25 sept 2015

Buenos días amigo. Vas muy bien peinado esta mañana.


LA HOSPITALIZACIÓN DE TÍA ALICIA

Buenos días amigo.

Vas muy bien peinado esta mañana.
Ayer no pude salir a la calle y no tengo otra cosa que ofrecerte que esas fresas que están sobre la mesa.

No me encontraba bien
y me acosté temprano y si no es mucho pedir quisiera que me escuchases un par de minutos.

Quiero contarte un sueño,
un sueño que me tortura, que se repite demasiado últimamente; un sueño que me come los costados de mi cerebro y baja y me quema el sexo.

Estábamos los dos de pie,
junto a un farol alto y brillante, era de noche y hacía frío. Él no podía ver lo que yo veía.

Un horripilante demonio,
el repugnante y tétrico demonio, que con sus ojos, pero muertos idos de este planeta, me miraba, encaramado en el farol de aluminio.

Bajó y se dirigió a mí.
tuve que huir, todo se oscureció, calle y cielo y corrí durante una fracción de tiempo que me pareció un par de horas.

De mi grito salió su nombre,
lo llamé un poco más tarde, de madrugada y fue su voz fría, la voz de un hombre primario y desconocido, que me insultó y no quiso verme.

En el sueño,
en el horrible paraje lo busqué desesperada, babeante, todo me era hostil, la gente amiga suya le protegía, y yo no quería hacerle daño.

Los árboles sangraban
y tenían ojos con lágrimas que saltaban en chorros sobre mí.

De rodillas le grité: ¡Leonardo, Leonardo, resucita!

Pero pensé que la muerte llamaba también a mi puerta.
Una hiena enorme me devoraba, era amarilla con sombras grises horribles. Desperté.

Recuerdo que ese sueño
lo tuve por primera vez después de mi último internamiento. Temo amigo mío, temo el alucinante ensueño desde las entrañas hasta el alma.

¿Sabes amigo mío?

Vas muy bien peinado esta mañana.
Ayer no pude salir a la calle y no tengo otra cosa que ofrecerte que esas fresas que están sobre la mesa.

                                                              Johann R. Bach

23 sept 2015

He buscado desesperadamente al Hombre,


UN SENCILLO FINAL PARA UNA NOVELA



Hola Clara amor

Ya sabes que por fin vivo con pasión el amor masculino. Es placentero sí, como me decías siempre, pero me ha resultado todo lo contrario de lo imaginado por mi mente durante tantos y tantos años.

No te extrañe que te diga que desde que estoy con Victor ya no puedo escribir siquiera una página sin pensar en él, me duelen las piernas y los glúteos de los esfuerzos musculares y las vértebras crujen y parecen desencajarse en cada uno de sus abrazos. Me duelen los dedos, los oídos de escuchar sus suspiros y la piel de la cara irritada a causa de sus besos.

Después de flotar en esta atmósfera placentera ya sólo me queda pensar en cosas trascendentes: ¿Qué habrá, qué existirá allá arriba en el núcleo del Ápex? ¡Me gusta creer en todo aquello que brota de mi imaginación! Creer que allí se abrirá una vida nueva, que nuestra vida actual es larvaria, un compás de espera. Que el yo, puesto que existe, debe encontrar una forma de asegurar su permanencia como el aire en un claro de luna. Que me convertiré en otra cosa infinitamente más compleja. De lo contrario es absurdo y no encuentro espacio para lo absurdo en el proyecto del mundo el mejor de todos los conocidos.

Miles de millones de galaxias, campos imperceptibles, en fin, este universo que rodea mi cabeza como un aura no podría existir si yo no tuviera que conocerlo en su totalidad, poseerlo, ser él. Esta noche acurrucada junto a este amor que sosiega mi alma como nunca, bajo el edredón, he tenido una especie de visión:

Acababa de nacer de un vientre alargado, sangriento, indeciblemente obsceno, que me había expulsado con un movimiento rotatorio. A una velocidad próxima a la de la luz, dejando atrás restos de lágrimas, linfa y sangre, me adentraba en la oscuridad próxima a un lugar cercano a uno de esos monstruosos agujeros negros. Y de repente, en el borde de la noche, se planta ante mí un inmenso Rostro de Luz, tan gigante que no cabía en mis sentimientos ni en mi entendimiento. Me dirigía hacia su enorme pecho y los rasgos de su severo rostro escapaban hacia arriba y se combaban en el límite de mi campo visual.

Poco después no veía más que la gran luz amarilla de su pecho; lo he atravesado rodando y, tras una travesía infinita a través de su carne de fuego, he salido por su espalda. Al mirar atrás, mientras ascendía volando, he visto aquella colosal imagen derrumbarse boca abajo hacia la derecha. Ha ido disminuyendo poco a poco hasta desaparecer, yo me encontraba de nuevo sola en aquella noche sin límites. Al cabo de un tiempo imposible de calcular, en el margen de mi campo visual se eleva otra imagen enorme, idéntica a la primera, pero de aspecto más femenino. La he atravesado también y he seguido adentrándome en el vacío.

Luego, tras una eternidad, ha aparecido otra imagen La Tercera. La hilera de imágenes, al mirar hacia atrás iba en aumento. Eran cientos, luego miles, se derrumbaban postrados a veces en decúbito prono (boca abajo), a veces en decúbito lateral, alternativamente a izquierda y a derecha como si fueran los dientes de una gigantesca cremallera de fuego. La verdad, Clara, aquello me extrañó, pero seguí dando pábulo a mi sueño y al abrir la cremallera en mi vuelo, he desvelado el pecho del Hombre verdadero.

