Enviado: Domingo 14 de agosto de 2011 19:26
Asunto: Francesc Estival ha compartido un álbum contigo
Francesc Estival te ha invitado a ver una fotografía de su álbum de fotos: Bretanya, vacances 2011
Bretanya, vacances 201102/08/2011 de Francesc EstivalSi tienes problemas para ver este correo electrónico, copia y pega lo siguiente en tu navegador: https://picasaweb.google.com/lh/sredir?uname=estivilar&target=ALBUM&id=5640742376262245217&authkey=Gv1sRgCMmHoezNhd-6nQE&feat=email
28 ene 2012
LA LECCIÓN DEL MONT SAINT-MICHEL: Francesc Estival ha compartido un álbum contigo
27 ene 2012
LA RUTA DE JOSEP PLA Fwd: Rv: Francesc Estival ha compartido un álbum contigo
From: FRANCESC ESTIVAL <estivilar@yahoo.es>
Date: 2012/1/27
Subject: Rv: Francesc Estival ha compartido un álbum contigo
To: Cap i cua Joan R Riera <johannboss@gmail.com>
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De: Francesc Estival <estivilar@gmail.com>
Para: estivilar@yahoo.es
Enviado: Lunes 4 de julio de 2011 11:59
Asunto: Francesc Estival ha compartido un álbum contigo
Francesc Estival te ha invitado a ver una fotografía de su álbum de fotos: 03-07-2011 Ruta Josep Pla
03-07-2011 Ruta Josep Pla03/07/2011 de Francesc EstivalSi tienes problemas para ver este correo electrónico, copia y pega lo siguiente en tu navegador: https://picasaweb.google.com/lh/sredir?uname=estivilar&target=ALBUM&id=5625425874778204961&authkey=Gv1sRgCJfIsqul1u_WqgE&feat=email
25 ene 2012
Rehacer la vida después de un accidente (cap 13 DE barcelona nació con los granados)
Capítulo 13 Sobre la recuperación del accidente
· Pérdida rápida de peso.
· Dificultad de cicatrización de los vegetarianos.
· Imposibilidad de estar solo.
· Necesidad de permanecer con la mano cogida.
· Miedo a medianoche.
· No soporta el invierno y mejora en verano.
ARSENICUM ALBUM 200 CH
Rehacer la vida
Ocho días estuviste debatiéndote
entre la vida y la muerte.
Decidiste vivir.
Durante dos meses todos creyeron
que no volverías a andar:
tus vértebras, sin embargo, se soldaron
y otros fragmentos de tu cuerpo
se reconocieron y cicatrizaron.
Todo eso estaba sobre ti
y era el mundo
incluidas tus angustia y gracia.
El recuerdo de ese viaje al Mont St Michel
con el que habías soñado
tantas veces como hojas tiene el calendario
no se borrará jamás de tu memoria:
Perdiste esposo y dos hijas
y, momentáneamente, tu movilidad
dándote la sensación
de que has perdido el mundo.
Ahora paseas por el parque,
bajo la vigilancia de tu enfermera;
con paso lento avanzas entre árboles
y brisa fresca que arranca perlas
de tus ardientes ojos
y el fondo del paisaje pierde nitidez.
En tu imaginación ves una figura masculina
cuyos andares te son familiares.
Tan fuerte es tu deseo
de apoyarte en un hombro amigo
que crees que es sólo una ilusión.
No obstante, un hombre sigue avanzando
hacia ti apoyándose en un bastón
fruto de su propio accidente.
Es Él.
El único que sabes que puede venir.
ya lo real se confunde con la imaginación
la que quiere traicionarte;
sonríes y las lágrimas alcanzan tu rostro
tu corazón palpita tan fuerte
que se puede oír a distancia.
No viene a devolverte nada
ni a echarte discursos
ni a recordarte viejos tiempos.
Sabes que no habrá tampoco reproches
y te bastarán sus tiernas miradas,
su cálida mano estrechando la tuya
y, besando los tuyos, sus labios.
