19 may 2014

Ya no podía mover su cadera...

      VIOLETA Y SU PAISAJE

 

Violeta siempre se aferró a su nombre

porque a diferencia de su sombra nunca la abandonó.

 

Ya no podía mover su cadera.

Deseaba que alguien entrase en la habitación y le tirara hacia arriba los hierros. Con un pequeño movimiento bastaría para evitar las llagas de decúbito. Se sentía como una mariposa moribunda al amanecer.

 

No quería morfina –les repetía a las enfermeras-

Tenía la boca pastosa y soñaba -más que desear- con racimos de uvas y regaliz. Escribió en un sobre en el que había depositado algo de dinero, un ruego: Háganme una misa con estos billetes.

 

Ya ves. No somos nada.

Tú un simple ramillete de violetas inmóvil en esa mesita mirando el agua de un vaso tapado con un pañuelo de papel, dando color a cuatro paredes que no son más que una mazmorra lejos de los campos llenos de luz donde naciste.

 

Te han segado, como a mí, las raíces.

 

Media vida dando fragancia

a mis padres, a mi esposo, a mis hijos… y ahora… sólo tú estás cerca para regalarme tu último aroma para consolarme.

 

Ya sé que me miras y te asombra

ver mis labios tintados de tu mismo color. Ese es un placer del cual muchas hermanas tuyas nunca conocerán.

 

Nadie me ha mirado, como tú, con tanto amor

desde que me rompí el fémur. La Medicina ha certificado de antemano mi derrumbamiento. Han colocado –lo sé- en la pizarra como una sentencia el diagnóstico: "Síndrome algo-neuro-distrófico".

 

Es una forma ampulosa más que elegante

de decir que mi fémur no sólo rechaza el tornillo de titanio destinado a sujetar las dos partes del hueso sino que no se puede soldar.

 

Todos creen que desconozco el resto,

como si no tuviera ya oídos para oír y ojos para leer en sus rostros un rechazo hacia mí mucho mayor que el del ligero metal.

 

Noto, por otra parte,

cómo mi tuétano se deshace y se diluye en mi sangre arrastrando hacia todos los rincones de mi esqueleto esos fragmentos que harán que en pocas horas emprenda contigo el viaje hacia el Ápex.

 

Respiro hondo

para sentir el precioso aroma que surge de tus pétalos única cosa que me ha de ayudar a cruzar esa puerta. Sé que ya se han preparado las silenciosas ruedas plegables para deslizar mi cuerpo por los pasillos.

 

¡Mira ramillete mío!

a mi hermana como se abanica. Tiene calor, suda, le falta el aire, y, sin embargo, yo tengo los pies fríos como tus tallos en ese jarrón; y, ni tú ni yo los podemos mover.

 

Todos se acercan al hospital

diciendo que vienen a verme, pero no es verdad: permanecen fuera de la habitación hablando de sus negocios, del último partido de fútbol o del último hombre del que se han separado.

 

Temen que mi aura tintada de fucsia les arrastre

a ellos también y hablan con el cura paseando arriba y abajo por los pasillos de esta Séptima Planta: la de los desahuciados.

 

¡Oh ramillete mío!

 

Permanece aquí junto a mí.

No tardaré mucho en irme. No pares de enviarme tu fragancia y graba en tu ADN mi rostro y mis lágrimas como último regalo. Cuando algún día nos volvamos a encontrar prometo plantar junto a ti decenas de margaritas.

 

Tú que estás junto a la ventana,

dime si ves una diminuta lechuza encaramada en el árbol más alto. Hace dos noches que está ahí como si se entregara ciegamente a la miel del sol del amanecer.

 

Dime ramillete mío si oyes como yo

a los ángeles cómo desatan con sus dientes los cielos, cómo respira el funcionario de gruesas cejas mientras aguarda pacientemente el momento en que el vuelo de la lechuza

 

le dé la señal para pulsar el timbre

que ha de poner en marcha la maquiavélica máquina, engrasada, con los depósitos de combustible llenos y los frenos recién revisados.

 

De la misma forma que yo respiro

impregnada de tu aroma, aspira la esencia de mis cabellos recogidos con mi última diadema. Imagina que mi olor es como el perfume sutil del naranjo.

 

Me he pasado la vida

oyendo nombres desconocidos –ninguno como el de Violeta-, soñando con paraísos, con nuevas tierras y paisajes, con nuevas locuras de los hombres que demostrasen su amor a las mujeres o de los dioses mientras me conformaba con ser una humilde vendedora de flores;

 

con una ciega voz

que, a tientas en la memoria anochecida, palpaba mejillas y ademanes que no me atrevo a decir que fueron besos.

