25 ene 2012

Rehacer la vida después de un accidente (cap 13 DE barcelona nació con los granados)

Capítulo 13   Sobre la recuperación del accidente

 

·         Pérdida rápida de peso.

·         Dificultad de cicatrización de los vegetarianos.

·         Imposibilidad de estar solo.

·         Necesidad de permanecer con la mano cogida.

·         Miedo a medianoche.

·         No soporta el invierno y mejora en verano.

ARSENICUM ALBUM 200 CH

 

Rehacer la vida

 

Ocho días estuviste debatiéndote

entre la vida y la muerte.

Decidiste vivir.

 

Durante dos meses todos creyeron

que no volverías a andar:

tus vértebras, sin embargo, se soldaron

y otros fragmentos de tu cuerpo

se reconocieron y cicatrizaron.

 

Todo eso estaba sobre ti

y era el mundo

incluidas tus angustia y gracia.

El recuerdo de ese viaje al Mont St Michel

con el que habías soñado

tantas veces como hojas tiene el calendario

no se borrará jamás de tu memoria:

 

Perdiste esposo y dos hijas

y, momentáneamente, tu movilidad

dándote la sensación

de que has perdido el mundo.

Ahora paseas por el parque,

bajo la vigilancia de tu enfermera;

con paso lento  avanzas entre árboles

y brisa fresca que arranca perlas

de tus ardientes ojos

y el fondo del paisaje pierde nitidez.

 

En tu imaginación ves una figura masculina

cuyos andares te son familiares.

Tan fuerte es tu deseo

de apoyarte en un hombro amigo

que crees que es sólo una ilusión.

No obstante, un hombre sigue avanzando

hacia ti apoyándose en un bastón

fruto de su propio accidente.

 

Es Él.

El único que sabes que puede venir.

ya lo real se confunde con la imaginación

la que quiere traicionarte;

sonríes y las lágrimas alcanzan tu rostro

tu corazón palpita tan fuerte

que se puede oír a distancia.

 

No viene a devolverte nada

ni a echarte discursos

ni a recordarte viejos tiempos.

Sabes que no habrá tampoco reproches

y te bastarán sus tiernas miradas,

su cálida mano estrechando la tuya

y, besando los tuyos, sus labios.

                                                       Elisa R. Bach

 

 

Cuando vi a Yvette en aquella sala de luz pálida, entubada, recibiendo oxígeno artificialmente de un balón marrón y una botella de suero inyectándole intravenosamente el agua y la sal, sentí de repente un soplo en mi rostro, como viento alrededor de mis oídos, lo sentí también en mis manos y noté como se me abrían desmesuradamente los ojos. La ventana de aquella habitación estaba bien cerrada. Reconocí literalmente todos aquellos pequeños segundos, igualmente tibios, uno igual al otro, pero rápidos, rápidos. Estuve a punto de desvanecerme. Mi corazón parecía negarse a inyectar presión a mis arterias. Me senté en la cama y le tomé la mano. De sus ojos salieron dos lágrimas como si supiera que yo estaba allí. Me acerqué a su oído y besándole suavemente le susurré: "Je suis la. Je t'aime".

 

Me levanté para acercarme a la cama un pequeño sillón y me dispuse a pasar junto a ella aquella noche, pero las sorpresas no habían terminado. Bajo mis pies había también algo que parecía en movimiento, no un movimiento, varios movimientos que oscilaban de modo singular de uno al otro: mis pies estaban helados de terror. Yvette, aun estando inconsciente debido la anestesia, era capaz de prever todas las neuralgias que le aguardaban cuando los efectos de los opiáceos desaparecieran. Estaba –lo supe- fuera de sí de rabia. Pero eso la mantenía viva.

 

A media noche sufrí un ataque de pánico. De la frente de Yvette salía un líquido viscoso amarillento que tenía la almohada y ese color me trajo malos presagios que me paralizaban en mi sillón. Noté como mi barbilla caía y me tenía que secar la saliva que brotaba involuntariamente de mi boca con la manga de la chaqueta. De pronto sentí que todo en mi vida se oscurecía otra vez como cuando me marché de Barcelona. Inquieta, busqué su mirada, pero ella no buscaba la mía. Sus ojos no podían atravesar sus párpados.

 

Algo me decía que aquello era como un mal sueño. Intenté calmar mi ansiedad pensando en los recursos que Yvette me había enseñado. Intenté repetir las palabras de Descartes al final de su vida: "Toda mi vida ha estado plagada de desgracias, la mayoría de las cuales no sucedieron nunca". Repetí en voz alta uno de sus pensamientos: "Quejarse del dolor es como lamentar la pereza de los muertos". Intenté sonreír.

 

No sabía qué hacer y, al mismo tiempo, no podía estar pasivamente mirando como la persona que me amaba por encima de todo se debatía entre la vida y la muerte. Cogí un periódico de la sala de espera y en su portada escribí:

 

En esta medianoche de invierno

mi vivo amor está inmóvil.

Afuera los pájaros prefieren no volar

y el alma roe en el paisaje

como un barco roza el muelle

 

al cual está amarrado.

 

Los árboles parecen agonizar

nos dan la espalda.

La altura de la nieve se mide

con centímetros de carpintero.

Las huellas sobre la nieve

 

cobijan tristeza y soledad

 

y llegan hasta esta ventana

que enturbia el paisaje.

El trabajo se detiene y yo levanto la vista

buscando colores que ardan,

esperando que todo se dé la vuelta.

 

Mi amor y yo vamos a dar otro salto                              Elisa R. Bach

 

De nada sirve repaginar, darle vueltas a lo ocurrido, a las causas últimas del accidente y, sin embargo, no podía evitar pensar en ello, obsesivamente, como si en alguno de los detalles se hallase la clave del misterio que llevó a la muerte al exmarido de Yvette y a sus dos hijas.

