26 feb 2018

¡Ay! ¡Si en la muerte se pudiera sentir cómo se borra uno de la faz de la tierra y disfrutar de ello! ¡Quién sabe si no es así!


PERSONAS QUE NO VOLVERÉ A VER

La lágrima del comediante -según Diderot-
proviene del cerebro,
la mía surge de mi vagina destrozada
por las violaciones sufridas en mi infancia.

Aquella mañana, en cuanto pisé la calle llena de luz y animada por la gente que iba a la compra me sentía en un estado de ánimo nuevo en mí: romántico y aventurero. El mundo matinal que se extendía ante mí me parecía tan bello como si lo viera por primera vez. Extrañamente se apoderó de mí la idea de abandonar aquel paisaje y mentalmente hice la lista de las personas que no volvería a ver

•                el irritable señor Ramón, el cajero de una oficina bancaria,
•                la indiferente inmobiliaria Pepita suegra de Joan el ferreté,
•                la dulce señorita Alicia dependienta de la panadería,
•                el testarudo y malhablado niño Joanot nieto de la señora Pepita,
•                el sudoroso, lento y siempre sonriente niño Ricard ,
•                el joven y rápido electricista Miguel, de sobrenombre "El Chispa".
•                la intolerante vecina señora "Charo" que roncaba todas las noches
•                el viejo y debilitado Sr. Humfrido de sienes hundidas,
•                la viajera rencorosa Nuria y de nariz roja como un tomate,
•                Litifredo, feliz cerca del mar y triste desde que llegó a Mas Rampin.
•                Ponç el político del barrio domiciliado en la pensión Ventura,
•                la estreñida y orgullosa Mercé cantante de habaneras,

•                el filósofo y barrigudo Gabriel; en él todo era optimismo.
•                la resentida y pesimista Manuela esposa de Gabriel,
•                la elegante farmacéutica Eulalia, Para ella la vida era todo estética
•                la tímida jovencita Luisa, blanca como la leche, aprendiza
•                la hipotensa Ramira hija de la Sra. Pepita,
•                Paco, el poco lustroso y parlanchín barrendero,
•                el termófobo Cartero, siempre quejándose del calor o del frío
•                el romántico y glotón Fernando el peluquero,
•                la ruborizada Felisa hija del panadero Nicolás,
•                la celosa Leonor, camarera de la Pensión Ventura,
•                la fóbica Pilar empleada de la ferretería,
•                David, el tembloroso estudiante de bachillerato,
•                la fatigada y obesa Lucía, camarera del Bar Catalunya
•                Ginés el obeso y lento Jefe de Estación,
•                Arsenio, el agitado y escrupuloso relojero,
•                el servicial e hipertenso Augusto, el lampista del barrio.
•                Pedrito, el embustero y borrachín afincado en la Pensión Ventura,
•                la triste desconsolada Ignacia, viuda de su segundo esposo.
•                el hiperactivo y difícil niño Pepito, hijo del carpintero.
•               La viajera y vengativa Nicole, la inadaptada francesa.
•                El quejumbroso y puntual Cirilo, aficionado a la bicicleta
•                Alejandro el reticente a los medicamentos
•                El bombero Hector siempre jugando con cerillas
•                El industrioso Tomás, carnívoro y su gusto por las naranjas.

Ramón el irritable director de banco
que piensa en cómo puede estafarme y decir que es el banco el que me estafa. Es un señor que acude al psicólogo para que le explique la clase de comportamiento que ha de tener para ser aún más "trepa".

La indiferente Sra. Pepita directora
de una empresa inmobiliaria que no busca clientes sino víctimas a quien colocar habitáculos en los que ella jamás viviría. Le gusta tomar una copa de vino blanco con las piernas cruzadas al final de la jornada. La tristeza se ha instalado en su rostro con una gran mancha roja en forma de mariposa.

Alicia, la dulce dependienta de la panadería
que se desvivía por ser agradable y que al casarse desapareció del mundo de los vivos. Secuestrada por su marido no volverá a ser libre hasta que no haya educado a sus hijos y sea abandonada. De cara redonda y sonrisa de luna era todo amor.

El testarudo Joanot, hijo del portero y nieto de la Sra. Pepita
que no cedía ante las dificultades. Su constancia le dará, sin duda, el triunfo. Se ha propuesto ganar unas oposiciones y las ganará, aunque sea en quinta convocatoria. De frente ancha e intelecto despejado, tiene alma de buena persona.

