26 oct 2016

Hector era contumaz como él solo a la hora de afirmar que era Napoleón.


EN LOS JARDINES DE VERSALLES

Me hice famosa
con la exposición de "Los Tres Napoleones". Fue una muestra mixta de pintura y literatura en la que yo no llegué a conocer a Ermessenda la autora de aquellos textos que acompañaron a mis dibujos.

Aquellas descripciones
junto a mis cuadros correspondían exactamente a los individuos que yo había dibujado. Eran las suyas, descripciones auténticamente geométricas que orlaban con sencillez y finura mi obra.

Cuando acepté ir a dibujar al Hospital
no sospechaba en absoluto el tipo de encargo que me esperaba, pero la remuneración era sustanciosa y yo necesitaba dinero para poder pagar la pensión en la que me alojaba.

El encargo consistía en dibujar los perfiles y gestos
de los llamados "Tres Napoleones", tres personas que afirmaban ser Napoleón. Lo curioso del caso es que a alguien se le ocurriera meterlos en el mismo pabellón. Habían sido trasladados desde establecimientos hospitalarios distintos y se les habían asignado camas contiguas, una mesa compartida en el segundo turno del comedor y el mismo turno de trabajo en la lavandería.

Comencé a dibujar sus expresiones
con una mezcla de emociones: con curiosidad y aprensión, con la esperanza secreta de descubrir alguna cosa oculta en sus cabezas. La habitación en la que nos encontrábamos era una antecámara rectangular, de altos techos, anexa a la sala de recreo, una de las varias en las que los pacientes recibían habitualmente a las visitas.

Alineadas contra las paredes desnudas
había una docena, más o menos, de pesadas sillas de madera de respaldo recto y una mesa haciendo juego, también de madera, que habían desplazado hasta allí desde el centro del cuarto para ganar espacio. Por las dos ventanas sin persianas, cuya parte inferior podía abrirse un poco para ventilar, se veía un camino asfaltado bordeado de cerezos que recorría, de un extremo al otro, los terrenos del Hospital. Al otro lado de la calle, se alzaba otro edificio de ladrillo rojo que era una imagen simétrica del pabellón donde nos encontrábamos.

Yo ignoraba
que Ermessenda era la encargada de hacer sus descripciones para completar el expediente donde se pretendía hacer un estudio de ese fenómeno que hace que una persona crea que es Napoleón. Por eso cuando vi sus textos junto a mis cuadros en la exposición no me cupo duda de que la narradora era una persona extraordinaria.

Primer retrato: Igor

Igor tenía cincuenta y ocho años
y llevaba hospitalizado casi cuatro lustros. De altura media y complexión también media, calvo y sin la mitad de los dientes, tenía cierto aire pícaro y daba la sensación de una persona fácilmente excitable. Tal vez se debiera, además de una amplia sonrisa, al hecho de que llevase la camisa y los bolsillos de los pantalones llenos a rebosar de las más variopintas pertenencias: gafas de sol, libros, revistas, cartas, trapos colgando (que utilizaba como pañuelos), papel de fumar, tabaco para liar, lápices y bolígrafos como si tuviera la necesidad de tenerlo todo a mano, disponible en todo momento.

Cuando se le preguntaba
cómo se llamaba contestaba Igor Dupont. Pero a continuación decía que ese era su sobrenombre porque el verdadero era Napoleón.

Segundo retrato: Nikita

Nikita tenía setenta años
y llevaba casi una década hospitalizado. Medía casi dos metros y en sus manos se delataba la acromegalia y, a pesar de haber perdido casi toda la dentadura, afirmaba, cuando se le preguntaba, que estaba muy bien de salud; y en verdad lo estaba: la enajenación mental le libraba del desgaste de cualquier preocupación. Hablaba confusamente, en voz baja, cavernosa, resonante debido a la enorme bóveda de su paladar. Se le entendía muy mal.

-Me llamo Nikita Vilar –repetía a menudo. Ese es el nombre.

Cuando se le preguntaba si tenía otros nombres contestaba con prontitud: "tengo otros, pero este es el que corresponde a mi lado vital y yo creé a Napoleón III y mucho antes a Luis XIV.

-¡Eso quiere decir que en la actualidad usted es Napoleón III?

Yo creé a Napoleón III, sí.
Lo creé ya crecidito; es decir, con setenta años. ¡Por todos los diablos! He superado los setenta y nada me indica que mi salud se vaya a deteriorar en los próximos diez años…

Tercer retrato: Hector

Hector Duval era de los tres
el que más se parecía a la figura física de Napoleón. Tenía treinta y ocho años y había ingresado en un establecimiento siquiátrico del norte de Francia hacía cinco años. Más bien bajo y voluminoso, de aspecto ascético siempre con una expresión arrebatada de fervor militar, caminaba en silencio con la cabeza erguida, muy digno.