 

Mi nombre –como su variedad tricolor-,

frágil como una mariposa, resuena ya en mis sienes como la música que me lanzas tú mi ramillete de violetas.

 

Avísame cuando se replieguen tus pétalos

para dejar caer también mis párpados.                      

 

                                                   Johann R. Bach                                                                   

 

SOY PINTORA Y DECIDÍ VIVIR DE MI TRABAJO...

El monólogo de Julia… Cuando el miedo se toca.

 

¿Depresión de Sepia?

 

-No saber es lo peor-

respondió Julia en medio de la conversación.

 

-A veces escucho incrédula

a la gente- continuó Julia- que cree dominar la filosofía, tan sólo porque conocen algunas frases que conforman la sabiduría antigua de culturas milenarias.

 

¿Qué es eso de que sólo tengo el presente?

Ya lo sé que sólo tengo este instante y este día, pero también te dicen que hagas ahora por lograr lo que quieres para tu futuro.

 

Si el futuro no fuera importante

entonces por qué mi psicóloga me pregunta en consulta: ¿Dónde y cómo se ve usted a sí misma dentro de cinco años?

 

Digo yo

que será para trabajar sobre las aspiraciones y motivaciones que plantee en esa respuesta en forma de sueños y elucubraciones, pero que responden a la idea de lo que quiero lograr.

 

-¿Y cómo puedo asegurarme el futuro que quiero?-

me pregunto a mí misma continuamente. Cómo, si a veces siento que todo es tan relativo que por mucho que pongas medios para controlar el curso de los hechos, éstos toman la fuerza del agua y modifican todo trazado o dibujo.

 

¡Dios, tengo tanto miedo a fracasar!

 

Sí, ya sé eso de que fracasar no es el problema

sino la actitud que asumas cuando te suceda. ¿Sabes qué? boberías, fracasar sí es un problema. Te deja sin fuerzas, dudas de ti misma, cambias el rumbo, dejas de creer que puedes,

 

fracasar es una mierda.

¿Y la gente a la que decepcionas? ¿Has pensado en eso? ¿Qué les dices?

 

Oh… no te preocupes,

lo importante es que tantas veces como me caiga me levantaré, ¿es eso lo que le dices a quien ha confiado en ti?

 

Sí, más vale que te levantes…

claro que más vale que te levantes; pero… ¿Sabe alguien lo jodido que se siente saber que puedes y que ni un maldito ser confíe y quiera darte una oportunidad?

 

¡Oh vaya!,

¡La cantidad de gente que tiene menos talento y triunfa! Es apabullante

 

La semana transcurría como siempre.

Cada mañana al ordenador, revisar los correos, navegar algunas de las principales redes sociales, informarse de cuánto barro sigue teniendo

 

España -ese mosaico- encima de sí misma

y dar gracias por tener qué comer o dónde dormir, porque cada vez más personas se ven privadas de estos derechos, que sin saber muy bien cómo, pasaron de ser derechos a convertirse privilegios y bendiciones por las que dar gracias.

 

-Estoy harta de Bárcenas, del caso Nóos, de los referendos y hasta de mí misma- se decía a sí misma Julia algunos de esos días en los que, el mismo suceso comentado en los principales medios de comunicación, llegaba a sus oídos cansados de escuchar tanto pesimismo.

 

-No tengo deseos de vestirme,

cuánto calor, quiero hacer deporte y no me decido, quiero huir y no puedo y lo único que hago, además de respirar, es pintar y pintar.

 

Sólo pintar para no vender,

sólo pintar para seguir siendo, quién sabe hasta cuándo, quién sabe si siempre, una perfecta desconocida.

 

Dudo de mí misma y lo detesto.

¿Por qué he dejado que el concepto de triunfo penetrara por mis poros e invadiera mi filosofía de la vida?

 

¡Ah claro!, porque soy un ser social

y me influyen los demás, lo que veo, lo que los otros desean, lo que se supone que da la felicidad. ¿Y qué es la felicidad? ¿Y quién soy yo? ¿Y qué quiero de verdad?

 

Vaya…

¡Cuántas preguntas sin respuesta, necesito volar!

Y el sol no se ha puesto aún por última vez.

 

                                                              Johann R. Bach

 

Cuando las mujeres aún tenían poder y elegían para su lecho a los jóvenes mejor dotados

        LA ÚLTIMA CARTA

Nunca pensé

que aquella iba a ser mi última carta a Inmaculada…

 

El invierno comenzaba a desgarrar el aire

y cuando salía de casa, sentía el viento frío del mar sin llegar a ser tramontana ni mistral.

