5 sept 2013

Las tormentas... no me han dejado otra mesa de trabajo para escribir que el escollo de mi naufragio

      ÚLTIMOS ESCRITOS

 

A ti, mi amor, también te ha de llegar

un momento en la vida en que serás una extranjera entre la gente que te rodea. Nadie aplaudirá el que hayas dormido sobre la tierra que ahora pisan tus hijos.

 

Nadie agradecerá los esfuerzos

hechos para hollar la senda que ellos han de seguir.

 

Imagino el vértigo que debes sentir

ahora al lanzar miradas al pasado desde esa tumultuosa fiesta de tus recuerdos ese mundo desconocido por todos en el que nuestra imaginación jamás puede llegar a recrearse.

 

Yo ya estoy, mi amor, confinado,

en mi jaula de oro, a pensión completa, de incógnito, a salvo de las miradas de antiguos adversarios vencidos, familiares y amigos.

 

Mesa, cama y tinta en abundancia

bastan a mi espíritu que está en vela, que toma el bolígrafo para que comparezcan mis horas pasadas.

 

El balcón abierto de par en par

me permite asomarme a la calle como se contempla la luz serena que ilumina un cuadro de terrazas abarrotadas. El aroma del café mezclado con risas y tabaco sube a hacer compañía a los alegres helechos y a mí mismo.

 

Salgo sólo por mañana a tomar un café.

En el bar todos me saludan don los honores del primer cliente del día; por la noche, cada vez menos: los que me ven a la luz del día, se comportan como un caballo asustadizo que no responde al freno de la boca.

 

Es el fruto de la incoherencia de mi destino.

Las tormentas, sobre todo en mis mejores momentos lúcidos, no me han dejado a menudo otra mesa de trabajo para escribir que el escollo de mi naufragio.

 

Yo no necesito culminar

con mis últimos escritos una obra como pretendidamente lo han de hacer los escritores. No necesito releerme en busca de un ritmo más vivo o temperado, de un andamiaje más firme, de una acuñación más precisa.

 

Sólo necesito, mi amor,

que me ayudes a explicar que me dediqué a escribir porque intentando ser como los otros fracasé y, que, parafraseando a Rilke, sólo tú fuiste real.

                                                                          Johann R. Bach

4 sept 2013

Busco que mis escritos inspiren y no se defina, ... una suerte de metáfora

  ¿ARTE EN MIS ESCRITOS?

 

El fin de un destino (rico o pobre)

se halla en sí mismo; recorre caminos ocultos que el mundo desconoce; están llenos de flores o espinas.

                                                                         Marta Guillamon

 

¿Qué es lo que al principio,

hizo mi producción difícil y la convirtió en tardía?¿Sería acaso una óptica que no se adecuaba a mis dones en caso de tenerlos?¿Una suerte de conflicto entre el corazón y la cabeza? Aún no he conseguido averiguarlo.

 

En mis inicios

yo tendía siempre a la perfección y, creámoslo o no, la perfección en la forma. Así estuve sometido a la tiranía de la rima, el ritmo, la métrica y la estructura de los poemas. Sólo rechacé desde el comienzo los sonetos que me parecieron una absurda e inútil búsqueda del "jaque mate" en catorce versos.

 

Pero permitidme deciros

que ahora ninguna forma (entiendo por ello una forma percibida objetivamente) de ordenar las sílabas podría encontrarse en mis escritos. Ni siquiera la temática domina mi espíritu.

 

Nunca me agradó hablar de mí mismo

y por ello los escritos de mis inicios eran puro ejercicio y raramente se publicaron.

 

Pero hoy os digo,

con total madurez y conciencia, e insisto en ello, que todo mi arte está limitado a los únicos recursos destinados a una mayor comprensión de la palabra escrita, ese agente de inspiración profunda que actúa directamente sobre el espíritu.

 

El arte sugerente de un escrito –creo-

no puede proporcionar nada sin recurrir a los juegos misteriosos del doble sentido y la síntesis, el requiebro, el hipérbaton, la metáfora y la palabra profunda.