A menudo extendía los dedos
y juntaba las manos: con las palmas hacia arriba, una descansada sobre la otra y a veces colocaba la mano derecha sobre su vientre. Había leído en alguna parte que tapándose el ombligo con la mano se ahorraba energía y tomaba ciertamente un aire napoleónico. Cuando se sentaba, se mantenía muy derecho y miraba con fijeza como si estuviera sobre un caballo. Su figura, con chaqueta azul y botones dorados, era imponente. Cunado hablaba, se expresaba con claridad, sin vacilaciones y a menudo con elocuencia.

Hector Duval rechazaba con vigor su nombre,
del que decía que era un engaño: si alguien lo utilizaba para dirigirse a él, se negaba a colaborar o tener nada que ver con su interlocutor. No había más remedio que llamarle Napoleón si se quería de él una actitud positiva. Todos le llamaban Napoleón al entablar una conversación con él. Así también saludaba a todos y acostumbraba a añadir que saludaba la virilidad de Napoleón porque la viña era Napoleón y también la piedra, correspondientes al pene y los testículos.

No desperdiciaba la mínima ocasión
para decir que lo habían despachado a aquel encierro antes de que naciera y esa era la causa por la que estaba confinado en aquel manicomio. Decía que quería ser él mismo. No consiento –afirmaba- que "ellos" utilicen mal la frecuencia de mi vida. Se refería a "ellos" a aquellos hombres que practicaban la imposición del engaño.

Hector era contumaz como él solo
a la hora de afirmar que era Napoleón. Decía que era la reencarnación de Napoleón. "No lo entiendo –se quejaba. Yo sé quién soy. Soy Napoleón y si no lo fuese nunca diría nada parecido, pero, a veces, prefiero callarme. Sé que esto es un manicomio y que hay que tener cuidado. Estoy trabajando en mi redención. Y espero con paciencia y sosiego, porque lo que me ha sido prometido sé que va a cumplirse". 

Mientras dibujaba
a aquellos personajes mi imaginación volaba imaginando largos paseos por los Jardines de Versalles. Pero cuando leí los textos de Ermessenda comprendí realmente la percepción que cada uno de ellos tenía de los demás. En efecto, cuando se le preguntaba a Hector por la pretensión de Nikita y/o de Igor contestaba: “No están realmente vivos. Hablan las máquinas que hay en ellos. Quítenles esas máquinas y ya no dirán nada. No puedes matar a los que llevan máquinas. Ya están muertos”.

                                                                                   Johann R. Bach

23 oct 2016

Los hombres –me parece a mí-, en su mayoría, para ser soportables tienen que haber llegado a la edad madura


PALADEANDO PALABRAS

-Y tú Clementine ¿viviste siempre en París?

-Así es Ermessenda.
Siendo aún demasiado joven para casarme, aprobé unas sencillas oposiciones y entré a trabajar en "La Mairie de París". Mi vida de funcionaria fue siempre muy aburrida:

Cuántas horas… horas inmóviles
me había quedado a la orilla del Sena viendo el gris dorado de las aguas veteadas de reflejos, el paseo de algún "bateau mouche", las variaciones leves de la luz sobre el "Pont de La Concorde" y las formas de las nubes que pasaban por detrás de la catedral de Nôtre Dame.

Ya entonces era la que miraba
el transcurrir ajeno de la vida.

Sin embargo, nunca me quejé de mi suerte;
más bien pensaba que mi vida podría haberme ido peor. Mientras vivió mi marido –el único amante que he tenido- no había diferencia entre ser y vivir, entre amar y ser amada.

-¿Te sentiste feliz junto a él?

-Los recuerdos quedan ya muy lejanos.
En mi mente siguen, no obstante, las noches en que él se adormecía con su verga en mi mano. La removía una y otra vez cuando su erección se venía abajo, pues a mí me volvía loca sentir cómo crecía y crecía con el contacto de mis dedos.

-¿No pensaste en volverte a casar?

-No. Los hombres –me parece a mí-,
en su mayoría, para ser soportables tienen que haber llegado a la edad madura, edad en la que el dolor de cervicales signo de fracaso ya los ha civilizado un poco.

Durante años pensé
que yo estaría algún día amortizada también, tan amortizada como tú, de otros comida, en esa trampa donde al fin, cogida, a contraluz me clavara no sé quién.

Pero… ya lo ves… Heme aquí,
en esta Casa de Huéspedes, paladeando estas palabras como sorbos del agua más dulce y transparente, dejándolas fluir en la garganta y ver con sumo placer cómo tú las dibujas sobre la blancura del papel.
                                                                                   J. R. Bach

22 oct 2016

Y si el día es lluvioso mucho mejor por su sonido húmedo y los aromas de tomillo y paja tierna.


