25 nov 2011

BARCELONA NACIÓ CON LOS GRANADOS (Cap. 4)

Capítulo 4

 

·         Para estabilizarse en una situación nueva

EJE CORTICO HIPOTALAMICO 7 CH

·         Fatiga y desánimo

CHINA 7 CH

HEMATITE 8 DH

 

La depresión de Sepia

 

El gas carbónico brota de sus ojos,

junto a los secos lagrimales,

escuece como el vinagre

sobre heridas que no cicatrizan.

Agotadas ya las lágrimas,

 

las sustituye, inútilmente

por otras artificiales.

Caen sus párpados

como su rictus ya de por sí triste

y la alegría desaparece de sus hombros.

 

Sin embargo sus fuertes manos

se aferran a un gran bolso negro

donde acumula objetos y penas.

Se esconde detrás de gafas oscuras

como la sepia en su propia tinta.

 

Todo es negro presagio.

La luz es, a sus ojos, médula de sombra

y le llama la atención ver morir

una pequeña mariposa

en las bujías del amanecer.

 

Tiene frío bajo un arco

que separa la existencia y la luz,

que separa cuanto han olvidado

sus amantes y la última luz.

En su recuerdo hay pocos clústers

 

de la luz que lamieron en la apariencia

de una eternidad de amor,

y casi todos sus depósitos

de alegrías están ya vacíos.

 

Esta sola entre dos negaciones

como huesos abandonados

de un cementerio ignorado

y entra el día por la mañana

en su habitación

calcinada como su pelo.

 

Otra vez ha sido inútil la sutura negra

de una corta noche de verano,

aunque arda –ya el único placer-

bañada en música rítmica,

en intensa luz de neón llena

de palabras incomprensibles.

 

Ahora su pasión es la indiferencia.

Escucha en la madera dientes invisibles          

                                         Elisa R. Bach

 

 

En la oficina de diseño donde me ubicaron finalmente después de pasar por todos los talleres donde me hice una idea de todo el proceso productivo, sólo un joven, Daniel, hijo de españoles, hablaba conmigo en español. Era un muchacho moreno, serio y atento, pero evitaba, no sé si por instinto, todo lo que podía, su conversación.

 

Otra cosa muy distinta era el trato con Yvette, una especie de delineante de unos sesenta años. De aspecto juvenil, era activa y sus movimientos se realizaban con una rapidez asombrosa. Su cabello corto, aunque algo gris le daba un aire juvenil. Estaba dotada de una gran inteligencia y su voz suave le daba el aire de una diosa. Me explicaba cómo debía de desarrollar mi trabajo (verificación de calidad) y como buena parisina hacía milagros hasta con el aire sucio.

 

Yvette me enseñó a seguir el rastro de cualquier muesca que surgiera en las piezas que debían de componer las gafas. Cada media hora los vigilantes de las máquinas de inyección ponían sobre mi mesa de trabajo dos muestras de piezas recién moldeadas. Si las muestras eran defectuosas yo debía de dar la orden de parar la máquina correspondiente y no dejar reanudar la producción hasta que no se reparara.

 

Yvette tenía un marido y dos hijas a las que adoraba a juzgar por las fotos que reposaban sobre su tablero de dibujo. La foto del marido no estaba presente y no me atreví a preguntarle por qué. Más tarde alguien en la oficina comentaba que estaba en trámite de separación. No le di más importancia al tema, pero la verdad es que los fines de semana que sus hijas debían estar con el padre Yvette se prestaba a acompañarme por las callejuelas de París, me invitaba a cenar en los restaurantes más recónditos. Reía a todas horas y su compañía llenaba de alegría mi estancia en París.

 

Yvette tenía una cultura excelente y a su lado cualquier rincón de París cobraba vida con alguna anécdota. Se "bebía las novelas de un trago" y escribía un diario personal del que decía escribir lo mismo que piensa todo el mundo, es decir sólo lo vulgarmente anecdótico. Era todo lo contrario de un escritor que quiere decir cosas interesantes e importantes. Decía que eso era como hacer una colección de cromos. Algún día te lo dejaré leer –decía.

 

Un sábado de finales de octubre, de aquellos que Yvette tenía a su cargo las niñas y ya empezaba a hacer un poco de frío fui a Montmartre; di un paseo corto por la Place du Tertre y finalmente entré en La Bohème. Tomé asiento y pedí una botella de Champagne. Mientras cantaba un cantante anciano, enjuto, del que todo el público se reía poco generosamente, se acercaron dos jóvenes de unos veinticinco años bien vestidos y me pidieron permiso para sentarse junto a mí alegando que no había más mesas libres.

