4 jun 2013

Con el mejor comentario de "La Lectora Agradecida"

EL CAFÉ CON LA CHICA DE LA LIMPIEZA

 

Estoy desesperada. ¿Me comprendes Marta?

Si no fuera porque tú y otras vecinas me dais los vidrios para limpiar nos moriríamos de hambre.

 

Yo no nací para sobrevivir

rebuscando entre los contenedores. ¿Me comprendes Marta? Antes de llegar a eso me pegaría un barrigazo. ¿Me comprendes Marta? Sí, sí. Me tiraría desde lo alto de la Sagrada Familia.

 

Las niñas me dan

un montón de dolores de cabeza y me llevan de culo. ¿Me comprendes Marta? Y para más "inri" mi pareja está otra vez sin trabajo. Fuma más que nunca. Y me siento afortunada porque no bebe.

 

La mayor sólo come

gracias a que mira a las golondrinas piar sobre los alambres de tender la ropa. ¿Me comprendes Marta? Se queda con la boca abierta y así consigo meterle alguna cucharada.

 

Mastica un poco, sin ganas,

y da vueltas y vueltas a cada bocado hasta formar una bola, a veces imposible de tragar y la escupe. ¿Me comprendes Marta? Mientras mira el televisor le doy puré y la mitad se le cae en el babero sin despegar los ojos de los dibujos animados.

 

Se alimenta casi únicamente de palitos de sal.

¿Me comprendes Marta? Está tan delgada que podría escurrirse entre los barrotes del balcón. Para evitarlo hemos puesto unas grandes jardineras con cactus.

 

Mi pareja me dice que tiene celos de él.

¿Me comprendes Marta? Y tal vez se esté dejando morir. A mí me parece imposible, pues sólo se llevan once meses y parece que juegan a gusto.

 

Aunque pensándolo bien…

Cuando vamos de paseo, a menudo algún turista me para por la calle. ¿Me comprendes Marta? Me pregunta si puede hacer una foto a las niñas. Yo las coloco a las dos, pero él sólo quiere retratar a la pequeña con su lacito a cuadros en el pelo y su peto azul y sus zapatitos blancos.

 

Nadie quiere fotografiar a una niña de mirada triste.

 

Cuando me enteré de que estaba embarazada

De la mayor quise deshacerme de ella. ¿Me comprendes Marta? Me pasé semanas enteras moviendo sofás y cambiando de sitio una y otra vez los muebles. Hasta soñé caer por las escaleras.

 

¡Erámos tan felices los dos solos!...

Antes de que me abandonara al quedarme embarazada por segunda vez. ¿Me comprendes Marta?

 

A veces me parece que comprenden

todo lo que hablo en voz alta. ¿Me comprendes Marta? Cuando me pasa eso por la cabeza tengo la sensación que los niños oyen hasta lo que una no llega a pronunciar jamás.

 

Y ven lo que nadie percibe.

¿Me comprendes Marta? Sólo que no lo dicen, lo llevan en los ojos.

 

Voy a continuar limpiando los cristales

antes de que me salten las lágrimas. ¿Me comprendes Marta?

 

                                                                          Johann R. Bach

 

COMENTARIO

 

Marta Guillamon té la paciència d'escoltar el rosari de laments que enfila la seva noia de la neteja mentre fan un cafè.És un personatge que recorda "L' Elionor" de Miquel Martí i Pol en la mesura que retrata el destí de la dona de la classe treballadora.

La crisi actual ha convertit el drama del destí de l' Elionor ( la seva filla farà com ella, treballar a la fàbrica com un estigma de classe) en una tragèdia: ara l'amenaça de quedar-se sense feina fa que el personatge pensi en el suïcidi (com la Colometa de La plaça del diamant de Mercè Rodoreda) tot tirant-se daltabaix de la Sagrada Família... Quantes víctimes hi ha hagut ja, per aquest motiu, a l'Estat espanyol, a França, a Grècia...?.

 

El poema també tracta aquest (primer?) patiment infantil que és la gelosia i la capacitat de les criatures d'intuir, de saber, si els adults que tenen a la vora són feliços o infeliços...