EL ROJO FEMENINO SATURADO DE SANGRE

Los dibujos de Cassia
son como cuadros de Octavi Intente (gran amigo del blues y de la noche) auténticos tapices bordados con hilo de oro azul sobre el lienzo del aire.

En sus tonos rojos saturados de sangre
se puede ver, como en la mayoría de los cuadros pintados por mujeres, su sello femenino. Son inconfundibles los trazos rápidos como si estuviera viendo en un espejo sus mejillas el color del crepúsculo, la plenitud de la fruta.

Son sus cuadros paisajes
para para colocar junto a grandes ventanales y compararlos con la luz del amanecer y su encendido olor de madrugada mientras suenan campanadas que se resquebrajan como granadas.

Sí, sí. Ya sé que estáis pensando
que escribo todas esas cosas porque estoy enamorada de ella, pero comprenderéis que después de los elogios que Cassia hace de mis metáforas no me voy a quedar impasible, mirando por la ventana y su vidrio lente de presbicia.

Una vez que te has acostumbrado
a ver las paredes de esta Casa de Huéspedes forradas con los trazos finos de la mano de Cassia sólo queda implorar luz clara al cielo…, y bondad al viento; y, dejar para la noche la experiencia del misterio de las caricias amorosas.

                                                                                                 J. R. Bach

20 oct 2016

¿Acaso no concluye ya el racimo en septiembre?


LA FIESTA CONTINÚA

¿A quién puedo ofrecer las dudas áureas

el rastrojo en que florece el cálculo?

¿A quién puedo dar 
el bazo podrido del envidioso y el borrico?

¿Sólo yo tengo crisis
en las que me siento como un ser solitario?

¿Sólo yo me siento,
a veces, triste, ignorante…, prescindible como la ola de un mar en calma chicha?

¿Soy acaso la única en percibir
que la velocidad de la luz es poca cosa?

¿Es posible, en el actual estado de cosas,
creer aún en la necesidad de reír?

¿Acaso no concluye ya
el racimo en septiembre?

¿Alguien duda de que la lluvia seguirá cayendo
sobre los tejados de zinc o de pizarra?

¿Dejará acaso de cantar el enloquecido grillo
en las cortas noches del verano?

La fiesta continúa:
el horizonte, el amor…, la fantasía.

                                                              Johann R. Bach

19 oct 2016

...allí donde la palabra escrita por Ermessenda ha hincado el diente, del papel hace porcelana fina.


NOCHES DE PLATA OXIDADA

Me consta que Ermessenda conoce
las consecuencias de las desmelenadas verdades que han demolido los hombres en el vasto torbellino de las metáforas.

No ha menospreciado nunca
el fuego y la lava de las tripas: siete metros y medio de oscuro vacío orgánico y todo el ardor ácido de las dudas que nos agrietan.

No es posible –según ella-
cerrar los ojos y proclamar el vacío –encontrar un lugar para ocupar o ser humo en el planeta Tierra, pues la válvula tricúspide no pasa de moda.

Porque ¿cuántas penumbras volcadas
sobre el corazón se necesitan para paralizar los riñones hasta convertirlos en lunas entumecidas cubiertas de terciopelo?

Todo en esta Casa de Huéspedes
es como el absurdo pasajero que concurre en la parábola.

No somos importantes –reconozcámoslo ya desde ahora-,
somos retales de algodón, sólo retales de la promesa: noches de plata oxidada.

-De acuerdo, de acuerdo Cassia;
sin embargo, tus retratos y tus paisajes trascienden el mero hecho de una simple historia de una persona.

-Amiga Laia,
al igual que tus construcciones de hierro, hormigón y ladrillo rojo pueden durar siglos, allí donde la palabra escrita por Ermessenda ha hincado el diente, del papel hace porcelana fina.

                                                                                                  J. R. Bach

18 oct 2016

Amb ulls tristos, miren a l'infinit els déus de l'Olimp.


LA NOCHE GRIEGA

Arde Europa por los cuatro costados.
Las fuerzas centrífugas son cada vez más fuertes.

Gran Bretaña se niega a discutir
con tirios y troyanos, con irlandeses y escoceses

Con ojos tristes,
miran el infinito los dioses del Olimpo.

Allí donde Europa y sus musas diseñaron el futuro
ya no se recogen las aceitunas y las heridas de las granadas
chorrean arilos fucsias sin desprenderse del árbol. 

El tiempo navega en la noche griega
carro negro con neumáticos de silencio.

                                                                                  J. R. Bach



La esperanza que zurce horizontes no desaparece de sus ojos


CAE LA NOCHE SOBRE EL MAR

El ojo del calamar acecha mar adentro.