 

En el hospital, una enfermera me explicó lo que sabía sobre cómo sucedió el accidente. Escuetamente, me dijo que el coche en el que iban se salió de la carretera; probablemente patinó sobre una capa de hielo. Realmente, sólo Yvette podría explicar con detalle qué pasó exactamente.

Yo aguardaba pacientemente, a pesar de mi ansiedad, a que Yvette despertara porque estaba convencida de que ella sólo estaba al otro lado de la puerta del Jardín, y, que el relámpago de la vida aún no se iba a extinguir, como en un poema.

 

Durante cinco días y cinco noches estuve velándola esperando el mínimo indicio de recuperación. De vez en cuando miraba por la ventana como si entre las voces de los pájaros pudiera producirse algún sonido familiar precursor de otra primavera junto a Ivette. París en enero fascina no menos que un puerto de la Costa Brava azotado por el endemoniado viento de una tramontana. Algo me decía que tuviera calma, que todo podía cambiar de un momento a otro.

 

En efecto, al mediodía del quinto día, Yvette abrió los ojos con la dulzura de siempre. Y comprendía. Todo lo ocurrido permanecía bajo el silencio de sus labios, pero yo supe que lo recordaba con pelos y señales. No le hice ninguna pregunta, sólo le besé los labios. Su mano apretó la mía, sin fuerza, pero la señal era inequívoca. A los pocos minutos decía algunas palabras que sólo yo entendí.

 

El exmarido de Yvette aceleró el coche hasta ponerlo a doscientos kilómetros por hora y al llegar a la curva ni siquiera hizo ademán de virar el volante. Fue un crimen planificado incluso con su suicidio. Su intención era que murieran los cuatro, Pero Yvette con treinta y tres huesos rotos sobrevivió.

 

Yo estaba al corriente del contenido de la Sentencia a propósito del proceso de divorcio que Yvette había mantenido durante años con su marido y cuyo Fallo a favor de ella significaba que él le tenía que ceder prácticamente la mitad de todos los inmuebles que se habían adquirido durante el tiempo que permanecieron casados, además de un auténtica fortuna en metálico.

Ese Fallo judicial fue interpretado por el marido de Yvette como una humillación y después de firmar toda la documentación necesaria, adoptando el aire de una persona civilizada que aceptaba –casi alegremente- la Sentencia, se ofreció para acompañarlas de regreso París. En una de las rectas, debió sentir las punzadas en el pecho de la rabia contenida, lanzó el lujoso Mercedes a toda velocidad y se salió a la primera curva. El auto se estrelló contra los árboles después de múltiples vueltas de campana.

 

Comprendí de forma dolorosa, y no a través de los libros, que detrás de cada crimen hay una situación de humillación que el que la vive se ofusca hasta el punto de no amar su propia vida. Con el tiempo necesario se le ha ido enviando al cerebro de la persona afectada mensajes de peligro que no son atendidas porque la egolatría –normalmente bañada en alcohol y tabaco- es más fuerte que la inteligencia. Se menosprecia al enemigo pequeño que precisamente por no poder enfrentarse directamente va maquinando y creciendo en la sombras. Yo misma pude comprobar que la humillación abre unas heridas en el alma que tardan años en cicatrizar.

 

Me despedí con gran pesar de la fábrica que me había dado una profesión y me convertí en la enfermera de Yvette. Durante dos largos años compartí el dolor, día a día, con la persona más maravillosa del mundo. También eso fue placentero. A veces Yvette soltaba auténticas culebras por la boca mientras hacía los ejercicios de recuperación transmitiéndome a mí toda la rabia que llevaba dentro –que no era poca-. Después de esos ataques de intolerable dolor, se tomaba una dosis de Chamomilla 30 CH, se relajaba y me comía a besos, pidiéndome perdón.

Ya lo ves –decía- estoy hecha una piltrafa, pero una piltrafa millonaria… Te tengo a ti. Efectivamente cuidarla día y noche fue tan placentero como amarla: el dolor y el sacrificio fueron asignaturas que también aprobé –me siento muy orgullosa de ello- Yvette se recuperó casi totalmente y decidimos comprar una pequeña casa en el puerto de Dinan. Solíamos pasar allí semanas enteras, paseando por la vieja Rue du Port.

24 ene 2012

ELISA CANTA A GALICIA CON UN POEMA

La Atlántida

 

Feliz, como la enorme Barca

con su Calderón, como el meandroso

Guadiana con sus ojos,

la bella Arosa con su Villagarcía

contrasta con la gótica Compostela,

 

con su Santiago y el tranquilo Obradoiro

 

con su plaza y la enojada Morte con su Costa.

La preciosa y dulce ría convive

con el duro Porriño

tan enamorado de sus granitos

como las meigas de Manuel Rivas

 

 o como las complicadas matemáticas

 

 abrazadas a su Profe

calculando distancias no euclidianas

para saltar de un pueblo a otro.

Se elevan como puntos máximos

por encima de las nubes,

 

a vuelo de pájaro describen La Atlántida;

 

desde La Toja a las Cíes con sus islas

computan a los grandes espíritus

-atlantes y luchadores,

sumergidos y no sumergidos-

y cantan el hundimiento de la tierra,

 

el continente desaparecido.

 

Aún queda de La Atlántida

el aliento poético de Galicia

y de Verdaguer que cantó su dolor

y su desaparición bajo las aguas.

Aún resuenan las voces por pueblos

 

y espacios de los gigantes

 

que sobre sus hombros soportan

lluvias, vientos y naufragios

y protegen carballeiras y hórreos

como los de la Sierra do Courel

con su Aldea de tejados cenicientos.