Al darme la vuelta, carbonizada por su luz, me he elevado tan alto por encima de Él, que me ha sido concedido poder verlo en su integridad. ¡Qué hermoso era! Su torso peludo, como de toro, extraordinariamente erótico, con senos de mujer. Su rostro era joven, casi barbilampiño, coronado por la llamarada de una melena peinada en miles de trenzas y adornada con cientos de pequeños animales marinos; las carenas, anchas, cobijaban su poderoso miembro viril.

Todo él, de la cabeza a los pies, era sólo luz. Tenía los ojos entreabiertos -esos que en mis escritos los denomino "ojos de té"-, sonreía de forma extática y con un punto de tristeza y justo a la altura del corazón, bajo el precioso y femenino seno izquierdo, asomaba una herida terrible. Entre los dedos de la mano derecha sujetaba, con un gesto indeciblemente gracioso, una rosa roja. Flotaba así, tumbado, en un espacio que se esforzaba por abarcarlo, pero que parecía absorbido, abarcado por él...

 Me he despertado con mis labios chorreando saliva sobre el pecho de mi amor, con un sollozo seco, casi senil. Dime Clara: ¿Que puede hacer una mujer que ha dedicado la mitad de su vida a desentrañar el misterio de la enfermedad y el amor? ¿Tengo que asumir todo eso como un hándicap y tener el valor de reconocerlo?. De ninguna manera. Que en mí, la enfermedad y el amor iban de la mano lo he sabido desde el principio, pero con la astucia de un animal acosado -tú lo sabes bien mi amor- he ocultado mi juego, mi postura, mi apuesta a todas las miradas excepto a la tuya.

He buscado desesperadamente al Hombre, incluso valiéndome de tu ayuda, a pesar del hecho de que todo parecía indicar que él no existía. Lo cierto es que sí que existía. Pero hay un rincón del Ápex donde lo imposible es posible, se trata de la ficción como posibilidad. Allí, en el mundo del Ápex las leyes del cálculo de probabilidades pueden ser infringidas, allí puede aparecer un hombre más poderoso que el azar. ¿Se trata de un personaje de primera magnitud? Quizá sí.

Pero entonces yo también soy un personaje de igual rango y aquí no puedo evitar mostrarme exultante de alegría. Porque los personajes no mueren jamás, viven siempre que su mundo sea "leído". Y aunque una mujer jamás consiga besar a su amado, la vestal pintada en una urna griega sabe al menos que se la va a contemplar eternamente. Esa es mi apuesta y mi esperanza. Espero con toda mi alma ser el personaje de un relato y, aunque ya he pasado el ecuador de mi vida, no morir nunca porque, de hecho, no he vivido más que de tu admiración por mi alma y por mi cuerpo. Gracias Clara. Quizá no viva dentro de una historia importante, quizá sea sólo un personaje secundario pero, para una mujer que afronta su madurez teñida de tercera juventud, cualquier perspectiva es preferible a la de desaparecer para siempre.

Tuya siempre
Aurembiaix

Postdata: "Mi Hombre" está deseando conocerte.
                                                           
                                                                                    Johann R. Bach 

21 sept 2015

"Buscaré otro cuerpo para ocuparlo y seguir amándote"


LA CRISIS DE TÍA ALICIA

No sé de dónde Tía Alicia podía  sacar aquella fuerza sobrehumana que la obligaba a hacer cosas tan extrañas e incoherentes, pero cierto día al volver del hospital entró en casa y no pudo evitar una sensación de que todo lo que la rodeaba no hacía sino aprisionarla con sus invisibles hilos. Fue –según me contó a mí (aún una niña)- directamente al dormitorio. Allí se encontró imperturbable a Leonardo con sus cabellos rizados y revueltos, dormido, ajeno a todo, ajeno al mundo, medio envuelto en las sábanas. Sus labios inflamados estaban enrojecidos de tanto besar.

Una furia inhumana –me decía como lamentándose- se volvió a apoderar de mi mente, desencajé la puerta del espejo del armario y la dejé caer. Un crujido ahogado me hizo saber que el espejo se había hecho añicos al estamparse boca abajo sobre el suelo, del que había retirado desde hacía una semana la alfombra. Esta se encontraba enrollada a lo ancho en el sofá, sobre los cojines estampados de cretona y de seda anaranjada. Arrastré el piano, que por suerte tenía ruedas, hasta el centro de la habitación y apoyé en él la alfombra persa.

Me imagino cómo -según me decía ella- Tía Alicia con un esfuerzo terrible, pudo poner el sofá en pie y apoyarlo también sobre el piano reluciente y cómo se ajustó a la perfección entre los candelabros de bronce soldados a la tapa del piano. Se me hacía fácil pensar en qué se detuvo para recobrar el aliento y pasarse las manos llenas de polvo por la camiseta amarilla que cubría sus pechos.

Mientras me relataba aquella historia se dirigió a la ventana. La calle brillaba por el barro húmedo aún de la lluvia de la tarde bajo un pesado ocaso de otoño. En el jardín las largas colas de la parra que ya llegaban hasta la veranda, temblaban mecidas por las suaves ráfagas de viento. En la terraza dormitaba un gato atigrado de rayas naranjas y otras de un rojo oscuro.

