17 abr 2013

ALGO DE UNA POLIÉDRICA VIDA

Capítulo 7   ALGO DE UNA POLIÉDRICA VIDA

 

ALGO DE UNA POLIÉDRICA VIDA

 

Tú eras lo que entonces,

padres y profesores deseaban: una muchacha callada algo dormilona, delicada de salud y –cosa extraña- a diferencia de tus compañeras nunca te quedabas demasiado tiempo mirando por la ventana.

 

De la escuela –más trabajadora que lista-,

obediente y con pocos problemas, sólo recuerdas algunos pocos castigos que siempre consideraste injustos. La falta de confianza en ti misma la suplías con una cierta constancia y tozudez.

 

Leías todo lo que caía en tus manos

y algunas de aquellas lecturas te proporcionaron informaciones misteriosas: con sólo ocho años de edad supiste que el día de Mercurio era aproximadamente igual a su año.

 

Eso te inclinó a observar

a menudo los cielos nocturnos y durante el día quedarte embelesada con las blancas nubes alargadas como naves extraterrestres detenidas a las puertas de un Purgatorio, indecisas. 

 

Entretanto te ibas formando

en ideas y convicciones éticas indoblegables como botones de gabardina y te dedicaste durante un corto periodo de tiempo a

 

llevar una vida viajera

imaginando que los autobuses o trenes te transportaban de un lugar a otro como alfombras voladoras: somnolienta, fascinada, torturada por la belleza del mundo.

 

Después intentaste llevar, como todas,

una vida corriente con algún grado ganado en unas oposiciones completamente limpias.

 

Madrugones, metro,

café antes de comenzar la jornada, trabajo de oficina –contratación de energía eléctrica-, otra vez metro de vuelta a casa, sueño saciado con una corta siesta, eran cosas cotidianas.

 

Tuviste suerte: los profesores

de la facultad eran en general buenos en sus materias y liberales en lo social:

 

te consideraron

uno de los suyos debido a algunas de tus convicciones democráticas y espirituales.

 

Tardaste años en aprender a leer

esos otros lenguajes que te ayudan a comprender la radiografía de tu propio esqueleto, la música de las glándulas endocrinas,

 

la fotografía de unas gruesas cejas,

los carcomidos pabellones auditivos, los hoyuelos en mejillas y barbilla; la escrófula en los labios.

 

Esos lenguajes, en general,

no interesaban a nadie, pero gracias a ellos comprendiste muchas cosas, latentes o movidas en tu interior y te ayudaron a ver en los ojos de los demás intenciones inconfesables.

 

Pocas veces viajaste al extranjero,

pero aún llegaste a conocer la Rusia de la Era Brezhnev, las playas y acantilados de Normandía, los robles de la Berliner Eichentor y los lagos de la pacífica Suiza.

 

Coleccionaste en lugar de recetas de cocina,

multitud de fichas de plantas medicinales descritas por Linneo y destacaste algo en el ajedrez, pero abandonaste esa afición por ser poco femenina-  En cierto modo, mientras aprendías idiomas, eras feliz.

 

Leíste algunos libros -entre cientos de ellos-

que te ayudaron a fijar en tu ADN algunos conceptos modernos que momentáneamente te fueron útiles para sobrevivir en los momentos difíciles,

 

pero tus lecturas preferidas eran

las que te permitían mirar en tu interior y ahondar en el conocimiento de las antiguas brasas del universo, estudiar el vuelo de las abejas o la increíble adaptación de los caracoles al entorno.

 

Excepto el placer de las matemáticas,

no sacaste ningún provecho del resto de libros "científicos". La literatura te alegró –tanto la poesía como la prosa- muchísimas tortuosas noches.

 

Algunos profesores te recomendaron

los clásicos griegos como textos que podrían cambiar tu vida. Los leíste –nada te cambió- lo reconoces, pero te permitieron una mirada distinta sobre la vida.

 

Tal vez no vivías –sólo subsistías-

o tal vez aquellos tiempos no eran otra cosa que una fase necesaria –psicológicamente- antes de pasar a otra; y,

 

en espera de tiempos mejores,

arrojada contra tu voluntad hacía algo, como una sombra en la pared, trabajaste en hospitales y editoriales, para ganar algo de dinero fácil para pan y papel.

 

Cómo explicar a tus hijos

que dedicabas grandes esfuerzos a no sucumbir a insinuaciones malignas, a no cometer estupideces y a no confraternizar con el más fuerte.

 

Cómo podías explicarles

que al despertarte empapada en sudor y ver el silencioso techo amenazando con derrumbarse encima tuyo

 

debías escribir con tu mano fatigada

hasta los tuétanos un conjuro contra los espíritus y una oración para una noche más plácida para ellos.