 

Vigilan el atardecer como el Faro Vilano.

                                  Elisa R. Bach

18 ene 2012

Mujeres que se encienden rápidamente. Cap 12 de "Barcelona nació con los granados"

Capítulo 12                  Viaje a Armenia

 

•             Mujeres que se encienden rápidamente

              PHOSPHORUS 200 CH

•             Historiadores de profesión

              CAUSTICUM 200 CH

•             Guías turísticos

              NITRICUM ACIDUM 200 CH

 

Nacer en Cadaqués

 

Cuando naciste no partías de cero.

Cuando naciste tus hermanos

ya hablaban, andaban y jugaban

en la arena, justo enfrente de casa,

remojándose los pies en agua de mar.

 

Tu hermano ya hablaba dos lenguas,

tu hermana sólo una.

Aún no iba a la escuela, acompañaba

a tu madre en los quehaceres

y cuidaba de ti peinándote

el cabello de tantas formas

como caras tiene un poliedro.

 

Tu punto de partida no era cero;

el humilde refugio de pescadores

era la casa donde se estrellaba

la tramontana y el mar acababa

siempre acariciando

hasta el dintel de la puerta

como si buscase lavarte los pies.

 

El mar, ese inmenso depósito

hilvanado con fuertes rocas

y con suaves arenas, lleno 

de luz, agua y sal de vida,

sabía que tenías alma de princesa;

 

te respetaba, calmando a Neptuno,

cuando cogida de la mano de tus hermanos

aprendías a caminar entre sargos,

percas y rojo-amarillentos serranos

con las primeras palabras de la sirenas.

 

Junto a conchas sonrosadas,

granadas y membrillos,

con los primeros y alegres estremecimientos,

tíos y primos

vaciaban el aceite en enormes tinajas

y en un suelo cubierto con el mantel de viñas,

tapaban con tomillo y romero

los humos de cordero asado.

 

Esa luz y ese olor del universo mediterráneo,

que sueñas como bueno

es la mayor de las herencias deseables.

Cuando naciste no partías de cero.

                                                       Elisa R. Bach

 

El vuelo desde París a Moscú duró algo más de tres horas. Un taxi nos llevó desde el aeropuerto al hotel Ukraïna. Bajamos al comedor y los camareros nos "acomodaron" en una mesa en la que estaba cenando un personaje yugoeslavo y nos trajeron una degustación de caviar rosa –de salmón- con pan blanco y caviar negro -de esturión- con pan moreno. Pedimos una sopa de verduras porque aún teníamos en el estómago la comida que nos dispensaron en el avión.

 

Nos sentimos vigiladas y aquello nos cohibía. No era para menos. Aquellos camareros hacían de todo; desde espiarnos hasta vendernos los manjares de la cocina rusa de forma irregular. Nos ofrecieron una lata de un kilo de caviar negro por una cantidad irrisoria, pero Yvette, ducha en esas lides rechazó cualquier compra o transacción irregular por temor a que nos tendieran alguna trampa. El yugoeslavo, compañero de mesa, se interesó por el producto y estuvo estudiando aquella lata redonda y pesado contenido.

Al cabo de unos veinte minutos un camarero reclamó el caviar y para sorpresa nuestra la lata había desaparecido. Avisaron a la policía –eso dijeron- y dos individuos subieron con nosotras a la habitación. Nuestra habitación a excepción de la cama y un aparato receptor de radio, estaba huérfana de muebles y juegos de cama y la calefacción eran unos simples tubos cromados que los utilizamos para secar la ropa.

 

Digo bien cuando me refiero al aparato receptor de radio porque no se podía sintonizar con otras emisoras y durante las 24 horas del día no echaban más que discursos políticos ¡en ruso! En el minucioso registro de la habitación, naturalmente, no encontraron nada más que las bragas secándose sobre los tubos. ¿Fue una trampa que nos habían tendido los vigilantes del sistema? Aquel suceso demostró que cuando se viaja a lugares "poco conocidos" hay que ir con mucho cuidado.

 

A pesar de todo en Moscú lo pasamos bien observando un mundo muy diferente al nuestro aunque en algunos detalles aquellos paladines del comunismo querían imitar el lujo de New York plasmado en las películas. Estuvimos alojadas en una habitación de la planta 16 y para hacer broma Yvette me dijo. Dile a la ascensorista el número del piso a donde vamos en catalán ya verás cómo te entienden. Le seguí el juego y le dije al robotizada dama rubia que íbamos a la planta dieciséis en catalán ("anem a la planta setze") y sorprendentemente me entendió y apretó el botón de la planta 16. Yvette reía. Me explicó para sacarme de mi asombro que en ruso el dieciséis suena a algo parecido a "sestnast".

 

 

Después de un día de visita por la Avenida Kalinina nos dirigimos al aeropuerto en un taxi y tomamos el avión que nos llevó a Ararat, el corazón de Armenia. A bordo de la nave, en diferentes idiomas, un voz metálica saliendo del techo nos explicaba los territorios por los que pasábamos aprovechando que el día era muy claro. Todo lo que oía me sonaba extraño y los nombres de las regiones me parecían nombres de mujer.

 

Desde el primer día Yvette me demostró que no hay nada más instructivo y gozoso que sumergirse en una sociedad formada por gente de una raza completamente diferente de la tuya, que respetas, por la que sientes simpatía, de la que te enorgullece ser un visitante foráneo. En efecto, desde el primer día me sentí en un "país teñido de incendios encendidos".

Una estancia en Armenia podría ser, fácilmente, una estancia en un país sabático. Hasta me atrevería a decir que el pueblo de Armenia no vive regido por los relojes de las estaciones de tren y de las oficinas, sino por relojes de sol como los de la poesía.

