6 ene 2014

Sobre una tabla con siete cuerdas depositaste tus lagrimitas ya disecadas...

           MÚLTIPLOS  DE  SIETE

 

Siete años tardaste en aprender

a hacer el lazo de los zapatos heredados de tu hermano. Los cordones ya desgastados por el uso resbalaban fácilmente sobre los calcetines y su forma de ocho horizontal crecía y crecía como el espacio.

 

Hasta los catorce no te fue necesario

dibujar ese signo y otros sobre un cuaderno de hojas con fondo cuadriculado llenas de ecuaciones de segundo grado. En esos momentos crecías y crecías como las hojas de un guisante germinando.

 

Las chapucillas con cilindros

y cónicas y las reflexiones sobre los péndulos de compensación para medir exactamente el transcurrir de los minutos, formaban parte de una sed inextinguible de conocimientos. Tu imaginación despertaba a impulsos de intensidad irregular, pero imparable.  

 

A los veintiuno descubriste la noche

y la Banda de Moebius que completó tu colección de figuras construidas con delicada papiroflexia. Empezaste a frotarte las manos porque las piezas del puzle de la vida empezaban a encajar.

 

Entretanto el amor llamaba

a tu ventana como la zarpa del helor de un crudo invierno. A partir de rombos, triángulos y pirámides construiste un jardín inteligente a falta de un diamantino edén en el que hasta los insectos pudieran acudir al festín de la miel.  

 

A los veintiocho te atreviste

a decir tímidamente para tus adentros: ¡Eureka!. Creíste haber encontrado la piedra filosofal, pero no querías parecer ridículo y no comentabas públicamente las locuras filosóficas que se te ocurrían;

 

las otras, las de la especie,

ya no estabas a tiempo de ocultarlas: ya te habías convertido en padre y habías inventado la palabra ser –palabra dura e incolora.

 

A los treinta y cinco sólo

los cambios de domicilio te salvaban de la hoguera que los vecinos preparaban pacientemente.

 

No les gustaba tu forma

de apartar las hojas cálidas con manos vivas y cómo pisoteabas las estampas que ellos consideraban sagradas.

 

Los viajes

y el perfeccionamiento de varios idiomas a la vez te ocupaban horas y horas. Te cultivaste como si fueras a vivir toda la vida. Aún te costaba romper a llorar y diluir en tus propias lágrimas el espacio y al igual que el tiempo, no detendrías tu enloquecida carrera.

 

A los cuarenta y dos años

no viste amor en sus ojos. Empezaste a sentir aquella lluvia de reproches sobre tus hombros como la humedad de la niebla. Tus versos, tus besos, tu sueldo eran insuficientes.

 

La atracción newtoniana

ya no funcionaba como cuando erais unos perfectos desconocidos. Tuviste que tomar la decisión de ganar dinero como la imitación de un proceso que conduce al suicidio.

 

Tus cabellos te iban abandonando,

eran cada vez menos abundantes en la cabeza mientras el vello brotaba en todos los poros de tu pecho. La sensibilidad de tu piel quería evitar el vacío a tu alrededor que era cada vez más fuerte.

 

En esos años

ya no confiabas en tus cinco sentidos: el mundo podría quedar reducido al tamaño de una avellana mientras que pequeños planetas cegados por su propia sangre podrían crecer y dar paso al nacimiento de un sol.

 

A los cuarenta y nueve el exilio

te salvó el pellejo, la modestia volvió a tu corazón, empezaste la larga travesía del ecuador de tu vida y a saber lo que querías. El listón quedó fijado en los ochenta y cuatro por los cálculos de Quetelet.

 

A los cincuenta y seis comprendiste

a tu padre y a tus hijos; supiste de sus limitaciones y los reconociste como seres humanos que sufrieron lo suyo.

 

Y en cuanto a tu madre

pensaste que ella nunca cambió:

 

esperó siempre vuestro regreso

vestida con su blusa blanca moteada de lunares azules y sus ojos grises en el umbral de todas las puertas, con la sonrisa haciendo juego con las perlas de su collar.

 

Comenzaste a recordar

que le gustaba el café, la tranquilidad y las películas de Humphrey Bogart; y, como si los estuvieras viendo, sus movimientos de cabeza desaprobando tus primeros versos.

 

A los sesenta y tres escribías

sin parar con la locura del que cree que no va tener tiempo suficiente en los veintiún años restantes para amar y al mismo tiempo explicar cómo la primera parte de tu vida te pareció huérfana de caricias.

