19 oct 2012

EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA

                    Treptower Park
 
LA CHICA DE KIEFHOLZSTRASSE
 

Capítulo 1

 

             El despertar de la conciencia:

             ALUMINA C15

             La pérdida de un ser querido:

             IGNATIA C30

 

Me desperté sudando a medianoche;

mi hermano mayor me decía: despierta que te tienes que vestir. Oía voces en la casa que cuchicheaban, Al parecer la casa estaba incomprensiblemente llena de gente para ser medianoche.

Estaba entre aturdida y mareada;

entró en la habitación una tía mía que me cogió en brazos y me tapó con una manta y, en pijama, me llevó a casa de una vecina, dos pisos más arriba.

 

La vecina me había preparado

una cama enorme; me metió en ella, me dio a beber un zumo con un gusto extraño y me dijo que siguiera durmiendo. Por la mañana me desperté y pedí ir al colegio, pero me dijeron que estaba enferma y que debía permanecer en cama.

 

Mi hermano no se separaba de mí

y la vecina me preparó una rebanada de pan con mantequilla y un poco de leche caliente que me tomé con gusto, pero a los diez minutos la vomité. Fui al baño, mi hermano me sujetaba la frente mientras yo sufría unas arcadas que presagiaban más vómito.

 

Me vi en el espejo,

con la vista nublada; mi cara estaba pálida y a punto de marearme. La debilidad hacía que me flaquearan las piernas. Volví a la cama y volví a caer en los brazos de Morfeo...

 

Durante varios días

o semanas permanecí en cama y todo intento de levantarme era inútil pues al menor intento de ponerme en pie se me nublaba la vista y el desmayo se producía inmediatamente. Me sentía muy débil y me resigné a depender totalmente de los demás.

 

No podría decir cuántas semanas

permanecí en esa situación porque mi idea del transcurso del tiempo en aquellos días era aún muy tierna. Por otra parte si en aquellos momentos me hubieran preguntado qué quería no hubiera sabido qué contestar.

 

Realmente la sensación

que yo tenía de la situación era la de la recién llegada: no sabía lo que quería. Esa situación empezó a cambiar en una mañana fría, pero con un sol radiante en medio de un cielo despejado.

 

El paisaje abigarrado

por los árboles cargados de nieve, cedía bajo mis pies. La blanca reverberación de la luz del sol al atravesar el techo del bosque destacaba con el colorido de un carrito con un parasol.

 

Misteriosamente, en mitad de la nada

había un hombre vendiendo flores en el comienzo de la Kiefholzstrasse. Ese punto de color producía tristeza en lugar de alegría. El silencio del bosque nevado, la soledad del vendedor de flores y el aire frío de la mañana me entristeció.

 

Al llegar a casa le pregunté

a mi hermano porqué en ese lugar había un vendedor de flores. La lógica respuesta de que vendía flores para depositar en el lecho de las personas queridas en el cementerio me hizo comprender lo que había pasado:

 

mi madre habría muerto aquella noche

que me trasladaron a casa de la vecina...

 

Todo encajaba;

me habían ocultado la muerte de mi madre para evitarme mayores sufrimientos porque era pequeña y estaba muy enferma.

 

El vacío dejado por mi madre

fue inevitable aunque me ocultaran su muerte: yo la necesitaba y la llamaba constantemente tanto despierta como en sueños.

                                                                                 Elisa R. Bach
                                                                        www.homeo-psycho.de

18 oct 2012

INVIERNO DEL 62

                       INVIERNO DEL 62

 

Volvía a llover

detrás de la ventana mientras seguías golpeando las teclas –con todos los dedos- de la máquina de escribir. Afuera la temperatura era de 12ºC. Demasiado alta para aquel octubre del 62.

 

En la radio oíste

que aquel invierno bajarían más las temperaturas que de costumbre, hasta el punto que las heladas ya serían constantes. Y la nieve anunciada lo cubriría todo.

 

Las bajas temperaturas

agrietarían la tierra y el humus que da origen a la vida haría que las abejas volvieran a rondar las corolas. Todo sería igual y al mismo tiempo muy diferente del año anterior.

 

Sí. Al igual que la poesía de Rilke

del siglo pasado, la nieve cubriría a muchos grandes autores de Catalunya. Pero en el mes de abril saldrían como las rojas amapolas en los campos de trigo.