Elisa R. Bach
Cuando vi a Yvette en aquella sala de luz pálida, entubada, recibiendo oxígeno artificialmente de un balón marrón y una botella de suero inyectándole intravenosamente el agua y la sal, sentí de repente un soplo en mi rostro, como viento alrededor de mis oídos, lo sentí también en mis manos y noté como se me abrían desmesuradamente los ojos. La ventana de aquella habitación estaba bien cerrada. Reconocí literalmente todos aquellos pequeños segundos, igualmente tibios, uno igual al otro, pero rápidos, rápidos. Estuve a punto de desvanecerme. Mi corazón parecía negarse a inyectar presión a mis arterias. Me senté en la cama y le tomé la mano. De sus ojos salieron dos lágrimas como si supiera que yo estaba allí. Me acerqué a su oído y besándole suavemente le susurré: "Je suis la. Je t'aime".
Me levanté para acercarme a la cama un pequeño sillón y me dispuse a pasar junto a ella aquella noche, pero las sorpresas no habían terminado. Bajo mis pies había también algo que parecía en movimiento, no un movimiento, varios movimientos que oscilaban de modo singular de uno al otro: mis pies estaban helados de terror. Yvette, aun estando inconsciente debido la anestesia, era capaz de prever todas las neuralgias que le aguardaban cuando los efectos de los opiáceos desaparecieran. Estaba –lo supe- fuera de sí de rabia. Pero eso la mantenía viva.
A media noche sufrí un ataque de pánico. De la frente de Yvette salía un líquido viscoso amarillento que tenía la almohada y ese color me trajo malos presagios que me paralizaban en mi sillón. Noté como mi barbilla caía y me tenía que secar la saliva que brotaba involuntariamente de mi boca con la manga de la chaqueta. De pronto sentí que todo en mi vida se oscurecía otra vez como cuando me marché de Barcelona. Inquieta, busqué su mirada, pero ella no buscaba la mía. Sus ojos no podían atravesar sus párpados.
Algo me decía que aquello era como un mal sueño. Intenté calmar mi ansiedad pensando en los recursos que Yvette me había enseñado. Intenté repetir las palabras de Descartes al final de su vida: "Toda mi vida ha estado plagada de desgracias, la mayoría de las cuales no sucedieron nunca". Repetí en voz alta uno de sus pensamientos: "Quejarse del dolor es como lamentar la pereza de los muertos". Intenté sonreír.
No sabía qué hacer y, al mismo tiempo, no podía estar pasivamente mirando como la persona que me amaba por encima de todo se debatía entre la vida y la muerte. Cogí un periódico de la sala de espera y en su portada escribí:
En esta medianoche de invierno
mi vivo amor está inmóvil.
Afuera los pájaros prefieren no volar
y el alma roe en el paisaje
como un barco roza el muelle
al cual está amarrado.
Los árboles parecen agonizar
nos dan la espalda.
La altura de la nieve se mide
con centímetros de carpintero.
Las huellas sobre la nieve
cobijan tristeza y soledad
y llegan hasta esta ventana
que enturbia el paisaje.
El trabajo se detiene y yo levanto la vista
buscando colores que ardan,
esperando que todo se dé la vuelta.
Mi amor y yo vamos a dar otro salto Elisa R. Bach
De nada sirve repaginar, darle vueltas a lo ocurrido, a las causas últimas del accidente y, sin embargo, no podía evitar pensar en ello, obsesivamente, como si en alguno de los detalles se hallase la clave del misterio que llevó a la muerte al exmarido de Yvette y a sus dos hijas.
En el hospital, una enfermera me explicó lo que sabía sobre cómo sucedió el accidente. Escuetamente, me dijo que el coche en el que iban se salió de la carretera; probablemente patinó sobre una capa de hielo. Realmente, sólo Yvette podría explicar con detalle qué pasó exactamente.
Yo aguardaba pacientemente, a pesar de mi ansiedad, a que Yvette despertara porque estaba convencida de que ella sólo estaba al otro lado de la puerta del Jardín, y, que el relámpago de la vida aún no se iba a extinguir, como en un poema.
Durante cinco días y cinco noches estuve velándola esperando el mínimo indicio de recuperación. De vez en cuando miraba por la ventana como si entre las voces de los pájaros pudiera producirse algún sonido familiar precursor de otra primavera junto a Ivette. París en enero fascina no menos que un puerto de la Costa Brava azotado por el endemoniado viento de una tramontana. Algo me decía que tuviera calma, que todo podía cambiar de un momento a otro.
En efecto, al mediodía del quinto día, Yvette abrió los ojos con la dulzura de siempre. Y comprendía. Todo lo ocurrido permanecía bajo el silencio de sus labios, pero yo supe que lo recordaba con pelos y señales. No le hice ninguna pregunta, sólo le besé los labios. Su mano apretó la mía, sin fuerza, pero la señal era inequívoca. A los pocos minutos decía algunas palabras que sólo yo entendí.