 

A los setenta… ¡Por fin la luz!

A partir de átomos, puntos de coordenadas que se doblan en los espacios, cabelleras de cometas que se peinan una vez cada setenta y cinco años, púlsares que presumen de medir el tiempo,…

 

puedes construir la infinitud

y entregarte de lleno al amor y erigir puertos y cabañas rodeadas de naranjos y viñas, de frágil duración, lugares donde el tomar el café entre sonrisas amables permite ver la vida desde un ángulo desconocido.

 

A los setenta y siete te pudiste

permitir el lujo de renunciar a la fama y concentrarte en escribir, durante los siguientes siete últimos años –que no es poco-, todo aquello que los demás no pudieron o no quisieron ver.

 

Sobre una tabla con siete cuerdas

depositaste tus lagrimitas ya disecadas y con tu rígido puño de rebelión y temblorosa caligrafía sobre papel inmaculado en una noche fría estuviste escribiendo

 

tu amarillo y ridículo testamento ológrafo.

Secreto, aún sin fecha, pero con la rúbrica extendida al margen de cada hoja, lo guardaste en un cajón de la cocina. Abogados y jueces se desvivirán por desentrañar su validez. ¡La voluntad sobre todo! (la Willenstheorie de Descartes). ¡Faltaría más!

 

¡Ah! ¡Ese listón de los ochenta y cuatro!

Tan duro de pasar, pero qué suerte haber llegado entero.

                                           Johann R. Bach
 

COMENTARIO (Leo P. Hermes)

 

Tres ciclos del cuarto múltiplo de sietedeterminan en nuestra vida, por orden, lo dulce, lo salado y lo amargo. Lo prohibido es el factor común a todos ellos.

 

El cuarto múltiplo de siete o ciclo de la luna

se compone de veintiocho ciclos circadianos o de veinticuatro horas -la noche y  el día-

 

El ciclo de las semanas,

de siete días, corresponde a cada fase de la luna. El Universo nos mete todo en paquetitos (clústers), con cintas de colores (los siete del Arco Iris) donde se ha grabado en cada una de ellas música con siete tonos (las notas musicales).

 

Y por último

los tres ciclos del cuarto múltiplo de siete componen una resultante de doce ciclos de siete años –en total ochenta y cuatro años- debido a que el número mágico es el de las constelaciones (el doce).

 

Así los dioses nos conceden

una vida corporal, de libertad erótica, por absurdo que parezca. Las semillas cosechadas, almacenadas en la infancia estallan con las primeras gotas de lluvia y concluyen hasta que se seca la última fruta.
 

Todo muere en el cristal del niño errante en el atroz Universo

PONT DE LA CONCORDE

 

Era ya muy tarde

cuando cruzando el Pont de La Concorde me pareció ver sobre el Quai de La Rive Gauche un tejido delicado con el que un alma femenina podría enredarse como un pez.

 

En una de sus puntas

estaba el mismísimo diablo

 

que tras lanzar una larga red de encaje

(cargada de piedras preciosas) la arrastraba hasta la orilla y contaba su contenido:

 

Allí estaban todas las almas de las mujeres

como metidas en un saco, ¡una pesca milagrosa, en verdad preciosa! Pero antes de que pudiera echársela a la espalda todas se escaparon a través de la malla.

 

Acabé de pasar aquel ostentoso puente

y vi el espejo del cielo caer en tierra con fulgor de agua y una claridad fría me detuvo.

 

Miré hacia atrás.

 

Al pie del muro transparente

que miraba a un cielo vacío, al pie de la iluminación de los esmaltes del puente me creí perdido en un jardín,

 

tuve miedo

y un letargo de fuego-frío cubrió mi cuerpo y

 

lo que yo ya no era soñó

 

un campo sin límites de arena blanca

y en él dos ejércitos que habían luchado encarnizadamente, las manos se estrechaban en el puente de Solferino porque milagrosamente no habían sucumbido a lo largo del incendio de mi sueño.

 

Y me pareció que ya no soñaba

y era libre frente al muro radiante.

 

Lo toqué, rocé su maravilla

y allá donde imaginé su centro equilibrio entre el Norte y el Sur de París me pareció que en aquel jardín

 

surgía un Sol de oro

que abría las altas nieblas y claridades; el agua oscura del cielo; y al llegar al muro lo quebró y de su grieta surgió un avellano y vi

 

UN PÁJARO

torrente de mi inocencia hasta el Verbo Maduro, hendir el muro y no ser Sol, sino un temblor de plumas de agua.