 

Grandes flotas de nubes, oscuras como la noche, surcaban el cielo. El viento agitaba los olivos y los almendros sorprendidos aún con su dulce carga.

 

Era la hora de los búhos,

cuando todas las criaturas privadas de palabras querían hablar. Durante los últimos años estuve enfrascado en la ficción que ella era, pues qué otra cosa podía ser aquella Diosa del Amor, sino un sueño, un espejismo.

 

En mi imaginación la doté

de bellos atributos para poder reconocerla simplemente con el perfume de sus cabellos.

 

Quise crearla a imagen y semejanza

de la Diosa Isis para fijar aún más la ficción. Ambos participamos del juego, nos hacíamos ofrendas y nos dirigíamos súplicas como si fuéramos dioses nacidos de la promiscuidad entre los hombres.

 

Incluso llegamos a preguntarnos

si no éramos nosotros una ficción para los dioses, si no éramos su sombra y reflejo en nuestro eterno juego de citas y besos, de llegadas y despedidas, al igual que ellos que no cambiaban nunca.

 

Sin embargo, conocíamos nuestro sitio.

Reconocíamos que los dioses eran de una época anterior a la escritura y que eran símbolos de una época anterior a la historia,

 

cuando las mujeres aún tenían poder

y elegían para su lecho a los jóvenes mejor dotados para ser inseminadores privilegiados y tras un fugaz año de servicio, eran arrojados al mar desde las rocas.

 

Hallamos, tras nuestros múltiples escarceos amorosos

miles de respuestas sobre las cosas más simples y otras más complejas, sobre lo visible y lo invisible.

 

El invierno comenzaba a desgarrar el aire

y yo te escribí una carta de amor a ti mi Inmaculada Dama de mis Sueños y no pude imaginar que sería la última.

 

                                                             Johann R. Bach

18 may 2014

Mig cel vermell i tot el riu maragda

UN XINÈS AL CONGOST DE MONT REBEI

 

El sol moribund

estén el seu llum sobre l'aigua.

 

Mig cel vermell

i tot el riu maragda.

 

¡Encantadora nit

a mitjans del mes cinquè!

 

Perles de rosada,

i la lluna, un arc perfecte.

 

                                                         Johann R. Bach

Medio cielo rojo y todo el río esmeralda

UN CHINO EN EL CONGOST DE MONTREBEI

 

El sol moribundo

extiende su luz sobre el agua.

 

Medio cielo rojo

y todo el rio esmeralda.

 

¡Encantadora noche

a mediados del mes quinto!

 

Perlas de rocío,

y la luna, un arco perfecto.

 

                        Johann R. Bach

AVENA SATIVA Y ALFALFA REMINERALIZAN ORGANISMOS DEBILITADOS

Las Plantas

 

Mi amor suele pedirme regar,

en su ausencia, las plantas. Las plantas –me dice- son familiares; sólo humedad me suplica para ellas.

 

Torpe de mí,

me cuesta entender lo obvio: pocos minerales y escasas gotas es suficiente. La alegría florece.

 

Árnica resiste la adversa climatología

de alta montaña. Viento, frío, nieve, de la cota alcanzada no desiste. Su mal aspecto indica sufrimiento genético.

 

Caléndula bajo una nube está triste,

protege su alma encerrándose bajo sus pétalos; vuelve a reír en el preciso momento que el sol aparece triunfante de nuevo; se desnuda y se tiende para recibir ultravioletas caricias, quiere cicatrizar heridas producidas por humillaciones recientes.

 

Azucenas y margaritas

que alegran los campos se levantan inmediatamente, buscando altura después de ser pisoteadas, reponiéndose pronto de disgustos y afrentas. Ayudan calladamente a nuestra recuperación.

 

Camomillas, Valerianas,

Amapolas y Melisas calman los nervios de forma suave y precisa como si conocieran a fondo nuestro sistema vago y circulando a través de esa autopista del nervio neumo-gástrico llegan a impedir auténticas úlceras pilóricas y duodenales.

 

Lycopodios y amanitas curan impotencias;

con ellos muchos vecinos, algo ya envejecidos, superan su falta de confianza

en ellos mismos, alivian los sueños pesimistas y pesadillas imaginarias.

 

Avena sativa y Alfalfa remineralizan

organismos debilitados y convalecientes convirtiendo el futuro en algo alegre y digno de ser esperado; y, el Diente de León junto a Gayuba se entremezcla con las calabazas de forma que su alianza calma el calor genito-urinario permitiendo un sueño continuo  y reparador.

