4 abr. 2014

No me riñas por haber sido feliz este verano

EUCLIDES Y EL SUEÑO DE LAS ABEJAS

Se despertó sudando

con gran agitación; el nombre de Euclides y su estrecho espacio zumbaba sobre sus sienes; sacó de la mesita de noche su cuaderno de color miel en el que a forma de diario anotaba meticulosamente todo lo que le acontecía desde el momento mismo de despertarse.

 

(Aquel día escribió) “Todos los rayos

que los dioses lanzan los tengo en mi garganta. No creo que sólo deba esperar continuamente la visita de la desdicha; y, no quiero, pasivamente, sentir cómo acude a mi lecho, y ami ya bastante amargo corazón, se acumulen ingentes penas mezclándose con afrentas dolorosas.”

 

“Siento que la úvula

está inflamada como un bolo alimenticio a punto de ser engullido. Sé por experiencia que cuando eso ocurre el color granate invade las fauces y ese badajo cargado de agua puede ahogarme.”

 

“Una sed insaciable me persigue.

En momentos como éste nada me satisface. Mi soledad pretende convencerme de que no me honran los dioses ni los hombres; y, que me hallo destinada a vivir en la odiosa tristeza, lo mismo que una fiera a quien los duros hierros y la cólera hieren”

 

Aún no había amanecido.

Se levantó, fue al baño, se miró en el espejo y no vio nada de particular excepto su piel pálida, transparente hasta el punto de que las venas de sus sienes fueran visibles y las bolsas llenas de líquido bajo sus ojos.

 

En su sueño volaba,

caía desde lo alto de un edificio cargado de viviendas como un panal, pero no llegaba al fondo porque asombrosamente su vuelo era suave aunque consistía en dibujar hexágonos continuamente.

 

Aquello le devolvía la alegría

a sus dorados hombros y hacía planes para pasar en vuelo rasante sobre los campos de girasoles de forma que el color amarillo pudiera coserse a su piel; y, el aroma del néctar de las flores pudiera ser recogido, como alimento de todo el año, en la cesta de mimbre colgada a su espalda. 

 

¡Oh noche!

 

¿Puedes explicarme –se preguntaba con angustia- por qué he tenido ese sueño?¿qué sentido tiene el moverme continuamente sobre hexágonos?¿Debo ser amable con esas criaturas y corresponder a esos regalos cargados de flores y miel?

 

¿Es cierto lo que me parece

oírte decir? Te escucho atentamente. De acuerdo, de acuerdo. Todo el verano me he estado bañando en ese precioso mar que me aliviaba del penoso calor, he libado hasta saciarme del cántaro sagrado del amor y mis hombros se han bronceado hasta sentirme dichosa.

 

No me riñas por haber sido feliz

este verano. Te prometo tomar miel y romero para mis anginas. Ya sabes que soporto mal el calor, que después de las largas vacaciones junto al mar acostumbro a encontrarme mal y que mi mejor tiempo se halla anclado en las constelaciones y en las estrellas de la primavera.
 
                                                     Johann R. Bach

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