El exmarido de Yvette aceleró el coche hasta ponerlo a doscientos kilómetros por hora y al llegar a la curva ni siquiera hizo ademán de virar el volante. Fue un crimen planificado incluso con su suicidio. Su intención era que murieran los cuatro, Pero Yvette con treinta y tres huesos rotos sobrevivió.
Yo estaba al corriente del contenido de la Sentencia a propósito del proceso de divorcio que Yvette había mantenido durante años con su marido y cuyo Fallo a favor de ella significaba que él le tenía que ceder prácticamente la mitad de todos los inmuebles que se habían adquirido durante el tiempo que permanecieron casados, además de un auténtica fortuna en metálico.
Ese Fallo judicial fue interpretado por el marido de Yvette como una humillación y después de firmar toda la documentación necesaria, adoptando el aire de una persona civilizada que aceptaba –casi alegremente- la Sentencia, se ofreció para acompañarlas de regreso París. En una de las rectas, debió sentir las punzadas en el pecho de la rabia contenida, lanzó el lujoso Mercedes a toda velocidad y se salió a la primera curva. El auto se estrelló contra los árboles después de múltiples vueltas de campana.
Comprendí de forma dolorosa, y no a través de los libros, que detrás de cada crimen hay una situación de humillación que el que la vive se ofusca hasta el punto de no amar su propia vida. Con el tiempo necesario se le ha ido enviando al cerebro de la persona afectada mensajes de peligro que no son atendidas porque la egolatría –normalmente bañada en alcohol y tabaco- es más fuerte que la inteligencia. Se menosprecia al enemigo pequeño que precisamente por no poder enfrentarse directamente va maquinando y creciendo en la sombras. Yo misma pude comprobar que la humillación abre unas heridas en el alma que tardan años en cicatrizar.
Me despedí con gran pesar de la fábrica que me había dado una profesión y me convertí en la enfermera de Yvette. Durante dos largos años compartí el dolor, día a día, con la persona más maravillosa del mundo. También eso fue placentero. A veces Yvette soltaba auténticas culebras por la boca mientras hacía los ejercicios de recuperación transmitiéndome a mí toda la rabia que llevaba dentro –que no era poca-. Después de esos ataques de intolerable dolor, se tomaba una dosis de Chamomilla 30 CH, se relajaba y me comía a besos, pidiéndome perdón.
Ya lo ves –decía- estoy hecha una piltrafa, pero una piltrafa millonaria… Te tengo a ti. Efectivamente cuidarla día y noche fue tan placentero como amarla: el dolor y el sacrificio fueron asignaturas que también aprobé –me siento muy orgullosa de ello- Yvette se recuperó casi totalmente y decidimos comprar una pequeña casa en el puerto de Dinan. Solíamos pasar allí semanas enteras, paseando por la vieja Rue du Port.
24 ene 2012
ELISA CANTA A GALICIA CON UN POEMA
La Atlántida
Feliz, como la enorme Barca
con su Calderón, como el meandroso
Guadiana con sus ojos,
la bella Arosa con su Villagarcía
contrasta con la gótica Compostela,
con su Santiago y el tranquilo Obradoiro
con su plaza y la enojada Morte con su Costa.
La preciosa y dulce ría convive
con el duro Porriño
tan enamorado de sus granitos
como las meigas de Manuel Rivas
o como las complicadas matemáticas
abrazadas a su Profe
calculando distancias no euclidianas
para saltar de un pueblo a otro.
Se elevan como puntos máximos
por encima de las nubes,
a vuelo de pájaro describen La Atlántida;
desde La Toja a las Cíes con sus islas
computan a los grandes espíritus
-atlantes y luchadores,
sumergidos y no sumergidos-
y cantan el hundimiento de la tierra,
el continente desaparecido.
Aún queda de La Atlántida
el aliento poético de Galicia
y de Verdaguer que cantó su dolor
y su desaparición bajo las aguas.
Aún resuenan las voces por pueblos
y espacios de los gigantes
que sobre sus hombros soportan
lluvias, vientos y naufragios
y protegen carballeiras y hórreos
como los de la Sierra do Courel
con su Aldea de tejados cenicientos.
Vigilan el atardecer como el Faro Vilano.