El viento de tramontana ha cesado
y vitrifica el aire. Llueve y cae también la noche barca ciega que avanza con todos los remos levantados.

La esperanza que zurce horizontes
no desaparece de sus ojos a pesar de que, en los que piden asilo,  la vida es un inminente fuego y toda vulnerable.

El cielo es para ellos
un tejado de negra pizarra en el que no es extraño que naufraguen los más plácidos sueños.

Los desaparecidos están ahí abajo –piensan-
y miran el mar con nuestros ojos, hablan con nuestras palabras, están en mis labios.

Y es que nosotros mismos somos el mar, el escollo y la sed.

                                                                                      J. R. Bach

17 oct 2016

pronto vieron cómo el día era sustituido por la noche luciérnaga que avanza con las luces apagadas


PIRÁMIDES TRUNCADAS

No es plano el cielo –dicen los científicos-
y es perder el tiempo negar esa negación, sin embargo, yo tengo a menudo la sensación de caminar sobre él entre silencios con color.

Veo, después de tomar café
siete pirámides truncadas por la niebla, entre ellas asoma una luna-violín y un albatros-amor,

un cóndor-flauta deslumbrado
por el reflejo de las luces de la ciudad en las nubes bajas que va doblando, mareado, las aristas de  los poliédricos monumentos como si fueran simples esquinas.

También veo una estrella y su núcleo de níquel-wolframio
que atraviesa lentamente y triste el horizonte. Su brillo rojo-verde puede confundirse con un avión, pero esa idea se desvanece en cuanto atrapa a una nube por la axila.

Otra estrella orgullosa de estar formada por minerales
de itrio, lantano y tántalo lucha desesperadamente contra su anemia blanca. Siete niños castigados se olvidan rápidamente del cero obtenido en matemáticas al perseguir las burbujas doradas que esa estrella-pulsar lanza al espacio situado por encima del cielo.

Podríamos decir de ellos, por ejemplo,
que su mañana era una voz de alondra-armónica rio abajo que se extendía tiernamente y era policroma. Pero pronto vieron cómo el día era sustituido por la noche luciérnaga que avanza con las luces apagadas.

Ellos, como yo, se olvidan de ellos mismos
en el ingenuo color que, en solitario, lucha contra el dolor. Esperan que la tetera esconda en su vapor al Ángel Montserrat con sus cintas azules en la boca.
                                                                                                           J. R. Bach

16 oct 2016

había colocado sobre la pared que daba de frente a las grandes ventanas, jirones de tela deshilachadas


LOURENZO Y SUS RETALES

De niño solía hacer cosas para matar el tiempo.
Y esa costumbre le acompañó durante toda su vida: sacaba un hilo tras otro de un basto trozo de saco, desenredaba el entramado de una cuerda hasta que sólo quedaban los hilos más finos o, al contrario, llenaba de nudos un cuerda, despedazaba una flor o una rama de pino, sombreaba una hoja de papel con un lápiz, hasta que cubría toda su superficie.

A veces intentaba hacer alguna composición
como haciendo un collage con un puñado de hilillos, fibras de cáñamo y pétalos de una flor. Ponía cuidado en dejar espacios vacíos en forma de estelas y dejaba todo el material esparcido por el suelo como si el azar hubiera dispuesto caprichosamente todos aquellos objetos.

Siendo algo mayor solía bajar al sótano de la casa
buscando entre todo tipo de cosas y trastos viejos que olían a polvo antiguo. Siempre acababa escogiendo algún trozo de tela, la lavaba en la cocina con agua caliente y jabón tardando un buen rato en eliminar los restos de telarañas y dejarla completamente limpia. En un primer momento hacía jirones de unos dos centímetros de ancho con la finalidad de tener con qué distraerse durante días. Deshilachando cada jirón de aquellos tenía entretenimiento para varias horas.

Esa afición de deshilachar retales
la ha desarrollado incluso aquí en esta Casa de Huéspedes. En efecto, durante semanas se encerró en su habitación, salía escasamente para desayunar y cenar; el resto del día deshilachaba sin parar toda aquella tela que caía en sus manos. Cierto día abrió de par en par las grandes puertas de su habitación y, eufórico, nos mostró su "obra de arte":

había colocado sobre la pared que daba de frente a las grandes ventanas, jirones de tela deshilachadas en sus extremos como formando una hilera de escobas atravesadas por unos cuantos hilos pintados con carmín de labios y, como formando un marco, un cordel lleno de nudos limitaba el collage sujetado a la pared con multitud de chinchetas de colores.

Mientras duró aquella actividad
sólo entraba en la cocina por las mañanas para prepararse un café. Algunos días sólo comía cacahuetes salados hasta el punto de que la boca llegaba a arderle, y bebía cantidades ingentes de café. Durante la cena hablaba poco con el resto de huéspedes. Dormía mal por las noches, tenía sueños extraños y a menudo se despertaba empapado de sudor.