 

UN COLOR

hiriente de la memoria, sombra en la sombra en ciudades abarrotadas de personas solas.

 

UN SONIDO

relámpago-pavor de ruidos humillador de selvas sin Sol. El sonido en todo el resplandor de vibraciones del paquete de cuerdas elásticas que sostienen el muro.

 

UN SILENCIO

del vacío donde una máquina de vacío, vacía los espacios donde no hay nada.

 

Y es que todo muere

en el cristal del niño errante en el atroz Universo. Todo muere-renace en el fuego y un puente de cenizas nos ha de conducir a la ciudad de la vida.

 

                                                        Johann R. Bach

5 ene 2014

El obispo de Lausanne, ... dictó que algunos de aquellos "gusanos acuáticos" fueran detenidos...

ANTES DE UN JUICIO: LYCOPODIUM 200 CH

                                         La jueza dictando su razonada sentencia

 

ANTES DE UN JUICIO: LYCOPODIUM 200 CH

 

Con un retraso de once años,

dos meses y cuatro días se dio paso a la fase de Audiencia Pública de aquello a lo que las enciclopedias dedican páginas y páginas: EL JUICIO.

 

La investigación formal

concebida para demostrar y dejar constancia de la inocencia sin mácula de jueces, abogados, fiscales y miembros del jurado estaba en su punto álgido y para conseguir tal fin se necesitaba en la sala, la presencia del contraste visible: EL REO, PRESO o ACUSADO.

 

Por si el contraste no estuviera claro

 

 

se le debió acusar además -como a otros imputados-, de revolucionario que por lo general se trata de un ser humano o socialista, pero en la Edad Media también se juzgaba a animales, peces, reptiles e insectos.

 

Sí, sí, esos juicios a las cosas

estaban a la orden del día, pero pensemos que hasta los años 70 del siglo pasado en España se condenaba –en los cuarteles- a motos por haber atropellado a alguien recluyéndolas perpetuamente en el garaje; o, se arrestaba a la bandera de un cuartel por haberse sometido en sus dependencias a una borrachera colectiva de alcohol y putas.

 

A los insectos que asolaban los campos

de cereales, los huertos y los viñedos, eran citados a declarar por el fiscal ante un tribunal civil;

 

si después de su declaración,

defensa y condena continuaban "in contumanciam", el caso se llevaba a un tribunal eclesiástico superior, donde se les excomulgaba y anatematizaba solemnemente de forma que sus hijos no pudieran ir a ninguna escuela jesuita.

 

En Nápoles se sentenció a un burro

a morir en la hoguera, aunque debido a la intercesión de los franciscanos, no llegó a ejecutarse.

 

En la Suiza de 1.451,

se entabló un pleito contra las sanguijuelas que infestaban algunos estanques de los alrededores de Berna, y el Obispo de Lausanne, siguiendo las recomendaciones de los profesores de Heildelberg, dictó que algunos de aquellos "gusanos acuáticos" fueran detenidos y  presentados ante el magistrado local.

 

Así lo hicieron,

y a las sanguijuelas, tanto las presentes como las ausentes, se les ordenó que abandonaran los lugares que habían infestado antes de tres días, so pena de recibir "la maldición de Dios". Las crónicas de la época no relatan si se cumplió la condena.

 

Todas esas condenas recaen

sobre las atribuladas mentes de Jueces, abogados, fiscales, miembros de jurados, llenándolos de ansiedad. A pesar de ello se esfuerzan en ir pulcramente vestidos y demuestran su voluntad de personalidad esotérica e inmaculadas y se revestirán con la toga –negra; claro.

 

Sufren, después de leídos los sumarios

de una fuerte falta de confianza en sí mismos, pero gracias a las investigaciones de un modesto Alférez médico se descubrió -ya hace unos cuarenta años-, que

 

su dignidad y pureza salen a flote

tomando la salvaje medicina LYCOPODIUM 200 CH, que con sólo un gránulo se puede ganar un juicio. Es decir, después de tomar esa medicina les importará un bledo si el acusado era o no culpable.