Elisa R. Bach
18 ene 2012
Mujeres que se encienden rápidamente. Cap 12 de "Barcelona nació con los granados"
Capítulo 12 Viaje a Armenia
• Mujeres que se encienden rápidamente
PHOSPHORUS 200 CH
• Historiadores de profesión
CAUSTICUM 200 CH
• Guías turísticos
NITRICUM ACIDUM 200 CH
Nacer en Cadaqués
Cuando naciste no partías de cero.
Cuando naciste tus hermanos
ya hablaban, andaban y jugaban
en la arena, justo enfrente de casa,
remojándose los pies en agua de mar.
Tu hermano ya hablaba dos lenguas,
tu hermana sólo una.
Aún no iba a la escuela, acompañaba
a tu madre en los quehaceres
y cuidaba de ti peinándote
el cabello de tantas formas
como caras tiene un poliedro.
Tu punto de partida no era cero;
el humilde refugio de pescadores
era la casa donde se estrellaba
la tramontana y el mar acababa
siempre acariciando
hasta el dintel de la puerta
como si buscase lavarte los pies.
El mar, ese inmenso depósito
hilvanado con fuertes rocas
y con suaves arenas, lleno
de luz, agua y sal de vida,
sabía que tenías alma de princesa;
te respetaba, calmando a Neptuno,
cuando cogida de la mano de tus hermanos
aprendías a caminar entre sargos,
percas y rojo-amarillentos serranos
con las primeras palabras de la sirenas.
Junto a conchas sonrosadas,
granadas y membrillos,
con los primeros y alegres estremecimientos,
tíos y primos
vaciaban el aceite en enormes tinajas
y en un suelo cubierto con el mantel de viñas,
tapaban con tomillo y romero
los humos de cordero asado.
Esa luz y ese olor del universo mediterráneo,
que sueñas como bueno
es la mayor de las herencias deseables.
Cuando naciste no partías de cero.
Elisa R. Bach
El vuelo desde París a Moscú duró algo más de tres horas. Un taxi nos llevó desde el aeropuerto al hotel Ukraïna. Bajamos al comedor y los camareros nos "acomodaron" en una mesa en la que estaba cenando un personaje yugoeslavo y nos trajeron una degustación de caviar rosa –de salmón- con pan blanco y caviar negro -de esturión- con pan moreno. Pedimos una sopa de verduras porque aún teníamos en el estómago la comida que nos dispensaron en el avión.
Nos sentimos vigiladas y aquello nos cohibía. No era para menos. Aquellos camareros hacían de todo; desde espiarnos hasta vendernos los manjares de la cocina rusa de forma irregular. Nos ofrecieron una lata de un kilo de caviar negro por una cantidad irrisoria, pero Yvette, ducha en esas lides rechazó cualquier compra o transacción irregular por temor a que nos tendieran alguna trampa. El yugoeslavo, compañero de mesa, se interesó por el producto y estuvo estudiando aquella lata redonda y pesado contenido.
Al cabo de unos veinte minutos un camarero reclamó el caviar y para sorpresa nuestra la lata había desaparecido. Avisaron a la policía –eso dijeron- y dos individuos subieron con nosotras a la habitación. Nuestra habitación a excepción de la cama y un aparato receptor de radio, estaba huérfana de muebles y juegos de cama y la calefacción eran unos simples tubos cromados que los utilizamos para secar la ropa.
Digo bien cuando me refiero al aparato receptor de radio porque no se podía sintonizar con otras emisoras y durante las 24 horas del día no echaban más que discursos políticos ¡en ruso! En el minucioso registro de la habitación, naturalmente, no encontraron nada más que las bragas secándose sobre los tubos. ¿Fue una trampa que nos habían tendido los vigilantes del sistema? Aquel suceso demostró que cuando se viaja a lugares "poco conocidos" hay que ir con mucho cuidado.
A pesar de todo en Moscú lo pasamos bien observando un mundo muy diferente al nuestro aunque en algunos detalles aquellos paladines del comunismo querían imitar el lujo de New York plasmado en las películas. Estuvimos alojadas en una habitación de la planta 16 y para hacer broma Yvette me dijo. Dile a la ascensorista el número del piso a donde vamos en catalán ya verás cómo te entienden. Le seguí el juego y le dije al robotizada dama rubia que íbamos a la planta dieciséis en catalán ("anem a la planta setze") y sorprendentemente me entendió y apretó el botón de la planta 16. Yvette reía. Me explicó para sacarme de mi asombro que en ruso el dieciséis suena a algo parecido a "sestnast".