 

Una noche sin ofertorio,

sin consagración ni comunión. Ingenuamente sin sacrificios, exenta de espanto.

                                                                                        Sylvia M. Folch

 

……………………………………………………………………………………………………………….

 

 

 

 

Aquel jueves me presenté a la hora convenida; como en un ritual largamente vivido me senté formando, con los demás, un corro.

 

Evidentemente mis ojos no encontraron los de Isabel. No es que me hubiera hecho ilusiones, aunque la esperanza de los predispuestos a problemas pulmonares nunca se pierde. En mi caso también era así.

 

La mayor afluencia de militantes y estudiantes obligó a formar tres círculos concéntricos. A mi derecha se encontraba Marga mientras que a mi izquierda se había situado Trini que después de una breve introducción del objeto de la charla pasó a leer el texto de referencia.

 

 

      TEXTO DE REFERENCIA SOBRE PAZ O BELIGERANCIA

 

La Segunda Guerra Mundial,

han escrito multitud de poetas desde entonces, supuso para todos nosotros una inmersión en apnea en el mundo del terror.

 

La guerra es la narración repetida

de la Caída del Ángel, de la Caída de Adán, la evidencia de que el Edén es sólo un vestíbulo en el que no se puede permanecer para siempre.

 

Hay que penetrar en el ejército,

en la casa, en el palacio, en el templo, y descubrir que todas las habitaciones están decoradas con sangre.

 

Desde el lanzamiento

de dos bombas atómicas sobre el Japón –la tercera, por suerte, falló- el trabajo de muchos directores de cine no ha sido más que la recreación, a lo largo y ancho del planeta, de las más refinadas,

 

precisas y abrumadoras muestras de salvajismo

que la especie humana ha sido capaz de urdir y manifestar.

 

Y aunque siempre ha sido tentador

identificar las palabras futuro, progreso e Historia, lo cierto es que una mirada desmitificadora como la de muchos poetas, esa mirada sobre lo que se ha denominado

 

"la prosa orgánica del mundo",

el denominador común que anula todas las grandes y bellas palabras", demuestra que esta triple evocación, si no abiertamente falsa, resulta cuando menos, capciosa.

Desde 1945, año en que la esperanza

en un mundo mejor se vino abajo, España se ha vuelto aún más triste y su espíritu sólo se mantiene por la dominación –forma de continuar una guerra- principalmente de Catalunya, Baleares y Valencia, y también de Galicia, Euskadi y Canarias…

 

Los pueblos que una vez fueron grandes

y a los que la Historia convierte en pequeños recorren este proceso estremecidos por un sentimiento de culpa y bochorno. Y tardan décadas, si es que lo logran, en reponerse.

 

El orgullo es la categoría histórica

más tramposa que existe, la que conduce a la agresividad y al genocidio. Es la excusa perfecta para la eliminación de las culturas de los vencidos.

 

La historia la escriben los vencedores,

luego es mentira. Pero no es tan fácil acabar con las resistencias de un pueblo y una lengua. ¿Cómo resistir? ¿Pacíficamente?

 

Catalunya, Baleares, Valencia

son pueblos ocupados. El genocidio cultural es un hecho y la prohibición de una lengua, catalán, mallorquín y valenciano, se alarga en el tiempo; el expolio económico es cada vez mayor.

 

Pero ¿es lícito querer acabar

con esta situación con las armas en la mano?¿es nuestro caso semejante al de Vietnam?¿Es políticamente ético y conveniente usar la violencia?

 

¿No es más hábil una estrategia pacifista?

 

Durante treinta años

hemos vivido agazapados bajo los olivos y en los repliegues de las costas de nuestro mar, disfrazados de viento de la tarde, haciéndonos preguntas engañosas sobre la supervivencia de nuestro idioma y nuestra cultura;

 

leyendo en las hojas

de los almendros y membrillos, pintando algarrobos y granados, recogiendo con esmero las uvas y aceitunas que ellos despreciaban,

 

dibujando castillos en la arena,

pues un libro de Ramon Llull o Ausiàs March en nuestras manos se entendía bien pronto como una blasfemia contra ellos y su dios.

 

Durante esos años

hemos huido continuamente de las palabras amarillas de la ley porque nunca creímos en la letra muerta de los ácidos preceptos de la ley del embudo.

 

Ningún gobierno de un país invasor

emplea a sus fuerzas de ocupación para interrogar a los más sencillos, ni siquiera para buscar bajo la piel de los conformes; y, ya no digamos, para entrar en el sueño de los niños.