El sudoroso y lento niño Ricard
hijo de Eulalia la farmacéutica con su blancura de piel y su lentitud le definen como un leucoflemático. Su espíritu crítico respecto de los gobernantes y/o funcionarios es nulo. Su carácter exento de pasión le aleja de cualquier relación profunda. Sus compañeros dirán de él que es de cartón.

El joven "Chispa" rápido como una flecha,
el electricista del barrio, nervioso, industrioso, incansable sólo se divierte bailando porque en realidad no puede parar de moverse. Se comporta como una persona afectada por la mordedura de una Tarántula.

La intolerante Charo jefa de enfermeras de Can Ruti.
Su malhumor se transmite a través de los tacos que surgen de su chillona voz. Sus manos llenas de manchitas de café (una por cada enfado) ponen al descubierto a una mujer obsesionada por la limpieza. Su insomnio sólo se cura mediante el movimiento pasivo -se duerme en el autobús o en la peluquería con el runruneo del secador-, no está quieta jamás y es el terror de sus subordinadas. Toma infusiones de manzanilla para calmarse y duerme boca arriba con las piernas abiertas porque los gases atrapados en su vientre no la dejan dormir.

La estreñida orgullosa Mercé, cantante de habaneras, enamoradiza y madre de cuatro criaturas, una de cada uno de sus amantes. Su marido se lo perdona todo…

Todos aquellos personajes,
con sus luces y sus sombras, habían tejido sobre mí una tela de araña de la que parecía imposible escapar. Tuve momentos de aquellos que pueden proporcionar alegría, y, otros, en los que hubiera preferido que me tragase la tierra. Éstos últimos eran producidos casi al cien por cien por la déspota Ángeles, prisionera en su silla de ruedas y carcelera de mis noches. Sólo sabía dar órdenes.

Tienes mucha suerte
de que tenga una habitación libre -me dijo-, tratándome ya como si yo fuera su criada. Su actitud, majestuosa y reprobatoria de cualquier gesto que no fuera suyo, hizo que me sintiera culpable.

-Mi sobrino suele quedarse
en esa habitación cuando se tumba para hacer una siesta- continuó diciéndome, pero creo que no se la merece; así que la ocuparás tú. Enderezó un viejo y borroso espejo que había en la pared.

Ángeles giró, casi bruscamente la silla de ruedas y mirándome fijamente dijo: Aquí podrás descansar y para tu aseo tienes un pequeño lavadero con váter al final del pasillo, aunque es mejor que lo utilices por la noche antes de las doce; no soporto el menor ruido cuando duermo.

Me acerqué a la ventana,
traté de abrirla.

-¿Se puede abrir? -pregunté.

-Creo que no -dijo Ángeles con voz distante-.
Pero estarás muy cómoda. Una vez a la semana vendrá alguien de la Pensión Ventura a hacer la limpieza. Ya te diré más tarde cómo has de pagarle.

Cuando Ángeles salió de la habitación
me senté en la cama aterrorizada y no me atreví a moverme hasta que el ligero chirrido de hierros de aquella silla de ruedas se desvaneció. Salí sigilosamente a la reconfortante seguridad de la calle. La gente del pueblo decía que era una buena persona, pero de sus ojos salía fuego y sangre, de su lengua sólo "tacos" barriobajeros.

Aquella mujer impedida
aparentaba ante los vecinos ser una persona caritativa que me había acogido misericordiosamente por mi desgracia de ser huérfana y ofreció mis servicios de limpieza como forma de ayuda para mantenerme. Así que yo iba por las casas a hacer labores de limpieza y ella cobraba directamente mis servicios sin darme a mí cantidad alguna.

Con su sobrino era igual de déspota
que conmigo por lo que estuve a punto de congeniar con él como compañera de desgracias, pero lo que vi a los pocos días de vivir en aquella casa me obligó a ser más cauta: Eran las dos de la madrugada cuando sentí un fuerte tenesmo en mi bajo vientre y fui al pequeño lavadero para orinar. La puerta de su habitación estaba entreabierta y se oía como una respiración entrecortada. Me asomé y vi cómo el "sobrino" eyaculaba en la boca de Ángeles. Volví rápidamente a mi habitación y oriné en una botella de agua de Vichy vacía para ocultar lo que había visto.

A partir de aquel día me sentí como una prisionera.
No podía huir porque no tenía ni siquiera documentación de ningún tipo. Soporté aquella situación temiendo que cualquier noche "el sobrino" entrase en mi habitación, pero eso nunca ocurrió. Durante tres años viví con el miedo por compañero, al cabo de los cuales mi situación cambió radicalmente.