Después de un día de visita por la Avenida Kalinina nos dirigimos al aeropuerto en un taxi y tomamos el avión que nos llevó a Ararat, el corazón de Armenia. A bordo de la nave, en diferentes idiomas, un voz metálica saliendo del techo nos explicaba los territorios por los que pasábamos aprovechando que el día era muy claro. Todo lo que oía me sonaba extraño y los nombres de las regiones me parecían nombres de mujer.
Desde el primer día Yvette me demostró que no hay nada más instructivo y gozoso que sumergirse en una sociedad formada por gente de una raza completamente diferente de la tuya, que respetas, por la que sientes simpatía, de la que te enorgullece ser un visitante foráneo. En efecto, desde el primer día me sentí en un "país teñido de incendios encendidos".
Una estancia en Armenia podría ser, fácilmente, una estancia en un país sabático. Hasta me atrevería a decir que el pueblo de Armenia no vive regido por los relojes de las estaciones de tren y de las oficinas, sino por relojes de sol como los de la poesía.
Armenia es un país que se parece a las dos caras de una moneda, formando un paquete compacto entre versos y prosa poética. Es como un poema con dos miradas sobre la misma realidad y una concepción común sobre su pasado: es una prosa que tiende hacia la poesía; y, por otra parte Armenia es también un poema (sin rima) que avanza hacia la prosa, hacia el ritmo de un discurso hablado, a media voz, sin prisas.
El viaje a Armenia no fue sólo un viaje a un país sino que fue también un viaje en el tiempo. Todo lo que vimos estaba encuadrado en la cultura universal y nada era hipótesis sino historia en estado puro, reducida a tan sólo los siete colores del Arco Iris. Las piñas de las coníferas recuerdan la arquitectura, el nivel del lago de Sevan, el de mayor altitud del mundo, había descendido cuarenta y cinco metros en tan sólo treinta años y sus diferentes marcas sobre sus costas hablaban efusivamente de la sed humana de agua dulce.
A los tres días de estar en Armenia me convencí de que la lengua armenia era inasequible al desgaste, como la hebilla de un cinturón. Eso lo comprendí rápidamente porque en Cataluña (también en el País Vasco y Galicia) teníamos también una situación parecida: en la escuela nos obligaban a hablar en la lengua oficial, es decir la lengua de los vencedores de la guerra.
En Armenia experimenté la alegría de pronunciar sonidos prohibidos para los labios rusos; sonidos secretos y repudiados. Yvette, por su parte, disfrutaba como una loca diciendo tacos, reniegos y palabras groseras imitando a los habitantes de los lugares por los que pasábamos y a cada palabra nuestro guía estallaba en carcajadas porque él si entendía el sentido de cada una de ellas.
De los lugares que visitamos me gustó mucho Aixtarak – un pueblo rico y de tierras fértiles-, mucho más antiguo que muchas ciudades europeas. Tiene una gran reputación por sus fiestas dedicadas a la siega y por sus cantos aixug ("rapsodas"). Los hombres expertos en viñedos suelen ser amantes de las faldas, comunicativos, burlescos, y amigos del "dolce fare niente". Nuestro guía nos advirtió sobre alguna aventura amorosa con ellos porque "agredían sexualmente en manada" cuando se trataba de mujeres "blancas".
En Aixtarak nos explicaron cómo explicaban las historias en Armenia: del cielo caían tres manzanas: la primera para el que había contado la historia, la segunda para los que la habían escuchado y la tercera, la más jugosa, para los que la habían entendido. Es en aquella zona donde reside el granero folklórico de Armenia.
En la península de Sevan se conservan dos –de tres- dignísimos monumentos arquitectónicos del siglo IX. Allí disfrutamos de las tranquilas aguas del lago donde alegres truchas saltaban como si alguien les hubiera tirado, a puñados, bicarbonato. El magnífico viento de agua dulce irrumpía silbando en nuestros pulmones. La velocidad de las nubes aumentaba minuto a minuto y la resaca, como un linotipista antiguo, corría a imprimir en media hora un denso Quijote –auténtico azote de Guttemberg- bajo la pesadez del cielo enfurruñado.
