y más importantes que el peine o el cepillo de dientes aunque en Italia imprimí casi todas las notas en mi retina y en las proteínas de mi memoria.´

 

Después de visitar la Costa Liguria decidimos regresar a París pasando antes por Barcelona. Nos embarcamos junto a nuestro coche en el Ferry que va de Génova a Barcelona. Yvette ya había estado en esa ciudad que nació con los granados, donde una masa de jóvenes geniales con toda valentía y arrogancia, bajo la Hégira de Amilcar Barça se lanzaron a la construcción de un mundo en el que fuera posible perderse en lo carente de límites.

 

Recuerdo que durante ese corto viaje marítimo en mitad de la noche, sobre la cubierta del ferry y arropada por el abrazo de Catherine no veía del otro lado del horizonte un cielo. Contemplaba unos ojos tranquilos, poderosos, que aquietaban a las aguas feroces que delante de nosotras bramaban y a través de ellos podía mirar esa cascada de luces de la costa catalana que descienden de las estribaciones del Pirineo como de una boca hasta el pecho, hasta unas manos firmes, finitas, que parecen contener y atesorar este mundo.

 

No vimos estrellas durante la travesía. El techo de la noche estaba lleno de oscuridad rota por el fuerte rumor de las olas. Aún no había amanecido cuando nos calentábamos las manos con el termo. ¡Qué delicadeza la de Catherine! Hasta al acercarse la taza de café a los labios parecía estar mordiendo el fruto del árbol de la vida.

 

Acosada por la ansiedad y un mal disimulado entusiasmo crítico, que en algún momento de su vida debió significar vitalidad para ella, Catherine nos había elegido, en aquel viaje a la Costa Liguria, a Yvette y a mí como su familia. Había escogido, al igual que yo, irreversiblemente, el camino en el que lo importante es amar y ser amado.

 

5 mar 2012

PEQUEÑOS PARQUES DE BARCELONA. Francesc Estival ha compartido un álbum contigo

Hola amigo/a
Hoy valía la pena abrir los ojos.

 Como una lluvia de adversidades, día a día nos enfrentamos con una rutina que nos provoca angustias. La luz se apaga cuando las malas sensaciones se apoderan de nuestra vida.

 Las sensaciones son nuestras, y, sin embargo, nosotros no somos las sensaciones. Hay que dominarlas y aprovecharlas para forjar nuestro deleite. Son como un camino pesado dentro de un desierto que nunca se acaba, pero dentro del cual podemos llegar, de vez en cuando a  algún oasis. El lugar de reposo, deseado, es como construir la sincera conclusión de que "hoy valía la pena abrir los ojos".

 Para demostrarte que hoy ha valido la pena abrir los ojos, te hago llegar unas cuantas fotografías del Parque del Putxet. Otro día iré intentaré ir más lejos.

                                                                                             Traducción de Leo P. Hermes


Hola amic/ga

Avui valia la pena obrir els ulls.
Com una pluja d'adversitats, dia a dia ens enfrontem amb una rutina que ens provoca angoixes. La llum s'apaga quan les males sensacions es fan mestresses de la nostra vida.
Tanmateix les sensacions són nostres, però nosaltres no som de les sensacions. Cal dominar-les i aprofitar-les per forjar la nostra felicitat. Un camí feixuc dins un desert que mai s'acaba, però dins del qual podem arribar a alguns oasis. Un lloc de repòs és construir-nos la sincera conclusió que "avui valia la pena obrir els ulls".
Per demostrar-te que val la pena obrir els ulls, et faig arribar unes quantes fotografies del Parc del Putxet. Un altre dia aniré més lluny. 
Francesc Estival
----- Mensaje reenviado -----
De: Francesc Estival <estivilar@gmail.com>
Francesc Estival te ha invitado a ver una fotografía de su álbum de fotos: Parc del Putxet (Barcelona) 04-03-2012
Parc del Putxet (Barcelona) 04-03-2012
04/03/2012 de Francesc Estival
Si tienes problemas para ver este correo electrónico, copia y pega lo siguiente en tu navegador: https://picasaweb.google.com/lh/sredir?uname=estivilar&target=ALBUM&id=5716148740458926369&authkey=Gv1sRgCKHBuL-uq7WblgE&feat=email

3 mar 2012

LA LECHE DESNATADA

Capítulo 4 de "TUS MEDICINAS"

LA LECHE DESNATADA (Capítulo 4 de "TUS MEDICINAS")

Capítulo 4.                     LA LECHE DESNATADA

                                             (Lac defloratum)

Blanco atardecer

 

Ese atardecer, ese fragmento de playa,

donde tantas veces de niña

remojaste tus pies,

brillaba extraño, claro,

como entregado ya a la primavera,

 

aunque fuera apenas mediado el febrero

 

con los almendros blancos

preparándose para marcear.