 

Como es natural acabamos charlando. Eran de Dinan y estudiaban demografía en la Rue d'Assas. René no quería soltar el hilo de la conversación y hacía señas continuamente a su compañero para que le dejara hablar. Finalmente el compañero se disculpó y nos dejó solos. A pesar de que muchos hombres hacen gestos huecos y dicen palabras grandilocuentes me tranquilizó un poco saber el origen de René: medio rural, bien educado y adinerado quizá. Con el ambiente ya irrespirable por el humo del tabaco di por terminado el encuentro y me dispuse a ir al encuentro de la noche exterior.

 

Se ofreció para acompañarme a casa. El Champagne estaba haciendo sus efectos y abrazándome a su brazo le invité a abandonar el local. Me moría de ganas de tener una aventura y la ocasión parecía clara. Bajamos a pie hasta el Bd Rochechouart y allí tomamos un taxi. En la oscuridad del asiento trasero del coche puso una mano sobre mi pierna pero no avanzó más allá de darme besos en la mejilla.

 

Asida su mano a la mía, yo iba abriendo camino entre los gemidos de los peldaños de madera. Era uno de esos esperados momentos en que un hombre, silencioso y claro, se eleva majestuosamente ante ti. Es como un raro momento de fiesta, que esperas no olvidar nunca y te prometes tener para siempre un buen recuerdo de ese hombre. Es decir, te esfuerzas en trasladar a un dibujo, con las manos llenas de ternura, el esbozo de su personalidad, tal como lo percibiste en aquel instante.

 

Nos desnudamos nerviosamente y René me tumbó literalmente sobre el canapé sin darme tiempo a levantar la colcha. Sólo tenía la luz del escritorio encendida, pero suficiente para ver lo que pasaba. René empezó a masturbarse porque el alcohol le estaba jugando una mala pasada y no lograba tener una erección. Al cabo de un rato empezó a soltar improperios y maldecir los huesos de no sé quién, pero la erección no llegaba. Se vistió y enfadado se fue como si yo no esperase de él más que una penetración vulgar. Eso me dolió un poco, pero me dormí inmediatamente.

 

Por la mañana llamé a Yvette y le conté la aventura. Se echó a reír a carcajadas. Y es que en el argot francés que ella me enseñó, el acto de la masturbación suena aún más ridículo. "Taper la queue" significa literalmente sacudir la cola. Yvette me contestó en su lenguaje sexual barriobajero que eso es verdaderamente "balancer la purée". El caso es que sus risas le quitaron importancia al asunto y pasé sin más preocupación a concentrarme en la lectura de "Choses vues" de Victor Hugo. Me sentía satisfecha de la aventura a pesar del fatal resultado.

 

El lunes Yvette con una sonrisa que le llegaba hasta las orejas y con aire de complicidad me dijo sencillamente que la próxima aventura la correríamos juntas. El martes vino al trabajo con un diccionario de argot donde aprendí que el hombre era el "mec" y la mujer la "nana" y que las tetas se pronunciaban igual que en español si bien se escribía "tetaze". Mientras me enseñaba todo ese lenguaje reíamos como colegiales.

 

En otra ocasión, no podía dormir sin tener la ventana abierta. Los ruidos de los coches y el de alguna sirena estrepitosa de una ambulancia entraban por la ventana invadiendo toda la habitación. Oí como se abría una puerta y en algún lugar cayó un vidrio chasqueando. Oí la risa de los trozos grandes de cristal y la leve risilla de las esquirlas. Después, de pronto, un ruido sordo, ahogado, en la escalera. Era en el piso de abajo. Luego alguien subió por la escalera. Se acercó sin detenerse. Estuvo bastante tiempo ahí parado. Bajó otra vez haciendo crujir los peldaños de madera y su movimiento, alejándose, me tranquilizó. Respiré hondo y salí a la calle. Era un viernes y en la Rue de Bac los policías que vigilaban las embajadas transmitían seguridad.

 

Me metí en el primer taxi que pasó y le indiqué que me llevara a la Place Clichy. Necesitaba ver gente. Entré en el "Au Petit Poucet" (El Pulgarcito). Atravesé la terraza, que a pesar del frío, estaba abarrotada de gente tomando cerveza. Ya en la barra pedí un café crème. Absorta en mis pensamientos, -intentaba calentarme las manos abrazando la taza- sentí de pronto caer sobre mi rostro una mirada que yo había sentido antes.

 

Un hombre, desde el otro lado de la barra, solitario, con una copa de coñac en la mano me clavaba sus negros ojos fijamente. Salió del local mucho antes que yo. Cuando fui a pagar la cuenta el camarero me indicó que aquel individuo ya la había pagado. Ya en la calle se me acercó y con una educación exquisita me invitó a tomar otra copa en un local de al lado. Pude negarme pero no lo hice.