……………………………………………………………………………………………………………….

 

 

 

 

Pocas veces había asistido a una discusión tan viva sobre la conveniencia de pelear con las ideas, con las actitudes, rechazando levantar armado el brazo derecho para que el enemigo pueda pararlo con el siniestro.

 

Nadie de los presentes se mostró hostil al pacifismo.

 

Al final de la discusión un pequeño número de asistentes se quedó charlando en el local. Tuve que invitarles a cenar para clausurar la discusión. Fuimos a la tasca "Cataluña" a que nos prepararan unos bocadillos de sobrasada y nos los comimos en la calle porque no cabíamos en el local.

 

Trini se me pegó literalmente como si fuera una fan de un cantante y esperó cargada de paciencia a que nos dejaran solos. Me dijo al oído que aquella noche quería estar conmigo.

 

Finalmente, pasada ya la medianoche, decidimos dejar el intercambio de opiniones para otro día. Trini detuvo con un gesto un taxi que circulaba despacio por el Passeig des Born y cogiéndome de la mano me introdujo en él.

 

Me llevó a Santa Ponça.

 

Durante el trayecto se negó a decirme a dónde me llevaba. Cuando el taxi paró frente a una pequeña casa frente al mar, aún no sabía que era la suya.

 

Entramos en el jardín abriendo la verja que chirrió ligeramente. En la planta baja había luz y se oía  música, probablemente de Vivaldi. Son mis padres que aún están despiertos –me aclaró Trini- porque no se van a dormir antes de mi regreso.

 

Me hizo subir, a oscuras, por una escalera lateral hacia el piso superior. A mitad de la escalera me abrazó y me besó en los labios. En aquel rincón el aire era húmedo y algo frío; noté cómo mi corazón volvía a latir con fuerza como si me hubiera besado Isabel.

 

Aquellos fríos escalones metálicos se pegaban a mis botines como la espesa humedad y en cada uno de ellos nos deteníamos y nos abrazábamos como si los besos no fueran infinitos en número.

 

Al abrir la puerta junto a la roca el aire cálido del interior recorrió mis coanas llevando a mi pecho otra vez la esperanza. De sus paredes parecían querer desprenderse los posters.

 

La estancia era una sala completamente diáfana en la que en un rincón había una cama individual amplia; en el rincón opuesto una mesa y una silla formando, con una polícroma lámpara Tiffany, un sencillo escritorio.

 

En el suelo una alfombra enorme con cuatro cojines parecía destinada a ofrecer un lugar donde escuchar música completamente estirados en el suelo. Allí, Trini me hizo estirarme y me dijo que siempre había soñado revolcarse con alguien como yo. Me pidió hacerlo sin quitarme el uniforme. Accedí.

 

Después de aquel revolcón se dirigió a un pequeño mueble y sacando de él los elementos precisos, preparó una sangría: el opio de Mallorca. Me la bebí de un solo trago como si una sed inextinguible de líquido y sexo se hubiera desatado en mi interior.
 
                                                                                                               Johann R. Bach
                                                                                                 johannboss@mail.com

CRÓNICA DESDE ALCUDIA. Cap 12 de "LAS TARDES DE UN ALFÉREZ"

Capítulo. 12    CRÓNICA DESDE ALCUDIA

 

                                                                                    Ruinas de Alcudia.

CRÓNICA DESDE ALCUDIA

 

Yo, Johann R. Bach,

un modesto alférez médico que nunca entró en combate, aunque traté a miles de soldados salvando a muchos de ellos de la ruina física y moral vacunándolos contra el odio y el resentimiento con gotas de su propia orina;

 

calificado estudioso

y observante de los cielos, de reputación pensante, apasionado seguidor de la medicina y la astronomía de Asclepio;

 

demasiado viejo para luchar

como los otros –en partidos, sindicatos, juntas de vecinos, asociaciones contra los desahucios o contra la corrupción de funcionarios,

 

fui designado como un favor

para el papel menor de cronista de los acontecimientos del asedio –de miles de turistas- a esta antigua ciudad de Alcúdia.

 

Fui exhortado a ser preciso,

objetivo, como mi antecesor Plinio el Viejo, mas nadie entre los alcaldes, presidentes de cofradías de pescadores o historiadores, parece ponerse de acuerdo en fijar la fecha en la que empezaron las invasiones –germánicas, por el norte, íberas, por el sur y el oeste.

 

Por suerte el Frente del Este

hace cientos de años que está estabilizado: el mar se ha encargado desde siempre -con sus olas, con la humedad de sus brisas-, de la limpieza de las costas y ruinas del país.

