28 ene 2014

La planta mágica de los bosques sagrados de los druidas

EL MUÉRDAGO DE KANT

                                                                           Laboratorio alquímico

 

En su taller,

que abarcaba las dos habitaciones del sótano. Kant pidió  a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo en el que poder depositar su descubrimiento de cómo se formó el sistema solar.

 

Atardecía y el escaso fuego

de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Kant, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria, los párpados cedían a su propio peso y el sueño comenzaba su invasión.

 

La noche había borrado

los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta, el hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las pesadas hojas de la puerta.

 

Entró un joven desconocido.

También estaba muy cansado. Kant le indicó un banco; aquel visitante, solícito y moviéndose ágilmente se sentó y esperó. Durante un largo rato no cambiaron una palabra ni se miraron a los ojos.

 

El astrónomo fue el primero que habló.

 

-Recuerdo caras de muchos alumnos

-dijo no sin cierta pompa-, pero no recuerdo la tuya, ¿Quién eres y qué deseas de mí?

 

-Mi nombre es lo de menos

-replicó el otro-, tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis ahorros.

 

Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa.

Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Kant le había dado la espalda para encender la lámpara.

 

Cuando se dio vuelta

advirtió que la mano izquierda sostenía una ramita de muérdago con sus bolitas blancas. Aquella inflorescencia lo inquietó.

 

Se recostó,

juntó la punta de los dedos de ambas manos como formando un espacio lenticular y dijo:

 

-Me crees capaz de manejar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no puedo confiarte el secreto de los cielos,

 

-El oro no me importa

-respondió el otro-. Estas monedas no son más que una parte de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la liberación de los venenos.

 

Kant dijo con lentitud:

 

-El camino es el veneno mismo. El punto de partida es la sustancia o cepa. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a caminar. Cada paso que darás es la meta.

 

El otro lo miró con recelo.

Dijo con voz distinta: “Pero, ¿hay una meta?”

 

Kant se rió.

 

-Mis detractores,

que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y dicen que soy un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que "hay" un Camino,

 

Hubo un silencio, y dijo el otro:

 

-Estoy listo a recorrerlo contigo,

aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino,

 

-¿Cuándo? -dijo con inquietud Kant.

 

Ahora mismo

-dijo con brusca decisión el discípulo. Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.

 

El muchacho elevó en el aire

la rama de blancos frutos. Es fama -dijo- que puedes triturar una planta y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

 

Eres muy crédulo -dijo el maestro-

No necesito tu credulidad; exijo la fe.

 

El otro insistió.

“Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de los frutos”.

 

Kant sostenía en su mano

aquellas perlas envueltas en diminutas hojas verdes, y al hablar jugaba con ellas. Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

 

Nadie es incapaz de destruir una planta

-dijo el aspirante a discípulo.

 

Estás equivocado.

¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer hombre en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

 

No estamos en el Paraíso

-dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.

 

Kant se había puesto en pie.

¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees nuestro Dios o cualquier Dios nos dejaría abandonados en algún lugar que no fuera el mejor de los mundos?

 

Un fruto puede quemarse

-dijo con desafío al aspirante a discípulo. Aún queda fuego en la chimenea -dijo Kant-. Si arrojaras esta ramita a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera.

 

Te digo que esa ramita es eterna

y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que bebieras su veneno de nuevo.

 

¿Una palabra?

-dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

 

Kant le miró con tristeza.

El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

 

No me atrevo a preguntar

cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.

 

Hablo del que usó la divinidad

para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.

 

El meritorio dijo con frialdad:

Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de esta ramita. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

 

Kant reflexionó. Al cabo, dijo:

Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, esa ramita.

 

El joven lo miró,

siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo: Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

 

El otro replicó, tembloroso:

Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la ramita. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

 

Tomó con brusquedad la ramita de blancos frutos

que Kant había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

 

Kant no se había inmutado.