"Dejé la ventana abierta –me decía continuando su relato- pero corrí los cortinones de damasco púrpura. En la habitación se hizo una penumbra rojiza. Un rayo de luz que se colaba entre las cortinas, se estrellaba contra la esquina brillante de la librería, justo donde estaba el pequeño crucifijo metálico, que lanzó bruscamente un destello blanco. Empecé a sacar los libros de la librería y a colocarlos, tras pensármelo un poco, alrededor del piano y del sofá.

Saqué del cajón de la mesita de noche un poemario en el que, de su puño y letra, estaba escrita una dedicatoria. La tengo grabada en mi corazón: "A Alicia, con amor, para que recuerde que, bajo el abigarrado rococó obsceno de nuestro mundo y de nuestra carne, nuestros huesos son góticos y nuestro espíritu también lo es. Leonardo, febrero de 196...". hojeé por encima las páginas llenas de quimeras. Coloqué aquel maravilloso libro en el suelo, junto a los otros. Me entraron unas ganas locas de reír y lo hice bien a gusto.

La tal librería no constaba más que de dos cuerpos de ochenta centímetros de ancho cada uno lacados en blanco, así que, sin libros, me fue fácil moverla hacia el centro de la estancia. Pero aquello me fatigó y tuve que tomarme un largo respiro después de desplazar cada mueble. Menos mal que no había demasiados en aquella habitación. La lámpara del techo me pareció que había elevado más arriba sus centelleantes lágrimas de cristal. Después de empujar y arrastrar la librería, agarré el sillón tapizado en satén de flores rojas sobre un fondo crema, lo puse patas arriba y lo dejé caer sobre el sofá, apoyándolo en el extremo ligeramente doblado de la alfombra. Luego abrí de par en par las portezuelas del "secretair", en las que estaba pintada una escena renacentista sobre la que decía AMOR OMNIA VINCIT (nada detiene al amor). Las saqué de las bisagras y las dejé caer al suelo sin cuidado alguno.

Dentro, en los estantes que olían a sándalo, había incontables botellitas policromadas, transparentes topacio o mates, talladas en cristal reluciente o modeladas en cristal soplado maleable. Los líquidos amarillentos o verdosos como el veneno ondeaban suavemente las velas en su interior. Tomé uno de ellos. Leí la caligrafía sofisticada: "Soir de Paris". Me puse en pie y agarrándolo como si fuera una granada, lo arrojé bruscamente contra el suelo. El gracioso perfume estalló en cientos de añicos y dejó una mancha húmeda con gotas que se escurrían por todas partes. Un sensual aroma inundó la habitación. Uno tras otro todos los frascos fueron corriendo la misma suerte. Leía sus nombres, Sensation, Magie noire, Capri, La Toja y luego los lanzaba furibundamente contra el suelo, cubriéndome los ojos con el brazo izquierdo para evitar las esquirlas.

Decidí conservar tres frasquitos de colonia y el medio litro de alcohol vínico, que había encontrado en uno de los compartimentos, y no los rompí sino que vacié en cambio su contenido sobre los muebles amontonados en medio de la estancia, murmurando:

"Vierte en la alfombra perfumes raros,
trae rosas para cubrirte con ellas".

Y volví a reír con ganas.
Me dirigí a la ventana y la cerré, dejando las cortinas echadas. En la habitación el olor se había vuelto más real que los objetos, en el aire se sentía un humo denso, casi visible. Allí seguí pisando los charquitos de perfume francés, a aplastar con la suela de los topolinos los tarros de crema y los tubos de maquillaje. Un aturdimiento voluptuoso impregnaba mi cuerpo ya fatigado. Habría querido -te lo aseguro- acostarme en cualquier rincón como en un paraíso artificial, pero sabía que tendría, si el rumbo de las cosas no se torciera, tiempo suficiente para dormir.

Tras subirme a un taburete, comencé a descolgar de la pared, uno a uno, los maravillosos platos de cerámica de Purullena y de Manises, con sus mundos de granadas y cobaltos. La Virgen María se adormecía sobre un tapiz púrpura, custodiada por querubines de alas y nimbos dorados. Cada uno de los platos, una vez retirado de la pared, dejaba tras él un círculo pálido, sobre el que se agitaban unas finas telarañas. La madera de los marcos de los cuadros, podrida, estaba surcada por miles de agujeros de carcoma. Quité primero la fila superior de platos que durante años habían sido escogidos entre miles en las cuevas-tienda de Purullena o Guadix, luego la segunda, en total unos quince.

Bajé del taburete y a punto estuve de caerme porque las piernas empezaban a negarse a obedecer mi voluntad. El aire se iba haciendo difícil de respirar. Aunque no te lo creas, reía a lo tonto, con unos lagrimones que brotaban de mis ojos irritados por el éter. Tras permanecer un rato con la espalda apoyada en la pared, empecé a colocar los cuadros entre los libros, alrededor de los muebles. Todo empezaba a adquirir el aspecto deseado.

Quedaba todavía el armario. Tambaleándome, hundí los brazos, hasta los hombros, entre las baldas y comencé a sacar grandes brazadas de ropa interior, de blusitas, camisetas, faldas escocesas y otras de telas más variadas, combinaciones brillantes y crujientes, chalequitos para ir de fiesta, cajas enteras con maquillaje y calcetines amarillos, a rayas, rojizos, algunos nuevecitos, otros ya desgastados, vaporosos vestidos de gasa, pañuelos negros con lentejuelas brillantes. Lo coloqué todo, aplastándolo con las manos, sobre la tapa del piano hasta que éste, entre los otros muebles más altos, cobró el aspecto de un nido atractivo, polícromo de una calidez deliciosa.