 

La noche de Navidad, en efecto,

a hora convenida por los dioses – 00.00 h. GMT- empezaba a caer lo que sería al día siguiente, la mayor nevada del siglo: tranvías y coches quedaron sepultados por un enorme manto blanco que tardó una semana en deshacerse.

 

En casa estábamos acostumbrados

a las restricciones eléctricas por lo que aquella noche los quinqués mostraron la parte más agradable de su función. Desde el comedor te vimos cómo quitabas la nieve de la terraza.

 

Todos quedaron sorprendidos

de ver la alegría con la que manejabas la pala –lo mismo que la pluma- mientras unas pequeñas nubes del vaho de tu boca nos indicaban que no tenías frío.

 

Luego al poner tus manos

alrededor del vidrio, ahumado en parte, supiste que junto al olor del petróleo estaba el de la familia. Y viste en el techo y en las paredes las inmensas sombras de todos. No querían ir a dormir.

 

Aquel quinqué os reunía a todos,

entre silencio y silencio se escapaban algunas caricias y nadie quería moverse de su silla para apagar las velas del pasillo. Estuviste comiendo ¿recuerdas? turrón de almendra y de mazapán acompañado con un poco de pan mojado en vino.

 

Después de aquella Navidad

pasaron los años (¿cómo pasaron? –no te diste cuenta-), y tú, siempre al margen de los acontecimientos, no querías vivir tantas y tantas vidas y la tuya una sola vez. Quizá por eso soñabas casi todas las noches cosas bonitas.

 

Una sola vez viviste

algo como realmente tuyo. Fue precisamente aquel mismo invierno. Como una humillación propia sufriste el castigo que le impusieron a tu hermana mayor. Fue castigada porque le pillaron una carta de amor escrita por un primo vuestro, a permanecer encerrada -sin salir y sin comer- en su habitación.

 

Le llevaste a escondidas

un plátano, agua, un poco de pan y una novela rosa. Te hizo feliz poder preocuparte de alguien, que alguien te necesitara.

 

Te gustaba el misterio

de aquel amor rebelde de tu hermana, lo oculto como excitante y el apasionante peligro. Te pillaron en la puerta. Te castigaron a ti también, pero ella te dejó leer otra carta de amor que no había sido interceptada. Te gustó como si te la hubieran escrito a ti.

 

Te pareció comprender entonces

que sólo los castigados tenían tiempo y forma de pensar. Sólo los castigados crecen correctamente –aunque no lo parezca- conservando hasta el final todos los estadios de su desarrollo.

 

                                                                                        Elisa R. Bach
                                                                                   www.homeo-psycho.de

  

17 oct 2012

UNA ORACIÓN DEL CREPÚSCULO

                         El Triunfo de Galatea

 

¡Oh noche!

 

Sé que me llamas

al claro del bosque junto a rocas de oro y jacintos, pero aún no he encontrado el hilo de Ariadna que me conduzca a la salida de este laberinto.

 

Sé que me llamas

Para conducirme junto a Acis desde el ámbito en que la claridad es un diamante, pero aún no puedo oírte desde la sangre.

 

¡Oh noche!

 

No ignoro

que me llamas a la verdad sobre tu espacio ciego de crisol, pero me cuesta oírte desde el carbón. Camino y no veo mi propia sombra ni cómo mi sangre forma un rio; la luz de las estrellas se me muestra confusa entre tantos negros nubarrones.

 

Sin luna sólo veo piedras,

no la idea en que la eternidad podría abrirse ante mí y limitar mi pena y que todo lo que te imita es pura conminación de la intención.

 

¡Oh noche!

 

Sí, sí. Oigo tu llamada

a despedirme del Monasterio, a abandonar el sendero de su rosada bruma en el que he vivido con luz inexistente y que tantas veces soñé con ello.

 

Sí, sí. Oigo tu llamada

a abandonar la confusión que me aproximaba al tormento rojo, entre lamentos roncos y reflejos, pasión de soledad desolada. Sí. Bendigo tu paciente llamada desde las puertas abiertas ardiendo que me abres al otro lado de los muros del Monasterio.

                                                                                           Sylvia M. Folch
                                                                                     www.homeo-psycho.de

 

16 oct 2012

EL POEMA COMO MEDICINA DEL CUERPO Y DEL ALMA

       POEMA VIS MEDICATRIX  (La fuerza medicatriz del poema)

 

El poema

como único motivo de vivir para muchas criaturas, y tú os tocáis. ¿Con qué? Con el roce de las alas, con el roce de vuestra propia lejanía.

