2 sept 2013

Siempre quisiste evitar la trampa del romanticismo

15.  LOS HOMBRES DE MI VIDA (Leandro)

 

             

EN EL FULCRO DE LA BALANZA   (Johann R. Bach)

 

Tu locura siempre fue la misma

que la de aquellas personas que dicen que aman infinitamente y, sin embargo, aman infinitamente poco.

 

Siempre quisiste evitar la trampa del romanticismo:

decir que se siente más de lo que se siente y esforzarse a sentirlo porque se ha dicho.

 

Entonaste un mea culpa, confesa y convicta.

El castigo vino bastante más tarde y es, ahora, este amor sin palabras.

 

Has abierto el correo

aunque sabías, naturalmente, que no tendrías ningún mail de Leandro. Pero esperabas, no sabías cómo, imprecisamente, encontrar en los archivos antiguos algún rastro de sus palabras.

 

Estaban todos, desgraciadamente, borrados.

Medio decepcionada, medio aburrida has comenzado a registrar carpetas sin saber exactamente qué buscabas.

 

De repente, te has encontrado a ti misma,

en unos largos escritos que le escribiste hará cosa de cinco o seis años.

 

Eres, de hecho, otra persona.

 

Con los años, tu gran pasión

se hizo cada vez más densa y difícil de llevar. La vuestra pesaba sobre Leandro y tú y vosotros pesabais sobre ella.

 

Reconoces que hace tiempo te instalaste,

inmóvil y tensa, en el fulcro mismo de la balanza. En un punto muerto.

 

No querías vivir ni querías

que otro viviera en el punto muerto de un sentimiento: cumplir sin deseo los gestos del amor aunque luego descubriste que los hombres -también ellos- simulan.

 

Dejarse es horrible, no dejarse también.

No es cierto que no supieras decirle las grandes palabras. Ahora crees que quizá no se precisen, aun más: que es mejor dejarlas en las golfas o quemarlas como muebles viejos la noche del solsticio de verano.

 

Los románticos –así lo crees-

se apropiaron de todas las palabras mayores y ahora sólo cuentas con las pequeñas. Pero realmente es más difícil encontrar al insignificante insecto que un mamífero.

 

Has encontrado un mail

que le dejaste a la vuelta del dentista en el que le decías, con palabras más o menos vivas, que recordar sus besos había sido la mejor anestesia.

 

En otro mail celebrabas

como una fiesta un día cualquiera simplemente porque él lo pintaba de rojo con su sola presencia.

 

Ingenuidades de bisutería,

que en la distancia te hubieran parecido ridículas si no te hubieran inspirado la más violenta de las envidias.

 

Ahora no sabes si te faltan las grandes palabras.

Pero sí aquella intensidad, y la extraña vibración que electrizaba todas las cosas, aquel estremecimiento dilatado que tensa, aún hoy, los mails más largos que le escribiste y que centellea un momento en los mensajes breves.

 

El juego y el fuego,

la sal y la pimienta del amor en palabras de algún poeta. Hay quien cuando no tiene palabras las toma prestadas. Envíale, pues, todo lo que le escribió la enamorada que fuiste. Es lo que hoy, si fueras capaz, te gustaría poder decirle.
 
                                                    Johann R. Bach

 

 

 

 

Marta ve su retrato convertido en letras. Escribe como si pintara en el aire

                 MARTA GUILLAMÓN      

 

Marta Guillamón se sorprende ahora

al ver cómo sus dedos ganan velocidad bailando sobre el teclado y obtienen una respuesta inmediata y significativa en la pantalla:

 

ve su retrato convertido en letras.

 

Escribe como si pintara en el aire

la puerta por donde salir o huir de sí misma. Aunque lo sabe, no quiere admitir que la puerta sólo conduce al punto de salida, pero una salida

 

donde las palabras cobran vida

 

levantan el vuelo llevando ideas,

inconexas en la mayoría de los casos, a veces originales que, en el hiperespacio, ganan poder y capacidad curativa.

 

Escribe como si extendiera un lecho

de brasas ardientes listas para imprimir sobre las páginas de la vida íntima y secretamente aspira a que alguien las lea.

 

Marta Guillamón aprendió

mientras miraba el horizonte que escribir una página feliz no cambiaba nada en nosotros que sólo pensábamos en corretear por la playa y, sin embargo, siguió escribiendo sin que lo supiéramos.

 

Nos describía,

retenía aquellas imágenes en su retina, cerraba los ojos para memorizarlas:

 

Nos amaba. Como a todo lo que la rodeaba.

 

Tan pronto salía Marta de su casa,

quedaba a merced de los malentendidos; y, llegó a acostumbrarse.

