5 dic 2014

Tiempos en que el sol se ponía su traje de seda y azafrán y en las brasas del cielo ardían los sueños.


¡QUÉ TIEMPOS AQUELLOS!

                                                                Cuan presto se va el placer,
                                                                                     cómo después de acordado da dolor
                                                                                     cómo a nuestro parecer
                                                                                     cualquier tiempo pasado fue mejor.
                                                                                                                  Jorge Manrique

¡Qué tiempos aquellos!

Tiempos en que el sol se ponía su traje
de seda y azafrán y en las brasas del cielo ardían los sueños.

Tiempos en que era importante
la hora de la siega y las amapolas y los brotes verdes amarilleaban,

tiempos en que las tardes se alargaban
por encima de las miradas.

Tiempos en que, por ejemplo,
se removía de nuevo el jazmín y nos revestíamos del tacto de sus pétalos; tiempos en que creíamos que el ciprés miraba el paisaje, sinuoso,

y en la tierra densa
veíamos las filas de chopos como un orden natural; los ríos calmados, bosques de encinas como signos sagrados y los compactos pinos marítimos, los campos de maíz y girasoles una muestra de bienestar futuro.

¡Qué tiempos aquellos!

Tiempos en que la luz se volvía piel
y el día era transparente.

No eran tiempos estáticos,
fluían como todo en el Cosmos: la tramontana, como siguiendo una lógica mística, se llevaba por delante los excesos del verano y

lloraba el crepúsculo su destino
en la esfera de la oscuridad,

mientras que nosotros aprovechábamos
aquellos descuidos del mes de septiembre para llevarnos a los labios la pulpa de las uvas.

¡Qué tiempos aquellos!
                                                                    Johann R. Bach



Tiempos en que el sol se ponía su traje de seda y azafrán y en las brasas del cielo ardían los sueños.

¡QUÉ TIEMPOS AQUELLOS!

 

                                                           Cuán presto se va el placer,

                                                                              cómo después de acordado da dolor

                                                                              cómo a nuestro parecer

                                                                              cualquier tiempo pasado fue mejor.

                                                                                                                  Jorge Manrique

 

¡Qué tiempos aquellos!

 

Tiempos en que el sol se ponía su traje

de seda y azafrán y en las brasas del cielo ardían los sueños.

 

Tiempos en que era importante

la hora de la siega y las amapolas y los brotes verdes amarilleaban,

 

tiempos en que las tardes se alargaban

por encima de las miradas.

 

Tiempos en que, por ejemplo,

se removía de nuevo el jazmín y nos revestíamos del tacto de sus pétalos; tiempos en que creíamos que el ciprés miraba el paisaje, sinuoso,

 

y en la tierra densa

veíamos las filas de chopos como un orden natural; los ríos calmados, bosques de encinas como signos sagrados y los compactos pinos marítimos, los campos de maíz y girasoles una muestra de bienestar futuro.

 

¡Qué tiempos aquellos!

 

Tiempos en que la luz se volvía piel

y el día era transparente.

 

No eran tiempos estáticos,

fluían como todo en el Cosmos: la tramontana, como siguiendo una lógica mística, se llevaba por delante los excesos del verano y

 

lloraba el crepúsculo su destino

en la esfera de la oscuridad,

 

mientras que nosotros aprovechábamos

aquellos descuidos del mes de septiembre para llevarnos a los labios la pulpa de las uvas.

 

¡Qué tiempos aquellos!

                                                                 Johann R. Bach

 

 

 

2 dic 2014

Sí, mucho antes de que llegases junto a nosotros había ya dolores de todos los tamaños

KATRINA BLUES

 

¡Katrina!

 

Nunca dejaste caer tanta agua

sobre esta ciudad.

 

¿Qué pretendes hacer aquí, donde es tanta la indigencia, y son tantos los seres que, a pesar de todo, creen en la música

 

único bien que poseen

en este New Orleans ya lleno de penas?

 

¿Qué vienes a hacer sobre estas casas,

en las que no estamos seguros ni ante nuestra propia vida, en las que vivimos como fugitivos junto a la huida, que ha entrado con nosotros?