 

De joven te parecía

que las heridas siempre cicatrizarían rápidamente y la fuerza de tu cuerpo no sólo no reconocía límites sino que creías que crecería constantemente. Aún desconocías la inercia y las fuerzas que la frenan hasta anularla.

 

A cada problema surgía

otra felicidad vista y curada la peligrosa sequía, el rigor de la luz no socarraba más las flores. Refrescado el ambiente por la lluvia susurraban los valles centelleantes coronados de vegetación, los arroyos se hinchaban como tus venas y todas las alas plegadas se aventuraban de nuevo en el espacio del canto.

 

Pero a medida que pasaban los años

observabas que cada vez las afrentas tardaban más y más en encontrar el camino del olvido y que el resentimiento contra todo y contra todos crecía y crecía hasta amenazarte con la parálisis total.

 

A una edad

en que todo proyecto se te mostraba fútil, pero aún el aire estaba lleno de criaturas alegres; la ciudad y el bosque rebosaban de trinos renovados; y, sin embargo los que te rodeaban parecían entender que de ti ya no podía esperarse nada,

 

un pequeño

haz de luz azul de una estrella fugaz atravesó la noche. ¿Crees que los dioses habrían abierto las ventanas de la bóveda celeste y alegrado el camino de ese hilo de luz fino como el de una araña para nada?

 

De repente sentiste

cómo la ansiedad desapareció de tu pecho. En aquel momento te dijiste a ti misma: "cincuenta febreros, una montaña. He tenido los ojos cerrados ante lo más viejo del mundo: La poesía. Esa fuerza medicatriz para el alma y el cuerpo que lleva en sus alforjas la musa del amor.  

 

Un simple rayo de luz

descendiendo desde una estrella cura una herida en décimas de segundo como una de tus sílabas es capaz de llenar el mundo de esperanza y hacer que te niegues a tirar la toalla prematuramente.

 

Esos poéticos rayos de luz

han atravesado millones de kilómetros para posarse sobre tus retinas y con su mínima chispa han encendido en ti el fuego necesario para saborear la noche y llenar tu alma de dicha.

 

Tan viejo como las piedras y el mar

el poema revoloteando como las abejas alrededor del roble, es capaz de cicatrizar las quemaduras de la piel y las grietas del alma.

 

Deja a un lado tu orgullo,

llora, detente, estrecha a tu amigo el poema, escucha las palabras que te curaron con arte celestial tus penas de amor y vuelve tus ojos a los versos que atravesando el viento de la noche supieron esperar.

 

                                                                           Elisa R. Bach
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14 oct 2012

EL SUEÑO DE SÓCRATES

EL SUEÑO DE SÓCRATES
        Elisa R. Bach

EL SUEÑO DE SÓCRATES

                        EL SUEÑO DE SÓCRATES

 

A medianoche te dormiste

con el sueño alterado. El acre lagrimeo de los ojos circulaba por los largos surcos grabados, durante largos años en tu rostro al tiempo que brotaban tus prematuras canas.

 

La valentía que mostraste

durante aquel precursor día ante tus pupilos se transformó en inevitable pesadilla al poco de hilvanar, sobre las sábanas, el sueño. Tuviste gran somnolencia durante la jornada y su mal presagio no se equivocaba:

 

"Me habían prendido los guardianes

-relatabas- de la ciencia oficial; me golpearon los hombros, me ataron sentado a un grueso castaño y con la cabeza sujetada con la sábana de mi propio lecho acercaron a mi boca dos garfios con la intención de obligarme a sacar la lengua y proceder a cortármela. Lancé al cielo el mayor de mis gritos".

 

"Desperté angustiado

con gusto mercurial en la boca. Un nudo en la boca del estómago me impedía el movimiento y los pies helados se negaban a obedecerme. El semen derramado -al unísono de los espasmos del pavor como los de un ahorcado- sobre mis ropas era pegajoso como la tintura de la cicuta."

