21 abr 2018

Una enfurismada terra, et separa del lloc del seu repòs


EL SOMRIURE DE LA MARE

Mai ningú -li dius
a aquests ulls d'obsidiana
que et miren des del mirall-
com la teva mare ha patit tant.

Com és possible
que suportis tanta nit?
Qui sap quins altres horrors
et portaran els anys?

Mai, mai sabrà ningú
com t'il·lumina l'ombra
que es posa al teu costat, tímida,
quan ja res esperes.

On és, on és ara
aquell ingenu somriure
que alleujava els pesars d'un home cansat
que et vestia de nena com a una princesa?

La terra l'ha desfet, la protegeix.
Un passat de meravella ...

Qualsevol altre somriure
és un gest que s'apaga
ara que una veu, lleu i tendra et crida
des dels cims immortals ...

Cerques al cel la cara feliç,
i que els teus ulls en tu, que no vegin res més 
quan també a ells
te'ls vulgui tancar el misteriós Cronos.

Una enfurismada terra,
et separa del lloc del seu repòs
on ara es dispersa
el seu martiritzat cos.

No importa ...
Escoltes cada cop més nítida
aquella veu de l'ànima
que no vas saber valorar aquí baix ...

I, tan mateix, t'aïlla,
més i més jovial i amiga
de minut en minut,
en el seu senzill secret.

Ja t'ha calat els ossos
la sequedat de la tardor,
però, allargat per les ombres,
sobrevé infinit un inquietant fulgor;

la tortura secreta del crepuscle
intens, bellíssim ...
                                                          Johann R. Bach
Traducción


LA SONRISA DE LA MADRE

Nunca nadie -le dices
a esos ojos de obsidiana
que te miran desde el espejo-
como tu madre ha sufrido tanto.

¿Cómo es posible
que soportes tanta noche?
¿Quién sabe qué otros horrores
te traerán los años?

Nunca, nunca sabrá nadie
cómo te ilumina la sombra
que se pone a tu lado, tímida,
cuando ya nada esperas.

¿Dónde está, dónde está ahora
aquella ingenua sonrisa
que aliviaba los pesares de un hombre cansado
que te vestía de niña como a una princesa?

La tierra la ha deshecho, la protege.
Un pasado de fábula…

Cualquier otra sonrisa
es un gesto que se apaga
ahora que una, leve y tierna te llama
desde las cumbres inmortales…

Buscas en el cielo su rostro feliz,
y que tus ojos en ti nada más vean
cuando también a ellos
te los quiera cerrar el misterioso Cronos.

Una enfurecida tierra,
te separa del lugar de reposo
donde ahora se dispersa
su martirizado cuerpo.

No importa…
Escuchas cada vez más nítida
aquella voz del alma
que no supiste valorar aquí abajo…
Y, sin embargo,
te aísla, cada vez más jovial y amiga
de minuto en minuto,
en su sencillo secreto.

Ya te ha calado los huesos
la sequedad otoñal,
pero, alargado por las sombras,
sobreviene infinito un inquietante fulgor;

la tortura secreta del crepúsculo
intenso, bellísimo...


11 abr 2018

Pensaba, seguramente, si aún estaba a tiempo de buscarse un amante


LAS LINEAS DE LA VIDA

Después de darme los buenos días
y ordenarme que quitara el polvo de los cientos de frascos de la farmacia, Eulalia volvió a su estado catatónico sentada junto a la ventana en silencio, contemplando el globo fundido del sol que había encendido millones de gotas escarchadas del pequeño jardín.

Absortas ella y yo
por el aroma que emanaba de una fuente cargada de membrillos, la observé durante unos segundos, probablemente un minuto que soldó en mi retina la escena:

Eulalia mantenía una mano cerrada,
sobre la rodilla, pero, de pronto, separó los dedos llenos de anillos con pedrerías, como pétalos gruesos de una planta carnívora mostrando en el centro de la palma esa gran M que todos tenemos inscrita y que no puede proceder sino del Ángel Montserrat – pues todas las líneas de nuestra palma conducen (sobre todo la Línea de la Vida), a través de las tempestades inútiles del destino, a través de los juegos de azar en pleno núcleo del Caos, hacia el osario gótico común.