 

Armenia es un país que se parece a las dos caras de una moneda, formando un paquete compacto entre versos y prosa poética. Es como un poema con dos miradas sobre la misma realidad y una concepción común sobre su pasado: es una prosa que tiende hacia la poesía; y, por otra parte Armenia es también un poema (sin rima) que avanza hacia la prosa, hacia el ritmo de un discurso hablado, a media voz, sin prisas.

 

El viaje a Armenia no fue sólo un viaje a un país sino que fue también un viaje en el tiempo. Todo lo que vimos estaba encuadrado en la cultura universal y nada era hipótesis sino historia en estado puro, reducida a tan sólo los siete colores del Arco Iris. Las piñas de las coníferas recuerdan la arquitectura, el nivel del lago de Sevan, el de mayor altitud del mundo, había descendido cuarenta y cinco metros en tan sólo treinta años y sus diferentes marcas sobre sus costas hablaban efusivamente de la sed humana de agua dulce.

 

A los tres días de estar en Armenia me convencí de que la lengua armenia era inasequible al desgaste, como la hebilla de un cinturón. Eso lo comprendí rápidamente porque en Cataluña (también en el País Vasco y Galicia) teníamos también una situación parecida: en la escuela nos obligaban a hablar en la lengua oficial, es decir la lengua de los vencedores de la guerra.

 

En Armenia experimenté la alegría de pronunciar sonidos prohibidos para los labios rusos; sonidos secretos y repudiados. Yvette, por su parte, disfrutaba como una loca diciendo tacos, reniegos y palabras groseras imitando a los habitantes de los lugares por los que pasábamos y a cada palabra nuestro guía estallaba en carcajadas porque él si entendía el sentido de cada una de ellas.

 

De los lugares que visitamos me gustó mucho Aixtarak – un pueblo rico y de tierras fértiles-, mucho más antiguo que muchas ciudades europeas. Tiene una gran reputación por sus fiestas dedicadas a la siega y por sus cantos aixug ("rapsodas"). Los hombres expertos en viñedos suelen ser amantes de las faldas, comunicativos, burlescos, y amigos del "dolce fare niente". Nuestro guía nos advirtió sobre alguna aventura amorosa con ellos porque "agredían sexualmente en manada" cuando se trataba de mujeres "blancas".

 

En Aixtarak nos explicaron cómo explicaban las historias en Armenia: del cielo caían tres manzanas: la primera para el que había contado la historia, la segunda para los que la habían escuchado y la tercera, la más jugosa, para los que la habían entendido. Es en aquella zona donde reside el granero folklórico de Armenia.

 

En la península de Sevan se conservan dos –de tres- dignísimos monumentos arquitectónicos del siglo IX. Allí disfrutamos de las tranquilas aguas del lago donde alegres truchas saltaban como si alguien les hubiera tirado, a puñados, bicarbonato. El magnífico viento de agua dulce irrumpía silbando en nuestros pulmones. La velocidad de las nubes aumentaba minuto a minuto y la resaca, como un linotipista antiguo, corría a imprimir en media hora un denso Quijote –auténtico azote de Guttemberg-  bajo la pesadez del cielo enfurruñado.

 

Un setenta por ciento de la población, según las cifras oficiales, era menor de dieciocho años. Aquellos ingenuos muchachos subían como animales por las tumbas de los monjes, bombardeaban una pacífica raíz, habiendo tomado sus espasmos helados bajo el agua por las convulsiones de una serpiente marina, extraían de las espesuras húmedas sapos aburguesados y culebras de elegantes cabecitas femeninas, o perseguían arriba y abajo un carnero enloquecido que no entendía de ninguna manera a quién le podía estorbar su pobre cuerpo.

 

Durante nuestra estancia en la Península –antigua isla- de Sevan, en Armenia, paseando entre la hierba crecida acariciando nuestros cuerpos hasta la cintura, pude admirar la hoguera escandalosa de las amapolas. Falsos distintivos de cotillón, brillantes hasta el punto de provocar dolor quirúrgico, aquellas mariposas incandescentes de boca vacía, grandes, demasiado grandes para nuestro planeta, crecían por encima de groseros tallos peludos.

 

Me encendí como aquellas flores, me senté asida de la mano de Yvette en la frondosa hierba y el guía se detuvo junto a nosotras. En un arrebato de descaro acaricié su pierna por detrás buscando sus genitales sin alcanzarlos. Se sentó junto a nosotras y mientras Yvette le besaba la boca yo le bajaba los pantalones hasta las rodillas y sacié mi sed de sexo masculino. En aquellos momentos envidié a los niños, que salían, ligeros, a cazar alas de amapola entre la hierba.

 

Al volver a París, todo parecía irreal: las calles abarrotadas de gente caminando, con prisas, a paso atlético, casi corriendo, de un lugar a otro como huyendo del tiempo cual si fuera un fantasma; montones de automóviles asaltando las aceras, devorando espacio urbano, el aire impregnado de gasolina, irrespirable…

 

La fascinación por las formas, por la gente, por los gestos, por una arquitectura conservada contra viento y marea, por la lengua, por el erotismo de sus gentes mezclado con una fiel religiosidad –reprimida en gran medida- y por la constatación de la tragedia de un pueblo amenazado de extinción, he logrado –creo- desarrollar un sexto sentido arariano: el sentido de atracción por la montaña y ahora, me lleve donde me lleve el destino, añadiré a mi amor por el mar, la admiración por los Pirineos y sus ramificaciones.

11 ene 2012

Cap. 11 de BARCELONA NACIÓ CON LOS GRANADOS

Capítulo 11        Tarde de invierno

 

·         Deseo de tomar ácidos (limones, vinagre, etc)

·         Necesidad de contradecir a los demás

·         Deseo de estar en lugares húmedos

·         Deseo de jugar con fuego

·         Agresividad de personas encerradas

              HEPAR SULFUR 200 CH

 

Es una tarde de invierno. Tú hablas, dices

que las noches son extrañas en Cadaqués.