 

Así que cuando llegué a Alcúdia

en pleno incendio de sus bosques observé que todos padecían de la pérdida de la noción del tiempo y en consecuencia la mayoría de los pobladores de la zona eran desmemoriados que

 

asombrados ante la avalancha de turistas

se preguntaban, como ellos, el origen de las pocas piedras que aún quedan en pie.

 

No sé cómo describir

el apego que los ciudadanos de este país tienen por su lengua, sus rocas, playas, cuevas, olivos y almendros, montañas y ríos.

 

No me explico

cómo entre las ruinas griegas, cartaginesas o romanas florecen tantas y tantas personas que ven en las estrellas un regalo de los cielos; en las olas del mar, una caricia al país que atempera el clima; y, en la nieve y lluvia sobre Randa, una bendición de los dioses para los pequeños bosques.

 

Estoy realmente asombrado

al ver que no se rinden ante los almacenes vacíos de comprensión y sólo la ambición es ahora la moneda corriente; cómo resisten –con apenas unos bocados de pan con sobrasada y palo- el cerco de millones de hijos de vengativos guerreros;

 

cómo aman y conservan

a su Santuario de la Mare de Déu de Cura en Randa, cómo, a pesar de los incendios y bombardeos del enemigo, conserva su imponente patrimonio herencia de Ramon Llull; cómo sobrevive su lengua al genocidio practicado por las hordas carpeto-betónicas.

 

Sé que todo esto que escribo

es monótono y que a nadie puede conmover y es por ello que trato de evitar –aunque no lo consiga- los comentarios y procuro mantener a raya las emociones;

 

por ello cada mañana,

antes de comenzar a escribir hechos que aparentemente sólo son valorados por los turistas, me prometo a mí mismo informar objetivamente, pero

 

con cierto orgullo lanzo mis mensajes

al mundo reconociendo que, gracias a la tenacidad, aquí se cría una nueva variedad de niños a los que no les gusta la guerra y que despiertos o dormidos sueñan con sopas de letras contaminadas con números y trozos de pan embebidos de palo1;

 

sueñan con parecerse a sus padres

recogiendo el testigo de su cultura y de sus diversas lenguas aprendidas en la Universidad Gratuita de la Miseria, de la miseria de haber tenido que emigrar o lanzarse a la mar buscando el alimento que sus vecinos les deniegan.

 

He podido averiguar,

consultando varias fuentes, que finalizada la Segunda Guerra Púnica e incorporadas las Islas Baleares a las nuevas provincias romanas de la Citerior i Ulterior, se produjo en el año 197 a.C. una importante revuelta de los periecos de Empuries contra la política fiscal de Roma que se extendió a las Islas.

 

En el año 195 a.C.,

un ejército romano, bajo el mando de Marco Porcio Caton, vuelve a desembarcar en el puerto de Emporion para reprimir la rebelión. Eliminaron la moneda propia –la primera de la península ibérica-, usada también en las Islas, que

 

acuñada en plata pura

–no he podido averiguar de dónde obtenían la plata- demuestra que ya a finales del siglo VI a.C. Mallorca era una potencia comercial y cultural.

 

No es cierto

que la cultura griega no haya dejado pistas materiales, como el teatro, la música, la poesía, la filosofía o la danza. Yo las reconozco impregnadas en el ADN de su carácter y en el culto de la zona a los membrillos y granados propios del mundo púnico ebusitano.

 

Me gusta deambular al atardecer,

por la playa y mirar el horizonte como confín de nuestra libertad incierta; miro desde lo alto el hormigueo de los turistas que vio "Maria Antonia de Montcada" de Llorenç Villalonga y en verdad que es inconcebible que el país todavía se defienda.

 

El asedio se prolonga

con diferentes enemigos a los que nada une excepto el anhelo de apropiarse de las playas y calas, de las vistas, de las piedras y las perlas de Manacor: el oro moderno.

 

En las colinas de los alrededores de Alcúdia

huele a romero y plata líquida y así al atardecer liberado de los hechos puedo pensar en los lugares de dónde se podrían extraer los minerales preciosos;

 

en asuntos antiguos lejanos

en los que se combinaban el crecimiento de los cementerios con la disminución de los defensores; en cómo es posible que la resistencia perdure hasta el final.

 

Estoy convencido –al acabar esta crónica-

de que si el país al final cae y uno sólo de sus defensores sobrevive, él portará consigo la cultura y el carácter de las Islas por los caminos del exilio. Él será lo balear. 

 

En ese caso se habrá demostrado

una vez más que cada hombre, cada civilización, tiene su propia forma de traicionar y que sólo nuestros sueños nunca fueron humillados.