Su oscura imagen al contraluz
no me dejaba ver su rostro, pero su quietud indicaba una profunda melancolía. La causa radicaba en que Litifredo era el padre del último hijo de la cantante de habaneras. Ya no volvería a ver el amanecer con cuatro ojos, con las pestañas unidas y entrecruzadas, felices en la séptima dimensión de una danza nupcial promesa de un porvenir brillante. La serie de noches de sexo futuro y el gemido profundo del hombre amado se habían esfumado.

Pensaba, seguramente,
si aún estaba a tiempo de buscarse un amante y empezar una nueva vida, podría ser que eso fuera sólo una idea sin consecuencias, madurada en medio de la desesperación y el miedo a la soledad; de hecho, pensaba en su propia juventud, en la luz que había bañado durante años, su griego perfil, en los finos hilos de algodón que enredaban su encrespado cabello largo.

Estaba, en realidad, enamorada de ella misma de joven como una lesbiana enamorada de su propio cuerpo de antaño, de su gracia y de su locura de entonces, de sus ojos limpios y brillantes, de sus vestidos, de los rojos y delicados zapatos de tacón increíblemente alto… Todo aquello había quedado atrapado en la farmacia como otro frasco más…

                                                                               Ermessenda

10 abr 2018

INTRODUCCIÓN A LA NOVELA "UN PAISAJE APENAS OLVIDADO" de Johann R. Bach


INTRODUCCIÓN

La caligrafía es,
en palabras de Ermessenda la narradora, una variante del impulso primitivo de ocupar superficies con tramas de forma y de color; superficies que se convierten, en porcelana fina o en jarrones de obsidiana o, en ambos casos, en volúmenes capaces de abrir las puertas de la percepción, de arrojar orden y claridad sobre la mirada -la conciencia- de quien las mira.

El signo inscrito, por tanto, es menos una mancha que una grieta por la que pasa -por la que ha de pasar- la luz y que convierte al lector o espectador en cámara oscura donde esa luz revela un mundo. De ahí que Ermessenda como escritora, mire siempre con envidia el taller del pintor y añada a sus escritos imágenes a modo de alegorías al tiempo que denuncia la parte oscura de los cuadros en los que sólo se ve la belleza de un paisaje. 

En la presente obra "Un Paisaje casi olvidado" se recoge la necesidad de la metafísica, en cómo entre los primeros hilos de luz envuelta en la tensa bobina de sus versos, en la que las palabras se arraciman como frutos del bosque que se van comiendo uno a uno. Ermessenda atribuye su inspiración a ese estar saboreando palabras que de tan juntas, tan apretadas, cobran un sabor de familia y que, de viva voz, se comparten con el aire, con la lluvia, con la nieve…

Es "Un paisaje casi olvidado" un lamento y una envidia de la  niñez de aquellos que al entrar en una papelería sienten nostalgia de la dimensión física o artesanal del trabajo creativo que apenas comparece en la escritura más allá del golpe de unos dedos o el avance de la tinta por la página. Una envidia antigua también en ellos, que se renueva al admirar un escaparate con sus plumas y bolígrafos, sus libretas y cuadernos, sus cajas de ceras y lápices de colores, sus reglas y compases, su inmenso surtido de carpetas y estuches y archivadores…

Una envidia de algo que es más que la felicidad infantil de estrenar libreta nueva: Es la propuesta al comprador de un mundo feliz, una asepsia colorista y juguetona que se opone a la suciedad de la materia prima y la neutraliza con tal éxito que acabamos viendo la tinta, el papel, el cartón pintado…, como emblemas mercantiles de pureza. En realidad todos esos objetos cumplen una única función: envolver el caos, o mejor dicho: volverlo presentable a fuerza de esconderlo tras un alegre tapiz.