 

La Marta Guillamon, a més de convidar-la al cafè i escoltar-la fins que aboqui tots els seus neguits de forma catàrtica, li hauria d'explicar que en aquest món, tot és relatiu, felicitat i infelicitat incloses i fer-la adonar de la bellesa que l'envolta, la consciència de la qual bellesa és el secret de..."El somriure de marta Guillamon"...

 

El registre lingüístic, recolzat en la repetició (anàfòrica, reiterativa, retòrica...) de la mateixa frase reflecteix alhora el registre col·loquial- popular del personatge i actua com a element de contrast entre la lleugeresa de la forma i la gravetat del contingut.

 

 L'enhorabona pel poema i molta sort a totes les noies de la neteja dels nostres dies...

 

                                                        La Lectora Agraïda

 

(Traducción de Leo P. Hermes)

 

Marta Guillamon tiene la paciencia de escuchar la letanía de todo un  rosario de lamentos que hilvana su chica de la limpieza mientras hacen un cafè.

 

És un personaje que recuerda "La Leonor" de Miquel Martí i Pol en la medida en que retrata el destino de la mujer de la clase trabajadora. La crisis actual ha convertido el drama del destino del Leonor (su hija hará como ella, trabajar en la fábrica como un estigma de clase) en una tragedia: ahora la amenaza de quedarse sin empleo hace que el personaje piense en el suicidio (como la Colometa de la Plaza del Diamante de Mercé Rodoreda), apoyándose en un hipotético descalabro desde lo alto de la Sagrada Familia ... Cuántas víctimas ha habido ya, por este motivo, en España, en Francia, en Grecia ...?.

 

El poema también trata este (primer?) sufrimiento infantil que son los celos y la capacidad de las criaturas de intuir, de saber, si los adultos que tienen en su entorno son felices o infelices ...

 

Marta Guillamon, además de invitarla al café y escucharla hasta que vierta todos sus preocupaciones de forma catártica, le debería explicar que en este mundo, todo es relativo, felicidad e infelicidad incluidas y hacer que se diera cuenta de la belleza que le rodea, la conciencia de la que belleza es el secreto de ... "la Sonrisa de Marta Guillamon" ...

 

El registro lingüístico, apoyado en la repetición (anafórico, reiterativo, retórico ...) de la misma frase refleja a la vez el registro coloquial - popular del personaje y actúa como elemento de contraste entre la ligereza de la forma y la gravedad del contenido.

 

La enhorabuena por el poema y mucha suerte a todas las chicas de la limpieza de nuestros días ...

 

                                                         La Lectora Agradecida

Cuando se despiertan los campos y tu siegas con tus rubias manos

    LA LUZ DEL GRANADO

 

Silbando en cámaras abovedadas,

atraviesa la tramontana con su terquedad y murmullo un auténtico laberinto de flores fucsias, la luz salta en él esparciendo sus sonrisas

de frutos granados de vida.

 

El legendario arbusto ríe a carcajadas

con hojas recién nacidas en el alba abriendo los colores desde arriba, estremeciéndose de triunfo.

 

Cuando se despiertan los campos

y tú siegas con tus rubias manos los tréboles de tus sueños, es el granado que pone inesperadamente en tu verde cesta las luces.

 

¿Ha sido siempre el granado

el que ha disipado la niebla del mundo? Nunca triste, nunca gruñón

grita la nueva esperanza que nace, saluda en la lejanía, sacudiendo un pañuelo de hojas de llama fresca, a dos mil barcos que rasuran el horizonte que con olas que dos mil veces van y vienen civilizando playas y acantilados salvajes.

 

Es el granado el que hace rechinar

las altas velas y veletas que se refriegan en el aire transparente y en las alturas con el racimo cobalto, insolente, lleno de peligro.

 

Quiebra el granado

 -como el fulgor de tus ojos mi amor- con la luz en medio del mundo

los nefastos tiempos llenos de huracanes y, de parte a parte, extiende su pequeña yema del día.

 

No importa que las tormentas destruyan

y arrasen ciudades y campos; el granado siempre volverá a llenar las costas mediterráneas de Granadas y Barcelonas.         

                                                                                              Johann R. Bach

3 jun 2013

Después de subir al ático, con el ascensor averiado ...