 

                                                           Johann R. Bach

 

 

Una verdadera pléyade de cuerdas elásticas ... controlan desde el brillo de los púlsares a los minúsculos fotones

MIRANDO LOS CIELOS

 

Estuve mirando los cielos

hasta bien pasada la medianoche y mientras bañaba mi retina con las lucecitas de la Vía Láctea me olvidé de mi soledad.

 

La apertura de la cúpula del observatorio

dio paso al aire helado que se desprendía de las cumbres nevadas recordándome que debía abrigarme,

 

algo, por otra parte, tan trivial e ineludible.

 

Mientras caminaba,

atravesando un mundo de olivos, hacia el parquin pensé que no es indiferente el lugar donde se vive.

 

Algunas estrellas se acercan

entre sí peligrosamente. Situadas en la punta de un brazo de una gigantesca estrella de mar se niegan a escapar de ese monstruo del núcleo de donde parte

 

una verdadera pléyade de cuerdas elásticas

que dando la sensación de libertad de movimientos lo controla todo: desde el brillo de los púlsares a los minúsculos fotones que nos alumbran en la oscuridad.

 

Ya eran las dos de aquella noche silenciosa.

Mi cabeza daba vueltas sobre el descubrimiento –por parte de la chica cuidadora de mi tía- de

 

una caja de cartón llena de billetes

de los grandes en un armario revuelto.

 

La imposibilidad de saber

cómo aquella verdadera fortuna había llegado al armario de una pobre anciana con alzheimer me desveló completamente.

 

Entre los síntomas

que sufren las personas con alzheimer se halla la imposibilidad de administrar dinero. Aquel enorme paquete de dinero no podía haber salido del banco.

 

Cómo había llegado aquel dinero

al armario era un misterio y cuánto tiempo llevaba allí escondido, entre ropas que no se usaban desde hacía décadas, también lo era.

 

Estaba sola, completamente sola,

incuso el sueño nocturno que durante tantos años me acompañó, me había abandonado…

 

De pronto me pareció oír

no un murmullo humano sino unos sonidos, unos sonidos siempre en tres suspiros como viento y harina.

 

¿De qué podría tratarse

si la calefacción estaba apagada y el agua no circulaba por las tuberías? De repente  me dije a mí misma: "¡No hay tiempo que perder!".

 

Echándome el cabello hacia atrás

con un trago de vino me puse en pie y, desnuda, palpé en la oscuridad y un momento después la negra fiebre de mi mano abría el armario…

 

En el interior

las polillas agitaban los vestidos y la harina de sus alas flotaba en el seco y enrarecido aire…

 

Fue en aquel momento

cuando comprendí que

era más mortal que mi cuerpo.

 

                                                                   Johann R. Bach

4 ene 2014

Se respira en el aire el movimiento, ... el gradiente del silbido de los trenes, ...

LA VIDA.  ESENCIA DE LA NATURALEZA

 

                                                            Quien quiera la riqueza y/o la sabiduría

                                                            se ha de espabilar. Sólo en la limitación

                                                            se revela el maestro …

                                                                                                    Marta Guillamon

 

El que creyere…

que la naturaleza y el arte se repelerán en un futuro se equivocará antes de que (él) crea que el momento final está a punto de llegar…

 

No es un trabalenguas

ni un mandamiento divino ni un artículo del Código Penal (único código futurible). Es un concepto básico para pensar.

 

Sin embargo, algunos pintores

-y/o escultores- ven en la naturaleza un montón de cosas ordenadas como si todo estuviera en su sitio, en calma: un todo luminoso en el que

 

hay sabiduría desempolvada

por el hombre, pan y libros.

 

No, ni siquiera los mocos secos

de la manga de un escolar que no has de limpiar. Y sabes bien que en la cava sólo se almacenan vinos;

 

los elementos están aquí:

viento, estrellas, tormenta… y con todo estás pensando en nombres de marcas de automóviles dispuestos a evadirse…

 

Antes de que puedas inventarnos

en tus sueños y tal vez aún antes, huirás ciertamente, como aquel monje que abandonó el Olimpo sólo porque allí no encontró a ninguna diosa…

 

La Naturaleza no es

un bodegón de objetos muertos

disponibles para ser pintados.