Ermessenda, con esta obra, pone en nuestras manos unos cuantos fragmentos de la historia de un planeta desconocido, con el pavor de sus mitologías, con sus mares, con su álgebra y su fuego, con su controversia teológica y metafísica. "Escribir -confiesa ella misma- es para mí, el mejor medio para combatir la imperfección y la oscuridad de la vida. Sus intrigas, como caminos ocultos, nos hacen soñar …, la sorpresa, el desconcierto y el asombro. El Ángel Montserrat, ser de ficción quiere tener una vida real, mientras que muchos lectores -seres reales- buscan en la lectura vivir una vida de ficción".

                                                                                              Johann R. Bach

8 abr 2018

SÓLO UN POEMA DIRÁ QUE ESTUVE AQUÍ


SÓLO UN POEMA DIRÁ QUE ESTUVE AQUÍ

Despierto aferrada al borde de otro día,
entre ese cuerpo al que no cuestionaba
y obedecía a ciegas, y este otro
al que veo envejecer todos los días.

Escribiendo resurge la mujer joven que fui
mirando el aire en completa ignorancia de su tiempo.

Podría aprovechar la moda
y escribir sobre mi vida como un viaje idílico, mediterráneo, lleno de aventuras bajo un cielo casi siempre coloreado de azul,

pero no soy Ulises.
Mi viaje no se produjo en mar homérico, sino entre ríos de barro. Miguel Strogoff soy. Como él estuve siempre muy ocupada en calzar mis pies con dos pares de calcetines. Sus sueños encarno.

Tras las colinas incendiadas
hubo tardes en las que la muerte me observaba de reojo, y, mañanas en las que sentía que me esperaba el Ángel Montserrat para animarme en mitad de las tormentas.

Yo no tuve nunca
una Penélope esperando mi regreso, un amor humano cuyo recuerdo me reconfortara. Durante "el viaje" un silencio de rojos y lilas cubría mis labios mientras la lluvia me calaba los hombros.

Y así cada anochecer,
el día y yo, exhaustos, acurrucados tras las sombras esperábamos que surgiera del zurrón del Ángel Montserrat un nuevo amanecer.

                                                                                                                                       Ermessenda

20 mar 2018

Ya está en la imprenta la segunda parte de la novela "El Amanecer del Ángel Montserrat"


UN PAISAJE APENAS OLVIDADO

Me arrojé a mi nueva vida como una demente, pero
¡qué sola estaba y qué desafortunada me sentía!

Sin nadie a quien poder ofrecer
el sol del murmullo vesicular,
el bazo limpio de envidias
y la granada boquiabierta.


                                                                        Johann R. Bach

17 mar 2018

En Mas Rampinyo oí por primera vez el nombre de Litifredro.


UN MUNDO DESCIFRABLE

En Mas Rampinyo
oí por primera vez el nombre de Litifredro. Así se llamaba el marido de Eulalia la farmacéutica. En su casa descubrí además de aquel raro nombre numerosos objetos propios de un mundo misterioso y desconocido para mí. Mi tarea consistía en limpiar el polvo de miles de envases de vidrio cuyos contenidos de polvos de colores diversos y de líquidos oscurecidos por el vidrio topacio. En las etiquetas había nombres ilegibles y en su color amarillento se escondían los años.

Pero no todo era indescifrable.
Recuerdo que en un día lluvioso la Sra. Eulalia me mandó cambiar los papeles de periódico que en el fondo de los cajones hacían la función de absorber la humedad. En uno de aquellos cajones había unas muñecas de papel cuyo colorido llamó mi atención. Las caras de aquellas niñas rosadas y sonrientes tenían el gran atractivo de un posible mundo feliz. Se trataba de pliegos de papel recortable en los que se había impreso juntos a las siluetas de las niñas, diferentes prendas -abrigos, gorros- que podían utilizarse para vestirlas una vez se recortaba todo con unas tijeras.

