30 abr 2013

¿Quién no tiene sed en el Universo?

           EL UNIVERSO TIENE SED

 

Un profesor de fisiología, con ánimo burlesco,

le preguntó a Marta Guillamón, por qué había tanta agua en el mundo. Marta sonrió y tomando un cierto aire de ingenuidad respondió:

 

porque el Universo tiene sed.

 

A continuación su sonrisa se acrecentó.

No se le ocurra –dijo Marta- suspenderme por lo breve de mi exposición porque si lo hace demostrará que Usted no sabe nada de las peripecias que debieron pasar el hidrógeno y el oxígeno

 

para llegar a un mínimo acuerdo.

 

El hidrógeno y el oxígeno se abrazaron

bajo los membrillos solares como dos amantes; sus electrones resbalaban sobre la piel de sus átomos como dedos húmedos.

 

De esas caricias nació un enlace covalente,

ligero, que originó millones de moléculas de agua que se expandieron por el universo con la misión de calmar la sed de un Cosmos ávido de aventuras.

 

El hidrógeno mismo

tuvo grandes dificultades en su nacimiento: ayudada de unos fórceps una Diosa del Amor, con maestría, lo arrancó del caldo de neutrones, protones, neutrinos, quarks, positrones… del verdadero Mar Solar;

 

se demoró por años en las montañas

deslumbrándose con las luciérnagas de litio para superar su soledad, convivió penosamente con los átomos de berilio y boro;

 

se embadurnó el rostro con carbón

y esperó con paciencia a que el nitrógeno arrastrara al oxígeno hasta la playa primigenia golpeada con gigantescas mareas de metano.

 

En esa playa –donde el hombre

echaría anclas millones de años más tarde- los relámpagos alumbraron el cielo durante unos pocos segundos y los rayos clavaron sus vestigios y el principio de un futuro.

 

Sí, sí. ¡No me mire con esa cara!

Sé que me va a objetar que el mar enfermó y que en la medida que envejece se va intoxicando con los minerales.

 

Eso es verdad,

pero durante millones de años los delfines y las alas de las gaviotas lo desgarraron y la energía del sodio cristalizada con el cauterizador cloro –unidos ambos con la fuerza ciclópea del enlace iónico-, cicatrizó sus heridas día a día.

 

Si no me cree, coja una caracola,

escuche cómo salen de su interior los suspiros del Viejo Mar y dicen: "Yo soy vuestra vida; tal vez no sea nadie, pero puedo volverme lo que queráis".

 

Por fin para dar de beber al universo

los ángeles firmaron el acuerdo esperado: por un precio módico se encargaron de sublimar los hielos de las altas cordilleras,

 

evaporar continuamente la piel de los mares,

de forma que hubiera agua dulce para todas las criaturas de cualquier planeta,

 

fundir los hielos en primavera

y mantener en equilibrio -a cuatro grados centígrados- los tres estados del agua: sólido, líquido y gaseoso.

 

El universo tiene sed.

Por eso hay tanta agua en el Cosmos.

 

Cada pléyade de estrellas

de lejanas galaxias se niegan a cerrar los ojos en busca del encuentro secreto de las aguas bajo el hielo -la sonrisa del mar- de los cometas; exploran nuevos planetas y abandonan los pozos clausurados;

 

tantean con sus hilos de luz

las venas; ayudan con ellos a mantener su elasticidad allí donde acaban los nenúfares y el hombre que camina ciego sobre la nieve del silencio.

 

El Universo tiene sed.

                                                                                          Johann R. Bach  

29 abr 2013

LA MEJOR HERENCIA FUE LA TUYA

      NACER EN CADAQUÉS

Cuando naciste no partías de cero.

 

Cuando naciste tus hermanos

ya hablaban, andaban y jugaban en la arena, justo enfrente de casa, remojándose los pies en agua de mar.

 

Tu hermano ya hablaba dos lenguas,

tu hermana sólo una. Aún no iba a la escuela; acompañaba a tu madre en los quehaceres y cuidaba de ti peinándote el cabello de tantas formas como caras tiene un poliedro.