A continuación, del otro compartimento del armario saqué perchas enteras con vestidos de noche, algunos antiguos, con bordados minuciosos, gruesos como brocados, otros de seda ligera, luego unas cuantas prendas más y gorros de piel y tres tabardos largos y acolchados con capucha. En la parte inferior no te puedes hacer una idea de los incontables pares de zapatos, naturalmente los más caros: minúsculos, de piel brillante, algunos con pequeño adornos de metal. Renuncié a arrastrar también la cómoda, no habría sido capaz con aquella infinita somnolencia en los huesos.

Todo estaba listo -me dije. La habitación estaba recogida para ser pintada. Rompí a reír a carcajadas histéricas, arrastrándome por las paredes desnudas y asombrándome del eco de mi risa en la habitación desbastada. Apenas me tenía en pie. Cogí el vestido amarillo, el más pesado y arrugado y me lo puse. Me abroché con desidia los cordones del cuello y de los puños. La falda me llegaba hasta los tobillos. Me pasé las manos por los pechos, por las caderas, me acaricié, con la mirada perdida en el vacio, el cabello que me caía en rizos hasta los hombros.

Me dirigí a la gran estufa de terracota y saqué el bidón que había escondido detrás de antemano. Regué a conciencia aquel montón de muebles y trapos y después, volviendo la cabeza para no inhalar los vapores del líquido amarillo-marrón. "Esto es todo" -grité. "¡Todo, todo!". Me entraron ganas de devolver y de hecho vomité algo en una esquina de la habitación. pero mi lucidez hizo que me derrumbara llorando y como si estuviera abrazada a su pecho desnudo le pregunté en voz alta, casi gritando: ¿Qué más, amor, qué más?

Ya medio dormida me pareció oírle decir: "Buscaré otro cuerpo para ocuparlo y seguir amándote". ¿Cómo te reconoceré -le contesté ya en mi sueño- y si eso sucederá pronto? Sus últimas palabras resonaron en mi cerebro como una liberación: "No más de siete meses y me reconocerás por mi anillo de plata".

Después de ese relato comprendí -a pesar de mi corta edad- cómo por unas simples palabras resonando en su cerebro se libró de morir espantosamente abrasada; y, las continuas salidas de Tia Alicia a la calle mirando hacia todas partes y sus miradas, poco discretas por cierto, hacia las manos de todo hombre que se le acercara.

                                                           Johann R. Bach

17 sept 2015

Al alejarme de su atractivo mortalmente femenino, ya no soportaba pasear sola


MERCHE Y EL ESTIGMA DE LA BELLEZA FEMENINA



Escribir por fin,
que tras el enfado con Merche, tras aquella escena horrible del Jardín de la Sagrada Familia, no volvimos a hablar en tres semanas, puede que incluso en un mes entero. Fue para mí una época negra de la que ni siquiera hoy sé como salí. No podía leer ni estudiar, precisamente entonces, cuando se acercaba la reválida de bachillerato -aún sin su carácter obligatorio. Había perdido el norte, no sabía qué hacer para sobrevivir.

Acostumbrada a estar continuamente junto a ella, a soñar con ella, a admirar de cerca su belleza, su atractivo mortalmente femenino, ya no soportaba pasear sola por las calles de una Barcelona gris, como solía hacer antiguamente para remediar mi soledad; tampoco me gustaba ya jugar al ping-pong o sentarme en una butaca del cine de las Galerías Maldá a ver una película de una sesión matinal. Sólo Clara percibió mi llamada de ayuda y se esforzó por sacarme de aquella erotopatía.

Merche se iba volviendo más y más opaca ante mis ojos, como si, indescifrable, se revistiera de una coraza de nácar. Ya no me hacía el menor caso en la clase. Tras las primeras semanas del segundo trimestre, me cambié de pupitre y ella no mostró ninguna reacción en absoluto. Estaba muy cambiada, como si hubiera madurado de repente unos cuantos años. Su actitud había adquirido una especie de orgullo desafiante mientras yo iba comprendiendo poco a poco que ya no me necesitaba.

Merche empezó a mostrar que ya no titubeaba, que, por fin, sabía lo que quería, que era madura y fuerte (en tanto que yo no lograba abandonar la niñez a causa de mi extraña enfermedad hipoendocrínica). Ya no se hacía la melindrosa cuando hablaba con las compañeras de clase sino que, en todo lo que decía, mostraba una cierta suficiencia enunciativa -una señal de la experiencia, según su propia opinión-: Era una mujer, no tenía tiempo de hacerse preguntas, de meditar, ella ya sabía.

Debido a ese "estilo elevado" que se había arrogado, es posible que no viera en mí más que una niña prendada de ella la diosa. Merche creía en ese momento que había dado el salto y se situaba entre los fuertes, mientras que yo seguía boqueando perpleja en el agua estancada de aquella prolongada adolescencia. Si hubiera tenido más fuerza para soportarlo, es probable que, al finalizar el bachillerato y dejar de verla hubiera conseguido olvidarla, aunque no podía imaginar cómo iba a ser mi mundo sin Merche.