 

Cuando me desperté estaba sola en una habitación del Hotel Le Chat Noir en pleno Bd. De Clichy. Lo primero que pensé es que me había robado el bolso. Pero, todo estaba en su sitio, pero al regresar a casa lo primero que hice fue telefonear a Yvette y contárselo todo. Me dijo que pusiera un cartel en la puerta diciendo que me ausentaba por vacaciones, que hiciera la maleta como si de verdad me fuera y me invitó a dormir unos cuantos días en su apartamento de Boulogne.

 

Así fue como me instalé provisionalmente en el apartamento de auténtico lujo de Yvette. Los techos eran altísimos, dando un aire palaciego a todas las habitaciones. El suelo era de mármol con alfombras rojas por todos lados. La luz del día entraba por las ventanas a raudales. Conocí a las encantadoras hijas de Yvette. Eran dos niñas con una mirada tan limpia que parecían salidas de un cuadro de Sorolla.

 

Aquella semana Yvette y yo fuimos todos los días en coche al trabajo. Ella hablaba y hablaba durante el trayecto y en la oficina lo justo. Las dos esperábamos con ansia que acabara la jornada para seguir hablando. Bueno yo escuchaba más que hablaba.

 

Aquella semana fue de las más movidas. Con Yvette no hay una semana tranquila, pero aquella fue especial. Al mediodía Yvette comía en un restaurante frente a la empresa Prestil, con los compañeros de siempre y tenían ya estudiados los menús de toda la semana. Los jueves cuscús con verduras al curry y los viernes steack au point (carne roja al punto) con vino tinto de alta graduación.

 

Yo comía en otra mesa, sola, callada y entregada a mis pensamientos. Yvette tenía ya concertadas todas las comidas de la semana como si se tratara de una tradicional partida de cartas obligatoria. Yvette era para mí como una diosa y durante un tiempo tuve la sensación que yo era una carga para ella. Aquellas comidas en una mesa solitaria eran como estar en un oasis donde los ruidos de los vientos y de las aves estaban pegados al paisaje. En esas horas aprendí a ver.

 

No sé por qué, todo penetraba en mí, a la hora de la comida, más profundamente y pronto me apercibí que tenía un interior que ignoraba. Intentaba escribir cartas a gente conocida y me era imposible. En los pocos meses que llevaba en París, los acontecimientos parecían haberse disparado. Notaba que cambiaba mi forma de pensar, mi carácter y que cada vez me separaba más de los antiguos compañeros –incluidos Hervé y su compañera- y las cartas a Dominique eran más cortas y superficiales.

 

Yvette era como un torbellino, como una diosa con alas que me arrastraba a una vida intensa, nueva, satisfactoria y por ello cuando ocurrió aquel desdichado accidente todo tomó otro ritmo y recuperar un compás similar al rumbo al que me había acostumbrado me costó varios meses. Y durante todos esos meses mis prejuicios fueron cayendo, definitivamente, uno a uno por orden alfabético y no por fecha de caducidad.

18 nov 2011

BARCELONA NACIÓ CON LOS GRANADOS (Cap 3)

Capítulo 3

 

·         Para recuperar la confianza en sí mismo

SILICEA 200 CH

PHOSPHORICUM ACIDUM 200 CH

 

Un respiro, una tregua

 

París fue un respiro, una tregua

en tu adaptación

a un mundo nuevo para ti;

como una crisálida naciente

necesitabas un aire azul y fresco.

 

Tú tenías los años precisos,

esos en que la vida,

como si no fuera nuestra, 

se agazapa tras las puertas.

Y todos los caminos que iniciabas

volvían de nuevo, como en círculos,

al punto de partida.

 

Deseabas, entre esperanzas

y desesperaciones, divisar

caminos que irrumpieran

desde alguna tierra lejana,

que te volvieran la vida,

de pronto, abierta, tuya,

expectante y caliente,

como al anochecer la casa propia.

Esperabas que la alegría se convirtiera,

ella sola, en oficio, de manos

de las que surgen por sí el trabajo,

y hasta los días perdidos fueran

como escalones que suben a lo nuevo

y nos llevan más lejos.

 

Te movías en este mundo

que es, en gran parte, el de lo real.

Lo que los humanos hacen

es lo que aquí sucede;

y, ahora, ya sabes que lo grande

procede de lo que ellos alcanzan.

