21 mar 2013

VIAJE A LA ANTÁRTIDA de la novela "Suite de la Antártida"

               VIAJE  A  LA  ANTÁRTIDA     

 

Sabes bien

que no has decepcionado del todo

a aquella joven que fuiste: muchos de sus sueños, inquietudes, aspiraciones se convirtieron en excrementos para olvidar en el estercolero, pero

 

del impulso inicial aún te quedan fuerzas.

 

De no ser así,

no hubieras sobrevivido: el aroma que vas dejando a tu paso es aún fresco como el del agua de mar que baña La Antártida;

 

sigues transformando el mundo

con ciertos hechos cotidianos como saludar con la sonrisa por la mañana, recordar los pensamientos de Kant y Descartes y amar con la mirada

 

aquello que te es inalcanzable.

 

Tus sueños son como los aparejos y las crines

de los grifos1 dorados que se oyen lejanos en la oscuridad, al estar sola,

entre remos y luces de pescadores… mientras flotas en el viento de Puerto Williams dispuesta a embarcar y partir para la isla Decepción.

 

¡Cuántas veces esa triste nave de tus sueños

partió sin ti, con su espectacular monotonía; con sus bronces y sus juegos de agua llenos de música: el brillante clamor de un ritual de gracias escondidas y

 

una sabiduría tan vieja como el mundo!

 

Aunque también alguna vez, hiciste el viaje

intentando convencerte a ti misma de que eras dichosa y te repetías a cada golpe de remo: aquí termina el reino de mi cuerpo.

 

Y lo hiciste sin guardar rencor;

con un deseo inhábil que no colman las acrobacias de la voluntad, y con cierta ingratitud no muy profunda.

 

Tenías entonces demasiados críticos

acercándose a tu piel como si fueran trampolines. Demasiados cayendo de nuevo a la laguna de sí mismos.

 

Entretanto tú ya habías sentido

en cientos de ocasiones aquella fogarada leve y breve que recorre el cuerpo de pies a cabeza por un contacto casi imperceptible, a flor de piel, por una mirada que te hace sentir de repente el alma desnuda invitándote a un viaje a tierras desconocidas.

                                                                                                         Elisa R. Bach                                           

(1)     Grifo: animal fabuloso, mezcla de león y águila
 
NOTA: Otros escritos en la web www.homeo-psycho.es

20 mar 2013

LA EDAD DE LA LUZ de la novela "LAS TARDES DE UN ALFÉREZ"

Johann R. Bach

LA EDAD DE LA LUZ de la novela "LAS TARDES DE UN ALFÉREZ"

             LA EDAD DE LA LUZ  (IV)

 

 

LA EDAD DE LA LUZ

 

A Paul Lafitte le parecía que la luz tenía edad:

nacía, maduraba, envejecía y moría en la noche escondida tras la propia sombra del planeta.

 

La espera excavaba en aquellas noches

un insomnio vertiginoso sobre los campos de alfalfa vigilados por escuadrones de valeriana. La combinación de ambas plantas daba vigor a sus músculos y tranquilidad a su alma.

 

Entretanto, en el cobertizo,

bajo la paja, se acumulaba poco a poco gasolina en espera de la deseada fuga. En el almacén de abonos de Hof conoció a un grupo de prisioneros que trabajaban allí desde hacía dos años.

 

Uno de ellos le dijo en voz baja

"si conocía Grenoble". Sus ojos se empequeñecieron para evitar el chorro de luz que estaba iluminando sus pupilas. Esa era la consigna del maquis provenzal.

 

Le contestó que "él no pero su hijo sí"

a modo de contraseña. En un momento dado Firmin le colocó en su bolsillo un papel doblado que no leería hasta llegar la noche. Simulando decirle algo sobre las ruedas, le indicó una pequeña cavidad entre las ballestas y le nombró la palabra correo.

 

La camioneta iba dos veces por semana a Hof

con lo que se estableció un correo regular entre todos los componentes del maquís en la zona. La información pasaba a través de la vía checa de la resistencia.

 

La actividad para una fuga

en toda regla había comenzado. El peligro de ser descubiertos también, pero saber que contaban con la ayuda de los sudetes les animaba como una aurora.

 

Durante tres semanas el correo funcionó

a las mil maravillas, luego quedó interrumpido sin saber por qué.

 

A las cinco de la mañana

el runruneo del motor de la camioneta despertó a Paul; pocos segundos después la puerta de su prisión se abrió y sorprendentemente era Monique, la mujer de Dieter, la que requería sus servicios.