Desgraciadamente, no fui capaz de quedarme quietecita y una noche me senté y empecé a escribirle una carta. Le escribí dieciseis páginas y fui rápidamente a echar el sobre en el buzón de su casa en la Avenida Gaudí. No había vuelto a entrar en aquel portal de escalones de piedra blanca desde hacía un tiempo indecible. Nuestra ruta -la calle Asturias hasta la plaza de la Virreina por donde la acompañaba bajando por el Torrent de'n Vidalet y encauzar nuestros pasos por la Travessera de Gracia hasta su cas para luego continuar yo sola- me parecía una zona viva, psíquica, diferente al resto de calles de la telaraña del Barrio de Gracia.

Porque allí había estado al acecho la propia araña y los hilos conservaban aún la vibración de sus miembros peludos y el calor de su pálido y cálido vientre. Sé que hice una estupidez al escribirle, pero fue un gesto que nació de una lógica subliminal, afectiva y, por tanto, muy poderosa. Hice lo que se imponía en aquella situación. No era una carta lacrimógena; cierto que el tono era triste pero también era seco, contenido, cínico en ciertos pasajes.

Ya no recuerdo una sola línea de aquella carta, pero lo que sí que sé es que, a grandes rasgos, le señalaba lo mal que me sentía por no haber podido seguir siendo amigas y cuánto me habría gustado penetrar en su cerebro, en sus nervios, en sus venas, en todas las células de su cuerpo, para comprender por fin quién era ella, para poder comunicarme con ella, de un modo completo, de una vez por todas. Dos noches después, ya sería casi de madrugada, me llamó por teléfono. Se la oía muy emocionada. Me dijo que había leído mi "cartita de amor". "Si hubieras sabido como tratarme, si hubieras sabido jugar un poco conmigo... Yo te he querido mucho, pero no había nada qué hacer, tú no entendías nada... Pero ahora haría cualquier cosa por ti, pídeme CUALQUIER COSA... "

Le dije que no quería pedirle nada y que aquella carta no tenía nada que ver con ella, que tenía que ver sólo conmigo, ni siquiera llegó a interesarme -al escribirla- que la leyera. Comprobé, con cierta alarma, que estaba temblando mientras hablaba con ella, pero conseguí mostrarme fría porque ahora ya la conocía.

La conocía bien.

                                                          Johann R. Bach

15 sept 2015

CONVERSACIONES CON MI AMIGO EL LAGARTO


POESÍA EN UN ENTIERRO DE LAGARTOS

Aquellos ratitos de reposo al sol
junto a mi amigo el viejo lagarto en el jardín del hospital eran los mejores del día. Aquellos ojos saltones y estrábicos se habían convertido en algo cotidiano y familiarmente natural.

Un día que había llovido
tardó bastante en volver a aparecer aquella sabia criatura, pero llegó en el preciso momento en que ya había comenzado a mover mi silla de ruedas.

"Creía -le dije en tono quejumbroso-
que esta tarde ya no vendrías".

"He ido al entierro
-contestó pausadamente el lagarto- de la lagarta más vieja del jardín. Tenía buen corazón y siempre había ayudado en los partos de lagartijas jóvenes y juguetonas".

"Ha sido muy emocionante
-continuaba diciéndome mi sabio amigo- ver todo el séquito de lagartos cubriéndose de la lluvia con tiernas hojas de nenúfar. Es, ya sabes, una obviedad decir que nada es duradero excepto el cambio".

"Cada latido del corazón
nos causa una herida, microscópica, sí, pero herida al fin y al cabo: La vida sería un eterno desangrarse si no existiera la poesía,

pues ella nos concede
aquello que la naturaleza nos deniega:

una edad de platino
que no se oxida, una primavera que no se marchita, un cielo de felicidad sin nubes y una juventud eterna.

                                                                 Johann R. Bach

"Tú sabes escuchar, pero depende de que sepas también soñar"


EL OLOR A BOSQUE SAGRADO

Cierto día que estábamos de visita en casa de Tío Arturo, mi primo Arturito había vuelto de jugar un partido de fútbol con el equipo de los guardias y a pesar de que jugó de portero llegó más sucio que un gorrino y no se llevó una paliza porque estaba yo presente, pero la bronca fue mayúscula. Cuando se fue mi primo le dije a Tío Arturo que aquella noche tendría pesadillas porque no me había gustado oír aquellas palabras tan duras para un hijo.

Tio Arturo me miró con una ternura infinita, totalmente transformado y me sorprendió al decirme: "Tú sabes escuchar, pero depende de que sepas también soñar. Mira te regalo esta bola de cristal tallada icosaédricamente. Colócala debajo de la almohada y cuéntame cuando nos volvamos a ver qué has soñado esta noche".

Yo no atinaba a ver si Tío Arturo era un ángel o un demonio, pero aquella noche puse la bola de cristal bajo la almohada y aquella noche soñé con un bosque. Un bosque verde-ocre en el que el aire de después de la lluvia brillaba como el sol. Un bosque matinal, cargado de rocío, llenos de mosquitas doradas recién nacidas, con miles de hojas transparentes y temblonas.

Yo caminaba por aquel bosque que olía a leña rojiza, a taninos, a hongos, entre troncos jóvenes y largos, delgados, combados hacia el sol, tallos esmeraldas y dorados, ¡sin embargo, tan vivo! A través de las amplias cúpulas de las ramas se abrían ojos de cielo azul. De allí parecían brotar los silbidos de los pájaros que abolían el silencio... Por los cientos de senderos que atravesaban el bosque infinito se escurrían los erizos y correteaban las comadrejas. En los claros, las ortigas y las campanillas violetas daban sombra al bullicio de los escarabajos peloteros. El bosque me parecía a mí, una niña perdida en sus senderos arrastrando una extraña enfermedad hipoendocrínica, la única realidad posible. Intentaba, sin lograrlo, recordar alguna cosa más, pero tampoco me lamentaba estar perdida. Encantada con el color de las mariposas, con el sabor de las frambuesas que me habían embadurnado la cara, avanzaba feliz, saltando, tumbándome para beber el agua ligera de algún diminuto arroyo cristalino.