Un setenta por ciento de la población, según las cifras oficiales, era menor de dieciocho años. Aquellos ingenuos muchachos subían como animales por las tumbas de los monjes, bombardeaban una pacífica raíz, habiendo tomado sus espasmos helados bajo el agua por las convulsiones de una serpiente marina, extraían de las espesuras húmedas sapos aburguesados y culebras de elegantes cabecitas femeninas, o perseguían arriba y abajo un carnero enloquecido que no entendía de ninguna manera a quién le podía estorbar su pobre cuerpo.
Durante nuestra estancia en la Península –antigua isla- de Sevan, en Armenia, paseando entre la hierba crecida acariciando nuestros cuerpos hasta la cintura, pude admirar la hoguera escandalosa de las amapolas. Falsos distintivos de cotillón, brillantes hasta el punto de provocar dolor quirúrgico, aquellas mariposas incandescentes de boca vacía, grandes, demasiado grandes para nuestro planeta, crecían por encima de groseros tallos peludos.
Me encendí como aquellas flores, me senté asida de la mano de Yvette en la frondosa hierba y el guía se detuvo junto a nosotras. En un arrebato de descaro acaricié su pierna por detrás buscando sus genitales sin alcanzarlos. Se sentó junto a nosotras y mientras Yvette le besaba la boca yo le bajaba los pantalones hasta las rodillas y sacié mi sed de sexo masculino. En aquellos momentos envidié a los niños, que salían, ligeros, a cazar alas de amapola entre la hierba.
Al volver a París, todo parecía irreal: las calles abarrotadas de gente caminando, con prisas, a paso atlético, casi corriendo, de un lugar a otro como huyendo del tiempo cual si fuera un fantasma; montones de automóviles asaltando las aceras, devorando espacio urbano, el aire impregnado de gasolina, irrespirable…
La fascinación por las formas, por la gente, por los gestos, por una arquitectura conservada contra viento y marea, por la lengua, por el erotismo de sus gentes mezclado con una fiel religiosidad –reprimida en gran medida- y por la constatación de la tragedia de un pueblo amenazado de extinción, he logrado –creo- desarrollar un sexto sentido arariano: el sentido de atracción por la montaña y ahora, me lleve donde me lleve el destino, añadiré a mi amor por el mar, la admiración por los Pirineos y sus ramificaciones.
11 ene 2012
Cap. 11 de BARCELONA NACIÓ CON LOS GRANADOS
Capítulo 11 Tarde de invierno
· Deseo de tomar ácidos (limones, vinagre, etc)
· Necesidad de contradecir a los demás
· Deseo de estar en lugares húmedos
· Deseo de jugar con fuego
· Agresividad de personas encerradas
HEPAR SULFUR 200 CH
Es una tarde de invierno. Tú hablas, dices
que las noches son extrañas en Cadaqués.
Piensas de repente
-no sabes por qué- en la casa de Marta:
En Torre Valentina, cerca de la carretera,
en el desorden turístico de antiguos bosques
abandonados entre telarañas de orugas.
Empiezas a contarnos esa historia,
la manera en que aún sigue dentro de ti
y dices:
como alguien que anda junto al mar
y tiene sobre su piel la sombra de los pinos.
Estamos en el año 2.0_ _… y Marta Guillamón
dice en un mail que sigue enamorada.
¡Ah! Gary Cooper y su Árbol del Ahorcado.
Es una chica extraordinaria. Hay un túnel
que une su corazón y la música
de los bosques y las olas.
Un día escribió: ya nada me separa de ti,
y, otras cosas misteriosas sobre la vida.
Por ejemplo: 28 de julio;
el cielo es muy azul;
puede que algunas gaviotas
escapen del jardín del mar, salten
por encima del horizonte al oír los truenos.
En otra página dice:
Ahora los dos estamos en silencio.
Tú miras:
la playa, la marea, el sol rojo
como una viña en otoño,
donde alguien se ha lavado las manos.
Piensas en Marta Guillamón.
piensas en su miedo; en esa forma
en que a veces ves a una mujer
que huele una rosa; imaginas a esa dama
vestida de negro; cómo esa rosa crece
hacia adentro de esa Diosa del Amor;
cómo la invade poco a poco
con su aroma dulce y enfermo.
Es una tarde de invierno ideal
bajo la lluvia de Platja d'Aro
para soñar con un viaje a Paris
o con un verano en el barrio de Gracia
y cenas en el puerto de Barcelona.
Tú lo comprendes muy bien.