A veces tenía la sensación
de que todo lo que percibía de la Casa de Huéspedes estaba en relación con su lenta obra de destrucción lo cual podía ser una explicación a su afición a deshilachar retales de tela. Los gritos de los niños del piso de encima le provocaron una de esas crisis suyas insoportables llevándole a arrancar un pedazo de tela de su vieja camisa de algodón y luego, con la ayuda de una aguja fue sacando hilo tras hilo. Durante esa labor –decía Lourenzo- me olvido del tiempo y de los gritos de mi infancia.

                                                                                           J. R. Bach

15 oct 2016

Los sueños le angustiaban por la noche en el dormitorio y como ya sabéis dormía con la luz encendida y la puerta abierta para sentirse menos solo.


NIKO NO AMÓ AL ÁNGEL MONTSERRAT


Niko temía los desvalidos domingos
de septiembre y de octubre en los que, repeinado y engomado, leía en su habitación un ejemplar de "Barcelona nació con los Granados" o algún capítulo de "Das Mädchen aus Kiefholzstrasse". Temía al mal tiempo y a las fiestas donde era invitado con la intención de verlo borracho; él que era enemigo de perder la compostura y al deterioro fisiológico de su cuerpo.

Los sueños le angustiaban por la noche en el dormitorio
y como ya sabéis dormía con la luz encendida y la puerta abierta para sentirse menos solo.

No amó, es cierto, al Ángel Montserrat…,
pero sí a aquellos hombres que en la noche salvaje, ennegrecidos por la grasa de los motores náuticos, los veía enfundados en sus impermeables amarillos ir de un lado para otro en el puerto. Descargaban las cajas con el pescado con premura, no querían que les sorprendiera el amanecer faenando.

No amó, como os decía, al Ángel Montserrat,
pero saboreaba, sobre todo lo sombrío, cuando en la habitación de persianas medio subidas, alta y azul, agudamente afecta de humedad, leía su novela sin cesar meditada, abarrotada de misteriosas metáforas surrealistas, de personajes ahogados en su propio anhídrido carbónico, de carnales flores abiertas esperando a alguien que las polinizara:

derrumbamientos, odios y huidas, vidas de vértigo,
caos en las relaciones sexuales, desgracias y rumores de barrio dormitorio; mientras él, acostado sobre piezas de lienzos, presentía de nuevo la vela de su barco acuartelada con violencia por un fuerte viento como el que le había de traer a esta Casa de Huéspedes.

                                                                                                J. R. Bach

Hola amigos, estáis asistiendo, en tiempo real, a como se hilvanan los "Retales de Algodón"


RETALES DE ALGODÓN

Siendo ya más madura…
comenzaron a salir voces que pretendían
decirme cómo y qué tenía que escribir.

            Por toda respuesta … dejé que los críticos dijeran
            cuanto han dicho; rechacé su pan y aceite, cobre
            y cobalto además del código cosido con silencio
            en sus jardines: pasteles de neón, nada.
                                                                                                                 J. R. Bach

El día entero sientes cómo se seca la goma, cómo se despega poco a poco de tu piel;


LAS CARETAS DEL PLANETA TIERRA


Mira Cassia ese escarabajo,
ha salido del frasco topacio donde guardamos el té. Su nombre es el de un rey, Blatta orientalis.

Oscuro, redondo, aparece de pronto,
las alas recogidas bajo la dura carcasa; con sus delicadas patitas palpa la resbaladiza superficie del mármol; no avanza, ahí se queda –un ojo negro mas no de ciego-, un ojo sacado, separado de sus nervios; un ojo curvo, que todo lo inspecciona. A su alrededor la humedad desaparece y en su presencia el asma se detiene.

Observa cómo se queda inmóvil –un nudo en la garganta que impide hablar e incluso ver a causa de la tos-, algo como un paro cardíaco: es el fin que mira el fin. ¡Miedo y dicha del final! Es la desesperación de los cardíacos: que termine todo: tú y yo y nuestras diferencias.

¡Qué absurdos sentimientos
para almas como la tuya y la mía, pulmonares llenas de esperanza! ¡Todo aparece como tan excesivo…! No nos dejan siquiera un espacio libre, al igual que a ese noble Blatta en su frasco de cristal donde guardamos el té; no nos dejan dar ni un paso así sea hacia el Ápex. Qué historia absurda, ajena, ajena.