 

Pero, también aprendiste,

que lo grande surge porque

miles de hombres

diariamente velan y crean y plantan

y sufren y aman y piensan

y porque nada de eso se pierde…

 

París te permitió un oficio, un amor

y una gramática nueva de la vida.                  Elisa R. Bach
 

La primera semana de trabajo en Prestil, filial de Fermeture Eclair, a pesar de la amabilidad con la que me atendió todo el personal, fue estresante. Tenía que madrugar bastante para coger el metro en Rue de Bac para llegar a la estación del tren en Saint Michel. El tren me dejaba en Choisy le Roi casi media hora antes de la hora de entrada lo cual me tranquilizaba un poco y me daba tiempo de tomar un café creme y un croissant.

 

El portero de la fábrica era valenciano y muy atento. Me contó que en Francia las grandes empresas tenían un tanto por ciento de personal con algún hándicap. Concretamente a él le faltaba una mano. Me explicó que vivía con su mujer Carmen, y que no tenían hijos. Llegaron a París para trabajar y ahorrar dinero para comprar un piso en Valencia. Se ofreció a interceder por mí ante la propietaria de su apartamento porque creía que tendría alguna habitación libre para alquilar. Y, en efecto, así lo hizo. Aquella misma semana me trasladé al número 13 del Boulevard Raspail. Fue un domingo maravilloso.

 

Se podía acceder al interior del edificio por la puerta principal, ornamentada con hierro forjado que daba paso a una escalera de mármol revestida con una alfombra roja, rematada con barras doradas en las contrahuellas o por la escalera de servicio, oscura, con escalones de piedra pero sólidos y curiosamente se accedía al último, después de pasar por un angosto pasillo, mediante tres tramos de una escalera de madera de ocho escalones cada uno. Daba la sensación de que aquel último piso hubiera sido construido en una época posterior a la del edificio.

 

Como el ascensor no llegaba hasta la planta de las mansardas, no había más remedio que atravesar aquel oscuro pasillo y remontar aquellos tristes peldaños de madera que gemían bajo el peso incluso de personas muy ligeras y que delataban la presencia de alguien que subiera. Forzosamente nos cruzábamos unos con otros todos los ocupantes de aquellas buhardillas que inicialmente parecían haberse construido para criadas. Toda aquella planta olía a jabón barato y a madera húmeda, probablemente debido a la limpieza, reiterada, con los mismos productos.

 

La habitación era amplia y estaba bañada literalmente por la luz de un gran ventanal-balcón y su mobiliario constaba de una cama-canapé, tres sillas, una mesa-escritorio, un perchero de tres pies, una mesita de noche, un armario pequeño de un solo cuerpo. Todo ello situado sobre un suelo de madera antigua, pero barnizada recientemente que le daba calidez a la estancia. Las paredes estaban "tapizadas" con una tela de saco pintada de color blanco. Tres reproducciones de Van Gogh enmarcadas como cuadros alegraban un poco la vista interior. Entrando a la derecha había un plato de ducha y un lavabo. Las letrinas estaban fuera, en el rellano, junto a la estructura del ascensor.

 

En la misma planta, vivía Luis, el portero de la fábrica y su esposa Carmen; dos puertas más al fondo, una amiga de ellos. Más tarde conocí a la chica de la habitación contigua porque me dejó una nota diciéndome que en mi habitación tenía un escape de agua y que le estaba afectando a su habitación. La nota estaba firmada por "Marie ta voisine" Ese cariñoso "ta" me gustó: indicaba familiaridad.

 

Después de la jornada laboral, me acostumbré a dar un paseo por el Boulevard Saint Germain hasta alcanzar el Boulevard Saint Michel y pasando, junto a la Fontaine famosa, por el puente sobre el Sena, tomaba la Rive Droite hasta la Pasarela de Solferino. Desde allí atravesando la Rue de l'Université volvía a recuperar el Boulevard Saint Germain que me conducía directamente al comienzo del Bd. Raspail. Al principio ese recorrido no era más que un paseo a paso vivo sin detenerme a mirar la belleza del Sena a esas horas o la monumental carga histórica de los edificios del largo circuito.

 

En el interior de ese circuito se encuentra entre otros, encintado por la parte norte con el Sena, el "barrio" Saint Germain des Prés, pegado al de Saint Michel lleno de calles que hay que haberlas visto, esas pequeñas y pequeñísimas calles de ese París que el urbanismo de Hausmann no pudo destrozar. Es como si hubieran aprendido de memoria un día, un solo día; y lo gritasen ininterrumpidamente al sol como un poema. Cuando se acerca la noche se vuelven sin embargo meditabundas porque se han cerrado las paradas del mercado y todo el comercio adjunto.

 

Se nota en los restaurantes de sitos en diminutas plazas, que –las calles- se esfuerzan por responder a la oscura pregunta que está en el aire. Eso es conmovedor, aunque el que viene de fuera le resulta algo cómico. Porque él no tiene duda: hay una respuesta, aunque no se sabe cuál. Lo que parece seguro es que – la respuesta- no vendrá de las calles pequeñas y pequeñísimas de París.