 

Comprendió que ciertas frases le salían de la boca

con placer y complacencia, pero no se detenía en ellas: eran sentencias.

 

Sí, sí, sentencias inapelables

sobre la vida del espíritu cargadas de erotismo salvaje, casi dictámenes médicos de los que tardamos en recuperarnos.

 

Todo en ella adquiría gravedad liberadora

 

como si los límites del tablero donde

ha de tener lugar la batalla quedaran por fin perfectamente definidos, como si hubiera establecido al fin el ámbito donde cualquier gesto,

 

cualquier palabra, adquiere el sentido deseado.
                                                         Johann R. Bach

 

 

 

 

Sé que el agua es un vínculo

Agua y lluvia en Alt Treptow

Llueve

en mitad de la noche, en la noche de Kiefholzstrasse, como si aún fuera posible más oscuridad.

 

Puedo escuchar el agua

que araña los tejados y convierte la Köpeniker Landstrasse en un oscuro afluente del Spree mientras pasa por el bosque de Plänterwald;

 

como una gran vena negra

el agua discurre arrastrando, rastros de nuestra civilización, diminutos y abundantes trozos de caucho manchado de humo y aceite sobre el asfaltado terreno guardián del Treptower Park.

 

Lentamente,

me acerco a la ventana y sólo encuentro oscuridad y agua: el fondo de un océano.

 

Sin embargo,

es todo tan hermoso y tan extraño -¿Recuerdas?- como rozar la piel de una foca.

 

¿Por qué darle sentido a cada cosa?

La noche y su hemorragia incontenible, por ejemplo.

 

Sé que el agua es un vínculo,

entre tú y yo, y que el sol de mañana mostrará con orgullo

la enorme cicatriz del horizonte de manzanos de Dammweg.

 

Rio Spree, perezoso

mientras atraviesas, como nosotros, entre Treptower Park y la civilizada península de Alt Stralau, buscando el mañana, bañas a las chicas de Kreuzberg, pero ha de ser buscando el mañana,

 

porque si no hay mañana nada importa.

 

                                                                                 Johann R. Bach

1 sept 2013

Cuando la luz del sol se solapa con el sonido del eco

                       ENTRE OBRAS DE ARTE

 

Tuve ocasión de observar

a Marta Guillamón cómo iba y venía airosamente lejana, entre inciertas imágenes inertes de antigua y cansada belleza en El Louvre ya oscuro,

 

cuando la luz del sol se solapa

con el sonido del eco y resbala en los grandes ventanales; afuera llueve chispeando y retumba el viento delicadamente.

 

Vi cómo sus ojos se elevaban

hacía la cúspide de la pirámide transparente como si en su imaginación el sol y las estrellas que flotan en el aire libre le pidieran entrar también en el museo.

 

Leí las palabras que escribió

en su cuaderno azul el de los poemas celestes: "La tierra de forma de níspero –según John Glenn el primer astronauta americano que orbitó sobre la tierra- y nosotros sobre ella, su rumbo, es sin duda grandioso,

 

no sé cuál sea,

sólo sé que es grandioso y que es felicidad, y que el designio que envuelve todas estas imágenes aquí no es una especulación".

 

"Según los astrónomos

este níspero cargado de obras de arte viaja hacia un punto en el firmamento denominado Ápex y este viaje mismo no es algo que pueda ser retrasado en una contingencia".

 

"Todos estos siglos de arte

viajan con sus reliquias hacia ese punto al cual se dirige el sol a una velocidad de vértigo -14 km por segundo-,

 

con todas estas joyas bien protegidas

por expertos paleólogos y sujetadas con nudos marinos como una delicada carga en las bodegas de un avión".

 

Tuve ocasión de observar

a Marta Guillamón cómo iba y venía en el incesante laberinto de los pasadizos, entre inciertas imágenes inertes de antigua y cansada belleza en El Louvre ya oscuro.
                                                                                             Johann R. Bach

CASIMIRO EL HOMBRE DE LA ong

3.     LOS HOMBRES DE MI VIDA (Casimiro)

 

                                              Je m'appel Casimir

 

"Je m'appel Casimir"

solía, con esas palabras, comenzar sus actuaciones de guiñol ante el numeroso público infantil de los poblados de Costa de Marfil. Con ellas y su sonrisa transmitía diversión a los castigados niños de un país que la diosa Fortuna desconocía.

 

Mientras Casimir balanceaba

alegremente sus manos, transmitía entusiasmo y optimismo a todos los miembros de la ONG. También a mí me transmitía paz bajo aquellas tormentas de luz.