 

"El quijote" es una obra maestra legible

por cualquiera que se lo proponga y, sin embargo, no me atrevo a decir lo mismo de "La Divina Comedia" escrita en versos endecasílabos formando una estructura perfecta de tercetos encadenados.

 

De todas formas, la naturaleza es

la que nos indica que obedezcamos a los dones que nos ha dado. Los míos me han inducido al sueño, he sufrido los tormentos de la imaginación y las sorpresas que ésta me daba, bolígrafo en mano.

 

Busco que mis escritos inspiren

y no se definan. Busco que no determinen nada. Busco que el lector se sitúe como en un pequeño concierto en el mundo ambiguo de lo indeterminado.

 

Busco en ellos una suerte de metáfora,

lejos de cualquier arte geométrico. Con ellos pretendo que se descubra una lógica imaginativa. Hasta qué punto lo consigo es una cuestión que ya no me pertenece.

 

                                                                            Johann R. Bach

¡Escúchanos! ¡oh luna!

NOCHES DE LUNA CRECIENTE  (Marta Guillamon)  

El cielo se encarga de mezclar con la plata

el bronce y el cristal.

 

Así mi piel oscurecida de años

que entrelaza la nocturna mirada con la catarata blanca que brilla sobre mi busto cincelado por noches de luna creciente, aún acusa el placer de los besos masculinos y habla directamente contigo.  

 

¡Escúchanos! ¡Oh luna!

 

Tú que llenas la noche

de blancas figuras de héroes y reflejas los tenues rayos del sol nocturno sobre las copas de los árboles de los callados bosques mientras creces.

Tú que no te apartas

del tierno abrazo de los amantes y guardas en las carpetas de sombras de tiempos famosos de tus archivos de rocas brillantes en los alrededores de ríos y lagos,

 

te extiendes sobre la ciudad

donde habita un linaje corrupto, frío y maligno y los nietos de ojos limpios, sin sangre, se disponen a afrontar el futuro, deseando crecer como las mareas.

 

¡Oh luna!

 

Entrelaza con tus sombras

que suspiran sobre el cristal vacío de los lagos de alta montaña para que puedan engullir el reflejo de todos los astros y podamos beber sus aguas.

 

Cubre con tu luz

los claros del bosque  para que podamos sobresalir por encima de las infernales muecas de fogosas bestias de ásperos licopodios, abetos y amanitas encantadas.

 

Eres más fuerte

que la boca oscura de la melancolía, que la forma plasmada de grises y rosas nubes de otoño y más generosa que el manto de gotitas de lluvia que caen sobre una aldea que piadosa en imágenes morenas expira.

 

¡Escúchanos!

 

Y haz que las noches de otoño

no lleguen tan frías y chispeando estrellas sobre nuestros huesos troceados sean como monjas silenciosas que sueñan con su Orfeo.
 
                                                                                Johann R. Bach

A ti no te apetece que el poema se rinda antes de tiempo

LA POESÍA DE RILKE

 

Lo que te llegó de él –La Pantera-

hace tiempo está pegado al imán de tu corazón y no lo sueltas:

 

"Los poemas no son sensaciones, son experiencias".

 

Lo que fue llegando después

tuvo que lidiar con intermediarios y sentiste el tirón de lo que se te acumulaba encima, hasta el punto de que tus cimientos, al menos en parte, amenazaban con venirse abajo de un momento a otro

 

ante tanta belleza escondida tras el sufrimiento.

 

La poesía para él -y ahora también para ti-,

entre otras cosas, era dialogar con la palabra libertad, era como escapar por la puerta trasera de la disciplina militar.

 

Pero nunca como en un poema

se percibe que las cosas se parecen a su nombre. De ahí empezaste a sospechar, tal vez, que en libertad las palabras tienden a caminar hacia aquello que nombran.

 

No todo lo que salía de su alma

te gustó, pero se lo perdonabas por ser humano. Entre las cosas que más te molestaron de su etapa sonetista fue esa soberbia de gran maestro que busca el jaque mate en catorce jugadas planificadas en cuartetos y tercetos encadenados.