 

También el poema nace

cuando la lluvia resbala entre las diminutas ramas de árboles y arbustos. De cada hoja escurre el agua hasta bañar, ya venciendo, a troncos y tijas.

 

Bajo las lágrimas de las nubes

las raicillas del enebro van perdiendo su funda de tierra; el agua las despoja y se quedan temblando, mas no a merced de la corriente.

 

Junto a Fray Junípero1, al reuma hacen frente.

 

Pero ¿Qué quieren las plantas

de nosotros? ¿Apetecen el roce o la distancia sólo expuestas a la mirada? Aficionadas a nuestra ignorancia, hojas y ramas se entredicen, se entremiran.

 

Son las criaturas que susurran continuamente,

tan propicias a los murmullos como las más vivas de las aguas. Cada hoja diminuta muestra como paneles solares de silíceo en sus caras contrapuestas

 

y en sus infalibles aristas

todo lo que la historia continua ignorando. Cada planta es políglota, doctorada en señales, a impulsos sin cesar, variable se balancea según el lenguaje del viento como una anémona Pulsatilla y experta entendida en vuelos y en suaves danzas se baña con la música de la lluvia y se nombra a sí misma La Flor de los Vientos 

                              

                                  Johann R. Bach

(1)     Juniperuscomunis es el nombre científico del enebro

Sus fragancias invades las antiguas sendas. Su esmeralda viste los escasos lugares habitados

LAS HIERBAS DEL MONTSEC

 

Cubre el paisaje

del Montsec una vasta alfombra de tiernas hierbas que se mustian y reverdecen todos los años junto a los olivos que rodean el observatorio corresponsal afortunado de los cielos.

 

El incendio,

fenómeno antiguo del Mediterráneo, no puede acabar con ellas: renacen al beso de la primavera y a la llamada del tomillo, del romero y de la lavanda.

 

Sus fragancias

invaden las antiguas sendas. Su esmeralda viste los escasos lugares habitados.

 

Agitadas

y con gran melancolía, dicen adiós a los excursionistas que, después de haber dormido junto a ellas, se alejan.

 

                                                           Johann R. Bach

Y sin embargo los motivos para el desaliento flotaban en la húmeda oscuridad, sin azul hendidura; ...

LOS AMARILLOS GRANOS DE HIPERICO

 

Confinados

debajo de descolgadas bóvedas de nubes, sofocantes y en calma, los campos reposan, como alguien envuelto vivo en su sudario, y que en silencio se ahoga.

 

Despojados

de toda belleza que no les pertenece -los abismos de la sombra, la floración dorada- grises pilas amontonadas de escoria y piedra amurallan la silenciosa tumba.

 

Tú y yo, sus cautivos,

por este emblema de una mente aciaga de aflicciones, lentamente pasamos, y nosotros mismos confinados allí en el desaliento quedamos atrapados.

 

Cuando,

ante un recodo del camino, una repentina gloria saltó a nuestra vista, como si un solitario, rayo victorioso hubiese desgarrado el cielo nublado

 

y alcanzado,

transfiguradamente brillante en esa apagada llanura, un campo luminoso; allí el milagro de la luz se extendía doradamente revelado.

 

Y sin embargo,

los motivos para el desaliento flotaban en la húmeda oscuridad, sin azul hendidura; ninguna abertura hacia el aire vivo había permitido a la gloria atravesar.

 

En su propia tierra

esos acres encontraron el sol de un hierbajo en flor; pues todavía allí duermen en los salvajes campos abandonados unos cuantos granos de simiente de hipérico en espera del solsticio para tocar el cielo.


                                                                  Johan R. Bach

15 may 2014

Título de un próximo escrito

UNA TERRAZA EN EL PARAÍSO

 

Atlantes vigilando El Paraíso desde la terraza de "LA PEDRERA"

 

Poesía en prosa

en el Blog: homeo-psycho.blogspot.com

PORTADA DEL POEMARIO "Casi un Paisaje"

CASI UN PAISAJE

                                                                   Johann R. Bach

Blog: homeo-psycho.blogspot.com

Sin duda estamos en presencia de un retrato, pero sin concesiones

CASI UN PAISAJE

 

Miro por enésima vez el cuadro.

Casi un paisaje. Las diminutas figuras que aparecen engrandecen los objetos principales de un bodegón que no tiene nada de naturaleza muerta:

 

el pan, el aceite y la sal

(acompañados o no, con tomate y ajo).

 

El mármol es puro ágata oscuro,

y da al espacio que contiene la escena una apariencia meridional. El pan es algo tan horizontal que nadie lo apretaría sino contra unas encías ávidas de un picante ajo.