Junto a aquellos recortables
había unas cajitas de plástico transparente cuyo contenido eran unos tubitos finos cuyos extremos estaban coronados con unos algodoncillos. Eran los que utilizaba la madre de Joanot para limpiar la cera de sus oídos.

De vez en cuando miraba
a través de unas ventanas de vidrios dobles y sin rendijas que protegían la del frío y del ruido de los silbidos del tren. La estopa que ayudaba a mantener aislada la vivienda estaba cuidadosamente oculta bajo unos listones del mismo material plástico de las ventanas. Pronto florecerán los almendros y la temperatura será más agradable -decía yo para mis adentros.

Aquel día me pareció sentir sobre las sienes
el pensamiento optimista del Ángel Montserrat: El universo se deja observar y descifrar incluso en sus más insignificantes detalles  por criaturas poco o nada leídas.

                                                                                      Ermessenda

13 mar 2018

Me aburrí como una ostra. ¡Si por lo menos hubieran hablado de la química del tomillo!


ENTRE SOSAS Y POTASAS

Cuando me invitaron
a una cena de profesoras de matemáticas, una extraña alegría recorrió todo mi ser. Mi afición por los números había corrido ya por todo el "insti" nocturno y alguien creyó que me daba la oportunidad de entrar en contacto con gente algebraicamente inteligente.

Durante una hora
estuve atentamente escuchando sus banalidades en espera de que de algún momento a otro surgiría algún tema relacionado con su profesión. Nadie se dignaba dirigirme la palabra ni siquiera para preguntarme por mi afición a la geometría euclidiana o sobre mis conocimientos trigonométricos. En un momento dado una de ellas afirmó que ella no era matemática sino química. Mi sorpresa fue mayúscula cuando todas ellas afirmaron ser también químicas.

Para no sentirme despreciada, las desprecié.
No me fue difícil: ellas sabían que eran funcionarias, unas mujeres caprichosas que no brillaban por su inteligencia (tampoco lo pretendían) y que se complacían en imponer por el miedo a sus inteligentes alumnos, para demostrar, a todas luces, que eran las que mandaban, unos deberes absurdos como el resolver cada día quince ecuaciones de segundo grado.

Ninguna de ellas había estudiado matemáticas.
Estudiaron química porque les pareció una rama más sencilla, menos rigurosa, poco abstracta … Pero acabaron dando clases de matemáticas en los "instis".

Tampoco hablaron
sobre temas químicos o relacionados con esa ciencia experimental. Decidí hacer una salida de tono y pregunté si alguien me podía ayudarme a calcular las raíces cúbicas de -1. Ninguna de ellas sabía de qué estaba hablando. Por lo visto sus conocimientos matemáti-cos nunca llegaron a los números imaginarios.

Me aburrí como una ostra.
¡Si por lo menos hubieran hablado de la química del tomillo!

Nunca me había encontrado
en medio de tantas sosas y potasas.

Salí a la calle a respirar aire fresco.
Por encima del día lívido y brumoso, el cielo sobre el Tibidabo, rosado como están los hornillos a esa hora en la cocina del Ritz, me devolvió un poco la esperanza y el deseo de pasar la noche en algún pequeño hotel en Suiza y despertarme en una pequeña estación de montaña donde poder ver a una sonriente lechera de mejillas rosadas.
                                                                     Ermessenda

12 mar 2018

de seguir leyendo libros de Mallarmé o de Rilke extraídos del Gran Baúl de Google es preferible que nadie pregunte por mí.


EL SILENCIO DE LA ERA ANDROCÉNICA


Como el crimen pesa tanto como el planeta
y el desastre es tan lento,
he tenido tiempo de construir un icosaedro
que pone el acento sobre la figura del Ángel Montserrat y…

de seguir leyendo libros de Mallarmé o de Rilke
extraídos del Gran Baúl de Google
es preferible que nadie pregunte por mí.