 

La lagartija recorre el muro

y, embarazada, carraspea en la zarza de frambuesas, los escarabajos trabajan en las boñigas, a lo lejos ladra un perro,

 

llamado a la valla del guardabosques,

se encuentra allí convocado el tonto del lugar…

 

Se respira en el aire el movimiento,

el cambio de temperatura, la baja presión que traerá la lluvia, el gradiente del silbido de los trenes,…

 

el aroma de la vida

 

                                     Johann R. Bach

3 ene 2014

Era de noche y había luna. Un canto venía de lejos, de aquella misteriosa biblioteca.

LA BIBLIOTECA DE ALT TREPTOW

 

Fue en un lugar cercano al Treptower Park

frente a la terraza de un restaurant atendido sólo por Olof un hombrecito triste. Su tristeza se debía a que nadie del barrio entraba en el local.

 

El barrio modernista Alt Treptow

estaba habitado casi exclusivamente por atemorizados ciudadanos de la desaparecida RDA.

 

acostumbrados a no salir de casa

a cambio de un plato en la mesa y cerveza suficiente para adormecerse junto a un televisor escupiendo anuncios disfrazados de noticias.

 

Según se vaya a su encuentro,

-al encuentro de Olof sentado en la terraza de la entrada lujosamente amueblada, se puede conseguir su esmerada atención. Y esta era su peregrina particularidad.

 

Yo conseguí -con paciencia y asiduidad-

ganarme su aprecio. Entre café y café se quejaba más que conversaba. Nadie –decía- viene a este local ni a comprar tabaco.

 

Era un hombre aficionado a la lectura

-sobre todo a los acontecimientos de una "historia universal" explicada como una verdad absoluta por los profesores rusos.

 

Llegué a conseguir

que cocinara para mí un Halbe Ente1 y que brindara conmigo con un Côtes du Rhône.

 

Con el cuerpo ya entonado

Olof me introdujo en una estancia a través de una puerta simulada por un mueble y un cuadro. Desde allí descendiendo por una estrecha escalera de madera accedimos a un recinto abarrotado de libros como una biblioteca.

 

Muchas veces me he preguntado

si realmente estuve en ella o fue sólo un espejismo -producido por el vino- de un nuevo y desconocido desierto.

 

Recuerdo que era una estancia

con cuatro pasillos llenos de libros hasta el techo y una salita con un escritorio de unos cuarenta metros cuadrados. Eran unos pasillos que se perdían en la sombra poblados de murmullos sepulcrales y, al parecer,

 

Olof era el bibliotecario,

único ser viviente en todo aquel subterráneo.

 

Ojeé algunos libros,

todos raros y que nunca había visto antes, con títulos que aludían curiosamente, a hechos sobrenaturales.

 

Aquél que no pude olvidar

se titulaba "La Creación Mística bajo el Vigesimoctavo Mundo". Estaba encuadernado al modo veneciano.

 

Oscuro y en oro,

con láminas que me parecieron pintadas a mano. Me sobresalté bastante cuando quise releer un capítulo y ya no era el mismo que había leído la primera vez.

 

¿Qué sucedía con el texto del endemoniado libro?

 

Decía en una parte especialmente llamativa:

"El Vigesimoctavo Mundo no fue descubierto por nadie. Nosotros, pueblos antiguos y primeros de estas tierras lanzamos un llamamiento, fue escuchado".

 

"Vinieron seres de corazón helado.

Nos suicidamos. Fue la entrega de nuestras hijas en manos del Sol de Oro".

 

Pregunté a Olof y nada.

No supo responderme.

 

Miré, estaba solo, la única luz era mía.

Quise leer nuevamente pero ya había cambiado el trozo alucinado. Me levanté de aquella silla recubierta de resina seca de pino, salí.

 

Era de noche y había luna.

Un canto venía de lejos, de aquella misteriosa biblioteca. En días sucesivos volví al Restaurant de Olof.

 

Desde aquel día

se mostró especialmente amable conmigo su único cliente. Y detrás del mueble y el cuadro de la sala de billar no había ninguna puerta oculta.

 

                                                                        Johann R. Bach

 

1.        (Halbe Ente =  Medio pato) Plato típico alemán.

Mi corazón se colgó en la percha de tus hombros, sigue latiendo

MI PRIMERA SOLEDAD

 

Me dolió mucho aquella soledad –la primera-

que no me abandonaba ni de noche ni de día. Durante años deseé que llegara un día en que volviéramos a vernos cara a cara.

 

En un espacio grande entre Él y yo.

 

Recuerdo cuán fácil era

decir te quiero y abrazarle en el sofá espeso y volver a nuestros asientos sin decirnos nada,

 

y adivinar

qué había detrás de las palabras

que no nos decíamos.