 

Tu punto de partida no era cero;

el humilde refugio de pescadores era la casa donde se estrellaba la tramontana y el mar acababa siempre acariciando hasta el dintel de la puerta como si buscase lavarte los pies.

 

El mar, ese inmenso depósito

hilvanado con fuertes rocas y con suaves arenas, lleno de luz, agua y sal de vida, sabía que tenías alma de princesa;

 

te respetaba, calmando a Neptuno

cuando cogida de la mano de tus hermanos aprendías a caminar entre sargos, percas y rojo-amarillentos serranos con las primeras palabras de la sirenas.

 

Junto a conchas sonrosadas,

granadas y membrillos, con los primeros y alegres estremecimientos, tíos y primos vaciaban el aceite en enormes tinajas y en un suelo cubierto con el mantel de viñas, tapaban con tomillo y romero los humos de cordero asado.

 

Esa luz y ese olor

del universo mediterráneo, que sueñas como bueno es la mayor de las herencias deseables.

 

Cuando naciste no partías de cero.

 

                                                                                              Johann R. Bach

 

 

LLUVIA Y TRANVIAS EN BRUSELAS

LA NOCHE TIENE LARGAS MANOS     

 

La noche tiene ojos sin pupilas

 y largas manos.

 

¡Qué buen tiempo hace!

 

Es necesario gritar para no estar triste

las horas danzan como las letras y las sílabas dentro de mi frente.

 

Es necesario rugir para olvidar,

para no morir cantando, para no enrojecer de vergüenza y de rabia.

 

¡Qué tiempo tan poco apacible!

 

Nada mejor que irse

tomar el bastón y caminar con el culo arrastrando.

 

Cuando uno agota los nervios

y se enfurece porque ha tomado demasiado café debe hacer un alto en el camino y mirar hacia atrás.

 

¡Qué tiempo tan poco alegre!

 

Las campanas repican

a modo de despedida y por gloria de ingenuos soldados, el cementerio es encantador bajo la fina lluvia, hay flores, nacidas de estornudos, coronas, inscripciones y cruces fabricadas por el hombre generoso gran filósofo que envió a muchos al campo de batalla.

 

¡Qué tiempo tan apacible!

 

¿Qué se oye?

El sol toca el clarín y las flores caen severamente como árboles desarraigados.

 

¡Qué buen tiempo hace!

 

Aquí están los hombres,

llevan corbatas rojas y diarios de todos los colores. Se detienen y juegan a cara y cruz o al dominó.

 

Cada vez el tiempo es más apacible.

 

                                                                                            Leo P. Hermes

LESBIA O EL ORIGEN DE TODO

                   LESBIA

 

Lesbia. Busto, lugar de origen,

glúteos, rulos de cabells.

 

Arcilla moldeada con los dedos

y cocida por el cielo -el fruto que se ha tornado eterno como el torso anónimo de una diosa sin brazos.

 

Tú eres fuente de inmortalidad:

el que te vio desnuda se convirtió en Cátulo estatua para un jardín.

 

¡Oh Diosa temporal!

 

¡Es más placentero creer en ti

que en una diosa eterna: gloria al vientre redondeado, al abdomen de piel fina!

 

Blanco sobre blanco,

como el sueño del pintor ruso Kazimir, yo, la más mortal de las paseantes, entre las ruinas que sobresalen como las costillas del mundo, bebo vino con los labios impacientes del hueco de una clavícula;

 

cielo de mejilla pálida con un peca dorada.

 

Y las copas de los árboles miran hacia arriba

como cúpulas de antiguos monumentos, como la ubres –ya convertidas en pezones humanos- de la loba que, habiendo alimentado a Remo y Rómulo, se tiende en la arena y se adormece.

 

Acércate, que te he de decir algo al oído:

Estoy agradecida por todo: por el cartílago del cordero, por el corte del cincel, que ya me hizo a medida el vacío. Tu vacío

 

No me importa si es negro

como el de Gargallo. No importa si no tiene ni manos, ni el oval gracioso de la cara.

 

Cuanto más invisible es algo,

más cierto es que existió en algún momento sobre la tierra, y aún es más cierto que se halle expandido por todas partes.