Aquel era mi mundo y deseaba no tener que abandonarlo jamás. Bajo una hoja manchada de barro encontré una criatura como yo: un caracol con el caparazón roto. Entre los árboles, una araña extendía su tela llena de gotitas de rocío. Una rama seca me arañó el brazo desnudo. No buscaba la salida, los caminos no eran caminos hacia algo, hacia otro sitio, sino la pura alegría de caminar a través de un milagro.

Cuando me desperté me alegré de haber aprendido a soñar. Deseé en aquel momento volver a Manresa para que mi primo Arturito me paseara en bicicleta.

                                                               Johann R. Bach

13 sept 2015

NUEVO POEMARIO ENTRANDO EN LA IMPRENTA

Se trata de una selección de poemas y fragmentos que describen UN PEQUEÑO RINCÓN DEL ÁPEX. Pronto podréis tenerlo en formato libro en papel

Saludos a tod@s

EN UN RINCÓN DEL ÁPEX


                                                              Johann R. Bach

12 sept 2015

Era un torbellino bailando charlestón o montando en bicicleta


NOTAS PARA MI PRIMA LIBERTA (fragmento)

Cada vez que íbamos a casa de Tía Alicia, yo me ponía muy contenta pues sabía que me esperaba una buena merienda y un buen racimo de uvas recién cogido de la parra. Y además Liberta me explicaba historias de sus amigas de baile del Salón Venus, pero aquel día recién salida del hospital me pareció todo muy diferente: Los árboles de la avenida que moría en el manicomio ya no los vi tan grandes, ni la caminata desde la Plaza Virrey Amat final de la línea del tranvía 47 hasta aquel frenopático no se me hizo tan larga.

La prima Liberta no sólo ponía color a aquel barrio gris de calles llenas de polvo ardiente sino que era una auténtica referencia en la familia. Era atrevida y divertida: Aún recuerdo como perseguía al primo Arturito, comiéndoselo a besos y colocando su mano entre las piernas de un esquivo muchacho. ¡Venga, venga, no seas tonto que soy tu prima! Era un torbellino bailando charlestón o montando en bicicleta

Como otras veces, Liberta salió a recibirnos con brillo en su rostro, con  sonrisa encantadora, con calor en sus labios, con fuertes abrazos. La merienda consistió en una rebanada de pan regada con leche condensada y una pastilla de chocolate Torras -el sucedáneo chocolate de algarroba ya no existía-, sin embargo, aún era pronto para las uvas. Cuando le dije a Liberta que había escrito, tal como me lo había dicho, cosas que había visto en el hospital abrió los ojos como naranjas y se puso a temblar como un flan: no podía sostener mi cuaderno en las manos. Me propuso que le leyera yo misma con mi voz las anotaciones:

Martes

hoy he visto a la enfermera más corpulenta
-que lucía unas sombras verdosas bajo la bata que me permitían imaginar su combinación- agarrar la jeringa y acercar la larga aguja hacia el hueco entre las vértebras, reluciente de yodo como si lo hubieran escupido encima, y clavarla empujando a través de la piel. He visto cómo se detenía  un instante y luego empujaba de nuevo hasta que se ha oído un crujido audible incluso desde la cama contigua donde esperaba yo mi turno. He oído como Elisa -mi compañera de la cama contigua- ha lanzado un gemido de dolor e impotencia y he visto como sus lágrimas caían a chorro desde su rostro.

La han mantenido arqueada unos cuantos minutos más, con un algodón húmedo apretado sobre la zona de la punción, luego la han tumbado lentamente de espaldas y le han vuelto a poner el pijama.

Miércoles

Hoy Elisa no podía mover la cabeza y no ha podido ver cómo Paula ha estado llorando bajo las sábanas casi sin interrupción, Carmela no quería ver nada de lo que pasaba y se ha puesto de cara a la pared, y allí, al parecer, se ha sentido más tranquila. Únicamente yo y una señora -la única enferma adulta de la sala- aquejada de una parálisis facial aguda presenciábamos todo, yo jugando nerviosa con uno de mis rizos, ella, con una expresión de arlequín, sonriendo con la mitad del rostro, parpadeando con un solo ojo. Así me he entretenido toda la mañana; por la tarde mientras todos dormían la siesta yo he escrito en mi cuaderno.

Jueves

El médico ha pasado hace un rato por mi cama y me ha preguntado si ya había terminado de escribir. Todavía no -le he contestado. ¿Qué contienen esas páginas -ha insistido él- que has colocado en la mesilla y encima de las sábanas? Como yo no decía nada, él me ha dicho quizá para tranquilizarme: "no te preocupes que no voy a leer lo que has escrito". "Son notas para mi prima. Ella me dice que escribo bien y eso me gusta.