 

                                                                                Desde Alcúdia

                                                                                Johann R. Bach
                                                                 johannboss@gmail.com

 

 

16 abr 2013

LA NOCHE DE LAS ESTATUAS Y LOS MITOS

                       LA NOCHE SE SUMA

 AL SILENCIO DE LAS ESTATUAS Y LOS MITOS

                                             Estatuas en el Treptower Park de Berlín

 

                               COMIENZA LA NOCHE

 

Comienza la noche

y hay que hacerle frente con el Manual de la Soledad, aún por elaborar, en la mano.

 

Tu recuerdo inmerso

en una noche constelada se desvanece como la luz gris y esta sombra desgarrada se refugia en el sueño.

 

He perdido las miradas:

el entusiasmo inicial que despertaba en mí el transparente Spree como un deseo impaciente que me empujó hacia tus labios; ha cedido como niebla de mediodía.

 

Cobra vida

una angustia infinita que no sé cómo mitigar.

 

Ahora las miradas

las dibuja el silencio con unos trazos que me hieren incurablemente en el atardecer donde se detiene la espera, sereno, sobre un cielo de cristal.

 

Limpio mis ojos

entristecidos y cabizbajos de lágrimas azules.

 

De la misma forma

que hubo una noche en la que nací existió otra noche donde tu cuerpo me amó. En suma valió la pena haberlo escrito mientras que el olvido va secando su rastro.

 

Todo es desnudo

fuera del tiempo cuando surgen los astros.

 

                                                                                           Johann R. Bach

 

MORIR RESPIRANDO PERFUMES

Morir respirando perfumes. ¡Qué sueño!

 

Su carta llegó

al día siguiente de mi suicidio… porque cuando la noche anterior le envié mis poemas, estaba decidida a morir.

 

Había oído hablar de la asfixia por las flores

en personas como yo: delgadas de piel blanca, frioleras que resucitan en verano, asustadizas como los caballos,… necesitadas de cariño.

 

Compré, pues, unos cuantos ramos de nardos

y, con las puertas y ventanas cerradas me envolví la cabeza con un chal espeso lleno de flores.

 

Había anudado sólidamente el chal

alrededor de mis hombros y tomé un somnífero para adormecerme más profundamente y pasar más dulcemente del sueño a la muerte.

 

Morir respirando perfumes. ¡Qué sueño!

 

En mi alma ya no quedaba nada

que no fuera una lejana añoranza de haber vivido. Yo no tenía el valor de Alfonsina Storni ni el de Virginia Woolf para meterme en las frías aguas del mar. A mí no me importó nunca tener los diente cariados y por tanto nunca usé el sulfato sódico para blanquearlos como ellas.

 

¿Os lo podéis creer?

¡Por la mañana me desperté sin el más ligero dolor de cabeza! Me pregunté si era acaso de hierro o de duraluminio debido a mi ligera figura.

 

Creo que nunca llegaré a matarme.

Por lo visto morir no es una cosa banal y sin el estallido natural del instante escrito en el viento.

 

Creo que si no ha llegado mi hora

ni mi médico podría matarme.

 

                                                                                Marta Guillamon

16. LOS HOMBRES DE MI VIDA (Marcelo)

16.     LOS HOMBRES DE MI VIDA (Marcelo)

Marcelo

 

Cuando te embarcaste

no pensé que aquélla iba a ser la última vez que mis ojos te vieran. Todo había sido dulce e incisivo al mismo tiempo. En mis dedos tenía aún un recuerdo estremecido: la fina y delicada flor de la hierba mojada de rocío.

 

En la playa,

el silencio que el amor nos pedía y tu mirar no levantaban ningún mal presagio.

 

Pasaste como una estrella fugaz

y la oscuridad, ahora, es más oscura. Dejaste un vacío duro y preciso como un puño que golpea los pulsos, el vientre, las piernas.

 

Me embriagaste de palabras y besos.

Te tuve, me tuviste –aún embriagas- un instante. Conocí otra embriaguez la más corta y la más fuerte a la vez. ¿y ahora?

 

Aquello que yo nombraba

el fruto prohibido tiene un nombre –Marcelo- y un gusto extrañamente familiar. No quiero decir con eso que se parezca a nada de lo que yo había vivido antes.

 

Es una sensación cercana

a la de llegar a un lugar donde estamos convencidos de haber estado, sin que la memoria sepa darnos razón.

 

Y la sensación de maravilla proviene tanto de esa familiaridad inesperada como de todo aquello que percibimos como desconocido y nuevo.