¿Qué responsabilidad –pregunta Cassia-
tenemos nosotras en todo esto? Ya sabes que yo sólo dibujo aunque a veces sea por encargo. Ninguna, no cabe duda. Insoportables, aquellas noches y días de un planeta en descomposición. Recuerda aquellas mañanas en la que, apenas despertar (más cansadas aún que antes del sueño), nuestro primer gesto, antes siquiera de lavarnos o tomar el café, era extender la mano para sacar del cajón nuestra apergaminada careta y ajustárnosla al rostro cual culpables, a veces con engrudo, y otras con cola de pescado, y otras más con esa goma pegajosa con la que pegan la piel de los zapatos.

El día entero sientes cómo se seca la goma,
cómo se despega poco a poco de tu piel; temes que te toque la luz, el aire, el agua, una mano o hasta tu propia mano; temes que la careta se separe por la contracción involuntaria de sonrisa; que vaya y dé en tu plato con el guiso de la cresta del gallo, justo cuando dices "no tengo hambre"; no sea que aparezca al desnudo tu hambre brutal, tu hambre insaciable.

Ese desprenderse de la máscara
lo sentíamos siempre más que por lo que nos rodeaba por lo que llevábamos dentro como una dentadura de oro –siempre temiendo que se cayera, esa dentadura que no nos dejaba gritar, ni reír, que mantenía nuestra expresión en la medida corriente y apropiada.

¿Qué más culpa que todo eso?

Cayó la noche como ya sabes Cassia amor.
Ya está oscuro. No veo tu silueta amor. Mejor. No veo tu careta ni tú la mía: no la necesitas para dibujarme tal como soy. En todo caso dibuja aparte esas caretas y ponles debajo un rótulo con sus nombres: castidad, santidad…, recato, decoro…

                                                                           J. R. Bach

14 oct 2016

“La música de aquella discoteca era fascinante, como vidriosa, con una percusión que iba al mismo ritmo que los latidos del corazón


EL VIAJE DE CASSIA

Poco después de llegar a esta Casa de Huéspedes
yo ignoraba que Cassia era dibujante y que, a pesar de su juventud, sus paisajes ya eran auténticas obras de arte. La misma noche en la que nos conocimos estuvimos de charla hasta las cinco de la mañana. Clementine dormitaba en una mecedora al fondo de la sala y a pesar de la acumulación de trastos por todas partes y polvo antiguo escribí estas notas en mi cuaderno:

"La música de aquella discoteca era fascinante,
como vidriosa, con una percusión que iba al mismo ritmo que los latidos del corazón de y Cassia sintió que su respiración se aceleraba. Intentó respirar más lentamente y pronto tuvo la sensación que sólo vaciaba de aire sus pulmones y no llenaban acompasadamente. Era como si hubiera salido del local y atravesara un paisaje, como si flotara sobre un paisaje de sonidos rítmicos. Si cerraba los ojos, veía dibujos de colores que se abrían como si fueran flores o delicados abanicos japoneses".

"Los dibujos eran deslumbrantes de puro magenta
ribeteados de vivas líneas amarillas y anaranjadas. Parecían granadas maduras medio abiertas. Era todo hermoso y Cassia inconsciente de lo que sucedía realmente a su alrededor se encontraba muy bien, sin embargo, al abrir los ojos le pareció que miraba por un tubo oscuro un túnel largo de paredes violeta".

"Algunas parejas de jóvenes cogidos de la mano
iban delante de ella incluso alguien le tendía la mano para ayudarla a cruzar aquel fractal de un mundo húmedo. Vio gente que abandonaba su posición de "sentados" y se levantaba, pero la música no había parado de sonar. ¿Por qué han apagado –se preguntaba Cassia- las pocas luces de la sala? Volvió a cerrar los ojos".

"Al fondo del túnel se veía una luz de color azul pastel
que parecía una salida y poco a poco el frío iba calando sus góticos huesos y sentía como se le enfriaba, fatalmente, también su cerebro. Los colores desaparecieron. Todo era oscuridad y Cassia experimentó los últimos temblores en un planeta que ardía consumiendo todo su oxígeno".

                                                                           J. R. Bach

13 oct 2016

Anèmica luna plateada flotas sobre un mar en calma.


NOCHE DE ESTAÑO LÍQUIDO

Anémica luna
plateada flotas sobre un mar en calma.

La vida calla y un silencio de vidrio
que surge con las luces de las ventanas congela el gesto

de una noche frágil
que ha sufrido horas y horas el estaño líquido –riqueza para Catalunya.

El aire permanece quieto en El Maresme
solemne y denso.


12 oct 2016

Desearía, Cassia amor, que salieran todos de esta memoria evocadora con su amor,


LOS AMANTES DE ERMESSENDA

Aunque sobrepasé largamente el número de dieciocho
–los hombres que de promedio experimenta sexualmente una mujer moderna- te cito aquí, Cassia amor, algunos de mis amantes.

Aquel Sebastián que no dejó de ser mi amante:
su alma me abandonó un día mientras estaba sentado en la acera con un ataque de esquizofrenia definitivo.