Dijo con curiosa llaneza: Todos los médicos y todos los boticarios de Königsberg afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue un precioso símbolo de la suerte y que no lo será.

 

El muchacho sintió vergüenza.

Kant era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

 

Se arrodilló, y le dijo:

He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo, y al cabo del Camino veré la ramita de muérdago.

 

Hablaba con genuina pasión,

pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Rotbach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

 

Dejarle las monedas de oro sería una limosna.

Las retornó al salir. Kant lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

 

Kant se quedó solo.

Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el  fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja, se puso sobre la lengua una pequeña porción de aquella ceniza. El vigor volvió a sus ojos y la fatiga desapareció.

 

Aquella noche Kant trabajó

como nunca, escribió con el mismo entusiasmo de su juventud su teoría completa sobre la formación de nuestro sistema solar y diecisiete poesías. 

 

A media mañana, bajo un cielo gris,

se abrigó y salió de casa, caminó por la calle abajo hasta llegar al mercado. Hacía tiempo que no sentía tanta fuerza en sus piernas. Se detuvo ante la floristería. Le tendió la mano a la dependienta y le dijo: ¡Feliz Navidad Helga! 
                                                                                                                                                            

                                                                 Johann R. Bach

 

 

Viscum álbum. La mágica planta de los druidas

Los frutos de los bosques sagrados

La camilla o lo que fuera aquello que te sujetaba los tobillos y las muñecas vibraba...

          LA  NOCHE  COMO  UN  COMA

 

No osaste abrir los ojos.

Oíste un sonido como cuando se cierra una puerta. No pudiste resistir la tentación: poco a poco fuiste abriendo los ojos y sin saber qué es lo que veías la camilla temblaba y por un momento sentiste como la sangre afluía a tu cabeza.

 

La barbilla te temblaba.

El miedo se estaba apoderando de ti. Pensaste que habría sido mejor tomarte el café que te sirvieron aquellos malvados.

 

Toda tu preocupación se volcó

en averiguar en qué podías pensar para evitar tener un ataque de pánico. Te concentraste en los pies. Intentaste saber si los sentías y si sentías tambiénlas correas. Aquello funcionó.

 

Tu ansiedad fue disminuyendo. Luego hiciste lo mismo pensando en las muñecas. Fuiste tranquilizándote por momentos.

 

Pensaste en escribir una novela

si salías de aquella trampa. Descartaste pintar un cuadro porque no eras buena dibujante y porque el arte no figurativo no te atraía.

 

Imaginaste un viaje

a una playa placentera. Pensaste en los libros que habías leído. Cuando se te acabaron las ideas de lo que podías hacer volvías  a comenzar las ya aceptadas por tu mente aunque el miedo a que aquello podía ser el final no desaparecía.

 

El “viaje” o lo que te estuvieran

haciendo se te hizo larguísimo, pero insistías en vencer el miedo y los temblores desaparecieron. De vez en cuando unas lucecitas llegaban a tu retina, lo que te daba idea de que te estaban trasladando a un mundo de imposible retorno.

 

La camilla o lo que fuera aquello

que te sujetaba los tobillos y las muñecas vibraba suavemente debajo de tu espalda como si alguien estuviera empeñado en hacerte agradable el paso por aquel oscuro túnel. Tú querías mantenerte despierta porque ansiabas el regreso.

 

Para evitar el sueño

recordaste que de niña tus padres para hacerte dormir te paseaban en coche. Eso es lo que acababa de convencerte que la hipótesis más verosímil era la del traslado al mundo de las tinieblas.

 

Esa sospecha te mantenía lúcida,

recordaste mover tus músculos abdominales voluntarios y apretaste las mandíbulas para cerciorarte que aún en el peor de los pronósticos era posible el retorno.

 

Como si Alguien hubiera leído tu mente

sentiste cómo te cogían la mano y el calor humano empezó, serpenteando por el brazo, a invadir tus sienes y volviste a oír una música como una nocturna de Chopin que se alejaba.

