6 feb 2013

LA ESPECIAL FUGA DE PAUL LAFITTE

LA ESPCIAL FUGA DE PAUL LAFITTE

 

La tarde había completado

la mitad de su recorrido. En ese mismo instante el enjambre de los cielos iba a caber enteramente en su mirada. La silueta de dos guardianes con paso rápido desaparecía en el horizonte.

 

Todo estaba en su sitio.

Los presagios eran buenos y sus manos se cerraban como si pudiera coger con ellas las estrellas flagelarias. Desnudo de cintura para arriba se recostó sobre la paja removida.

 

Pensó en su niñez,

cuando tenía diez años solamente: el mar le engastaba y el sol cantaba las horas sobre el reloj sosegado de las aguas. La despreocupación y el dolor habían empotrado al gallo en el tejado de las casas y se aguantaban juntos.

 

Oyó cómo sigilosamente se abría la puerta

del cobertizo. Una silueta femenina, se deslizaba como un fantasma en pena. Era Sofía. Paul levantó la manta para acogerla. Se situó junto a él. Por su rostro las lágrimas corrían a chorro.

 

Sus manos estaban heladas

y las palabras se le habían quedado en el pecho. Las caricias sobre su pelo no eran suficientes para borrar su tristeza infinita. Finalmente la palabra fatal salió de sus labios:

 

"tot" (muerto), Thomas ist gestorben,

Er starb bei den Kämpfen in der Normandie. Dieter auch? Ja.

 

Paul se preguntaba

¿en qué quedaba la realidad sin la caricia dislocadora de la poesía? En aquel momento decidió fugarse con los restos de la familia. Convencer al abuelo sería lo más difícil.

 

Se confió a Sofía arriesgándose

a que sus planes fueran frustrados, pero la sinceridad de su tristeza no dejaba lugar a dudas. Los abrazos de aquella noche eran una señal más de que la fuga podría tener éxito.

 

El bombardeo del amanecer le sorprendió

apretujado al mejor regalo de la naturaleza. Se vistió rápidamente y salió al encuentro del abuelo que corría a poner a cubierto el camión. Las luces del cielo aún no se habían encendido.

 

Paul Lafitte cargó

ante la mirada atónita del abuelo las latas de gasolina. Sofía se encargó de darle los detalles de la fuga. Creyó estar alucinando en medio de aquel infierno, como si Dios hubiera vivido demasiado tiempo entre ellos.

 

Las estrellas del amanecer

que habían sido soberanas en su mirada hasta aquel mismo día quedaban ocultas por el fuego y el horror. Los ángeles habían decidido comenzar de nuevo para hacer posible de nuevo el amor.

 

                                                                                                     Johann R. Bach
                                                                                         www.homeo-psycho.de

 

 

5 feb 2013

LOS COMPAÑEROS DE PAUL LAFITTE

Diez años de lucha de un maquis. Relatado en tercera persona

LOS COMPAÑEROS DE PAUL LAFITTE

LOS COMPAÑEROS DE PAUL LAFITTE

 

Los compañeros de Paul Lafitte

establecidos y organizados en Hof enviaron un mensaje indicándole que la guerra había dado un giro importante y que estuviera preparado para un posible golpe de mano en la zona.

 

Acostumbrado a las mentiras

de los partes de guerra y a las batallas de mensajes falsos cuya finalidad era la de dar moral a los combatientes, sonrió y se dispuso a escribir las sensaciones sobre las que nadar aunque no se vislumbrara la orilla.

 

Agnés le traía papel

que robaba en el instituto de Gera pues ya comenzaba a escasear. Su caminar erguido se distinguía desde lejos por sus anchos hombros como un libro abierto. De grandes ojos y tez blanca parecía hermana de Sofía y no su hija.

 

Verla al lado del camino

con su pelo de oro haciendo juego con el campo de alfalfa y caminando deprisa como si quisiera deshacerse lo antes posible del objeto robado era como un cuadro de Monet.

 

En efecto, los alemanes tienen tendencia

a considerar todo pequeño hurto como un crimen y toda liberalidad se convierte en una colaboración con el enemigo. Si era descubierta por satisfacer las ansias de escribir de un prisionero se exponía a graves consecuencias.  

 

De repente aquel idílico cuadro

de una muchacha atravesando un campo de alfalfa se vio inmerso en un auténtico infierno: las bombas caían aquí y allá abrasando los campos.