De no ser así miles de murciélagos gotearían del techo
pues mi esfera puede ser más redonda que la de Riemann.

A estas alturas de la era androcénica
todos mis lectores saben que a punto estuve de perder la condición humana a causa de una comunicación imposible, como si hubiera estado envuelta en una atmósfera de metano hasta el punto de no poder compararme con ningún otro ser habitante de este mundo por ser un valle de silencio.

                                                                         Ermessenda




26 feb 2018

¡Ay! ¡Si en la muerte se pudiera sentir cómo se borra uno de la faz de la tierra y disfrutar de ello! ¡Quién sabe si no es así!


PERSONAS QUE NO VOLVERÉ A VER

La lágrima del comediante -según Diderot-
proviene del cerebro,
la mía surge de mi vagina destrozada
por las violaciones sufridas en mi infancia.

Aquella mañana, en cuanto pisé la calle llena de luz y animada por la gente que iba a la compra me sentía en un estado de ánimo nuevo en mí: romántico y aventurero. El mundo matinal que se extendía ante mí me parecía tan bello como si lo viera por primera vez. Extrañamente se apoderó de mí la idea de abandonar aquel paisaje y mentalmente hice la lista de las personas que no volvería a ver

•                el irritable señor Ramón, el cajero de una oficina bancaria,
•                la indiferente inmobiliaria Pepita suegra de Joan el ferreté,
•                la dulce señorita Alicia dependienta de la panadería,
•                el testarudo y malhablado niño Joanot nieto de la señora Pepita,
•                el sudoroso, lento y siempre sonriente niño Ricard ,
•                el joven y rápido electricista Miguel, de sobrenombre "El Chispa".
•                la intolerante vecina señora "Charo" que roncaba todas las noches
•                el viejo y debilitado Sr. Humfrido de sienes hundidas,
•                la viajera rencorosa Nuria y de nariz roja como un tomate,
•                Litifredo, feliz cerca del mar y triste desde que llegó a Mas Rampin.
•                Ponç el político del barrio domiciliado en la pensión Ventura,
•                la estreñida y orgullosa Mercé cantante de habaneras,

•                el filósofo y barrigudo Gabriel; en él todo era optimismo.
•                la resentida y pesimista Manuela esposa de Gabriel,
•                la elegante farmacéutica Eulalia, Para ella la vida era todo estética
•                la tímida jovencita Luisa, blanca como la leche, aprendiza
•                la hipotensa Ramira hija de la Sra. Pepita,
•                Paco, el poco lustroso y parlanchín barrendero,
•                el termófobo Cartero, siempre quejándose del calor o del frío
•                el romántico y glotón Fernando el peluquero,
•                la ruborizada Felisa hija del panadero Nicolás,
•                la celosa Leonor, camarera de la Pensión Ventura,
•                la fóbica Pilar empleada de la ferretería,
•                David, el tembloroso estudiante de bachillerato,
•                la fatigada y obesa Lucía, camarera del Bar Catalunya
•                Ginés el obeso y lento Jefe de Estación,
•                Arsenio, el agitado y escrupuloso relojero,
•                el servicial e hipertenso Augusto, el lampista del barrio.
•                Pedrito, el embustero y borrachín afincado en la Pensión Ventura,
•                la triste desconsolada Ignacia, viuda de su segundo esposo.
•                el hiperactivo y difícil niño Pepito, hijo del carpintero.
•               La viajera y vengativa Nicole, la inadaptada francesa.
•                El quejumbroso y puntual Cirilo, aficionado a la bicicleta
•                Alejandro el reticente a los medicamentos
•                El bombero Hector siempre jugando con cerillas
•                El industrioso Tomás, carnívoro y su gusto por las naranjas.

Ramón el irritable director de banco
que piensa en cómo puede estafarme y decir que es el banco el que me estafa. Es un señor que acude al psicólogo para que le explique la clase de comportamiento que ha de tener para ser aún más "trepa".