 

Maldigo a Poseidón

que se te llevó. Y, aun así Marcelo, tus palabras me acompañan como mi propia sombra:

 

La luna se dirige a las Pléyades

quiere ocultarse de la rabia de mis ojos. A punto de amanecer he esperado no sé qué. No me acuesto sola sino con tus huellas en mi piel.

 

                                                                                          Marta Guillamon

 

15 abr 2013

COMENTARIO PARA UN TIEMPO DE CEREZAS

COMENTARIO PARA UN TIEMPO DE CEREZAS

 

El poema "El diablo entre las lágrimas", desconcertant i molt "gràfic alhora", em transporta a  la frontera entre les creences, al segle XVI, i la malaltia de la pobra nena...

 

 

El de la sèrie "Los hombres de mi vida" el número 15 ( Leandro), conté uns versos d'una força extraordinària:

 

 

" ...dicen que aman infinitamente y, sin embargo aman infinitamente poco..." posa el dit a la nafra, a través del joc de paraules-paradoxa-contrasentit, de la sinceritat en l'amor...de la distància entre "dir " i "fer" (demostrar).

 

 

la "trampa del romanticisme" "...decir que se siente más de lo que se siente y esforzarse a sentirlo porque se ha dicho" ens mostra, potser, la voluntat de compromís com l'únic àmbit en què podem "incidir" davant la volubilitat, la llibertat, dels sentiments, que van i tornen com fan les orenetes d' Europa a l' Àfrica segons la "temperatura"...i em recorda la citació que Mercè Rodoreda feia dels clàssics " la veritat ningú no la diu i és fugissera"... (canviant...també per a bé!)

 

 

El cul-de-sac, el clímax del poema, sobre la naturalesa dels sentiments, arriba en la contundència del vers que sentencia "Dejarse es horrible, no dejarse también"...En definitiva,hi  interpreto que la humilitat és l'únic refugi que ens queda als humans davant  l'acció devastadora i alliçonadora del temps... La humilitat, i la saviesa d'aquest aprenentatge...

 

 

En canvi, "Noches de luna creciente", de Marta Guillamon, m'ha semblat "una pausa" en la lectura, ja que vehicula tots els tòpics romàntics...

 

 

El 14 de la sèrie "Los hombres..." ( Amadeo) penso que contraposa la crua realitat d'aquests temps de crisi- quedar-se a l'atur una setmana després d'haver-s'hi quedat la nostra parella- amb l'àmbit inabastable per a una societat crua i cruel- de l'amor físic i el somni com a àmbits de llibertat absoluta...

 

 

Val a dir que intento de "descodificar" alguna cosa dels poemes per evitar allò tan "twit" de "m'agraden" i prou ...però el que ens fa obrir uns ulls com taronges o ens ressona a dins, o ens talla l'alè és, justament, com el poeta diu allò que és comú a l'experiència humana...de manera que el millor que es pot dir, en realitat és "m'agraden"...i prou.

 

 

Endavant i gràcies, poeta!

 

 

Una lectora agraïda...( que no voldria ser pas pedant...)

 

TRADUCCIÓN (SIC) DE LEO P. HERMES

 

Comentario de una lectora agradecida:

 

El poema "El diablo entre las lágrimas", desconcertante y muy "gráfico a la vez", me transporta a la frontera entre las creencias, en el siglo XVI, y la enfermedad de la pobre niña ...

 

 

El de la serie "Los hombres de mi vida" el número 15 (Leandro), contiene unos versos de una fuerza extraordinaria:

 

 

"... Dicen que aman infinitamente y, sin embargo aman infinitamente poco ..." pone el dedo en la llaga, a través del juego de palabras-paradoja-contrasentido, de la sinceridad en el amor ... de la distancia entre "decir" y "hacer" (demostrar).

 

 

la "trampa del romanticismo" "... Decir que se siente más de lo que se siente y esforzarse en sentirlo porque se ha dicho" nos muestra, quizá, la voluntad de compromiso como el único ámbito en el que podemos "incidir" ante la volubilidad, la libertad, los sentimientos, que van y vuelven como hacen las golondrinas de Europa en África según la "temperatura" ... y me recuerda la cita que Mercè Rodoreda hacía los clásicos "la verdad nadie la dice y es huidiza "... (cambiante. .. también para bien!)

 

 

El callejón sin salida, el clímax del poema, sobre la naturaleza de los sentimientos, llega en la contundencia del verso que sentencia "Dejarse es horrible, no dejarse también" ... En definitiva, interpreto que la humildad es el único refugio que nos queda a los humanos ante la acción devastadora y aleccionadora del tiempo ... La humildad y la sabiduría de este aprendizaje ...