En efecto, el cartero al recoger los pliegos del Padrón Municipal vio que no me habían declarado como habitante de la casa, ni siquiera como huésped. Interpretó que aquello era un error y me añadió inventando mis apellidos y una fecha de nacimiento aproximada según su ojo clínico. A las pocas semanas una pareja de la Guardia Urbana vino en mi busca. Me llevaron al ayuntamiento donde me cosieron a preguntas en presencia de una mujer rechoncha que sonreía continuamente. Aquella mujer me hizo fotos y me tomó las huellas dactilares. Finalmente me dijeron que volviera la siguiente semana. Me sorprendieron gratamente. No salía de mi asombro: me dieron mi primer Documento de Identidad. ¡Era una persona como las demás del pueblo! ¡De dieciocho años! Mi corazón latía tan fuerte que me pareció que iba a explotar. Pensé en salir corriendo, atravesar las vías del tren y chillar.

Aquí y allá fui caminando
en medio de toda una quietud en mi pecho, una atmósfera callada y algún gorrión, desde su nido delicioso y sagrado que dejaba oír sus alegres trinos. Me paraba y escuchaba, y de golpe un indecible sentimiento universal me invadió y con él una sensación de gratitud que brotaba, violenta, de mi alma. Tonos de un mundo primigenio, como un regalo del Angel Montserrat, me venían, no sé de dónde, al oído.

¡Oh, así me gustaría morir
cuando llegue el momento! -Exclamé-. Sentí un rumor suave flotando en el aire, que bajaba de las copas de los árboles cuchicheando como el Ángel Montserrat.

Aquí, entre estos pinos y encinas,
amar y besar sería una felicidad -me dije-. Tan sólo pisar aquella tierra tan agradable ya era un placer, y la calma encendía plegarias en mi alma. Incluso yacer muerta aquí -me dije-, sepultada discretamente bajo la tierra fresca de este bosque, sería algo dulce.

¡Ay! ¡Si en la muerte se pudiera sentir
cómo se borra uno de la faz de la tierra y disfrutar de ello! ¡Quién sabe si no es así! ¿Quién puede aseverar que no tenemos en el bosque de nuestro hipotálamo preparada una tumba pequeña y tranquila?

Dejé de pensar en aquella lista de personas
que ya no volvería a ver. Salí del bosque. Quería encontrar la claridad y la vida.

                                                                                 Ermessenda

22 feb 2018

Re:


¡Cuánto me duele decir que nunca tuve ese primer amor…, ni siquiera imaginariamente!


EL PRIMER AMOR


Pasan los años,
cada uno corresponde a una vuelta elíptica completa alrededor del sol. Viajamos hacia el Ápex al tiempo que envejecemos. No por obvio es menos inquietante.

Y quisiéramos no ver en el espejo
nuestro rostro maquillado de forma natural con tinturas secretas -alquimia pura-, con ocre, fucsia, lila, con un negro reconcentrado alrededor del gris azulado de los ojos.

Son años -los últimos-
en los que, encorvada, sin beber agua apenas, con los codos puestos en la mesa y la cara hundida entre las manos. La duda detrás de los dedos sobrevive resplandeciente con una extraña sonrisa, preparándome para el amanecer, para otro amanecer

¡Cuánto me hubiera gustado
poder escribir sobre un hipotético primer amor!

Escribir, por ejemplo,
que era un hombre alto, de complexión atlética, de unos cuarenta y cinco años, primo segundo de mi padre al que no llegué a conocer. De rostro absolutamente tosco, de rasgos a la vez duros y delicados, hermosa tez, ojos negrísimos, cabello castaño y algo crespo, maneras dulces y, en mi imaginativa opinión, elegantes, lejos de toda afectación que desprovistas de aquella rudeza de la rudeza propia de las gentes de aquel Mundo Rural.

Me gustaría poder explicar
que me crucé con él en el camino de la vieja ermita y no salí huyendo como solía hacer ante la presencia de cualquier vecino del pueblo. Sorprendentemente me dio los buenos días y me preguntó dónde iba tan temprano lo que cual me dio la oportunidad de detenerme y cruzar con él unas pocas palabras, unas escuetas frases frente a un ser humano: sin quitarle los ojos de encima, con un distante y curioso placer, más intenso, si cabe, que si estuviera contemplando la salida del sol al amanecer.