 

A ti no te apetece que el poema se rinda

antes de tiempo, tirando su rey, a fin de arruinar ese gran final  que hace relamerse al autor sin darse cuenta que ha construido los barrotes con forjadas rimas y lo condena a ser prisionero de su talento.

 

Todo estaba a su alcance,

y sin embargo, se ahogaba en sus propios versos. Demasiado pronto olvidó Rilke aquel verso, lleno de amor, que le escribió a la Dama de sus Sueños –Lou Andreas Salomé-:

 

"sólo tú eres real"
                                                              Johann R. Bach

3 sept 2013

Él era entusiasta durante el día; tú, durante la noche, sólo al verle dormir.

LA SOLEDAD DE LA ZARINA

Corrían los tiempos en que el ferrocarril

prometía milagros y los astros se conjuraban contra esa soberbia humana que no ceja en su empeño: escalar en el aire para derribar la luna y bombardear a los humildes con excrementos.

 

De origen alemán fuiste escogida,

enviada, según un oráculo de inmensos beneficios para tu familia, a los misteriosos palacios rusos con una única misión: dar un heredero al Gran Zar de las Rusias.

 

La ansiedad y el nerviosismo

jugaban una partida con dados trucados: una cierta incapacidad para retener el semen en tu interior y los fuertes espasmos uterinos malograban tus esperanzas de ser madre. Sólo tu tozudez germánica  acabó dándote un momentáneo triunfo.

 

En una loca noche de luna llena

las concubinas te habían rociado la espalda con romero y lavanda traídos desde Crimea; y, tu lengua con café mezclado con vodka. Aun así tuvieron que asistir en su penetración al Gran Zar de las Rusias con tintura de cantárida.

 

Durante tres días soñaste

que te habías quedado en cinta, que la alegría asomaba a tus ojos, levantando tus párpados y tus labios y una sensación de tranquilidad se estableció en tu plexo solar.

 

El calor en tus hombros

te obligaba a apagar la luz de gas de la cabecera de tu cama, abandonaste las cenas opíparas y desapareció la necesidad de tomar bicarbonato; y, tus sueños fueron por primera vez los de una reina.

 

El maleficio

se convirtió en un beneficio: el embarazo. Aunque ello significó el principio de tus males. Apartaron a la criatura de tus manos, impidieron al entregarlo a las nodrizas la impronta de tu amor de madre y el chico creció débil y delicado la carne le producía vómitos y diarreas:

 

la herencia y la alimentación vegetariana

lo llevó a una hemofilia de mal presagio. El Gran Zar rodeado de abrumadores problemas de Estado y acuciado por la guerra se refugiaba en masajes de vapor, hacia oídos sordos a las llamadas de amor de una princesa aún enamorada.

 

Tus nervios se fueron transformando

ora en histeria, ora en melancolía. Cada vez con más frecuencia los ataques de soledad se sucedían hasta el punto de pedir ayuda a aquel mugriento barbudo que lanzaba su aliento sobre tu boca mientras con dos dedos introducidos en tus entrañas te llamaba una y otra vez a romper el cielo.

 

Poco a poco fuiste

perdiendo generosidad. Ya sólo buscabas placer y soledad como una extraña simbiosis.

 

Sin embargo, de vez en cuando,

te acercabas a la alcoba de tu César. Verle dormir te apaciguaba. Era menos que una persona. Su rostro se reblandecía un poco, pero los ojos le temblaban tras los párpados como dos canica inquietas, olía a sueño, afeado el pobre de una manera conmovedora.

 

Le decías entonces cosas sencillas que él no oía,

cosas que no habrían sido posibles a la luz rosa del mediodía o de la tarde, un "sí" cierto y desprotegido.

 

Sí, sí… Era como si todo su cuerpo

se hubiese vuelto flácido en el interior y tú dura, a su lado. De una forma misteriosa vuestros cuerpos parecían no poder acostumbrarse el uno al otro,

 

como si cada uno por separado

tuviese en el interior los restos de una alegría mal enterrada que nada tenía que ver con este orden nuevo.