La flor del cielo formaba sólo

umbelas azules y blancas nubes

como por equivocación;

 

dorados también los rostros

 

de los que se sentaban

a nuestro lado, frente a la puerta

azul del blanco del refugio,

la luz aún lejos del cénit caía

y dibujaba en ellos

y en nosotros una sonriente dicha.

 

De este modo, también a ti

–que pronto y siempre sentiste lo gris,

más con cada año- surgió un sentimiento

que algo poco a poco azuló,

y que, durante una hora,

 

olvidó toda tristeza o dolor.                                            Elisa R. Bach

 

Martina trabaja en una pastelería despachando pan. Es un trabajo duro y necesita estar ágil para ir de un lado a otro sirviendo además cafés porque el antiguo establecimiento destinado a panadería se ha ido modernizando hasta el punto que se despachan desayunos y bocadillos a la hora de la comida.

Martina es de caderas muy anchas y gruesas piernas, mientras que el resto del cuerpo (de cintura para arriba) es más bien delgada. Esa estructura muy común en muchas mujeres muestra una insuficiencia de la corteza suprarrenal y por lo tanto una tendencia al cansancio y a la fatiga aunque no se realice ninguna tarea.

Tomando todas las mañana un vaso de agua en la que se ha diluido una gota de leche desnatada Martina realiza todas sus obligaciones durante la larga jornada sin problemas de fatiga.

Está ya muy extendida la idea de que la leche en general es nociva para la salud. Basándose en la intolerancia que muchas personas sufren ante la ingesta de lactosa todas las empresas productoras de leche se lanzaron a ampliar la oferta de sus productos lácteos preparados con leche semidesnatada y altamente desnatada. Eso ha aumentado el consumo de esos productos porque son mejor tolerados, pero contrariamente a lo que se cree no son tan buenos para la salud como nos quieren hacer creer.

En efecto, LA LECHE DESNATADA ENGORDA y PRODUCE DIABETES

Una gota de leche desnatada diluida en cada vaso de agua que tomemos nos ayuda a adelgazar y a tratar la diabetes que se manifiesta con gran sed.

El dolor de cabeza que se acompaña con náusea y estreñimiento también se puede aliviar del mismo modo que la depresión con llanto y palpitaciones.

Las indicaciones del gran poder medicamentoso que tiene una gota de leche diluida en un vaso de agua están bien claras, pero es conveniente recalcar que en general la leche es uno de los productos que se deberían prohibir a las personas hidrogenoides (sensibles a la humedad y que retienen líquidos) y a las frioleras.

La ingesta de leche desnatada produce fatiga tanto si se hacen esfuerzos como si no se realiza ninguna actividad.

Otras indicaciones importantes de una gota de leche desnatada diluida en un vaso de agua son

·        Pérdida de memoria

·        Ataques de desmayo

·        Vértigo que se agrava acostado

·        Dolor severo encima de los ojos

·        Aliento ofensivo

·        Anemia a pesar del exceso de peso

·        Visión borrosa

·        Palidez mortal en la cara (rostro hipocrático)

·        Globo histérico que sube del esternón a la garganta

·        Asma de tos corta con dificultad de expectorar

·        Somnolencia diurna 

 

1 mar 2012

DE EXCURSIÓN

Capítulo 17   Como después de un coma

 

·         Adelgazamiento rápido de los frioleros

ARSENICUM ALBUM 200 CH

·         Después de un coma o para prevenirlo

OPIUM THEBAICUM 200 CH

 

Sales de las salas del hospital,

sientes que abandonas una cárcel de cristal;

todo te parece lleno de luz.

Sabes que tus alas son cortas,

lentamente te dispones a volver a casa.

 

Has estado extraviada demasiado tiempo.

 

Como un canto fuiste tú, 

y tu aliento como una rima,

aún resuena en tus oídos como en una gripe.

De nuevo vuelves a estar sencilla y muda,

mientras tu voz descansa.

 

Tu semblante se hundió

 

rogando y mendigando horas.

Fuiste como un vendaval para los otros,

cuando con espasmos los llamabas.

Estuviste lejos, más allá de la estratosfera,

donde están los ángeles,

 

girando alrededor de una estrella,

 

donde la luz se disuelve en la nada;

oscurecida, en lo profundo de un coma.