La indiferente Sra. Pepita directora
de una empresa inmobiliaria que no busca clientes sino víctimas a quien colocar habitáculos en los que ella jamás viviría. Le gusta tomar una copa de vino blanco con las piernas cruzadas al final de la jornada. La tristeza se ha instalado en su rostro con una gran mancha roja en forma de mariposa.

Alicia, la dulce dependienta de la panadería
que se desvivía por ser agradable y que al casarse desapareció del mundo de los vivos. Secuestrada por su marido no volverá a ser libre hasta que no haya educado a sus hijos y sea abandonada. De cara redonda y sonrisa de luna era todo amor.

El testarudo Joanot, hijo del portero y nieto de la Sra. Pepita
que no cedía ante las dificultades. Su constancia le dará, sin duda, el triunfo. Se ha propuesto ganar unas oposiciones y las ganará, aunque sea en quinta convocatoria. De frente ancha e intelecto despejado, tiene alma de buena persona.

El sudoroso y lento niño Ricard
hijo de Eulalia la farmacéutica con su blancura de piel y su lentitud le definen como un leucoflemático. Su espíritu crítico respecto de los gobernantes y/o funcionarios es nulo. Su carácter exento de pasión le aleja de cualquier relación profunda. Sus compañeros dirán de él que es de cartón.

El joven "Chispa" rápido como una flecha,
el electricista del barrio, nervioso, industrioso, incansable sólo se divierte bailando porque en realidad no puede parar de moverse. Se comporta como una persona afectada por la mordedura de una Tarántula.

La intolerante Charo jefa de enfermeras de Can Ruti.
Su malhumor se transmite a través de los tacos que surgen de su chillona voz. Sus manos llenas de manchitas de café (una por cada enfado) ponen al descubierto a una mujer obsesionada por la limpieza. Su insomnio sólo se cura mediante el movimiento pasivo -se duerme en el autobús o en la peluquería con el runruneo del secador-, no está quieta jamás y es el terror de sus subordinadas. Toma infusiones de manzanilla para calmarse y duerme boca arriba con las piernas abiertas porque los gases atrapados en su vientre no la dejan dormir.

La estreñida orgullosa Mercé, cantante de habaneras, enamoradiza y madre de cuatro criaturas, una de cada uno de sus amantes. Su marido se lo perdona todo…

Todos aquellos personajes,
con sus luces y sus sombras, habían tejido sobre mí una tela de araña de la que parecía imposible escapar. Tuve momentos de aquellos que pueden proporcionar alegría, y, otros, en los que hubiera preferido que me tragase la tierra. Éstos últimos eran producidos casi al cien por cien por la déspota Ángeles, prisionera en su silla de ruedas y carcelera de mis noches. Sólo sabía dar órdenes.

Tienes mucha suerte
de que tenga una habitación libre -me dijo-, tratándome ya como si yo fuera su criada. Su actitud, majestuosa y reprobatoria de cualquier gesto que no fuera suyo, hizo que me sintiera culpable.

-Mi sobrino suele quedarse
en esa habitación cuando se tumba para hacer una siesta- continuó diciéndome, pero creo que no se la merece; así que la ocuparás tú. Enderezó un viejo y borroso espejo que había en la pared.

Ángeles giró, casi bruscamente la silla de ruedas y mirándome fijamente dijo: Aquí podrás descansar y para tu aseo tienes un pequeño lavadero con váter al final del pasillo, aunque es mejor que lo utilices por la noche antes de las doce; no soporto el menor ruido cuando duermo.

Me acerqué a la ventana,
traté de abrirla.

-¿Se puede abrir? -pregunté.

-Creo que no -dijo Ángeles con voz distante-.
Pero estarás muy cómoda. Una vez a la semana vendrá alguien de la Pensión Ventura a hacer la limpieza. Ya te diré más tarde cómo has de pagarle.