 

Paul se sentó en la amplia cabina

junto a ella. A pesar de la oscuridad de aquel amanecer adivinaba su perfil: era hermosa, algo corpulenta y con cierto aire empático en sus movimientos.

 

La camioneta avanzaba lentamente

por aquel camino helado y lleno de socavones. Paul la notó excitada por su proximidad y no pudo evitar acariciarle la rodilla con suavidad.

 

Todo, absolutamente todo

se puso patas arriba. Lo que no habían conseguido los continuos bombardeos o el goteo de pérdidas humanas se despertó entre dos enemigos irreconciliables:

 

La madre, en casa,

la que puso tranquilamente los platos en la mesa para la cena durante tantos años se esfumaba bajo el calor de una amorosa mano.

 

La madre de palabras dulces,

inmaculados su gorra y traje que habían exhalado el olor sano de su persona, pasaba a pensar en las mariposas que revoloteaban en su vientre.

 

La figura del padre, Dieter, fuerte, arrogante,

viril en las formas, mezquino, colérico, injusto, con su golpe y palabra violentos, con su pacto estricto y sus añagazas se hundía ante una acaricia de la música de una viola de gamba entre las piernas.

 

Las costumbres, el lenguaje educado de los visitantes,

los muebles familiares… Todo, absolutamente todo se tambaleaba.

 

Sólo el efecto que no permite contradicción,

el sentimiento de lo que es real, la idea de que pueda al cabo no ser real como el corazón anhelante y amoroso, se mantenía en pie en aquel paisaje helado.

 

Las dudas del día y las dudas de la noche,

el sí y el cómo extraños de una pasión, dentro de una cabina de una camioneta varada al borde de un camino de una llanura llamada a convertirse en un infierno eran en su conjunto

 

destellos de lo que nunca

se debió haber modificado: hombres y mujeres apretujándose en rincones nunca pensados para ello en el instante, bellísimo, en que la luz comienza a nacer.

                                                                                         Johann R. Bach 

 

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19 mar 2013

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PAUL LAFITTE (Suite del maquís)

     EN LA GRANJA (Johann R. Bach)  (III)

 

                                                       

TERCER POEMA DEL CONJUNTO DE PAUL LAFITTE (Suite del maquís)

     EN LA GRANJA (Johann R. Bach)  (III)

 

Durante dos días le hicieron cambiar

cinco veces de tren. Sin comer nada durante el trayecto, el estómago se le retorcía como su rabia.

 

Pidió a los guardianes ir a orinar,

aquéllos, mofándose de él, lo sacaron al aire libre. Orinó ante las risas de sus captores en la plataforma formada por dos planchas de hierro entre los vagones de aquel tren que podría ser el último.

 

Pensó en saltar y escapar,

pero desconocía dónde se hallaba y a juzgar por la hora ya debían estar en suelo alemán. Por otra parte le habían quitado su documentación, y con la escasa ropa no resistiría mucho tiempo perdido. Prefirió esperar a que el Destino le diera otra oportunidad.  

Cuando Paul Lafitte bajó del tren

leyó "Hbf Gera" en un gran letrero. Desconocía el nombre del lugar y dónde se podría hallar. Su obsesión por los mapas cobró nuevos bríos.

En la misma estación fue entregado a tres hombres vestidos de paisano que a juzgar por su aspecto podrían ser abuelo, hijo y nieto.

 

Lo subieron a la parte trasera

de una camioneta, junto a unos postes de madera. El viaje duró unos veinte minutos. Su primera tarea de prisionero fue la de descargar la madera.

 

Oscurecía ya cuando le condujeron

a un pequeño cobertizo junto a una nave enorme donde mantenían a cientos de pequeños cerdos. En su interior había un montón de paja que le señalaron como sitio para dormir.

 

Le dieron dos mantas

y una marmita llena de patatas crudas con dos trozos de carne magra. Cuando la puerta se cerró tras él oyó como la llave chirriaba en la antigua cerradura y se lanzó desesperadamente sobre "aquellos manjares".

 

Paul Lafitte se encontraba al borde

de la desnutrición y se comió la primera patata a grandes mordiscos. Su estómago protestó por la acidez y pasó a devorar la carne. Buscó por todo el cobertizo algo que le pudiera ser de utilidad.

 

Mientras se calmaba algo su estómago

pensó que aquella tierra quizás recibiera las semillas con tristeza. Las semillas que tanto arriesgaban en medio de los campos arrasados por el fuego probablemente no se preguntarían si eran felices;

y, sin embargo, brotaban.