       EL AUMENTO DE ENTROPÍA

 

Os imagináis a Marta Guillamón

volviendo a casa, enamorada, oliendo el aire dulzón, irrespirable, de la tierra empapada, los grumos opulentos de la fermentación;

 

volviendo

mientras las hojas descosidas liberan sus metales y el agua de los charcos reflejando un cielo marrón que le sigue con la mirada.

 

Después de subir al ático,

con el ascensor averiado, jadeando y combatiendo el ascua silenciosa del invierno:

 

la cara y cruz del hielo;

 

después de quitarse la blusa

empapada como hoja que penetra y adormece la piel; entrando en la noche rapaz que viene a someterla a la dura prueba.

 

Con los pechos al aire

y secándose el pelo escucha a su compañero –estudiante de Ciencias Físicas- que repite como si fuera un loro, grabando en su ADN los conceptos más absurdos:

 

vida es aquello

que hemos aprendidos a considerar vida. Vida –sigue repitiendo-… vida es aquello asociado a ciertos elementos químicos que hemos aprendido a asociar a su presencia (nótese la repetición de la palabra "misteriosa" asociar).

 

Marta parece no oír bien,

pero hace un esfuerzo por entender: "hay vida allí donde el grado de entropía es reducido y estable, es decir, allí donde se incumple la segunda ley de la termodinámica y se impone la rebeldía.

 

Marta empieza a comprender.

Se baja los tejanos. Su entropía se está desbordando entre las piernas.

 

Todo tiende al caos

y al desorden –oye decir-; todo se deshace y envejece sin remedio. Son casi las últimas palabras antes de apretujarse

 

a una boca

revuelta, como un ardiente caos, entre sábanas de colores.
 
                                                                                 Johann R. Bach

Ahora que mis años me lo permiten reconozco ... que fui el kitsch de los dioses

      CURRICULUM SURREALISTA

Quizá sea útil decir

-para algunas personas que se tienen por muy masculinos- que los hombres no somos un "chollo".

 

Para empezar podría decir

por ejemplo, que es difícil encontrar cualidades –contrariamente a lo que manifestaba Platón- entre los hombres, aunque es verdad que, parafraseando a De Gaulle, no los conozco a todos.

 

Ahora que mis años

me lo permiten reconozco que hubo un tiempo en que fui el kitsch de los dioses. Pero procuré, por todos los medios, no robarle a nadie su antorcha.

 

A pesar de la embriaguez

espiritual y el menosprecio por la vida sencilla, no llegué a ser un Prometeo con su morro lleno de coñac.

 

Mi vejiga –es cierto-

siempre fue débil y ya desde muy joven me inclinaba apoyándome en la pared para poder orinar,

 

por ello nunca dejé entrar en el baño

a nadie y procuré que el ganado vociferante por encima del establo se mantuviera alejado de la casa;

 

y, me acostumbré a oír sus gritos

como si alguien le diera al tambor. Me aparté del arrabal y de Mefistófeles por pisos, mientras todo a mi alrededor se moría de risa.

 

Hice lo que todo hombre ha hecho:

Mearme sobre todas las moscas que se ponían al alcance de mi chorro cuando en el campo regaba con mi orina a cualquier arbusto.

 

Me negué a jugar a las canicas

con los cráneos de la facultad desde el día que presencié el despedazamiento sangriento de una persona atropellada por un tranvía. Soñé con aquellos despojos humanos durante meses.

 

Me aficioné al zumo de frambuesas

en bosques y campiñas y giraba el rostro evitando la mirada al pasar delante de las inscripciones en placas de mármol,

 

el mismo frío mármol

donde se lavaban los cadáveres abandonados que llegaban de vez en cuando al Hospital.

 

Justamente delante del Clínico

holgaban los ociosos bomberos con sus grandes barrigas y contrariamente a lo que predijo el poeta su perro no se quedó junto a la estufa. Y… ¿A quién le importan los perros subvencionados?

 

Por más vueltas que le diera

al paisaje siempre me topaba con la invariabilidad de lo psíquico; y, alguna vez ante los ensayos asociativos del Rector de la Universidad de Barcelona;

 

quería meternos a todos

en un sindicato facha (el SEU) que gestionaba los garbanzos de los garbanceros oficiales. Pretendía que todos comiéramos garbanzos. ¡Garbanzos para todos! Era su consigna.