 

Paul corrió al encuentro de Agnés

y la arrastró literalmente hasta una pequeña hondonada, allí la cubrió con su propio cuerpo. En el aire flotaba un negro fragor como negra era la inmovilidad. La brisa caliente olía a azufre y leña quemada y el terror se extendía cegando la tarde.

 

Cuando el bombardeo acabó

todo permanecía quieto como si fuera posible la repetición de aquellas oleadas de fuego. En medio del sonido de sirenas de alarma antiaérea Agnés conoció sus primeros besos y el sudor de una piel masculina: el cálido grito de la anémona quería sustituir el verdor de los campos.

 

Aquel bombardeo convenció a Paul

de que, en efecto, la guerra había dado un giro importante. Al amanecer vio a través del pequeño ventanuco del cobertizo cómo Dieter y su cuñado Hans se despedían con efusivos abrazos de Thomas –el abuelo- Monique, Sofía –sus esposas- y de su hija Agnés.

 

Paul era sólo un prisionero

del que ni remotamente pensaron que fuera un humano merecedor de una despedida. No importaba el tiempo que había estado arañando la tierra para arrancar algunos alimentos destinados a la familia. Se sintió dolido.

 

Poco después Thomas, cabizbajo

y sin mediar palabra abrió la puerta del cobertizo y le dio una pala para reanudar el trabajo.

 

Durante más de diez días

no tuvo contacto más que con Thomas. En el ambiente se palpaba un endurecimiento en el trato de los prisioneros. Sus movimientos se redujeron al trabajo junto a Thomas y el resto del tiempo era encerrado en el cobertizo.

 

Por suerte tenía algunas octavillas

de papel sobre las que escribir. Con su diminuta letra Paul administraba el espacio del papel como los alimentos que le procuraban.

 

                                                                                     Johann R. Bach
                                                                          www.homeo-psycho.de

 

4 feb 2013

LA EDAD DE LA LUZ

 

LA EDAD DE LA LUZ

 

A Paul Lafitte le parecía que la luz tenía edad:

nacía, maduraba, envejecía y moría en la noche escondida tras la propia sombra del planeta.

 

La espera excavaba en aquellas noches

un insomnio vertiginoso sobre los campos de alfalfa vigilados por escuadrones de valeriana. La combinación de ambas plantas le daba vigor a los músculos y tranquilidad al alma.

 

Entretanto en el cobertizo,

bajo la paja se acumulaba poco a poco gasolina en espera de la deseada fuga. En el almacén de abonos de Hof conoció a un grupo de prisioneros que trabajaban allí desde hacía dos años.

 

Uno de ellos le dijo en voz baja

"si conocía Grenoble". Sus ojos se empequeñecieron para evitar el chorro de luz que le estaba iluminando sus pupilas. Esa era la consigna del maquis provenzal.

 

Le contestó que "él no pero su hijo sí"

a modo de contraseña. En un momento dado Firmin le colocó en su bolsillo un papel doblado que no leería hasta llegar la noche. Simulando decirle algo sobre las ruedas, le indicó una pequeña cavidad entre las ballestas y le nombró la palabra correo.

 

La camioneta iba dos veces por semana a Hof

con lo que se estableció un correo regular entre todos los componentes del maquís en la zona. La información pasaba a través de la vía checa de la resistencia.

 

La actividad para una fuga

en toda regla había comenzado. El peligro de ser descubiertos también, pero saber que contaban con la ayuda de los sudetes les animaba como una aurora.

 

Durante tres semanas el correo funcionó

a las mil maravillas, luego quedó interrumpido sin saber por qué.

 

A las cinco de la mañana

el runruneo del motor de la camioneta despertó a Paul; pocos segundos después la puerta de su prisión se abrió y sorprendentemente era Monique, la mujer de Dieter, la que requería de sus servicios.

 

Paul se sentó en la amplia cabina

junto a ella. A pesar de la oscuridad de aquel amanecer adivinaba su perfil: era hermosa, algo corpulenta y cierto aire empático en sus movimientos.

 

La camioneta avanzaba lentamente

por aquel camino helado y lleno de socavones. Paul la notó excitada por su proximidad y no pudo evitar acariciarle la rodilla con suavidad.

 

Todo, absolutamente todo

se puso patas arriba. Lo que no habían conseguido los continuos bombardeos o el goteo de pérdidas humanas se despertó entre dos enemigos irreconciliables:

 

La madre, en casa,

la que puso tranquilamente los platos en la mesa para la cena durante tantos años se esfumaba bajo el calor de una amorosa mano.