 

Desde el primer momento

que Paul Lafitte vio los campos de aquella granja le vino a la cabeza el concepto de maldición; una maldición que no se parecía a ninguna otra.

 

Aquella maldición azul parpadeba

con una especie de pereza como queriendo dar el aspecto de una naturaleza afable; los hilos de luz que se iban perdiendo en la noche ofrecían una cara de rasgos tranquilizadores.

 

Pero una vez acabado el fingimiento

surgían del amanecer el nervio y el malhumor de Dieter quien parecía ser el que mandaba sobre toda la familia.

 

Durante los siguientes días, Paul Lafitte

ayudó sin rechistar en todas las tareas de la granja y vio cómo su esfuerzo era compensado con arroz hervido, algún que otro muslo de pato, tres salchichas diarias y de vez en cuando un pie de cerdo extremadamente salado y que en realidad era de vaca.

 

De lejos veía a tres damas

de las que no podía apreciar ni su edad ni su aspecto. En realidad no podía quejarse: dormía sobre un lecho cubierto por una manta, estaba ganando peso y a pesar de estar vigilado todo el día, en su mente se iban encajando los datos para una posible fuga.

 

A veces, la silueta de un caballo joven

en el horizonte montado por un niño lejano avanzaba exploradora frente a sus ojos y la excitación, ante esa estampa de libertad, se desbordaba con lágrimas humanas.      
                                                              Johann R. Bach
                                                  www.homeo-psycho.es                                                 

17 mar 2013

EL NIÑO QUE QUERÍA CRECER Segundo poema de la serie de PAUL LAFITTE

Johann R. Bach

SEGUNDO POEMA DE PAUL LAFITTE (Suite del maquís)

EL NIÑO QUE SOÑABA CON CRECER (II)

El acento suave de las erres,

propio de los marselleses, disimulaba su origen ampurdanés.

 

Él ignoraba su destino

y sólo la banda azul en su brazo le distinguía de los demás. De momento se sentía a salvo comprimido entre los desnutridos cautivos. La ausencia de hombres viejos impregnaba de esperanza todo el vagón.

 

El traqueteo de las ruedas metálicas

al saltar las ranuras de dilatación entre vías no era precisamente un vals, pero si lo suficientemente monótono para adormecer a Paul Lafitte –el más despierto entre todos aquellos pechos y espaldas.

 

Entre sueño y sueño observó

que entre los prisioneros destacaba, a pesar de un andrajoso vestir, un joven rubio de ojos tan azules que hacían sospechar que era un alemán infiltrado.

 

Aquello le impulsó

a cruzar algunas palabras con los compañeros de infortunio al solo objeto de demostrar que él era un auténtico francés.

 

No le fue difícil adoptar

aquella nueva personalidad puesto que en su raigambre había también una tierra,  l'Empordá mediterráneo, un viento, la Tramontana, y, una lengua, el catalán.

 

Todo ello muy similar

al conjunto de adopción de la Provenza con su Mistral, cazador de nubes, y el francés sibilante de la Côte d'Azur.

 

Paul estaba convencido

de que en épocas de falsificación e hipnosis generalizadas hay que empecinarse en preservar la lucidez y mantener abierto un prudente diálogo acerca de las dimensiones esenciales de la condición humana:

 

libertad, justicia, amor, trabajo, creatividad…

 

Paul era uno de esos hombres

que habían derrochado generosidad en su juventud y eso era la causa de su ruina. Todos aquellos actos de liberalidad realizados al objeto de llevar una vida coherente eran los responsables de su situación.

 

Lo había perdido todo absolutamente:

amigos y compañeros abandonados en las cunetas de las carreteras o en los bajos bosques, amores desaparecidos en las continuas huidas y hasta su nombre desapareció en un asalto a una columna de invasores.

 

Aceptó la consumación del ciclo de la mercancía

y reconoció que nuestra civilización se había internado resueltamente en el ciclo del excremento, pero no quería renunciar a oponerse a un auténtico vendaval inhumano que quería reducir la Naturaleza a unos pocos parques naturales.

 

Nunca aceptaría –se decía a sí mismo-

que el hombre se convirtiera en jardinero de pequeñas parcelas verdes de un mundo arrasado.

 

Paul era, en efecto, un niño

que siempre soñó con crecer al mismo tiempo que los olivos: lentamente, sin prisa, pero sin pausa.