Piensas de repente

-no sabes por qué- en la casa de Marta:

En Torre Valentina, cerca de la carretera,

en el desorden turístico de antiguos bosques

abandonados entre telarañas de orugas.

 

Empiezas  a contarnos esa historia,

la manera en que aún sigue dentro de ti

y dices:

como alguien que anda junto al mar

y tiene sobre su piel la sombra de los pinos.

 

Estamos en el año 2.0_ _… y Marta Guillamón

dice en un mail que sigue enamorada.

¡Ah! Gary Cooper y su Árbol del Ahorcado.

Es una chica extraordinaria. Hay un túnel

que une su corazón y la música

de los bosques y las olas.

 

Un día escribió: ya nada me separa de ti,

y, otras cosas misteriosas sobre la vida.

Por ejemplo: 28 de julio;

el cielo es muy azul;

puede que algunas gaviotas

escapen del jardín del mar, salten

por encima del horizonte al oír los truenos.

 

En otra página dice:

Ahora los dos estamos en silencio.

Tú miras:

la playa, la marea, el sol rojo

como una viña en otoño,

donde alguien se ha lavado las manos.

 

Piensas en Marta Guillamón.

piensas en su miedo; en esa forma

en que a veces ves a una mujer

que huele una rosa; imaginas a esa dama

vestida de negro; cómo esa rosa crece

hacia adentro de esa Diosa del Amor;

cómo la invade poco a poco

con su aroma dulce y enfermo.

 

Es una tarde de invierno ideal

bajo la lluvia de Platja d'Aro

para soñar con un viaje a Paris

o con un verano en el barrio de Gracia

y cenas en el puerto de Barcelona.

 

Tú lo comprendes muy bien.

Es un viento que viene del mar,

un viento fresco y seco que llena el corazón

de homotéticos arpones

y de sueños ahogados.

 

El mundo –escribes-

es un lugar digno de ser vivido

aunque haya terrazas vacías

donde el viento devora lentamente

los restos de la noche.

                            Elisa R. Bach

 

Aquel jueves de otoño, después del viaje a Armenia, me sentía incómoda en el trabajo, pero no era a causa de los compañeros o de dificultades en la producción, pues no tenía queja alguna de una fábrica que me pagaba incluso una cierta cantidad de dinero para compensar los gastos de lavandería. Teníamos cuatro batas de trabajo, dos blancas y dos azules pensadas para el trabajo de laboratorio o de taller. Podría parecer un detalle sin importancia, pero en aquellos días eso, en España, ni se soñaba.

 

Sin saber por qué me asaltaba el recuerdo de la película "El Próximo Otoño" de Sonia Bruno, que en realidad se llamaba María Antonia Oyamburo. María Antonia vivía en el Paseo Maragall y después de cada película se paseaba en taxi, asomada a la ventanilla, desde la Plaza Maragall hasta la Plaza Ibiza. Nosotros la mirábamos sin envidia, aunque mi primo Miguel hablaba de ella como si fuera una diosa.

 

Mi hermana y mi prima Gloria fueron a su casa a pedirle que les presentara a Arturo Fernández y ella se enfadó porque no iban a verla a ella. En aquella época aún me gustaba el cine y me impresionó mucho "Solo ante el peligro" y también "Ariane" ambas de Gary Cooper. "Testigo de cargo" me gustó tanto que la vi tres veces.

 

Aquella tarde invité a Claude a ir al cine. Casi todas las butacas estaban vacías. Nos colocamos al final de la última fila y amparadas en la oscuridad nos besamos efusivamente mientras mis dedos resbalaban entre sus piernas. Salimos del cine más encendidas que antes de entrar y sin saber nada de la película. Fuimos a "La Coupole" y al primer hombre solitario que vimos le propusimos el "menage a trois".

 

Se llamaba Charles, era corpulento y no muy alto, moreno de tez y unos ojos un poco rasgados. Alquilamos una habitación en el viejo hotel frente al Ayuntamiento en la Rue de Batignoles. Charles resultó más tímido de lo que esperábamos y tardamos bastante en poner sus genitales a punto. Pero finalmente resultó ser más potente de lo que creíamos y nos dejó satisfechas a las dos. Me causó tan buena impresión que le pedí el teléfono. De momento no me lo quería dar, pero finalmente cedió diciéndome que cuando llamara lo hiciera al mediodía porque trabajaba de noche y por la mañana dormía teniendo solamente libre las tardes.

 

Al día siguiente, viernes, Yvette se fue con sus dos niñas a pasar el fin de semana a Dinan. Había amanecido con lluvia torrencial. El pintor encargado de darle color a la puerta de nuestra casa nos dejó una nota en la que suspendía su trabajo a causa de la lluvia. Me levanté a las siete de la tarde después de una larga siesta que me quitó la fatiga del trabajo en la fábrica. Aún sentía en mi boca el sabor de Charles y volví a sentir las mariposas en mi vientre. Lo llamé y conseguí que aceptara otra "sesión". Me arreglé para acudir puntualmente a la cita. Cuando nos encontramos me besó tiernamente en los labios. Se ofreció para pasar la noche entera si era necesario.

 

Volvimos a ir al hotel de la Rue de Batignoles. La noche se presentaba fría. La calle estaba casi desierta pues seguía lloviendo torrencialmente. Charles me besaba como si yo fuera una bendición del cielo. Al principio no pensé en que si trabajaba de noche cómo era posible que estuviera conmigo toda la noche. Me lo aclaró inmediatamente. Los fines de semana no trabajaba. Por la mañana después de amarme numerosas veces, con lágrimas en los ojos se confesó: No trabajaba de noche. Iba a dormir a la cárcel. Durante el día gozaba de libertad condicional. Para ganarse algunos francos se ofrecía a mujeres, pero era una actividad que no era de su agrado.