 

Cuatro lustros antes

del año 400 de nuestra era tuviste ese sueño premonitorio y luego tú, que te negabas a dejar tus palabras escritas, en la oscuridad de la noche pegaste con tu saliva en la piedra de las paredes de tu celda tus lamentos:

 

"Ya he olvidado mis versos de amor,

cuyas alas sensuales no visitan mi vano lecho de desdichado, sino de la amarga pena que consume mi pecho."

 

"En esta celda,

tan sólo tengo el manto de la nieve, el vendaval sombrío y la soledad más absoluta de mis ideas. Postrado estoy por un "rigor mortis" inevitable, condenado por el cruel destino de haber nacido tres mil años antes de hora."

 

"Y al igual que en mis sueños

la parálisis sube lentamente por los piernas para agravar así mi profunda tristeza."

Pasado ya el ecuador de tu tiempo

quisiste renunciar al nomadismo, a los años en vilo dando tumbos por la mano crispada de la vida, a aquel rodar de puerta en puerta pidiendo asilo para tus ideas, pero aquel peregrinar fue inútil.

 

Dijiste adiós a tus prisas juveniles

abandonaste las esquinas soleadas y comenzaron los turnos de la luna, apagando con ellos la lámpara de la filosofía, pero aún te dio tiempo de transmitir –a través de tu mejor pupilo Platón- un rayo de esperanza:   

 

"Pero aunque mi musa es perezosa

en estas tierras, tarde o temprano brotarán los dolientes versos que,

a pesar de los pesares se transformarán en caléndulas y hallarán mejores días. Y el leerlos será inevitable".

                                                                                  Elisa R. Bach
                                                                            www.homeo-psycho.de

11 oct 2012

EUCLIDES Y EL SUEÑO DE LAS ABEJAS

EUCLIDES Y EL SUEÑO DE LAS ABEJAS

 

Se despertó sudando

con gran agitación; el nombre de Euclides y su estrecho espacio zumbaba sobre sus sienes; sacó de la mesita de noche su cuaderno de color miel en el que a forma de diario anotaba meticulosamente todo lo que le acontecía desde el momento mismo de despertarse.

 

(Aquel día escribió) "Todos los rayos

que los dioses lanzan los tengo en mi garganta. No creo que sólo deba esperar continuamente la visita de la desdicha; y, no quiero, pasivamente, sentir cómo acude a mi lecho, y en mi ya bastante amargo corazón, se acumulen ingentes penas mezclándose con afrentas dolorosas."

 

"Siento que la úvula

está inflamada como un bolo alimenticio a punto de ser engullido. Sé por experiencia que cuando eso ocurre el color granate invade las fauces y ese badajo cargado de agua puede ahogarme."

 

"Una sed insaciable me persigue.

En momentos como éste nada me satisface. Mi soledad pretende convencerme de que no me honran los dioses ni los hombres; y, que me hallo destinada a vivir en la odiosa tristeza, lo mismo que una fiera a quien los duros hierros y la cólera hieren"

 

Aún no había amanecido.

Se levantó, fue al baño, se miró en el espejo y no vio nada de particular excepto su piel pálida, transparente hasta el punto de que las venas de sus sienes fueran visibles y las bolsas llenas de líquido bajo sus ojos.

 

En su sueño volaba,

caía desde lo alto de un edificio cargado de viviendas como un panal, pero no llegaba al fondo porque asombrosamente su vuelo era suave aunque consistía en dibujar hexágonos continuamente.

 

Aquello le devolvía la alegría

a sus dorados hombros y hacía planes para pasar en vuelo rasante sobre los campos de girasoles de forma que el color amarillo pudiera coserse a su piel; y, el aroma del néctar de las flores pudiera ser recogido, como alimento de todo el año, en la cesta de mimbre colgada a su espalda. 

 

¡Oh noche!

 

¿Puedes explicarme –se preguntaba con angustia- por qué he tenido ese sueño?¿qué sentido tiene el moverme continuamente sobre hexágonos?¿Debo ser amable con esas criaturas y corresponder a esos regalos cargados de flores y miel?

 

¿Es cierto lo que me parece

oírte decir? Te escucho atentamente. De acuerdo, de acuerdo. Todo el verano me he estado bañando en ese precioso mar que me aliviaba del penoso calor, he libado hasta saciarme del cántaro sagrado del amor y mis hombros se han bronceado hasta sentirme dichosa.