 

Dispuesto para el brote,

el porvenir le cedía todo el esplendor de la fe profunda. Su mirada llena de intención fundía la nieve y le protegía de toda destrucción:

 

la parte de la naturaleza

contenida en su pecho esperaba el momento oportuno para romper el cascarón como una nuez antes de convertirse en nogal.

 

Los crímenes que se estaban cometiendo

no hacían más que aumentar la rabiosa voluntad de enseñar a millones de almas a despreciar a los dioses fríos como el hierro que llenaban los uniformes de los soldados del ejército ocupante.

 

El porvenir parecía querer crear

otro ejército de pesimistas: en el curso de aquel viaje en el tren, los prisioneros veían cómo se realizaba el objeto de su recelo.

 

Sin embargo, el racimo que sigue a la siega,

por encima de su cepa, a pesar de la guerra, llegaba a concluir. Aquello también lo percibían los pesimistas.

 

Paul Lafitte, poco a poco investido

por su nueva personalidad, sabía que, a veces, lo real apaga la sed de la esperanza. Por eso es por lo que, contra toda espera, en su pecho sobrevivía la idea de un futuro mejor.

 

Aquél no era un tren

que fuera a ninguna parte: tenía un destino y un objeto.

 

                                                                                  Johann R. Bach
                                                                de la novela "Las Tardes de un Alférez"

16 mar 2013

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE (I)

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE (I)
de la novela "Las Tardes de un Alférez"
Johann R. Bach

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE (I)

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE (I)

 

Toda la nieve del valle era insuficiente

para enfriar sus sesos. Tenía el infierno en la cabeza.

 

Con la primavera en la punta de los dedos

en el mismo instante en que La Candelaria reía, las verdosas andanadas de hierbas exuberantes cubrían las escasas parcelas de tierra enamorada. 

 

Como a todo lo demás,

animales de granja, escarabajos y muebles, le había temblado también el espíritu.

 

Con gran dolor se comió,

al mismo tiempo que su orgullo, las fotografías que aún conservaba en la cartera.

 

Eran auténticos documentos gráficos

de una actividad –la guerrillera- que comprometía su alma, incluso si aquélla hubiera estado dormida.

 

¿Cómo le pudo llegar a él la escritura? 

 

¿En qué podía pensar si no,

mientras el plumón de la niebla se estrellaba contra aquella ventana que no podía protegerle ni siquiera del frío del invierno?

 

Se levantaba de su lecho de paja,

iba y venía dando saltos de un lugar a otro, combatiendo con el ejercicio su entumecimiento.

 

Llegó a desear

que sus enemigos lo trasladaran lo antes posible a otro lugar soñando con el ligero calor del interior de un vagón de tren.

 

Siempre se había sentido orgulloso

de no haber nacido en una metrópoli. Creía que eso era una suerte porque le permitía ver a su país "desde fuera".

 

Comprendió que aquella guerra iba a prolongarse

 

"más allá de los armisticios platónicos",

pues los excrementos del nazismo se habían hundido en el fértil inconsciente de los hombres y la única forma de resistir era convertirse en un refractario.

 

Su propio aliento

era el único calor que llegaba a sus manos…

 

Dos soldados le registraron en el cobertizo.

al encontrar en su cartera un tríptico que le identificaba como Paul Lafitte, nacido en Aix-en-Provence,

 

le pusieron un brazalete azul en el brazo

y lo subieron a un vagón abarrotado de prisioneros.

 

El calor de aquel amasijo de desdichados,

con un mismo momentáneo destino, le devolvió la esperanza.

 

Vivió aquella noche

coloreada de herrumbre como la de un reo que ve cómo alguien misterioso le abre las rejas de todos los jardines.

 

Sobrevivió

porque para la mirada de la noche viva, el sueño no es a veces sino un liquen espectral dispuesto a hacerse realidad.

 

                                                                                         Johann R. Bach
                                                                       De la novela "Las Tardes de un Alférez"

                                                                                 

15 mar 2013

PAUL LAFITTE (Suite del maquís) de Johann R. Bach

CONJUNTO DE SIETE POEMAS DE LA NOVELA "Las Tardes de un Alférez" QUE SE SUBIRÁN AL BLOG Homeo-Psycho PRÓXIMAMENTE.
Clicad en la foto para ampliar

14 mar 2013

CARTA DE LECTURA DIFERIDA

ROSA FRAGANS

CARTA PARA LECTURA DIFERIDA

        CARTA PARA LECTURA DIFERIDA

 

 Querido Leo P. Hermes:

 

Te escribo a ti

porque creo que sabrás comprenderme y porque necesito escribir algo de lo que ya no cabe en mi pecho.