Augusto se fue con otra mujer llena de joyas;
no pudo renunciar a su deseo de ser rico. Un ataque de apoplejía lo condenó a la prisión de una silla de ruedas.

Narciso, el más ególatra de todos,
consideró que era demasiado madura para él: no soportaba mis ideas distintas e independientes; se fue, como era de esperar, tras las faldas juveniles y fáciles. Fue uno de los pocos que, al abandonarme, me alegró la vida.

Carlos… era buena persona.
Quería hijos que no pude darle. Jugó como un niño a nada y tuvo suerte: volvió a la casa de sus padres donde le ofrecían todo cuanto quería.

Casimiro… que no regresó jamás
de una guerra que no era la suya. Lloraba ante la imagen de un niño hambriento y se olvidaba de yo también necesitaba sus atenciones.

Alejandro prefería la compañía de su fiel podenco.
Sólo se preocupaba de pasear por el parque con su querido can. Encontró una compañera que vivía entre dogos. Era el gran amigo de los animales.

Antonio… fue el mejor de mis amantes.
Aún le llevo flores a su tumba y así converso con mi muerte porque me lo disputa hasta la tierra. Era piloto de coches de carreras.

Pablo… uno a quien nunca quise lo bastante,
obra de sueño, conjetura, pero una buena máquina de amar. En sus labios carnosos se acumulaba la tensión, el placer y el dolor de no comprender que todos somos humanos.

Serafín me fascinaba con sus pinturas al óleo
y me halagaba su mirada sobre mi cuerpo desnudo al posar para él. Yo era sólo su modelo. Fue él el que me enseñó a contraer la musculatura vaginal.

Alcestes, el relojero,
era meticuloso en todo lo que hacía, especialmente en el vestir y en el cuidado de su cuerpo, pero era tan tacaño que hasta el semen se guardaba para él.

Daniel, el más joven de todos.
La ingenuidad de sus quince años me excitaba sexualmente hasta el delirio. Tuve el inmenso placer de ser, además de su primer amor, la diosa iniciática (deseo que todas llevamos en secreto), la Maestra de sus Sueños.

Desearía, Cassia amor,
que salieran todos de esta memoria evocadora con su amor, pues tengo frío ahora. Y me gustaría que supieran todos, que los llevo de la mano. Sus sombras estallan como un mito de vez en cuando aquí en esta Casa de Huéspedes pues fueron lo bendito hombres que, con sus virtudes y defectos, me sirvieron de aprendizaje en la vida.

Ya ves mi amor, heme aquí

en esta Casa de Huéspedes abrazándote con mis brazos de ahora y mis huesos saben que vuelven a estar juntos, junto a los tuyos y que ya no volveremos a tener frío en estas largas noches. Sabes que mi amor no entiende la palabra desaparecer como sinónimo de muerte; para quererte siempre no me necesita a mí.

                                                                                        J. R. Bach


Sólo una gran voz poética, apenas endurecida, demasiado sensible, aprende con los años precisos


UN BRINDIS POR LAS IDEAS

Nunca es triste la verdad
lo que no tiene es remedio.
                                                                                  Joan Manel Serrat

Comentario de Ermessenda:

Sólo una mujer que ha querido tener una buena educación sentimental es capaz, con la ayuda en este caso de la segunda piel de poetisa de proferir verdades tan agobiantes.

…………….  ……………….   ………………..   ………………..   ………………….  ……………..

Nadie en estado de sobriedad permanente
pudo nunca ser genial.
                                                                                  Platón

Comentario de Ermessenda:

Hay que reconocer en esas locuras transitorias,
en ese "dejarse ir" un desafío a la misma muerte que la muerte acepta de buen grado, como acepta el trueno.  

……………….   …………………   ………………..   …………………   ……………….  …………….

El poeta siempre se ve él mismo un poco viejo.
En realidad la poesía no es nunca un arte de juventud;
es verdad que nos matan los dolores;
son al mismo tiempo ceniza y brasa.
                                                                                J. R. Bach

Comentario de Ermessenda:

No hay trampa: será preciso que el verdadero amor, la más perfecta de las ideas (el último amor, que siempre es el más fuerte) nos sitúe ante la encrucijada fatal.

No son las noches, en la edad madura,
concursos de mentiras en la cama; desarmadas van las almas al campo de donde no volverán; justo en la época que ir a la vida es ir a Casa.

Sólo una gran voz poética,
apenas endurecida, demasiado sensible, aprende con los años precisos que la vida iba en serio. Una poetisa sabe que vive y vivirá a caballo de recuerdos fragmentarios que de ella tienen y tendrán los que la convoquen y la resuciten (le recuerdan sus amantes, porque a retales, fue inolvidable).