 

No me riñas por haber sido feliz

este verano. Te prometo tomar miel y romero para mis anginas. Ya sabes que soporto mal el calor, que después de las largas vacaciones junto al mar acostumbro a encontrarme mal y que mi mejor tiempo se halla anclado en las constelaciones y en las estrellas de la primavera.

                                                                                      Elisa R. Bach
                                                                               www.homeo-psycho.de

 

10 oct 2012

EL ENTUSIASMO SE ASOMA AL MUNDO DE LOS SUEÑOS

                      El entusiasmo se asoma al Mundo de los Sueños

 

El invierno aún no ha llegado

a las puertas del barrio. Hemos oído en la radio que en el pirineo ha caído una nieve aún demasiado tímida, pero pronto se ha fundido. Ellos –los vigilantes de las nubes- dicen que es agua nieve con algo de color blanco. 

 

En cierta medida es como una metáfora

que cobra vida como lo podría hacer una estatua con un soplo divino. El otoño lo vives en el barrio con cierta alegría y es que en realidad no ha sido, nunca para ti, una estación triste.

 

Los colores que adopta

la vegetación que trepa por las paredes se enciende y es tan diversa que tus ojos se alegran a cada paso. Y de noche la luz de las farolas no hace más que resaltar los latidos de esos mínimos corazones que se aferran al entusiasmo de los muros del barrio.

 

Piensas, meditas,

tu corazón late y recibes como la alegría del primer café de la mañana todos los sueños. Mater Amabilis, por ejemplo, ha soñado que te daban el Premio Nobel, pero no de literatura sino el de física: tus poemas han conmovido a los científicos, les ha ablandado el corazón.

 

En su sueño te daban el Nobel de Física y Química: habías logrado que el titanio de sus esqueletos volviera a los valores de referencia y las médulas óseas -rojas y amarillas- de sus columnas vertebrales resbalen de nuevo en su interior desde el cerebro hasta el coxis.

 

Se habían ultimado ya

los preparativos para la ceremonia de entrega de los premios; Monika Wolf, La Profe de Mates y ella misma –Mater Amabilis- se habían sentado en los sillones contiguos al rotulado como Elisa Bach.

 

La pretenciosa R. de tu nombre había desaparecido (los miembros del Jurado de la Academia de Oslo creían que era la "R" de Rilke). Ataviados con su corservadurismo veían demasiada osadía porque además no les gusta nada la "R" de revolución o de resentimiento o de rabia o la de simple Recuerdo.

 

Radiantes, con vestidos

creados expresamente para la ceremonia en el establecimiento de Louis Vuitton de Les Champs Eliseés allí estabais en representación de Andrés, Yogui, Palas Atenea, Octavi, Lidia, Santi, … y tantos otros que habían hecho posible el premio.

 

La Profe de Mates

con un vestido verde esmeralda y un collar de perlas haciendo juego con sus pendientes, y tú misma como la señora Mater Amábilis vestida austeramente de azul marino con su bolso bien compaginado con sus zapatos rojos, y, Monika Wolf cubierta con un vestido largo de color turquesa y su diadema de rubíes, erais las auténticas protagonistas de un mundo de sueños y poesía.

 

"¡Ah no! De ninguna manera –dice Monika a la prensa- la poesía es mucho más importante que la física; nosotras valoramos más un verso que te llega al alma como un rayo de luz que ha viajado millones de kilómetros antes de llegar a nuestra retina que todas las ecuaciones parcialmente falsas del mundo que no ve más que materia endurecida.

 

Escribes el sueño en tu cuaderno

y bajas las escaleras de Fontana. Esas mismas que Monika Wolf subirá para dejar atrás las profundidades del metro como si del Inframundo se tratara.

 

Sabes que no volverá la vista atrás,

que observará las caras amarillentas de los que bajan aunque no sepa sus nombres ni las lenguas que hablan. Como Persófone lleva en la mochila su primavera.

 

Monika Wolf, -y Maestra de los Ecos,

a qué negarlo- aspirará el olor a romero y a clavo del barrio como si todo el aroma del Lago de los Sueños corriera por la calle Verdi arriba. La Profe de Mates le deseará suerte y Mater Amabilis la acompañará en su recorrido por galerías de arte y librerías.

 

Esta noche volverás a mirar

las estrellas cargadas del brillo de años para intentar comprender por qué en realidad el Mundo de los Sueños no ha hecho más que empezar. 