 

La madre de palabras dulces,

inmaculados su gorra y traje que habían exhalado el olor sano de su persona pasaba a pensar en las mariposas que revoloteaban en su vientre.

 

La figura del padre, Dieter, fuerte, arrogante,

viril en las formas, mezquino, colérico, injusto, con su golpe y palabra violentos, con su pacto estricto y sus añagazas se hundía ante una acaricia de la música de una viola de gamba entre las piernas.

 

Las costumbres, el lenguaje educado de los visitantes,

los muebles familiares… Todo, absolutamente todo se tambaleaba.

 

Sólo el efecto que no permite contradicción,

el sentimiento de lo que es real, la idea de que pueda al cabo no ser real como el corazón anhelante y amoroso se mantenía en pie en aquel paisaje helado.

 

Las dudas del día y las dudas de la noche,

el sí y el cómo extraños de una pasión, dentro de una cabina de una camioneta varada al borde de un camino de una llanura llamada a convertirse en un infierno eran en su conjunto

 

destellos de lo que nunca

se debió haber modificado: hombres y mujeres apretujándose en rincones nunca pensados para ello en el instante, bellísimo, en que la luz comienza a nacer.

                                                                                         Johann R. Bach 
                                                                             www.homeo-psycho.de 

 

 

 

3 feb 2013

TRABAJAR EN UNA GRANJA EN CALIDAD DE PRISIONERO

EN LA GRANJA

 

Durante dos días le hicieron cambiar

cinco veces de tren. Sin comer nada durante el trayecto el estómago se le retorcía como su rabia.

 

Pidió a los guardianes ir a orinar,

aquéllos, mofándose de él lo sacaron al aire libre. Orinó ante las risas de sus captores en la plataforma formada por dos planchas de hierro entre los vagones de aquel tren que podría ser el último.

 

Pensó en saltar y escapar,

pero desconocía dónde se hallaba y a juzgar por la hora ya debían estar en suelo alemán. Por otra parte le habían quitado su documentación, y con la escasa ropa no resistiría mucho tiempo perdido. Prefirió esperar a que el Destino le diera otra oportunidad.  

 

Cuando Paul Lafitte bajó del tren

leyó "Hbf Gera" en un gran letrero. Desconocía el nombre del lugar y dónde se podría hallar. Su obsesión por los mapas cobró nuevos bríos.

En la misma estación fue entregado a tres hombres vestidos de paisano que a juzgar por sus aspectos podría tratarse de abuelo, hijo y nieto.

 

Lo subieron a la parte trasera

de una camioneta, junto a unos postes de madera. El viaje duró unos veinte minutos. Su primera tarea de prisionero fue la de descargar la madera.

 

Oscurecía ya cuando le condujeron

a un pequeño cobertizo junto a una nave enorme donde mantenían a cientos de pequeños cerdos. En su interior había un montón de paja que le señalaron como sitio para dormir.

 

Le dieron dos mantas

y una marmita llena de patatas crudas con dos trozos de carne magra. Cuando la puerta se cerró tras él oyó como la llave chirriaba en la antigua cerradura y se lanzó desesperadamente sobre "aquellos manjares".

 

Paul Lafitte se encontraba al borde

de la desnutrición y se comió la primera patata a grandes mordiscos. Su estómago protestó por la acidez y pasó a devorar la carne. Buscó por todo el cobertizo algo que le pudiera ser de utilidad.

 

Mientras se calmaba algo su estómago

pensó que aquella tierra quizás recibiera las semillas con tristeza. Las semillas que tanto arriesgaban en medio de los campos arrasados por el fuego probablemente no se preguntarían si eran felices.

 

Y, sin embargo, brotaban.

 

Desde el primer momento

que Paul Lafitte vio los campos de aquella granja le vino a la cabeza el concepto de maldición; una maldición que no se parecía a ninguna otra.

 

Aquella maldición azul parpadeaba

con una especie de pereza como queriendo dar el aspecto de una naturaleza afable; los hilos de luz que se iban perdiendo en la noche ofrecían una cara de rasgos tranquilizadores.

 

Pero una vez acabado el fingimiento

surgía del amanecer el nervio y el malhumor de Dieter que parecía ser el que mandaba sobre toda la familia.