Pediste a los ángeles el último soplo

en la orla de su copa;

suplicaste poder salir del ramaje

 

que para esas criaturas aladas es un sueño.

 

Te decían bajo dieciséis coros

que te darían más luz que tu mar;

huiste de ese destino como Lucifer

a ser su vecino en Cadaqués

junto al sol, el viento y los olivos

 

como otra clara Diosa del tiempo

 

que despierta con dolor en los oídos,

amainado ya el viento,

con el silencio invadiendo la playa

después de la terrible tormenta,

vas riendo y gritando; crees en la dicha

 

de tu tiempo y en su poder te apoyas.                          Elisa R. Bach

 

Nuestros paseos por París casi siempre acababan comprando bolsos, zapatos, cuadros, libros y revistas de decoración y moda, ropa de toda clase –de invierno o verano- vestidos prêt a porter, lámparas de mesa, muebles auxiliares, cerámica. Íbamos una vez al cine cada quince días y una vez al teatro por lo menos cada tres semanas. Yvette estaba empeñada en enseñarme todos los restaurantes que ella conocía y salíamos regularmente a comer tres días a la semana a locales sitos en Montparnasse o en la gran arteria formada por Les Grands Boulevards.

 

Ante toda esa orgía de consumo yo pensaba en mi infancia donde el consumo era casi nulo. Recuerdo que seguía a mis primos en sus correrías detrás de algún hombre que acababa de llegar al pueblo sujetando a alguna vaca nerviosa del ronzal. Nos sentábamos en la acera de enfrente y nos distraíamos viendo aquella escena, asombrándonos  de como el animal gemía con fuerza, babeaba y soltaba espuma por la boca. Aquello era tan extraordinario que nos olvidábamos del hambre que retorcía nuestros pequeños estómagos.

 

No nos perdíamos detalle de todo lo que se podía mover en la calle, mirábamos con respeto y algo de miedo a aquellos hombres que, atravesando el pueblo, llevaban sobre un mulo botijos y cazuelas de barro. Eran escenas hasta cierto punto hermosas porque rompían la monotonía de unos días que nuestros mayores hacían esfuerzos por olvidarlos. Cuando volvíamos a casa, ya avanzada la tarde, sin haber comido nada más que las manzanas que habían robado mis primos en un huerto cuyas brancas se hallaban cercanas a la valla.

 

No es posible olvidar cómo al bajar la cuesta hacia la casa de mis abuelos mi padre bajaba a grandes zancadas desde la calle contigua con un periódico bajo el brazo y no parecía molesto por el hecho de que yo hubiera estado tanto tiempo "lejos" de mis hermanos al cuidado de mis primos y casi parecía estar contento con nuestra "unidad" y nuestra suciedad de rodillas, manos y zapatos.

 

Siempre vi que todos mis primos amaban los animales: gatos, perros, cabras o tortugas eran siempre objeto de caricias. Constituían esos animales un bien preciado y el nacimiento de cachorros era celebrado por todos mis primos porque era una oportunidad de hacerse con algún animal de compañía y ver como crecían aquellas crías constituía uno de los mejores entretenimientos.

 

Era apasionante ver como Pau, un niño algo mayor que yo, tomaba un pedazo de madera nudosa que había encontrado en la cuneta de la carretera y lo mecía despacio en la mano derecha. Desesperado, anticipándose al instante de lanzarlo, su perro bailoteaba delante de él. No apartaba ni un instante los ojos relucientes del palo. Al arrojarlo al agua, aquel hambriento can ladraba alborozado y desapareciendo al zambullirse en el agua debió olvidarse de su estómago. Pau le chillaba como para darle ánimos. Casi sumergido por completo y con el palo en la boca el perro fue nadando hasta la orilla y salió del agua. Se sacudió la pelambre espesa y nos roció de agua. Pau, partió su bocadillo en dos trozos y le dio a su perro la mitad de su almuerzo. El perro, habiendo superado la prueba, esperaría, con toda seguridad, pacientemente, al día siguiente para repetir la tarea.

 

En los tiempos de la facultad la cosa era diferente. Los pantalones "tejanos" se pusieron de moda gracias a la película "Los Cañones de Navaronne" en la que Gregory Peck los exhibía en muchas de sus escenas. Durante el invierno era necesario llevar debajo de aquellos "Blue Jeans" unos buenos leotardos si no querías que se te helasen las piernas. El jersey "Vespa" (el jersey con la cremallera central) lo puso de moda Rock Hudson a través de la película "Cuando llegue Septiembre" en la que en una moto Lambretta alquilada paseaba por Roma con el mencionado jersey y la Gina en la grupa. En Vacaciones en Roma también salía Gregory Pech montando en la grupa de una Vespa conducida por Audrey Hepburn Los Beatles pusieron de moda los abrigos cruzados azul marino propios de los marineros y Humphrey Bogart se encargaba con sus películas de que toda la juventud quisiera fumar.