 

Podría ser que eso fuera el futuro.

Un telón de fondo de arrepentimiento oscuro sobre el que se mueven alegremente pequeños tomates con sus alforjas repletas de antioxidantes.

 

La venganza de un arte culinario.

Un sordo pero preciso "apartaos de aquí". Un giro inesperado de swing. Y eso es la alimentación del futuro:

 

Sólo se precisa un pequeño jardín

en que se pueda examinar, a diario, con atención la hierba Allium sativum, el crecimiento del trigo y la salud del olivo

 

como miraría un lagarto de los trópicos

la fachada de un hotel o aún más, la de un rascacielos.

 

También es posible

que signifique el pasado, algo a punto de extinguirse. El límite del desencanto. Una cota común alcanzada con grandes esfuerzos.

 

Los verbos puestos en hilera

hacía la terminación en –aba.

 

Atajos que se extinguen en la realidad,

charcos que retienen el reflejo por estar contaminados con aceites de motor envejecidos y

 

cáscaras observadas por el moho

de yemas de huevo desde exterior no pueden impedir la afirmación que ese paisaje representado por el pan con tomate

 

no es una naturaleza muerta.

 

Visto desde lejos o desde cerca,

todo lo que está dentro del cuadro no está, ni siquiera parcialmente, muerto a inmóvil.

 

Sin duda,

estamos en presencia de un retrato, pero sin concesiones: una superficie que, con en sus tonos oscuros brilla el oro y obliga a clavar en él los ojos, y aún con más razón el ojo de la lámpara que le da luz.

 

Tampoco es exagerado

decir que tal cosa es, en esencia, un autoretrato. Un paso hacia afuera del propio cuerpo, el perfil de unos colores caídos hacia ti,

 

La visión desde la distancia

de la vida escolar pasada: la capacidad de no espantarse por el procedimiento del llegar al no-ser, como otra forma de la propia ausencia, copiar del natural.

                                                                            Johann R. Bach

 

Una tenue llama que de temor cubría sus extremidades de vergüenza de doncella y de misteriosos deseos

AGARICUS

 

¿A qué extraña deidad se le ocurrió

en un mundo tan inmenso, tan variadamente mugriento, rociar el manto de los bosques con esporas de Agaricus?

 

¿En qué maravilloso antojo

fueron las Formas de todos aquellos monstruos –desde el Tyranosaurus rex hasta el vegetariano Diplodocus- engendradas?

 

Aquellas esporas misteriosas crecían

bajo el humus de los bosques sagrados llenando de motitas blancas las rojas capuchas… distorsionando la caótica realidad.

 

Los griegos guiados

por las alucinantes historias de los marinos que refugiándose de la tramontana en las Costas del Edén comieron aquellas demoníacas setas y se establecieron formando una colonia denominada Emporium.

 

Allí, en aquellas costas,

surcando el mar azul con sus promontorios, se encontraba su esperanza, la esperanza de un mundo, la semilla de todas las glorias que estaban por llegar;

 

allí, también, debía, sin duda, vivir

aquella Diosa del Amor que sola podía medicinalmente dar alivio con su belleza al dolor del Dios Poseidón,

 

aquél que mirando con sus encendidos ojos

provocaba tormentas de gran aparato eléctrico que deslumbraba rocas y playas de arena blanca.

 

Como un haz de luz,

sus absortas miradas la cima de las montañas tocaban con una rápida llama, y en profundidad exploraban los valles, agrietaban el denso bosque y el sueño multisecular de abovedadas cavernas sobre cuyos lodos dormían apaciblemente los fuertes ungulados Centauros;

 

y el bramido

del más que humano vocerío subterráneo latía en vivas y palpables ondas de sonido de pared en pared, hasta que retumbaba en el aire;

 

y ante ese hueco grito

que de toda la enorme colina una declaración parece, de reír dejan los marinos encargados del pastoreo y quietos quedan.

 

Dormidas bajo el cielo del mediodía

las tiendas de los colonos se espabilan ante el paso de su ojo abrasador; y en sus ábsides,

 

cierran los ojos

los espantados remeros ante el veloz fogonazo que irrumpe de repente por cada resquicio de embarradas paredes, escuchando con temeroso asombro, durante los prolongados segundos, el estampido –que no sobreviene: son los que más miedo tienen.

 

Poseidón busca presuroso.