¿Eran obra mía aquellas palabras que escribía o de ella? ¿Podía distinguir acaso qué palabras eran suyas y cuáles eran mías? Vuelvo a tener miedo. Cuando cierro los ojos y pienso en ella, en su olor a almidón, me pierdo en el paisaje de su alegre cerebro, como si pisara arenas movedizas, zonas rosas y marfileñas; me hundo en el valle de la circunvolución de su hipotálamo, en sus cisuras laterales. Tengo la sensación de avanzar por senderos estrechos en el bosque oscuro de su paleoencéfalo (arqueocerebro tan querido por Laborit), me siento reflejada en las aguas del lóbulo posterior hipofisario. Siento purificarme al subir al mesencéfalo lleno de alegorías de reptiles y pájaros dentados, perdida allí, entre helechos arborescentes. A veces, incluso me parece explorar las seis capas extasiadas del neocórtex sobre el que hay una imagen parecida al cuadro Guernika. frentes planas, boca de labios gruesos y lengua desmesurada, el cuerpo proporcionado con manos dotadas de finos y largos dedos preparados para acariciar las teclas de un piano.

Me recreo a menudo, con sumo placer, por el laberinto de la mente de mi prima Liberta, piso los pedales que mueven sus rodillas. Miro mis dedos pequeños y blandos, con el esmalte de uñas levantado que me regaló Tía Rosita. Con ellos he sujetado el bolígrafo. Así que ¿quién ha sido el que ha escrito esto?¿Ella o yo?

                                                                                 Johann R. Bach

10 sept 2015

La despreocupación de la prima Liberta


LA MÚSICA DE CHARLESTÓN
DE LA PRIMA LIBERTA (fragmento)

Antes de conocer a Clara
recuerdo vagamente que vivíamos en otro planeta y que dábamos muchas vueltas por callejuelas desconocidas, y que después de pasar junto a escuelas ocres y achaparradas con planchas "Pegaso", con bastidores verdes en las ventanas y otros tejados marrones, junto a centros de distribución de aceite, queso anaranjado americano y leche en polvo, en los que siempre había cola, y un taller de herrero abierto, sin puertas ni fachada vallada con hierro al rojo sobre un viejo yunque, nos adentrábamos por fin en la calle donde vivía Tía Alicia.

Era una calle larga y recta, con cercas de madera y muretes bajos de ladrillo a modo de fechada alineada con la última casa de un lugar polvoriento y aire demasiado denso para mis pulmones. Si la recorría en verano, la reconocía siempre por los fragmentos de cometas de papel enredada en los hilos de la luz, entre los postes de madera grasienta por haber sido pintados con creosota de fuerte olor acre. Muchos de aquellos cometas habían sido elaborados con papel azul de envolver. Otras, en cambio, estaban pintadas con tizas de colores, así que parecían manchas de un cielo arlequinado.

Teníamos que atravesar un gran huerto para llegar a la casa de ladrillo la penúltima de lo que entonces se llamaba barrio. Detrás de la casa se extendían los campos llenos de malas hierbas. ¡Qué raro me parecía que una calle -sin asfalto y sin aceras, aunque sí había en ella tapas metálicas de fundición que indicaban la existencia de cloacas- acabara en el vacío en lugar de dar a otras calles. En cuanto llegábamos a la puerta teníamos que andar con cuidado para no despertar la ira de las abejas que con sus enjambres completos se habían apoderado de un viejo carro ya inutilizado por la falta de uso.

A la izquierda de la puerta un viejo camión con sus llantas desprovistas de neumáticos y rodeado de cebollinos y geranios, de crisantemos y dos rosales. Detrás se alzaba aún con fuerza la casa roja de la enviudada Tía Alicia, cuadrada, con tejado de zinc. La prima Liberta, bastante mayor que su hermana Trinidad, venía a recibirnos a toda velocidad. A mí gustaba su figura. Sonriendo de oreja a oreja con una alegría exagerada, nos invitaba a entrar. Esperaba que, como siempre, me diera un plátano manjar inolvidable de la infancia.

Un pasillo largo, siempre fresco, pues daba a un patio en el centro geométrico de la casa como en las construcciones romanas. Al otro lado del patio se hallaba el comedor. Mientras allí charlaban todos Liberta me enseñaba los peces del pequeño estanque, pero lo que más me llamaba la atención era la vieja máquina de coser cargada con dos cubos metálicos con blancas margaritas.

Liberta era todo lo contrario de Trinidad. De su rostro huía el sombrío aspecto y su frente despejada daba paso a un aspecto despreocupado. Sus ojos, cuidadosamente pintados, añadían brillo al paisaje. Tía Alicia le echaba en cara su despreocupación y no veía con buenos ojos que fuera los sábados a bailar, pero la verdad es que bailaba el charlestón con garbo y a mí me hacía reír con sus requiebros de brazos y piernas con un aire que llenaba la casa de sonrisas. En invierno no íbamos a visitar la casa de Tía Alicia porque la calle estaba completamente embarrada. Así que a cada verano el paisaje era distinto porque de año en año la calle se iba llenando de nuevas construcciones.

                                                        Johann R. Bach

9 sept 2015

“Nada en el mundo desea retroceder”


CONVERSACIONES CON UN VIEJO LAGARTO

Me extrañó mucho, la verdad,
oír en boca de un viejo lagarto el Segundo Principio de la Termodinámica: la irreversibilidad de todo proceso en la naturaleza.

"Nada en el mundo desea retroceder"
–me dijo aquel viejo lagarto que se quejaba de necesitar los baños de sol sobre el muro de piedra y al mismo tiempo sentir que el calor formaba parte de su envejecimiento.

"Todo tiende hacia adelante
–añadió el sabio lagarto- y, finalmente, tendrá lugar un gran avance de la naturaleza":

"Las piedras, se harán plantas,
las plantas se convertirán en animales, los animales se transformarán en hombres y los hombres se transfigurarán en dioses".