 

Él era entusiasta durante el día;

tú, durante la noche, sólo al verle dormir. Tu actitud se parecía a la palabra adiestramiento: esperabas hasta que su respiración se volvía pausada con sus ojos medio abiertos y entonces, apoyando el codo contra la almohada, acercabas tu rostro al suyo.

 

Había en realidad tanto y tan poco que ver:

nada que no supieras ya y nada que no hubieses podido adivinar tú sola.

Y, a veces, sin saber por qué, tenías la sensación de que reía.

 

                                                                                          Johann R. Bach

 

 

Limpio mis ojos entristecidos y cabizbajos de lágrimas azules

                       LA NOCHE SE SUMA

 AL SILENCIO DE LAS ESTATUAS Y LOS MITOS

                               COMIENZA LA NOCHE

 

Comienza la noche

y hay que hacerle frente con el Manual de la Soledad, aún por elaborar, en la mano.

 

Tu recuerdo inmerso

en una noche constelada se desvanece como la luz gris y esta sombra desgarrada se refugia en el sueño.

 

He perdido las miradas:

el entusiasmo inicial que despertaba en mí el transparente Spree como un deseo impaciente que me empujó hacia tus labios; ha cedido como niebla de mediodía.

 

Cobra vida

una angustia infinita que no sé cómo mitigar.

 

Ahora las miradas

las dibuja el silencio con unos trazos que me hieren incurablemente en el atardecer donde se detiene la espera, sereno, sobre un cielo de cristal.

 

Limpio mis ojos

entristecidos y cabizbajos de lágrimas azules.

 

De la misma forma

que hubo una noche en la que nací existió otra noche donde tu cuerpo me amó. En suma valió la pena haberlo escrito mientras que el olvido va secando su rastro.

 

Todo es desnudo

fuera del tiempo cuando surgen los astros.

 

                                                                                           Johann R. Bach

 

¡Oh noche! ¡Déjalos a ellos aparte!

ORACIÓN TERCERA

Tienen los ojos blancos,

sin pelo y sin pestañas; sus brazos son delgados como cañas.

 

¡Oh noche!

 

Déjalos a ellos aparte.

En tres ocasiones he oído las voces de los niños al amanecer felices como abejas, como mariposas de múltiples colores.

 

¡Oh noche!

 

Déjalos a ellos aparte,

sus voces ni siquiera se separaron de sus labios: se quedaron pegadas a sus dientes de leche, amarillos, aflojados, a punto de ser remplazados.

 

Tuyo era y es el mar y el viento

con el bellísimo astro Venus acompañando a la luna en su recorrido por tus dominios en el firmamento.

 

¡Oh noche!

 

Ellos no sabían que éramos frágiles,

tan sólo lo que podíamos ser curándonos las heridas con hierbas que crecen en los márgenes de los caminos –el hipérico-, en la alta montaña –el árnica- o en los campos –staphisagria, bellis perennis-;

 

ellos no sabían que respirábamos

como podíamos con una humilde plegaria cada noche que llegaba hasta la playa, delante mismo de nuestra casa cruzando los resquicios de la memoria…

 

¡Oh noche!

 

Déjalos a ellos aparte.

Sométenos a tu voluntad de alguna otra manera.

 

                                                                                    Johann R. Bach

A los primeros apretujones me abrazó

LAURA, LA HERMANA DE MANUEL

 

El 20 de mayo de aquel año

acabó el curso para los que estudiábamos el Bachillerato Oficial en el Instituto. Me acuerdo muy bien, era viernes y el tranvía iba completamente abarrotado y de los estribos de la puerta del remolque iban colgados varios hombres.

 

Como no tenía prisa decidí ir a pie

y ahorrarme los 50 céntimos del billete. Llegué un poco cansado a casa; me sentía satisfecho por lo bien que me había ido aquel curso.

 

Al caer la noche

los vecinos sacaron sus sillas a la calle huyendo del calor del interior de las casas. Nosotros no éramos una excepción. Aquel día estuvimos de charla, unos con otros hasta bien pasada la medianoche.