Me gustaría poder describir
aquella sensación que, durante la noche, siente una muchacha quinceañera del revoloteo de mariposas en el bajo vientre al haberse cruzado con él, un simple hombre maduro como una figura potencialmente protectora.

Durante una semana pasé por el mismo lugar,
temprano, a pesar del mal tiempo. Necesitaba volver a verlo. Ni siquiera se me pasó por la cabeza que pudieran verse frustrados mis deseos. Me gustaría poder explicar que mi corazón conmovido e inquieto, y durante un segundo encuentro observé los gestos y las palabras de un hombre inmensamente complacido y me turbaron aún más.

Al estirarme en la noche sobre la paja
examiné lo que sentía: era, en definitiva, una vaga inquietud, un malestar, una melancolía, mezcladas con algo agradable, mucho afecto y deseo no sabía de qué, pues entre las cosas que me era posible obtener no se me ocurría ninguna que hubiera podido satisfacerme.

Me gustaría recrearme
en el recuerdo vivísimo de la noche y de los días anteriores a aquellos encuentros y quedarme despierta durante varias horas y cuando al fin me quedase dormida poder soñar febrilmente con aquella imagen de un hombre, único, irrepetible.

Sí, sí. ¡Cuánto me hubiera gustado
poder escribir sobre un hipotético primer amor!

¡Cuánto me duele decir
que nunca tuve ese primer amor…,
ni siquiera imaginariamente!

He tenido que esperar años y años
para llegar a la tercera juventud para vivir como toda mujer mi primer amor, un tiempo en el que me revuelve el estómago y me desespera escuchar conversaciones banales. En general, como no abro la boca, evito en la medida de lo posible que me dirijan la palabra, sobre todo cuando me asedian las miradas masculinas. El mundo ha tenido que cambiar muchísimo antes de sentirme deseada como nunca lo fui en mi juventud.

                                   Ermessenda

10 feb 2018

Acurrucada en mi escondrijo ...


ESPERANZA EN LAS CÁSCARAS DE MANDARINA


La Tramontana blanca del norte
batía ventanas de postigos venecianos, iba levantando los copos arenosos impidiendo la acumulación de nieve carbónica.

Los cipreses oscilaban en el campo
como mástiles desnudos en la marejada, y, la noche constelada quedaba oculta tras las densas nubes.

Acurrucada en mi escondrijo
yo bebía agua helada y masticaba cáscaras secas de mandarina.

Ignoraba qué era poesía,
qué era ético o no…, qué era arte y que significaba la palabra esperanza…

Necesitaba creer
que vivir tenía sentido.

                                                                  Ermessenda

5 feb 2018

mi estreñimiento se acentuó como un orgullo


EL ORGULLO ANTE EL ESPEJO

En aquel Mundo Rural
las mujeres se avergonzaban de su condición. Consideraban su sexo como una maldición. Quizá esa fuera su desgracia, la desgracia de todos.

Todos declaraban que les hubiera gustado,
quizá, ser algo distinto de lo que eran.

Unos lo soportaban mejor que otros;
pocos, reconocían que aquella comunidad, con su violencia homicida y hambre inhumana era insoportable.

El destino, decían algunas voces,
nos sujeta al redondel de lo irrealizable para que giremos y giremos alrededor del pozo en cuyo fondo se halla encerrado, oscuro, indescifrable nuestro rostro.

Envuelta en mi angustia
deseaba ser como las demás: negarme a asentir y, sin embargo, acatar sin esperanza posible. Fracasé. No pude acostumbrarme a aquella vida y hui en cuanto pude. Fue en un otoño que se apagaba mientras crecía la ansiedad.

Durante el viaje sentí
que los objetos se empequeñecían antes mis ojos y mi estreñimiento se acentuó como un orgullo. Cuando en los lavabos de la estación me miré en el espejo. El azogue, todo se llenaba de los cuerpos de aquellas niñas hechas mujeres a la fuerza que viajaban en el mismo vagón. Sólo por debajo de sus sobacos cuando las manos se alzaban inmensas en un gesto de prohibición, pude ver por un momento un trocito de mi pálido rostro, acorralado, con un solo ojo como si fuera una tuerta.

Como fruto de aquel orgullo
surgió en mí la preciosidad en el lenguaje, la afición por las letras y finalmente sólo el escribir calmaba la pasión en mi pecho. Como una amazona de platino cabalgando en un universo finito construí mi propio mundo.

                                                               Ermessenda



4 feb 2018

Sólo existe una palabra maldita: Rendición


LA HIERBA EMPUJA

¿Por qué una forma de vida
antes que aquella otra que soñé?