Es un viento que viene del mar,
un viento fresco y seco que llena el corazón
de homotéticos arpones
y de sueños ahogados.
El mundo –escribes-
es un lugar digno de ser vivido
aunque haya terrazas vacías
donde el viento devora lentamente
los restos de la noche.
Elisa R. Bach
Aquel jueves de otoño, después del viaje a Armenia, me sentía incómoda en el trabajo, pero no era a causa de los compañeros o de dificultades en la producción, pues no tenía queja alguna de una fábrica que me pagaba incluso una cierta cantidad de dinero para compensar los gastos de lavandería. Teníamos cuatro batas de trabajo, dos blancas y dos azules pensadas para el trabajo de laboratorio o de taller. Podría parecer un detalle sin importancia, pero en aquellos días eso, en España, ni se soñaba.
Sin saber por qué me asaltaba el recuerdo de la película "El Próximo Otoño" de Sonia Bruno, que en realidad se llamaba María Antonia Oyamburo. María Antonia vivía en el Paseo Maragall y después de cada película se paseaba en taxi, asomada a la ventanilla, desde la Plaza Maragall hasta la Plaza Ibiza. Nosotros la mirábamos sin envidia, aunque mi primo Miguel hablaba de ella como si fuera una diosa.
Mi hermana y mi prima Gloria fueron a su casa a pedirle que les presentara a Arturo Fernández y ella se enfadó porque no iban a verla a ella. En aquella época aún me gustaba el cine y me impresionó mucho "Solo ante el peligro" y también "Ariane" ambas de Gary Cooper. "Testigo de cargo" me gustó tanto que la vi tres veces.
Aquella tarde invité a Claude a ir al cine. Casi todas las butacas estaban vacías. Nos colocamos al final de la última fila y amparadas en la oscuridad nos besamos efusivamente mientras mis dedos resbalaban entre sus piernas. Salimos del cine más encendidas que antes de entrar y sin saber nada de la película. Fuimos a "La Coupole" y al primer hombre solitario que vimos le propusimos el "menage a trois".
Se llamaba Charles, era corpulento y no muy alto, moreno de tez y unos ojos un poco rasgados. Alquilamos una habitación en el viejo hotel frente al Ayuntamiento en la Rue de Batignoles. Charles resultó más tímido de lo que esperábamos y tardamos bastante en poner sus genitales a punto. Pero finalmente resultó ser más potente de lo que creíamos y nos dejó satisfechas a las dos. Me causó tan buena impresión que le pedí el teléfono. De momento no me lo quería dar, pero finalmente cedió diciéndome que cuando llamara lo hiciera al mediodía porque trabajaba de noche y por la mañana dormía teniendo solamente libre las tardes.
Al día siguiente, viernes, Yvette se fue con sus dos niñas a pasar el fin de semana a Dinan. Había amanecido con lluvia torrencial. El pintor encargado de darle color a la puerta de nuestra casa nos dejó una nota en la que suspendía su trabajo a causa de la lluvia. Me levanté a las siete de la tarde después de una larga siesta que me quitó la fatiga del trabajo en la fábrica. Aún sentía en mi boca el sabor de Charles y volví a sentir las mariposas en mi vientre. Lo llamé y conseguí que aceptara otra "sesión". Me arreglé para acudir puntualmente a la cita. Cuando nos encontramos me besó tiernamente en los labios. Se ofreció para pasar la noche entera si era necesario.
Volvimos a ir al hotel de la Rue de Batignoles. La noche se presentaba fría. La calle estaba casi desierta pues seguía lloviendo torrencialmente. Charles me besaba como si yo fuera una bendición del cielo. Al principio no pensé en que si trabajaba de noche cómo era posible que estuviera conmigo toda la noche. Me lo aclaró inmediatamente. Los fines de semana no trabajaba. Por la mañana después de amarme numerosas veces, con lágrimas en los ojos se confesó: No trabajaba de noche. Iba a dormir a la cárcel. Durante el día gozaba de libertad condicional. Para ganarse algunos francos se ofrecía a mujeres, pero era una actividad que no era de su agrado.
Volví muy pensativa a casa cuando aún no eran las ocho de la mañana. A esa hora en París no se puede hacer otra cosa que tomar un café porque los bares están repletos de gente que va a trabajar y aún no se han desperezado de la resaca del viernes a excepción de los bares del Bd. Des Batignoles donde los sábados por la mañana se montan las tiendas del mercado. En esos locales se presume de hacer un buen café fuerte.