 

Volví muy pensativa a casa cuando aún no eran las ocho de la mañana. A esa hora en París no se puede hacer otra cosa que tomar un café porque los bares están repletos de gente que va a trabajar y aún no se han desperezado de la resaca del viernes a excepción de los bares del Bd. Des Batignoles donde los sábados por la mañana se montan las tiendas del mercado. En esos locales se presume de hacer un buen café fuerte.

 

Entré en el más "chic" de los bares situado en la Place Clichy, el "Au Petit Poucet". El servicio de cafetería y panadería de ese bar es excelente y el olor característico de la mañana parisina se extiende desde su terraza e impregna todo el aire y se tiene la sensación que todos los taxis del mundo evitan desfilar por delante de su toldo. Esa esquina soporta además el paso de peatones más concurrido del barrio; sólo un vado lleno de baches protege a la calle en ese rincón de las riadas que bajan desde el cementerio.

 

Estuve durmiendo hasta el mediodía. Un transportista de la casa de muebles me despertó y descargó –con algo de natural retraso- la maravillosa mesa donde yo pensaba escribir con un poco de tranquilidad. Había parado de llover y el pintor volvió para reanudar su trabajo en la puerta de casa. Aproveché para ir a comer al Restaurant "Le Corse" en la Rue L'Amiral de Roussin.

 

No se me iba de la cabeza la imagen de Sonia Bruno luciéndose, asomada a la ventanilla de un taxi, por todo el barcelonés Paseo Maragall. Su cabellera al viento era tan excitante como el amarillo del vehículo. La vi pasar tres veces por delante del "Rápido Fariñas" –un pequeño taller de reparación de calzado propiedad de un gallego teniente del ejército destinado en Barcelona-. Me viene a la memoria el recuerdo del Fariñas –el hijo del teniente-, que a pesar de sus esfuerzos por llevarse bien con todos los amigos, no podía evitar, "pelearse" continuamente con "El Blanes" el único de los amigos que en aquellos años hablaba de política.

 

"El Fariñas" defendía a capa y espada los conceptos lógicos de lo que se respiraba en su casa y chocaba frontalmente con la concepción del mundo (la filosofía comunista) de "El Blanes".  Durante algún tiempo "El Fariñas" soñó con ser militar como su padre, pero la llegada de un hermano inesperado cuando él ya tenía veinte años pareció cambiarle las ideas. Su hermano menor, Julio, no quería ni oír hablar de política. Con los años las ideas del Fariñas se fueron "civilizando" y se casó con Montse una catalanista acérrima.

 

Había tardes en que nos podíamos encontrar hasta una veintena de personas en la terraza de la "Granja Catalana", un bar en el que tomábamos calientes –un coñac, caliente y flambeado con dos granos de café para aromatizarlo-, situado junto al Rápido Fariñas; por eso la Sonia Bruno paseaba en su taxi, exhibiéndose ante todos nosotros. Embriagada de éxito por hacer películas junto a Arturo Fernández, pretendía hacer aflorar la envidia corrosiva de nuestras almas, pero la ingenuidad y generosidad de nuestra juventud era más fuerte.

 

Volví a llamar a Charles. Su confesión de que era un condenado me creaba una mezcla extraña de sentimientos. Morbosidad, deseo sexual irreprimible; y, un miedo atroz a las consecuencias de una posible amistad con un (ex)delincuente. Me cité con él, pero a última hora, decidí darle plantón. Yvette me llamó por teléfono y su dulce voz tranquilizó mi alma. Volví a ir al cine con Claude. Vimos la misma película, pero esta vez estuvimos atentas a la pantalla. Creo que ella necesitaba tanto como yo distraerse. No volví a ver a Charles nunca más.

 

Yvette se burlaba, igual que lo hacía Nietzche del presupuesto estoico de vivir "según la naturaleza" en su obra "Más allá del bien y del mal". Consideraba jocosamente la falacia naturalista, el salto ilegítimo que cometen, desde la naturaleza a la moral, quienes justifican opciones morales por naturales y descalifican otras por antinaturales.

Imagínate –me decía- un ser como la naturaleza, que es derrochadora sin medida, indiferente sin medida, que carece de intenciones y miramientos, de piedad y justicia. Vivir, -se preguntaba mirándome a los ojos Yvette para comprobar que seguía su razonamiento- ¿no es cabalmente un querer-ser-distinto de esa naturaleza?

 

Los conceptos de Yvette chocaban con años de mi educación en valores lógicos (ahora se denominan ecológicos): la identificación de lo bueno con lo natural. Pero, ¿es natural el preservativo, el tomar medicinas, la aviación, la telefonía, la cirugía? A medida que me decía esas cosas sus labios se encendían más y más, extendían su fuego a los míos.

4 ene 2012

BARCELONA NACIÓ CON LOS GRANADOS (Cap. 10)

Capítulo 10

 

·         Mejoría al viajar (personas vengativas)

 NITRICUM ACIDUM 200 CH

·         Locura (con gesticulación extraña)

 CANNABIS INDICA 200 CH

 

Tres palabras extrañas

 

Locura, melancolía, nostalgia,

¿tres palabras, tres enfermedades?

¿Tres estados pasajeros?

¿Tres válvulas de escape?

 

Tu locura

disfrazada como todas

se introduce en tu alma

como una palabra extraña,

irreconocible de forma explícita.

Acéptala como un error

de tu ADN. Porque hasta aquí

nos han llevado los anteriores.