 

¿Qué has venido a hacer Katrina

sobre nosotros, que estamos cansados y hemos dejado nuestro coraje fuera, en calles inundadas, asustadas?

 

¿Qué quieres de nuestros pequeños huertos,

que son más viejos que el más viejo de nosotros?

 

¿Tienes algún recado

para las cenizas de quienes hemos resistido, harmónica en mano, a tu huracanada violencia?

 

¿Por qué interrumpes

la melodía de todos esos viejos en su recordar inacabable? Los niños se han despertado y se sorprenden, y

 

hay como una cólera

en el aire que la madre no puede disipar. Ella estrecha los pequeños rostros, uno tras otro, sobre sus rodillas, pero cada rostro sabe y ya nada podrá ser como antes.

 

Había vida en New Orleans

y en los intersticios de la muerte antes de que tú vinieras. Sí, mucho antes de que llegases junto a nosotros había ya

 

dolores de todos los tamaños

y música de blues como única fuente de felicidad.

 

Ahora ya sólo nos queda recordar

el crujido de la madera y la oscuridad bajo la escalera mezclándose con las notas roncas de nuestras voces como un contrabajo desafinado.

 

Con todo el blues no traza fronteras

ni límites frente al bien y el mal, y frente a lo desconocido y sigue ahuyentando a los fantasmas en los espacios vacios, en nuestras habitaciones y a medianoche.


                                                             Johann R. Bach

Atónito ante aquella escena no pude mover ni un músculo,


CONTEMPLANDO EL DESVÁN COMO MI REINO 


Antes, hace muchos años,
cuando yo era otra cosa, vivía en estado letárgico. Pensaba, sí, pero no formulaba ningún pensamiento.

Deseaba, sí, pero no realizaba ningún deseo.
Mi castillo –como sueles llamarlo tú- estaba situado lejos de lo social, aún en la región de los anteproyectos.

Tenía mucha ropa demodé
almacenada en el desván. Casi toda de hermanos y primos mayores. Pasaba días enteros contemplando aquellas prendas, sin decidirme por ninguna.

Me fascinaban sus colores,
sus formas, sus texturas, aunque no tanto el poco brillo de cada una, como el abigarrado punto de los puños y cuellos.

Soñaba con los días
en que podría ponérmelos para poder andar por el mundo disfrazado de absoluto como una persona mayor.

En aquel tiempo –ingenuo de mí-
creía que podía ser como todas aquellas personas que habían abandonado sus ropas como la serpiente que cambia de piel

sin dejar de ser yo.

Y en efecto, yo ocupaba el espacio
de todas aquellas personas, aunque sólo en potencia. ¿Por qué no sus ropas?

Por no renunciar a nada me negaba a elegir: amaba mis propias ropas y sin embargo, tenía la impresión de ir desnudo.

Era una inteligencia pura,
una esencia sin velos, un yo fijo e inalterable que dominaba el universo desde las frías cumbres del universo.

Sólo mi tía Rosa conocía mis subidas secretas al desván.
Me tenía por un personaje dotado de un poder ilimitado. Observaba asomada sobre el último peldaño de la escalera

cómo me miraba en el espejo
de un viejo armario desnudo de cintura para arriba colocándome sobre el pecho diferentes prendas sin llegar realmente a ponérmelas.

Yo sabía que me observaba
porque a veces sus ojos se cruzaban con los míos. Sus labios entreabiertos denotaban sorpresa y admiración.

Sin embargo el silencio
se oponía a la palabra

mientras en mi vientre algo agradable se despertaba:
Un cosquilleo mucho más fuerte que el roce de las prendas de lana sobre mi piel alcazaba mis inflamados pezones.

Sospechaba el delirio
de mi voluntad de saber.

Se preguntaba por mis inquietudes
creyendo conocer las respuestas a pesar de la diferencia de nuestras edades:

Eran sus propias respuestas
proyectadas sobre mí. En su imaginación veía a un adolescente ingenuo al que poder enseñar los secretos de la vida.