 

La moda del traje con corbata de los funcionarios y de los trabajadores de banca provenía de las películas italianas de Alberto Sordi y la moda de los descamisados venía de Francia a través de las películas de Jean Paul Belmondo y la elegancia venía de la mano de Catherine Deneuve. En esa época el consumo de vehículos nuevos se reducía a los Dos Cavallos y al seicientos, minoritariamente el Simca 1000, el Dodge Dart y el Seat 1500.

El mercado de las motos se lo repartían entre Moto Vespa y Lambretta.

El resto era prácticamente residual.

 

En cuanto a los libros y discos, el consumo se disparó y también los robos frecuentes en el Corte Inglés, en la Librería Castells y en la Bastinos. Recuerdo que por la Facultad deambulaba un individuo de mote "El Pistolas" que ignorábamos si era estudiante o no porque en esa época la Universidad era libre y a las aulas acudían personas en calidad de oyentes sin pagar matrícula. Aquel individuo robaba por encargo un libro, una máquina de escribir o un disco y te lo vendía a precio de saldo.

 

En esa época existía en el sótano de la Facultad de Ciencias una sala en la que un cartel a la entrada decía "Discoteca". Allí se podía escuchar música casi exclusivamente clásica mediante auriculares. Evidentemente aún no existían las discotecas (versión moderna de los antiguos bailes de salón) que luego se extenderían por toda la geografía como la pólvora ardiendo.

 

En clubs de ajedrez o billar, se consumían los calientes que eran coñacs quemados con dos o tres granos de café para aromatizarlos y Cacaolats. Los futbolines era una distracción reservada a gente más humilde. El consumo de instrumentos musicales era casi en exclusiva del dominio de la guitarra. Minoritariamente la harmónica se tocaba entre excursionistas. El piano era propio de familias muy acomodadas y muy escaso.

 

Cuando recuerdo que el ideal de un estudiante era conducir una Vespa, un libro de Althuser en la guantera, llevar el jersey con cremallera y tejanos; tomar algún caliente o Cacaolat en el bar de la Facultad y un ticket para comer en los comedores universitarios no puedo evitar sonreír y recordar la ternura de una juventud sencilla y optimista, pero de ella surgió la nueva Barcelona como un regreso de granadas.

 

Las chicas nos conformábamos con haber abandonado el uniforme a cuadros y los calcetines grises y mezclarnos con los chicos en los conciertos de Raimón, de Los Sirex  y/o Guillermina Motta y en las mesas del bar de la Facultad a "escuchar" los proyectos de aquellos, aún barbilampiños, que hablaban y hablaban, pero que enmudecían ante un beso dado con fuerza en el asiento posterior de un seiscientos aparcado en el rompeolas del puerto, junto a los Baños de San Sebastián. Nos apuntábamos a las excursiones que organizaban nuestros compañeros porque era la única manera de obtener el permiso de los padres para pasar la noche fuera de casa y dormir junto a los agotados cuerpos masculinos. Recuerdo una de aquellas aventuras con verdadero placer.

 

Fuimos en tren hasta El Figaró. Desde allí, inclinados para afrontar la pendiente del sendero, con las mochilas cargadas en exceso como si fuéramos a escalar el Himalaya, comenzamos la ascensión hacia el pico del Matagalls. Una vez coronada la cumbre comenzábamos a atravesar el Pla de La Calma. Los chicos no paraban de conversar compatibilizando los dos idiomas. En medio de aquella llanura nos sorprendió una tormenta de granizo. Aquellos auténticos huevos de hielo caían sobre nuestras cabezas protegidas por las mochilas. El cielo se oscureció hasta el punto de simular una noche.

 

Por suerte encontramos un refugio hecho con piedras por algún payés de la zona. Dentro había un tronco donde sentarse y paja suficiente como para improvisar una cama. Recogimos en potes unos cuantos pedazos de aquel hielo que nos sirvió de agua para hacer una sopa. Nos tumbamos, apretujándonos, pelados de frío, pero el abrazo a un compañero me producía un placer que me hacía olvidar el frío. No pegué ojo en toda la noche porque no quería perderme el aliento de mi compañero a tan sólo unos centímetros de mi boca. Sin atreverme a mover un dedo para no despertarlo apreté una y otra vez mis piernas para que la titilación que me llegaba hasta los pezones culminase en ese gozo tan especial que  alegraba de vez en cuando mi ánimo.