Hacia la elegía vamos:
la madera no implora piedad; redimirán la luz y sus flores blancas los almendros; besos (de las rosas jóvenes del viejo rosal) a nuestros seres desaparecidos, que se marchitarán sobre el invierno perenne de las tumbas;

el olivo ya hace siglos que aprendió a ser paciente.

                                                                                                              J. R. Bach

10 oct 2016

No devolví jamás aquella llave de culpa y felicidad.


EL DICCIONARIO DE ERMESSENDA

El diccionario fue para mí,
durante toda la vida, el Libro Sagrado. Envejecimos juntos. Ahora decir eso parece una tontería,

pero en aquellos años
agenciarme con aquel maravilloso Libro sustrayéndolo de la sacristía de la iglesia era casi un crimen.

No devolví jamás
aquella llave de culpa y felicidad.

En los ratos que mi hermana no me maltrataba,
me enseñaba el manejo del orden alfabético para manejar los secretos de los mayores.

Apenas había salido del laberinto
de las preguntas infantiles:

Cuando yo sea grande
y tú seas pequeñas… ya verás. Ella reía.

A veces la cosa era más sería.
Al descubrir lo que era morir y ser enterrado las preguntas tomaban otro cariz:

Si el enterrador es el que entierra a los muertos
¿quién enterrará al enterrador cuando se muera? …

¿Cuándo yo me muera ya no seré nunca más? …

Tras aludir a la condición descalza de mi madre,
rendir culto a la autoritaria figura paterna –en una comarca de coleccionistas de lindes, veíamos a pocos hombres con la altura de su serenidad- y a mi tía la maestra del pueblo, enferma de amor hasta encontrar descanso en la demencia.

Fue ella, mi tía, la que me introdujo en la lectura
de historias de carpinteros alegres, campesinos apacibles y muchachas rebeldes que en su vida todo era pureza y banderas ensangrentadas como, por ejemplo, Juana de Arco.

Me hizo prometerle
que cuando muriera arrojara a puñados sus cenizas a los lindes de otras tierras. A cambio le diría a nadie que había sido yo la que se llevó el diccionario de la sacristía.

Así que no devolví jamás
aquella llave de culpa y felicidad. El diccionario envejeció conmigo…

                                                                                 J. R. Bach

9 oct 2016

Bautizan a los frescos labios rojos con el nombre de hojas de viña de octubre;


EL SURREALISMO DE ERMESSENDA

Es cierto, ya no bastan cuatro frases hechas
para nombrar llamas de vela a las estrellas.

Dentro de las cancelas cerradas en la amarilla llama del mediodía -cuando callan las estatuas y los mitos aceptan- las voces se agitan, al principio pura, tranquilamente, y después atronadora por la tormenta y rápidamente en la callejuela junto al bulevar de Pére Lachaise.

Ermessenda y Cassia descubren de pronto los eternos secretos;
por momentos -con naturalidad aplastante- son terribles y temibles como tumbas y poco instantes después de nuevo como tumbas otra vez.

Las dos amigas ignoran el porqué de su afición
a pasear por el cementerio. Como caricias de lejanos y finos dedos llaman a cada cosa por su nombre como jugando con las palabras:

llaman al agua de la fuente, boca;
a los negros y altos árboles de París, desnudos en otoño, solvido;
a la noche entre los andenes del Sena, cordón umbilical; y a los ojos llorosos, "amiga".

Bautizan a los frescos labios rojos
con el nombre de hojas de viña de octubre; a los dientes amorosos, pesadilla; a los purpúreos lechos de amor, abismos;

a las negras aguas del puerto de l'Arsenal, lámpara;
califican a las anclas enmohecidas treno del sueño;
ponen alas de colores a la triste mirada de Orfeo
y en sus manos (de Orfeo) ponen abanicos,

desgarran  sus encendidas faldas trapos de cocina;
adornan sus cabezas con encajes muy delicados
(en el pecho de Orfeo clavan banderas);

echan en el caos de los oráculos, sangre;
y tienden los gayumbos (calzoncillos) de Niko
junto a los espectros blancos (camisetas)
que ahuyentan a los espectros negros.

También las limas (camisas) y picantes (calcetines)
de Bruno adornan junto a sus gerales (pantalones) el tejado
y, vuelven a llamar entre risas a las palmeras tizones;
se detienen con sollozos ante la palabra martillo;

llaman silencio a las "puertas del Monasterio";
en lugar de muerte prefieren decir música en las sienes;
denominan bosque de la noche a sus corazones
y lata y fría tristeza, al invierno.

Es cierto, ya no bastan cuatro frases hechas
para nombrar llamas de vela a las estrellas.
a las que sólo unas curiosas y minoritarias narices
las persiguen como a Venus por el profundo cielo.

                                                            J. R. Bach