La hierba empuja
entre las dóciles tejas árabes.
El enemigo es la tramontana;
el aliado, el olor a romero de la rocalla.

La mano nerviosa del tiempo se impone;
sobre el papel, la goma del olvido.
Esa goma coloreada, la que tan bien borra,
aún no ha podido con los recuerdos
tatuados sobre las cicatrices de mi piel.

Prisioneras de la lógica de los tejidos,
mis cicatrices supuran lágrimas de ámbar y silencio,
odian el hilo de sutura que amordaza
su discurso de sangre y carne desgarrada.
…………………………………………………………………………………………………

Si hubiera querido construir
una queja refinada sobre el mundo, una queja potencialmente asimilable por las grandes "vacas sagradas" de la literatura domesticada de los Nobel, hubiera escrito, por ejemplo,

que este es un mundo
de "convivencia difícil" en lugar de describir los horribles crímenes que en él se cometen. También podía haberme dedicado a comentar la fiebre de la maquetación urbana sobre los espacios naturales precisamente en un momento en que millones de criaturas pagan fortunas por un reducido habitáculo en una colmena dormitorio.

¿A quién se le roba el sueño con esos temas?
¿Hay algo más inútil que llenar las páginas de los periódicos con tinta amarilla que alarmarse por la desaparición de la ética, denunciar la impunidad ante la corrupción creciente y no altera los resultados electorales?

Entre el Ángel Montserrat y yo
sólo existe una palabra maldita: Rendición. En algún momento, un diluvio de gotas ácidas cargadas de mercurio hará que las cosas cambien, que el globo terráqueo se salga de su órbita y alcance el Ápex ese lugar en el que no existan moscas chupando las órbitas de los ojos de niños indefensos.

La hierba empuja…,
a pesar de todo, como si la vida fuera imparable.

                                                                     Ermessenda
�7

29 ene 2018

Quisiera olvidarlo todo,

EL MUNDO INFIERNO Y PARAÍSO



A lo largo de muchos años
me dijeron que exageraba al explicar las penurias que tuve que soportar en mi infancia. Dejé pues, de hablar sobre mis sentimientos guardándolos en mi corazón, pero he de dejar constancia de que

No me gustó ver cruces
miserablemente dibujadas con tinta roja girando en un cielo de tormenta. ¿A quién le gustaría presenciar tal Vía Crucis?

No me gustó ver tenias de nácar
en los intestinos de los niños emaciados hasta lo indecible de aquel Mundo Rural, garrapatas de esmeralda chupando el vítreo de sus globos oculares,

tampoco me gustó ver
el miedo devorando la materia gris de nuestro cerebro, el pánico extendiéndose sobre el barro de los campos y encharcándose en los caminos de carro.

No me gustó ver el infierno
y sus atrocidades ni los cielos abiertos y sus intestinos cargados de agua derramándose sobre nosotros.

No me gustó ver enloquecer
a la moral, a la inteligencia -menospreciada en todos sus extremos-, al fuego crepitar como los hambrientos estómagos, a la impotente luna gemir…, a los caballos relinchar de miedo a media noche.

No me gustó ver
rostros con los labios cuarteados permanentemente, ni los pechos negros de melancolía de las mujeres, caídos como ubres secas.

No me gustó ver…

El ser como anillo en el dedo de no ser,
todo en un instante en las orejas de la aguja
en un singular punto geométrico de mi hipotálamo.

Quisiera olvidarlo todo,
pero el Ángel Montserrat cree que es bueno recordarlo todo a modo de vacuna contra los colmillos de amenazantes bocas de mandíbulas abiertas, contra los ojos de tigre inyectados en odio, contra las tenazas de cangrejos gigantes y venenosas colas de escorpión…, contra diablos y monstruos que invaden nuestro incendiado campo del alma…

"El infierno -acostumbra a decir- está en nosotros,
pero también el paraíso".

                                                               Ermessenda


27 ene 2018

Sin nadie a quien poder ofrecer el sol del murmullo vesicular,


UNA PIEZA MÁS DEL DECORADO

En todo Mas Rampinyo
no había un lugar mejor donde leer tranquilamente más que junto a la Avenida de Catalunya. Aunque la gente no me miraba cuando me sentaba a leer en la minúscula plaza de Salvador Espriu, cerca del Casinet yo me sentía como una pieza más del decorado en un mundo gigantesco y caótico.