 

 

Esa misma impresión se produce en las calles del Barrio gótico y en el Arrabal de Barcelona, en la Barceloneta o en Gracia. Pero a pesar de todo: también en las pequeñas y mínimas calles de París (o Barcelona), las niñas se hacen mayores de la noche a la mañana.

 

Descubrí rincones asombrosos tales como El Corso, un restaurante situado en la Rue Almiral de Roussin (una travesía de la Rue Lecourbe) donde podías comer y la forma de pago era dejar el dinero, el que voluntariamente querías o podías, en un cajón junto a la puerta de salida y que nadie veía la cantidad que depositabas. Era un local muy modesto donde podías ver cómo cocinaban los platos. Todo estaba a la vista. Las paredes estaban cubiertas de posters de toda clase de personajes: junto a poetas figuraban revolucionarios como Lenin o cantantes de época como La Mistinguette. Ese local me recordaba al comedor del restaurante económico de la calle Joaquín Costa.

 

Subí por primera vez al Bateau Mouche que me paseó por el Sena dándome otro ángulo desde donde ver París. El navegar por el Sena es tan placentero que no hay más remedio que apercibirse de la belleza de las edificaciones de tipo arquitectónicos diversos porque el pensamiento se mece con suavidad y hace olvidar otras preocupaciones.

 

Otro de los atractivos de París que me fascinaba era el aeropuerto de Orly donde no hacía falta que esperase a un ser querido o a alguna autoridad del mundo del cine para sentir como mi alma despegaba junto a aviones que ignoraba su destino mientras tomaba un "expresso". Después de soñar despierta en Orly paseaba pensativa y prometiéndome a mí misma ir a almorzar a algún restaurant de Montparnasse. Al Restaurant "La Coupole", por ejemplo. Allí, durante el almuerzo evitaría hablar de cosas ajenas a los placeres de la mesa (francesa por supuesto). Después, aún en la terraza de "La Coupole", al tomar el café, hablaría con alguien sobre el largo viaje que he realizado hasta llegar al corazón de París.

 

El grupo de amigos de Hervé decidió ir y llevarme a un pequeño concierto de violín y piano que se ofrece junto a otros muchos en Montparnasse. Acepté a pesar de que la música de violín en aquellos años me hacía llorar y por otro lado el estar sentada mucho tiempo me afectaba la circulación y las piernas se me inflaban. Un amigo de Hervé se pegó literalmente a mí durante el concierto, pero como no articulaba palabra y además yo sólo escuchaba la cosa no pasó más allá de unos cuantos besos de tuerca.

 

A pesar de ser suave el clima debido a la humedad que proporcionan los ríos Sena, Marne, Eure y Yonne (más alguno que me dejo), el invierno, según decían es algo duro en París. La humedad atempera el frío, pero recuerdo que durante toda mi infancia, se colaba subrepticiamente en mis oídos de niña delicada y por ello renuncié a acudir a cursos de natación. En efecto, a pesar de que todas las piscinas donde se realizan los cursos están climatizadas siempre regresaba a casa con fuertes dolores debidos a la otitis media como consecuencia de la humedad.

 

La humedad debía también afectar a ciertas áreas de mi cerebro de forma que, después de ir a una piscina climatizada,  notaba que me costaba más tomar decisiones. Ese tipo de sensaciones hacían de mí una persona de carácter maleable y dúctil como la "Flor de los Vientos" y, sin embargo aquella humedad del mes de agosto en mi habitación del Boulevard Raspail, le sentaba bien a mi piel. Y los paseos a pie por el Bd.  Saint Germain hasta la Rue de Rennes me relajaban y me ayudaban a dormir por la noche.   

 

Creo que esa humedad de l'Île de France me sentaba bien aunque por la mañana normalmente me moría de sueño mientras los demás compañeros de trabajo parecían estar frescos como rosas, pero con sonrisas comprensivas me indicaban que aprobaban mi conducta de loca enamorada de la noche parisina.

Versión italiana del cap 26 de "Niños a la Deriva"

Capitolo 26

 

·         Iperestesia al rumore

THERIDION CURACAVICUM

·         Histeria

AMBRA GRISAE 200 CH

MOSCHUS 200 CH

DAMIANA 30 CH

·         Iperemotività

IGNATIA 200 CH

 

A soli nove anni

mi avvicinai alle tue mani

vidi nel fondo dei tuoi occhi

tanto amore

per me incomprensibile

che mi fece versare

due calde lacrime.

 

Il dolore pungente, vedendo

quanto vano fosse stato

il tuo parlare

e il to fare,

mi raggiuns il petto

quando asciugasti le mie lacrime

con la carezza dei tuoi baci.