 

¿Qué podría decir aún…?

¿Mi posición ante lo somático del sistema y lo secretivo de las sinopsis? Alguien duda, a estas alturas, de mi capacidad para negarme a meter en mi cabeza

 

La suma de hechos históricos

narrados precisamente con el discurso de los vencedores –léase falsos- y el montón de pequeños estímulos junto a la acumulación de las discrasias más triviales;

 

o incluso las consecuencias

y problemas de la formación de tipos en la tipología (no la topología como ciencia matemática).

En efecto, yo también creí

durante algún tiempo que antes de escribir poesía debía saber física, filosofía, derecho, biología, astronomía, etc. etc., pero pronto

 

aprendí a reírme

de la alegría del dinámico, del basilisco depresivo, de la filigrana del neurótico y de la distinción del bruto que cree que por bien que hagas una cosa siempre habrá un millón de personas que lo hagan mejor que tú (ley matemática contraria al mito de Pigmalión).

 

Tuve mis devaneos con Darwin:

Me fijé en la apacible jirafa, en la bolsa marsupial de los canguros, en cómo amibaba la ameba. Les pedí a todos aquellos animales una sombra de futuro, de su evolución, y no me hicieron caso. ¡Nada! Ni un gruñido.

 

A partir de entonces

los consideré tan bien como a los humanos: todos como figuras deambulantes con buen paso sin mito, engañados, engatusados,

 

personalidad venganza de la creación,

buscadores del bienestar rollizo; metafísica de antítesis latentes, baño de azúcar en bañeras llenas de miel y –Yohimbin 4 DH1-

 

Este es "grosso modo" mi "curriculum"

para ser tenido en cuenta para contratarme o llegado el caso, para despedirme.

                                                                                     Johann R. Bach

 

(1)           Yohimbin 4 DH: Medicamento homeopático que refuerza la libido.

 

Cuando puedan contar los surcos que ha dejado las lágrimas

    AMAR HASTA EL ÚLTIMO LATIDO

Cuando los latidos

de tu corazón pierdan fuerza, te mires al espejo y te cuenten las líneas del código de barras como una delicada orografía de distendidos labios que han perdido su categoría geodésica;

 

cuando puedan contar

los surcos que han dejado las lágrimas y las preocupaciones curven tus comisuras y ya tu cuerpo responda despacio a tus deseos…

 

Cuando sueltes blanca tu cabellera

para dormirte temprano y sobre tus rodillas enmohecidas por el peso de muchos inviernos, y caiga sobre el lecho tu libro preferido porque se te han cerrado los ojos,

 

tu corazón seguirá rebelándose,

donará sus pulsaciones, y como otras veces intentarás disipar tus dudas y los anhelados horizontes también saludarán tus artificiales mañanas con el recuerdo de sus besos.

                                                                                     Johann R. Bach

 

 

2 jun 2013

...conocí los Sanfermines y el nombre de Euskal Herría;

        ITZIAR NO PEDÍA NADA

         Y LO CONSIGUIÓ TODO

                                                                               El Txupinazo en Llodio

 

Corría lluvioso el febrero de 1.98 …

cuando yo, lleno de orgullo, aún joven y con más pelo que ahora en la ardiente cabeza, viajé a Euskadi por segunda vez.

 

Diez años antes, conocí los Sanfermines

y el nombre de Euskalerría; dormí sobre la tarima de un teatro en Loyola junto a los veinte integrantes de viajeros que recorríamos ese maravilloso país y admiré el color de su paisaje.  Apenas vi monumentos y mucho menos hablé con sus ciudadanos: sólo aprendí a decir ¡Gora Euskadi!

 

En el segundo viaje lo hice en solitario

con una carpeta que contenía el poder notarial a mi favor de Andoni natural de Llodio y un montón de ilusiones por conocer un poco más a fondo a las gentes de Euskalerría.

 

Todo empezó con luna llamada

de la recién creada Ertzaintza a Andoni. Muy mayor el hombre no pudo atender la llamada. Se puso al teléfono Maria Rosa, la mujer de Karlos amigo casi desde la infancia de Andoni.

 

Un policía de nombre como una provincia española,

pongamos por caso Salamanca, le comunicó a Maria Rosa que la hermana de Andoni había fallecido y que tenía la custodia de las llaves del piso donde Carmen había vivido.