Yo me desnudaba
como en un ritual frente al espejo ante su mirada atenta y sentía un extraño placer al saber que su mirada recorría todo mi cuerpo.

En esos momentos me sentaba
en una vieja silla como si de un lujoso trono se tratara, eternamente inmóvil, digno y orgulloso como un egipcio,

contemplando el desván
como mi reino y a mi tía como una esclava que no osaba acercarse a un joven dios, ni siquiera para dar un simple saludo.

El misterio de mis paseos,
desnudo ante unos ojos de té en estado de éxtasis, era mi arma preferida.

En la mesa, entre plato y plato
ella intentaba iniciar alguna conversación sobre cosas cotidianas para que la atmósfera misteriosa recobrase algo de alegría mientras que yo insistía en comentar la posible vida de los antiguos egipcios y sus misterios.

Estudiante brillante, altivo, impertérrito, 
exhibía frialdad de hielo ante la historia y me mostraba con la serenidad del firmamento.

Sólo Rosa veía en mis ojos la impostura,
la locura, el precio que han de pagar los hombres osados, y sin embargo aquel secreto nuestro la excitaba hasta el delirio.

Todo empezó a ser diferente
cuando un domingo en que todos, como de costumbre, habían salido Rosa se sentó al pie de la escalera que subía al desván.

En el momento de entrar en casa
subió arriba, al lugar sagrado que yo había tomado como Dominio, esperé un rato esperando que bajara.

Al ver que se demoraba decidí subir.
Sin saber por qué, lo hice sin hacer ruido y cuando mis ojos alcanzaron el último peldaño

La vi. Desnuda.
Mostrándose ante el espejo con un fular rojo sobre los hombros y un ancho cinturón militar ajustado a su cintura. Sobre la cabeza se había colocado la gorra de plato de su difunto marido.

Me miró con una cierta sonrisa
y se sentó majestuosamente en la vieja silla.

Atónito ante aquella escena
no pude mover ni un músculo, mis labios se entreabrieron ligeramente y comencé a sentir aquel agradable cosquilleo en mi vientre.

Fue de esa manera
que llegué a conocer lo que realmente pasaba por su cabeza: Se deshacía al ver que alguien la admiraba como a una diosa.

                                                           Johann R. Bach

30 nov 2014

¿Le oían acaso las estrellas puras?

LA ÚLTIMA MORADA DEL VIEJO POETA CHINO

Tal como al fin el tiempo
lo transforma en sí mismo, el poeta despierta con su lápiz bastante acortado ya,

a su edad que no supo, espantado,
descubrir las cualidades físicas y químicas del grafito y que la trágica despedida inundaba

su extraña voz de abismo.

Vio la hidra del vulgo,
con un vil paroxismo que en él la antigua lengua nació purificada, creyendo que él bebía esa magia encantada

en la onda vergonzosa
de un oscuro exorcismo realizado sobre negros cuervos y escarabajos de oro.

Sí, hostiles alas nubes
y al suelo que los roe, bajo-relieve suyo no esculpe nuestra mente para adornar el lecho definitivo deslumbrante de Poeta,

que,
como bloque intacto de un oscuro cataclismo este granito de Porriño al menos detenga eternamente

los negros vuelos
que alce el Blasfemo futuro.

¿Le oían acaso las estrellas puras?

Al fin y al cabo quería,
como cualquier poeta, ser a quien el Destino los secretos confía.

                                                                    Johann R. Bach

si el rumor que levantan mis sentidos al despertar no me estorbara tanto

ENAMORADA MUJER CASADA

 

Busco desesperadamente

que la calma se imponga, como lluvia que viene a socorrer la sed del acónito, dentro y fuera de mí.

 

Si lo que es azaroso e impreciso

y la risa vecina enmudeciera;

 

si el rumor que levantan mis sentidos

al despertar no me estorbara tanto como el marido infiel que ronca todas las noches en mi lecho …

 

Entonces yo podría,

en un polifacético meditar, conocerte hasta tu extremo, soñar contigo y amarte aún en tu ausencia, y

 

en posesión fugaz como sonrisa,

a todo lo viviente regalarte todos mis pensamientos como una acción de gracias.