 

Un ligero hormigueo recorría mis pies

cuando mis ojos se cerraron y ya no me enteré de nada. Me llevaron medio dormido a mi habitación y estuve durmiendo hasta las doce del mediodía siguiente.

 

Al despertar mis ojos recorrieron sin prisa

todos los detalles de la habitación. El aire estaba cargado. Dos personas habíamos respirado allí toda la noche con un sueño plomizo y restaurador. Sobre la mesilla derecha había más de siete libros apilado en posiciones aparentemente desordenadas.

 

Sobre la otra mesilla, la de mi hermano,

había dos libros más y un periódico. Las dos camas estaban unidas de forma que parecía una sola y opulenta. Así ganábamos espacio para dos mesas iluminadas por sendas lámparas de tipo flexo.

 

Junto a la ventana teníamos un mueble sifonier.

La ropa extendida sobre las sillas producían un cierto aire siniestro. Los pantalones colgaban hasta llegar al suelo y los indestructibles zapatos "Gorila" con sus correspondientes calcetines dentro yacían debajo de la cama.

 

La persiana estaba echada casi por completo,

pero el sol de la mañana entraba a través de las rendijas con su luz lechosa y enjabonada. El suelo era de madera como en todo el edificio y producía de cuando en cuando pequeños chasquidos.

 

En la habitación del piso de arriba había dos personas.

 

Por la tarde fuimos, Manuel y yo,

a nadar a la piscina de la Escuela Industrial. En la de Piscinas y Deportes había que pagar, en la del Club de Natación de Pueblo Nuevo no te dejaban entrar si no eras socio y en los Baños de San Sebastián el agua estaba helada; así que no había opción.

 

La caminata hasta casa fue brutal.

Quedamos en ir al día siguiente a la Playa de Vilassar de Mar. En aquella época nos gustaba madrugar y a las ocho de la mañana subíamos apretujándonos en un verde vagón de Cercanías. En una bolsa de deportes llevábamos una toalla y dos bocadillos para pasar el día sin apuros.

 

Manuel era de carácter más bien callado

aunque daba la sensación de que llevaba mal una cierta soledad. Era muy inteligente y ya desde muy joven no creía en nada. Fue el primer escéptico auténtico que se cruzó en mi vida. Siempre fue un misterio el que se encontrara a gusto con mi amistad.

 

Estuvimos contentos entre estar tumbados al sol

y metidos en el agua todo el día. Al tomar el tren de vuelta Manuel hizo un gesto de disgusto al toparnos en el mismo vagón con su hermana y una amiga que habían ido también a la playa de Sant Pol de Mar.

 

Por alguna razón

Manuel rehuía la presencia de las chicas como avergonzándose de mi presencia o como si su hermana y su amiga fueran de una clase social a la que nosotros no perteneciéramos.

 

La verdad es que Laura,

la hermana de Manuel, era como una muñeca de porcelana, delicada, sensible, educada, con unos ojos bellísimos llenos de pestañas y unos labios pintados con crema de cacahuete para evitar las grietas. En la cara bien broceada aún brillaba la crema con un delicioso aroma femenino.

 

Ellas, cinco años mayores que nosotros,

también estaban un poco violentas con nuestra presencia, pero esa actitud cambió radicalmente en la siguiente estación cuando una avalancha de gente subió al vagón.

 

Entre los apretujones

algunas manos buscaban sus glúteos. Ellas, incomodadas por tales acosos vieron en nosotros una tabla de salvación. Laura me rodeó con su brazo por encima del hombro como si yo fuera un primo suyo o algo parecido.

 

Sentí por primera

vez el olor de la alantoina y la primera proximidad de una princesa. Su cara casi rozaba la mía, esforzándose ella por abrir un diálogo conmigo. El sudor de la gente nos ahogaba con su olor a cebolla. Manuel se encontraba con la otra chica con similares "apuros".

 

Al llegar a Barcelona, todo acabó.