 

Salamanca explicó a Maria Rosa

que el único familiar localizado era Andoni y que las llaves de la vivienda de su hermana con todos los documentos hallados estaban custodiados en la Comisaría de Llodio.

 

Andoni que caminaba ya con cierta dificultad

depositó en mí toda su confianza para hacer cuantas gestiones fueran necesarias. Así que cogí el coche aquella misma tarde y partí hacia Llodio.

 

Durante el viaje no pillé más que lluvia y viento.

Para no aburrirme decía en voz alta: No te atontes con el día de mañana. Estás mirando el invierno que franquea las llagas y corroe las ventanas, y sin embargo, …

 

"La muerte de una persona –iba pensando-  

produce efectos de todas clases: por ejemplo yo mismo me hallo en mitad de la noche, bajo una lluvia torrencial considerando el insulto de los sufrimientos de toda una vida como una chispa nómada que puede desaparecer en su propio incendio".

 

Plantado ya ante la barrera de la Comisaría

en una tierra, considerada por mí, llena de peligros, bajo la lluvia en una noche oscura, sin una luna de esas que cambian de jardín, me maravillaba la idolatría de la vida.

 

Sin mediar palabra (me estaban esperando)

el Puertas me condujo hasta el despacho de Salamanca. Con una amabilidad inusitada me dio las llaves del apartamento, llamó por teléfono a la vecina del mismo rellano del piso de la hermana de Andoni y sorprendentemente me dijo que me esperaba a pesar de que el reloj marcaba las dos de la mañana.

 

En cuatro palabras Salamanca

me puso al corriente sin mirar siquiera el poder que me había otorgado ante notario Andoni. Al fallecer su hermana uno de sus amigos, el carnicero del barrio estaba desvalijando su piso cuando la vecina llamó a la policía.

 

Simplemente con el dato de que Andoni debía de andar por Sabadell Itziar localizó el teléfono de la familia Lera originaria de Torrelavega. Por lo visto José Lera se había dedicado a vender leche de su propia vaquería y se había llevado a Andoni, su amigo de infancia, como trabajador. Ya cargados de años cerraron el negocio, pero el teléfono continuó figurando en la Guía Telefónica como vaquería de karlos Lera.

 

Andoni continuó viviendo

con la familia Lera como un miembro más. La familia me envió a mí a averiguar todo lo relacionado con la posibilidad de hacerse cargo de los bienes de la causahabiente hermana de Andoni.

 

Itziar me recibió con un té a punto

como si fueran las cinco de la tarde, me explicó todo lo que sabía,  luego me enseñó los objetos que había salvado del expolio del carnicero, me llevó hasta la habitación que me había reservado y me dio las buenas noches extrañamente familiar. Por la mañana aún no eran las siete cuando me despertó con los cafés en una bandeja y se sentó en mi cama mientras nos los tomábamos.

 

Me ayudó a revolver los papeles

que en cantidades ingentes, llenaban casi todos los cajones. Libretas de ahorro de varios bancos, algunas cartas haciendo referencia a títulos de acciones de compañías eléctricas y Telefónicas y un contrato privado de compraventa de un apartamento en La Manga del Mar Menor en Murcia fue todo lo que pudimos hallar.

 

Hablé por teléfono con el promotor

de la urbanización de San Pedro del Pinatar el cual me explicó exhaustivamente todo lo acontecido con el apartamento: No se llegó nunca a perfeccionar la compraventa.

 

Durante toda la mañana fuimos

de banco en banco recogiendo el poco dinero que había en cada cuenta. Hay que decir que en todas las sucursales ante la situación nos dieron todo lo que había en las cuentas con el sólo hecho de enseñar el Poder otorgado por Andoni. En total recogimos cincuenta y dos mil pesetas.

 

Al mediodía Itziar me llevó

a un restaurante algo lujoso y me presentó a sus dos hijas: Baiza de vinticinco años y la menor de diecinueve Madalen. La mayor, algo entrada en carnes, simpática y bonitos ojos tras una gruesas gafas, era callada y con su tímido carácter parecía haberse adaptado a una posible soltería puesto que no tenía ganas de salir con amigos y su vida se colmaba, por lo menos aparentemente, con el trabajo de dependienta en una panadería.