Avevi slanci così dolcì

come tu solo sapevi avere

con vecchi modi

che sempre ti furon fedeli.

 

La vecchia casa

dai piedi affondati nella sabbia

che ci fu aggiudicata

grazie al nonno

che era marinaio

bagnata da frange di mare

che cavalcavano sul vento

sopravviveva come te

vittoriosa, nonostante tutto,

su tempeste ed anni.

 

Mi facesti leggere il primo

romanzo- "blanca o Bruna"

scritto con parole d'amore

come fossero nate

dalle tue labbra, dalla tua lingua.

 

A nove anni appena

mi avviucinai alle tue mani

per leggere ancora quel vecchio romanzo

che sulle tue ginocchia riposava

mentre la tua testa e i tuoi occhi alti

cercavano il caldo controluce

della finestra.

 

Ad appena nove anni

mi avvicinai alla tue mani,

carezzata dai tuoi baci

mi sgorgarono due calde lacrime

come adesso

mentre scrivo questi versi.

 

Dalla mia avventura con l'atlante Manuel mi è rimasta addosso un'ipersensibilità in tutti icampi, ma l'iperacusia è quel che più mi dà fastidio. Sono contentissima di aver la mente fresca per il lavoro, di godere di vista acuta che mi fa leggere ancora alla luce tenue e di avere vari orgasmi ad ogni rapporto, ma il fatto che il minimo rumore m'interrompa il sonno mi sta alterando il sistema nervoso e mi fa reagire cone un'isterica di fronte alkla sia pur piccola contrarietà.

 

Non mi azzardo a definere l'iperemotività un fatto positivo, poiché mi vengono le lacrime agli occhi quasi a voler accompagnare l'inchiostro del mio Manueale della Solitudine, come a voler impedire che il nero finisca per colonizzare paesaggio come un fungo color seppia, come un'infezione di antieroi a testa bassa che tornino da una guerra senza essere riusciti a piazzare il loro Cavallo di Troia.

 

Da quando ho realizzato ilo mio desiderio di sperimentare un'avventura amorosa con uno sconosciuto, ogni volta che ritorno all'ospedale ho la sensazione che i colleghi mi guardino interrogandosi vicendevolmente circa il mio compotamento da "ultima arrivata"ancor priva del Manuale della Solitudine con istruzioni precise per vivere su questo mondo sovraffollato, dalle sale strapiene di persone sole, ma che, nello stesso tempo, si sforza di riempire le nostre ore "libere" di attività quotidiane come le cene fra amici, dove la cosa più importante è quello che si mangia.

 

Io preferisco osservare piccole cose, insetti, anch'essi prigionieri del mondo artificiale del laboratorio dell'Ospedale, i minimi dettagli, una macchia sul muro. Mi piace entrare nell'universo degli atlanti di oggi, come Rivas che costruisce un cosmo fatto d'immagini primordiali, immagini che mi piacerebbe trasfoirmare, al suo fianco, in parole, fino ad ubriacarmi con lui di quella sua lingua così carica di ritmo, di poesia. Mi piacerebbe parlare con Rivas, uomo centauro, guardando l'eleganza dei suoi capelli esposta all'aria della sua schiena di "pingueiras" così comuni in quelle terre mitiche, dove le donne han portato da sempre sulla testa ogni genere di cosa, anche le parole cariche di significato che portano con sé la memoria, le informazioni essenziali sull'umanità.

 

In questo tipo di universi non manca nulla e nulla è innecessario; neanche gli errori o le imperfezioni a causa dei quali dobbiamo fare ancora un altro sforzo per adattarci alla macchina diabolica che chiamiamo realtà e di cui potrebbe valer la pena vedere il congegno.

12 nov 2011

BARCELONA NACIÓ CON LOS GRANADOS (Cap 2)

Capítulo 2.

 

·         Exceso de trabajo

ARNICA 200 CH

NUX VOMICA 15 CH (cada viernes noche)

·         Fatiga

CHINA 7 CH

HEMATITE 8 DE

 

Honfleur

 

La primera vez que visité Honfleur

mi llegada coincidió con la pleamar.

Una campana avisaba con insistencia:

el puente se estaba levantando;

los barcos parecían nerviosos;

unos preparados para entrar

en el pequeño puerto

otros para zarpar

ya.

 

La operación se realizaba

con precisión matemática:

las compuertas giraban desconcertantes,

ante los espectadores

de uno y otro lado del puente levadizo.

 

Con la capota levantada de nuestro 2 CV

mirábamos atónitos la maniobra.

Al otro lado del puente,

sobre una enorme roca se alzaba

majestuosamente la Comandancia,

mitad castillo, mitad edificio atlántico.