Ellas se despidieron de nosotros diciendo que iban en dirección a la Catedral a tomar el autobús de dos pisos que camino de la Plaza Ibiza pasaba por el paseo Maragall. Nosotros fuimos a pie.

 

Había olvidado aquel viaje,

de vuelta de la playa en tren, cuando curiosamente la escena se repitió el domingo siguiente. Volvimos a coincidir con Laura y Luisa en el mismo vagón.

 

Laura ya no lo pensó dos veces:

a los primeros apretujones me abrazó de la misma manera, pero en aquella ocasión cuando sentí su rostro tan cerca del mío no pude evitar el impulso de besarle la mejilla.

 

Laura sonrió. Aquél fue mi primer beso robado.

 

                                                                                          Johann R. Bach

2 sept 2013

Has regresado y eso es lo que importa

PUEDO DECIRTE POR EJEMPLO…

                        

No me preguntes, amor,

el porqué de mis desvelos pues cada vez me es más difícil responderte con otra pregunta. Podría decirte, por ejemplo: ¿Hace mucho que no te digo que eres una mujer maravillosa?

 

O ¿crees que el silencio

al que me obligan tus labios no es el mismo de siempre? ése que en la noche sólo permite el latido de la sangre y el dulzor de regaliz de la saliva.

 

A veces sólo puedo decirte

que levantes tu mirada para que puedas observar ese suave llorar de las estrellas.

 

Sé que no desconoces, ciertamente,

el ardiente misterio de unas alas describiendo círculos sobre el azur en calma, el fluir del torrente buscando el mar después de la lluvia o el beato respiro cuando el aire flota.

 

no me preguntes, amor,

como en un repetitivo ritual, por qué te quiero, si te tengo dentro de mí y no sabría ya verte como a ti, porque respiras dentro de mi respirar, si de mis sueños eres el único e inmortal sueño vivo.

 

Has regresado y eso es lo que importa…

De nuevo los amaneceres tienen temblores de íntimo misterio y se abren los días como una rosa escogida por los dioses.

 

De nuevo canta el ruiseñor ardiente

dentro de los bosques de los sueños adormecidos. De nuevo puedo decirte, por ejemplo: mira como tiritan los astros a lo lejos.

                                                                              Johann R. Bach

 

Marta G. siempre pensó que el mar no era un pozo de agua oscura

LA NOCHE ERA PURO AZUR

 

Marta Guillamon siempre pensó

que el mar no era un pozo de agua oscura y negó, en todas las oportunidades que se le presentaron, que los astros fueran simple barro, barro brillante.

 

La noche, para ella, era puro azur

y las estrellas cadmio amarillo fuego intenso cuyos rayos atraviesan el universo llenando los ojos de todas las criaturas que tienen en común la fuerza que les conduce a la perpetuación de la especie.

 

A pesar de versos adversos el mar era

su fuente de vida, el amor, el sueño de los niños, las glándulas, la locura.

 

El día crecía hacia ella como un fuego

lanzado por Febus el dios más cercano a la tierra e inevitablemente, crecía levantándose como una flor de carne celeste.

 

Marta solía decir

que en cualquier estrella había más gotas de luz que granos de arroz en el mundo y que sus brillantes puntos no eran más que las glándulas endocrinas del universo.

 

La vida para ella no era vana ni triste

y si el viento frío podría estar apagando algunos astros que mueren de cansancio en incómodos rincones de la bóveda celeste, la vaga aristocracia que desmaya las cosas bajo unos dedos largos continuará llenando la noche de puro azur.

 

Marta siempre tenía a punto

el ejemplo de ese resabio amargo que los más dulces besos dejan en la boca, el brillo denso que hace cristales de las rocas cuando te dicen lo obvio al oído,

 

la tensión del cuerpo su perfume secreto.

Negro licor. No. Barro.

 

Sí, la sustancia de partida fue el barro

y fue misión de la alquimia de los dioses el transformarlo en cosas blandas como el mar, los árboles y sus frutos,…

 

el amor en la noche llena de puro azur.

                                                                                               Johann R. Bach