Más de una doncella hija de aquellos primeros habitantes de la península del Cap de Creus, al bajar con sandalias por acostumbrados caminos entre los olivos, cuyo espíritu vagaba por los más bellos parajes de la imaginación cuando

 

De repente empezaba,

del sueño totalmente despierta, a ver una luz que no era la del sol, una luz por ojos vivaces proyectada, deliberadamente brillante; y la sentía como

 

una tenue llama

que de temor cubría sus extremidades de vergüenza de doncella y de misteriosos deseos.

 

Anhelante y aterrada,

ocultando su rostro entre sus manos caía desmayada. Cuando la terrible luz había pasado se despertaba;

 

el sol aún relucía,

los olivos temblaban con un plateado susurro en la brisa y todo volvía a ser como fue,

 

excepto ella sola

en cuyos aturdidos ojos aquella luz inmortal había brillado: nunca, nunca desde aquel día en adelante ella olvidaría lo que es la felicidad en la estéril pasión de la tierra.

 

El deseo de un dios había buscado su alma;

nada sino ese mismo intenso fuego puede encender la muerta ceniza -mezclada con azúcar- en nueva vida, haciendo soportable durante todos sus años su solitario dolor.

 

                                                                    Johann R. Bach

11 may 2014

...flor y fruto a un tiempo de doradas tintas, mezcla esmaltada de alegres y diversos colores

EL SILENCIO DEL PLA DE LA CALMA

 

Nadie hubiera creído lo que vi

cuando, insomne en aquel Pla de la Calma, salí fuera de la borda conde nos habíamos refugiado de la tormenta de granizo.

 

De explicarlo

me hubieran tomado por el mismísimo Diablo ya que las sospechas nunca significan para los humanos un designio positivo.

 

Abandoné el calor de mi saco

y el blando colchón de paja de aquél refugio de piedras hábilmente colocadas por algún providencial pastor,

 

salí como la aurora

al campo completamente blanco. El granizo lo cubría todo con sus granos esféricos llenos de gotitas de aire,

 

caminé ligeramente para no enfriarme.

 

Junto al camino

había una enorme encina que parecía haber sobrevivido a los vientos de aquella meseta que parecía rozar el cielo. Me apoyé en ella y

 

vi aquello que nadie hubiera creído que vi.

 

Sintiendo que la temperatura del aire mejoraba

todo parecía como si de repente hubiera entrado en los confines del Edén, en donde un deleitoso

 

Paraíso, en aquel momento más cercano,

coronaba con su verde vallado como un rural baluarte la planicie de un erial escarpado -limpio ya del granizo caído-,

 

cuyos bordes hirsutos

de crecidos matorrales y espesa salvajez, negaban la entrada. Pensé si estaba soñando con el Valle del Silencio situado a los pies del pico Aquiana, en los Montes Aquilanos de la Comarca de El Bierzo en León.

 

En la cima de aquel paisaje

crecía insuperable una umbría de gran elevación. En ella estaban situados casi geométricamente cedros, pinos, abetos y copudas palmeras combinadas con granados y naranjos.

 

Era un auténtico y bucólico escenario

y a medida que sus ramas subían superpuestas, de sombra sobre sombra, se ofrecía un boscoso anfiteatro de una majestuosa visión.

 

Con todo –seguí grabando en mi retina-,

por encima de sus copas surgían unos muros secos que parecían proteger bancales de dorados olivos, de verdor y de belleza llenos.

 

Y por encima de aquellos muros

se veía una hilera circular de los mejores árboles, cargados de los más bellos y desconocidos frutos, flor y fruto a un tiempo de doradas tintas,

 

mezcla esmaltada de alegres y diversos colores;

 

en los que el risueño sol

imprimía sus rayos con más gusto que sobre nubes de una hermosa tarde en aquella meseta del Pla de la Calma,

 

o sobre el arco iris

cuando Dios ha rociado la tierra con la lluvia.

 

Tan hermoso el paisaje parecía

que casi me olvido de mis compañeros empeñados en la prolongación de sus sueños en un campo helado por el granizo en aquel gris amanecer.

 

Si les hubiera contado lo que ví…

 

                                                     Johann R. Bach

...las aguas murmurantes ... formando un charco, que presenta su espejo de cristal

AVANZADO YA EL EQUINOCCIO

 

Llueve en esta mañana

de la avanzada primavera y hacia el otro lado contrario al mar umbrosos chalets y

 

antiguas casas

que aseguran un retiro fresco, encima de las terrazas pende la parra, que las cubre con un manto, y ostenta, suavemente trepadora y frondosa,

 

sus purpúreos racimos.

 

Mientras tanto las aguas murmurantes

descienden por la falda del collado, y dispersas, o bien formando un charco, que presenta su espejo de cristal,

 

en sus bordes de mirto coronados

reúnen sus corrientes.