Los rojos vivos, azules marinos

y blancos que lucen entre pescadores

se iban deslizando ante nosotros

como un escenario de teatro

donde nadie quiere que caiga el telón.

 

Sorprendentemente los habitantes

de Honfleur parecían no apercibirse

de la belleza de ese momento:

aprovechando la pleamar 

el pescado fresco encerrado

en las bodegas entra puntualmente

para deleite de cientos de turistas.

 

Más arriba,

junto a la Iglesia de Sainte Catherine

los habitantes de Honfleur

miran embelesados las paradas

del mercado, buscando variedad

de frutas y verduras y ropa marinera

que no comprarán: les alegra

los ojos el contraste de colorido

de las típicas rayas blanquiazules.

 

Los lugareños tienen la impresión

de que han nacido para un sueño,

en el que, callados, confunden

muchos mundos;  pues hablan rara vez

y cada frase es como un epitafio

para algo arrojado a tierra por la marea

-incluido el pescado que entra en el puerto-,

algo desconocido, que viene a ellos

sin aclarar, y permanece.

 

Y así es todo

lo que describen sus miradas

desde su infancia: algo no aplicado a ellos,

demasiado grande, desconsiderado,

allí enviado,

que aumenta más aún su soledad.

 

Ahora ya no existe el puente levadizo

que interrumpía como un descanso

el paso de los vehículos

y ya no suena campana alguna.

Pero el puerto de Honfleur sobrevive

como un juguete inolvidable.

 

Llegué a la Gare d'Austerlitz a las 10 de la mañana sin haber pegado ojo en toda la noche. Mi cabeza daba vueltas y vueltas sobre el mismo asunto como recomponiendo las piezas de un puzle. Sólo al detenerse el tren salí de mi ensimismamiento. Cogí la bolsa y me precipité al andén. Me estaban esperando Hervé y su novia. Fue como llegar a otro mundo, otro espacio donde nadie me iba a preguntar por mi comportamiento anterior. Y, por otro lado, personas casi desconocidas eran capaces de acogerme en su casa.

 

Dediqué mis primeros días en París a recorrer los muelles y las calles contiguas a la Rue Lecourbe donde Hervé y Monique estaban instalados. Era un apartamento situado en la planta tercera del edificio de sólo un dormitorio, así que debía dormir en el sofá del comedor y utilizar el lavabo en momentos en que ellos estaban fuera porque además de estar situado dentro del dormitorio, en lugar de puerta habían dos portezuelas abatibles como las de los salones de las películas del Oeste Americano.   

 

Al principio intenté salir a conocer el ambiente de los atardeceres, pero mi cerebro no me dejaba ver más que calles llenas de ojos planos, frontales, como cubiertos por cristales de reloj, en los que convergían, disueltas en agua, todas las imágenes que aún se agolpaban en mi memoria: infinidad de coches aparcados parecían mirarme con esos ojos faltos de hondura e igualmente faltos de expresión, vacíos, como si fueran peces que yacieran muertos sobre el mostrador de mármol de una pescadería. Decidí dedicarme a la lectura mientras me adormecía dejando que el calor agobiante de aquellas tardes del verano decayeran para salir a dar un paseo por la noche.

 

Estaba preocupada porque no tenía ninguna fuente de ingresos ni trabajo a la vista. Lo vivido recientemente me llenaba de inquietud y una bola enorme como un nudo se me instalaba en la garganta. La situación parecía ser desesperante. Y, sin embargo, tenía la sensación de que era la primera vez en que no me apretaba el tiempo para decidir que iba a hacer de mi vida. No podía permitirme el mínimo gasto, hasta el punto de considerar que tomar un café en la terraza del Cluny era un verdadero lujo asiático.

 

Robert, otro hermano de Dominique, trabajaba en Rouen y logró que me hicieran una entrevista en una fundición importante dedicada, entre otras cosas, a la fabricación de monturas de gafas. A las 10 en punto de la mañana de un lunes, a punto de comenzar las vacaciones (les grandes vacances como decían ellos) el taxi me dejó a las puertas de la gran fundición de Petit Quevilly. Un conserje me acompañó hasta el despacho de Mr. Tamelle, un hombre voluminoso, con el pelo blanco y extremadamente corto.

 

Mr. Tamelle me hizo unas cuantas preguntas sobre mis estudios y donde vivía en aquellos momentos. Era hombre que además de su enorme inteligencia debía tener un poder extraordinario y tenía un aire como el de esas personas a las que no les gusta que se les lleve la contraria. A los quince minutos de comenzada la entrevista me dijo con frases concisas e imperativas lo que yo debía hacer.