 

Oíste unos chillidos

de sorpresa y miedo como los que se producen bajo los efectos de un terremoto y abriste los ojos. Orfeo, atravesando un oscuro bosque, había logrado rescatarte del Inframundo.

 

                                                           Johann R. Bach

 

27 ene 2014

Has estado demasiado tiempo lejos del archipiélago.

DE VIENA A PALMA

 

¿Te acuerdas de los amaneceres en Sóller?

 

Los primeros rayos de luz rosa

ocupaban tempranamente las cumbres de la Serra de Tramontana y poco después se llenaban las laderas de húmedos lagartos mientras los erizos seguían aguardando en el fondo marino a que la corriente cálida les despertara.

 

Te enviaré –dijiste- una postal

desde esas otras cumbres cubiertas de nieve de las montañas austríacas. Me gusta –solías decir- el contraste de imágenes e imágenes.

 

El tiempo en Viena se detiene

mientras las piedras desmoronadas sobre piedras se han congelado entre las aguas diamantinas fijando los colores de la postal.

 

En el espacio de la desolación,

el viento atraviesa los muros y las cumbres; sobrevuela las harinosas capas y las deposita suavemente sobre el paisaje como polvo de estrellas haciéndote añorar las cálidas arenas.

 

Sé que darías todo el aire por un grito,

la posesión de tu reino por un solo gemido arrancado del tambor acariciado -la piel tendida- por tus dedos.

 

Al pie de esas rosadas cumbres

te espera el azur separado por una línea del cobalto en el momento en que nace la luz y Poseidón hace su siesta. 

 

A su lado se agita sin cesar un diablillo;

flota en torno a tus islas como un aire imparable; cuando lo respires te sentirás abrasar tus pulmones llenos de un ansia sin final y en cierta medida culpable.

 

Has estado demasiado tiempo

lejos del archipiélago. Ese pequeño diablo sabe tu amor por el Arte, se viste con figuras que fingen ser seductoras mujeres y

 

con ruines pretextos de aliviar tu corazón

acostumbra tus labios a los filtros poderosos que te han de llevar de vuelta a S'Arenal.

                                                     Johann R. Bach

En las colinas de los alrededores de Alcudia huele a romero y plata líquida

CRÓNICA DESDE ALCUDIA

 

Yo, Johann R. Bach,

un modesto alférez médico que nunca entró en combate, aunque traté a miles de soldados salvando a muchos de ellos de la ruina física y moral vacunándolos contra el odio y el resentimiento con gotas de su propia orina;

 

calificado estudioso

y observante de los cielos, de reputación pensante, apasionado seguidor de la medicina y la astronomía de Asclepio;

 

demasiado viejo para luchar

como los otros –en partidos, sindicatos, Juntas de vecinos, asociaciones contra los desahucios o contra la corrupción de funcionarios,

 

fui designado como un favor

para el papel menor de cronista de los acontecimientos del asedio –de miles de turistas- a esta antigua ciudad de Alcudia.

 

Fui exhortado a ser preciso,

objetivo como mi antecesor Plinio el Viejo, mas nadie entre los alcaldes, presidentes de cofradías de pescadores o historiadores, parece ponerse de acuerdo en fijar la fecha en la que empezaron las invasiones –germánicas, por el norte, íberas, por el sur y el oeste.

 

Por suerte el Frente del Este

hace cientos de años que está estabilizado: el mar se ha encargado desde siempre -con sus olas, con la humedad de sus brisas-, de la limpieza de las costas y ruinas del país.

 

Así que cuando llegué a Alcudia

en pleno incendio de sus bosques observé que todos padecían de la pérdida de la noción del tiempo y en consecuencia la mayoría de los pobladores de la zona eran desmemoriados que

 

asombrados ante la avalancha de turistas

se preguntaban, como ellos, el origen de las pocas piedras que aún quedan en pie.