 

Madalen, por el contrario,

era alta y esbelta, con una cabellera larga teñida de rubio como una valquiria, con sus hierros en los dientes parecía aún más joven. Sus sugerentes ojos eran su mayor atractivo. La piel blanca apuntaba a una incipiente anemia consecuencia de noches y noches de poco sueño.

 

Era juerguista como ella sola

y no pensaba en otra cosa que salir con la cuadrilla a beber cerveza tras cerveza y en "vivir la vida". Le aburrían las cosas serias como a su hermana Baiza, pero por motivos diferentes. Los múltiples accidentes que había sufrido yendo en moto con alguna copa de más no eran suficientes para frenar su loca carrera hacia la nada.

 

Por la tarde paró de llover;

y, todo fueron llamadas telefónicas a la familia Lera: La información fue totalmente transparente. Maria Rosa me dijo que por la noche hablarían sobre el tema. Yo me moría de sueño, pero Itziar, la incombustible Itziar se empeñó en llevarme a cenar a otro restaurante.

 

Hablaba y hablaba durante la cena,

hasta el punto que me costaba seguir escuchándola. De repente mis ojos se abrieron de par en par y me despejé de golpe ante la descabellada propuesta de Itziar: Ni más ni menos me dijo, a palo seco, desnuda la frase, que si me quería casar con una de sus hijas.

 

No supe reaccionar.

No quise ofenderla con una negativa brusca. Ella con la naturalidad del que está obrando de la mejor manera del mundo continuó contándome las excelencias de cada una de las chicas, como si la respuesta negativa fuera una cosa casi imposible. No pensaba en ella misma. Fue cuando la miré más atentamente:

 

La cara de Itziar,

estrecha como la cabeza del Caballo de Troya, apenas podía contener sus sonrisas que iban de oreja a oreja. Sus ojos negros, asustadizos, incapaces de mentir, se despreocupaban del paisaje y de los míos. Su labio superior era fino ribeteado con una línea blanca como si hubiera bebido leche, estaba siempre en movimiento, porque la palabra no podía sujetarse en él. Su cuerpo, a pesar de rondar los cincuenta años era de lo más bonito que he visto, pero lo que llamaba más la atención era su corazón, demasiado grande para este planeta.

 

Me sentía

como si hubiera oído el canto de un pájaro sorprender a la rama en la mañana. Al llegar a casa otra vez las consultas telefónicas me salvaban de una situación un poco incómoda en la que yo debía tomar varias decisiones:

 

¿Qué tal los muebles? –me preguntaba Maria Rosa-

No están mal le contesté yo-, pero el porte de llevarlos a Sabadell superaría su valor. ¿Entonces qué? Se los podemos regalar a las hijas de Itziar que están montando su propio piso –propuse yo-. De acuerdo. Con el dinero que has recogido de las cuentas te pagas el viaje y en paz.

 

No hemos perdido ni ganado nada

–decía María Rosa-, está todo bien. Estoy casi de acuerdo en casi todo –le dije- ¿Cómo? Sí, que algo hemos ganado. No te entiendo –me interrogaba María Rosa. Hemos ganado unos amigos –contesté lacónicamente.

 

Le dí a Itziar las cincuenta y dos mil pesetas

obtenidas de las cuentas bancarias y le dije que era la decisión tomada por la familia Lera para ayudar económicamente a sus hijas.

 

Estaba tan rendido

que me tumbé en la cama sin desnudarme siquiera como desmayado; Itziar empezó a darme un masaje en los hombros. Debí quedarme dormido porque no me enteré de nada. Me desperté con un brazo sobre mi pecho y un aliento junto a mi oído. No me atrevía a moverme; una rodilla de seda me acariciaba suavemente el vientre. Poco a poco fui sintiendo como una soledad exenta de prejuicios se solapaba a la mía.

 

Estuvimos sin salir de la habitación

hasta las cuatro de la tarde; tomamos un café y fuimos a devolver las llaves al casero que nos agradeció el dejar libre la vivienda. Nos ayudó a trasladar los muebles a casa de las hijas de Itziar que vivían en mismo inmueble y nos invitó a cenar aunque nosotros rechazamos la invitación porque nos esperaba otra sesión de interminable pasión.