 

Presiento que pronto todo va a cambiar

de la misma forma que se siente el resplandor de una página nueva sobre la que aún todo puede llegar a ser.

 

Entretanto mi saliva fluye

cada vez que pienso en ti.

 

                                                              Johann R. Bach

28 nov 2014

Ha sido como un sueño ajeno a nuestra especie:

ARBOLILLOS DESNUDOS

 

A finales de noviembre,

la estación del año en la que los sueños de los hombres son iguales, un pasado homogéneo,

 

desvanecido

 

que parece el de una piedra

secada al sol hay unos padres mudos, unos niños dan vueltas corriendo con un perro,

 

una llegada

que se intenta describir como agua que se lleva a mi boca cómo he dormido en mi habitación con su diminuto balcón que da a la calle de arbolillos desnudos.

 

Ha sido como un sueño

ajeno a nuestra especie:

 

En él se adelgaza el aire,

la luz se encoge y se despereza como admirando la lluvia y, sin embargo, punza los ojos…

 

el frío, la transparencia…

Los colores de la Navidad ya empujan.

 

                                                             Johann R. Bach

27 nov 2014

Vinieron con la ilusión de poblar bosques vírgenes,

COLOR Y JAZZ EN LA PLAZA

 

No son, precisamente, ángeles lo que falta;

están en todas partes y son multitud. Los hay que penden en racimo en los taludes de las autopistas y

 

al anochecer,

en los linderos de los bosques sagrados se pueden ver los centelleos de sus ojos acorralados a través del tupido follaje de plátanos y tilos.

 

El calor de los pueblos

que acogen en sus calles a antiguos cantantes de blues y bailarinas de swing descongela el barro de sus jardines,

 

dibuja poco a poco

con las huellas de los peatones la espina dorsal del antiguo centro urbano cargado de luces de neón.

 

A vista de pájaro,

podríamos observar, la amplitud ondulante de suelo en pendiente, blanqueada por la luz al reflejarse en las alas de los arcángeles en punta como si fueran pequeños charcos helados.

 

Esas criaturas han volado durante siglos

hacia estas latitudes suaves subtrópicas. Vinieron con la ilusión de poblar bosques vírgenes,

 

bosques en fuga bajo el  viento

y hallaron bosques acosados por todas partes de resplandores de luces de colores y música de jazz,

 

de muros de hormigón

y ladrillos cocidos al sol

 

y, por un cielo vacío que ya no se sostiene

plagado de brasas de azul que se apagan, últimos resplandores del espacio, arcoíris de un caprichoso desdoblamiento de la luz

 

aves de eterna mañana.

 

Música de saxofones perdidos

entre los aires urbanos, clarividentes cuya razón de ser es demasiado antigua,

 

notas graves de contrabajo

como aves gigantes que golpean los finos cristales de las ventanas de los mundos cálidos de los habitáculos que cobijan al alcohol, al tabaco, al café y al sexo;

 

y, renegantes de dioses y ángeles,

quieren vivir.

 

La tierra les hincha el corazón

y borbolla tormentas en su estómago y en sus arterias.

 

Muy lejos de los cascos urbanos

el lamento de la trompa llama al fondo del bosque de estrellas y los ángeles refugiados en él no oyen nada más.

 

Sus alas se arrancan

con ruido de truenos sin ritmo ni contrapunto y, plantados sobre la tierra, por primera vez están borrachos no de alcohol, sino de vértigo.

 

Borrachos, pero aún bellos.

Borrachos sí, pero bellos como el día.

 

Nada de Auriga,

de llama recta sobre el carro, nada de esmalte, nada de Victoria de Samotracia.

 

Sólo la belleza envolvente de la luz:

 

ácido virgen

arrancador de orín y sombra. Belleza carnicera, artesana sobre carne y hueso, reveladora de entrañas;

 

y la materia rinde el alma

como el romero y la lavanda aportan olor al atardecer cuando el frescor labra los jardines.