Cuando Ángeles salió de la habitación
me senté en la cama aterrorizada y no me atreví a moverme hasta que el ligero chirrido de hierros de aquella silla de ruedas se desvaneció. Salí sigilosamente a la reconfortante seguridad de la calle. La gente del pueblo decía que era una buena persona, pero de sus ojos salía fuego y sangre, de su lengua sólo "tacos" barriobajeros.

Aquella mujer impedida
aparentaba ante los vecinos ser una persona caritativa que me había acogido misericordiosamente por mi desgracia de ser huérfana y ofreció mis servicios de limpieza como forma de ayuda para mantenerme. Así que yo iba por las casas a hacer labores de limpieza y ella cobraba directamente mis servicios sin darme a mí cantidad alguna.

Con su sobrino era igual de déspota
que conmigo por lo que estuve a punto de congeniar con él como compañera de desgracias, pero lo que vi a los pocos días de vivir en aquella casa me obligó a ser más cauta: Eran las dos de la madrugada cuando sentí un fuerte tenesmo en mi bajo vientre y fui al pequeño lavadero para orinar. La puerta de su habitación estaba entreabierta y se oía como una respiración entrecortada. Me asomé y vi cómo el "sobrino" eyaculaba en la boca de Ángeles. Volví rápidamente a mi habitación y oriné en una botella de agua de Vichy vacía para ocultar lo que había visto.

A partir de aquel día me sentí como una prisionera.
No podía huir porque no tenía ni siquiera documentación de ningún tipo. Soporté aquella situación temiendo que cualquier noche "el sobrino" entrase en mi habitación, pero eso nunca ocurrió. Durante tres años viví con el miedo por compañero, al cabo de los cuales mi situación cambió radicalmente.

En efecto, el cartero al recoger los pliegos del Padrón Municipal vio que no me habían declarado como habitante de la casa, ni siquiera como huésped. Interpretó que aquello era un error y me añadió inventando mis apellidos y una fecha de nacimiento aproximada según su ojo clínico. A las pocas semanas una pareja de la Guardia Urbana vino en mi busca. Me llevaron al ayuntamiento donde me cosieron a preguntas en presencia de una mujer rechoncha que sonreía continuamente. Aquella mujer me hizo fotos y me tomó las huellas dactilares. Finalmente me dijeron que volviera la siguiente semana. Me sorprendieron gratamente. No salía de mi asombro: me dieron mi primer Documento de Identidad. ¡Era una persona como las demás del pueblo! ¡De dieciocho años! Mi corazón latía tan fuerte que me pareció que iba a explotar. Pensé en salir corriendo, atravesar las vías del tren y chillar.

Aquí y allá fui caminando
en medio de toda una quietud en mi pecho, una atmósfera callada y algún gorrión, desde su nido delicioso y sagrado que dejaba oír sus alegres trinos. Me paraba y escuchaba, y de golpe un indecible sentimiento universal me invadió y con él una sensación de gratitud que brotaba, violenta, de mi alma. Tonos de un mundo primigenio, como un regalo del Angel Montserrat, me venían, no sé de dónde, al oído.

¡Oh, así me gustaría morir
cuando llegue el momento! -Exclamé-. Sentí un rumor suave flotando en el aire, que bajaba de las copas de los árboles cuchicheando como el Ángel Montserrat.

Aquí, entre estos pinos y encinas,
amar y besar sería una felicidad -me dije-. Tan sólo pisar aquella tierra tan agradable ya era un placer, y la calma encendía plegarias en mi alma. Incluso yacer muerta aquí -me dije-, sepultada discretamente bajo la tierra fresca de este bosque, sería algo dulce.

¡Ay! ¡Si en la muerte se pudiera sentir
cómo se borra uno de la faz de la tierra y disfrutar de ello! ¡Quién sabe si no es así! ¿Quién puede aseverar que no tenemos en el bosque de nuestro hipotálamo preparada una tumba pequeña y tranquila?

Dejé de pensar en aquella lista de personas
que ya no volvería a ver. Salí del bosque. Quería encontrar la claridad y la vida.

                                                                                 Ermessenda