Las páginas de los libros
reflejaban el color siempre cambiante de los vastos cielos sobre las vías del tren, del dorado del mediodía en verano al rojo oscuro, plomizo, de las tardes nubladas en la profundidad del invierno. Absorbida por la lectura no me daba cuenta de cuando oscurecía por completo. Luego me iba paseando lentamente hasta la estación y esperaba hasta ver detenerse otro tren, regresaba a mi habitación y sumergida en la oscuridad, cuando la página y la letra tenían prácticamente el mismo color y ya no leía, sino que soñaba que seguía avanzando en el relato y lo deformaba según las leyes del sueño.

Por la mañana me espabilaba,
antes de que el día despuntara, me estiraba, me levantaba de la cama e, invariablemente, me acercaba al gran ventanal desde donde se veía la estación y los obreros que iban camino del polígono industrial. A las seis de la mañana ya estaba haciendo la limpieza en la Caja de Ahorros y, luego a las ocho, quitaba el polvo a centenares de frascos en la farmacia de la Sra. Eulalia. De diez a doce hacía las camas de la pensión Ventura. Lo hacia todo de buen grado pues ello me permitía pagarme el alojamiento y algo de comida. El resto de mis ingresos se convertía en literatura.

A veces, durante el día en verano,
salía a pasear en medio de un verano interminable, vagaba por las calles desconocidas del centro del pueblo, me encontraba de repente en barrios extraños, me perdía entre casas extrañas como setas diseminadas en un bosque de otro planeta, luego regresaba a la pensión, dejaba que el agua caliente sobrepasara la loseta de seguridad y que llegara cerca del borde de la bañera de porcelana de forma que al meterme pudiera cubrir mi cuerpo por completo. Me sumergía por completo en el bendito líquido. Me quedaba así tumbada en el fondo de la bañera, una adolescente delgada con las costillas patéticamente visibles a través de la piel, con los ojos abiertos de par en par, casi del tamaño de las mandarinas pegadas en el pecho, contemplando los juegos de luz de la superficie del agua. Aquello, comparado con la falta de higiene del Mundo Rural, era verdaderamente un lujo asiático.

Me arrojé a mi nueva vida como una demente, pero

¡qué sola estaba
y qué desafortunada me sentía!

Sin nadie a quien poder ofrecer
el sol del murmullo vesicular,
el bazo limpio de envidias
y la granada boquiabierta.

                                                                         Ermessenda


21 ene 2018

Tampoco tuve tiempo para la melancolía


UN TIEMPO PARA LLENAR LA NADA

Debo decir, aún a riesgo de hacerme pesada,
Que mis batallas no ocurrieron en Las Termópilas, sino precisamente en el miedo paralizante.

Tampoco mis descubrimientos
estaban relacionados con el de américa o el de la pólvora sino que se enlazaban a una fuerza interior que nunca me abandonó: la esperanza de que un mundo mejor era posible.

Al llegar a aquella humilde estación de Montcada
mi vida tomó bruscamente otro derrotero, de forma casi providencial como cuando cambian las agujas de las vías del tren.

Durante siete años se me olvidó respirar,
toser, vomitar, estornudar, ver, oír, llorar, producir leucocitos después de la regla, apretar las piernas para sentir el orgasmo; se me olvidó protegerme del frío o del calor, que mi cabello iba creciendo y que mi lengua, con sus papilas, tenía que saborear la comida. Se me olvidó pensar sobre mi destino en la tierra…, buscar a alguien a quien amar…

Tirada en la cama de una sencilla habitación
como un estatua románica en su sarcófago amarilleando las sábanas con mi sudor, leí casi hasta la ceguera y la esquizofrenia libros y libros periódicos y periódicos…

Durante aquellos siete años
en mi mente no hubo espacio para los cielos reflejados en los charcos en primavera ni para detenerme a observar los humos de las fábricas ascendiendo detrás de la montaña cercenada por el hambre de cemento del Mundo Industrial.

Tampoco tuve tiempo
para la melancolía delicada de la lluvia: en la lengua se me pegaban las citas de mis autores preferidos; cuando levantaba los ojos de la página, -en la habitación sumergida en el ocre-rojizo de los atardeceres- veía las letras tatuadas en las paredes: había poemas en el techo (apenas alcanzaba los dos metros de altura), en el espejo de la puerta del armario, en las hojas de los geranios que vegetaban en los tiestos de la ventana…

Yo misma escribí mi poema: el poema.

Era ese solo objeto de un tiempo
para llenar la nada.

                                          Ermessenda