 

Tu melancolía

sólo tiene un color

como una paleta

de tinta de sepia derramada.

Espera a que la aurora

te llene de luz la retina

y la música del nuevo día

invada tus oídos.

 

La nostalgia

te suena como una nota

en el teclado de tu alma,

como un mi bemol de Chopin.

Visita la Costa de A Morte,

come lacón con grelos

y pulpo a la gallega;

el pimiento rojo te espera.

 

Locura, melancolía y nostalgia,

si mucho te molestan, cámbialas

como si fueran cromos;

escoge por ejemplo

cielo, rocas y mar

o manos, ojos y labios.                             Elisa R. Bach

 

Antes de entrar en la Facultad de Ciencias, las alumnas del curso Preuniversitario (los institutos en esa época aún estaban divididos en masculinos y femeninos) organizamos un viaje a Suiza. Fue un viaje audaz para la época, pues era la primera vez que muchas de nosotras salíamos más allá de nuestra frontera pirenaica (la otra, la portuguesa ni siquiera se mencionaba).

Las que fuimos a ese viaje (organizado privadamente por la profesora de historia) fuimos durante algún tiempo algo más que compañeras de curso, y, ya desde el inicio del viaje hubo algo que nos familiarizó: mirábamos los mapas juntas y emocionadas discutíamos toda clase de detalles.

 

Viajamos durante toda la noche, sin pegar un ojo, nerviosas, removiéndonos en unos asientos reclinables pero incomodísimos. El tren se detuvo en Ginebra y la policía suiza registró nuestras bolsas eliminando los bocadillos que llevaran embutidos o jamón, los de tortilla de patatas restantes nos los repartimos como buenas hermanas. A las ocho de la mañana el tren nos dejó en Lausanne. En un autobús casi vacío nos trasladamos a un albergue.

 

Anna María fue la primera en coger un mapa y salir, sin esperar a nadie, a visitar lo visitable marcado en una lista escrita a mano de un cuaderno  cuadriculado. Las demás preferimos ir juntas a patear aquella mítica ciudad. Fuimos bordeando el Lago Leman hasta que decidimos subir por unas calles con pendientes muy fuertes hasta alcanzar el centro que nosotras establecimos en la Place Pépinet.

 

En Lausanne nos entendimos bastante bien con nuestros conocimientos de francés. Al día siguiente tomamos otro tren que nos llevó a Berna. Allí la cosa cambió porque a excepción de Leocadia nadie de nosotras sabía un palabra de alemán. Con su ayuda visitamos los famosos osos y admiramos las figuras animadas del reputado reloj de la ciudad.

 

Desde Berna visitamos varias poblaciones e hicimos algunas excursiones atravesando dos lagos, desde Brienz a Thun pasando por Interlaken donde teníamos que subir al Monte Pilatus con un tren cremallera pero la niebla nos fastidió la excursión. Luego viajamos a Luzerne (que significa alfalfa) y cruzamos el lago por el puente de madera medieval. Luego estuvimos en Zürich, pero llovía a cántaros y pasamos la tarde metidas en un bar tomando cafés con leche.

 

Cuando le conté a Yvette que ése era el único viaje que yo había hecho fuera de España, en mitad de su asombro me dijo que me preparara porque íbamos a ir a un lugar lejano apartado de anclas y de tridentes. Íbamos a pasar las vacaciones (les grandes vacances) de verano a Armenia. Era la primera vez que oía ese nombre y por supuesto ignoraba donde se hallaba ese país (Yvette hablaba de Armenia como si fuera un país verdadero).

 

Dos semanas antes del inicio del viaje a Armenia tramitamos diversos visados en varias embajadas. En aquellos años España no tenía relaciones diplomáticas con los países llamados del Telón de Acero y era necesario obtener salvaconductos especiales sin sellar el pasaporte. Armenia era una república soviética dominada por la ideología comunista oficial rusa. Soñaba día y noche con visitar esa tierra exótica, con palpar con los dedos sus ciudades y sus tumbas, con rodearme de los sonidos de su idioma y respirar su aire histórico, tan difícil y tan noble como me lo pintaba Yvette –incorregible amante de los sonidos y ecos de una historia milenaria-. Contemplamos la posibilidad de viajar en el Orient Express, pero la duración del viaje en tren París – Budapest – Bucarest – Estambul ya consumía seis días de nuestras vacaciones por lo que la decisión final fue la de ir en avión vía Moscú. Con ese itinerario se simplificaba todo con un simple visado ruso, pues en aquellos años ir a Armenia era lo mismo que ir a Rusiauna República soviética.

 

Antes de iniciar el viaje pasamos un día Yvette, sus hijas y yo en Deauville paseando por la playa llena de rocalla recibiendo a ratos la fina lluvia atlántica y a ratos los finos rayos de un sol que se asomaba tímido entre las densas nubes oscuras. La pleamar había dejado toda clase de "fruits de mer" varados en la finísima arena que bajo nuestros pies tintaba el agua de un color rojizo. Era un día de viento frío a pesar de estar a mediados del Thermidor (finales de julio, cuando el sol atraviesa aparentemente la constelación de Leo), pero enfundadas en nuestros impermeables amarillos y con las capuchas cubriéndonos la orejas y el pelo nos sentíamos felices.

 

Fuimos a un restaurante a comer mejillones a la crema y a mitad de una conversación bastante animada Yvette les dijo que estaba enamorada de mí. Las niñas me miraron asombradas, pero no dijeron nada. Luego aparte me confesó que lo había hecho porque sabía que se lo contarían a su padre y eso podría sentarle como una "patada en los cojones" y por otro lado podrían dormir en casa sin que se extrañaran de mi presencia en la casa. Aparentemente aquello podría haber incomodado, pero lo que realmente sentí es que me subía mi autoestima porque Yvette me consideraba su pareja y no como una vulgar amante o compañera de cama.