 

¿Acaso vas a ser tú la primera persona

a la que le pasó eso? No se pueden sujetar dos planchas de aluminio con un vulgar tornillo: se produciría un par galvánico que las convertiría en polvo blanco. Se deben soldar al argón para evitar residuos.

 

He estado en Empuries,

me ha inundado la luz de una tormenta de sol y nieve, la de un mar homérico.

 

¡Tal como sólo una ruina puede soñarla!

 

Sobre mi pupila

ya veo la mácula del tamaño de una antigua moneda de oro. Aún gozaré de tiempo suficiente para ver cómo se deshacen las tinieblas y cómo tú, Lesbia, sigues siendo nuestro sueño.

 

                                                                                        Marta Guillamón

PARA LOS QUE NO TIENEN DONDE COBIJARSE

 ORACIÓN  DEL  CANGREJO  ERMITAÑO

¡Oh noche!

 

Libera de angustia

la orilla de mi lecho, ese extremo de tres palmos de los míos donde acceder a las manos manchadas de plata, amor y olvido de los angostos pasadizos que conducen el alma al final de un tormentoso día en el que tiemblan épocas laicas en los libros oceanográficos.

 

Deja al descubierto espacios vegetales,

trozos de tubo acodados y aquella antigua soledad que cuando el Cielo inquiere resbala entre las piedras húmedas donde beben las estrellas y las obras de los hombres.

 

¡Oh noche!

 

Insiste como hasta ahora

en facilitarnos las obras, las leves e ingentes, cinceladas o sucias, recovecos en las rocas y velas adheridas a los mástiles, hilvanadas con pespuntes largos.

 

Tráe quietud y sosiego a mis hermanos

en cada ocaso veraz e inacabado aunque muchos de ellos tengan un hogar; pon música de Arvo Pärt en mis sienes y entre nota y nota un silencio que arranque de las cuerdas de un piano formado por conchas marinas y se imponga como un relámpago de tentación y calma.

 

¡Oh noche!

Sabes que no tengo

con qué pagarte, que ni siquiera puedo ofrecer una lágrima para cada una de tus estrellas, pero si pudiera te regalaría todo el llanto que hay en los mares.

 

¡Oh noche!

 

Calma a esos océanos abiertos

que proponen tinieblas azules de venganza y hacen temblar el suelo, la carne del mínimo corazón y otras suturas:

 

el mar invita siempre a cataclismos

por el enfado de poseidones, sirenas y minúsculos cangrejos ermitaños como yo que ni siquiera poseen un lecho propio para descansar.

 

                                                                                                   Johann R. Bach

28 abr 2013

SIN RENUNCIAR A SER RICO

EL PENSAMIENTO DE AURUM

 

                                     AURUM ( o El Buscador de Oro)

 

Sin poder dormir

te levantas, paseas tu rabia y tu lascivia por el pasillo, bebes un pequeño sorbo de agua con gas; el dolor abdominal sube al límite, como tu tensión arterial.

 

Crees que la vida

te ha tratado mal y los tuyos han sido injustos. Te han abandonado –crees-

después de darles la vida, el idioma y treinta años de alimentos.

 

Sientes que este mundo

ya no te da alegrías que compensen tus sacrificios aunque reconoces que nunca renunciaste a ser rica; enrojeces sólo de pensarlo: las dolorosas punzadas como arpones clavados en tu corazón te hieren más allá de las coordenadas de un umbral soportable.

 

Sin saber por qué, te sientas

y escribes una larga lista de tareas destinadas a poner orden en todo aquello que crees que es de tu responsabilidad: lo quieres dejar todo listo hasta el último detalle antes de iniciar tu viaje hacia el Ápex.

 

Planeas ir a ver las olas del mar;

crees que sólo el olvido podría cubrirte de pétalos de rosas. No como antiguas naves encalladas, desguazadas y oxidadas con las costillas al aire, sino como una gota de miel flotando en el mar.

 

Así caería tu cuerpo;

así las aguas te cogerían al vuelo; así tu olvido dejaría de alimentar malas conciencias con las que se sacian las olas de la desesperanza de los cardíacos.