 

Aunque quizá te asombre

yo había sentido muchas veces aquella llamarada leve y breve que recorre el cuerpo de pies a cabeza por un contacto casi imperceptible, a flor de piel, por una mirada que te hace sentir de golpe el alma desnuda.

 

Por una palabra tierna,

o por las lágrimas mezcladas en un abrazo que se prolonga, había conocido sensaciones que parecían agotar su sentido en ellas mismas y que no pedían nada más; ninguna urgencia las llamaba a lugar alguno.

 

Alguna vez, también, a los quince años,

una palabra furtiva, cazada al vuelo, una broma entendida a medias en el desmadre de risas y juerga que acompañan las tertulias en la piscina, centelleaban por un momento como unos interrogantes sin respuesta.

 

Las ideas y frases de Marta Guillamón

respondían una pregunta justo antes de que hubiera sido formulada. Y, ante la respuesta, la pregunta osaba hacerse presente con inusitada fuerza.

 

Durante dos años

estuve intercambiando con Marta correos y poemas casi a diario. Me fue más fácil de lo que pensaba, aunque ninguna dificultad –en aquellos momentos- habría puesto freno a mi repentina obstinación.

 

Mis mensajes eran un reclamo,

una llamada imprecisa y abierta hacia lo desconocido. El día que escuché la música que ella me recomendó –Spiegel im Spiegel de Arvo Pärt- sentí un desconocido placer hormigueante en todo mi cuerpo.

 

Aquella música fue para mí

el enésimo descubrimiento de cómo de forma misteriosa podía penetrar su imagen en mi corazón. Hasta aquel momento Marta G. no tenía rostro aunque creo que yo conocía su alma mejor que la mía.

 

A veces mientras me debatía

en una efervescencia informe, ella se presentaba delante de mí armada de la fuerza de la palabra que ordena y da forma. Cierto día en que sentí ahogarme, faltándome el aire y a las puertas del Inframundo, me fue indicando por teléfono, cómo respirar tumbada en el sofá.

 

 

Me recuperé

y no me cabe la menor duda de que, afortunadamente, su palabra podía más que la mía. Creí entonces que era un ángel y su alma, en último término, la belleza de sus poemas. Y en el encanto de aquel espejo yo buscaba los rasgos ignorados de mi espíritu.

 

La quise conocer,

tocar sus huesos, mirarme en sus ojos... Fue el mayor error de mi vida: Marta no esperaba nada de los hombres; en muchos correos me había dicho que no tenía amigos y al mismo tiempo afirmaba que no había amistad sin estima y que nunca había encontrado un hombre que le hubiera inspirado.

 

Sin embargo no existían barreras para su sexo

lo que me decepcionó profundamente. Rompí el encanto de nuestra relación. Fue apasionante mientras fuimos unas perfectas desconocidas. Sólo pude excluir de mi absoluto menosprecio sus poemas porque, a mi pesar, trascendían su desbocado sexo.

 

A pesar de haber roto el cordón umbilical

que nos unía, no pude reprimir mi deseo y le envié el siguiente poema a modo de felicitación de año nuevo y de despedida:

 

¡¡BUEN AÑO!!

 

Gracias Marta

por éste y cada uno de los poemas que me has enviado en este tiempo. Quizá se me escapen detalles y ya sabes, amiga mía, que a veces resulta difícil juzgar al quedarse sólo con

 

el elemento sensible que percibo.

 

Donde quiera que te lleven tus pasos,

deseo que se vean cumplidos tus anhelos, y la alegría te acompañe.

 

Si la pena osa traspasar la barrera

de tus sueños no le des permanente cobijo. Que tus ojos y tu corazón estén siempre abiertos a la belleza que nos traes en cada uno de tus poemas y en la música que se desprende de tus sienes.                                                                                        

                                                                                                           Rosa Fragans

 

Si algún día alguien lee sus correos,

que no se extrañe de ver que los firmaba como "tu amante" "Besos allí donde los quieras"…

                                                                                           1 de enero de 2.001

                                                                                                    Rosa Fragans 

 

NOTA: Es mi deseo que nadie pueda leer –si ello es posible- el contenido de esta carta antes del 15 de marzo de 2.013

EL MISTERIO DE LAS FILOSOFÍAS

Johann R. Bach

EL MISTERIO DE LAS FILOSOFÍAS

       EL MISTERIO DE LAS FILOSOFÍAS

 

 

                                 EL MISTERIO DE LAS FILOSOFÍAS

 

Lo que fascinaba aquí y allá

de los versos de Marta Guillamón era el porvenir, oscuridad resbaladiza anterior a la aurora, en tanto en cuanto que su noche se fuera confundiendo poco a poco con el pasado.