 

Es la belleza que guardan,

a pesar de la desesperanza, miles de criaturas que fueron seducidas como ratas arrastradas por el Flautista de Hamelin;

 

belleza amplia que ilumina

el universo de una aurora más abierta, más chispeante de clústers paquetitos de luz convertidos en música euforizante de swing

 

juego de cintura para deslizarse

en la jungla de los malos presagios en pleno día, ardid para golpear a la propia luz,

 

por detrás ¡de un brinco!

 

El ritmo quema la grasa,

en lámparas hechas con las palmas de sus manos. Y es que una plaza sin música ni color es

 

insoportable como un lecho vacío.

 

                                                                                   Johann R. Bach

26 nov 2014

El furor del mar tormentoso: es una porción de eternidad

HOY LLUEVE. MIREMOS POR LA VENTANA

      

Mirad un cuerpo femenino:

veréis la obra de los dioses.

 

Cada cual ve lo que puede ver:

La rata, el zorro, el topo, el conejo, miran las raíces; la abeja, las flores, el pájaro, las nubes y el nido;

 

la araña, la tela.

la rana cree que el cielo no es más grande que la boca del pozo

 

mientras que el hombre se deleita

con el color de los frutos.

 

El águila

–con su extraordinaria agudeza visual- nunca perdió tanto tiempo como cuando se avino a aprender del cuervo negro.

 

El furor del mar tormentoso:

es una porción de eternidad demasiado grande para los ojos del hombre y lo que hoy es evidente

 

en otros tiempos fue imaginado.

 

Un solo pensamiento llena la inmensidad.

Hoy llueve. Miremos por la ventana.

 

                                                         Johann R. Bach

La abeja reina es la única que tiene un reloj de pulsera

UN BARRANCO AMARILLO

 

Algunas tardes, cuando me quedo dormido,

mi sofá se desliza hacia los campos y se detiene frente a un barranco. Intento volar como las abejas para evitar la caída.

 

Ante un abismo sin fin

la ansiedad me despierta y en la oscuridad, desde la mesa donde reposan naranjas, granadas y los plátanos

 

una abeja posada sobre la fruta

me mira a los ojos. Mis músculos tardan en desentumecerse y antes de desperezarme

 

me cubro con las manos el pecho

y no me atrevo a apartar la mirada de ese minúsculo insecto social e imagino su cara pálida en la que destacan

 

las visibles venas

bajo la fina piel de sus sienes. Pienso en su mundo rotando alrededor del sol… como el nuestro.

 

La eternidad está enamorada

de los frutos del tiempo. Especialmente el programa genético de la abeja le procura una laboriosidad fuera del tiempo:

 

al igual que el color preferido de las arañas

es el de las naranjas y plátanos, el color miel la excita de tal manera que no tiene tiempo para penas,

 

revolotea una y otra vez el panal

y no puede construir más que hexágonos único polígono que se desliza siempre por el mismo plano.

 

La abeja reina es la única

que tiene un reloj de pulsera para medir las horas de la sabiduría y en el momento preciso engendra otra abeja reina;

 

es la única que saca la cuenta

de los días que faltan para que la sequedad del verano paralice la actividad industrial,

 

el peso de los paquetes de miel

almacenados en contenedores con forma de prisma de base hexagonal y la medida de todo en años de escasez.

 

¡Qué suerte poder pensar

en un barranco lleno de frutos y flores!

 

                                                              Johann R. Bach

No se les ocurrió (a los poetas chinos) estudiar el genio de las ciudades y sus ejércitos

EL GRILLO Y VIEJO POETA CHINO

 

                                   Fue bailarina y geisha cantante

                                   y ahora es la mujer de un inconstante

                                   que vaga por el mundo y no regresa.

                                   Un lecho vacío es insoportable.