 

Durante los siguientes días Paul Lafitte

ayudó sin rechistar en todas las tareas de la granja y vio cómo su esfuerzo era compensado con arroz hervido, algún que otro muslo de pato, tres salchichas diarias y de vez en cuando un pie de cerdo extremadamente salado y que en realidad era de vaca.

 

De lejos veía a tres damas

de las que no podía apreciar sus edades ni su aspecto. En realidad no podía quejarse: dormía sobre un lecho cubierto por una manta, estaba ganando peso y a pesar de estar vigilado todo el día, en su mente se iban encajando los datos para una posible fuga.

 

A veces la silueta de un caballo joven

en el horizonte montado por un niño lejano, avanzaba exploradora frente a sus ojos y la excitación, ante esa estampa de libertad, se desbordaba con lágrimas humanas.   
                                                           Johann R. Bach
                                                   www.homeo-psycho.de

2 feb 2013

EL NIÑO QUE SOÑABA CON CRECER

EL NIÑO QUE SOÑABA CON CRECER

 

El acento suave de las erres,

propio de los marselleses, disimulaba su origen ampurdanés.

 

Él ignoraba su destino

y la banda azul en su brazo sólo le distinguía de los demás. De momento se sentía a salvo comprimido entre los desnutridos cautivos. La ausencia de hombres viejos impregnaba de esperanza todo el vagón.

 

El traqueteo de las ruedas metálicas

al saltar las ranuras de dilatación entre vías no era precisamente un vals, pero si lo suficientemente monótono para adormecer a Paul Lafitte –el más despierto entre todos aquellos pechos y espaldas.

 

Entre sueño y sueño observó

que entre los prisioneros destacaba, a pesar de un andrajoso vestir, un joven rubio de ojos tan azules que hacía sospechar que era un alemán infiltrado.

 

Aquello le impulsó

a cruzar algunas palabras con los compañeros de infortunio al solo objeto de demostrar que él era un auténtico francés.

 

No le fue difícil adoptar

aquella nueva personalidad puesto que en su raigambre había también una tierra,  l'Empordá mediterráneo; un viento, la Tramontana; y, una lengua, el catalán.

 

Todo ello muy similar

al conjunto de adopción de la Provenza con su Mistral, cazador de nubes, y el francés sibilante de la Côte d'Azur.

 

Paul estaba convencido

de que en épocas de falsificación e hipnosis generalizadas hay que empecinarse en preservar la lucidez y mantener abierto un prudente diálogo acerca de las dimensiones esenciales de la condición humana:

 

libertad, justicia, amor, trabajo, creatividad…

 

Paul era uno de esos hombres

que habían derrochado generosidad en su juventud y eso era la causa de su ruina. Todo aquellos actos de liberalidad realizados al objeto de llevar una vida coherente eran los responsables de su situación.

 

Lo había perdido todo absolutamente:

amigos y compañeros abandonados en las cunetas de las carreteras o en los bajos bosques, amores desaparecidos en las continuas huidas y hasta su nombre desapareció en un asalto a una columna de invasores.

 

Aceptó la consumación del ciclo de la mercancía

y reconoció que nuestra civilización se había internado resueltamente en el ciclo del excremento, pero no quería renunciar a oponerse a un auténtico vendaval inhumano que quería reducir la Naturaleza a unos pocos parques naturales.

 

Nunca aceptaría –se decía a sí mismo-

que el hombre se convirtiera en jardinero de pequeñas parcelas verdes de un mundo arrasado.

 

Paul era, en efecto, un niño

que siempre soñó con crecer al mismo tiempo que los olivos: lentamente sin prisa, pero sin pausa.

 

Dispuesto para el brote,

el porvenir le cedía todo el esplendor de la fe profunda. Su mirada llena de intención fundía la nieve y le protegía de toda destrucción:

 

la parte de la naturaleza

contenida en su pecho esperaba el momento oportuno para romper el cascarón como una nuez antes de convertirse en nogal.

 

Los crímenes que se estaban cometiendo

no hacían más que aumentar la rabiosa voluntad de enseñar a millones de almas a despreciar a los dioses fríos como el hierro que llenaban los uniformes de los soldados del ejército ocupante.

 

El porvenir parecía querer crear

otro ejército de pesimistas: en el curso de aquel viaje en el tren, los prisioneros veían cómo se realizaba el objeto de su recelo.