 

Al atardecer llevamos a las niñas a Trouville con su padre y emprendimos el regreso a París. A mitad de trayecto paramos en un Aire de repos. Yo aún estaba excitada por la declaración de amor de Yvette ante las niñas. Bajamos del auto a lavarnos las manos, la noche ya estaba resbalando entre las altas copas de las hayas, la humedad mojaba nuestros rostros y allí bajo las tejas de los lavabos le pedí a Yvette que me mordiera hasta hacerme volar.

 

Al llegar a Paris fuimos directamente a casa a cambiarnos y salimos a cenar a un Restaurant de Châtelet. Justo al sentarnos a la mesa empezó a llover. Pedimos unas sopas de verduras y nuestra conversación giró en torno al viaje que habíamos proyectado a Armenia. De la fábrica cada vez hablábamos menos como si aquello fuera un mundo aparte que hay que olvidar mientras se está fuera de las naves en las que no había otra consideración que no fuera la producción y su calidad.

 

Al volver a casa Yvette estaba parlanchina como otras noches, pero con un punto especial de brillo en sus ojos y como si aquella noche quisiera confesar algo empezó a hablar cerca de mi oído con voz grave.

 

Cuando bruscamente quedé huérfana y sin un céntimo –comenzó su relato- con el resto de mi familia en la ruina por allá en los años treinta, fui a suplicar la caridad de la madre superiora del convento en que fui educada, creyendo que, como yo había sido favorita de aquella dama cuando era rica, indudablemente me habría de ayudar cuando me quedé en la miseria. Fui rudamente rechazada y, en el primer momento, no logré entender por qué.

 

"Ay me dije: ¿Por qué mi desdicha ha convertido a la amable madre superiora en un ser tan cruel? ¡Ah, no comprendía que la pobreza es una carga para los ricos, y tampoco sabía en aquel entonces cuán temida era por ellos!... No sabía hasta qué punto los ricos huyen de la pobreza, y que el temor de verse obligados a aliviarla provoca hacia ella una enorme antipatía.

 

La madre superiora era influyente entre muchas personas importantes del París acechado por el ambiente de una posible guerra. Entonces yo tenía una edad –proseguía ya con lágrimas en los ojos- como la tuya ahora y me sentí despreciada, y aunque joven, huérfana y sin un céntimo. Muy bien,   -me dije- "mi único fin será procurar ser a mi vez rica, y entonces seré tan desvergonzada como la madre superiora, disfrutaré de los mismos derechos y de los mismos placeres.

 

Me casé con Albert porque tenía dinero, su porte, su simpatía y su elegancia no es más que un disfraz que usa cruelmente ante personas inferiores. Con él tuve dos hijas para sellar definitivamente mi fortuna y hacer que ésta fuera irreversible. Desde el primer mes de matrimonio él continuó visitando a sus amigas demostrando que no era más que un ególatra del culo y que su cerebro sólo sirve para atarle las orejas. Después de tantos años aguantando sus humillaciones he decidido poner fin a esta situación y por eso estamos ahora en trámite de divorcio. Él no está de acuerdo en cederme todo lo que mi abogado le exige, pero por ley no tiene más remedio que hacerlo.

 

He actuado, con frialdad, y he ido, durante todos estos años, acumulando documentos fotografías y toda clase de pistas en cuentas bancarias, estancias en hoteles simulando que estaba en viajes de negocios y pagando las facturas de sus amigas en peleterías de lujo. Yo me hacía pasar por sus acompañantes y pedía duplicados de las facturas y cada vez que obtenía alguna me corría de placer. Era como una niña que colecciona cromos y obtiene los más difíciles. Cada historia que Albert anotaba en su activo yo la ponía en los asientos de pasivo. Y así mi alma se iba endureciendo y cultivando amistades y aliados en todos los frentes, preparándome para la batalla final.

 

Sólo una cosa inesperada ha variado dentro de mi alma y es tu aparición en escena. Cuando vi tus ojos fue como mirarme en un espejo. Llevabas la huella de la humillación grabada en tus apretados labios y la misma venganza que yo sentí a tu edad, en tus pupilas. Te vi despiadada y calculadora, pero también inteligente, paciente, tenaz y diabólicamente sexual. No me causaste miedo, sino una excitación sin límites y osé llegar hasta ti porque sabía que yo te podía ser útil en tus planes y que tú no despreciarías la oportunidad que se te presentaba.

 

Desde el primer momento he buscado hacerte ver lo depravada que eres. En ti me veo como soy y no sólo no me importa sino que me gusta. Por primera vez en mi vida he encontrado mi media naranja: tan depravada como yo y posiblemente más inteligente, más guapa y mucho más joven que yo. Por eso no me importa ponerme a tus pies, llorar sobre tu hombro y compartir contigo todo, incluso dispuesta a que me robes, me flageles y me humilles porque todo eso no hará sino acrecentar mi placer de estar a tu lado. ¿Qué nombre ponerle a eso que siento contigo?

 

Sabes que comparto contigo vida, amigos y orgías que muestran como somos. Aún tardarás tiempo en llegar a comprender que tu generosidad y tu amabilidad no son más que tácticas para conseguir lo mismo que yo me propuse, pero esperaré pacientemente y te ayudaré como lo he hecho hasta ahora. Esperaré a que saques de dentro de tu alma toda la depravación que ahora ocultas y que por fin seas libre, libre hasta más allá de los límites que nos imponen hombres y leyes.

 

Llegando a este punto calló, yo la abracé aún más fuerte que nunca y nos dormimos con los labios pegados en un beso como una flor de cuatro pétalos y los corazones más unidos que nunca.