 

¡Ah! ¡Qué horas de éxtasis salvaje

a media tarde a la orilla de un rio esmeralda! El alma cantaba –os lo aseguro- levemente la canción de la caña amarilleada con ardiente devoción.

 

El ritmo trepidante

de rudimentarios instrumentos de percusión me excitaban hasta el delirio.

 

Luego al derrumbarse el sol

Casimir miraba largamente los ojos estelares de un sapo demasiado grande para este planeta, palpaba con manos estremecidas el frío de la piedra antigua y debatía con los compañeros la venerable leyenda de la fuente azul.

 

¡Ah! ¡Qué peces de plata

enseñoreándose en el río! ¡Qué frutos cayendo maduros de los árboles! ¡Qué sugerentes ojos los de muchachos ávidos de participar en la danza del mundo!

 

Los acordes de sus pasos

le llenaban de orgullo y de menosprecio por aquellos humanos que ignoraban -en el mejor de los casos- a aquellas pacíficas e ingenuas1 comunidades.

 

Al entrar en la tienda

se tumbaba junto a mí con la cabeza apoyada en una enorme almohada observando la porción de cielo estrellado observable a través de las ventanas mosquiteras y comentaba cómo iba prosperando nuestro proyecto.

 

Antes de rodearle el pecho

con mi brazo ya se había dormido. Todo su amor era para aquellas gentes. No podía entregarme su sexo sin beber vino. Su libido era inexistente a menos que se emborrachase.

 

Después de la campaña de vacunación

de aquel verano volví a Bruselas sin remordimientos de abandonarlo todo para volver a empezar.

                                                                            Johann R. Bach

1.        Etimológicamente ingenuo es una persona que es libre y no lo sabe.

 

 

Ahora tú, Maestra de una tierra de membrillos, almendros y olivos ...

    UN  MAR  ANTE  UNA  TARIMA

 

También en Cadaqués

las niñas de tu época se hacían mayores de la noche a la mañana. Al parecer, Marta Guillamón lo sabía y no podía ni quería impedirlo;

 

no podía volcar un continente líquido

llamado Mediterráneo sobre las aún tiernas espaldas de las niñas menores: ellas estaban comiendo aún su bocadillo en el recreo de las diez. Hubieran creído que la Geografía era falsa, que la maestra Galí les mentía.

 

Marta Guillamón decía

que el mar empezaba en Galicia, en el borde del mapa; se extendía, dando la vuelta por el estrecho de Gibraltar, hasta la rocosa península del Cap de Creus donde la tramontana paraba a todos los vientos.

 

Sabes que los más inteligentes

y maliciosos esbozarán una sonrisa de superioridad cuando oigan ese descubrimiento, esa sonrisa que les causa el mar inesperadamente marcado por Marta en mitad del viejo mapa pacientemente elaborado por los marineros.

 

Sin embargo -esa sonrisa-,

no será tan luminosa como la alegría que sienten ante la tarima reluciente de las filas de olivos o el campo arado detrás de los granados: y eso es el mar.

 

Por eso abandonaste

la creación en manos de esos pequeños alumnos todopoderosos. Ahora tú, Maestra de una tierra de membrillos, almendros y olivos te darás por satisfecha si detrás de aquellas niñas de Cadaqués, sobrevive, real y verdaderamente, un puerto.

 

Es verdad: el puerto de Cadaqués

no es una tarima imaginaria frente al mar; es un refugio donde la lengua saborea la vocación marinera y refractaria del Cap de Creus.
                                                                                      Johann R. Bach

 

En mi mente han aparecido las líneas de un paisaje

        LOS  ESPEJOS  DE  GEORGINA

   

Cuando me trasladé

a casa de Georgina quedé presa como una libélula del aura de los espejos que en ella encontré. Allí todo es un espejo que invade tus ojos, se empeña –te obstinas- en asediar la imagen imprevista.

 

Allí no sólo el agua,

el metal terso, la página blanca, la piedra que conforma sus estatuas, sino también sus manos que imponen su orden en las cosas, la fuga del tiempo y su retorno, siempre imprevisto, el miedo a los pasos que van negando los caminos.

 

Hoy mismo, después de contemplar el espejo,

colgado a mi altura, no para verme sino para buscarla a ella cuando no está en casa, me he estado fijando en las dos luces iguales que presiden su superficie intachable, de la que he logrado desterrar pared y cortinas;

 

y, en mi mente han aparecido

las líneas de un paisaje sin sueño; el aire mismo se ha prestado al olvido de los problemas con mi exmarido.

 

¿Es todavía espejo o es ya fuente?