                                                                - ANÓNIMO CHINO -

 

Los viejos poetas chinos animaron

con genios todos los objetos perceptibles, incluidos los minúsculos insectos provistos de un mínimo corazón,

 

dándoles nombres y adornándolos

–no sin antes echar unos buenos tragos de vino- con los atributos de los bosques sagrados,

 

Los ríos, las montañas,

-y sus vericuetos para llegar a culminarlas- los pequeños estanques y pueblos minúsculos que no figuran en los mapas y

 

con cualquier cosa

que sus sentidos, muchos y más agudos, pudieran percibir.

 

No se les ocurrió estudiar

el genio de las ciudades y sus ejércitos como sistemas que necesitaran de la protección de alguna deidad mental;

 

sistemas de los que algunos se aprovecharon

para esclavizar a los hombres comunes, intentando abstraer o convertir en realidades mentales:

 

así nació el sacerdocio.

 

Escogieron los ritos de culto

narrados en los relatos poéticos del Pequeño Saltamontes o la Linterna de la luciérnaga.

 

No tardaron, así, en olvidar

que todos los dioses y musas habitan en el corazón del hombre y que hasta

 

el mínimo corazón de un grillo

canta de alegría -buscando compañera- al nacer la primavera.

 

                                                              Johann R. Bach

25 nov 2014

Hay que reivindicar la cabeza sublime,

¿REIVINDICACIONES O DESEOS?

 

Maldecir fortalece, bendecir relaja.

De ahí el interés de las religiones en bendecir a pueblos y ciudadanos.

 

La bendición corta la imaginación y

el libre pensamiento como pecado y mucho más si se trata del femenino.

 

Crear una pequeña flor

es trabajo de siglos. El mejor vino es el añejo; la mejor agua la más fresca. ¡Los rezos no aran! ¡Las alabanzas no cosechan!

 

El alma de dulce gozo,

jamás se podrá mancillar y de la misma forma que al ver un águila reconocemos una porción del genio ¡Levantemos las cabezas!

 

El pobre en valentía es rico en astucia y

 

no se puede esperar

más que veneno del agua estancada

 

aunque de los ojos esperamos el fuego;

de las fosas nasales, el aire; de la boca, el agua; de la barba, la tierra; de los pies y las manos, la proporción.

 

El cuervo verde lo querría todo negro;

la lechuza, todo blanco. La exuberancia es belleza.

 

La verdad

–como la semilla que germina en la oscuridad- jamás debería decirse

de forma que se entienda y no sea creída.

 

¿Quién podría afirmar

que el desprecio al despreciable es como el aire al pájaro o el mar al pez?

 

Hay que reivindicar la cabeza sublime,

del corazón, el  desenfreno pasional no patológico pero inducido, y, de los genitales belleza.

 

                                                          Johann R. Bach

 

24 nov 2014

El gusano cortado perdona al arado,

MÉXICO PARA PENSAR

 

En México se bendice con cada parpadeo.

No es mala costumbre y tarde o temprano sus gentes meditarán sobre el Cosmos a pesar de no tener costumbre.

 

Les pasa lo mismo

que al que desea pero no actúa, crían podredumbre. El gusano cortado perdona al arado, mientras otros

 

sumergen en el río

a aquel que ama el agua.

 

Se llenan la boca de improperios

contra el necio que no ve el mismo árbol que el sabio.

 

Alguien debería decirles

que no pierdan más tiempo y aparten de sus bendiciones a aquel cuya cara no irradia luz, pues jamás será una estrella

 

que marque el camino.

 

                                                                 Johann R. Bach

El gusano cortado perdona al arado,

MÉXICO PARA PENSAR

 

En México se bendice con cada parpadeo.

No es mala costumbre y tarde o temprano sus gentes meditarán sobre el Cosmos a pesar de no tener costumbre.

 

Les pasa lo mismo

que al que desea pero no actúa, crían podredumbre. El gusano cortado perdona al arado, mientras otros

 

sumergen en el río

a aquel que ama el agua.

 

Se llenan la boca de improperios

contra el necio que no ve el mismo árbol que el sabio.

 

Alguien debería decirles

que no pierdan más tiempo y aparten de sus bendiciones a aquel cuya cara no irradia luz, pues jamás será una estrella

 

que marque el camino.

 

                                                                 Johann R. Bach