 

Para ella todas las profesiones –vocacionales o no-

tenían algo en común y como los arroyos corrían juntas coincidiendo en sus avenidas con momentos de mayor o menor euforia de las nubes de invierno o primavera.

 

Solía decir que las gotas de lluvia eran

en toda estación los hermosos relámpagos del horizonte y la tierra que debían recorrer antes de ser bebidas por bocas llenas de ansiedad dependía de la autorización de los bosques.

 

"No hay opción posible –repetía a menudo-,

hay que conseguir que el rayo al caer se convierta en el incendio de nuestro placer, mientras que toda otra actividad profesional o no será secundaria y dependiente del dios Eros".

 

"El rayo libera la tempestad

–escribió en cierta ocasión-, permitiéndole colmar nuestros placeres y nuestra sed. ¿No es sensual el rayo de subir, de día, el cubo de la cisterna donde el agua no cesa de bailar el esplendor de su nacimiento entre encaladas paredes?  

 

En momentos de pesimismo,

repetía hasta la saciedad que ya no bastaba el optimismo de las filosofías. Éstas y el arte trágico habían fracasado ya hacía tiempo. Su fracaso sólo beneficiaba a la ciencia-acción, el ardor del azufre y la amargura de la estricnina.

 

"Durante milenios

–explicaba al beber un par de cubatas- voló silenciosamente el Tiempo, mientras el hombre iba formándose. Vino la lluvia convirtiéndose en vino sagrado, infinitamente; luego el hombre caminó y actuó".

 

"Nacieron los desiertos

–continuaba diciendo mientras echaba otro largo trago-; el fuego se alzó por segunda vez. Entonces el hombre con el apoyo de la alquimia que se renovaba buscando la homeopatía y otras ciencias de la salud, dilapidó sus riquezas y masacró a los suyos".

 

"Siguieron el agua

–decía con los labios empapados de ron-, la tierra, el mar, el aire mientras un átomo se resistía a la fisión".

 

Sí sí, no me miréis así:

todo eso sucedía hace pocos minutos. ¿Sólo Marta Guillamón se había dado por enterada?

                                                                                          Johann R. Bach

 

13 mar 2013

AURUM (o El Buscador de Oro)

AURUM NO RENUNCIA A SER RICO

AURUM (o El Buscador de Oro)

                        AURUM ( o El Buscador de Oro)

 

Sin poder dormir

te levantas, paseas tu rabia y tu lascivia por el pasillo, bebes un pequeño sorbo de agua con gas; el dolor abdominal sube al límite, como tu tensión arterial.

 

Crees que la vida

te ha tratado mal y los tuyos han sido injustos. Te han abandonado –crees-

después de darles la vida, el idioma y treinta años de alimentos.

 

Sientes que este mundo

ya no te da alegrías que compensen tus sacrificios aunque reconoces que nunca renunciaste a ser rica; enrojeces sólo de pensarlo: las dolorosas punzadas como arpones clavados en tu corazón te hieren más allá de las coordenadas de un umbral soportable.

 

Sin saber por qué, te sientas

y escribes una larga lista de tareas destinadas a poner orden en todo aquello que crees que es de tu responsabilidad: lo quieres dejar todo listo hasta el último detalle antes de iniciar tu viaje hacia el Ápex.

 

Planeas ir a ver las olas del mar;

crees que sólo el olvido podría cubrirte de pétalos de rosas. No como antiguas naves encalladas, desguazadas y oxidadas con las costillas al aire, sino como una gota de miel flotando en el mar.

 

Así caería tu cuerpo;

así las aguas te cogerían al vuelo; así tu olvido dejaría de alimentar malas conciencias con las que se sacian las olas de la desesperanza de los cardíacos.

 

Tus palabras

no son ya más que un sueño de piedras a punto de calcinarse, no son tampoco más que otras palabras.

 

Fuiste por el camino de los hombres

que no eligieron la vida que vivieron: te perseguía el mar en un abrazo que colmó tus pulmones de un rumor de locura.

 

Y, sin embargo,

a pesar de que te desvives por los tuyos, un silencio va buscando a lo lejos tu mirada y, con calma, quieres besar esa otra vida de ser mar en el mar que alimentas.

                                                                               Elisa R. Bach