He tenido la sensación que no quisiera parecerme a alguien que no se atreva a contemplar su propio rostro. He sentido cómo al mirar ese espejo realmente la estaba esperando como un único esfuerzo.

 

Me he puesto a leer

–uno de mis mayores placeres-, y un insecto diminuto se ha parado en el margen de una página; lo aparto sacudiendo la hoja (delicadamente, para no hacerle mal) y casi al instante, de un salto se ha situado allí de nuevo.

 

Parecía como si me invitara

a fijarme en él: era un díptero, todo él de color verde con algunas manchitas amatistas, no doméstico, casi triángulos equiláteros las alas lucían paralelas al papel en que posaba las patitas, me ha recordado a las libélulas.

 

Demasiado abierto,

el cuerpecillo casi tocaba el blanco de la página. Un trazo firme de precioso verde esmeralda, extremadamente sutil, bordeaba las alas transparentes,

 

como celofán cristalino

me exhortaban a mirarlas bien para percibirlas mejor, a fijarme en la perfecta simetría de su vivo soporte.

 

Suavemente

intentaba apartar a aquel diminuto ser con la punta del bolígrafo, pero se volvía a instalar tan cerca del libro, sin intentar huir que me pareció que buscaba compañía aunque no fuera yo de su misma especie.

 

He intentado ahuyentarlo

de nuevo con un ligero soplo. Se resistía a marchar. He pensado que era una vida ya sin instinto de conservación, que su final estaba próximo y me he desentendido;

 

hasta sentirla posada

en la parte de mi mano ¡temblor! que yo no veía, la que estaba frente al libro, esperando, toda, el momento de pasar la hoja, la vuelta del tiempo…

 

He continuado leyendo y pasando páginas:

mi escala en el tiempo es otra. Pero nuestros universos son una misma cosa.

 

He vuelto a mirar mi rostro en el espejo,

esperando la noche para dar un corto paseo con Georgina.
                                                                                                              Johann R. Bach

Tuve que leer El Quijote

YO, MARTA GUILLAMON Y  LOS HOMBRES DE MI VIDA

 

Para conocer a los hombres

no tuve que acostarme con todos ellos. Como no me bastó con mirar a mi alrededor, observar a los compañeros de mis amigas y escuchar lo que de ellos decían ellas,

 

tuve que leer El Quijote,

el Código civil y el Código Penal. Y aun así tuve que grabar en mi ADN la mayoría de las guarradas de los dioses de El Olimpo.

Lo que no se explican los médicos es el pánico al bisturí

DESPUÉS DE UNA OPERACIÓN

 

•             Estreñimiento.

•             Varices esofágicas

 

                                              OPIUM C15

 

El padre de Oliver, Herr Sachs,

se ha instalado en el número 1 de la Puderstrasse, frente al parque. Apenas sale a la calle y me he enterado por los comentarios que estaban haciendo, en la peluquería del número 2 de la misma calle, la mujer de Oliver y la peluquera.

 

Herr Sachs, por lo que he oído,

es un señor autoritario que toda su vida ha dado órdenes a todos los que le han rodeado.

 

Era maestro de obras y trataba a su familia como si fuera una brigada de trabajadores: repasaba a diario qué era lo que había hecho cada uno y qué debía hacer al día siguiente.

 

Durante toda su vida

fue malhumorado por las mañanas y padeció continuamente de hemorroides. Ahora está postrado la mayor parte del día en una silla de ruedas, por lo que cuenta la mujer de Oliver, lo que se debe a una operación de varices esofágicas.

 

Después de esa operación

y al objeto de evitar el cierre del esófago por espasmo, se le ha introducido una prótesis metálica que le permite el paso de los alimentos sin dificultad alguna.

 

Uno de los inconvenientes

de dicho artilugio es que el intestino se le paraliza y la persona no puede defecar sin la ayuda de una lavativa.

 

Los alimentos en el intestino

producen mediante putrefacción toxinas que hay que eliminar; de otro modo esas toxinas van al cerebro y pueden llegar a producir un coma,

 

Pero si se le vacía el recto

mediante lavativas de cánula larga con demasiada frecuencia los nutrientes no están suficiente tiempo en el intestino para ser absorbidos y se origina una anemia.

 

Herr Sachs sabe

lo que es el estreñimiento crónico y sus consecuentes hemorroides.

 

Todo ello lo sufren las personas

con exceso de responsabilidades, pero en este caso el estreñimiento parece que se ha producido por parálisis del intestino.

 

Lo que no se explican los médicos

que lo atienden es el miedo atroz que sufre Herr Sachs sin ningún motivo. Es un miedo paralizante que se refleja en su rostro abotagado y en las dilatadas pupilas.