 

Mi deseo se hizo realidad

aunque más tarde de lo soñado, pues la desconsiderada entropía ya había borrado de sus ojos el brillo azabache.

 

Ya no hablaba con palabras dulces.

Sin embargo, el tenaz lenguaje del resentimiento de aquellos días no había desaparecido de su vida.

 

No vi rastro de amor en sus ojos,

de aquel deseo como el borbotón de sangre que empuja en la garganta y ahoga el respirar el recuerdo del ayer.

 

No se borró nunca de mi memoria

el trazo fuerte, inconfundible, con el que cada noche escribía su nombre.

 

¡Qué terrible ver

cómo se puede desvanecer un amor

incluso de las almendras del que fue todo para mí y al que todo entregué!

 

¡Qué terrible ver

cómo Él, que un día me dijo "eres Ella",

no puede reconocerme.

 

Mi corazón se colgó

en la percha de tus hombros, sigue latiendo y como en las rocas de El Garraf frente al mar, como en la playa solitaria de Empuries donde el viento doblaba pinos y retamas que dibujaban un

 

delicado círculo de paisajes único testigo,

así es en mí tu recuerdo.

 

                                          Johann R. Bach

 

 

1 ene 2014

Admirar ..., me hacía sentir cosquilleo en las manos y me facilitaba la respiración



ENTUSIASMO CONTENIDO



Como si se hubiera abierto

en el interior de mi cuerpo una válvula de escape, comencé a sentir la necesidad de sexo. Aquella premura que me torturaba a todas horas mi bajo vientre me asustó.

Caía sobre mí

como una pesada losa la angustia. Para sentirme más segura quise demasiado amor.

Como los amos de los castillos del Medievo

que agobiaban a sus exhaustos súbditos con abusivos impuestos, reclamé inhumanos tributos amorosos a mis favoritos:



los puse literalmente de rodillas.



Lo consintieron de buen grado,

pero nunca tenía bastante con sus ofrendas. La única amiga capaz de saciarme, Olga, había muerto en un desgraciado accidente. Entonces giré la mirada hacia



el Cielo, el más sublime de los amores.



Me colgué del cuello de las estrellas:

cada noche les pedía que me amaran, que me permitieran tener un pequeño hueco en sus habitaciones llenas de lucecitas.

Pasé muchas noches sintiendo

como caía la oscura bóveda celeste sobre mis sienes como si se estuviera produciendo en mí un cambio. De la corteza de mis hombros surgían alas que me exigían otros movimientos.

De pronto, en una discusión

con el que pretendía ser mi amante en exclusiva, sonó en mis oídos un estruendo insoportable:



"Si quieres que te ame más, sedúceme"



Por suerte contaba con Juliette.

Con ella el exceso era absoluto, incondicional. Era admirable. Escribía poemas preñados de adjetivos incomprensibles… aunque con un cierto ritmo excitante.

Siempre ponía flores en sus largos cabellos.

Se maquillaba los ojos y la cartilla de notas. No podía vivir sola como le pasa a los caballos. De hecho tenía las piernas como ellos: tobillo delgado y muslo ancho.

Sabía cantar.

Hacía saltar y rodar creps y tortillas de patatas por los aires. Era impertinente con todo aquel que no se acercara a mí de manera dócil.



Intentaba impresionarme continuamente.



Mis padres la elogiaban

porque leía novelas de Julio Verne y discutía sobre los aspectos científicos que de aquellas rezumaban.

De aquellas conversaciones aprendí a seducir

sin prisas pero sin pausas. Decidí que leería libros avanzados para según qué niveles culturales y aprendí a escuchar y

reflexionar sobre conceptos modernos

con los que poder construir una línea coherente entre el amor, la admiración y el poder.

Leer "Los Miserables" me encantó

y las descripciones humanas de Dostoievski me fascinaron y con Ana Karenina supe lo que eran las mariposas en el bajo vientre.

Leía y descubría que admiraba.

Ya no leía para que me admirasen. Admirar era una actividad exquisita, me hacía sentir cosquilleo en las manos y me facilitaba la respiración.

La lectura era como ponerse en el lugar privilegiado

para la admiración. Comencé a leer mucho para poder admirar a diario. Así fue cómo me crecieron las alas hasta el punto de osar escribir mis propios cuentos.



                                                             Johann R. Bach