Entré en el más "chic" de los bares situado en la Place Clichy, el "Au Petit Poucet". El servicio de cafetería y panadería de ese bar es excelente y el olor característico de la mañana parisina se extiende desde su terraza e impregna todo el aire y se tiene la sensación que todos los taxis del mundo evitan desfilar por delante de su toldo. Esa esquina soporta además el paso de peatones más concurrido del barrio; sólo un vado lleno de baches protege a la calle en ese rincón de las riadas que bajan desde el cementerio.
Estuve durmiendo hasta el mediodía. Un transportista de la casa de muebles me despertó y descargó –con algo de natural retraso- la maravillosa mesa donde yo pensaba escribir con un poco de tranquilidad. Había parado de llover y el pintor volvió para reanudar su trabajo en la puerta de casa. Aproveché para ir a comer al Restaurant "Le Corse" en la Rue L'Amiral de Roussin.
No se me iba de la cabeza la imagen de Sonia Bruno luciéndose, asomada a la ventanilla de un taxi, por todo el barcelonés Paseo Maragall. Su cabellera al viento era tan excitante como el amarillo del vehículo. La vi pasar tres veces por delante del "Rápido Fariñas" –un pequeño taller de reparación de calzado propiedad de un gallego teniente del ejército destinado en Barcelona-. Me viene a la memoria el recuerdo del Fariñas –el hijo del teniente-, que a pesar de sus esfuerzos por llevarse bien con todos los amigos, no podía evitar, "pelearse" continuamente con "El Blanes" el único de los amigos que en aquellos años hablaba de política.
"El Fariñas" defendía a capa y espada los conceptos lógicos de lo que se respiraba en su casa y chocaba frontalmente con la concepción del mundo (la filosofía comunista) de "El Blanes". Durante algún tiempo "El Fariñas" soñó con ser militar como su padre, pero la llegada de un hermano inesperado cuando él ya tenía veinte años pareció cambiarle las ideas. Su hermano menor, Julio, no quería ni oír hablar de política. Con los años las ideas del Fariñas se fueron "civilizando" y se casó con Montse una catalanista acérrima.
Había tardes en que nos podíamos encontrar hasta una veintena de personas en la terraza de la "Granja Catalana", un bar en el que tomábamos calientes –un coñac, caliente y flambeado con dos granos de café para aromatizarlo-, situado junto al Rápido Fariñas; por eso la Sonia Bruno paseaba en su taxi, exhibiéndose ante todos nosotros. Embriagada de éxito por hacer películas junto a Arturo Fernández, pretendía hacer aflorar la envidia corrosiva de nuestras almas, pero la ingenuidad y generosidad de nuestra juventud era más fuerte.
Volví a llamar a Charles. Su confesión de que era un condenado me creaba una mezcla extraña de sentimientos. Morbosidad, deseo sexual irreprimible; y, un miedo atroz a las consecuencias de una posible amistad con un (ex)delincuente. Me cité con él, pero a última hora, decidí darle plantón. Yvette me llamó por teléfono y su dulce voz tranquilizó mi alma. Volví a ir al cine con Claude. Vimos la misma película, pero esta vez estuvimos atentas a la pantalla. Creo que ella necesitaba tanto como yo distraerse. No volví a ver a Charles nunca más.
Yvette se burlaba, igual que lo hacía Nietzche del presupuesto estoico de vivir "según la naturaleza" en su obra "Más allá del bien y del mal". Consideraba jocosamente la falacia naturalista, el salto ilegítimo que cometen, desde la naturaleza a la moral, quienes justifican opciones morales por naturales y descalifican otras por antinaturales.
Imagínate –me decía- un ser como la naturaleza, que es derrochadora sin medida, indiferente sin medida, que carece de intenciones y miramientos, de piedad y justicia. Vivir, -se preguntaba mirándome a los ojos Yvette para comprobar que seguía su razonamiento- ¿no es cabalmente un querer-ser-distinto de esa naturaleza?
Los conceptos de Yvette chocaban con años de mi educación en valores lógicos (ahora se denominan ecológicos): la identificación de lo bueno con lo natural. Pero, ¿es natural el preservativo, el tomar medicinas, la aviación, la telefonía, la cirugía? A medida que me decía esas cosas sus labios se encendían más y más, extendían su fuego a los míos.