 

Oliver es el Hausmeister

de varios inmuebles, entre los que se encuentra el mío de la Elsenstrasse, y a pesar de que es bastante parlanchín, no suelta una sola palabra sobre el tema. ¿Será que se ha contagiado del pánico de su padre?...

                                                                               Johann R. Bach

Con la cara encendida y aturdida sólo espero que se marchen todos

EL INSOMNIO DE LOS TÍMIDOS

•             Insomnio en altitud

•             Timidez

                                          COCA C15

                                          PULSATILLA C15

 

No he dormido en toda la noche.

Escribo estas líneas desde el refugio de montaña denominado Jungfraujoch situado a 3.454 metros de altitud a punto de que mis compañeros comiencen el ascenso al Jungfrau.

 

Yo no voy a subir.

No me encuentro bien. Siento una especie de desvanecimiento similar al que sentí cuando me dieron el primer beso en los labios a los quince años.

 

Ya me encontraba mal

mientras subíamos con el tren cremallera (el Jungfraubahn); la vista se me nublaba por momentos y en la espalda notaba un roce extraño al apoyarme en el respaldo de mi asiento como si tuviera granos de arena rozándome; las piernas apenas me sostenían y por mis manos corría un hormigueo molesto.

 

Los amigos han intentado animarme

y han insistido lo indecible para que no desista de la excursión, pero no me han convencido: Me encuentro realmente mal y quisiera volver a mi estudio, donde estaría a salvo de las miradas de los demás: unos me miran con pena, otros se molestan por mi debilidad,... todos parecen desaprobar mi actitud. Eso me hace sentir aún peor.

 

Hace un momento Angelika

me ha dicho que ella tampoco subirá al pico más alto del macizo situado al sur del cantón de Berna y se va a quedar conmigo en el refugio. Me he ruborizado como cuando un chico te dice por primera vez que le gustas.

 

Siempre he sido tímida.

 

Ahora siento que la sangre

se me agolpa en las mejillas con sólo notar que me miran y siento en el estómago una sensación de vacío que me hace imposible mantener la mirada alta.

 

Con la cara encendida y aturdida

sólo espero que se marchen todos porque me da la sensación que su presencia me da dolor de cabeza; la ansiedad se apodera de mí; la respiración es difícil y entrecortada.

 

El reloj parece haberse detenido;

avanza lentamente como si le faltara cuerda... y yo sigo escribiendo para olvidar que lo estoy pasando mal.

                                                                            Johann R. Bach

¡Oh noche! ¡Qué sagrado corazón el tuyo!

ORACIÓN NOCTURNA JUNTO A UN RIO

¡Oh noche!

 

¡Qué sagrado corazón el tuyo!

Omnipaciente como las calladas constelaciones del Cangrejo y del Centauro desconocidas por todos, aunque algunos vigilantes de los cielos obtienen de tu profundidad lo mejor que tienen.

 

Ahí están como Laplace, Copernico, Kant…

Cosechan los pensamientos y el espíritu tuyos, les gusta vendimiar la uva, no se burlan de la viña arrastrada y vagan balanceándose y sin poda por el suelo.

 

¡Oh noche!

 

De cielo elevado y genio severo,

en cada crepúsculo me recuerdas que existimos gracias al Amor, que somos tuyos y que a veces lloramos de rabia, porque reconocemos que renegamos necia y constantemente de nuestra propia alma.

 

Pero en tu generosidad

algunas bellezas no nos puedes ocultar: el verde adorable, los vastos jardines desde lo alto de tus aires en la clara montaña en el preciso momento en que el sol se derrumba.

 

¡Oh noche!

 

Permítenos seguir recorriendo los sonidos

de un simple río en su nacimiento cuando su rumor ya no lo vemos con los ojos y agudiza el violín de los tímidos grillos que se crecen en la oscuridad.

 

Agradezco que de vez en cuando

apartes los gruesos nubarrones y disipes las neblinas de forma que podamos seguir cielos y caminos como la Via Láctea y la estrella polar;

 

que insistas en preservar

el espíritu amable de las estatuas divinas y que, cada día, la clara paz favorable de tus estrellas aplaque la perversa confusión.

 

¡Oh noche!

 

¿Dónde podemos hoy

hallar a esos sabios audaces, insobornables, que nos ayuden a orientarnos en las frías noches del invierno de nuestras almas? Aún te demoras y callas, meditas una obra dichos que hable de ti, tramas una creación nueva, la única, como tú misma, que nazca del Amor y sea fértil, como tú. 
                                              Johann R. Bach