 

Sin embargo, el racimo que sigue a la siega,

por encima de su cepa, a pesar de la guerra, llegaba a concluir. Aquello también lo percibían los pesimistas.

 

Paul Lafitte, poco a poco investido

por su nueva personalidad sabía que a veces, lo real apaga la sed de la esperanza. Por eso es por lo que, contra toda espera, en su pecho sobrevivía la esperanza.

 

Aquél no era un tren

que fuera a ninguna parte: tenía un destino y un objeto.

 

                                                                                  Johann R. Bach
                                                                       www.homeo-psycho.de

1 feb 2013

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE
 
Poema original de Johann R. Bach

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE

 

Toda la nieve del valle era insuficiente

para enfriar sus sesos. Tenía el infierno en la cabeza.

 

Con la primavera en la punta de los dedos

en el mismo instante en que La Candelaria reía, las verdosas andanadas de hierbas exuberantes cubrían las escasas parcelas de tierra enamorada.

 

Como a todo lo demás,

animales de granja, escarabajos y muebles le había temblado también el espíritu.

 

Con gran dolor se comió,

al mismo tiempo que su orgullo, las fotografías que aún conservaba en la cartera.

 

Eran auténticos documentos gráficos

de una actividad –la guerrillera- que comprometía su alma, incluso si aquélla hubiera estado dormida.

 

¿Cómo le pudo llegar a él la escritura? 

 

¿En qué podía pensar si no,

mientras el plumón de la niebla se estrellaba contra aquella ventana que no podía protegerle ni siquiera del frío del invierno?

 

Se levantaba de su lecho de paja,

iba y venía dando saltos de un lugar a otro, combatiendo con el ejercicio su entumecimiento.

 

Llegó a desear

que sus enemigos lo trasladaran lo antes posible a otro lugar soñando con el ligero calor del interior de un vagón de tren.

 

Siempre se había sentido orgulloso

de no haber nacido en una metrópoli. Creía que eso era una suerte porque le permitía ver a su país "desde fuera".

 

Comprendió que aquella guerra iba a prolongarse

 

"más allá de los armisticios platónicos",

pues los excrementos del nazismo se habían hundido en el fértil inconsciente de los hombres y la única forma de resistir era convertirse en un refractario.

 

Su propio aliento

era el único calor que llegaba a sus manos

 

Dos soldados le registraron en el cobertizo.

al encontrar en su cartera un tríptico que le identificaba como Paul Lafitte nacido en Aix-en-Provence,

 

le pusieron un brazalete azul en el brazo

y lo subieron a un vagón abarrotado de prisioneros.

 

El calor de aquel amasijo de desdichados,

con un mismo momentáneo destino, le devolvió la esperanza.

 

Vivió aquella noche

coloreada de herrumbre como la de un reo que ve cómo alguien misterioso le abre las rejas de todos los jardines.

 

Sobrevivió

porque para la mirada de la noche viva, el sueño no es a veces sino un liquen espectral dispuesto a hacerse realidad.

 

                                                                                         Johann R. Bach
                                                                              www.homeo-psycho.de

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE

Toda la nieve del valle era insuficiente

para enfriar sus sesos. Tenía el infierno en la cabeza.

Con la primavera en la punta de los dedos

en el mismo instante en que La Candelaria reía, las verdosas andanadas de hierbas exuberantes cubrían las escasas parcelas de tierra enamorada.

Como a todo lo demás,

animales de granja, escarabajos y muebles le había temblado también el espíritu.

Con gran dolor se comió,

al mismo tiempo que su orgullo, las fotografías que aún conservaba en la cartera.

Eran auténticos documentos gráficos

de una actividad –la guerrillera- que comprometía su alma, incluso si aquélla hubiera estado dormida.

¿Cómo le pudo llegar a él la escritura?

¿En qué podía pensar si no,

mientras el plumón de la niebla se estrellaba contra aquella ventana que no podía protegerle ni siquiera del frío del invierno?

Se levantaba de su lecho de paja,

iba y venía dando saltos de un lugar a otro, combatiendo con el ejercicio su entumecimiento.

Llegó a desear

que sus enemigos lo trasladaran lo antes posible a otro lugar soñando con el ligero calor del interior de un vagón de tren.

Siempre se había sentido orgulloso

de no haber nacido en una metrópoli. Creía que eso era una suerte porque le permitía ver a su país "desde fuera".