 

No sé cómo describir

el apego que los ciudadanos de este país tienen por su lengua, sus rocas, playas, cuevas, olivos y almendros, montañas y ríos.

 

No me explico

cómo entre las ruinas griegas, cartaginesas o romanas florecen tantas y tantas personas que ven en las estrellas un regalo de los cielos; en las olas del mar, una caricia al país que atempera el clima; y, en la nieve y lluvia sobre Randa, una bendición de los dioses para los pequeños bosques.

 

Estoy realmente asombrado

al ver que no se rinden ante los almacenes vacíos de comprensión y sólo la ambición es ahora la moneda corriente; cómo resisten –con apenas unos bocados de pan con sobrasada y palo- el cerco de millones de hijos de vengativos guerreros;

 

cómo aman y conservan

a su Santuario de la Mare de Deu de Cura en Randa, cómo, a pesar de los incendios y bombardeos del enemigo, conserva su imponente patrimonio herencia de Ramón Llull; cómo sobrevive su lengua al genocidio practicado por las hordas carpeto-betónicas.

 

Sé que todo esto que escribo

es monótono y que a nadie puede conmover y es por ello que trato de evitar –aunque no lo consiga- los comentarios y procuro mantener a raya las emociones;

 

por ello cada mañana,

antes de comenzar a escribir hechos que aparentemente sólo ellos son valorados por los turistas, me prometo a mí mismo informar objetivamente, pero

 

con cierto orgullo lanzo mis mensajes

al mundo reconociendo que, gracias a la tenacidad, aquí se cría una nueva variedad de niños a los que no les gusta la guerra y que despiertos o dormidos sueñan con sopas de letras contaminadas con números y trozos de pan embebidos de palo1;

 

sueñan con parecerse a sus padres

recogiendo el testigo de su cultura y de sus diversas lenguas aprendidas en la Universidad Gratuita de la Miseria, de la miseria de haber tenido que emigrar o lanzarse a la mar buscando el alimento que sus vecinos les deniegan.

 

He podido averiguar,

consultando varias fuentes, que finalizada la Segunda Guerra Púnica e incorporadas las Islas Baleares a las nuevas provincias romanas de la Citerior i Ulterior, se produjo en el año 197 a.C. una importante revuelta de los periecos de Empuries contra la política fiscal de Roma que se extendió a las Islas.

 

En el año 195 a.C.,

un ejército romano, bajo el mando de Marco PorcioCaton, vuelve a desembarcar en el puerto de Emporion para reprimir la rebelión. Eliminaron la moneda propia –la primera de la península ibérica-, usada también en las Islas, que

 

acuñada en plata pura

–no he podido averiguar de dónde obtenían la plata- demuestra que ya a finales del siglo VI a.C. Mallorca era una potencia comercial y cultural.

 

No es cierto

que la cultura griega no haya dejado pistas materiales, como el teatro, la música, la poesía, la filosofía o la danza. Yo las reconozco impregnadas en el ADN de su carácter y en el culto de la zona a los membrillos y granados propios del mundo púnico ebusitano.

 

Al atardecer me gusta deambular

por la playa y mirar el horizonte como confín de nuestra libertad incierta; miro desde lo alto el hormigueo de los turistas y en verdad que es inconcebible que el país todavía se defienda.

 

El asedio se prolonga

con diferentes enemigos a los que nada les une excepto el anhelo de apropiarse de las playas y calas, de las vistas, de las piedras y las perlas de Manacor: el oro moderno.

 

En las colinas de los alrededores de Alcudia

huele a romero y plata líquida y así al atardecer liberado de los hechos puedo pensar en los lugares de dónde se podrían extraer los minerales preciosos;

 

en asuntos antiguos lejanos

en los que se combinaban el crecimiento de los cementerios con la disminución de los defensores; en cómo es posible que la resistencia perdure hasta el final.