                                                                           Elisa R. Bach
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9 oct 2012

LOS ZAPATOS MÁGICOS (www.homeo-psycho.de)

                                       Los zapatos mágicos

Cuando tú eras niña,

la escasez de viviendas obligaba a una cierta promiscuidad familiar; y, vosotros no erais una excepción. Además de tus padres y hermanos vivían bajo vuestro mismo techo,

 

un matrimonio  con una hija

muy presumida a causa de que su ya anciano padre era de buena familia. La mujer cuarenta años más joven que él había sido una de sus empleadas de una zapatería de su propiedad,

 

una prima de tu padre

que trabajaba en la compañía municipal de aguas y una tía, hermana menor de tu madre, empleada del hotel Ritz de Barcelona. El aire en esos años era frío y triste y cientos de desempleados se concentraban en la Plaça d'Urquinaona por si alguien acudía allí con alguna oferta de trabajo.

 

Ambas solteras,

buscaban sin éxito algún novio para poder formar sus propias familias, pero a juzgar por lo que tú oías eso era muy difícil. Los hombres deambulaban de un lado para otro, desesperados, por no poder ofrecer nada (material) a una mujer y ellas, ante tal situación, preferían seguir siendo solteras.

 

Las  jóvenes no podían salir de casa

sin el permiso paterno hasta cumplidos los veinticinco años y las mayores de esa edad debían andar con cuidado para no coger mala fama.

 

Eran años en que estaba mal visto

que una mujer entrara en los bares que, por otra parte, no eran más que cochambrosas y malolientes tabernas y fumar era un hábito de mujeres de dudosa moral. 

 

En medio de aquellos días

la habitación de tu tía –como un oasis-

fue siempre para ti como un lugar sagrado. Nadie entraba allí sin su consentimiento.

 

Era muy celosa de sus cosas;

escasas cosas, que no conseguían llenar aquella estancia de ocho metros cuadrados aunque el techo era altísimo y en una especie de altillo se guardaban todas las maletas como dispuestas a viajar de nuevo.

 

En el enorme y antiguo armario

guardaba sus cuatro o cinco blusas con sus correspondientes vestidos, unas catorce o quince cajas de zapatos llenas de libros, cartas de antiguos amores y objetos que, como reliquias, estaban encintadas con betas azules.

 

La habitación olía a libro viejo

mezclado con colonia de lavanda como si el suave perfume que usaba ella no quisiera salir de allí. Era un lugar acogedor en el que ella solía poner flores junto a la ventana y a su manera era feliz en su rincón.

 

A veces te hacía entrar

en aquel refugio destinado a guardar su intimidad y sentadas sobre el antiguo sofá cama de hierro hablabais de la vida en la escuela, y de las vicisitudes de su trabajo. Pero en general tus padres y tus hermanos no entraban nunca en su habitación.

 

Recuerda aquella tarde

que tu tía acababa de salir de casa en dirección al hotel donde trabajaba; entraste en su habitación; te pusiste sus zapatos –que conservaban aún la tibieza de sus pies- llenos una tibieza ajena te pintaste los labios con su carmín.

 

Calzada con aquellos zapatos

destinados a bellos pies te asomaste a la ventana. Te sorprendieron, de repente, los largos dedos oscuros y sarmentosos, vueltos hacia arriba, de los árboles de la calle como manos de bruja o candelabros donde la cera se ha secado y ennegrecido hace mucho.

 

Creciste de golpe,

como si te hubieras enterado de un pecado desconocido. Tus pies se calentaron súbitamente y el calor negro ascendió por tu cuerpo hasta alcanzar las sienes como una música de percusión.

 

De repente viste

como la luz del día amarilleaba y afuera te pareció ver en ese aire recién lavado cómo las formas sin hojas de los árboles recobraban su condición extravagante como si miraras el paisaje con unas gafas de esquiar amarillas

 

Durante toda la semana

no te atreviste a mirarle a los ojos. Te ocultabas en las cortinas del pasillo o me encerrabas en tu cuarto como esperando un castigo. Tu cara se encendía cada vez que te decía alguna palabra cariñosa como si se hubiera percatado de tu ignominiosa acción.

 

Pero las semanas fueron pasando

y aquello pareció olvidarse dentro de ti, pero aquella sensación de ponerte aquellos perfumados zapatos no se borró nunca de tu memoria.