 

                                                                                  Johann R. Bach

 

 

Muchas noches fingiste dormir; te sentías observada

EL REGRESO DEL ASTRONAUTA 2

 

Al bajar de ese mundo

de luz difusa sentiste que la alegría volvía a tus mejillas: volvías al reino de la sombra.

 

La sombra ,

luego de un viaje interminable, es también una nave como el alma que atraviesa los mundos.

 

Aquel hospital

que descubriste una tarde, una tarde callada, era el mismo universo

encerrado en otro universo sin sombra: era la misma sombra llena de luz. Te confinaron en un dormitorio femenino donde debías pasar una cuarentena llena de pruebas y análisis.

 

Por la noche

Los ojos de las demás compañeras te perforaban con gélidos interrogantes aun cuando no te veían. Era obvio que esteraban de ti algo extraordinario: Una idea, una visión o experiencia, una declaración rimbombante de principios morales…

 

En aquellas noches no dormíais.

Las sábanas caían al suelo. Muchas veces fingiste dormir; te sentías observada –acostada un poco más allá en una tensión estática- por la que probablemente informaría a algún comité tus reacciones ante el sueño o la vigilia.

 

Una noche de aquellas

La luz de la luna había entrado en el dormitorio, bañaba tu cuerpo hasta la cintura; tu busto quedaba expuesto a sus ojos como si su forma atravesase la sábana.

 

Mirando de reojo

la vi mover sus dedos como una bailarina, una sacerdotisa en éxtasis, como si estuviese trenzando una soga invisible, como trazando cifras rítmicas. ¿Contaba acaso sus orgasmos?

 

Después puso sus dedos

Alrededor del cuello y ahí los dejó argentados: de pronto se sacudió como si se hubiese espantado o vuelto a la realidad. Giró sus ojos otra vez hacia mí como para comprobar si aún dormía.

 

Era una sombra

que te envolvía, a través de mil formas, humanas  y no humanas; era como una sombra única en el mismo horizonte como un fantasma sobre el que se edifican o se destruyen todos los astros, todos los mundos incalificables.

 

Mientras descendías a este mundo

observando ese océano calificado de interminable por nosotros, la nube solidificada, el humo tomando cuerpo en cada una de las combinaciones, la suerte revestida con sus amplios lunares regresaba contigo.

 

He aquí –exclamabas-,

y para casi siempre, el reino de las soledades, abarrotado de gentes solas tomando el sol en las cálidas orillas ajenos a todo; a todo lo que signifique obligación incluida la de permitir ser espiada por la "ciencia oficial".

 

Pero aquí

–sigues diciendo para tus adentros- baila ante sus ojos la nube estratificada, llena de oxígeno, nitrógeno y gases nobles, rodea tus pasos, sella las miradas.

 

En el rugir del viento

–como en ningún otro mundo- se oyen las pesadas cadenas arrastradas por todos los astros mientras la sombra genera soles, soles iluminados, soles gigantes, abandonados, solos, perdidos en la lejanía.

 

La luz de la sombra nace.

Escucha su corazón, ensombrecido universo sobre el que flotan las partículas de luz empaquetadas, como paseándose por una caverna abandonada.

 

Contemplad compañeras

desde este hospitalario dormitorio el inmenso palacio solitario con sus lucecitas tiritando. En cada una de esas estrellas se halla registrado un sueño.       

     

                                                                                            Johann R. Bach

 

 

 

¿Por qué no las podemos llevar a un funeral?

  Fibonacci y las margaritas

 

Azucenas, ranúnculos, caléndulas

bellis perennis, girasoles y árnicas todas hijas o hermanas de las compuestas margaritas van de la mano como una sucesión de Fibonacci.

 

Ya no dan la impresión de originales

porque son numerosas. Y llaman la atención con ese bulto de estambres aceitosos graduado y amarillo. Los pétalos lo enfocan: ahora las pestañas se hacen anchas.

 

¿Por qué no las podemos llevar a un funeral?

Y en la noche, como niños, sin ansiedad encierran sus conciencias con los pétalos blancos. Alegres, individuales como la sufrida Arnica que resiste en pie vendavales, lluvias y nieves; su maltrecho pelo muestra su soledad.