 

Al día siguiente, después de atravesar el Pla de la Calma, llegamos a Sant Marçal del Montseny, devoramos casi todos los bocadillos y latas de conserva que llevábamos en las mochilas y pasamos otra noche en un cobertizo, tan apretujados como la noche anterior. Xavier ya era un compañero casi fijo que me iba explicando palmo a palmo todo el trayecto que habíamos hecho y lo que nos faltaba aún de la excursión. Aquella segunda noche ya mi cara rozaba los labios de mi compañero. Tampoco pegué ojo en toda la noche y al amanecer, con las primeras luces pude ver el rostro de Xavier mientras dormía. No me pude contener. Lo desperté con un beso suave y tímido y me sentí morir de placer cuando él me respondió.

 

Después de consumir el último bocadillo de tortilla, reanudamos nuestro camino subiendo primero a Les Agudes (el pico más alto del Montseny), al Turó de l'Home después. Allí nos refugiamos de la lluvia en el observatorio donde aquel encargado de recoger datos para los servicios de meteorología, nos vendió unos cacaolats calientes que nos reanimó. Aquel hombre vivía continuamente sólo en el observatorio y curiosamente –nos contó- que tenía diez hijos. Por la tarde, descendimos por una tartera hasta el Poble del Montseny. Allí tomamos un autobús hasta Sant Celoni donde tomamos el tren de regreso. En aquellos tres días perdí cuatro kilos en el bello Parque Natural del Montseny. Los tejanos me caían de holgados que me quedaban.

 

Al principio de vivir en París me chiflaba viajar y los recuerdos del Viaje a Armenia, a la península del Cap de Creus o las correrías que hacíamos Yvette y yo por toda la Bretaña y por la Normandía forman parte ya de mi ADN, pero con el tiempo me fui dando cuenta que el viajero de hoy, ya no va a ver, sino a cumplir lo que desde el principio había sido su deseo más íntimo y oculto: Va a ser visto. Conseguirlo es lo que le distingue. El explorador antiguo raras veces tenía la oportunidad de presentarse ante el público en el momento de alcanzar su destino. Se veía obligado, por lo tanto, a construir un relato, a transformar su experiencia primero en literatura, después en fotografía o en cine.

 

En nuestra civilización panóptica (es decir, de la imagen) –me parece-, sin embargo, todo puede ser visto de inmediato, incluso el futuro, y así, el expedicionario se ha convertido en poco más que un apéndice de la cámara que transporta. Yvette opina que el punto de inflexión entre el ver y el ser visto se manifestó con la (supuesta) llegada del hombre a la Luna: llegada a un lugar donde no hay absolutamente nada que ver, con el único propósito de ser visto por todos. En realidad no es el hombre quien llega a la Luna: es la televisión.

 

Desde entonces, todo paisaje se transforma automáticamente en decorado del sistema panóptico (lo que se corrobora en el mito popular que afirma que la llegada a la Luna no es sino un montaje, una película de ficción), y el único propósito de estar en un lugar en particular es que desde allí se es más visible. Eso explicaría –siguiendo los razonamientos de Yvette- que el turismo (como consumo) tiene un gran porvenir.

 

Después de la etapa consumista que vivimos Yvette y yo gracias a la fortuna que le correspondió por su divorcio creo que el desarrollo científico ha alejado nuestras ideas sobre la descripción de la realidad, pero la ciencia no puede ni siquiera sugerirnos cómo vivir. Por lo menos a mí. Y en cuanto a Yvette, siempre decía que necesitamos un "entorno a nuestra medida". Al principio no la entendía muy bien, pero poco a poco es una idea que ha ido calándome "sans hatte mais sans arrête" (sin prisa, pero sin pausa).

 

Esa falta de premura en realizar proyectos es uno de los descubrimientos que más me ha ayudado emocionalmente durante todos estos años. No tener prisa es una sensación desconcertante en un mundo que se precipita en todos sus dominios, desbocadamente, sin rumbo. Además de desconcertante es agradable.

 

MIEDO ALEMÁN AL CONTAGIO GRIEGO


Asunto: ZORBA, EN LA CALLE ! ! ! Con audio

 

  Hay que verlo..........  es otra cosa¡¡¡¡

 

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