 

Durante muchos años

resonaron en aquel reducido espacio voces pegadas a las paredes y la escasa luz que caía de aquel inalcanzable techo te pareció de hermosos augurios.

 

En tu imaginación

allí habitaba un dios marino que absorbía los ecos y protegía el corazón sensible de tu tía porque durante toda tu vida la viste guapa en sus ojos y amorosa en su alma.

                                                                                   Elisa R. Bach
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8 oct 2012

UN PAISAJE PARA CADA SOLEDAD

                     UN PAISAJE PARA CADA SOLEDAD

 

Sabes que, a veces, el tierno amor

escoge sus lugares y cada pasión tiene un rincón, un modo diferente de abrazarse ante una pantalla de TV, o de apagar las luces. Sabes que hay espacios declarados de interés especial bastante más tarde de ser recorrido por tus pasos como gozoso paseo.

 

Sabes que hay el recuerdo de un beso

en cada portal y ascensores que hubieran deseado quedarse quietos, sin electricidad, observando la escena, miles de escaleras llenas de pequeños paréntesis en cada rellano.

 

Cada ilusión tiene formas distintas

de incendiar corazones o pronunciar los nombres al coger el teléfono. Cada alma busca un atajo para tapar su sombra, desnuda, con las sábanas cuando suena el despertador. Hay una fecha en cada esquina, junto a un árbol de cada calle, un rencor deseable, un arrepentimiento, a medias en el cuerpo.

 

Cada amor tiene números

o letras diferentes para escribir: "volveré a las 23.30 horas" como una invitación a una larga noche bajo la música de una lluvia torrencial.

 

Como el primer cigarrillo,

los primeros abrazos también escogieron su taberna y se ampararon en los decorados públicos de Las Ramblas.

 

Así cada escena marginal

donde las fiestas juntan la soledad, la música y el deseo, se viste con sus mejores flores y galas, casi siempre con retraso, precipitadamente, y no en la oscuridad, sino en esas horas en que cada tiempo de dudas necesita un paisaje.

                                                                                        Elisa R. Bach
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7 oct 2012

PENSAMIENTO 2: La terapia contra la fermentación. Del poemario "POEMAS DEL CREPÚSCULO"

                   Pensamiento 2: La terapia contra la fermentación

 

No estabas aquí ni allí,

Carmina, mi hermana. Estabas conmigo, sí, apartadas; podíamos salir, pero ya en tu interior esta germinando aquel grano de granada y una gran claridad se derramaba de su luz fucsia afuera, que no era sino un lugar abierto como una herida que no quería cicatrizar.

 

Algunos hombres

presumiendo de doctos, no sé quiénes, pasaban por ahí sin entrar sabiéndonos aquí, juntas y aparte, vestidas de blanco las dos. Tú eras la enferma que me necesitaba y yo la cuidadora que me aferraba a ti como a la tabla del náufrago.

 

Algo nos había sucedido.

Estábamos como entregadas, como habiendo reconocido todas las grietas de nuestros cuerpos; pero algo más pusimos por nuestra cuenta, algo que nadie sabía: nuestro secreto. Rozando aún los veinte años fabricábamos nuestros propios nosodes.

 

¿Te acuerdas Carmina?

Hermanas siempre, Carmina , ya lo ves. Yo fui lo mismo que fuiste tú. Pero eso estaba en el juego, ¿te acuerdas? En el juego yo era la que pisaba más veces la cuerda y las rayas trazadas en el suelo con pulso débil con yeso algo húmedo y siempre perdía.

 

En todo lo demás era más bien avisada,

pero pisaba siempre raya y a la comba no resistía más de tres saltos. Pero acostumbrada a pasar la raya, la traspasé y la volvería a traspasar si con ello consiguiere seguir lamiendo tus heridas.

 

Ahora no reímos

de aquellas vulgares fermentaciones de los hidratos de carbono, pero realmente estábamos asustadas como en un lago de sangre y de mercurio. La luz de aquel grano de granada salía a borbotones por el drenaje practicado en tu pecho. Se me aproximaba desde el monte partido en dos mitades desde tu bella simetría.

 

Tu sexo de dragón

quería precipitarse hacía la negra roca del sepulcro, pero nuestros sueños de colores, con una tierra azul, un mar dorado y ríos tornasolados en su fondo no nos permitieron rendirnos.

                                                          Mercurius, Kreosotum, Lachesis
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