 

Mientras el infatigable girasol amarillo

cubre la yerba con versiones de un ojo. La fuerza de su mirada plena, sencilla, sólida, contenta. Giratoria y doméstica como el vino.

 

Multitudes que esperan

una palabra cada una, cada una una mirada… una caricia sobre la piel quemada; ésa es la alegre y ardiente caléndula que sólo se pone triste cuando una nube oscura le priva de los hilos de oro del dios Sol; se encierra en sí misma, una gota de cristalino jugo evita las cenizas de su cabellera. No se marchita.

 

Cuando se van, te arrancan las margaritas

una expresión de exaltada simpatía. Ricas hasta el último intervalo con sus tubos diminutos de polen, de aceite.

 

Para el ojo,

son simplemente para el ojo, y sin olor alguno. Para el espíritu es, su órgano invisible, (cada orgullo necesita su Bellis perennis) esa sensible cosa.

                                                                                     Johann R. Bach

 

DE VEZ EN CUANDO YO COMO CARNE

23. LOS HOMBRES DE MI VIDA.

Hans el hombre que andaba de puntillas

  • El Equinismo

              LATHYRUS SATIVUS C30 - CAUSTICUM C9

 

El amigo de mi amiga Claudia

vive en la Beermannstrasse junto al "Tapas 6" del Jens. Es un muchacho que no destaca nunca en la conversación; es callado, delgado, un poco escrupuloso y bastante nervioso.

 

Todo ello no tendría nada de particular

si no fuera porque anda como los caballos: con la punta de los dedos de los pies sin apoyar los talones.

 

Es una persona asustadiza. Es vegetariana.

Claudia me cuenta que su timidez es demasiado fuerte...y que cualquier enfermedad se le alarga en el tiempo con tendencia a no curar.

 

Se toma con paciencia

y comprensión todos y cada uno de los ataques de nervios y mal humor de su compañero, y participa con él en las tareas sociales que se llevan a cabo en Neuköln.

 

En Berlín abunda ese tipo de personas

que andan de puntillas, sobre todo en los pueblos de los alrededores. Son personas debilitadas y desgastadas con problemas de parálisis derecha, y con voz débil y ronca por debilidad pulmonar.

 

La tos en ellos pierde su fuerza expulsiva;

el catarro se les instala permanentemente. Los tendones se acortan y los músculos se vuelven reticentes a las órdenes, pero son voluntariosos y asumen su debilidad con notable entereza.

 

De vez en cuando yo como algo de carne,

tortillas hechas solamente con las claras del huevo (necesito comer proteínas) y me observo para comprobar que mis talones están fuertemente asentados en el suelo cuando ando.

 

Mis zapatos se me desgastan

principalmente por la parte trasera de los talones... En ese punto estoy orgullosa de ser Natrium muriaticum, aunque cuando veo una persona que anda de puntillas sin apoyar los talones al suelo no puedo evitar sentir que ese algo que le falta quizá es culpa de todos, mía también.

 

En tiempos de guerra,

muchas personas se ven obligadas a comer el forraje de los caballos y se intoxican, porque los humanos no tenemos las enzimas adecuadas para asimilar esos alimentos.

 

De esa forma ha habido en el pasado epidemias

en las que las personas padecían cuadros similares a los aquí descritos, obligándoles a caminar sobre las puntas de los pies: de ahí el nombre de equinismo.

 

Escribo sentada

en la diminuta barra del "Tapas 6" en la Beermannstrasse y Heike me comenta que su profesora de español, Carmen es la persona más dulce y amable que conoce en el Instituto Cervantes sito en la turística plaza Hackescher Markt.

 

En broma le pregunto

si anda de puntillas, como los caballos. Me mira asombrada. Le explico el caso del compañero de Claudia. Ríe. Bebe un trago de Paternina. Compartimos las patatas bravas y el chorizo a la sidra que Jens prepara con diligencia y alegría de que los clientes aprecien su especialidad de cocinero a la española.

 

Si yo no tuviera gran facilidad

para adelgazar, al igual que Heike, estaría hecha una vaca: las tapas que prepara Jens son las mejores que he comido en mi vida y me imagino que esa ríquisima cocina del "Tapas 6" me protegen del equinismo

                                                                                                        

                                                                                                Elisa R. Bach