Comprendió que aquella guerra iba a prolongarse

"más allá de los armisticios platónicos",

pues los excrementos del nazismo se habían hundido en el fértil inconsciente de los hombres y la única forma de resistir era convertirse en un refractario.

Su propio aliento

era el único calor que llegaba a sus manos

Dos soldados le registraron en el cobertizo.

al encontrar en su cartera un tríptico que le identificaba como Paul Lafitte nacido en Aix-en-Provence,

le pusieron un brazalete azul en el brazo

y lo subieron a un vagón abarrotado de prisioneros.

El calor de aquel amasijo de desdichados,

con un mismo momentáneo destino, le devolvió la esperanza.

Vivió aquella noche

coloreada de herrumbre como la de un reo que ve cómo alguien misterioso le abre las rejas de todos los jardines.

Sobrevivió

porque para la mirada de la noche viva, el sueño no es a veces sino un liquen espectral dispuesto a hacerse realidad.

Johann R. Bach

CORRIENTE MARINA EN SÓLLER

CORRIENTE MARINA EN SÓLLER

 

¡Ah, insólita corriente del Mare Nostrum,

abrevadero  de Sóller! Presa o no presa de ese Lago de los Sueños, luz o no luz, la única compañera, inalcanzable, solitaria.

 

Única novia que arrastra tu barca,

 

aliento único

que te hace avanzar a barlovento, única fuente para nuestra ceguera. Espejismo o no espejismo, único faro entre las noches de todos los planetas de todos los espíritus,

 

único baño de alegría en la angustiosa tierra.

 

Lo único que te salva,

lo único que te queda mientras esperas el próximo verano. Esposa de los vacíos, amiga de los soñadores, te hace pensar que en pocos minutos puede paralizar la danza de Poseidón que

 

a quienes hiere convierte en náufragos

 

perdidos hacia la sombra,

hacia los abismos de los astros, el cementerio de los soles apagados.

 

Tú te sentías herida,

ellos, los pescadores beodos; bebías sorbos de luz y ellos jarras de vino; ellos trataban de olvidar y tú de alzar la vista hasta que en el horizonte apareciesen las escasas luces del pequeño puerto.

 

Cuánto dolor te cuesta saberte derribada,

haber perdido el sueño luminoso aparecido un día entre sus pobres manos.

 

¡Hermoso era tu mundo,

qué serenos tus viajes, qué felices tus llegadas a los mundos oscuros sabiendo que alguien te esperaba, qué alegría bailar entre aquellos muros!

 

¡Límites sin muros!

¡Qué delicada sonrisa

la que se desliza

por esa corriente!

 

Qué atinado su pulso,

qué natural su ritmo y tú su única piel.

 

                                                                                           Elisa R. Bach
                                                                                www.homeo-psycho.de

30 ene 2013

LA HORA MAS CORTA

LA HORA MÁS CORTA

Marta Guillamón se giró hacia ti

en mitad de La Rambla de Santa Mónica y te puso la mano en el hombro como para que te detuvieras –cosa que hiciste-, te miró con cierta ternura y te dijo:

mira a toda esa gente

que siguen un trayecto como si fueran hormigas que van y vienen; tienen prisa como si dentro de su pecho un reloj les devorara los suspiros:

ignoran que la hora más corta de todas

las que mueven el universo se abre paso entre sus labios como la almendra que brota de su reacia dureza: luchando a brazo partido contra su soledad.

Acostumbrada a sus brotes

de inteligencia pura, sabías que sus palabras se acercarían como en tantos y tantos minutos de lucidez a una verdad parcial y tomaste nota en tu memoria para dibujarlas más tarde sobre el papel cuadriculado de tu diario.

Viste, en efecto, en los ojos de los transeúntes

-muchos de ellos turistas-, cómo declinaba la esperanza, vena de una mañana fluvial en el gesto de todas aquellas personas que os rodeaban;

viste sus rostros atrapados

en las mallas de una espera que los corroía como un ácido. ¡Qué poco se les ayuda, qué mal se les reconforta!

El mar y su orilla

-tan cerca cómo están de ellos-, eso que no se ve, forman un todo sellado por millones de horas que yacen en el fondo del mismo pensamiento,

molde de una materia

de la que participan por igual el rumor de la desesperanza de los cardíacos y la certidumbre de la resurrección de los asmáticos.

Marta, una vez más, tenía razón:

la hora más corta se pasea entre los labios y la piel que los acoge.
Johann R. Bach