 

Me dio un empleo en la Societé Prestil de Choisy le Roi, justo al sur de París. Debía presentarme a trabajar el 1 de septiembre. Me ordenó más que recomendarme que aprovechara todo el mes de agosto para perfeccionar mi francés. Me dijo que fuera a una escuela de verano y que la factura la pagaría la empresa con cargo a los fondos de Formación Profesional Continua. Dando instrucciones a la secretaria para que se ocupase de todo, me despidió con un cálido apretón de manos. Con toda probabilidad no nos volveremos a ver –me decía riendo y sin soltarme la mano-, pero si alguien intenta molestarte le puedes amenazar diciéndole que se lo contarás a Mr Tamelle.

 

Salí loca de contenta a la calle. Tenía ganas de dar saltos como si a mis sandalias le hubieran salido alas. Hacía sol pero numerosas nubes iban dejando su carga de vez en cuando. Tan pronto se ocultaba el sol y caía una lluvia fina que me bañaba el rostro, como de repente volvía a reír el tiempo apacible. Cuando llegué a París, Hervé y Monique me esperaban con una mesa especialmente preparada con velas para celebrar el acontecimiento. Alguien les había dado ya la noticia por teléfono. Las manos me temblaron de emoción durante toda la cena y no pude dormir en toda la noche. Estuve haciendo mil planes para aprender francés desde escuchar Radio FIP a todas horas hasta pedirles conversación a mis amigos.

 

 Aquel mes de agosto lo pasé leyendo frenéticamente todo lo que caía en mis manos, desde un libro a anuncios de publicidad, pasando por los periódicos y revistas de todas clases. Hasta cambié de caligrafía: las mayúsculas de la letra cursiva desaparecieron para dar paso a unas letras capitales de imprenta y las letras ligadas artificiosamente para dibujar palabras, se soltaron separándose como si hubieran madurado y buscaran cada una su independencia.

 

Cuando leía en voz alta para aprender a hablar con soltura, una voz parecida a la mía -pero que no era la mía- se esforzaba por entrelazar palabras y frases de forma contraria a lo que me ocurría con mi caligrafía: Era imposible decir tacos en francés y las exclamaciones se me hacían imposibles. Pronto me di cuenta de los obstáculos que debía superar debido a mi lengua minoritaria. Era imposible hablar como lo hacía en español y ya no digamos expresarme como en catalán a pesar de que poco a poco iba alcanzando un nivel de lenguaje en francés aceptable. 

 

También me dio tiempo de ir un par de veces a conocer los bellísimos paisajes de la costa normanda. Visité Honfleur, Deauville, Trouville, Cabourg, Saint Michel además del impresionante centro histórico de Rouen. Era un verdadero placer viajar en el 2 CV de Hervé con la capota levantada impregnándome de aires normandos que se iban diluyendo con el oxígeno barcelonés que aún llevaba dentro de las maletas de mis pulmones. También fue un placer conocer como todo lo cocinable los normandos lo embadurnaban de crema: músculos de roca a la crema, carnes a la crema, verduras a la crema, etc.

 

También me rechifló descubrir el Calvados (aguardiente extraído de la manzana), la sidra y el Camember. Compré un libro (un tratado de Moldeo bajo presión) en el que se describían máquinas de inyección de plásticos y/o metales fundidos que casi me aprendí de memoria para hacerme con el lenguaje de la fabricación de monturas de gafas por moldeo bajo presión. Así fue como aprendí palabras de un lenguaje especializado que hasta entonces eran como frutas exóticas de otro mundo: noyos, coquillas, cuello de cisne, zamak, correderas, junta de colada, rebaba, talones de limpieza, temple, junta de ataque, circuito de refrigeración, ilzro 12.

 

Las fórmulas matemáticas que relacionaban temperatura de fusión, tiempo de solidificación de una pieza después del rellenado del molde y la consiguiente apertura del molde se convirtieron en cálculos apasionantes donde conceptos de termodinámica y comportamiento de fluidos me abrían las puertas de nuestro sistema solar y las de mi universo interior.

 

Me sentía a gusto estudiando un lenguaje especializado en el que hasta el más extenso de los diccionarios tiene dificultades a la hora de traducir fielmente el significado de palabras técnicas, a veces de origen local y de sentido no unívoco. Todo ocurría como si desde dentro de mi pecho saliese una voluntad de maniatar al día aquel parisino calor extraño de finales de agosto, como si quisiera acallar sus mil voces de alegría.

 

¿No tienes en el pecho un bosque,

un soplo cálido, un silencio,

una brisa suave y una primavera?

 

Números, letras y flores, con pasión reunidos

¿estarán arrepentidos de habitar en ti?

                                                                                                         Elisa R. Bach