 

Tus palabras

no son ya más que un sueño de piedras a punto de calcinarse, no son tampoco más que otras palabras.

 

Fuiste por el camino de los hombres

que no eligieron la vida que vivieron: te perseguía el mar en un abrazo que colmó tus pulmones de un rumor de locura.

 

Y, sin embargo,

a pesar de que te desvives por los tuyos, un silencio va buscando a lo lejos tu mirada y, con calma, quieres besar esa otra vida de ser mar en el mar que alimentas.

                                                                               Johann R. Bach

 

UNA CARTA DE AMOR CUALQUIERA

CARTA PARA LECTURA DIFERIDA

 

 

Querido Leo P. Hermes:

 

Te escribo a ti

porque creo que sabrás comprenderme y porque necesito escribir algo de lo que ya no cabe en mi pecho.

 

Aunque quizá te asombre

yo había sentido muchas veces aquella llamarada leve y breve que recorre el cuerpo de pies a cabeza por un contacto casi imperceptible, a flor de piel, por una mirada que te hace sentir de golpe el alma desnuda.

 

Por una palabra tierna,

o por las lágrimas mezcladas en un abrazo que se prolonga, había conocido sensaciones que parecían agotar su sentido en ellas mismas y que no pedían nada más; ninguna urgencia las llamaba a lugar alguno.

 

Alguna vez, también, a los quince años,

una palabra furtiva, cazada al vuelo, una broma entendida a medias en el desmadre de risas y juerga que acompañan las tertulias en la piscina, centelleaban por un momento como unos interrogantes sin respuesta.

 

Las ideas y frases de Marta Guillamón

respondían una pregunta justo antes de que hubiera sido formulada. Y, ante la respuesta, la pregunta osaba hacerse presente con inusitada fuerza.

 

Durante dos años

estuve intercambiando con Marta correos y poemas casi a diario. Me fue más fácil de lo que pensaba, aunque ninguna dificultad –en aquellos momentos- habría puesto freno a mi repentina obstinación.

 

Mis mensajes eran un reclamo,

una llamada imprecisa y abierta hacia lo desconocido. El día que escuché la música que ella me recomendó –Spiegel im Spiegel de Arvo Pärt- sentí un desconocido placer hormigueante en todo mi cuerpo.

 

Aquella música fue para mí

el enésimo descubrimiento de cómo de forma misteriosa podía penetrar su imagen en mi corazón. Hasta aquel momento Marta G. no tenía rostro aunque creo que yo conocía su alma mejor que la mía.

 

A veces mientras me debatía

en una efervescencia informe, ella se presentaba delante de mí armada de la fuerza de la palabra que ordena y da forma. Cierto día en que sentí ahogarme, faltándome el aire y a las puertas del Inframundo, me fue indicando por teléfono, cómo respirar tumbada en el sofá.

 

Me recuperé

y no me cabe la menor duda de que, afortunadamente, su palabra podía más que la mía. Creí entonces que era un ángel y su alma, en último término, la belleza de sus poemas. Y en el encanto de aquel espejo yo buscaba los rasgos ignorados de mi espíritu.

 

La quise conocer,

tocar sus huesos, mirarme en sus ojos... Fue el mayor error de mi vida: Marta no esperaba nada de los hombres; en muchos correos me había dicho que no tenía amigos y al mismo tiempo afirmaba que no había amistad sin estima y que nunca había encontrado un hombre que le hubiera inspirado.

 

Sin embargo no existían barreras para su sexo

lo que me decepcionó profundamente. Rompí el encanto de nuestra relación. Fue apasionante mientras fuimos unas perfectas desconocidas. Sólo pude excluir de mi absoluto menosprecio sus poemas porque, a mi pesar, trascendían su desbocado sexo.

 

A pesar de haber roto el cordón umbilical

que nos unía, no pude reprimir mi deseo y le envié el siguiente poema a modo de felicitación de año nuevo y de despedida:

 

¡¡BUEN AÑO!!

 

Gracias Marta

por éste y cada uno de los poemas que me has enviado en este tiempo. Quizá se me escapen detalles y ya sabes, amiga mía, que a veces resulta difícil juzgar al quedarse sólo con

 

el elemento sensible que percibo.