 

 

En cambio, "Noches de luna Creciente", de Marta Guillamon, me ha parecido "una pausa" en la lectura, ya que vehicula todos los tópicos románticos ...

 

 

El 14 de la serie "Los hombres ..." (Amadeo) pienso que contrapone la cruda realidad de estos tiempos de crisis-quedarse en el paro una semana después de haberse quedado nuestra pareja -con el ámbito inalcanzable para una sociedad cruda y cruel - del amor físico y el sueño como ámbitos de libertad absoluta ...

 

 

Cabe decir que intento de "decodificar" algo de los poemas para evitar aquello tan "Twiter" de "me gustan" y suficientemente ... pero lo que nos hace abrir los ojos como platos o nos resuena dentro, o nos corta el aliento es, justamente, como el poeta dice lo que es común a la experiencia humana ... de modo que lo mejor que se puede decir, en realidad es "me gustan" ... y basta.

 

 

Adelante y gracias, poeta!

 

 

Una lectora agradecida ... (que no querría ser paso pedante ...)

 

NOTA: Esta lectora agradecida aparece y desaparece misteriosamente como el Guadiana, pero sus opiniones tienen el suficiente peso como para publicarlas íntegra y literalmente. Y no hay duda de que es una persona que mastica (medita) lentamente antes de dar sus opiniones. Desde el Blog le damos sinceramente las gracias por su participación  

                                                                                       Leo P. Hermes

EL DIABLO ENTRE LAS LÁGRIMAS

      EL DIABLO ENTRE LAS LÁGRIMAS

EL DIABLO ENTRE LAS LÁGRIMAS

 

Gracias Cornelio Gemma, gracias

por esa perla de niña, Katherine, hija de un cubero. La mitad de su cara eran ojos, azules como el mar; la otra mitad labios, rojos como los arilos de una granada.

 

Corría el año -nos cuentas- 1571.

Aquel invierno era especialmente duro y aquella niña de finas y delicadas piernas sufría terribles convulsiones y

 

dolores de cabeza tan extraños,

que a veces ni tres hombres la podían sostener. Un día expulsó por un lagrimal como un diminuto insecto negro.

 

Eso fue la prueba

de que el diablo se había afincado en el interior de su nariz. La llevaron a la Curia; y, reenviada al Camarlengo que la tocó sin lograr que lo expulsase.

 

Vomitaba dos veces al día

todos los alimentos que ingería. El vómito era una mezcla de colores; un líquido en el que predominaba el anaranjado.

 

Las crisis duraban 14 días,

después de las cuales, evacuaba grandes bolas de pelo, algo apergaminado como trozos de lana, hilos de colores y escíbalos negros.

 

Todo ello envuelto

en una pestilente mucosa amarillenta parecida a la cera de sus oídos.

 

El sufrimiento se reflejaba

en su rostro como envejecido, pero llamaba la atención las dos candelas que colgaban gomosas de sus coanas,

 

eran como dos rayas

del color amarillo de araña vegetariana. La desdichada lloraba continuamente y no comprendía por qué no podían curarla.

 

En ocasiones el dolor se concentraba

en un punto extremadamente preciso: el entrecejo. Entonces sentía alivio cerrando los ojos y lamiendo sus propias lágrimas.

 

Esas modalidades indujeron

a Martí, amigo de Cornelio, físico y astrónomo como él, de origen valenciano y pupilo de Paracelso a decir que no se podía curar de ningún modo por medio de simples medicinas.

 

Necesitaba expulsar el diablo

que se le había agarrado detrás de los ojos. Para ello era preciso envenenarlo con sus propios excrementos.

 

Diligentemente tomó

una amarillenta lágrima seca, la diluyó en media copa de aguardiente y luego a su vez en agua bendita que se le daba a la niña gota a gota.

 

Los múltiples estornudos

arrojando mucosidad espesa indicaban que el diablo estaba perdiendo su sustento y, en efecto, no tardó en mejorar y ganar peso.

 

Gracias Cornelio Gemma, gracias

por ese antecedente de Katherine, la hija del cubero.

 

                                                                                         Johann R. Bach

 

15. LOS HOMBRES DE MI VIDA (Leandro)

15.  LOS HOMBRES DE MI VIDA (Leandro)

EN EL FULCRO DE LA BALANZA

 

Tu locura siempre fue la misma

que la de aquellas personas que dicen que aman infinitamente y, sin embargo aman infinitamente poco.

 

Siempre quisiste evitar la trampa del romanticismo:

decir que se siente más de lo que se siente y esforzarse a sentirlo porque se ha dicho.

 

Entonaste un mea culpa, confesa y convicta.