 

Las aves se aplican a su coro;

y las brisas, brisas primaverales que respiran los perfumes de los céspedes y sagrados bosques, armonizan sus hojas temblorosas, y

 

el universal Alimento,

unido en danza a las Gracias y a las Horas, dirige la eterna primavera en estas costas donde fenicios y griegos ya habían descubierto un Edén.

 

                                                               Johann R. Bach

Apenas el dolor y la llovizna por desayuno

El desayuno

Es hora de levantarse.

Tu ángel ha penetrado en  mi carne durmiente. Lo has matado luchando con sabiduría contra mi vientre, arrancado al contacto y al relámpago amargo que sabes agitar, quizá mejor que el verso.

 

En la noche mágica,

debí oírte respirar en profundos susurros y ahora te admiro por malgastar tu aliento: perdidos en la noche combatimos,

 

nos arrojamos juntos

a las fronteras de nuestras millas de soledad y vivimos, y nos separamos en la puerta donde el último toque de labios tenía la intención de bendecir.

 

Después del desayuno

que es en general café y una vista de la lluvia prolífica de Santiago y de la catedral vieja y gris mas con buen olor de helechos y mirra.

 

Pienso en toda esa gente que ha venido

a este lugar buscando la acogida y la bendición del Apostol. ¿Y han dormido aquí tristes y desnudos, solos en parejas que vinieron juntos y fueron jóvenes y blancos con alguna sugestión de inocencia?

 

¿O vinieron simplemente por venir

a chapucear un poco y a la larga se hundieron separados? ¿O fueron aún más viejos todavía y más allá del sexo, perdidos en espejos, contemplando su decadencia y qué sentido tenía la mañana para ellos?

 

Quizá en otro tiempo fue este cuarto

el cuarto de los criados. ¿Fue él un joven atlante como el mío con algunas pecas y el pelo trigueño?

 

¿Rió alguna vez en brazos de una diosa?

 

Seguramente la miraba

a través de la ventana y deseaba ser libre, su desayuno debió ser a base

de pan mojado en vino.

 

Al despertarme esta mañana miro a Manuel;

pienso lo bueno que es tener alguien con quien compartir el desayuno. ¿Cuántos niños habrá que al salir del extremo del alba tengan

 

apenas el dolor y la llovizna

por desayuno, despertándose siempre para ser saludados por la pobre fiesta de la luz del día?

 

Y a pesar de todo,

¡qué bello un desayuno de pan mojado en vino viendo por la ventana como llueve!

 

                                                                  Johann R. Bach

 

9 may 2014

El sentido es el único fuego invisible que nos consume desde el origen de la primera cifra.

UNA BOCA CERRADA ENTRE DOS NOTICIAS

 

Ya sabes mi amor

que me incomoda la mirada de unos ojos que buscan, la enferma maquinación del que me pregunta por qué escribo.

 

Unos lo hacen

por el puro placer de la conversación, otros, maliciosamente, con ánimo de minusvalorar mi actividad y de paso realzar la suya;

 

muchos otros

buscan secretamente saber si de mis escritos obtengo suficientes ingresos como para ser una persona interesante …

 

Realmente, me siento mejor

cuando no tengo que justificar la deleitosa hora de la que salen de mi mente esas sílabas que aparentemente son un caos.

 

Sin embargo,

algunas respuestas -a esa pregunta- he hallado para mí mismo. Quiero decir que

 

mientras escribo, vivo,

olvidando que he de morir, recordando tu dulce mirar y aquella piel que se estremecía con la proximidad de mi aliento, que

 

tú fuiste el sosiego –que aún perdura-,

la musa que toma su momento conforme éste se desliza hacia el momento de despedida y

 

aunque hayas sido también

la boca cerrada entre dos noticias contrarias -sobre mis verdaderos sentimientos- que se atenazaba como el mundo entre sus mandíbulas mientras

 

el ruido seco se rompía

contra el cristal seguías siendo

mi claro de luna.

 

Así he de confesar

que pese al cieno urbano de nuestros sentimientos –por fuera blancos- qué más da el asco si nuestra fuerza es más ininflamable que la muerte y su ardor no nos destruirá ni colores ni amores.

 

El sentido es el único fuego invisible

que nos consume desde el origen de la primera cifra. Ese el sentido que se escapa de mis dedos cuando escribo.