Después de meditar
un poco sus palabras le objeté: ¿qué será entonces de las buenas personas, de los pobres que ya se cuentan por miles de millones y de los viejos dioses de El Olimpo?

"Eso ya se verá, querido Johann
-me contestó el estrábico lagarto- es probable que abdiquen o se jubilen de alguna forma honorable.

Mi filósofo natural de piel jeroglífica
me contó algunos otros Principios de La Teoría de Cuerdas aún por establecer, pero di mi palabra de que nada revelaría hasta el día de Año Nuevo.

                                                                         Johann R. Bach

8 sept 2015

Que las águilas se disuelvan como el azúcar homeopática en la boca de los años.


SIETE DESEOS ANTE UNA ESTRELLA FUGAZ

Que ante la nieve enfurecida
la hora haga erupción de remordimientos y tortura.

Que en ti brote la sangre
de la boca más nueva la astronomía y se expanda en cada célula de prisiones anatómicas.

Que los minutos hormigueando
en la flora de los pulmones siembre los céspedes de los asilos de ancianos de varias filas de bolas de billar.

Que florezca por fin la crítica fresca y joven
en lucidas guirnaldas por las casas y abone con sangre las nuevas aventuras cosechas de generaciones futuras.

Que las águilas se disuelvan
como el azúcar homeopática en la boca de los años.

Que los ácidos sueños arrastren
como bestias de carga la corteza de nuestros hombros y

que se arrastren hacia ellos
colgados del sueño arrastrado en la grúa del puerto celeste.
                                                                                                                                                    Johann R. Bach

7 sept 2015

Es mediodía y ya he leído el periódico.


NO PUEDO HACER OTRA COSA QUE ESCRIBIR

Hoy, definitivamente,
no va a ser un buen día.

He abierto el correo
y recibo la noticia que un alma gemela de Sabadell nos ha abandonado y sumido en una profunda tristeza

He hablado por teléfono
y me he apercibido de que hablar no es lo mío... y escuchar me entristece:

cuando intento
que la conversación tenga un rumbo interesante me tildan de chulesco,

cuando me retraigo
y me dispongo pasivamente a escuchar me acusan de manipulador.

El espejo nunca fue tan cruel conmigo.

Hoy, definitivamente,
no va a ser un buen día.

Es mediodía y ya he leído el periódico.
La foto en primera plana es elocuente:

la estación del tren
se espesa aún más con los silbatos; tantas voluntades nadan en la amarga densidad que

el timbre se lleva la ola corrosiva
con las largas y fétidas indignaciones entrañas espumosas de la tierra,

a las superficies aterciopeladas del norte.

¿Hacia qué fines bebedores de esperanzas se dirigen
al precio de semillas lentas y que se pagan  con transferencias hechas con teléfonos móviles?

Es mediodía y ya he leído el periódico.
Veo que hoy, definitivamente,
no va a ser un buen día.

                                                                Johann R. Bach

5 sept 2015

Canto ... a tu prolongada juventud aunque creas que mi canto es chulesco

FLORDENEU DE NOMBRE,  

Debieron haberte puesto por nombre Flordeneu
la esperanza de llenar de oxígeno la incipiente biosfera de muchos planetas que esperan convertir su hielo en suaves copos de nieve

Canto por ello a tu prolongada juventud.

Escribo con admiración
sobre tu casa donde la vida se mide como el grano, por litros y donde abunda la ternura como en los campos de algodón.

Te escribo a ti mujer sensible,
como yo, como tú lectora montón de carnes ruidosas y de ecos de conciencia, completo en el único fragmento de voluntad:

tu nombre portátil Flordeneu,
-desde mucho antes de que existieran los actuales teléfonos y/u ordenadores- es asimilable, pulido por las dóciles inflexiones de las mujeres,

incomprendido
a pesar de haber sido repetido cientos de miles de veces -incluso al oído-, vario, según el goce de las corrientes sociales y culturales.

Te escribo a ti mujer
en tu prolongada juventud; a ti mujer sensible como yo, a ti hombre también sensible como lector;

entre tus manos tienes
dispuesta para lanzarla, una bola de cristal cifra luminosa como tu cabeza llena de poesía.

Te escribo a tí mi dulce Flordeneu,
a ti que te espera el amor en el rumor -a pesar de los años acumulados- de un asombroso torbellino en mil brazos explosivos.

Mantente despierta Flordeneu.
No hagas caso de esas gentes que conciben la vida tan sólo en ejemplos demostrados mientras envejecen sin saber por qué enmohecen los goznes de sus cabezas.

Lee, pasea por la calle como siempre,
viendo cómo trepa la vida por los árboles, ama, pues siempre está fresca el agua donde confluyen tus amores.

Deja que la muerte te sorprenda
amando apasionadamente en tu dilatada juventud.

                                                             Johann R. Bach

Salí, no obstante, vibrante


UNA VOZ DESCOLGADA DE LAS CORTINAS

Entré en el hospital
con el ánimo por los suelos.

Un negro túnel cruzaba mi cabeza cocida
en un horno microondas retorcido

y agitado contra los metales de sus paredes,
tirado, barrido en un montón como la basura.

Salí, no obstante, vibrante
y vendados mis huesos con anchos surcos de crepúsculo

una palabra: convalecencia obligatoria y

una palabra seca y mate 
abrigada en las llagas de invierno

una voz descolgada de las cortinas
como único consuelo 

                                       Johann R. Bach