El castigo vino bastante más tarde y es, ahora, este amor sin palabras.

 

Has abierto el correo

aunque sabías, naturalmente, que no tendrías ningún mail de Leandro. Pero esperabas, no sabías cómo, imprecisamente, encontrar en los archivos antiguos algún rastro de sus palabras.

 

Estaban todos, desgraciadamente, borrados.

Medio decepcionada, medio aburrida has comenzado a registrar carpetas sin saber exactamente qué buscabas.

 

De repente, te has encontrado a ti misma,

en unos largos escritos que le escribiste hará cosa de cinco o seis años.

 

Eres, de hecho, otra persona.

 

Con los años, tu gran pasión

se hizo cada vez más densa y difícil de llevar. La vuestra pesaba sobre Leandro y tú y vosotros pesabais sobre ella.

 

Reconoces que hace tiempo te instalaste,

inmóvil y tensa, en el fulcro mismo de la balanza. En un punto muerto.

 

No querías vivir ni querías

que otro viviera en el punto muerto de un sentimiento: cumplir sin deseo los gestos del amor aun luego descubriste que los hombres -también ellos- simulan.

 

Dejarse es horrible, no dejarse también.

 

No es cierto que no supieras decirle

las grandes palabras. Ahora crees que quizá no se precisen, aun más: que es mejor dejarlas en las golfas o quemarlas como muebles viejos la noche del solsticio de verano.

 

Los románticos –así lo crees-

Se apropiaron de todas las palabras mayores y ahora sólo cuentas con las pequeñas. Pero realmente es más difícil encontrar al insignificante insecto que un mamífero.

 

Has encontrado un mail

que le dejaste a la vuelta del dentista en el que le decías, con palabras más o menos vivas, que recordar sus besos había sido la mejor anestesia.

 

En otro mail celebrabas

como una fiesta un día cualquiera simplemente porque él lo pintaba de rojo con su sola presencia.

 

Ingenuidades de bisutería,

que en la distancia te hubieran parecido ridículas si no te hubieran inspirado la más violenta de las envidias.

 

Ahora no sabes si te faltan las grandes palabras.

Pero sí aquella intensidad, y la extraña vibración que electrizaba todas las cosas, aquel estremecimiento dilatado que tensa, aún hoy, los mails más largos que le escribiste y que centellea un momento en los mensajes breves.

 

El juego y el fuego,

la sal y la pimienta del amor en palabras de algún poeta.

 

Hay quien cuando no tiene palabras

las toma prestadas. Envíale, pues, todo lo que le escribió la enamorada que fuiste. Es lo que hoy, si fueras capaz, te gustaría poder decirle.

 

                                                                                 Johann R. Bach

14 abr 2013

NOCHES DE LUNA CRECIENTE

         NOCHES DE LUNA CRECIENTE

   

El cielo se encarga de mezclar con la plata

el bronce y el cristal.

 

Así mi piel oscurecida de años

que entrelaza la nocturna mirada con la catarata blanca que brilla sobre mi busto cincelado por noches de luna creciente, aún acusa el placer de los besos masculinos y habla directamente contigo.   

 

¡Escúchanos! ¡Oh luna!

 

Tú que llenas la noche

de blancas figuras de héroes y reflejas los tenues rayos del sol nocturno sobre las copas de los árboles de los callados bosques mientras creces.

 

Tú que no te apartas

del tierno abrazo de los amantes y guardas en las carpetas de sombras de tiempos famosos de tus archivos de rocas brillantes en los alrededores de ríos y lagos,

 

te extiendes sobre la ciudad

donde habita un linaje corrupto, frío y maligno y los nietos de ojos limpios, sin sangre, se disponen a afrontar el futuro, deseando crecer como las mareas.

 

¡Oh luna!

 

Entrelaza con tus sombras

que suspiran sobre el cristal vacío de los lagos de alta montaña para que puedan engullir el reflejo de todos los astros y podamos beber sus aguas.

 

Cubre con tu luz

los claros del bosque  para que podamos sobresalir por encima de las infernales muecas de fogosas bestias de ásperos licopodios, abetos y amanitas encantadas.

 

Eres más fuerte

que la boca oscura de la melancolía, que la forma plasmada de grises y rosas nubes de otoño y más generosa que el manto de gotitas de lluvia que caen sobre una aldea que piadosa en imágenes morenas expira.

 

¡Escúchanos!

 

Y haz que las noches de otoño

no lleguen tan frías y chispeando estrellas sobre nuestros huesos troceados sean como monjas silenciosas que sueñan con su Orfeo.

 

                                                                                                Marta Guillamon