 

                                                                Johann R. Bach

 

8 may 2014

Los sueños que persistían ... eran aquellos en los que imágenes paradisíacas se entremezclaban con alegorías religiosas

EL PARAÍSO Y EL ÁRBOL DE LA VIDA

 

Desde que seguí aquel tratamiento

para crecer tuve varias "crisis" en mi pensamiento. Algunas veces dudé de si mi cabeza era la misma de siempre. Durante esos episodios en que yo, desdoblándome a cada momento, tenía sueños continuamente sobre accidentes, entierros, serpientes, mangueras que chorreaban aceite o cerveza en lugar de agua, lagos infectos de aguas negras cloacales…

 

Pero los sueños que persistían durante muchos días, incluso semanas, eran aquellos en los que imágenes paradisíacas se entremezclaban con alegorías religiosas. Hasta pensé que no era nada descabellado el tomar los hábitos de alguna orden religiosa.

 

Recuerdo que en una noche

de un agosto sin luna Clara y yo, tumbadas boca arriba sobre una alfombra de hierba corta y matas de romero por todas partes, mirábamos el cielo completamente estrellado. No había una sola nube que perturbara nuestra visión, el aire estaba en calma y la sinfonía de los grillos acompañaba la cadencia de nuestra respiración.

 

Debió ser a causa del descenso de mi presión

que de golpe fue apareciendo ante mí un árbol, un enorme Árbol de la Vida y en lo más alto de su copa, como en una alegoría del Paraíso se posó algo o alguien como si se hubiese transformado en cormorán (un cuervo marino).

 

Poco conocía yo entonces

el verdadero valor de los bienes que se me aparecían en aquella visión aunque sí sospechaba ya que las mejores cosas se pervierten por los abusos que de ellas se hacen y por su vil aplicación.

 

Ensimismada en aquellos pensamientos,

me sentí como si me hubiera refugiado debajo de aquel sagrado Árbol de la Vida. Debajo de él, maravillada, contemplaba nuevamente las delicias expuestas a los sentidos humanos, los tesoros de la Naturaleza entera en breve espacio comprendidos;

 

Aún más, el Cielo con sus millones de ojos

veía sobre la Tierra que ese jardín era el gozoso Paraíso de Dios, por él plantado al Este del Edén. Desde las Islas Cíes el Este extendía sus confines hacia Oriente como buscando la península del Cap de Creus poblada desde antiguo por reyes griegos, o hasta Tortosa en donde, mucho tiempo antes, moraron los artesanos del estaño del Edén.

 

En aquel suelo placentero

–donde Clara y yo estábamos tumbadas-, Dios había puesto para nosotras su aún más placentero jardín, y de su fértil terreno hizo brotar todos los árboles de la más noble especie de castaño de Galicia por su aspecto y propiedades nutricionales hasta los más olorosos naranjos y los más vigorosos olivos de Cadaqués.

 

En medio de ellos descollaba

aquel Árbol de la Vida de una eminente altura, rebosando fruto ambrosíaco de oro vegetal y que los niños de Cadaqués lo denominaban "dimoni"; y junto al de la vida, destacaba el Árbol de la Ciencia usado en casi todos los cementerios.

 

En la zona del Sur del Edén

un gran rio transcurría que sin cambiar de curso por debajo de las suaves y afelpadas colinas, porque Dios había puesto aquellos llanos como los más fértiles del jardín, erguido sobre una lenta corriente, que las venas de la porosa tierra hacia arriba absorbían lentamente y de la que manaban frescas fuentes que regaban el jardín con arroyuelos acequias naturales.

 

Éstos después se unían

y surcando el claro escarpado se encontraban con el caudal aguas abajo, que al salir de su trayecto oscuro, después de haber saciado la sed de los habitantes de Tortosa, se partía en cuatro importantísimas corrientes que fluían separadamente y que vagaban  por todo el imperio del Delta (del Ebro).

 

Sí debo decir,

antes de acabar la descripción de aquella visión, cómo, si es que el arte de escribir puede, salían de aquellas fuentes de zafiro, los riachuelos encrespados que corrían sobre la perlas de oriente y turquesa arena, y en meandros errantes bajo umbrías enramadas, derramaban néctar, bañando cada planta, y nutriendo las flores dignas de aquel Paraíso

 

que ningún arte jardinero

había puesto en bellos lechos ni en curiosos cuadros, sino que el don de la Naturaleza se vertió en abundancia sobre el valle, colinas y llanos, tanto donde el sol mañanero caldea el campo abierto como donde la sombra impenetrable oscurece las frondas meridianas.

 

No se borró de mi retina,

durante meses, aquella visión que me invitaba a poner patas arriba todas las ideas materialistas que recorrían en aquellos años todo el mundo universitario.


                                                                      Johann R. Bach