 

Donde quiera que te lleven tus pasos,

deseo que se vean cumplidos tus anhelos, y la alegría te acompañe.

 

Si la pena osa traspasar la barrera

de tus sueños no le des permanente cobijo. Que tus ojos y tu corazón estén siempre abiertos a la belleza que nos traes en cada uno de tus poemas y en la música que se desprende de tus sienes.                                                                                       

                                                                                                           Rosa Fragans

 

Si algún día alguien lee sus correos,

que no se extrañe de ver que los firmaba como "tu amante" "Besos allí donde los quieras"…

                                                                                           1 de enero de 2.001

                                                                                                    Rosa Fragans 

 

NOTA: Es mi deseo que nadie pueda leer –si ello es posible- el contenido de esta carta antes del 28 de abril de 2.013                                                                                               

LA PASIÓN SIEMPRE LA PASIÓN

FILOSOFÍA  DE  LA  PASIÓN

 

Yo, Tulia Martínez Folch

una desconocida licenciada en Filosofía y Letras, hermana de Sylvia,

me rompí los cuernos corrigiendo galeradas de enciclopedias para ganar algo de dinero.

 

Mientras vivía con mi hermana

y otras tres estudiantes más en el Carrer del Carme, frente a la antigua biblioteca leía y leía para olvidarme del frío que se instalaba en mis tuétanos.

 

Dibujé en aquellos días

en la superficie pulida de un taburete de madera la idea de la banda de Moebius: cada vez que me sentaba en él sentía crecer el vello de mi pubis.

 

Sí, sí. No era lo mismo

que reinventar la sopa de ajo, pero mientras pensaba en eso me frotaba las manos y así combatía el helor que penetraba por unos vidrios más delgados que un plano imaginario.

 

Los problemas clásicos de la filosofía

-el espacio, el tiempo, la muerte…- me importaban un pimiento. Me importaba la amistad, el amor, el sexo, la santidad, pero esas cosas no estaban en el dominio de la facultad.

 

Cuando algo me hacía gracia

mi pecho estallaba de gozo neurasténico y de mi garganta salía una brutal carcajada inevitable, que resonaba en las aulas como un grito de guerra. La mirada de todos parecía censurarme.

 

No quise inventar

otro concepto del ser porque no quise hacer el ridículo como los demás compañeros. Bastante ridícula me sentía ya después de aquellas bestiales carcajadas que se me escapaban de vez en cuando.

 

Esa palabra –el ser-

me parecía dura, incolora e inodora y al oírla mis manos se agitaban incomprensiblemente. Era como una estridente alarma, como el chasquido al pisotear hormigas.

 

Cuando se hablaba de la muerte

yo pensaba en la piedra filosofal y en el derrumbamiento del sol y miraba la expresión de los compañeros. Ni se inmutaban. Nadie lloraría por nosotros como filósofos muertos.

 

Tardé años en comprender

que hiciéramos lo que hiciéramos el espacio no se diluiría ni en agua ni en alcohol; y, el tiempo no se detendría en su enloquecida carrera.

 

Nadie pudo jamás explicarme

por qué la experiencia erótica nos obliga al silencio; por qué nos aleja del resto de la sociedad y nos deja en la soledad.

 

No ocurre así con una experiencia

que es tal vez cercana, la de la santidad que nos aproxima a los demás hombres.

 

¿Es posible amar

sin haber enloquecido previamente? ¿Es posible la santidad sin la locura de renunciar a tus propios deseos? Y finalmente ¿es posible alguna de esas opciones sin apasionamiento?

 

O es la filosofía la suma

de los posibles, en el sentido de una operación sintética, o no es nada.

 

Esa proposición anodina

exenta de apasionamiento de la filosofía oficial de la facultad es propia de una sociedad de ancianos y por lo tanto inadmisible para mí.

 

Por esas razones

y en lo referente al triángulo sagrado

-santidad y amistad, sexo y amor, actividad filosófica-, me vi obligada a declararme autodidacta.