 

Estoy convencido –al acabar esta crónica-

de que si el país al final cae y uno sólo de sus defensores sobrevive, él portará consigo la cultura y el carácter de las Islas por los caminos del exilio. Él será lo balear. 

 

En ese caso se habrá demostrado

una vez más que cada hombre, cada civilización tiene su propia forma de traicionar y que sólo nuestros sueños nunca fueron humillados.

                                                                        Desde Alcudia

                                                                        Johann R. Bach

26 ene 2014

Sus fuerzas se habían agotado como semillas que no germinarán.

EL VOLUPTUOSO DANIEL Y SU COMPLEJO DE PIGMALIÓN

            

Ayer los vi detenerse

ante la puerta bajo la ventana; serían las siete; Daniel acompañaba a Georgina. Tenía el aspecto de Elpenor, un poco antes de caer y matarse, pero no estaba ebrio de alcohol.

 

Hablaba con rapidez

y ella miraba con impaciencia hacia la ventana buscando mis ojos; le interrumpía a veces para decirle algo que yo no podía oír.

 

Comprobó que yo les observaba.

Entonces la besó. Él murmuraba algo mostrando un libro en la mano mientras la acariciaba con la otra.

 

Luego subieron, me besaron,

con ojos interrogativos esperaban que los reprendiera por alguna causa de celos.

 

Yo les dije: "escuchad esto…"

(Era la Serenata de Hayden). "A la luz de la luna las estatuas se doblan a veces como el junco entre los frutos vivos…"

 

"Las estatuas como éstas

que tenemos en casa y la llama que quema al hombre se vuelven frescas adelfas…"

 

"la llama que nos quema

también a todas las del coro, quiero decir…"

 

Fue la luz… sombras de la noche…

quizá aquella noche abierta, granada azul, con oscuros senos, nos llenó de estrellas sobre las alfombras,

 

cortando el tiempo,

y sin embargo las estatuas en aquella noche no se doblaron, dividiendo el deseo en dos, como las amebas antes de intercambiar su núcleo.

 

Y la llama se volvió beso

en los miembros y sollozos y después tierna hoja que arrastra el viento. No se doblaron como a veces hacen y no se volvieron ligeras con un peso humano.

 

Agotadas nuestras salivas

hasta el punto de que nuestros labios secos parecían ventosas, yo no quería olvidar aquella noche.

 

Daniel había caído en el sopor de Elpenor

y sus fuerzas se habían agotado como semillas que no germinarán. Había tomado el derrotero de los hombres que quieren más sexo del que tienen y pueden.

 

El abrazo con Georgina

intercambiando nuestros deseos como núcleos de amebas fue el final como una secuencia interminable.

…………………………………………..                       Johann R. Bach

 

con un doble y rápido parpadeo cosió el cielo al horizonte...

LA SOLEDAD DEL CREATIVO

 

Joven desprovisto de territorios

de un mundo errático, imprevisible, sujeta con su mano hasta sangrar las riendas del mulo y trabaja sobre lo primigenio.

 

Con un pie peregrino pisoteó

una tierra incierta como anémona Pulsatilla; con un doble y rápido parpadeo cosió el cielo al horizonte y con alocada fantasía inventó el color celeste.

 

Ahogó su grito

mezclándolo con el suspiro más auténtico en aquel instante cuando se desgarró la piel de los codos en una zarzamora al tiempo que su dedo excavaba en la grieta.

 

Después tumbado en la hierba

admiró la forma del helecho y la cola del pavo real. Soñó muchas veces con aquel instante en que su cabeza se volvió una estrella fija.

 

Sin embargo, nunca se hizo ilusiones:

nadie heredaría su sabiduría. Suyo el tacto, solamente el oído suyo podían recrear de nuevo aquel principio de infinitud,

 

lo más arduo para cruzar las distancias

que se abren más allá de la uña y experimentar con la mano más audaz los ojos, orejas y labios de un mundo ajeno.

 

                                                              Johann R. Bach