 

No es cierto que los duendes

sólo crecen en el bosque. A mí me visitaban a menudo. Conozco muy bien su olor peculiar y también puedo asegurar que la mayoría de ellos no tiene la barba blanca.

 

Tampoco es cierto

que aparecen de uno en uno. A veces tardan algunas semanas en aparecer, pero a menudo se presentan a puñados.

 

Cuando tocaban a mi puerta

en tropel les daba, para acogerlos como se merecían, una fecha apuntada en un billete de metro. En más de una ocasión atendí a uno por la mañana y otro por la tarde.

 

Muchas compañeras de la facultad

decían que si fuera posible coger un buen puñado de esos juguetones duendecillos, dejarlos secar y colgarlos en los árboles, tal vez tendríamos paz.

 

Es posible que sean –ellas- demasiado exigentes.

 

                                                                                          Tulia M. Folch

LA MEMORIA SIEMPRE DULCIFICA EL PASADO

   LA MEMORIA ANGELICAL

Me parece verte

paseando por tu habitación llena de libros y posters pegados a la pared frente a tu ordenador. Sobre la tela de saco, junto a la cama dos cuadros con motivos de caza parecen vigilar tus sueños.

 

Sobre la mesa

creo leer los títulos de tus libros preferidos: Antología poética de Rilke, "Anillos abelianos conmutativos" de Lang, "El universo tetradimensional" de Minkowski de A.A. Sazánov, "Arte Europeo en la Edad del hierro", "Choses vues" de Victor Hugo y "Las Puertas del Monasterio" de Sylvia M. Folch.

 

Las fotos antiguas

de Gary Cooper y Humphrey Bogart están como siempre en sus carpetas como tantas otras cosas y escritos que guardas (versos, ideas, citas,) recortados de revistas y periódicos.

 

Si tuvieras que marcharte

esta tarde (son las seis de la mañana) de finales de ABRIL de 2.013 y lo supieras de antemano no te conmovería mucho, ni siquiera a causa del poema "El Monólogo de Palmira" de la novela "Las Puertas del Monasterio" que está en la imprenta.

 

En rigor no creo

que de la "otra vida" se pueda volver y que la rueda de la historia pueda moverse hacia atrás, por ejemplo, desembarcar en una playa cerca de Troya. Y sin embargo ¡lo has soñado tantas veces!

 

Tu cuerpo realmente

cada día es más difícil de mover. Día a día va perdiendo elasticidad y tus viajes ya se han vuelto escasos, como si el cuerpo estorbase y la quietud de la noche se fuera apoderándose de él.

 

¡Ah, cómo desearías ese último viaje!

Cómo te gusta creer que tu alma es algo en sí que se puede alejar e ir hacia los bosques de estrellas donde la inversión del Círculo polar Ártico es una autopista llena de luces y música de Arvo Pärt.

 

Una Vía por la que te lanzarías

de nuevo a la tierra de los hombres, después de atravesar el semiplano de Moebius, porque en el otro lado de las Puertas del Monasterio no has sabido o no has podido trascender la condición humana

 

y el amor ha sido tu elemento,

aunque la mayoría de las veces haya sido un amor hecho de nada, para la nada y donde nunca.

 

Me parece oír esa música

-spiegel im spiegel- que salta de tus auriculares rozándote las sienes y no deja de ayudarte cuando estás triste, que es casi siempre.

 

Tu tristeza proviene

de que te acuerdas demasiado de Roma y de tus campañas contra los persas y la sangrante batalla de Las Termópilas y de que recuerdas también el brillo de tus mallas doradas de los tiempos románicos

 

y proviene de que nunca

pudiste encontrar el cuerpo del soldado desconocido, pero pensándolo bien,

 

tu tristeza es anterior

a todo esto, pues cuando eras en Egipto Isis ya eras conocida como la Diosa Triste.

 

Y es que los ángeles,

en ti, siempre están a punto de rasgar el velo del cuerpo y los que no se rebelaron y lucharon contra Lucifer más tarde cedieron a las hijas de los hombres.

 

Se emborracharon

en demasía de orgullo y abundante vino mezclado con sulfitos.

 

                                                                                        Johann R. Bach